Página 6

Los gigantes patagones

Según Pigafetta, llegaron al Puerto de San Julián el 19 de mayo de 1520 y lo abandonaron el 21 de agosto. Durante estos meses, aparte de la rebelión de los capitanes ocurrieron otras cosas. Fue aquí, en esta bahía, donde se perdió el primer barco. Fue el Santiago, que embarrancó mientras reconocía la costa. Toda la tripulación se salvó de milagro. El italiano nos cuenta que dos marineros vinieron por tierra para informar del desastre y el capitán general envió de inmediato algunos hombres con sacos de galletas. Durante dos meses, la tripulación del Santiago permaneció en el lugar del naufragio para ir recogiendo los restos del navío y las mercancías que el mar traía a la orilla.

Pero lo que nos cuenta a continuación supera en curiosidad y originalidad todo lo anterior contado por Pigafetta. Parece ser que durante dos meses no habían visto ni rastro de vida humana en aquella zona, pero: “Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fué muy bien comprendido por el gigante. Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura.”

El gigante estaba extrañamente maquillado y se vestía con pieles, aparentando ser un hombre de las cavernas, de la edad de piedra. Las pieles procedían de un animal muy abundante en aquel lugar, con cabeza de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo, que además relincha. El animal descrito parece ser el guanaco, parecido a la llama. Iba armado con un arco y una flecha de caña con punta de pedernal.

Magallanes se interesa por el gigante y ordena que se ganen su confianza haciendole regalos. La intención es apresar algunos y llevarlos a Europa. Le dan de comer y de beber. Pigafetta cuenta que comía como un animal y podía beber medio cubo de agua de un solo trago. Pronto vienen muchos más y se ponen a cantar y a danzar. Señalan con el dedo hacia arriba en señal de que los consideran venidos del cielo. Las mujeres, siempre según Pigafetta, son menos altas pero más gordas, bastante feas y con las tetas colgantes de un pie de longitud. Sin embargo, los maridos se muestran muy celosos.

Y bien, ¿Es esta historia creíble? La mayoría cree que Antonio de Pigafetta se lo inventó todo, tal como se inventó lo de los animales extraños descritos y por describir, para traer historias sensacionalistas a occidente. Puede que así fuera, pero en este caso, hubo muchos otros exploradores después de él que volvieron hablando de tribus compuestas por seres de una estatura descomunal. ¿Existieron estos gigantes? Si así fue, se extinguieron antes de que nadie pudiera confirmarlo a ciencia cierta.

Varios días después se presentó otro gigante que Pigafetta describe de la siguiente manera: “Este hombre era más grande y estaba mejor formado que los otros; tenía también los modales más dulces; danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza, que sus pies se elevaban muchas pulgadas en la arena. Pasó algunos días con nosotros. Le enseñamos a pronunciar el nombre de Jesús, el padrenuestro, etc., y llegó a recitarlo tan bien como nosotros, pero con voz fortísima. En fin, le bautizamos, poniéndole el nombre de Juan.” Pigafetta cuenta que volvió con los suyos muy contento, pero no lo volvieron a ver y sospecha que lo mataron por haberse vuelto como uno de ellos.

No obstante, continuaron llegando gigantes. Dos de ellos son invitados a subir al barco del capitán y son capturados. Magallanes ordena que vayan a la aldea y capturen también a sus mujeres. La idea es llevarlos a Europa e introducir allí esta raza de gigantes. Pero alguno de ellos ya ha dado el aviso y cuenta cómo las mujeres daban “tan estridentes gritos que las oímos desde muy lejos.” Los hombres de Magallanes volvieron sin las mujeres, pues no les fue posible capturarlas. Algunos hombres corrieron a socorrerlas y no consiguieron atraparlos porque “no corrían en línea recta, sino zigzagueando, y con la velocidad de un caballo desbocado.”

Finalmente, solo consiguen llevarse a uno de los gigantes capturados. Pigafetta hace buena amistad con él y consigue que le enseñe muchas palabras, consiguiendo así un amplio vocabulario de su lengua. La religión de los patagones debía ser tan primitiva que no les era muy difícil aceptar el cristianismo. De hecho, mientras celebranan sus misas podían ver cómo algunos grupos de ellos se acercaban curiosos e imitaban sus gestos y hasta mostraban respeto. El gigante enfermó durante la travesía y en las palabras de Pigafetta se adivina su pesar: “Cuando se sintió en las últimas en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó, y nos rogó que le bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo.”

Hasta el grado 75 y más allá

El 21 de agosto, por fin, Magallanes ordena abandonar la fatídica bahía de San Julián. Días antes se había enviado a la Santiago a explorar las costas algo más al sur, con tan mala suerte que el barco sufrió una tempestad y se estrelló contra las rocas. Ahora solo eran cuatro barcos. Una vez puestos en marcha de nuevo, Magallanes hace alarde de coraje y declara que está dispuesto a llegar hasta el grado 75 si es preciso. Y si no encuentra el paso hacia el Pacífico, dará marcha atrás y conducirá la flota a la isla de las especias a través del cabo de Buena Esperanza, o sea, a través de la ruta que él mismo había hecho tantas veces por el Índico. El caso era no volver a España con las manos vacías, pero estaba reconociendo, quizás inconscientemente, que no conocía la ruta hacia las Indias por occidente.

