Estoy en Amiens, ciudad del norte de Francia donde el escritor Julio Verne pasó los últimos años de su vida. He viajado hasta el 9 de febrero de 1900 para conocerle y entrevistarle algunos años antes de su muerte, para poder así hablar de la mayor parte de su extensa obra. Me he vestido con un atuendo acorde a la época, un traje gris con chaleco y sobrero a juego. Elegí el gris, quizás influenciado por las imágenes de esos años en blanco y negro.
El día anterior Monsieur Verne cumplía 72 años. Vive en el Bulevar Longueville número 44, allí fui amablemente recibido por él en persona. Se encuentra delicado de salud debido a una diabetes que padece desde muy joven. No ha perdido del todo esa fisonomía que todos estamos acostumbrados a ver en las fotos en blanco y negro amarillentas que se publican en sus biografías, pero está notablemente deteriorado, aunque mentalmente se le nota muy ágil. Me presento como periodista español y me pregunta en qué diario saldrá publicada la entrevista. Le digo que soy de una agencia independiente y me invento un nombre.
-Venderá usted su trabajo al mejor postor -me dice sonriendo.
-Más o menos -le respondo sonriendo también-. ¿Cómo se encuentra de salud?
-Todavía me veo con fuerzas para escribir algún libro más.
-¡Lo hará! -le respondo.
Se queda algo sorprendido al oír mi contundente respuesta y la seguridad de mis palabras. Luego le invito a que me cuente cómo fueron sus comienzos como escritor.
-Mi padre -comienza Monsieur Verne- quería que yo siguiese sus pasos y me dedicara a las leyes, y me hizo estudiar la carrera de abogado. Él se sentía muy orgulloso de su padre, mi abuelo, que fue consejero y notario del rey Luis XV, no es raro que quisiera que yo continuara la tradición y fuera abogado también.
-Sin embargo, usted se va a convertir en la oveja negra -le interrumpo.
-Sí, le di un gran disgusto. Cuando vio que yo prefería las bibliotecas a los bufetes de abogados se negó a darme dinero, ni siquiera para alimentarme, pues sabía que no lo emplearía en comida.
-¿No tenía usted dinero para comer? -le pregunto.
-Nada, me lo gastaba todo en libros. Mi afición por los libros llegó a convertirse en una obsesión. Quería saberlo todo, absolutamente todo cuanto sus páginas contaban. Me alimentaba más un libro que un trozo de pan. Por eso enfermé.
-¿Quién le inculcó la pasión por los libros y su afición a escribir?
-Fue al conocer a Alejandro Dumas y a su hijo. Yo admiraba sus obras, quería ser como ellos.

Sus comienzos

-Hábleme de sus primeros escritos.
-Comencé escribiendo obras de teatro; con 22 años logré que se estrenara “Las pajas rotas” la cual pasó por los escenarios sin pena ni gloria, aunque para mí fue una gran satisfacción. Luego logré publicar “Martín Paz” y “Un drama en México”, dos de mis primeros relatos cortos; fue en la revista “El museo de las familias”.
-Era habitual en aquellos tiempos -le espeto inconscientemente-, que los escritores publicaran sus obras semanalmente en diarios y revistas, por lo que veo.
-Era y es a día de hoy -me responde algo confundido por mi observación.
-¿Cuándo llega su primer gran éxito?
-Fue tras la confianza que depositó en mi Pierre Jules Hetzel al publicarme “Cinco semanas en globo”.
-Su primera novela y una de las pocas que no se publicaron en capítulos semanales en una revista.
-Buena observación, así es.
-Sin embargo, usted ya le había presentado otra novela a Hetzel, pero se negó a publicarla, hábleme de ese libro.
-¿Cómo sabe usted eso?
A Monsieur Verne le cambió el semblante. Estaba sorprendido por mi pregunta. Yo sabía cuál iba a ser su reacción, pues esta novela, tras ser rechazada, fue abandonada y olvidada en una caja fuerte. Fue una imprudencia hacerle esta pregunta, pero no pude resistirme a ver qué cara ponía el escritor.
-¿Usted… usted ha hablado con Monsieur Hetzel, él se lo ha contado?
-No -le contesté intentando tranquilizarle-, lo oí en mis círculos de amigos cuando hablamos de literatura.
-Quizás yo mismo lo he comentado en alguna ocasión -respondió más sosegado-, ya veo que todo llega a saberse. Y bien, ya que está usted al tanto, le diré que se trata de una obra a la cual quería titular “París en el siglo XX”, pero Monsieur Hetzel pensó que sería un fracaso, que la gente se enfadaría al leer cómo describo una sociedad obsesionada por el dinero, pendiente de una tecnología imposible de imaginar hoy día.
-Estoy seguro de que esa novela llegará a publicarse algún día -le digo.
-No, no se publicará. No pienso intentarlo de nuevo.
-Puede que un descendiente suyo la encuentre y lo haga.
-¡Que optimista es usted!
En 1989, Jean Verne, bisnieto de Julio Verne, descubrió la novela perdida en una caja fuerte y en 1994 fue publicada en Francia.

