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Pigafetta nos cuenta que, una vez rodeado el cabo de Buena Esperanza navegaron al noroeste durante dos meses enteros, sin descanso. Elcano, por su parte, escribió, de lo poco que se conserva escrito de su propia mano, que: «apenas teníamos para mantenernos más que arroz, ni para beber más que agua». Sorprende que diga que para beber “solo tenían agua”. Pero se entiende su preocupación teniendo en cuenta que el agua se corrompía y el vino almacenado en los barriles se conservaba tal cual durante meses o años. Beber agua corrompida les provocaba infecciones, mientras que el vino no. El vino era indispensable en toda travesía por mar, y no solo por alegrar sus penas y sus añoranzas por verse lejos del hogar. Pigafetta nos lo confirma: «no teníamos más alimento que arroz ni más bebida que agua, pues toda la carne, por no tener sal con qué salarla, se pudrió.» Elcano concluye con las siguiente palabras: «Pasamos penalidades que solo Dios sabe».

Entre el 9 y el 26 de junio murieron siete tripulantes, entre ellos, cuatro grumetes muy jóvenes. En total, entre el cabo de Buena Esperanza y las islas de Cabo Verde, Elcano cuenta que «se nos murieron de hambre veintidós hombres». A bordo ya solo quedaba la mitad de los que habían salido de las Molucas. Y muy debilitados.

Como curiosidad, veamos una anécdota que nos cuenta Pigafetta:«Hicimos una observación curiosa al arrojarlos al mar: los cadáveres de los cristianos quedaban siempre cara al cielo, y los de los indios, boca abajo, cara al mar.» Se trata de una simple casualidad, pero aquí, Pigafetta nos demuestra que era un hombre culto y seguramente había leído a Plinio, cuando hace referencia a los cadáveres de romanos y bárbaros.

La pérdida de tantos hombres multiplicaba el trabajo de los sobrevivientes, que no daban abasto para manejar velas, conducir el timón, subir hasta las cofas para mantener la vigilancia, reparando averías o achicando agua, estando enfermos, faltos de comida, y al borde del desvanecimiento la mayoría. Entre tanta desesperación solo había algo positivo, y es que no tenían corrientes en contra y el viento les era favorable, además de reinar el buen tiempo, por lo que, iban más deprisa de lo que habían ido en todo el trayecto desde las Molucas. El día 31 de mayo estaba a 12º sur. Habían recorrido 3.000 kilómetros en 10 días. El ecuador estaba cerca. Ya no sentían frío. No era una ruta por la que navegaran nunca los barcos españoles, pero los portugueses sí sabían de aquellas corrientes y aquel viento del sur que les ayudaba a remontarse por las costas africanas. De momento se aprovechaban de aquellas condiciones favorables; de mantenerse, para antes de acabar el mes de junio podrían estar en casa, pero sabían, como todo marinero experimentado sabe, que las buenas condiciones no suelen durar demasiado tiempo.

Y así fue; para el 8 de junio las corrientes ya no les eran favorables y el viento pasó a ser flojo. Ya no avanzaban con tanta velocidad. Tuvieron suerte de no padecer ninguna tormenta como la que sufrieron por aquella parte tres años antes. Pero el calor asfixiante del ecuador agravó el problema de la sed que ya venían padeciendo. Era el 13 de junio; se hallaban frente a las costas de Sierra Leona. Habían sobrepasado el ecuador y sobre los 8º norte cruzaron la ruta que habían hecho de ida hacia América. Acababan de completar una vuelta completa a la Tierra. Nadie lo celebró, porque nadie lo menciona, y porque nadie estaba para celebraciones. Probablemente, ni se dieron cuenta de ello. Solo pensaban en que era urgente tomar tierra. Ya no quedaban alimentos, ni agua. La situación era desesperada.

Un respiro en las islas de Cabo Verde

«Carecíamos completamente de víveres, y si el cielo no nos hubiera concedido un tiempo favorable, hubiésemos muerto todos de hambre. El miércoles 9 de julio descubrimos las islas de Cabo Verde, y anclamos en la que llaman Santiago.»

Pigafetta nos relata que llegaron a las islas de Cabo Verde, pero omite que antes habían pasado un mes inútilmente y a la desesperada, anclar en las costas de Sierra Leona. Y es muy raro que el italiano, siempre atento a todo lo extraño y curioso que se presenta ante su vista, omita algo como los manglares que muy pocos europeos habían visto. Son árboles resistentes a la salinidad del mar, que forman bosques sobre las playas y parecen crecer en medio del océano, ocultando la tierra que hay tras ellos. Estos espesos bosques, que ocupaban cientos de kilómetros de costa, fueron los que impidieron a los españoles desembarcar y buscar agua y alimentos, por lo que, decidieron dirigirse a las islas más próximas, en las cuales conocían sus puertos.

Antes de llegar al cabo de Buena Esperanza habían decidido no pisar tierra para no ser apresados, pero al borde de la muerte, como todos estaban, ya todo daba igual, y aun así, no iban dispuesto a entregarse. Las islas de Cabo Verde son de origen volcánico y no abunda la vegetación, por lo que, encontrar fruta y animales para cazar, no era lo que iban buscando, sino ir directamente a pedírsela a sus habitantes. Fondearon frente a la isla Santiago y enviaron un bote con algunos hombres. Al mando iba el contador Martín Méndez. Desembarcaron y se dirigieron directamente hasta donde estaban los portugueses. Necesitaban desesperadamente comida para sobrevivir y así se lo hicieron saber. Los portugueses no dudaron en prestarles la ayuda necesaria, pero querían saber quiénes eran y de dónde venían.

Hay que aclarar, que, aunque no se cayeran demasiado bien entre ellos, no había ninguna guerra declarada entre españoles y portugueses. Simplemente cada cual defendía la parte del mundo que el mismísimo papa les había asignado. Los portugueses sabían que los españoles iban detrás de hacerse con las Molucas y ellos las defenderían con uñas y dientes, aun sin saber exactamente si caían de una u otra parte. Por lo tanto, si aquellos que acudían a pedirles ayuda eran unos simples marineros que pasaban por allí, se la prestarían sin dudarlo. “Tuvimos que mentir e inventarnos una historia para que no nos descubrieran”, dice Pigafetta. Y así fue, la historia que habían acordado contarles era que formaban parte de una flotilla española que volvía de América y fueron sorprendidos por una gran tormenta. Todos los barcos fueron dispersados, y el resultado estaba a la vista: allí estaba su barco, todo destartalado y con una vía de agua.

La treta dio resultado y volvieron con abundante comida y fruta. Pero necesitaban más y volvieron. No se marcharon de inmediato, quizás para que los enfermos se recuperaran un poco. Todos necesitaban descansar. Al día siguiente volvieron a por más víveres y agua. Pero al tercer día en que repitieron la operación, el bote no volvió. Hay que preguntarse por qué tanto ir y venir. Por qué arriesgarse a ser descubiertos. La explicación puede ser que estaban demasiado cansados y por eso habían saltado a tierra un tercio de sus hombres, trece en total de los poco más de treinta que quedaban vivos. Y aquellos trece no volvían. Algo había ido mal y así pudieron comprobarlo cuando una embarcación se acercó a ellos pidiéndoles que se rindieran. Elcano dio la voz de alarma y un momento las velas estuvieron desplegadas. La Victoria salió del puerto de Santiago a toda leche, ya que el viento les favorecía (Los que quedaron atrás serían rescatados por el rey Carlos). Los portugueses no pudieron alcanzarles.

