Cortés – Capítulo 1

 

Una conjugación divina

Los franciscanos mejicanos veían en la fecha de nacimiento de Hernán Cortés una conjugación divina, pues había nacido el mismo año que Lutero. Si Lutero había venido al mundo para descarriar las almas de tantos millones de europeos, Cortés había venido para compensar esas pérdidas en el Nuevo Mundo, evangelizando Méjico. Pero lo cierto es que la fecha era solo aproximada. Lutero nació en 1483 y Cortés, según su biógrafo oficial y confesor Francisco López de Gómara, lo hizo dos años más tarde en Medellín, Badajoz; que si en verdad hubiera venido al mundo para tal fin, tanto vale una fecha como otra. Y por cierto, este biógrafo no nos dejó dicho la fecha exacta, solo nos dice que fue a finales del mes de julio de 1485. En ese año reinaban ya en Castilla Isabel y Fernando.

Su nombre completo era Hernán Cortés de Monroy y Pizarro, hijo único de Martín Cortés de Monroy y de Catalina Pizarro Altamirano. Eran los Cortés una familia hidalga, es decir, nobles, pero con escasos recursos, pero no por ello menos honrados. Sobre su nombre de pila, no hay acuerdo en si era Fernando, Hernando o Hernán, aunque la historiografía ha difundido su forma más abreviada de Hernán. Cuentan que él se hacía llamar Cortés a secas y no le gustaba que le llamasen don Fernando o don Hernando, a pesar de que todo noble o persona con cargos oficiales tenía derecho a que le tratasen de don (del latín dominus, maestro o señor). Él creía que la esencia de la autoridad no estaba dentro de la fórmula de un tratamiento ni era hereditaria, lo cual le valió más de una crítica por parte de su círculo de amigos.

Lo cierto es que, si había alguien con derecho al tratamiento de don, ese era Hernán Cortés, pues descendía de familias nobles tanto por parte materna como paterna; y si profundizamos un poco en su genealogía, podemos ver que eran hidalgos en su acepción de generosos y valientes. La familia Monroy provenía de tierras asturianas, desde donde, envalentonados, después de la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, muchos cristianos se lanzaron a la reconquista de nuevas tierras, modificando las fronteras de León y creando una nueva “frontera extrema” que daría nombre a Extremadura.

En este contexto se crean las órdenes militares de caballería de Santiago, de Calatrava y de Alcántara. En el año en que Isabel y Fernando llegan al trono de Castilla, Martín Cortés de Monroy es maestre de la orden de Alcántara y llega a enemistarse con ellos por su política emprendida, con la cual quieren debilitar el poder de la nobleza, anclada todavía en la edad media, y que tanto condicionaba el poder regio. Cuando Portugal entra en guerra contra Castilla, en defensa de los derechos de la Beltraneja por la Corona, Martín Cortés elige ponerse de su parte. Pero tras varios años las cosas se tuercen para los portugueses, y estando la causa prácticamente perdida, Cortés se encuentra entre el último reducto de opositores a Isabel, que resisten en Medellín, y que finalmente acaban rindiéndose. Las consecuencias para los perdedores fue la confiscación de sus bienes, que pasaron a formar parte de la corona; y es por eso que a estas alturas encontramos a una familia Cortés venida a menos económicamente.

El bachiller aventurero

Cuando Cristóbal Colón llegó a España proponiendo a Isabel y Fernando su descabellado viaje, Hernán Cortés apenas estaba recién nacido. Para cuando el Nuevo Mundo fue descubierto, ya había cumplido los siete años. En 1499, siete años más tarde, mientras Colón regresa a España encadenado de su tercer viaje, Hernán Cortés ingresa en la Universidad de Salamanca, lugar originario de su padre. Allí se hospedará en casa de unos parientes mientras estudia la carrera de derecho. No llegaría a licenciarse, pues al cabo de dos años regresó a Medellín, para disgusto de sus padres. De por qué Cortés abandonó la carrera se ha especulado mucho, pero nadie ha llegado a averiguar nunca la razón. Todo indica que, a pesar de la inteligencia de aquel muchacho de 16 años, su carácter inquieto le pedía aventura y aire libre en lugar de aulas y bibliotecas cerradas. No obstante, parece ser que no desaprovechó el tiempo durante aquellos dos años, obteniendo excelentes notas.

