Puede que aquellas desavenencias entre los nobles influyeran en su estado de ánimo, o puede que no tuvieran nada que ver, pero el caso es que las cosas entre la pareja comenzaron a ir mal,  fue entonces cuando empezó la fiesta, y los platos volaron por encima de sus cabezas.

Alfonso I de Aragón
? 1073 – Poleñina, Aragón 1134

Urraca I de León
León 1081 – Saldaña 1126

Seguro que más de uno conoce esa película, Señor y Señora Smith, creo que se llamaba, donde un matrimonio se lleva a matar, queriendo acabar el uno con el otro a base de montar situaciones rocambolescas. Aquí en España, no recuerdo que hayan hecho ninguna película semejante, pero a menos que tuviéramos algún director de cine algo avispado podría superar a la cinta americana, más bien mediocre, contando la vida de Urraca y Alfonso el Batallador, un matrimonio de armas tomar, y encima la historia de la película estaría basada en hechos reales que ocurrieron durante el siglo XI.

Alfonso VI de León y Castilla ( 1047 – 1109) tuvo una vida amorosa bastante ajetreada.  Tuvo una hija ilegítima, Teresa de Portugal, tuvo a Urraca, de su unión con Constanza de Borgoña, y tuvo también a Sancho, el que estaba destinado a convertirse en su heredero, pero murió a manos de los moros siendo aún muy joven. Así que, Alfonso VI tuvo que echar mano de su hija Urraca para sucederle en el trono. Urraca ya había estado casada con el conde Raimundo de Borgoña, y en este momento era viuda, por lo tanto, había que buscarle un marido. Por Aragón se movía un rey con bastante buena planta y mejor fama de guerrero; y además, ¡soltero! Pues nada mejor que este soltero de oro, otro Alfonso, para sentarlo en el trono de León y Castilla. No se sabe la gracia que aquello pudo hacerle a Urraca, pero por lo pronto, vino a romperle todos sus esquemas. ¿Qué esquemas? Pues que la niña había salido al padre en eso de los amoríos. Vamos, que tenía sus amantes y todo lo que le a ella le viniera en gana, para eso era la hija de un rey.
¿Y Alfonso de Aragón, qué tal era? Menudo elemento éste también. Dicen que los moros le temían más que a una vara verde, y llegó a conquistar más tierras para Aragón que todos sus antepasados. No en vano le llamaron con el sobrenombre de El Batallador. Fue, tal como lo fue el Cid, un autentico caballero de los de espada en mano y lanza en astillero. Un temible guerrero que no conoció la derrota hasta el día de su muerte, pues aunque no murió en batalla, sí murió a causa de la última de sus andaduras guerreras.
Urraca y Alfonso se casaron previa promesa de cumplir la cláusula que había en el testamento de Alfonso VI: los reinos de ambos contrayentes debían unirse, siendo esta unión indisoluble y así pasaría a sus herederos. Que nadie piense en la unificación de reinos tal como pensaríamos hoy en día, unir países para formar una nación aún más grande y poderosa. El concepto de país o nación no exstía tal como hoy lo conocemos. De hecho, estos territorios pasaban de padres a hijos tal como hoy pasan las herencias familiares. Y el pueblo, ni pinchaba ni cortaba. Los únicos que tenían algo que decir al respecto eran los llamados nobles y protestaban única y exclusivamente según sus intereses, y no por patriotismo.

 

Los reinos  a unir eran por parte de Urraca, Galicia y parte del actual Portugal, León, y Castilla, y por parte de Alfonso, Aragón y Navarra. Fue el primer intento de unificar a todos los reinos de España. Al novio  aragonés no le pareció mal hacerse cargo de un, para entonces, vasto imperio, y ya de paso asentaba cabeza. La futura reina ya tenía un hijo (otro Alfonso) pero este no contaba, el heredero debía ser un hijo de ambos, de Urraca y Alfonso. En fin, que no se sabe si realmente llegó a enamorarse de ella, pero la aceptó como esposa, y debía estar de muy buen ver la muchacha, cuando tuvo tantos moscones a su alrededor, que los tuvo a pares, y hasta se mataron entre ellos. Dicen que dos de sus amantes luchaban contra los moros, y uno de ellos abandonó al otro, o le negó su ayuda para que muriera, y de hecho murió, para así tener a Urraca para él solo. Y todo esto estando casada ya con Alfonso, aunque más que casada, en fin, aquel matrimonio no lo reconoció ni la misma Iglesia.
Nada más casarse comenzaron los problemas por todas partes. Al pueblo de a pie -como ya se ha dicho- aquellos tejemanejes les traían sin cuidado, nadie contaba con ellos ni les pedían explicaciones, así que  simplemente pasaban del tema. Pero a los nobles, esos sí que contaban y daban su parecer. Pues los nobles terminaron dividiéndose entre los partidarios y los detractores de aquel matrimonio de conveniencia, o mejor dicho, contra lo que aquel matrimonio significaba. A unos no les parecía mal la unificación, pero otros no estaban dispuestos a pasar por el aro. Y una de las formas de arremeter contra el matrimonio fue denunciarlos al Papa. Sí, pedían que se anulara el matrimonio por ser primos; algo que en otras circunstancias no se hubiera tenido en cuenta, pues eran muchos los reyes que se casaban con sus primas, pero en aquella ocasión había que agarrarse donde fuera menester.
Puede que aquellas desavenencias entre los nobles influyeron en su estado de ánimo, o puede que no tuvieran nada que ver, pero el caso es que las cosas entre la pareja comenzaron a ir mal, entonces fue cuando empezó la fiesta, y los platos volaron por encima de sus cabezas. Bueno, nada anormal que no pase en las mejores familias, ¿a quién no le ha volado nunca un plato por encima de su cabeza? Pero la cosa empeoró cuando en Galicia unos rebeldes se pusieron gallitos. En Galicia tenía Urraca al hijo de su primer matrimonio educándolo bajo la tutela del obispo Diego Gelmírez, y quizás por eso, y porque había sido condesa de Galicia, a este reino le tenía un especial cariño (que luego, hay que ver cómo se lo pagaron los gallegos.) El caso es que Alfonso se encaminó hacia allí dispuesto a poner orden, y al hacerlo se le fue la mano. El obispo dio las quejas a Urraca, y esta, al llegar el marido le armó el pollo: que si hay que ver, que no se te puede dejar solo, que si en cuanto te juntas con tus amiguetes no tenéis control cortando cabezas… en fin, que tuvieron una buena riña.
Y a partir de aquí, todo fueron desavenencias y peleas, hasta el punto de que Alfonso se fue a sus tierras y la dejó en León. Hubo incluso enfrentamientos armados. También hubo reconciliaciones, más de una y más de dos. Pero el matrimonio era un completo fracaso, por no haber, no hubo ni hijos entre ellos. Por lo visto Alfonso era esteril. Y he aquí que actuó la Iglesia. Si antes había hecho caso omiso a la petición de nulidad, ahora pedía la disolución de este matrimonio que no traía más que enfrentamientos y calamidades para todos los reinos de España. Y apesar de eso, Urraca y Alfonso seguían empeñados en reconciliarse una y otra vez, ignorando la petición de la Iglesia. Hasta que les llegó un ultimátum del Papa. O se separaban definitivamente, o eran excomulgados los dos. Y ahí acabó todo entre ambos.
Si en aquella época una excomunión era como una sentencia de muerte, pues acabarías sin remedio en el infierno, para Alfonso hubiera sido como enterrarlo en vida, pues el cristianismo era una autentica forma de vida, una pasión para él. Sí, es cierto que en la edad media los reyes eran así, pero quizás en el caso de Alfonso, esta forma de vida fue llevada al extremo, más de lo que todos los que lo rodeaban hubieran pensado. Y esto solo lo supieron al morir éste y al ser leído su testamento. (Ya hablaremos de ese testamento otro día.)
¿Y Urraca, qué fue de ella? Pues siguió con sus amantes y teniendo hijos de éstos, de hecho, murió en un parto a los 49 años de edad. Aunque su separación de Alfonso no le hizo llevar una vida plagada de rosas precisamente, muy al contrario,  lo pasó muy mal en algunos momentos, como la humillación que sufrió en Galicia después de casi perecer en un incendio provocado para matarla. Después de salir de este incendio fue atacada por la chusma que le arrancó la ropa, la dejó desnuda y la tiraron en un charco. Allí intentaron apedrearla, hasta que llegó Gelmírez, el obispo que estaba a cargo de su hijo y la salvó. Del charco salió embarrada y con la cara ensangrentada por una pedrada. Aquella humillación pudo costar la vida de muchos gallegos, pues la reina ordeno un ataque como venganza. Pero finalmente medió la Iglesia, y todo quedó en una enorme multa que los de Santiago de Compostela tuvieron que pagar, y que fue a parar a las arcas de la reina. No, Urraca no vivió un camino de rosas durante su vida, y al morir, bien se puede decir que se fue a un mundo mejor donde descansar en paz.

¿Y el proyecto de unificar España? Pues eso, un proyecto que quedó aparcado, de momento. Por cierto, que el heredero de León-Castilla-Galicia fue finalmente el hijo de Urraca, el Alfonso que inicialmente estuvo descartado como sucesor de la corona de los cinco reinos unificados, León-Castilla-Galicia-Aragón-Navarra. Y con este niño también se las tuvo que ver su propia madre, dándole más de un disgusto. Sería muy largo de contar lo de este muchacho, que al final por lo visto fue un gran rey, Alfonso VII, pero su madre padeció con él lo insufrible (igual si no le hubiera dejado al cuidado de un obispo que no la podía ver ni en pintura a pesar de haberla salvado de ser apedreada…) Lo dicho, la pobre se fue a descansar cuando se murió en el parto.

Para saber más: Urraca y el Batallador

Un pensamiento en “Urraca y El Batallador, una vida de película

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