¿Qué había ocurrido y por qué fueron descubiertos? Nadie lo sabe. Todo lo que se cuenta son suposiciones. Hay quien dice que alguien se fue de la lengua. Quizás, después de tanto tiempo sin probar el vino, alguien habló demasiado tomando copas con los portugueses y mencionó a Magallanes, lo cual dio una pista acerca de dónde venían. Otros cuentan que hablaron del cargamento tan valioso que llevaban, y por último se dice que hubo traición, y acusan a un portugués, de los que se alistaron con nombre español para ser admitidos, de chivarse a sus compatriotas. Pero parece que son acusaciones falsas, porque poco después fue defendido por los mismos españoles que estaban con él. Sea como fuere, fueron descubiertos y Elcano tuvo que huir dejando a los trece compañeros prisioneros de los portugueses. No se podía hacer nada por ellos, pues en el interior de la Victoria, aunque ya habían repuesto fuerzas, solo quedaban veinte, y enfermos todavía.

La Victoria no era ya más que una nave desvencijada, averiada y con los masteleros rotos, y aun así, era la más rápida. Cuatro naves portuguesas salieron en su busca, y ninguna la alcanzó, y por más que la buscaron, no lograron encontrarla, a lo cual ayudó que la noche estaba próxima a caer. Después se puso de manifiesto la experiencia, la astucia y la pillería de muchos años en la armada, de Juan Sebastián Elcano, porque supo jugar al despiste, navegando hacia donde nunca pensaban que pudiera dirigirse: hacia el sur. ¿Por qué una nao averiada se iba a querer alejar del punto de destino que era España? Lo más lógico sería pensar que huiría hacia el norte, y por allí, por el norte, lo persiguieron, para no dar nunca con ellos.

El marino griego Francisco Albo, piloto de la Victoria, medía diariamente las coordenadas y las iba anotando. Gracias a estas anotaciones sabemos hoy dónde se encontraban exactamente cada día: 16 de julio de 1522 – Tomé el Sol en 84º ½, tenía de declinación 19º 44’, vino a ser la altura 14º 14’. El camino fue al Sur, al Sursudoeste, al sudoeste y al Oeste, hasta la dicha altura y el día fue miércoles.» De esta forma, Albo nos tiene al corriente incluso de si hizo sol o estuvo nublado, cada día. «18 de julio de 1522 – «No tomé el Sol, más me hizo la nao de camino 8 leguas al Oesnoroeste y estoy en altura de 14º ¼, el día fue viernes». Es decir, cuando creyeron que se habían alejado lo suficiente y habían despistado a los portugueses, volvieron a subir hacia el norte.

Para el 4 de agosto estaban a 32º norte, la misma altura de las islas Canarias, pero a 1500 kilómetros de ellas. La intención era seguir subiendo hasta llegar a las Azores. ¿Por qué no ir a las Canarias, donde hubieran llegado más pronto, y una vez allí reparar la Victoria, cuya vía de agua era cada vez más grande? La decisión de Elcano tenía su lógica. Si en algún lugar habían pensado los portugueses buscarlos, era precisamente en los alrededores de las Canarias. Por otra parte, ir hacia las Azores podría proporcionarles una ruta más rápida para llegar a España. Aquella ruta era la escogida por los barcos españoles para regresar de América porque les evitaba encontrarse con los vientos elíseos en contra. Y si tenían que encontrarse con algún barco, seguramente era español. Era una ruta que los llevaría hasta las costas portuguesas. Entonces, ¿no era aquello meterse en la boca del lobo? Pues no. Los portugueses los tomarían por uno de los tantos barcos españoles que volvían de América y, viendo el pabellón español, no los molestarían en absoluto.

«15 de agosto de 1522 – Tomé el Sol en 61º 2/3, tenía de declinación 11º 8’ el camino fue al Nordeste.  Tengo la isla Flores al noroeste. El día fue viernes.» Cruzaban entre la isla de Flores y Faial, y siguieron al nordeste buscando los mejores vientos. No tuvieron demasiada suerte y no fue hasta el día 20 estando a 42º de altura, que encontrarían los vientos favorables para poner el rumbo definitivo hacia la península Ibérica. Eran solo 21 hombres. Demasiados pocos. Esto ayudaba en el racionamiento de la comida y el agua, pero multiplicaba el trabajo en el barco. No había tiempo casi ni para dormir, pues había que turnarse para achicar agua. Murieron estos días tres hombres más. No por falta de comida, pues, aunque racionada, tuvieron suficiente para llegar, pero estaban enfermos y completamente exhaustos. Demasiado cansados. Pero el destino final estaba cerca. Sus casas, sus familiares, estaban allí, a pocos días de navegación. Unos familiares que casi habían perdido la esperanza de volver a verlos con vida.

El día 31 de agosto estaban a tan solo 500 kilómetros de las costas de Lisboa. La Victoria se inundaba cada vez a mayor velocidad. Había que hacer cada vez más esfuerzo por achicar agua.  Cuatro días más y llegaron al cabo de San Vicente, Albo hace su última anotación: «4 de septiembre de 1522 – En la mañana vimos tierra y era el Cabo de San Vicente, y nos estaba al Nordeste. Así, cambiamos la derrota al Estesudeste por apartarnos del mismo cabo. Al día siguiente entran en el golfo de Cádiz. Y por fin, el día 6 llegan a Sanlúcar de Barrameda.

Para los habitantes de Sanlúcar, ver llegar un barco hecho trizas no debía ser nada extraño. Muchos eran los que sufrían tormentas y llegaban con las velas rotas y desarboladas. Aquel día la Victoria entró en el puerto y su aspecto era lamentable, como si sobre ella hubieran caído todas las tempestades del mundo. ¿Alguien se acordaba ya de aquella nao que salió de allí mismo tres años atrás? Y de acordarse, ¿alguien podría reconocerla? Tampoco era extraño ver a sus tripulantes salir con mal aspecto y jubilosos besando tierra. Sin embargo, aquellos pocos que salían ahora del ruinoso barco que acababa de atracar no eran hombres con mal aspecto, más bien parecían muertos vivientes.

En seguida fueron atendidos debidamente y les fueron llevados alimentos para que repusieran fuerzas. Quedó registrado que les subieron a bordo agua, vino, pan, carne y melones. También se sabe que no tardaron en visitar a Nuestra Señora de Barrameda, si bien la prometida visita a la Virgen de Guía tendría que esperar, ya que dicha virgen se encuentra en las islas Canarias, a las cuales no pudieron llegar.

Aquel día, o quizás al siguiente, Elcano se puso de inmediato a escribir una carta al rey, para que le llegara cuanto antes a Valladolid, donde su majestad se encontraba. En ella se dirige al emperador como «Su Alta y Real Majestad», lo cual indica que le habían informado de que el rey ya no solo era Carlos I de España, sino V del Sacro Imperio Romano Germánico. En esta carta, informa al rey de que acaban de dar la vuelta al mundo habiendo salido por occidente y llegado por oriente. La idea inicial nunca fue dar la vuelta al mundo. Quizás, al elegir volver por oriente, la idea de Elcano tampoco fuera esa, pero una vez lo hubo conseguido y fue consciente de ello, nos muestra su entusiasmo en la carta que escribió: «Mas sabrá su Alta Majestad lo que en más avemos de estimar y tener es que hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por el occidente e veniendo por el oriente.»

Elcano no quiere demorarse en llegar a Sevilla, sabe que la Victoria está en muy mal estado y le preocupa el valioso cargamento. El día 8 llegaron a Sevilla remolcados por otro barco, por lo que, casi con seguridad salieron de Sanlúcar el 7.