Pero al cabo de cinco días, llegados a la desembocadura del Santa Cruz, sufren una terrible tempestad y todos temen por su vida; Magallanes se detiene de nuevo. Allí permanecerán detenidos otros dos meses esperando a que el tiempo mejore. No imaginaban lo cerca que estaban de su objetivo. Y a pesar de la contrariedad de un nuevo retraso, aquel río les proporcionó agua dulce y abundante pesca, aunque no toda la cantidad que hubieran necesitado, según Pigafetta. El 18 de octubre, Magallanes ordena ponerse otra vez en marcha después de oír misa solemne. Avanzan con dificultad, pues el viento no les es favorable. La costa sigue siendo rocosa y no hay ni rastro de vegetación. Y al tercer día de navegación, 21 de octubre, sobrepasados los 52º de latitud, llegan a un cabo que llamaron de las Once Mil Vírgenes; tras él se habría una profunda bahía de aguas oscuras. En sus orillas pueden verse cerros escarpados, y a lo lejos altas cumbres coronadas de nieve. Un paisaje completamente nuevo, donde solo se oye el viento y apenas se ve un matorral. Una panorámica inquietante donde todo parece muerto.

Se adentran en sus aguas, aunque a todos les parece que será tiempo perdido, más del que han perdido ya. Nadie cree que aquella profunda bahía les lleve al Pacífico. Será una de tantas como las que han explorado ya. La desembocadura de otro río, seguramente. Pero Magallanes no piensa igual, y no se permite dejar de explorar ni una sola bahía, ni siquiera un arroyo que sea navegable y se adentre en tierra. Continuarán hasta que la tierra les corte el paso. La Concepción y el San Antonio explorarán el interior y las otras dos se quedarán explorando el exterior. En cinco días deben encontrarse de nuevo y dar parte de lo que encuentren.

Un fuerte viento comienza a zarandear las naves que navegan por el exterior de la bahía. Magallanes comienza a preocuparse, pues el viento pronto se convierte en un huracán que duró dos días. Ellos en mar abierto han sobrevivido, pero no está tan seguro de que en el interior los barcos no hayan sido arrastrados contra las rocas. Magallanes reza para que un milagro los haya salvado.

El Concepción y el San Antonio se retrasan, Magallanes se teme lo peor. Si han naufragado, todo está perdido, pues sería demasiado arriesgado seguir adelante solo con el Trinidad y el Victoria. Pasados cuatro días no hay señales de ellos. Pero de pronto se oyen unos cañonazos. Son salvas provenientes de los dos barcos que empiezan a verse a lo lejos. ¡Por fin regresan! Las salvas solo pueden significar que traen buenas noticias. Magallanes está impaciente porque lo pongan al corriente.

La tormenta estuvo a punto de arrastrarlos contra las rocas, pero consiguieron evitarlo. En vez de eso los empujó hacia el interior de una bahía que parecía no tener fin. Más que bahía, se trataba de un canal, que a medida que avanzaban, se estrecha por unas partes y se ensanchaba por otras. Cuando la tormenta cesó pudieron comprobar varios fenómenos que los hizo estar cada vez más seguros de que aquello no era un río, como resultó ser el río de la Plata, pues sus aguas seguían igual de saladas y la profundidad era constante. También pudieron comprobar que se producían mareas, por lo que era más que probable que aquel canal tuviera una salida al océano que andaban buscando. Todo apuntaba a que estaban muy cerca de encontrar el Pacífico. Magallanes acababa de recibir la mejor noticia que había oído en todo el año que duraba ya el viaje.

En el día de Todos los Santos, los cuatro barcos surcan de nuevo el canal que bautizaron con ese nombre, aunque más tarde llevaría el nombre del capitán general de la expedición. Eran los primeros europeos que se adentraban en lo que en principio creyeron una profunda bahía, un fiordo como los que algunos ya habían visto en las gélidas aguas del norte europeo. Pero a medida que avanzan bajo el cielo cubierto de espesas nubes, están cada vez más convencidos de que aquello es el ansiado estrecho que los llevará al Pacífico. El silencio sería total, de no ser por el zumbido del viento. Nada que indique señales de vida. Pero la vida existía en aquel lugar. Vida humana, pues de noche se veían fuegos encendidos. Magallanes bautizó a aquel lugar Tierra del Fuego, y así se le sigue conociendo.

Con la esperanza de encontrar a los moradores de aquellas tierras, desembarca un bote con varios hombres en una playa y exploran el lugar. Pero no hallan nada, ni poblados, ni chabolas, ni rastro de vida humana. Se desvanece la idea de intercambiar baratijas por comida. Tampoco ven un solo animal. Solo encuentran el cadáver putrefacto de una ballena que las olas han arrastrado hasta la orilla. Se embarcan de nuevo, comienza a caer la noche y el viento frío se vuelve helado castigando el rostro de quienes osan permaneces en cubierta. A la mañana siguiente vuelven a sondear el fondo; la profundidad no disminuye, es una señal excelente. Pero aquel canal parece no tener fin. Se estrecha, se ensancha, revueltas, bahías, calas y fiordos que aparecen aquí y allá. Pronto se encuentran en un laberinto con infinidad de canales e islas. Sopla de nuevo el viento, cada vez con más fuerza y aparecen bancos de arena que hay que evitar. Llega un momento en que hay que decidir qué canal tomar. Se divide de nuevo la flota para explorar rutas diferentes y al cabo de cinco días volverse encontrar.

