Antonio Galvez (Antonete) fue un personaje muy peculiar, un auténtico antisistema del siglo XIX que protagonizó algunos episodios durante la primera república española. Uno de ellos, bastante curioso, lo recogía la prensa Murciana en octubre de 1872 y decía así: “se ven en calzoncillos a los sublevados que manda Galvez”.

La noticia parece ser que hizo bastante gracia a algunos, y no tanto a otros, que vieron cómo el redactor ignoraba que aquello que él llamaba calzoncillos no era otra cosa que el pantalón tradicional que se usa en la huerta murciana. Es quizás la anécdota más curiosa, o graciosa, en medio de la tragedia que se vivió aquellos días, donde la rebelión comandada por Antonio Galvez se saldó con al menos nueve muertos. Nada comparado con lo que se avecinaba, pues poco después Cartagena quedó destrozada por las bombas y los muertos se contaron por miles.

El cantón de Cartajena es el más famoso (dentro del olvido en que cayeron todos) de cuantos cantones se proclamaron bajo aquella locura que se extendió por Levante y Andalucía, azuzados por los llamados federales intransigentes y que provocó la dimisión de Pi y Margall. En el gobierno se elaboraba un plan para establecer que el territorio nacional se dividiera en 17 estados, 15 que coincidieran con las regiones históricas, más Cuba y Puerto Rico. Nótese la semejanza con las 17 autonomías actuales. Unos estados que con sus propios órganos de gobierno y su propia constitución serían casi independientes. Pero debido a la jaula de grillos en que se habían convertido las cortes, las intenciones no llegaban a concretarse y la proclamación de los estados o cantones entró en una situación de estancamiento que provocó el nerviosismo y las revueltas en toda España.

Era el 12 de julio de ese mismo año, cuando una bandera roja se izaba sobre el castillo de San Julián, Cartagena. Se cuenta que en realidad se trataba de una bandera turca, a la cual se le había borrado o teñido de rojo la media luna y la estrella. Según cuentan algunos historiadores, como Juan Soler Cantó, en sus Leyendas de Cartagena, el jefe de la guarnición, «en su afán de enarbolar una bandera roja y al no contar con ella, mandó izar la turca creyendo que no se vería la media luna, pero el comandante de Marina lo divisó, comunicándolo al ministro de Marina mediante un telegrama que decía: “El castillo de Galeras ha enarbolado bandera turca”. Un voluntario, velando por el prestigio de la causa, se abrió una vena con la punta de su navaja y tiñó con su sangre la media luna, sustituyendo así a la bandera de Turquía.» Parece más una cosa de leyenda y romanticismo que real, pero así lo cuentan.

Se creaba así el Cantón Murciano. En Cartagena se encontraba anclada parte de la flota española en aquel momento; unos buques bastante modernos, por cierto. El diputado Antonio Gálvez haciendo gala de su palabrería dio un discurso tan convincente a los oficiales, que terminaron uniéndose a la rebelión. La flota queda en posesión del nuevo cantón, al que también se unieron los regimientos del ejército y el arsenal militar que hacían servicio en la ciudad. Los buques eran las fragatas “Numancia”, “Victoria”, “Tetuán”, “Méndez Núñez” y “Almansa”, el vapor “Fernando el Católico” y algunos buques más. A los oficiales que quisieron abandonar la rebelión se les permitió marcharse. Gálvez era nombrado por los cantonalistas comandante general de las tropas del Ejército, Milicia y Armada del Cantón de Murcia. Es fácil pues, entender por qué el cantón Murciano fue el que más tiempo resistió como tal.