«El lunes 8 de septiembre echamos anclas junto al muelle de Sevilla y disparamos toda la artillería. El martes saltamos todos a tierra, en camisa y descalzos, con un cirio en la mano, y fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la de Santa María de la Antigua, como lo habíamos prometido en los momentos de angustia»-, cuenta Pigafetta.

La casualidad quiso que la Victoria llegase al puerto de las muelas, desde donde había salido 3 años antes, justo el mismo día en que se celebra en Triana la fiesta en honor a la virgen de la Victoria. Y allí se dirigieron, al convento donde estaba la virgen, a rendirle homenaje. Porque, aunque fuera una casualidad, para ellos fue un verdadero milagro.

Los supervivientes:

Juan Sebastián de Elcano
Francisco Albo, piloto
Miguel de Rodas, piloto
Juan de Acusio, piloto
Antonio Pigafetta
Martín de Yudícibus
Hernando de Bustamante, barbero
Nicolás el Griego
Miguel Sánchez de Rodas
Antonio Hernández Colmenero
Francisco Rodríguez, portugués de Sevilla
Juan Rodríguez de Huelva
Diego Carmena, de Bayona
Hans de Aquisgrán, artillero
Juan de Arana, grumete
Vasco Gómez Gallego, grumete
Juan de Santander, grumete
Juan de Zubieta, paje

Estos fueron, efectivamente, los que lograron regresar a bordo de la nao Victoria. Se suele oír casi siempre aquello de: “salieron 250 y regresaron 18”, llevando al equívoco de que fueron los únicos que sobrevivieron a la expedición. Pero como ya hemos ido viendo capítulo a capítulo, aunque fueron muchos los que murieron, otros hubo también que regresaron antes de tiempo, caso de la San Antonio que volvió con 55 hombres sin que ninguno muriera por el camino, o bien fueron desertando quedándose a vivir en las paradisiacas islas que iban visitando, o los que fueron hechos prisioneros por los portugueses que fueron rescatados más tarde por el rey Carlos. En cualquier caso, la mortandad fue bastante alta y de esos 247 que salieron de Sevilla se salvaron un centenar, quizás menos.

Viajando siempre al oeste

“Para ver si nuestros diarios eran exactos, preguntamos en tierra qué día era de la semana, y nos respondieron que jueves, lo cual nos sorprendió, porque según nuestros diarios estábamos a miércoles. No podíamos persuadirnos de que nos habíamos equivocado en un día, y yo menos que ninguno, porque sin interrupción y con mucho cuidado marqué en mi diario los días de la semana y la data del mes. Supimos pronto que no era erróneo nuestro cálculo, pues habiendo navegado siempre al Oeste, siguiendo el curso del Sol, al volver al mismo sitio teníamos que ganar veinticuatro horas sobre los que estuvieron quietos en un lugar; basta con reflexionar para convencerse.”

Esta comprobación la hizo Pigafetta ya en las islas de Cabo Verde. Francisco de Albo no podía creérselo y lo achacó a un error de fechas incomprensible, pero todos se dieron cuenta de que habían llegado un día antes de lo que marcaban los calendarios. Para ellos era día 7, pero en Sevilla era día 8 de septiembre. La explicación es que, viajando siempre a poniente, al completar una vuelta completa a la Tierra, han visto pasar el sol sobre sus cabezas una vez menos. Han vivido un día menos, pero en el mismo tiempo que los que han estado quietos en un lugar y han vivido un día más. En realidad, lo que han hecho es vivir días más largos, sin darse cuenta. En la novela de Julio Verne, “La vuelta al mundo en 80 días”, a los protagonistas les ocurre lo contrario porque van de oeste a este, y Phileas Fogg, al regresar a Londres pensó que había perdido la apuesta. Pero al mirar el calendario se dio cuenta de que había llegado un día antes. Al ir en dirección contraria al sol, sobre su cabeza el astro había pasado 80 veces, pero en Londres solo habían pasado 79 días. Había vivido días más cortos, porque le iban ganando terreno a la salida del sol.

Los nuevos mapas del mundo

La vuelta al mundo de Elcano fue la gran noticia en toda Europa. Dar la vuelta completa al planeta no había sido una gesta cualquiera, sino la mayor gesta lograda hasta el momento; con el prestigio para la navegación española que eso significaba, pues esto venía a añadirse a lo ya conseguido por Colón. Pero al margen del prestigio, en lo práctico significó una revolución en la cartografía mundial. Los mapas del famoso cartógrafo alemán Schöder quedaron de pronto obsoletos, ya nadie volvería a confundirse en ninguna parte del mundo. A partir de aquel momento, los mapas tuvieron que volver a dibujarse, colocando cada continente en su lugar, con las verdaderas dimensiones de cada océano. Obteniéndose solo la precisión que permitía la tecnología de la época, que era lo permitido por los aparatos de navegación y la observación visual, pero mucho más precisos que los trazados, la mayoría de las veces, de forma imaginaria. Faltaba, eso sí, la parte norte de América; pero todo estaba en marcha ya, para que, de nuevo una expedición española, navegara toda la costa y descubriera la parte del continente que faltaba y que apenas aparecía en los mapas, o simplemente no aparecía, y en su lugar ponían a Cuba. Su promotor fue el rey Carlos, que ahora quería descubrir un paso por el norte; y al frente de la expedición puso nada menos que a Esteban Gómez, el que dejó plantado a Magallanes en plena Patagonia.

Esteban Gómez, el nuevo navegante de confianza del rey
El rey de España nunca había perdido la confianza en aquel marino, también portugués. Seguramente ya se ha dicho, pero en España, sobre todo en Sevilla, dabas una patata a una piedra y salían portugueses. Todos muy buenos navegantes, y por eso eran aceptados para servir en la Armada Española. Y casi todos resentidos por el trato recibido en su país y dispuestos a realizar alguna gesta importante con la que recochinearse y fastidiar a su antiguo rey. Porque, hay que recordar que, ponerse al servicio de otro rey, era como nacionalizarte de aquel país. Dicho esto, y volviendo con el tema de los que dejaron a Magallanes, habíamos visto cómo se había abierto un proceso contra los desertores y al final quedó suspendido a la espera de que alguna de las naves volviera a España y poder contrastar lo que ellos habían declarado. El rey, incluso había estado dispuesto a que el principal responsable, Esteban Gómez, se embarcara en una flota destenida a combatir la piratería. Ahora, después de la llegada de la Victoria, y oídas las declaraciones de Elcano y sus hombres, dieron la razón a Gómez y demás implicados. Gómez era nombrado capitán general de la expedición a Norteamérica, Elcano y los 18 tripulantes que consiguieron volver, recompensados; y Magallanes cayó en desgracia, aunque fuera post mortem.

El triunfo de Magallanes
Elcano y sus hombres fueron sometidos a intensos interrogatorios para que desvelaran qué fue lo que ocurrió para que los capitanes españoles fueran ejecutados y Juan de Cartagena, veedor del rey, abandonado a su suerte en una isla desierta. Finalmente, las versiones de los recién llegados concordaban con lo declarado por los que llegaron en la San Antonio. La conclusión fue que decían la verdad: Magallanes había engañado a todos con falsos mapas para más tarde desobedecer las instrucciones dadas por el rey. Precisamente una de las cosas que quiso evitar Carlos I fue que hubiera demasiados portugueses en la expedición, y mucho menos al mando de ella. Enterarse ahora que todos sus capitanes habían sido eliminados y al mando solo hubo portugueses no debió hacerle ninguna gracia. La decisión fue drástica: Su viuda y demás familiares de los Barbosa dejaron de percibir dinero de las arcas del estado. Tampoco heredarían ninguna isla de las descubiertas por su padre. Aunque sus hijos no la hubieran llegado a heredar de ningún modo, pues de los dos hijos de Magallanes, uno murió al nacer y el otro murió muy niño aquel mismo mes de octubre de 1522.