La San Antonio y la Concepción se ocuparán de explorar los recodos del sudeste; el Trinidad y el Victoria los del sudoeste. El punto de encuentro al cabo de cinco días será en la desembocadura de un pequeño río que llamaron de las Sardina, donde pudieron pescar en abundancia. Y cuando cada barco ya estaba preparado para izar velas sucedió algo inesperado, sorprendente. El señor capitán general, almirante y caballero de Santiago, don Fernando de Magallanes, convoca una reunión de capitanes y pilotos para tratar algunos asuntos y oír opiniones. ¿Se había puesto enfermo el capitán general debido a las bajas temperaturas? ¿Tendría fiebre?

Zweig se preguntaba lo mismo: «¿A santo de qué el dictador de acero, que hasta entonces no había reconocido a ninguno de sus capitanes el derecho a hacer una pregunta o criticar una orden, eleva ahora a camaradas a oficiales que eran sus subordinados, con ocasión de una maniobra insignificante?» Y enseguida pasa a dar una explicación lógica: «Los dictadores, después del triunfo, están siempre más propensos a reconocer derechos y permiten más generosamente la libre emisión de la palabra, una vez asegurado su poder.»

Los capitanes de la flota son ahora todos portugueses, gente de confianza, y hasta familiares de Magallanes. El San Antonio está comandado por su primo Mesquita; el Concepción por Serrao y el Victoria por su cuñado Duarte Barbosa, hijo de Diego Barbosa, aquel portugués residente en Sevilla, que lo acogió en su casa y lo puso en contacto con toda la gente influyente que le ayudó a poner en marcha su proyecto. No obstante, la imagen del descuartizamiento de sus colegas españoles está todavía muy fresca en sus mentes y se muestran reservados. No se fían del capitán general y hablan lo necesario. Magallanes pregunta cómo andan de víveres; el informe no es demasiado satisfactorio. Cada barco tiene provisiones para unos tres meses.

En realidad, a Magallanes lo único que le interesa es saber cómo andan de víveres, aun así pide opinión de si deben seguir adelante (está convencido de que aquellos canales tienen salida al Pacífico) o deben volver a España. Esteban Gómez, el piloto de la San Antonio opina que deben volver. Después de todo, el rey había dado instrucciones de que nada más tener buenas nuevas sobre algún descubrimiento importante debían enviar algún barco a España para comunicarlo: «Cuando a Dios pluguiere que tengáis descubiertas algunas islas o tierras que a vos parecieren cosa de que se debe hacer mucho caso…» Ahora ya conocen el camino, volver, reabastecerse y reparar los barcos para más tarde reemprender el viaje sería lo más sensato. Con comida para solo tres meses y los barcos en no muy buenas condiciones es una insensatez aventurarse a cruzar un océano desconocido. Y ahora es cuando Magallanes vuelve a dejar claro que la opinión de sus subordinados no le importa gran cosa: «aunque tuviera que comer los cueros de los mástiles, había de pasar adelante y descubrir lo que había prometido al Rey»- fue la respuesta. Estaba dispuesto a seguir adelante y nada ni nadie podría hacerle cambiar de opinión.

Bahía Inútil

Nuevamente encontramos la San Antonio y la Concepción explorando por un lado, y la Trinidad y la Victoria por otro. Magallanes, que estaba convencido de haber encontrado el ansiado estrecho, se adentró por el paso que hoy llaman Froward, entre la península de Brunschwig y la isla Aracena. Es un paso amplio, hacia el sur se veían montañas nevadas y profundo fiordos. La Concepción y la San Antonio exploraban mientras tanto la otra zona y pronto descubrieron que el canal por el que navegaban se dividía en dos. La Concepción se introdujo por la izquierda y la San Antonio por la derecha. El canal elegido por la Concepción es más ancho, pero tras recorrer unos cien kilómetros descubrieron que no había salida y dieron marcha atrás. Era una bahía en la que habían perdido el tiempo, por eso hasta el día de hoy se la sigue conociendo como Bahía Inútil.

Los tripulantes de la Concepción regresaron al punto de encuentro bastante decepcionados con el resultado de su exploración, esperando que los demás trajeran mejores noticias. Pero nadie había regresado todavía. Mientras tanto, la San Antonio continuaba explorando su ruta, un canal que al principio era estrecho y que a medida que avanzaban se iba ensanchando. Era el conocido hoy como estrecho de Whiteside, con altas montañas nevadas a los lados. Pero aquel canal los llevó a otro llamado del Almirante, que los conducía hacia el este, ósea, de nuevo hacia el Atlántico, de haber tenido salida, que no la tenía.