Aquel año se preparaba una nueva expedición al Nuevo Mundo. Isabel y Fernando (sobre todo Fernando) deciden cesar a Colón en el cargo de gobernador y enviar a alguien que fuera capaz de poner orden en “las indias”. El nuevo gobernador será Nicolás de Ovando, un hombre sin escrúpulos y que no dudará en masacrar a cuanto indígena no se someta, algo que indignará a Isabel en sus últimos días. Sin embargo, Ovando va dispuesto a cumplir con la misión que le han encomendado y Fernando, menos piadoso y más práctico que la reina, quedará satisfecho. Ovando pertenecía a la orden de Calatrava y por tanto tenía buenas relaciones con la familia Monroy, de hecho, en esta expedición se embarcarían dos miembros de los Monroy. No está claro si el joven Hernán Cortés estaba al tanto de esta expedición y por eso abandonó la universidad, o por el contrario fue después de abandonarla cuando le propusieron que se uniera a ella. Más bien lo primero. El caso es que Cortés se enroló en la expedición.

Una flota de treinta navíos con dos mil quinientas personas partía de Sanlúcar el 13 de febrero de 1502. Y a pesar de que Cortés figuraba en la lista de pasajeros, no estaba a bordo. ¿Qué le había ocurrido a Cortés? Gómara, su biógrafo oficial nos lo cuenta: la noche antes de su partida, quiso despedirse de una joven a la que había seducido. De pronto apareció el marido y Cortés sale huyendo por muros y tejados, hasta caer a un patio rompiéndose una pierna. Si el marido engañado lo encuentra está perdido, pero, milagrosamente alguien sale a socorrerlo y lo esconde en su casa; es la suegra del cornudo que siente lástima del muchacho y lo pone a salvo de la espada de su yerno. Cortés sale maltrecho, pero vivo, de su aventura amorosa, aunque tendrá que renunciar a su aventura en el Nuevo Mundo, de momento.

Hay quien duda de que esta rocambolesca historia sea cierta o que sucediera justo en el momento en que Cortés debía embarcar. Puede que así se lo contara a su biógrafo para justificar su renuncia a marchar a América por ser todavía muy joven. Tal vez fueron sus padres los que lo convencieron, y con toda razón, pues no veían con buenos ojos que un muchacho de tan solo 16 años marchara donde muchos no volvían. Dos años aplazaría Cortés su marcha, mientras tanto, estuvo en Valladolid trabajando en una oficina notarial.

A principios de 1504 Cortés se embarca en un navío mercante y salió de Palos rumbo al Nuevo Mundo. El 6 de abril desembarca en Santo Domingo donde es recibido por el propio Ovando que se alegra de que por fin haya llegado a la isla. Cortés, nada más pisar tierra comprende lo que allí ocurre. Se ven indios que se han cristianizado y se han construido escuelas a las que asisten los niños indígenas; para eso han venido los frailes. Pero La Española no es precisamente un paraíso. Ovando tiene una guerra abierta con los indios que están en aquellos momentos más rebeldes y dolidos que nunca después de lo ocurrido con la cacica Anacaona.

Tampoco se recogía el oro tal como se recogen las piedras, según le habían contado. Allí el escaso oro lo aportaban los indios, obligados a trabajar para encontrarlo. Sencillamente, el ambiente que encontró Cortés no fue de su agrado, y por eso él y los criados que sus padres se habían empeñado en hacer que le acompañaran, decidieron marcharse de allí. ¿Adónde irían? Cortés oyó hablar de una expedición que partía para Venezuela, quizás por allí les iría mejor, nada perdía por probar después de tan largo viaje. Pero enterado Ovando de la decisión de Cortés lo manda llamar y lo convence para que se quede. El gobernador debía sentirse responsable del muchacho y no quería que algún día su padre le reprochara no haberle acogido debidamente. Ovando tenía grandes proyectos para él.