Cuando las cosas no pueden torcerse más

Musa conquistó gran parte de la península Ibérica en solo diez años. Fue lo único que le salió bien. Fue llamado a Damasco a rendir unas cuentas no demasiado “saneadas”, fue condenado a muerte y perdonado a cambio de una multa. Pero poco después fue asesinado mientras rezaba en una mezquita. La guinda la puso su hijo, que quedó prendado de una viuda cristiana y se pasó al cristianismo para casarse con ella. No puedo dejar de acordarme de aquel chiste, que dice que un hombre fue a cruzar una calle, cuando vio venir por su izquierda un coche a toda velocidad y por la derecha un autobús. Aceleró el paso para no ser atropellado, pero he aquí que cayó por una alcantarilla sin tapa. Mientras caía iba pensando que se haría daño, pero al menos no moriría. Pero lo atropelló el metro.

Musa era el general en jefe de los musulmanes, con el que trató Agila para que fueran sus aliados contra Rodrigo. (Agila y Rodrigo, los dos pretendientes al trono de Hispania.) Musa mandó a su lugarteniente Tarik y más tarde, una vez ganada la batalla de Guadalete, llegó él mismo con 17.000 soldados para continuar la conquista. Una conquista que le iba a suponer un tiempo relativamente corto, solo diez años. ¿Cómo fue posible esto en tan poco tiempo? Vayamos por partes. Parece ser que después de Guadalete, encontraron poca resistencia. ¿Por qué? En primer lugar, la gente de a pie pintaba poco o nada en decisiones políticas, así que, poco o nada les importaba quiénes los gobernaban. Y los nobles… estos sí que pintaban mucho, porque entre ellos estaba repartido el poder de los reyes, y parece ser que últimamente no estaban demasiado contentos. Pero no olvidemos que gran parte de ellos eran partidarios de Agila, el que había llamado a los moros, por lo tanto, los moros no eran enemigos, sino aliados.

¿Y los nobles partidarios de Rodrigo? Unos huyeron al norte, refugiándose en Asturias, otros a Francia, al amparo de Carlomagno, y otros, por comodidad, pactaron con los moros. José Javier Esparza, en su obra “La gran aventura del reino de Asturias”, afirma además, que la invasión fue hasta bien acogida, por culpa del carácter, más bien áspero, de los gobernantes hispanogodos. Además, la expansión musulmana no presentó en absoluto un perfil avasallador, sino todo lo contrario, llegaban, pactaban, y a cambio de unos impuestos supuestamente justos, lo arreglaban todo con los terratenientes, que se sentían ahora más y mejor protegidos que antes. Pero es que además, estos nobles y terratenientes, si se convertían al islam, tenían incluso más beneficios. Muchos no lo dudaron. ¿Pero, tan débil era su fe cristiana? No precisamente. Esparza nos explica que las normas del Islam no eran tan rígidas en aquella época, (la rigidez vendría en el siglo siguiente) sino que se presentaban como una prolongación de las leyes judías y cristianas, algo que no difería demasiado del Arrianismo que se había extendido entre los cristianos visigodos. El Arrianismo presentaba a Cristo como hijo de Dios, pero no como Dios mismo, mientras el Islam no lo presentaba ni como Dios ni como su hijo, sino como profeta. En ambos casos se le suprimía la deidad. Por lo tanto la conquista hispana fue más un paseo triunfal que una serie de batallas, (ya llegarían más tarde.) Pero esta gloria se le iba a torcer de repente al gran conquistador Musa.

Para empezar, al llegar a Francia, Carlomagno le paró los pies y tuvo que retroceder. Le puso además una barrera, que nunca más llegarían a cruzar, antes de llegar a los Pirineos. Sus planes de avanzar hacia Europa se torcieron. Para colmo, en Asturias le salió una rebelión. Y esto fue solo el principio de su mala suerte. Musa fue llamado a Damasco por el Califa Suleimán para rendir cuentas. Parece ser que de los grandes botines obtenidos en Hispania no hizo declaración de todos. Las explicaciones de Musa no debieron convencer al califa que lo condenó a muerte. La pena le fue conmutada a cambio de una cuantiosa multa. Al menos, pagando esta multa conservaría la vida, volvería a Al Andalus y disfrutaría de su país conquistado, pero el califa le prohibió salir de Damasco. Una contrariedad, pero ya intentaría escapar, al menos conservaba la vida. Pero un día, mientras rezaba en una mezquita, fue asesinado.

Abd-al-Aziz era hijo de Musa. Su padre lo había dejado como gobernador de Sevilla. Y he aquí que le trajeron a su presencia a una hermosa joven esclava. Abd-al-Aziz quedó inmediatamente prendado de ella. La joven era la viuda de Rodrigo, aquel pretendiente al trono que fue traicionado en Guadalete. Seguramente había viajado con su marido hasta el sur, y después de la derrota fue capturada. Y no solo eso, sino que el hijo de Musa se hizo cristiano. Poco después, corrió la misma suerte de su padre, fue asesinado. ¿Y qué hay de Tarik, el que dio nombre al peñón de Gibraltar, el ganador de la batalla de Guadalete? Tampoco fue glorificado, sino que por alguna razón también fue llamado a Damasco, y allí murió olvidado por todos. La mala suerte mora era contagiosa.
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