La San Antonio regresó, al igual que la Concepción, con sus tripulantes desalentados. Aquel laberinto de canales e islotes era para volverse locos. Tampoco los del San Antonio encontraron a nadie, pues la Concepción había salido de nuevo a encontrarse con la nave almiranta. El canal que explora Magallanes es de aguas tranquilas y no ofrece ningún peligro, por eso confía la exploración a un bote con varios hombres a bordo, mientras los barcos echan el ancla frente a la desembocadura del río de las Sardinas y gozan de un espléndido paisaje. El tiempo ha cambiado en el transcurso de aquellos días y el clima ahora es más templado. La vegetación es abundante y los hombres se dedican a recolectar frutas y a reabastecer los toneles de agua fresca, mientras otros pescan sardinas, que aquel río ofrece en abundancia. Pigafetta cuenta no haber visto nunca en el mundo lugar más bello que aquel. Una lástima, que todo lo que acumulan sea perecedero.

Al tercer día de haber enviado el bote, éste regresa. A lo lejos puede verse cómo los marineros hacen señales de júbilo: traen buenas noticias; han descubierto una salida al Pacífico, al que llamaban Mar del Sur. Lo han visto con sus propios ojos, el canal por el que han navegado desemboca en el gran océano. Es el momento cumbre de Magallanes, que no cabe en sí mismo de alegría: ha cumplido la promesa dada al rey de España de encontrar un paso hacia las islas de las especias. No puede contenerse, y el hombre que hasta ahora parecía de acero, llora. Y Pigafetta entonces, gozoso también por el hallazgo, escribe: “Il Capitano Generale lacrimó per allegrezza.”

Al fin, el estrecho fue descubierto. Un descubrimiento que Pigafetta describía en su relato desde el momento en que rodearon el cabo de las Once Mil Vírgenes, como un acontecimiento previsto por su admirado “Capitano Generale.”

“Toda la tripulación creía firmemente que el estrecho no tenía salida al oeste, y que no sería prudente el buscarla sin tener los grandes conocimientos del capitán general, el cual, tan hábil como valiente, sabía que era preciso pasar por un estrecho muy escondido, pero que había visto representado en un mapa hecho por el excelente cosmógrafo Martín de Bohemia y que el rey de Portugal guardaba en su tesorería.”

Tal vez Pigafetta ignorara que aquellos mapas extraídos de la tesorería marcaban el estrecho en el lugar equivocado, pero es imposible que a estas alturas no supiera que Magallanes ignoraba rotundamente dónde se encontraba el paso hacia el Pacífico y que estaba más perdido que el barco el arroz. Ya desde que salieron de Río de Janeiro no dejó de explorar cada una de las bahías que iba encontrando, lo cual significa que ni el mismo Magallanes confiaba en el mapa que tan celosamente guardaba. Pero el italiano, no obstante, intenta tapar las miserias de su capitán haciéndonos creer que todo estaba controlado. En cualquier caso, no hay que quitar méritos, sino todo lo contrario, al gran hallazgo de Magallanes, que gracias a su perseverancia (manías y mala leche aparte) logró encontrar lo que muchos otros anduvieron buscando y no lo consiguieron. Llegó, además, hasta donde nunca antes había llegado europeo alguno. Y todo eso, la posteridad se lo habría de agradecer, perdonándole incluso la parte negativa de esta historia. Porque tal como dijo Hebbel: “La Historia siempre se pone de parte del ganador.” Aunque sea un hijo de la gran puta (eso lo he añadido yo).

Y a todo esto, aunque hoy nos resulte muy fácil decirlo, la travesía del estrecho no vino sino a retrasar más aún el viaje, pues solo unas millas más abajo se acababa el continente. Hubiera sido mucho más rápido rodearlo, con una navegación mucho más fácil que a través de una maraña de canales, que además son peligrosos si al cruzarlos te sorprende una tormenta. Pero esto Magallanes, ni ninguno de los que viajaban con él, podían saberlo. El complejo sistema de canales e islas que forman el final de Sudamérica fue el señuelo perfecto para que el explorador que se adentraba por primera vez en aquella remota zona del mundo, desesperado por encontrar una salida al Pacífico, se adentrara en él, sin pararse a pensar si estaban al final del camino, o aquel camino era infinito. Magallanes no se lo pensó, nadie en su lugar lo hubiera hecho. Y los que pasaron de largo en viajes posteriores lo harían por accidente, descubriendo por casualidad que América se acababa poco más abajo, siendo más fácil rodearla que que atravesarla por un laberinto que, a veces, se volvía mortal y engullía a quienes tenían la osadía de emular la hazaña de aquellos que fueron pioneros.

¿Dónde está la nao San Antonio?

Ha pasado el plazo acordado para que todos los barcos se reúnan, pero el San Antonio y el Concepción no aparecen. Magallanes pasa de la felicidad por la noticia recibida, a la preocupación, pues si alguno de los barcos se perdiera, todo se complicaría. Al segundo día de espera aparece a lo lejos uno de ellos. Se trata del Concepción. Pero, ¿dónde está el San Antonio? Cuando llega el Concepción, la única explicación que puede dar su capitán, Serrao, es que después de separarse para explorar cada uno por su lado diferentes canales, nunca más volvieron a ver el otro barco. Es verdaderamente un nuevo contratiempo, pero hay que salir a buscarlos, el verdadero contratiempo sería perder el barco más grande, y el que lleva más víveres a bordo.

