No fue un mercenario, ni luchó en el bando musulmán 

Se puso al servicio del rey moro de Zaragoza por dinero y luchó contra el rey cristiano de Navarra y los condes de Barcelona. Atacó y venció a García Ordóñez, lugarteniente de Alfonso VI, su propio rey, en defensa del rey taifa de Sevilla. Arrasó y saqueó territorios cristianos en la Rioja y estuvo dispuesto a enfrentarse al rey castellano leonés cuando éste intentó arrebatarle Valencia. 

Después de lo anteriormente expuesto, ¿qué duda cabe de que el Cid era un mercenario, un bandolero sin rey ni patria que luchó en el bando de los moros y más tarde en beneficio propio? Sin embargo, aunque cierto, todo está sacado de contexto. Todo empezó con la moda de lo políticamente correcto y la obsesión por cambiar las enseñanzas que nos habían inculcado durante los años 60, por considerarlas demasiado patrióticas y afines al régimen franquista.  

No se han librado de esta purga inquisitorial héroes tan populares como Colón, los Reyes Católicos, Julio César, Elcano, (la lista es muy larga) ni por supuesto el Cid. Según los nuevos inquisidores, todo fue mentira, propaganda del régimen que buscaba ídolos donde apoyarse para hacer creer que nuestra nación era la más grande y libre. Lo triste del caso es que las mentiras, a base de repetirlas van convirtiéndose en falsas verdades, y éstas se apoyan en el talón de Aquiles de una sociedad aborregada que se deja guiar por lo que cuentan los que más alzan la voz. En definitiva, se aprovechan de que la sociedad no lea y no se informe. 

A día de hoy, alineados como estamos en las redes sociales, donde supuestamente deberíamos estar mejor informados que nunca, paradójicamente sucede lo contrario, estamos más desinformados que nunca. Porque se da la circunstancia de que estas redes, además de servir como una útil vía para el conocimiento, es a la vez el trampolín perfecto para los bulos y las falsedades. ¿Y qué tendrá la mentira que siempre es mucho más atrayente que la verdad? 

Los historiadores hacen bien poco al respecto, y se pueden contar con la mitad de dedos de una mano los que tienen la decencia de pelear por salvar la reputación de los personajes caídos en desgracia y que tanto hicieron por dar brillo a nuestra Historia. Revistas tan “prestigiosas” como National Geografhic, publicaban un artículo contra el Cid con un titular de enormes letras en mayúscula que decía: UN MERCENARIO CONVERTIDO EN LEYENDA. Luego, no crean que el artículo se dedique a investigar ni a dar detalles de su vida, sino a repetir de forma superficial lo que está de moda, que era un mercenario.  Y así, cuenta que Rodrigo Díaz, conocido popularmente como héroe decisivo por su lucha contra los musulmanes durante la Reconquista, era en realidad «un verdadero mercenario, pues a lo largo de su vida luchó por sus propios intereses, a veces en el bando cristiano y otras en el musulmán.» Nada de esto es cierto, una revista supuestamente seria como esta no debería caer en tales desatinos. 

¿Qué fue lo que nos enseñaron en la escuela? Yo recuerdo que después de leer la lección diaria del libro de Sociales (o hacer que leíamos mientras tirábamos bolitas de papel a los compañeros), el maestro nos explicaba cómo Guzmán el Bueno entregaba a su hijo a los moros con tal de salvar la ciudad (qué barbaridad, nunca supe si esto fue verdad o no), y también que el Cid se portaba tan bien con los musulmanes que llegaron a llamarle señor, cid. Y que, como valiente y fiel caballero que era, aun después de ser desterrado, siguió luchando por su rey hasta el punto de conquistar Valencia y ponerla bajo su corona. 

Los inquisidores de turno casi me hacen creer lo contrario, pero la curiosidad que mató al gato, a mi me reafirmó en mis convencimientos de que mi maestro llevaba razón. Quizás no todo fue tal y como me lo contaron, pero en resumidas cuentas, y estudiándolo todo en su justo contexto, así fue. El Cid no fue un mercenario, o no lo fue en el sentido de lo que hoy entendemos como tal. Nunca luchó en el bando del musulmán invasor, eso es falso. Y, aunque alguna vez se vio obligado a enseñarle los dientes, siempre fue leal a su rey. 