Las historias de amor

-Cuentan por ahí que no es usted demasiado hábil a la hora de introducir romances en sus novelas, que sus personajes femeninos no tienen fuerza y sus historias románticas no llegan al corazón del lector.
(rie)
-Quizá estén en lo cierto. Yo mismo no me entusiasmo con los amoríos que intento establecer entre personajes. Todo el mundo sabe que mi matrimonio fue un fracaso, para qué negarlo. Seguramente esto me dejó incapacitado para hilar una buena historia de amor. La señora Glenarvan y la jovencísima Mary en “Los hijos del capitán Grant”, son un claro ejemplo, reconozco que no son historias de amor que lleguen al corazón, pero mi intención tampoco era esa, sino contar una gran aventura que se desarrolla en dos continentes.
-Hablando de señoras, ¿no cree usted que la señora Weldon sale demasiado airosa de la aventura que corre en África? -le pregunto.
-¿A qué se refiere usted?
Verne se ve sorprendido por mi pregunta y yo reconozco que lo estoy descolocando, por lo que, me siento culpable de ello, pero no puedo evitarlo y le hago esta observación, aun sabiendo que en su época no podía escribirse según qué cosas sin ser objeto de censura.
-La señora Weldon -continúo-, en su novela “Un capitán de quince años”, recorre muchos kilómetros por África y finalmente es encerrada por un maleante sin escrúpulos. Se sugiere en la novela que es una mujer hermosa, y sin embargo el bandido, que había pasado una larga temporada sin ver a una mujer, no la viola. ¿No es eso algo poco creíble?
-¡Pero señor mío, de qué me habla usted!
Verne no solo está descolocado, sino que está próximo a enojarse. Prefiero cambiar de tercio y abordarle con otras preguntas.