Salieron los tres barcos, cada uno hacia un punto distinto, acordando una vez más reunirse en el mismo lugar pasados unos días. Se encienden fuegos y se clavan las orillas estacas con cartas, dando instrucciones por si el barco hubiera perdido la orientación. Pero el San Antonio no aparece. Nadie cree que hubiera podido naufragar, pues el buen tiempo reinaba aquellos días. Sin embargo, pudiera haberse perdido, o quizás haber embarrancado en algún banco de arena. Algunos ya apuntaban otra posibilidad que no se atrevían a exponer en voz alta, pero que Magallanes ya sospechaba y la temía: la San Antonio podía haber desertado y poner rumbo a España, tal como abogaba Esteban Gomes.

Pero nadie puede asegurar que hayan desertado, porque nadie ha sido testigo de lo ocurrido. Bien pudieran estar malpensando de unos compañeros que quizás yacieran en el fondo de algún canal. Entonces Magallanes, que al igual que muchos de sus contemporáneos, creían en las ciencias astrológicas y adivinatorias, acude a Andrés de San Martín, astrólogo oficial de la expedición que ocupó la vacante dejada por el loco Faleiro. San Martín saca el horóscopo y, ¿qué dice éste? que Esteban Gomes, piloto de la San Antonio se ha declarado en rebeldía, ha mandado apresar a su capitán y están de camino a España. Se han perdido otros seis días para nada, y si ponerse a cruzar el Pacífico era antes una temeridad, ahora con la pérdida de la San Antonio que lleva a bordo buena parte de los víveres, es casi un suicidio. y aún así, Magallanes está dispuesto a inmolarse, sacrificando con él a toda la tripulación, si es necesario.

Pigafetta se despacha a gusto, poniendo de vuelta y media a Gomes: “Odiaba a Magallanes por la única razón de que cuando éste vino a España para proponer al emperador ir a las islas Molucas por el oeste, Gomes había pedido, y estaba a punto de conseguir, el mando de unas carabelas para una expedición. La llegada de Magallanes dio lugar a que se rehusara su petición y que no pudiese conseguir más que una plaza subalterna de piloto; pero lo que más le irritaba era estar a las órdenes de un portugués.

Pigafetta olvida aquí que Gomes también era portugués; nacido, como Magallanes, en Oporto; y según algunas fuentes, posible pariente suyo. Gomes era uno más de tantos portugueses puestos al servicio de la corona española. Nada raro en aquellos años que ahora se conocen como la Era de los Descubrimientos. Sevilla era el epicentro de la navegación europea y un hervidero de marineros que acudían en busca de una oportunidad, o de realizar sus sueños de descubrir un “mundo nuevo” o ampliar el camino abierto por Colón.

Gomes, es cierto, vino a Sevilla queriendo llevar a cabo sus sueños y estaba en trato con el rey de España, habiéndole propuesto también llevar a cabo una expedición en busca de un paso por América para llegar a las Molucas. Posiblemente su proyecto no fue tan llamativo como el que presentó Magallanes, (la puesta en escena de Faleiro y su globo debió encandilar al joven emperador) y fue a este a quien adjudicaron la expedición, consiguiendo Gomes solo un puesto como piloto.

No obstante, Zweig (citémoslo otra vez) cree que Pigafetta es injusto con Gomes: “Por la boca de Gomes habla la razón (el día que Magallanes los reunió para pedir opinión y Gomes abogó por volver a España) y Pigafetta, que siempre sospecha del que opina diferente de su capitán, es injusto con Gomes al atribuirle miras mezquinas encubiertas en su opinión, porque en la práctica, desde el punto de vista lógico y positivo, la proposición de regresar y salir luego en una segunda expedición para llegar al último objetivo era acertada y hubiera salvado muchas vidas.”

La deserción de la San Antonio acarreará graves problemas a Magallanes una vez lleguen a Sevilla. Le acusarán de las más graves fechorías y de haber asesinado a los capitanes españoles para que la flota quede completamente en manos de portugueses. Esto hará exaltar el sentimiento nacional y pondrá en su contra a los consejeros del rey. Y sobre todo, hará que el arzobispo Fonseca se convierta en su más fiero acusador cuando se entere de que su hijo, Juan de Cartagena, ha sido abandonado a su suerte en un islote desierto, en medio de una bahía perdida en lo más recóndito del mundo. El historiador portugués Joao de Barros, basándose en los escritos de varios marineros que cayeron prisioneros de los portugueses meses más tarde, nos dice que: “Quedó tan confuso que no sabía qué determinar”. Y lo que determinó fue intentar cubrirse las espaldas. Redactó una orden que pasó a los otros dos barcos diciendo lo siguiente:

“Yo, Fernando de Magallanes, Caballero de la Orden de Santiago y capitán general de esta armada, he tomado cuenta de que a todos vosotros parece una decisión llena de responsabilidad la continuación del viaje porque juzgáis que ha pasado demasiado tiempo [desde que iniciamos el viaje]. Soy hombre que nunca ha desatendido la opinión o el consejo de otro, antes bien desea tratar y ejecutar sus asuntos de común acuerdo con todos.”