 

Toda la verdad sobre el campeador 

Casi todo lo que sabemos sobre Rodrigo Díaz, con el sobrenombre de El Cid, se lo debemos a la Historia Roderici, una biografía escrita en latín en el siglo XII por un riojano, supuestamente testigo de los hechos. Era frecuente que los grandes guerreros tuvieran su propio biógrafo que iban tomando nota de todo cuanto ocurría alrededor del biografiado. Menéndez Pidal por su parte indagó en la vida del Cid y aportó mucho sobre este personaje, sin embargo, fue y sigue siendo objeto de reproches, por creer que se dejó llevar por el patriotismo y se apoyó demasiado en la leyenda.  

Sea como fuere, es cuanto tenemos, que tampoco es poco. Vamos a ver muy por encima cual fue la vida de este héroe nacional al que la inquisición del siglo XXI intenta llevar a la hoguera. Se crio en la corte de Fernando I junto a los príncipes herederos Sancho y Alfonso. Siendo muy joven pasó al servicio de Sancho y fue testigo presencial de una batalla contra su propio tío Ramiro, rey de Aragón (hermano del rey Fernando). El tío de sancho murió en la batalla. Una batalla en favor del rey moro de Zaragoza, al-Muqtadir. ¿Qué había ocurrido? Que su tío ramiro estaba molestando a al-Muqtadir, y como este rey musulmán pagaba parias a su padre, él se vio en la obligación de defenderlo. ¡Vaya, aquí tenemos un ejemplo de lucha en el bando musulmán contra un rey cristiano! Seguro que cualquier historiador sensato me diría que estoy equivocado. Las parias se pagaban precisamente para eso, para ser defendidos en caso de ataque, fuera quien fuera el atacante, incluidos los familiares. ¿Recibió Sancho una reprimenda de su padre por haber matado a su hermano? Está claro que no. 

Años más tarde, después de la muerte de Sancho en Zamora y estando ya Rodrigo a las órdenes de Alfonso VI, se vio implicado en un caso parecido. Rodrigo fue a cobrar las parias a la taifa de Sevilla y el rey le avisó de que desde Granada venían a invadir su reino. Precisamente en Granada, el rey se quejaba de lo mismo a García Ordóñez y ambos se enfrentaron en las inmediaciones de Cabra. Tanto el Cid como Ordoñez eran compañeros al servicio de Alfonso, y sin embargo se enfrentaron poniéndose al servicio de reyes musulmanes.  

Debido a los constantes rifirrafes de Rodrigo con Ordóñez, y por algunas causas más, ya que el Cid era un “echao pa lante”, Alfonso lo desterró. Fue un destierro “ligh”, pues Alfonso no quiso ensañarse con su guerrero más valiente y no lo despojó de sus bienes, como era habitual. A pesar de liberar a sus hombres del compromiso de seguir a su servicio, la gran mayoría optó por seguirlo en su destierro. Esto fue, por una parte, una inyección moral para Rodrigo en unas horas bajas, pero por otra, se veía en la obligación de buscar el sustento de todo un ejército de varios miles de soldados. 

El primer lugar por donde pasó Rodrigo buscando trabajo fue por Zaragoza, aunque se cree que solo pasó a tantear la posibilidad de trabajar para el rey al-Muqtadir y saludarlo, pues ya lo conocía desde joven, aquel día de la batalla contra Ramiro de Aragón. Luego siguió su camino hasta Barcelona y allí pidió ponerse al servicio de los hermanos Berenguer Ramón y Ramón Berenguer. No vieron los condes de Barcelona la necesidad de contratar sus servicios y Rodrigo se volvió a Zaragoza, donde fue contratado por el rey al-Muqtadir. Podemos notar aquí cómo el Cid quiso ponerse al servicio de unos cristianos antes que de un rey musulmán. 

Estando al servicio de al-Muqtadir llegó a enfrentarse al rey de Aragón y los propios condes de Barcelona a los cuales vapuleó varias veces y lamentarían no haberle contratado. ¿Estamos viendo entonces, que era cierto lo de mercenario y que luchó en el bando musulmán? Un historiador sensato me diría rotundamente que no. Rodrigo no tenía títulos nobiliarios, pero había vivido como tal, al servicio de un rey. La nobleza tenía la obligación de acudir a servir a su señor rey, pero a cambio recibían privilegios que se traducían en riquezas. Rodrigo tenía señoríos y actuaba de la misma forma que la nobleza, recibiendo igualmente compensación por sus servicios. ¿Eran entonces los nobles unos mercenarios? ¿Lo era Rodrigo cuando trabajaba para Sancho o Alfonso? ¿Lo era ahora trabajando para al-Muqtadir?  

El historiador Peña Pérez, en su libro El Cid, historia, leyenda y mito, deja bien claro que no puede calificarse al Cid de mercenario por el hecho de ponerse al servicio de al-Muqtadir, al menos no en el sentido que le damos hoy a esta palabra. Mucho menos cuando la taifa de Zaragoza era tributaria de Castilla y el Cid la defendía contra los que pretendían quitarle las parias a Alfonso, enredado como estaba en la conquista de Toledo. Realmente, lo que hacía Rodrigo era defender los intereses de Alfonso, tal como había hecho Sancho años antes, defendiendo los intereses de su padre. 

Por otra parte, tampoco puede hablarse de que Rodrigo batallara en el bando musulmán contra los cristianos por el hecho de defender una taifa tributaria de Castilla, Sancho ya lo hizo y ningún historiador lo ha condenado por ello. Porque, lo cierto es que, a la hora de la verdad, ante la amenaza de la segunda invasión, no le tembló el pulso al enfrentarse contra los almorávides y jamás se puso de su parte; siempre lo hizo en el bando cristiano. 

Todavía queda el asunto de los ataques a la Rioja, o la supuesta anarquía con que actuaba en Valencia. Veamos, porque estos hechos no se han librado tampoco de ser sacados de contexto. Empecemos por decir que los territorios que arrasó el Cid eran propiedad de García Ordóñez. Este alférez de Alfonso fue un gran guerrero, y por eso seguía a su servicio, pero odiaba a Rodrigo. Ordóñez es sospechoso de ser el que indujo a Alfonso a desterrar a Rodrigo tanto la primera como la segunda vez. Ambas veces fue perdonado. Incluso la segunda vez el rey tuvo la gallardía de reconocer que se había equivocado y le abrió de nuevo las puertas para que volviera cuando bien le viniera hacerlo. Fue una de estas veces, en que el Cid se cabreó y se fue a la Rioja a buscarlo. Ordóñez no tuvo la valentía de plantarle cara y rehuyó el combate, pero lo pagó caro. En su segundo destierro, el Cid no tuvo necesidad de ponerse al servicio de nadie, luchó contra los nuevos invasores musulmanes y se adueñó de Valencia. Aquí sí que fue, aunque lo niegue el National Geografhic, si no decisivo en la reconquista, sí en frenar la invasión almorávide para que Alfonso no sufriera más descalabros después del sufrido en Sagrajas, que casi pierde la vida. 

Pudo muy bien coronarse rey, nadie se lo hubiera impedido, sin embargo, Rodrigo declaró abiertamente en un documento que aún hoy se conserva, que él nunca había sido rey ni pretendía serlo, puesto que le era leal a Alfonso. Esta es la anarquía y la lucha por sus propios intereses de la que hablan los inquisidores modernos. El Cid moría en Valencia mientras los buitres musulmanes esperaban el momento de adueñarse de la ciudad, ya que en vida nunca pudieron vencerlo. Alfonso acudió en auxilio de Jimena para sacarla de allí ante la imposibilidad de defender Valencia. Sin duda, Alfonso lamentó la pérdida de su mejor guerrero, que a pesar de todo, siempre le fue leal. 

Puede que no nos haya llegado toda la información necesaria para sacar en claro si Rodrigo Díaz fue un buen o un mal soldado, o incluso podríamos pensar que se ha exagerado su bravura a la hora de combatir a los almorávides. Nos podrán incluso convencer de que el franquismo lo convirtió en icono nacional, pero de igual manera tampoco nos ha llegado ninguna información que indique que fue el mercenario sin escrúpulos que hoy nos quieren vender. Mercenario a su manera, pero siempre fue leal a su rey y a su fe cristiana, todo un ejemplo de ciudadanía en la edad media, a pesar de lo mal que suena esta frase para la inquisición moderna de hoy día.  

 

Para saber más: El Cid, entre la historia y la leyenda

 

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