Los robinsones de Verne y demás personajes

-No pasa desapercibido para nadie que es usted un apasionado del célebre personaje de Daniel Defoe, Robinson Crusoe.
-No puedo negarlo, Robinson inspiró varias de mis novelas más exitosas y así lo hago constar en la introducción de “Dos años de vacaciones”, donde vuelvo a poner a mis personajes en el aprieto de sobrevivir en una isla donde las condiciones de vida no son las más apropiadas. Lo hice en “La isla misteriosa”, volví a hacerlo en “Hector Servadac”, donde un puñado de sobrevivientes a una catástrofe quedan atrapados en un cometa; y todavía quise poner a hacer de robinsones a unos niños, como ya he dicho, en “Dos años de vacaciones”.
-¿No cree usted que sus personajes infantiles y juveniles se comportan más como adultos que como niños? El capitán de solo quince años parece que tuviera treinta, y los niños de “Dos años de vacaciones” actúan y hablan como verdaderos adultos.
Es una crítica que no pude reprimir, pues verdaderamente me chocaron mucho estos personajes cuando leía sus novelas, y aun a riesgo de que el señor Verne me pusiera de patitas en la calle, le dije en la cara lo que pensaba. Sin embargo, mi entrevistado no se inmutó y encajó perfectamente la mi impertinencia.
-Cuando me invento un personaje intento darle unas características, una personalidad propia, lo hacemos todos los escritores. No siempre conseguimos que calen en el lector, que le sea simpático, o que entienda a la perfección lo que este personaje quiere transmitir. Mis personajes infantiles son niños o jóvenes que han madurado antes de tiempo porque, por las circunstancias que sea, han tenido que hacerlo. Es el caso de Dick Sand, el capitán de quince años, recogido de muy niño por el señor y la señora Weldon, esa que usted dice que debía haber sido v…
-Déjelo, olvídelo, por favor, no me lo tenga en cuenta -le interrumpí.
-Como le iba diciendo, han tenido una infancia difícil y han logrado sobrevivir solo porque han madurado a fuerza de los golpes que les ha propinado la vida desde su mismo nacimiento. La astucia es vital para la supervivencia, y ante las aventuras que yo les pongo delante no les queda otra que actuar como si fueran mayores.
No me convence del todo la explicación dada, pero evito llevarle la contraria y paso a la siguiente pregunta, algo impertinente también.
-¿No cree usted que meter un profesor chiflado en cada novela es un tanto cansino?
-Señor mío -me responde sonriendo-, ¿qué sería de mis novelas sin esos profesores chiflados?
-Eso es cierto -le contesto-, muchos le imitarán en el futuro, hasta Jerry Lewis.
-¿Quién es Jerry Lewis?
-Todavía no es famoso, es un actor cómico.
-¿Actor de teatro?
-Más o menos. Paso a hacerle otra pregunta, pero no muy distinta a la anterior: ¿Por qué repite constantemente al sirviente fiel y sumiso, dispuesto a dar su vida, si hace falta, por su señor?
-Mi respuesta tampoco es diferente a la anterior: qué sería de mis historias sin esos leales compañeros de aventuras.
-¿Sabe usted que hay quien le tacha de racista?
-¿Racista? ¿Qué quiere usted decir exactamente?
-Habla usted de la raza negra con desprecio, les compara con monos; si bien es cierto que en “Un capitán de quince años” los defiende y pone de vuelta y media a los tratantes de esclavos.
-Usted mismo lo dice, señor mío. En esta novela queda patente mi amor y respeto por la raza negra, aunque nunca he ocultado que en continentes como Oceanía, sus pobladores se parecen más simios que humanos.
Hoy día, Julio Verne no vendería sus libros y sería acusado de racismo e incitación al odio, aunque bien es cierto que siempre trató bien y con cierto respeto a sus personajes negros. No obstante, Verne tenía una curiosa manía, y era aquello de, “donde dije digo, digo Diego”. Es decir, ahora digo que los negros se asemejan a los monos y poco después los defiendo a capa y espada porque son seres humanos semejantes a los blancos. Le ocurría lo mismo con los ingleses, pues mientras en “Cinco semanas en globo” y “La vuelta al mundo en 80 días” eran valientes aventureros, exploradores, gente culta y ordenada, en “Los hijos del capitán Grant” son tiranos avasalladores que intentan apoderarse del mundo. No le comentaré nada acerca de esto, sin embargo, no puedo guardarme una pregunta que me corroe desde que leí “Héctor Servadac”.
-En la época en que usted comenzó a escribir, mi país, España, intentaba salir de una terrible crisis, provocada por una no menos terrible guerra, precisamente contra su paisano Napoleón -mientras le decía esto, Verne me miraba con cara expectante, intentando aparentar paciencia, y esperando a ver por dónde le disparaba esta vez-. El país había quedado prácticamente destruido, y en varias décadas no pudimos levantarnos, gracias también (pues todo hay que decirlo) a unos gobernantes que, o bien tropezaban por una zancadilla tras otra, o bien eran directamente unos ineptos. ¿Pero no cree usted que es demasiado duro con los españoles al tratarlos de ignorantes incapaces de entender lo que es un cometa? Sobre todo, tratándose de una nación que ha dado escritores tan universales como Miguel de Cervantes o Benito Pérez Galdós, contemporáneo suyo este último.
Verne ríe y no esquiva mi pregunta, pero intentará matizar todo lo que quedó escrito en su novela.
-¡Ah! -me responde-, se siente usted ofendido y no le culpo, yo me sentiría igual. Pero no debería usted tomárselo tan a pecho, después de todo son casi los protagonistas del libro, los que ponen la nota alegre. Y Pablo, ¿qué me dice usted de Pablo? Él y la niña italiana representan la esperanza de la humanidad a bordo del cometa. No salen los españoles malparados tampoco en “20.000 leguas de viaje submarino”. La ría de Vigo se convierte en un momento cumbre de la historia. Tanto es así que no pude evitar visitarla años más tarde, aprovechando, por supuesto, para visitar otros lugares, como Andalucía, la tierra de aquella gente que utilicé para dar colorido a la historia del viaje a través del Sistema Solar. En cuanto a Cervantes, es un escritor al que admiro muchísimo, y me agradaría mucho conocer a Galdós.

El capitán Nemo

-Hábleme del capitán Nemo, su personaje más famoso.
-¿Qué quiere que le diga? -me contesta mirando al infinito-. Es un personaje en el que puse muchas expectativas, quería que la gente disfrutara con sus aventuras bajo el mar.
-¿Sabe que hay mucha gente que identifica su personaje con usted mismo? Dígame, ¿es usted el capitán Nemo?
(Vuelve a reír)
-Todos llevamos dentro “otro yo” que no nos atrevemos a exteriorizar. Lo reconozco, me ha descubierto usted. Sí, yo soy el capitán Nemo.
-Sin embargo, no es usted una persona violenta.
-Pero el capitán Nemo sí lo es -me puntualiza como queriéndose reafirmar en su convicción-. Yo jamás me atrevería a llevar a cabo las acciones de mi personaje, pero de alguna forma, con él estoy exteriorizando lo que pienso y lo que siento.
-¿Piensa usted que la mejor manera de arreglar los problemas del mundo es matando, incluso a gente inocente?
-No lo sé, pero sí sé que las guerras nunca son del todo justas, mueren inocentes, y sin embargo son inevitables y hasta necesarias para hacer justicia y para sobrevivir. El capitán Nemo buscaba no solo venganza, sino justicia. Hace lo que la mayoría de los mortales harían si pudieran.
-¿Cree usted que hay injusticia en el mundo animal?
-Lo dice usted por la matanza de cachalotes utilizando el Nautilus para defender a las indefensas ballenas. Por supuesto que hay injusticias en el reino animal. Hay especies que no entiendo cómo pudieron ser creadas, y que Dios me perdone si con esto le ofendo.
-Ha llegado a mis oídos un rumor que viene a decir que hasta su propio editor, Hetzel, se escandalizó por la violencia mostrada por Nemo.
-Violento, reaccionario, racista, me han llamado de todo.
-Reaccionario, también… ¿es por eso que escribió “Miguel Strogoff”?
-Eso es lo que creen algunos, que escribí sobre el correo del zar para dejar claro cuáles eran mis ideas políticas. Yo ya no me espanto por nada. Que cada cual piense lo que quiera sobre mí.