Parecía que la memoria de Magallanes quedaría manchada para siempre y su nombre caería en el olvido histórico; que en los libros solo brillaría el de Juan Sebastián Elcano. Sería justo al revés. El estrecho que descubrió lleva su nombre y las dos galaxias que vieron por primera vez sobre el cielo del Pacífico, también. Muy merecidamente, todo hay que decirlo, pues nadie puede restarle sus méritos como navegante excelente, y lo que él logró solo estaba al alcance de los mejores y más valientes. Lo que ya no es tan justo es que el nombre del que inició la aventura resplandezca y el del que remató la mitad del viaje haya quedado olvidado por tanto tiempo. Hay un responsable para que esto haya sido así, hasta ahora. Pues las mentiras tienen las patas muy cortas, aunque estas hayan caminado demasiados años.

El caballero resentido

Nadie puede asegurar si Antonio Pigafetta tuvo anotado el nombre de Juan Sebastián Elcano alguna vez en sus cuadernos. Pero, desde luego, si lo escribió, se preocupó muy mucho de borrarlo. Y, puesto que nunca apareció su nombre, nadie llegó a conocer nunca quién fue el valiente marino que estuvo al mando del único barco que logró regresar a Sevilla dando la vuelta completa al mundo. Sí, en Sevilla lo supieron todos. En Valladolid también, y en su tierra natal, Guetaria y alrededores, y en mucho otros lugares. Pero, ¿y en el resto de España? ¿Y en el resto de Europa? Las noticias no llegaban a través de los telediarios, ni a través de las redes sociales, como ahora. Solo se transmitían por el boca a boca, de puerto en puerto. Luego llegaría el libro de Pigafetta, y alguien diría, sí, este libro habla de cuando los españoles dieron la vuelta al mundo, pero nadie recuerda el nombre de quien lo hizo, y de repente aparece Fernando de Magallanes, en un libro que escribió un valeroso hidalgo italiano que viajaba junto a él. Porque, prácticamente fue el único diario de a bordo que sobrevivió. El de Magallanes se perdió por completo y otros fueron incautados a los que cogieron prisioneros los portugueses. De los demás se conserva muy poca cosa y Francisco de Albo se limita a dar coordenadas y poco más. Por lo tanto, la historia vivida por los supervivientes comandados por Elcano casi no sale de España, y fuera de ella sale la versión escrita por Pigafetta, que apenas le da importancia al segundo tramo, donde el protagonista ya no es su idolatrado Magallanes. En esta parte del viaje no toma notas casi de nada, y si las tomó las guardó solo para sí mismo y nunca las publicó.

El italiano, muy caballeroso, regaló una copia de su diario al rey Carlos en persona, y así lo hace constar en los mismos escritos: “Desde Sevilla fui a Valladolid, donde presenté a la sacra majestad de don Carlos V, no oro ni plata, sino algo más grato a sus ojos. Le ofrecí, entre otras cosas, un libro, escrito de mi mano, en el que día por día señalé todo lo que nos sucedió durante el viaje.” Esto que parece todo un detalle por su parte, no es más que una venganza, pues su visita no fue más que para contar su propia versión sobre el viaje y envenenar al emperador contra Elcano, ya que, sabía que nada bueno había contado sobre su idolatrado Magallanes. Pero ahora viene lo más sorprendente: “Dejé Valladolid lo más pronto que me fué posible y llegué a Portugal para relatar al rey Juan lo que había visto.” Osea, que se fue a hacer de chivato al rey de Portugal, que ya no era Manuel I, el cual había fallecido el 13 de diciembre de 1521, sino Juan III. A cuento de qué se va a contarle lo que había visto a quienes han estado a punto de matarlo. Pues ni más ni menos que para meter zizaña entre los dos reyes vecinos, y a consecuencia de esto el portugués se levantó airado contra el español, acusándolo de haber roto los tratados que entre los dos países había firmados. Y encima, Pigafetta lo relata en su libro, ya al final del todo, donde firma orgulloso como: “El caballero Antonio Pigafetta”.

Malestar en Portugal

La hazaña conseguida por la Armada Española pronto tuvo como consecuencia las protestas de Portugal. Es más que seguro que, aunque Pigafetta no hubiera acudido a calentarle la cabeza a Juan III, éste hubiera hecho igualmente reclamaciones a Carlos V. Recordemos que cada vez que España obtenía algún logro, ellos metían la cuchara en el pastel a ver qué rebañaban. En cualquier caso, Pigafetta hizo de instigador al poner al corriente de todo a los portugueses, y poniéndose a gusto despotricando contra los capitanes españoles y contra el propio Elcano ¿Alguien duda de que los puso de vuelta y media? E incluso se comportó como un traidor al joven rey Carlos, quien le había proporcionado la oportunidad de embarcarse en el viaje de su vida, que tanta ilusión le hacía realizar.

La reclamación del nuevo continente descubierto por Colón, alegando que aquellas aguas eran suyas, provocó que el papa dividiera el mundo en dos, la mitad para cada país. ¿Se puede reclamar algo así tan alegremente? La verdad es que Portugal tenía una pequeña base para hacerlo, tan pequeña que no se sostenía por sí misma, y aun así, echándole algo de morro, como ellos le echaron, consiguieron Brasil. Su reclamación se basaba en un antiguo acuerdo, que venía de cuando Isabel y la Beltraneja se titaron de los pelos peleando por el trono de Castilla. El panorama estuvo muy agitado por aquel entonces y todo concluyó con una serie de acuerdos. Uno de ellos fue que las aguas del Atlántico y sus islas, excepto las Canarias eran para Portugal. Fernando el Católico no tenía tiempo de ocuparse del Atlántico, teniendo tanto trabajo como tenía en el Mediterráneo. Pero, claro está, nadie sabía hasta dónde llegaba el Atlántico, y el papa tuvo que mediar y aclarar que los portugueses no podían extender sus dominios hasta el infinito. Pero Brasil entró en la “buchaca”.

Ahora que surgen nuevas disputas es el momento de aclarar cómo funcionaba aquel asunto de la división, algo absurdo y hasta “ilegal”, puesto que el papa no era quién para adjudicar ninguna parte del mundo a nadie. Pero no hay que reconocer que sirvió, en principio, para poner algo de paz entre los dos países vecinos. Realmente, el mundo no quedaba dividido entre España y Portugal. Lo que el papa adjudicaba eran los nuevos descubrimientos. Ninguno de los dos podía ir e invadir Francia o Inglaterra, por ejemplo, ni ningún otro país civilizado. Lo que sí podían hacer era adjudicarse las islas o continentes por descubrir, si en ellos habitaban seres incivilizados, susceptibles de ser cristianizados. La gran potencia cristiana en Europa era Hispania, ahora dividida en dos, pero igualmente cristianas. Juntas habían combatido al enemigo moro y habían llevado la fe a nuevos mundos. Por lo tanto, en Roma estaban encantados con que así siguieran haciéndolo. Por eso, fuera o no legal, se les adjudicó toda la tierra descubierta y por descubrir.