No es difícil de imaginar los pensamientos de los oficiales que leyeron el escrito. El cinismo del capital general había superado lo imaginable. Aquel que nunca dio explicaciones a nadie y castigó duramente a quienes las pidieron o ignoró por completo a quienes dieron su parecer, ahora se autodefine como un hombre dialogante y dispuesto a escuchar. Ahora, además, exige de forma intimidatoria que opinen.

“A nadie ha de intimidar, pues, el recuerdo de los acontecimientos de Puerto de San Julián, y cada uno de vosotros tiene el deber de manifestarme sin temor cuál es su punto de vista referente a la seguridad de nuestra armada. Sería contrario a vuestro juramento y a vuestro deber el ocultarme vuestra opinión. Cada uno de por sí ha de emitir su opinión claramente y por escrito sobre si conviene más proseguir la ruta o disponerse el regreso, exponiendo las razones que para ello le asistan.”

Su “amabilísima” petición no tiene otro objeto que obtener por escrito unos documentos que le exculpen de cualquier conducta dictatorial, pudiendo así demostrar que todas las decisiones se tomaron de común acuerdo con sus subalternos. Pero no se olvida de un día para otro cómo algunos fueron engrillonados por pedir explicaciones, otros fueron descuartizados por “suplicar” ser tenidos en cuenta a la hora de tomar decisiones, u otros simplemente fueron ignorados al sugerir lo que era mejor para la expedición. Todos captaron enseguida el motivo de aquella “encuesta” y nadie quiso correr riesgos. Solo se conserva por escrito la opinión del astrónomo San Martín:

“Aunque yo dudo que haya camino a las Molucas por este canal, si seguimos adelante tendremos en nuestras manos el corazón de la primavera. Pero, por otra parte, no conviene ir demasiado lejos, sino volver más bien en enero, pues los hombres están debilitados y decaen sus fuerzas. Tal vez es mejor navegar no hacia el oeste, sino hacia el este. Aunque Magallanes puede hacer lo que mejor le parezca y Dios le señale el camino.”

Vista la respuesta del astrólogo, es probable que todas las respuestas dadas al capitán general fueran redactadas de forma igualmente ambigua, pues a nadie le hacía ilusión adentrarse en un océano desconocido con unos barcos maltrechos y escasa comida, pero tampoco querían llevarle la contraria, por lo que pudiera caerles. Magallanes parecía haber perdido la razón y su mente ya solo parecía estar puesta en llevarlos a todos directos a un suicidio colectivo. La idea de seguir adelante fue aprobada por “unanimidad”, como no podía ser de otra manera. El 22 de diciembre de 1520 los tres barcos a los que se ha reducido la flota abandonan la desembocadura del río de las Sardinas y terminan de cruzar el canal de Todos los Santos, que luego sería rebautizado para siempre como estrecho de Magallanes. La expedición entra en una nueva fase adentrándose en el Mar del Sur, el océano Pacífico, donde ningún europeo se había adentrado jamás, y quizás ningún humano atravesó nunca por completo. Atrás queda el último cabo del continente, al que llamaron Deseado.

Las Nubes de Magallanes

Pocos escritos nos han llegado sobre los primeros días en que se adentraron en el “mar del Sur” con ruta noroeste, buscando el clima cálido. Y uno de esos pocos escritos cuenta que la mar era gruesa y oscura, y no podían ver gran cosa, ya que la bruma lo cubría todo. Atrás iban quedando las últimas islas, la isla de la desolación, con sus dramáticos acantilados, la isla Gamero, la Muñoz, la Rodríguez… Eran unos ciento cincuenta marineros y hay indicios de que, a pesar de todo lo anteriormente vivido y de que algunos habrían deseado estar a bordo del San Antonio con rumbo a España, había júbilo entre ellos, pues habían cumplido con el principal objetivo de la misión, que era encontrar un paso entre el continente americano que les permitiera llegar hasta las Molucas. Ahora solo había que navegar hasta ellas. ¿Por cuánto tiempo? Un mes quizá, hasta llegar a Japón, y luego unas semanas más, hasta encontrar las islas de las especias.

Al cabo de unas tres semanas el tiempo cambió, las aguas se tornaron tranquilas y los cielos permanecían claros durante día y noche. Entonces todos pudieron ser espectadores privilegiados del espectáculo que el cielo tiene reservado solo para los habitantes del hemisferio sur terrestre. Un cielo limpio plagado de miles de estrellas y objetos celestes solo visibles desde las proximidades del Ártico, donde destacan dos nubes muy parecidas a esas zonas blanquecinas de nuestra Vía Láctea, quizá partes de sus brazos que en el hemisferio norte no vemos. Pero aquellos objetos luminiscentes no están dentro de nuestra galaxia. Pero aquellos objetos luminiscentes eran más luminosos y definidos, porque no están dentro de nuestra galaxia. Son, de hecho, dos galaxias cercanas a la nuestra y por su proximidad son visibles a simple vista. Magallanes quedó maravillado al verlas, al igual que Pigafetta, que no deja pasar la ocasión para describirlas; y aunque hay registros anteriores y otros europeos ya las habían observado, fue Pigafetta quien primero dio noticias de ellas en Europa. Estas galaxias son hoy conocidas como Nubes de Magallanes. La mayor es la Gran Nube de Magallanes y la menor la Pequeña Nube de Magallanes.