Sus premoniciones sobre el futuro

-Es usted un auténtico vidente, eso creemos muchos de los que leemos sus novelas.
-Es pronto para saber si mis premoniciones se cumplirán, aunque yo estoy convencido de ello, si no, no escribiría sobre inventos que aún no han visto la luz.
-El submarino, ese yate que se sumerge y recorre 20.000 leguas por los océanos de todo el mundo, los motores eléctricos, cohetes que van a la luna, el fax, cartas que se envían por teléfono, los helicópteros, aparatos que vuelan sustentándose con hélices. ¿Tiene usted idea de las cosas que anticipó y que se han cumplido?
-¿Cómo los ha llamado? ¡Fax! Helicop… ¿Pero por qué dice anticipé, por qué habla en pasado y por qué dice que se han cumplido? No le entiendo.
-Señor Verne, le voy a revelar un secreto. A usted, siendo hombre de ciencia como es, y visionario como pocos, no le sorprenderá. Debería usted haber escrito sobre viajes en el tiempo, como han hecho ya el español Enrique Gaspar en 1887 y H.G. Wells en 1896, es decir, hace solo cuatro años.
Le restriego lo de la novela de Enrique Gaspar, primera que aborda el tema de los viajes en el tiempo, y que a pesar de su escasa difusión la escribió unos años antes de que lo hiciera H.G. Well, para que tomara nota de que los ignorantes españoles (como él nos trataba), además de buenos escritores también eran precursores en alguno géneros.
-Pues bien, señor Verne, los viajes en el tiempo ya son una realidad.
-No me diga -me contesta con su ya habitual sonrisa.
-Yo mismo he venido del futuro a hacerle esta entrevista, por eso sé que casi todo lo que usted adelantó en sus novelas se hará realidad.
-Supe que venía usted del futuro en cuanto le vi entrar por esta puerta.
Verne me decía aquello con total naturalidad y yo nunca supe si lo hacía en serio o simplemente me seguía la corriente como a los locos. Luego fue él quien me interrogó:
-Dígame, qué cosas se han hecho realidad.
-Los motores eléctricos, por ejemplo -le contesté-, usted los veía, los ve ahora, como algo esencial para el desarrollo, y en cierta medida, así ha sido y lo seguirá siendo. Y hay algo que usted predijo, dio detalles muy concretos, y dio usted en el blanco; me refiero al lugar desde donde debían lanzarse los cohetes para alcanzar con más eficacia el espacio. Estados Unidos tuvo en cuenta sus sugerencias y es desde allí desde donde los lanza. Fue desde allí, desde Cabo Cañaveral desde donde lanzaron los primeros cohetes que alcanzaron la Luna. Como usted predijo.
-¡Cabo Cañaveral! Exclamó Verne entusiasmado, como si en verdad hubiera creído lo que le había contado.
Verne se levantó del sillón donde había permanecido sentado durante la entrevista. Yo me lo tomé como la señal de que la entrevista había terminado y me levanté también
-¡Cabo cañaveral! -seguía repitiendo.
-Sí, Cabo Cañaveral.
-Y dígame una última cosa antes de marcharse, ¿cuánto me queda de vida?
Aquella pregunta me dejó desconcertado. El más famoso escritor de novelas de aventuras y ciencia ficción moriría el 24 de marzo de 1905, pero me negué a contárselo. Me limité a decirle que todavía tendría tiempo de escribir muchos libros más, aunque no le dije el número exacto. Me despedí de aquel entrañable personaje. Cuando salía por la puerta Verne todavía seguía repitiendo “¡Cabo Cañaveral!”. No sé si se burlaba de mí, pero estoy seguro de que solo de pensar que los americanos algún día tendrían en cuenta su novela “De la Tierra a la Luna” para lanzar sus cohetes, le había ilusionado como a un niño.

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