Una colosal obra de ingeniería

Nuestro sistema solar, el sistema donde vivimos, es una auténtica maravilla, una colosal obra de ingeniería que funciona con total precisión, tal como si hubiera sido programada desde un sistema informático a una escala de proporciones inimaginables para el cerebro humano. Su funcionamiento es simple: un astro central que da luz y calor con varios planetas que giran alrededor sin poder escapar de sus órbitas. Pero a la vez es de una complejidad pasmosa: el astro central, el Sol, debe ser mucho más grande y con una masa muy superior a los cuerpos celestes que orbitan alrededor. Solo así podrá atraerlos con su enorme gravedad para que no escapen, y esos cuerpos celestes deben estar en movimiento continuo para no ser atraídos y devorados por el astro rey. Se forma de esta manera una órbita, donde el planeta gira a una velocidad constante, invariable, año tras año, siglo tras siglo, aunque, según dicen los científicos, no eternamente.

Explicado de forma sencilla: si tenemos una pelota amarrada a un hilo y le damos vueltas rápidamente la pelota gira alrededor nuestro, no cae al suelo. Si la soltamos saldrá disparada, lejos de nosotros. Pero mientras no soltemos el hilo estamos ejerciendo gravedad sobre la pelota y se mantendrá siempre girando alrededor. Sencillo, ¿no? Pero la complejidad viene al tratar de explicar por qué se producen estas fuerzas gravitacionales que están presentes a mayor o menor escala en todos los rincones del universo, en la estrella más distante, en el objeto más cercano, ejerciendo unas funciones que condicionan todo cuanto sucede en todas partes, y en nuestras rutinas diarias. Desde el comportamiento de las mareas de los océanos hasta el niño que cae al suelo aprendiendo a andar.

Todo estaba comprimido, eso cuentan, y de pronto, todo explotó, y comenzó a expandirse. Todavía sigue expandiéndose, toda la materia y energía del universo, que estaba comprimida en un agujero negro del tamaño de la cabeza de un alfiler, salió disparada en todas direcciones. Es una teoría, de acuerdo. Puedes creerla o no. ¿Por qué disparatada razón tenía que estar toda la materia del universo comprimida? ¿Quién pudo apretujarla hasta tal extremo y por qué motivo? ¿Para que tomara impulso y saliera disparada por todas partes y llegar lo más lejos posible? Puede ser. El caso es que hay galaxias por todas partes. Más de las que podríamos imaginar. Y estrellas, miles, millones y miles de millones de ellas. Solo en nuestra galaxia, la que llamamos Vía Láctea, son incontables, se calcula que hay unos 300.000 millones. Demasiadas para imaginar el tamaño de nuestra galaxia, que puede tener un diámetro de unos 100.0000 años luz. Imposible asimilar tales dimensiones.

Porque en el espacio es imposible asimilar las distancias. La Luna, nuestra luna, que está ahí cada noche iluminando y adornando el cielo. Parece estar tan cerca que podamos tocarla. ¿Pero a qué distancia está? Siempre nos la pintan al lado del planeta Tierra, no demasiado alejada, pero no es esa la distancia correcta, solo son ilustraciones para que comparemos tamaños, y porque a la distancia proporcional ocuparía una foto demasiado ancha y con los dos astros muy pequeños. La distancia entre Tierra y Luna es de 384.400 kilómetros. Teniendo en cuenta que el diámetro de la Tierra es de 12.756 kilómetros y el de la Luna de 3.474, podemos hacernos ya una idea de su distancia real, una 30 veces el diámetro de la tierra. Podemos imaginar un balón de fútbol, y a 6 metros de distancia, una pelota de tenis. Así está realmente (centímetro más o menos) de alejada nuestra luna de la tierra que habitamos. Y sin embargo la vemos ahí encima nuestra, tan cercana. Y si quisiéramos viajar a ella en un avión comercial, tardaríamos más de 18 días en llegar.

Pero donde perdemos ya la noción del tiempo y la distancia es entre la Tierra y el Sol, alejado como está a 149, 6 millones de kilómetros. Representados en una hoja de papel corriente serían dos simples puntos sin detalle alguno, y si pudiéramos viajar en un Airbus tardaríamos en llegar 20 años. Y si existiera una pista por la que pudiera circular un coche a una velocidad constante de 120 k/h. nunca llegaríamos, la palmaríamos antes, a no ser que nos hibernaran, pues tardaríamos nada menos que … ¡142 años! Los cálculos se han hecho basándose en la velocidad constante de los aviones comerciales, entre 800 y 900 k/h. Los transbordadores de la Nasa pueden alcanzar casi los 30.000 k/h, por lo que el tiempo se reduciría más de 30 veces, pero entonces, ya volvemos a perder del todo la noción del espacio/velocidad/tiempo. Visto lo visto, la enormidad de nuestro sistema solar escapa a nuestros sentidos. Si con la Luna o el Sol, que están relativamente cerca, perdemos el concepto de la distancia, ¿podremos imaginar siquiera dónde se encuentran Júpiter, Saturno o Neptuno? ¿Y los más alejados, Plutón y los recién descubiertos mini planetas situados en el Cinturón de Kuiper?

Etiquetas:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.