También pudo Pigafetta observar y maravillarse con la Cruz del Sur: «Estando en alta mar, descubrimos al Oeste cinco estrellas muy brillantes, colocadas exactamente en forma de cruz». Y justo al lado de aquellas maravillas, como si de un abismo tenebroso se tratara, un espacio oscuro al que llamaron «el Saco de Carbón» por no poderse ver en él estrella alguna. No faltaría quien asociara aquella visión con un mal presagio, como el anuncio de que algo terrible iba a ocurrir.

Mientras tanto, al otro lado del continente, la San Antonio llegaba de nuevo al Puerto de San Julián, la bahía donde habían sido abandonados Juan de Cartagena y el cura Pedro Sánchez. Arriaron un bote y se adentraron en la isla que hoy se conoce como isla o banco Justicia, de unas sesenta hectáreas, donde la parte más cercana a tierra firme está a unos setecientos metros. No había ni rastro de ellos. Aún se detuvieron a examinar las costas, por si se habían aventurado a nadar hasta ellas, pero fue imposible encontrarlos. Quizás se adentraron tierra adentro, o se ahogaron en el intento, o quién sabe si fueron capturados por los gigantes patagones, que por cierto, estaban muy enfadados, ya que a bordo de la flota que surcaba el Pacífico, iba secuestrado uno de ellos. La San Antonio abandonó la bahía y puso rumbo a Guinea. Jerónimo Guerra había tomado el mando de la nave y Esteban Gómez seguía siendo su piloto. Álvaro Mesquita, tal como había “adivinado” San Martín, iba a bordo como prisionero. Al abandonar el continente americano, se cree que divisaron las islas Malvinas. De ser así, fueron sus descubridores.

La larga travesía del Mar del Sur

El concepto que se tenía sobre los mares y océanos en el siglo XVI era distinto al que tenemos ahora. Tal como se tenía un concepto distinto sobre el espacio, los planetas o las estrellas. Todo pensamiento sobre lo desconocido va cambiando a medida que se va descubriendo, y los océanos no se habían descubierto por completo en el momento en que Magallanes inició su expedición. La primera gran masa de agua descubierta fue el Atlántico, aunque al principio solo se le llamaba Atlántico a secas, reservándose el título de océano para la totalidad de los mares que rodean la tierra. Cuando los portugueses rodean el cabo de Buena Esperanza ven que al otro lado de África existe otro gran mar que se comunica con el Atlántico y nadie está seguro de si se trata de dos océanos distintos o uno es la continuación del otro. En cualquier caso, todo dependía de mirarlo de una forma u otra, pues fueron muchos descubrimientos en un lapso de tiempo muy corto y aún faltaba mucho por conocer. Cuando Magallanes cruzó el estrecho pensaba que se adentraba en una continuación del Índico, por el que muchos años había navegado.

Y en realidad, así es, pues a excepción de Australia, no hay una gran barrera que se interponga entre ambos océanos como la hay entre el Pacífico y el Atlántico. Lo que Magallanes no sospechaba era que esa “extensión” del Índico ocupa nada menos que un tercio de la circunferencia terrestre. Él pensaba que el Mar del Sur, llamado así porque Núñez de Balboa, al observarlo por primera vez desde Perú vio que se extendía hacia el sur, sería un mar que no le llevaría más que unas cuantas semanas de navegación hasta llegar a Asia. En realidad no tenía ni idea de la distancia que lo separaba de aquel continente. Recordemos que todo el mundo creía, incluído Colón, que la tierra era más pequeña de lo que en realidad es. De haber sabido la inmensidad de aquel “mar”, es más que probable que Magallanes no se hubiera atrevido a surcarlo. Es más, atravesarlo fue todo un milagro debido a una serie de casualidades meteorológicas que se dieron justo aquel año. Unos meses antes o unos meses después, los tres barcos que dirigía Magallanes hubieran acabado en el fondo del más enorme de los océanos. Pero tuvo suerte.