Se reunieron representantes de los dos países en Tordesillas (Valladolid) y se trazó una línea imaginaria a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde (unos 1.500 kilómetros). Más allá de esa distancia pertenecía a España. Fue el llamado Tratado de Tordesillas. Aparentemente, asunto resuelto. Pero ahora venía a demostrarse que habían quedado muchos cabos sueltos. Por lo visto, al firmar el tratado no se especificó qué tipo de legua utilizar para medir las distancias. Cada país utilizaba su legua, que rara vez coincidía con la de otro país. España utilizaba la legua castellana, que mide 4190 metros. Francia utilizaba la suya, Portugal otra distinta, luego estaba la legua terrestre, la marina… Utilizando la legua castellana, la línea pasaba pisando una pequeña porción de Sudamérica, por lo que, a Portugal le pertenecía un pequeño trozo de Brasil. Pero entonces, teniendo en cuenta que la tierra es redonda, ¿hasta dónde podía llegar España partiendo desde esta línea?

Estaba claro que el Pacífico era suyo, pero una vez llegados a Asia, ¿dónde debían parar? Muy fácil. Trazando otra línea en las antípodas de la que pasaba por América. La misma línea que iba de polo a polo, pero diametralmente opuesta en la otra parte del mundo, y así, el globo quedaba perfectamente dividido en dos. Pero trazar la otra línea no tenía nada de fácil. De hecho, nunca se llegó a un acuerdo de por dónde debía trazarse. Hoy sí nos resulta muy fácil, pero en aquellos entonces, donde no se sabía el tamaño exacto de la Tierra, era poco menos que imposible, al menos en el momento en que se firmó el tratado. Pero por reclamar que no quede, y Portugal, experto en reclamaciones, se lanzó a la protesta y a la denuncia de que España había incumplido el tratado invadiendo territorios que les pertenecían.

Hubo que convocar otra reunión para tratar de aclarar por dónde pasaba la línea opuesta. En 1524 se estuvo debatiendo en Elvas y Badajoz, situadas a 8 kilómetros de distancia, donde se reunían en días alternativos. Fueron convocados a asistir los mejores cosmógrafos y navegantes de ambos países. Por España acudieron Hernando Colón, Juan Sebastián Elcano y Juan Vespucio, sobrino de Américo Vespucio. Mientras España trataba de dar unas medidas basadas en el reciente viaje hecho hasta Malasia, Portugal se cerraba en banda asegurando que la zona era suya, a pesar de que, si el Pacífico hubiera sido tan pequeño como se creía, las Molucas hubieran sido españolas. El problema, como hemos visto en otro capítulo, estaba en que sobre un mapa plano, las distancias no concuerdan con las trazadas sobre una esfera. Hay que dejar claro, que con los medios que existen hoy día para medir con exactitud, las Molucas estaban dentro de territorio portugués, pero ellos no lo sabían, no podían saberlo, como tampoco lo sabían los españoles. Portugal estaba actuando simplemente como lo hizo con el caso anterior del descubrimiento del Nuevo Mundo, reclamar por vicio para ver qué consiguen. La propuesta de España es hacer un nuevo viaje para tratar de hacer nuevas mediciones. En estas reuniones no se consiguió llegar a ningún acuerdo y los vecinos se marcharon protestando por este segundo viaje, que consideraban una nueva intromisión en unas islas que les pertenecía.

El cronista Francisco López de Gómara en su «Historia General de las Indias» nos cuenta una anécdota graciosa ocurrida durante los días que duraron estas reuniones. Se ve que en Badajoz, todo el mundo hablaba de que en su ciudad se reunían unos señores portugueses que pretendían repartirse el mundo con el emperador español y no se ponían de acuerdo a la hora de trazar la raya. Paseando un día por las orillas del Duero iban Francisco de Melo, Diego López de Sequeira y otros personajes pertenecientes a la delegación portuguesa, cuando se cruzaron con un niño que les preguntó que si eran ellos los que repartían el mundo con el emperador. Asombrados por la pregunta respondieron que sí. Entonces el niño se dio la vuelta, se bajó los pantalones enseñándoles el culo y dijo: «Pues echad la raya por aquí en medio». Unos rieron, otros se avergonzaron, y todos comentaron la ocurrencia del niño en Badajoz.

El segundo viaje llevado a cabo no llegó a aclarar nada y el resultado fue que las líneas no se respetaron ni en un lado ni en el otro. España no dio su brazo a torcer y defendió siempre que, si no estaba claro, las Molucas eran suyas. Al final, llegaron a un acuerdo y Portugal le compró las islas a España. No fue mal trato para ninguno de los dos países. Para España, tener que cruzar el Pacífico no le era rentable y le estaba costando muchas vidas y barcos perdidos. Para Portugal, llegar por el Índico le era mucho más fácil. A lo que no renunció España fue a quedarse con las Filipinas, que también quedaban en territorio portugués, y como compensación, Portugal se fue metiendo poco a poco en Sudamérica hasta agrandar Brasil. ¿Y los demás países no decían nada? Por supuesto que dijeron y se pasaron por el forro la bula del papa. Inglaterra pronto metió las narices (para desgracia de los indios) en el norte del continente americano, y Francia, y Holanda, en menor medida.

Correspondencia con el rey

Parece ser que Elcano no escribía bien en castellano, pues su lengua natal era el vasco, y por eso tuteaba al rey en la carta que le envió desde Sanlúcar, aunque no hubo intención de faltar al respeto; intención, por otra parte, impensable en aquel tiempo (Elcano hubiera incurrido en una falta grave). El rey, que a lo largo de unos meses estuvo enviando cartas a Elcano, no parece ofendido, por lo que, debió entender el motivo de su “descaro”. Entretanto, a Elcano, después de haber repuesto fuerzas, le fue encomendada la tarea de revisar algunos barcos de la armada, es lo que se desprende de estas cartas, descubiertas hace poco tiempo. Se trata (entre otros documentos) de la carta escrita por Elcano y enviada desde Sanlúcar y de las respuestas dadas por el rey. La primera de ellas, la de Elcano, fue devuelta al mismo con anotaciones en los márgenes, donde se daba respuestas a cada una de sus peticiones. Las demás fueron recibidas en meses posteriores.

Ojear estas cartas y analizarlas detenidamente nos servirá para descubrir algunas cosas curiosas y sobre todo para saber algo más (se sabe por desgracia demasiado poco) sobre el personaje Juan Sebastián Elcano. Gracias a ellas sabemos que entre la llegada a Sevilla y la partida de la segunda expedición, no estuvo descansando y disfrutando de la pequeña fortuna que consiguió tras adjudicarle el rey el porcentaje del cargamento traído. También podemos descubrir que no cayó en desgracia por haber sospechado el rey que algo ocultaba o había hecho mal, como se solía decir hasta ahora. Nada de esto era cierto, y aunque Pigafetta lo calumnió y la Casa de la Contratación sospechó que no había entregado la mercancia completa, Elcano pudo demostrar que llevaba razón y nada ocultaba. Empecemos por la carta que escribió nada más llegar a Sanlúcar.

No quiso perder tiempo y se puso a escribir al rey el mismo día que llegó, nada más cumplir con la visita a las vírgenes, como tenían por costumbre hacer y, se supone, que comer alguna cosa y reponer fuerzas. Quizás aquella noche antes de dormir, para continuar hasta Sevilla al día siguiente. En la carta se nota el entusiasmo del marino, pues se ha dado cuenta de la gran gesta conseguida: nada más y nada menos que ser el primero en dar la vuelta completa al mundo y traer un cargamento de clavo, nuez moscada y canela, que valían una fortuna. Lo primero que cuenta, con palabras que desprenden orgullo y satisfacción, después de los formalismos obligados y saludos al rey, es que han vuelto cumpliendo con su mandato de descubrir las Molucas y que han dado la vuelta al mundo: «hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por el occidente e veniendo por el oriente.»

Sin abandonar el entusiasmo, se lanza a una serie de peticiones, que en principio nos pueden llamar la atención por atrevidas, pero veremos que son fruto de la emoción y de las ganas por volver a una nueva aventura, apenas ha vuelto de la anterior. Le hace saber al rey las muchas: «fatigas» y «hambre» pasadas en su afán por descubrir las islas. Y acto seguido, como queriendo demostrar que todo cuanto ha sufrido no ha minado sus ánimos de seguir sirviendo a su majestad, le pide que le entregue otra armada para volver: «que V. S. M. me haga merçed de la Capitania mayor de qualquier Armada o Armadas que V. M. enbiare asi para hazer seguro el viaje como para guardar la costa en las dichas yslas» Aunque algunos ven en su petición descaro y soberbia, lo cierto es que, Elcano le está haciendo saber al rey que puede contar con él incondicionalmente, para, ahora que han descubierto dónde están las especias, no perder la oportunidad de volver cuanto antes, con más hombres, y asegurar las islas.

La respuesta a esta petición fue negativa: «que su magestad tiene proveydo ya este cargo». El viaje que Elcano propone ya está en proyecto y la capitanía adjudicada, aunque en esta escueta respuesta no se dan detalles.

La segunda petición es que le otorgue el hábito de la orden de Santiago, tal como le fue dado a Magallanes. Quizá aquí sí se dejó llevar demasiado por su euforia. Pero, lo cierto es que, si tenía que ponerse a la cabeza de una expedición tan importante, ¿por qué no recibir esta distinción honorífica?

Respuesta negativa: «que no tiene su magestad facultad para lo dar fuera del capitulo.» El rey no podía otorgar este prestigioso título a cualquiera que le viniera en gana y debía dársele a personajes importantes y sobresalientes en la sociedad española. Elcano, en aquel momento, ya era un fuera de seria, sin duda, pero hay que tener en cuenta algunas cosas: acababa de llegar y el rey ni siquiera había hablado con él. Había muchos y espinosos asuntos pendientes por aclarar, como la ejecución de los capitanes españoles y la deserción de la San Antonio. Y, de momento, Elcano solo era un capitán más. De ser nombrado capitán general de alguna armada, ya se vería si le concedían la Cruz de Santiago, pero de momento no era posible, y de ahí que el secretario del rey le conteste que no pueden dárselo «fuera de capítulo», o sea, al margen de unas capitulaciones, o contrato, ya que no se le ha encomendado ningún viaje ni hay ninguna capitulación que firmar, de momento.

Es toda cuanta merced pide para él. A partir de aquí todo son peticiones para los hombres que han llegado con él, y para los que no lo consiguieron por haber sido hechos prisioneros. Pide que se les dé el porcentaje acostumbrado en estos casos y que se haga lo posible por rescatar a los que quedaron en Cabo Verde. También le pide, a modo personal, algunos favores para dos parientes suyos «muy probes», que han ayudado mucho en el viaje.

Las contestaciones a esta primera carta fueron dadas a traves del secretario del rey Francisco de los Cobos, que anotó las respuestas al margen de la misma carta, que fue devuelta a su remitente. Sobre la compensación y liberación de los marineros, será el mismo rey quien conteste personalmente en las siguientes cartas que irá recibiendo Elcano.

Valladolid 11 de septiembre de 1522
En esta primera carta de Carlos I a Juan Sebastián Elcano se hace acuse de recibo de la enviada desde Sanlúcar y comienza así: «Capitán Juan Sebastian delcano. Vi vuestra letra que me escribistes de Sant Lucar en que me hazeys saber vuestra llegada en saludamiento con la nao nombrada la Vitoria, […] y le doy por ello ynfinitas graçias» El rey se muestra aquí de lo más cordial, haciéndole saber que se alegra de su vuelta, y le pide que vaya a verlo: «porque yo me quiero ynformarme de vos muy particularmente del viaje que aveys hecho y de lo en el sucedido, vos mando que luego que esta veays toméys dos personas de las que han venido con vos, las más cuerdas y de mejor razón, y os partays y vengays con ellos donde yo estoviere.» Le hace saber también que ha escrito a la Casa de la Contratación para que le provea de vestimenta y de todo lo necesario para el viaje; así como para que le paguen lo que le pertenece por el porcentaje costumbrado sobre el cargamento de especias. Por último, le hace saber que: «En los treze honbres que vos fueron tomados en las yslas de cabo verde, yo he mandado probeer en su deliberacion lo que conviene.»

Los elegidos para acompañarle fueron Francisco de Albo y Hernando de Bustamante, el barbero. Nadie mejor que estos dos hombres para contarle al rey los detalles y las calamidades sufridas durante el viaje. El uno había medido día tras día el itinerario seguido, y el otro, como barbero, cirujano y curandero, había curado heridas y cuidado de los enfermos, por ser prácticamente el médico de la Victoria. Hay cronista que afirman que Elcano llevó con ellos a los indios traídos de la isla de Ternate y ofrecieron al rey regalos y pájaros exóticos. De ser así, no todos los indios murieron y los que llegaron a en la Victoria fueron más de veinte. La entrevista con el jovencísimo rey Carlos, debió ser digna de verse, con solo 20 años, curioso y ansioso por saber más y más detalles sobre la impresionante aventura que los hombres que él envió habían protagonizado, y preocupado cuando llegara el momento de saber la verdad sobre lo acontecido en San Julián. ¿Qué había ocurrido para que los capitanes, alguno de los cuales él mismo nombró en persona, hubieran acabado de tan trágica manera? Quería saber la verdad, y la verdad fue lo que le contaron.

Valladolid 23 enero 1523
Aquí, el rey le anuncia que le adjudica una paga vitalicia de 500 ducados de oro al año: «por ser el primero que descubrió e traxo la dicha espeçiería a estos nuestros reynos, y emienda y ratificaçión dello, nuestra merced y voluntad es que aya e tenga de nos por merced asentados en esa casa para en toda su vida quinientos ducados de oro en cada un año.»

Satisfecho; así podría decirse que quedó el rey, y por supuesto, sus consejeros, después de la entrevista con Elcano y sus hombres, y no se quedó corto a la hora de compensar su gran gesta. Nunca llegó a cobrar esta paga, y no se sabe a ciencia cierta si su familia llegó a percibir algo. Luego veremos por qué.

Valladolid 13 febrero 1523
Algo que sin duda alegraría, tanto o más de lo que le alegró el anuncio de los 500 ducados, fue el de su indulto; quedaba absuelto por la venta del barco en Italia, llegando a reconocer el rey, que fue culpa de su abuelo Fernando el Católico, por no hacerle llegar a tiempo la paga: «que vos siendo maestre de una nao de dozientos toneles nos servystes en lebante y en africa, y como no se vos pago el salario que haviades de haver por el dicho servicio, […] vendistes la dicha nao […] en lo qual cometistes crimen e me pedisteis merçed […] E yo acatando el señalado seruiçio que me haveys hecho […] por la presente vos remito y perdono qualquier pena así çebil como criminal en que ayais caydo e incurrido.»