Antonio Gálvez, más conocido como Antonete, (otros le llaman Antoñete) no era la primera vez que se rebelaba contra el sistema. En 1869 se sublevó en el monte de su pueblo, el Miravete de Torreagüera, contra la monarquía de Amadeo I. La revuelta no tuvo éxito. Más tarde, en 1872 volvió a echarse al Miravete con 200 hombres; fue la insurrección de los quintos. El servicio militar se cobraba la vida de cientos de jóvenes todos los años por mantener las últimas colonias del antiguo imperio o para luchar contra los carlistas. Los murcianos decidieron que las quintas debían ser abolidas. Antonete se puso al frente de la revolución y los jóvenes se reunieron con él dispuestos a seguirle y a pedir la supresión de las quintas y proclamar la República Federal. La Guardia Civil y tropas del ejército salieron desde Madrid para sofocar la rebelión. Antonete, y sus 200 hombres se dirigieron a Murcia, donde levantaron algunas barricadas e incluso pusieron bajo asedio el ayuntamiento. La refriega se saldó con algunos muertos (no hay números) por ambas partes.

Sobre este episodio, los diarios publicaron que «se veían en calzoncillos a los sublevados que mandaba Gálvez.» En realidad, no eran calzoncillos, sino zaragüelles: calzones anchos con muchos pliegues que se usaban antiguamente y que forman parte del traje regional masculino de las regiones de Valencia y Murcia. A partir de ese momento, Antonete se convirtió en un guerrillero admirado al que todos daban vivas por allí por donde pasaba. Pero Antonete tuvo que huir del país, pues el gobierno firmó su pena de muerte y dio orden de busca y captura. Luego, tras la proclamación de la república, Antonio Gálvez aprovecha el cambio de régimen para volver a España, se presenta en las elecciones como diputado por Murcia y sale elegido.

Antonete, que tiene en esos momentos 54 años, queda pues, como comandante general, y él va a ser, a partir de ahora, quien dirija la rebelión y el destino de Cartagena. El proyecto cantonalista es rechazado por las Cortes. Al presidente Pi y Margall se le acumulan los problemas y dimite. El 18 de julio le sustituye Salmerón, que inmediatamente envía tropas a Cartagena. Con la ciudad sitiada, escasos de dinero y de víveres, Antonete abrió las cárceles, armó y enroló en sus filas a los presos para defender la ciudad y promovió expediciones para abastecerse y de paso establecer nuevos cantones aliados.

En días sucesivos a la proclamación del cantón en Cartagena, se declararon cantones independientes en varias ciudades del levante y del sur español. Torrevieja, en donde había un grupo importante de republicanos federalistas y simpatizantes, fue una de las poblaciones a las que el Cantón murciano intentó incorporar a su causa. Entre los federalistas de Torrevieja se encontraba la líder local de este movimiento, Concha Boracino Calderón. Hasta allí llega 19 de julio la flota cartagenera comandada por Antonete. Torrevieja decide apoyar a los murcianos y entregan como contribución para la guerra los 70.000 reales que había en la caja de las salinas. Antonete prosigue su expedición hacia Alicante, donde desembarca vestido de uniforme. Allí impone el establecimiento de un cantón y exige la entrega de veinte mil duros. Los alicantinos se negaron y contestaron con algunos cañonazos. No había nada que hacer, sin embargo, requisaron un barco que había en el puerto.

Mientras tanto, en Madrid no daban crédito a lo que ocurría en el Levante y el gobierno de Salmerón declaraba la flota cantonalista como «pirata y buena presa», que es como ponerla en busca y captura. Cualquiera que se los encontrara en alta mar podía capturar sus navíos. A punto estuvieron de hacerlo unas fragatas alemanas que se cruzaron en su camino al ver que su bandera roja no coincidía con ninguna bandera reconocida internacionalmente. Después de dar algunas explicaciones, los de Cartagena sustituyeron su bandera roja por la rojigualda española y fueron autorizados a seguir, aunque debieron de entregar a los alemanes el barco que habían requisado en Alicante.

Antonete se dirige ahora a Lorca, allí se habían refugiado las autoridades de Murcia después de la proclamación del cantón. Llegaron, se llevaron el dinero del ayuntamiento y establecieron una junta cantonal, aunque solo duró un día, el tiempo que tardaron en llegar las tropas del gobierno central, que estaba tomando las medidas necesarias para pararle los pies, no solo a Antonete, sino a las 32 provincias que ya se habían sublevado y que estaban fuera de control.

Este artículo es parte de la monografía sobre

La España de los cantones.

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