El Mar del Sur dejaría de llamarse así justamente porque la expedición tuvo una meteorología excelente desde el preciso momento en que abandonaron el estrecho hasta la llegada a Asia. Admirados por este buen tiempo, el mar en calma y los vientos favorables, Magallanes lo llamó mar Pacífico. Al salir del estrecho y frente a las costas chilenas, es más que frecuente encontrarse con huracanes y fuertes tormentas. De haberse desatado una, es probable que se hubieran estrellado contra alguna de las innumerables islas de la zona. Pero tuvieron suerte y hubo buen tiempo, solo brumas y mar picado. A medida que se alejaban de Sudamérica, las corrientes ayudaron a subir hacia el norte fácilmente. El caso es que, estas corrientes las encontraron muy pronto. Y luego, el buen tiempo y el viento favorable, les proporcionó una velocidad de crucero mucho más elevada de lo normal. Las típicas tormentas al atravesar la línea del trópico no aparecieron. Ni huracanes, ni nada de nada. Mucha suerte. Mucha casualidad. ¿Ayudó a Magallanes el hecho de rezar y oír misa a menudo? Puede ser, pero si recibió ayuda divina fue a través de algo que hoy día conocemos muy bien: El Niño. Se han hecho estudios para averiguar qué fue lo que propició aquel cúmulo de casualidades que ayudaron a la expedición a tener una excelente travesía (meteorológicamente hablando) y por lo visto, El Niño, ese fenómeno que tiene la capacidad de desplazar las corrientes marinas y cambiar el clima en determinadas zonas del planeta, fue el causante de que durante aquellos meses en el Pacífico reinaran las condiciones óptimas para atravesarlo sin problemas. De no haber sido así, nadie hubiera llegado vivo a Asia, aun en el supuesto caso de que algún barco hubiera permanecido a flote.

Con un tiempo agradable y un viento favorable, el viaje hasta Asia se estaba realizando a pedir de boca. La única incertidumbre era no saber a qué distancia se encontraban las islas Molucas. No muy lejos, pues las cartografías lo dibujaban más pequeño que el Atlántico. Por eso Magallanes no se había preocupado de hacer escala en las costas del actual Chile, cerca de las cuales habían navegado durante tres semanas. Primero había puesto rumbo noroeste, luego zigzaguearon dependiendo del viento, acercándose y alejándose de la costa, hasta que a la altura de la actual ciudad Concepción pusieron rumbo noroeste definitivamente. Allí a una altura de 36º, donde la arboleda era frondosa y los frutos abundaban, deberían haberse aprovisionado de víveres y agua fresca, antes de alejarse de la costa para no volver atrás. Pero Magallanes debía estar convencido de que llegarían a Asia en un chiflío. Se equivocó una vez más. Y esta vez, lo iban a pagar todos muy caro.

Para el primer día del año 1521 se encontraban a 25º sur y habían recorrido más de 4.000 kilómetros desde la salida del estrecho, las costas chilenas quedaban ya a unos 1.200 kilómetros. Seguían navegando al noroeste, subiendo hasta el ecuador, pues Magallanes sabía que navegando hacia el oeste por el ecuador llegaría sin pérdida hasta las Molucas. No deberían estar muy lejos, era lo que pensaba Magallanes, pero para su sorpresa, aquel mar tan pacífico estaba resultando ser más grande de lo que esperaba. Y todavía le iba a resultar mucho más enorme de lo que hubiera imaginado jamás; porque los días iban pasando y ni siquiera se presentaba en el horizonte ni una insignificante isla, de las miles que existen en el Pacífico. La situación comenzaba a ser alarmante. Los alimentos comenzaban a escasear y a estropearse, y el agua a corromperse y a desprender mal olor.
La pregunta que todos nos hacemos es por qué al escasear los alimentos no recurrieron a la pesca. Se sabe que a bordo llevaban varios cientos de anzuelos. Y Pigafetta nos habla de la abundancia de peces, tiburones, mantas rayas, y peces voladores con los que todos alucinaron. ¿Es posible que los anzuelos marcharan todo en la San Antonio? Si pescaban o no, está claro que no solucionó el problema del hambre que ya comenzaban a padecer. El 24 de enero pasaron junto a una pequeña isla, un atolón de coral que llamaron San Pablo (probablemente la hoy conocida como isla Pukapuka). El jerezano Ginés de Mafra nos cuenta que se trataba de «una isleta con arboleda encima, y deshabitada». Pero no pudieron desembarcar en ella, pues era «una isla muy pequeña, tan cercada de arrecifes que parecía que la naturaleza la había armado para defenderse del mar…» Unos grados más abajo se hubieran encontrado con el archipiélago de Tuamotu, o Islas Bajas, donde hubieran podido desembarcar y abunda la vegetación y el agua.

Once días más tarde, el 4 de febrero, avistaron otra isla más grande que llamaron de los Tiburones , pues cerca de sus playas vieron gran cantidad de ellos. Por la descripción y las coordenadas que proporcionó el griego Francisco Albo, es posible que se trate de la isla de Flint, la isla que más tarde sirviría a Robert Louis Stevenson para inspirarse y escribir “La isla de tesoro”. Maximiliano Transilvano que también escribió sus crónicas, nos cuenta que «saltaron a tierra, para dar alguna recreación a sus cuerpos y estuvieron allí dos días pescando y recreándose, porque había muchos y buenos pescados». Y surge de nuevo la pregunta, ¿en alta mar no había buenos pescados? Sea como fuere, allí se dieron un respiro antes de seguir adelante. De nuevo el mar infinito, donde los días y las semanas pasan. El hambre aprieta y aparece el temido escorbuto. Pigafetta es consciente de la extrema situación y escribe: «pienso que nadie más se atreverá nunca a cruzar este Océano».

 

Páginas: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *