30 marzo 1520

Invernada en el Puerto de San Julián

La tirantez es cada vez más palpable, y ésta aumenta en el momento en que Magallanes impone el racionamiento de los víveres. Un razonamiento necesario, pues allí, en el sitio más recóndito del mundo, donde habrán de pasar varios meses, no es fácil encontrar comida, pues aquellas tierras distan mucho de parecerse a las fructíferas zonas tropicales. ¿Por qué el Almirante los ha llevado a hibernar a un lugar tan remoto y sin comida? ¿No hubiera sido más sensato dar media vuelta y esperar más al norte para volver cuando pasaran los meses de mal tiempo? Acudamos de nuevo a la opinión que tuvo Zweig sobre los acontecimientos que estaban a punto de ocurrir. El mismo Zweig comenta que se ha abusado demasiado al representar a los capitanes españoles como unos envidiosos traidores y no duda en señalar directamente a Magallanes como único culpable de la situación:

«En aquellos momento críticos, no solamente tenían derecho, sino la obligación de pedirle cuentas de sus propósitos, porque les va en ello no solo su propia vida, sino también la de aquellos hombres que el rey puso a su servicio.»

Y en efecto, para eso designó el rey en persona a Cartagena, Mendoza y Coca, con el título y el sueldo correspondientes, para supervisar el buen discurrir de la empresa. Y en ellos recaía tal responsabilidad. El problema radicaba en cómo cumplir con el deber que les había encomendado el rey y no ser tratados como insurrectos o acabar cargados de cadenas, como ya lo fue Cartagena. Pero si tenían que ser tratados como rebeldes, como rebeldes actuarían.

A Magallanes no se le escapaba que algo tramaban. Es muy probable, incluso, que algún portugués se hubiera ido de la lengua, y por eso, Magallanes quiso calmar los ánimos invitando a todos los capitanes a oír misa el domingo de resurrección. Y al acabar la misa, estaban invitados a comer a bordo de la nave capitana. Todos pusieron excusas y ninguno acudió; era una señal clara del descontento general. Magallanes tenía ya claro que algo se le venía encima.

El rey Carlos I, bien porque a pesar de su juventud no tenía un pelo de tonto, bien porque alguien se lo aconsejó, dispuso que los portugueses tuvieran el mando de un solo barco, los otros cuatro estaban bajo el mando de capitanes españoles. Pero la astucia de Magallanes había hecho que primero cayese Juan de Cartagena y más tarde Antonio de Coca, al cual le había quitado el mando del San Antonio (no confiaba en él) para poner a su primo Álvaro de Mezquita. Ahora los dos barcos más grandes estaban comandados por portugueses, y esto le daba cierta tranquilidad a Magallanes. Había pues que restablecer el orden, tal como lo había dispuesto el rey, había que apoderarse de nuevo del San Antonio.

Juan de Cartagena, Gaspar de Quesada y Antonio de Coca, se esconden en un bote y se dirigen durante la oscura y fría noche hacia el San Antonio, van acompañados de treinta hombres. No hay centinelas. Nada les impide subir a bordo. Cartagena y Coca van los primeros, pues, como antiguos capitanes de la nave, nadie la conoce mejor que ellos. En la oscuridad, no les es difícil encontrar el sitio donde duerme el comandante. Álvaro de Mezquita se despierta, y aturdido ve a unos hombres armados que le rodean, le sujetan y le ponen grilletes en los pies. Varios marineros se despiertan. Juan de Elorriaga va hacia donde ha oído ruido y sospecha lo que ocurre, se acerca y pregunta enojado qué han venido a hacer allí. Juan de Quesada, por toda respuesta, le asesta una, dos, tres… hasta seis puñaladas. Elorriaga cae al suelo ensangrentado. No moriría en el acto, lo haría semanas más tarde. Los tripulantes portugueses son hechos prisioneros. El golpe ha sido satisfactorio para los capitanes españoles, pero el apuñalamiento de Elorriaga convierte aquella acción en una rebelión con sangre. Nadie sabe el porqué de la agresión, si fue innecesaria o por el contrario lo hizo al sentirse amenazado, pero el caso es que Elorriaga pagó caro el haber sido el primero en descubrir la rebelión.

El San Antonio está de nuevo en manos españolas. Ahora son tres barcos contra dos. Magallanes tendrá que negociar. Cartagena y Coca regresan a sus barcos. A Juan Sebastián Elcano le piden que se una a su causa. Como dice Zweig: «en esta ocasión se le llama para impedir que se lleven a cabo las ideas de Magallanes; en una segunda ocasión el destino lo elegirá para que la culmine.»

A la mañana siguiente, la bahía está en calma, las naves y sus tripulantes tranquilos, como si nada hubiera sucedido. Magallanes no sospecha que su primo y todos los portugueses del San Antonio están engrilletados y que el barco ahora está comandado por los rebeldes. Cuando Magallanes despierta da las órdenes del día para que sean transmitidas a cada barco. No tardó en saber que en el San Antonio no dejaron subir a bordo a los tripulantes del bote que les llevaban esas órdenes. Al final había sucedido lo que él ya sospechaba. Había que estudiar la situación y ver qué se podía hacer.

La situación era que los tres barcos más grandes, San Antonio, Concepción y Victoria, estaban en rebeldía. Solo la nao Santiago, la más pequeña de todas, estaba de su parte, en caso de enfrentamiento estaban perdidos. Había que negociar. Pero habría que esperar a ver qué pedían los capitanes españoles. Y la petición llegó en forma de carta; su contenido era, cuando menos, asombroso. Se encontraban en situación favorable y podían haber abordado el Trinidad, apresando al almirante y haberle exigido que confesara el engaño. De haber vuelto a España con Magallanes engrilletado y presentado al rey como un farsante, seguramente nadie les hubiera reprochado nada. Es más, Magallanes probablemente se hubiera enfrentado a la ira del rey. Y sin embargo, hecho lo más difícil, los españoles no quisieron ir más allá, solo quería conseguir del almirante lo que hasta ahora no habían obtenido de él: comunicación y confianza. Los capitanes no exigían nada, y en la carta se limitaban a hacer una “súplica” para no seguir recibiendo el mal trato de que eran objeto hasta la fecha, no siendo tenidos en cuenta a la hora de tomar decisiones. No pretendían con su acto la conculcación del derecho de almirantazgo que su Majestad le había confiado, sino la de conseguir que su capitán general se aviniera a confiar en ellos. De ser así, estaban dispuestos a prestarle obediencia y a ponerse de nuevo a su servicio “con el mayor respeto”. Así decía la carta.

Pobres ilusos, más les hubiera valido aprovechar la superioridad en que se encontraban y haber liquidado al portugués. Nadie conocía a Magallanes por dentro. Nadie sabía que por sus venas corría todavía en veneno que le habían inyectado en Sevilla justo antes de partir hacia lo desconocido. Un veneno que le había convertido en un esquizofrénico (¿o ya lo era antes de inyectárselo?) y que le hacía ver fantasmas por todos los rincones de los cinco barcos. Los capitanes españoles no eran para él más que espías del rey, envidiosos que acechaban para robarle la gloria que el destino le tenía guardada; pues él, Fernando de Magallanes estaba destinado a ser igual o más grande que Colón. -Vamos a contestarles que sí, que estoy dispuesto a ceder, id a su barco y llevadle mi respuesta.

Aquella carta no hizo sino revelarle a Magallanes la “debilidad” de los capitanes españoles. Tener superioridad militar y en vez de aprovecharla ponerse a suplicar no hacía otra cosa que delatar que no estaban dispuestos a correr más riesgos de los necesarios. No se atrevían a apresarlo. Pero él sí estaba dispuesto a correr cuantos riesgos fueran necesarios. Él sí aprovecharía esta debilidad que precisamente le colocaba con ventaja. El maestre de armas de Magallanes, Gonzalo Gómez de Espinosa será, junto a otros cuatro hombres, el encargado de llevar la respuesta a Luis de Mendoza, que capitanea el Victoria. Suben a bordo donde ya los esperan, y cuando Mendoza lee el mensaje comienza a sonreír. Magallanes lo invita a la nave capitana para entrevistarse con él. Pero Mendoza recuerda la forma en que fue apresado Cartagena y se dice para sí mismo que no será tan tonto y no se dejará coger. Fue lo último que le dio tiempo a pensar. Una puñalada certera le segó la garganta. Espinosa había hecho su trabajo a la perfección, y en unos segundos decenas de hombres trepaban e invadían la cubierta del Victoria. Con rápidas maniobras y antes de que el San Antonio y el Concepción pudieran reaccionar, el Victoria se situó al lado del Trinidad y el Santiago, que cerraban la salida de la bahía. Ahora eran tres contra dos. Las tornas se habían cambiado en cuestión de minutos. La rebelión había sido neutralizada.

Poco más tarde, Mesquita es liberado y los capitanes españoles ocupan el puesto de los portugueses, apresado y encadenados, humillados de nuevo. Magallanes se dispone ahora, según las leyes de navegación, a impartir justicia. Podía haber imitado la conducta de los españoles, haciendo alarde de benevolencia: ustedes apuñalaron a Elorriaga, nosotros hemos degollado a Mendoza, estamos en paz; aquí el que manda soy yo, y esto es lo que hay. Pero no, Magallanes no podía dar síntomas de debilidad, como hicieron los otros, muy al contrario, demostraría que contra él no podrían nunca, y se mostraría aún más duro de lo que había sido hasta ahora. La rebelión no podía quedar sin su correspondiente castigo, debía dar un escarmiento. Todos fueron condenados a muerte. Capitanes y marineros. Más de cincuenta hombres.

Solo había un problema, no podía ejecutar a tantos marineros, los equivalentes a la tripulación de un barco. Los iba a necesitar para la buena marcha de la larga travesía que aún les esperaba. Tampoco quiso desprenderse de todos los capitanes, gente muy bien preparada, necesaria para gobernar los barcos. De haberlos ejecutado, Elcano nunca hubiera cumplido el cometido que le deparaba el destino. Y aun así, Magallanes iba a sacar lo peor que llevaba dentro de sí. El veneno, que le había corroído durante meses las entrañas, estaba a punto de hacer el más pernicioso de sus efectos. Solo sería ejecutado aquel que se había puesto a la cabeza del motín haciendo uso del acero: Gaspar de Quesada, que había herido mortalmente a su fiel piloto Elorriaga, fue acusado de homicidio y sedición y condenado a ser decapitado y descuartizado. De la misma manera es descuartizado el cadáver de Mendoza, y cada trozo de carne es clavado en estacas, clavadas en las frías tierras patagónicas.

Eran prácticas horribles, pero habituales entre los marinos. Necesarias, según ellos. No tan necesaria era la monstruosidad que Magallanes tenía reservada al que él consideraba su máximo rival, al cual tenía entre ceja y ceja desde el primer momento. Hasta ahora solo había podido humillarlo, ahora se le presentaba la oportunidad (única) de acabar con él. Juan de Cartagena no sería nunca más un incordio para Magallanes. En el arbitrario juicio, donde su primo Mezquita se explayó de lo lindo contra los acusados (donde no hubo cabida para atenuantes, dado que no habían hecho uso de la superioridad en que se encontraban), fueron encontrados culpables tanto Cartagena como el sacerdote portugués Pedro Sánchez de Reina (embarcado con el nombre de Bernardo Calmette), que los acompañó durante la sublevación. Si Quesada fue acusado por asesinar a Elorriaga, Cartagena lo fue por ser el cabecilla principal de la rebelión, y el cura por ser su fiel acompañante. Pero Magallanes no se atrevía a ordenar la ejecución de Cartagena, y por primera vez se da cuenta de que el más alto empleado del rey en aquella misión era precisamente este hombre. Tampoco se atrevería a ejecutar a un representante de la Iglesia, lo cual nunca le perdonaría el clero. Tampoco su conciencia de católico se lo permitía. La solución consistía en abandonarlos al amparo de Dios Todopoderoso.

Cuando los barcos zarpen de nuevo, Cartagena y el capellán Pedro Sánchez serán abandonados a su suerte en las playas de la bahía de San Julián. Les dejarán comida y vino para algún tiempo; es de suponer que muy poco, pues los víveres estaban racionados. Y si estaban racionados era porque la comida no abundaba en la zona. Probablemente murieron de hambre. Nunca más se supo de ellos.

Lo que opinan los “expertos”

Sobre estos hechos, entre los expertos actuales encontramos diversidad de opiniones. Unos justifican la crueldad de Magallanes y consideran a los capitanes españoles unos traidores envidiosos, otros creen que los españoles actuaron con razón ante un capitán general que los había engañado a todos. No falta quien opina que una rebelión formaba parte de toda gran aventura, algo inevitable que tuvieron que padecer Colón, el capitán Cook y muchos otros grandes almirantes. Y no faltan tampoco los que pasan de puntillas sobre un asunto que consideran espinoso y de mal gusto, sobre todo porque nadie estará nunca seguro de qué es lo que verdaderamente movía a los marinos a rebelarse contra sus superiores, aún a sabiendas de que sus cabezas corrían grave peligro.

Empezando por la opinión propia del autor de estas líneas (he dicho que pondría la opinión de expertos, la mía será la excepción), pienso que Magallanes era un resentido que llevaba dentro de sí una gran rabia contenida. Había dedicado su juventud a engrandecer su patria y enriquecer las arcas del monarca que más tarde lo humilló y lo despreció. Llegó a Sevilla dispuesto a todo con tal de alcanzar su sueño y lograr una gesta tan grande como la de su admirado Colón. No dudó en poner en riesgo su vida trasladando a España unos documentos robados en la tesorería de su país. Tampoco dudó en engañar al rey de España, asegurándole que conocía el estrecho que partía en continente americano en dos, solo basándose en un mapa que resultó ser erróneo, y en conversaciones fantasiosas escuchadas en tabernas de puerto.

Quizás podríamos pensar que, en esto, Magallanes no difiere demasiado de Colón, pues también él erró, creyendo que llegaría a las Indias. En realidad, todos los grandes aventureros consiguieron sus hazañas basándose en datos erróneos, si no, no podría atribuírseles el apelativo de exploradores y aventureros. Sin embargo, el carácter de Colón era diferente, supo ganarse a la tripulación en momentos difíciles, y tuvo el temple suficiente para hacer ver que todo discurría como estaba previsto, aunque no fuera cierto. No es éste el caso de Magallanes, que vio en los capitanes españoles, desde el principio, un estorbo en sus propósitos, y se dedicó a ir quitándoselos de encima uno a uno; algo que puso en grave riesgo la misión nada más comenzar. La rebelión sufrida la provocó él y solo él. Era como si deseara que ocurriera, para eliminar a sus odiados capitanes. El escarmiento dado ejecutando a los capitanes, a pesar de que pueda parecer benévolo al perdonar al resto de los rebeldes, deja entrever el odio acumulado, que por fin consigue sacarse de dentro. Pero esto es solo una opinión sobre un tema del pasado visto desde una perspectiva actual, y esto siempre nos lleva a engaño. Por lo visto, las rebeliones a bordo eran severamente castigadas, algo normal en la época; un capitán general al mando de un barco, o de una flota, como era el caso, tenían licencia para matar, expedida alegremente por su rey. Mejor pasamos a ver las opiniones de los expertos de verdad.

Gabriel Sánchez, en su libro “Magallanes y Elcano, travesía al fin del mundo” nos da su particular versión sobre Juan de Cartagena. El veedor del rey era un provocador engreído por ser hijo del cardenal Fonseca, Desde el primer día se dedicó a incordiar a Magallanes pidiéndole explicaciones por todo y exigiéndole estar al tanto de las rutas que escogía. Como venganza por haber sido apresado y engrillonado (por cumplir con lo que el rey le había encomendado), Cartagena conjuró contra él y se comportó como un autentico traidor. Tampoco se escapa de esta feroz crítica Juan Sebastián Elcano, al que atribuye una relación amor odio tras suplicarle que lo admitiera en la expedición para escapar de la justicia. El pago por este favor fue la traición. Y a pesar de eso, el bueno de Magallanes le perdonó la vida. Lo curioso del caso, es que no aclara de dónde saca el autor de este libro que Elcano y Magallanes tuvieran ni buenas ni malas relaciones. Elcano no aparece en ninguna fuente (fiable) hasta el momento del motín en que se registran los nombres de todos los condenados a muerte.

José Luis Comellas, autor de “La primera vuelta al mundo” es de los que pasa de “puntillas” o intenta hacerlo, por considerarlo un asunto morboso del cual se ha escrito demasiado. En su rápida reseña sobre el tema habla de un paréntesis triste, nada heroico, en el que se manifestaron algunas de las debilidades humanas, la desconfianza, la traición y la crueldad.

En “Magallanes”, Carlos Valenzuela se limita a contar los hechos intentando ser neutral, sin opinar sobre traiciones o crueldades. Sí se moja y mucho Zweig en su “Magallanes, el hombre y su gesta”, ya lo hemos citado varias veces, y no duda en acusar como único culpable de lo sucedido al capitán general, debido a que “no sabía hacerse querer”. Cuenta, además, que la Historia da la razón a Magallanes porque finalmente llevó a cabo una gran hazaña; y en su libro cita al poeta y dramaturgo alemán Friedrich Hebbel, el cual dijo una magnífica frase: “A la Historia le es indiferente cómo suceden las cosas. Se pone al lado del que ejecuta, del ganancioso”. Zweig continúa su crítica sentenciando: “Si Magallanes no hubiera encontrado el paso, si no hubiera llevado a cabo su empresa, la ejecución de los capitanes españoles se hubiera considerado un asesinato.”

¿Y qué hay del reportero oficial de la expedición? ¿Tampoco ahora nos cuenta nada sobre el asunto? Pues sí, el asunto fue demasiado grave como para pasarlo por alto. “Apenas anclamos en este puerto, cuando los capitanes de los otros cuatro navíos tramaron un complot para asesinar al capitán general.”- Miente Pigafetta. Y sigue contando: “Los traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: el primero fue descuartizado, y el segundo, apuñalado. Se perdonó a Juan de Cartagena, que algunos días después meditó una nueva traición (no se sabe a qué otra traición se refiere). Entonces, el capitán general, que no se atrevió a quitarle la vida porque había sido nombrado capitán por el mismo emperador, le expulsó de la escuadra y le abandonó en la tierra de los patagones, con un sacerdote, su cómplice.”

Todo son opiniones, puntos de vista que pueden depender de la simpatía que cada cual sienta por el personaje (Pigafetta está claro que sentía admiración por Magallanes). Y a medida que el tiempo nos aleja de los hechos, más difícil será formarse una opinión, puesto que, como ya se ha dicho infinidad de veces, no es demasiado sensato juzgar la Historia pasada con razonamientos del presente.

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