Pamplona 4 diciembre 1523
El rey le pide que acuda a su encuentro con los más que pudiere de los que vinieron con él en la Victoria: «es menester que […] luego que esta carta veays os partays […] y traygais vos los mas que podieredes de los de dicha carabela. ¿Por qué el rey le pide ahora que acudan todos? ¿Qué había ocurrido? Ya lo hemos visto, Pigafetta se las había ingeniado para que le concedieran audiencia con el rey. Todo lo que sabemos sobre esta visita se lo debemos a él mismo, que lo relata en su diario, pero no deja constancia más que de lo que le regaló. Nada sabemos de esta misteriosa entrevista. Solo sabemos el resultado: el rey quiere más detalles, y quiere oírlos por boca de cada uno de los supervivientes. Nada bueno pudo contarle el rencoroso “caballero”. Todos acudieron a dar testimonio, incluido Elcano y los dos que fueron con él en la anterior visita, que tuvieron que declarar de nuevo. A este contratiempo, se añadió otro más. La Casa de la Contratación reclamaba que el peso declarado sobre el cargamento, 600 quintales, no coincidía con el peso realizado por ellos una vez descargada la mercancía, 570. Faltaban, pues, 30 quintales.

Las declaraciones de los 18 hombres no dejaron lugar a dudas: decían la verdad. Existen registros de lo que declaró Elcano, que no sería muy diferente a lo declarado la primera vez:

«Ellos [los amotinados] requirieron a este testigo, como maestre, Juan de Cartagena e Gaspar de Quesada, que obedeciese los mandamientos del rey, como en sus instrucciones lo mandaba. Y este testigo dijo que obedecía, e que está presto para facerle cumplir e requerir con ello al dicho Fernando de Magallanes. E que los dichos capitanes dijeron a este testigo e a toda la otra gente de la nao, que con el batel querían ir a la nao San Antonio, para prender al dicho Álvaro de Mezquita, porque no se revolviese la armada; e que con aquel requerimiento requerirían sin revuelta ninguna al dicho Fernando de Magallanes».

Magallanes se había comportado como un tirano y había actuado en contra de las instrucciones que se le habían dado. El hecho de que los declarantes fueran de varias nacionalidades y no solo españoles, debieron influir a la hora de creer las acusaciones contra los portugueses, es decir, contra Magallanes y toda la camarilla portuguesa de que se hizo rodear una vez de deshizo de los españoles que tenían algún mando. Elcano podía estar tranquilo, pues seguía contando con la confianza del rey, como iba a demostrarle de ahora en adelante. En cuanto al tema de las especias que faltaban, Elcano dio una respuesta tan sencilla como convincente: después de recolectarse, el clavo se va secando y pierde peso. El que habían traído llevaba meses secándose en las bodegas del barco. No hubo más preguntas.

Real cédula de Carlos I aprobando licencia de armas
Burgos 20 mayo 1524
Licencia de armas solicitada por Elcano, para él y dos de sus hombres, porque algunas personas “les quieren mal”: «por quanto por parte de vos […] me fue fecha rrelaçion que a cavsa que algunas personas vos quieren mal, temeys e reçelays que vos heriran, mataran o lisiaran o haran otro mal o daño o desaguisado […] vos doy liçençia e facultad para que vos e los dichos dos hombres que anden con vos podays traer e trayays las dichas armas ofensibas e defensivas.

Seguramente los otros dos eran quienes le acompañaron en su visita al rey. Pero ¿quién los quería tan mal para que éstos tuvieran la necesidad de portar armas para defenderse? Solo podemos especular. Hay quien sospecha que los perseguían por asuntos de faldas, ¿a los tres? Pero también hay razones para pensar que la familia Barbosa tenía motivos para estar detrás de este asunto. Habían declarado contra Magallanes y esto los dejaba en muy mal lugar. Tal vez por esto hay quien piensa que Elcano llevó durante estos años una vida tranquila y apartada, casi oculto en su casa de Guetaria, sin querer tener demasiado protagonismo, hasta tal extremo que ni el rey se acordó de él para nombrarlo capitán general del nuevo viaje. Pero la cédula real que leemos a continuación nos dice precisamente lo contrario.

Real cédula del Consejo aprobando el plan de Juan Sebastián de Elcano para llevar la armada a La Coruña
Valladolid 25 octubre 1524
«En este consejo se vio la carta que escrevistes a su magestad y la rrelaçion que enbiastes del estado en que están esas naos […] y el tiempo en que os pareçe que las podreys sacar para llevar a la coruña y por ello pareçe el buen cuidado y deligençia que haveys puesto en ese negoçio que llevastes a cargo.» Puede verse aquí que Elcano no estuvo descansando, precisamente, y que lo tuvieron en cuenta, como él había pedido, aunque no fuese como capitán general, para hacerse cargo de una armada. Se elogian sus servicios y su diligencia, pues estos barcos están destinados nada menos que a emprender la nueva aventura de ir de nuevo a las Molucas, a través del estrecho descubierto por Magallanes.

Los amoríos de Elcano
Conocemos tan poco sobre su vida privada, como de su vida en general, por eso, nadie se pone de acuerdo en si estuvo casado o no. Lo que sí se sabe, gracias a su testamento, es que tuvo hijos con dos mujeres diferentes. Durante su juventud, entre idas y venidas por sus constantes viajes marítimos, tuvo amoríos con una chica llamada María Hernialde o Hernández, «siendo moza virgen, la hube»- dijo redactando el testamento, y de ella nació su hijo Domingo. Se dice que no llegó a casarse por la oposición de la familia de María, que por lo visto “no lo querían bien”. Luego, una vez hubo vuelto de las Molucas, conoció en Valladolis a María Vidaurreta, con quien tuvo una hija.

Primus circumdedisti me
Todavía haría el rey un regalo más, uno especial, a Juan Sebastián Elcano, ya que no le dio el título honorífico de Caballero de Santiago, lo honraría con algo también simbólico y honorífico que le haría especial ilusión: un escudo de armas donde quedaría constancia para siempre de la gesta conseguida. El escudo está dividido en dos cuarteles; en el superior hay un castillo sobre campo rojo; en el inferior dos palos de canela en aspa, tres nueces moscadas y doce clavos de especie, representados sobre campo dorado. Como cimera, un yelmo cerrado y un globo terráqueo con la leyenda en latín: “Primus circumdedisti me», (Fuiste el primero en darme la vuelta).

Ellos también dieron la vuelta al mundo

Fueron los que tuvieron la desgracia de caer en manos de los portugueses y la suerte de haber sobrevivido. Ellos también acabaron dando la vuelta completa al globo y recibieron su correspondiente recompensa. El rey, como ya se encargó de comunicar a Elcano, mandó hacer las diligencias pertinentes para que volvieran a España. Los trece primeros fueron hechos prisioneros en Cabo Verde, y tras ser reclamados por el rey Carlos fueron llevados a Lisboa y de allí a Sevilla.

Martín Méndez
Pedro de Tolosa
Richard de Normandía
Roldán de Argote
Mestre Pedro
Juan Martín
Simón de Burgos
Felipe Rodas
Gómez Hernández
Bocacio Alonso
Pedro de Chindurza
Vasquito

Y otro de nombre desconocido

De los que intentaron volver en la Trinidad y fueron capturados en las Molucas, cinco fueron enviados a Lisboa, los demás murieron debido al mal trato recibido. Los que sobrevivieron fueron:
Gonzalo Gómez de Espinosa
Leone Pancaldo
Juan Rodríguez
Ginés de Mafra
Hans Vargue

Fueron otros dieciocho, 36 en total, los que consiguieron dar la vuelta al mundo, o mejor dicho, fueron 37, pues todavía habría otro que…

La nueva expedición a las Molucas

Sorprende a muchos que la nueva expedición organizada a las Molucas no estuviera capitaneada por Juan Sebastián Elcano, pero ya hemos visto que había una buena razón para esto: «ese cargo ya estaba proveído», y era cierto, no era ninguna excusa. Elcano debió entenderlo y lo encajó bien. Una potencia naval como España no podía permitirse el lujo de permanecer inactiva, y puesto que los preparativos para una expedición podían durar años, lo lógico era que para antes de que acabara una, tener ya en proyecto las siguientes. Y así era; pues había al menos dos expediciones en proyecto nada más partir Magallanes y Elcano en la primera. Las capitulaciones de este segundo viaje se firmaron al mes siguiente de llegar Elcano a Sevilla, si bien todo tuvo que aplazarse ante las protestas de Portugal, como ya hemos visto. El proyecto no pudo llevarse a cabo hasta dos años y medio después.

El capitán general sería esta vez Francisco José García Jofre de Loaysa. Como dato curioso, el loco Faleiro todavía andaba por Sevilla, al cual se le había prometido que iría en esta nueva expedición, después de ser descartado en la primera. No fue más que una excusa para quitárselo de encima, pues tampoco se embarcó en ésta. El que no podía faltar, por supuesto, era Juan Sebastián Elcano, que fue contratado como piloto mayor.

Se pensó que, si tenía que haber tráfico de especias entre las Molucas y España, lo suyo sería montar una Casa de Contratación de Especiería semejante a la que había en Sevilla para el tráfico de Indias. El lugar elegido fue La Coruña, por ser un lugar favorable a la hora de volver. Se trajeron al puerto coruñés ocho naves, algunas recién fabricadas y otras puestas a punto bajo la supervisión de Elcano.

El 24 de julio de 1525 partía de La Coruña la flamante armada. Siete naves relucientes. He aquí sus nombres:

Sancti Spiritu
Santa María de la Anunciada
Santa María del Parral
San Grabiel
San Lesmes

Y… repitiendo nombre:
Santiago
Santa María de la Victoria

La tripulación se componía esta vez de 450 hombres, pues la intención era no solo traer cargamento de especias, sino dejar hombres en las islas y tomar posiciones, y como le había pedido Elcano en su carta, barcos que aseguraran sus aguas.

Pero aquella armada tuvo mala suerte desde que llegó a la Patagonia, tal como si Pigafetta la hubiera maldecido y el espíritu de Magallanes sobrevolara el estrecho al que dio nombre, para impedir que lo cruzaran. Por cierto, fue en esta expedición donde Diego Ribero llamó al estrecho como «de Magallanes». Las tempestades se sucedieron y una galerna empujó a la Sancti Spiritu lejos de las demás. La San Lesmes, al mando de Francisco de Hoces, también obligada por el temporal, sigue hacia el sur poder entra al estrecho llegando hasta la última de las islas que componen el fracturado final del continente y descubrió el hoy llamado Cabo de Hornos. La Santa María de la Victoria está dañada y tiene que refugiarse en el río Santa Cruz. Ante tanta calamidad, sin haber cruzado todavía el estrecho, la San Gabriel deserta, tal como hizo la San Antonio unos años antes. Otra nave, la Anunciada, decide tomar otro rumbo probando suerte por el lado contrario, por el cabo de Buena Esperanza; nunca más se supo de ella. Son tres, las que quedan, y todavía no están en el Pacífico. Pero la San Lesmes reaparecería más tarde, después de rodear el final del continente.

Cedula de Carlos I a la Casa de la Contratación reiterando los 500 ducados anuales a Juan Sebastián de Elcano
15 abril 1525
Casi cuatro años después de que el rey le concediese la “merced” de 500 ducados de oro anuales, Elcano no había visto ni un duro. Por lo visto, aunque el cargamento de clavo, canela y nuez moscada traído desde oriente habían cubierto los gastos de la expedición después de repartir la cuarta parte entre los supervivientes, los gastos en los preparativos del segundo viaje se habían disparado y el pago de la renta vitalicia a Elcano se iba retrasando. Eran ya 2.000 ducados lo que se le debían y Elcano hizo sus reclamaciones oportunas antes de emprender viaje de nuevo. El rey, algo contrariado con este tema, hace saber a la Casa de la Contratación, que es la encargada de realizar los pagos, que Elcano anda reclamando lo que le pertenece: «me ha fecho rrelaçion que bien sabíamos, como nos le haviamos fecho merçed de quinientos ducados en cada un año por los días de su vida […] dize que no le ha seydo pagado cosa alguna.» Y como el rey era consciente de que las arcas andaban esos días con telarañas, pensó que se le podía pagar cuando regresase (Dios mediante) con las ganancias de la segunda expedición. «yo vos mando que despues que con la bendicion de nuestro señor sea venyda la dicha armada con la especiería a estos nuestros reynos del provecho nuestro que della nos viniere pagueys al dicho Juan sebastian delcano.»

Nueva travesía del estrecho

Entre el 5 de marzo y el 25 de mayo atraviesan el estrecho. Cincuenta días luchando contra vientos y tormentas, para no encallar en los bancos de arena o chocar contra las pequeñas islas, cruzando entre canales estrechos de altas paredes. Y una vez en el Pacífico, nuevas tempestades. Elcano los condujo por la ruta que había seguido Magallanes, El Niño, esta vez, no estaba de buen humor. Si durante el primer viaje, este fenómeno atmosférico favoreció la navegación con buen tiempo, esta vez, la maldición que comenzó nada más costear la Patagonia les persiguió hasta el Pacífico, pues nada más reaparecer la San Lesmes y la Santiago, una nueva tempestad las volvió a separar. La Santiago y la San Lesmes desaparecieron para siempre. De la San Lesmes se cuenta que se encontraron indicios en alguna isla de la Polinesia francesa y que luego continuaron viaje hacia Australia, donde sus navegantes se quedaron a vivir.

La Santa María de la Victoria al igual que su antecesora, estaba destinada a continuar viaje en solitario. A estas alturas comenzaban ya acusar el cansancio y el hambre, y aparecieron el escorbuto y otras enfermedades. El capitán general, Loaysa, moría a finales de julio. Elcano, al igual que la Victoria, estaba también destinado a hacerse cargo de la expedición, pero esta vez no podría concluirla. Elcano también estaba enfermo y fue empeorando día a día. Y cuando notó que llegaba su hora, sin tener ya fuerzas para levantarse de su cama, pero estando lúcido de mente, llamó a Iñigo Ortes de Perea, contador de la nave, y redactó testamento

Testamento cerrado de Juan Sebastián de Elcano.

Archivo General de Indias
Nao Vitoria 26 de julio de 1526
En la nao Victoria, en el mar Pacífico, a 1º de la línea equinoccial, a 26 de julio del año del Señor de 1926, en presencia de mí, Iñigo Ortes de Perea, contador de dicha nao capitana por sus majestades, el capitán Juan Sebastián Elcano, vecino de Guetaria, estando en la cama enfermo de su cuerpo y sano de juicio y entendimiento natural, tal cual nuestro Señor le pudo dar, temiéndose de la muerte, que es cosa natural, estando presentes los testigos abajo firmantes, presento esta escritura cerrada y sellada que dijo ser su testamento y última voluntad.

Firmado:
Juan Sebastian Elcano

Los testigos:
Hernando de Guevara
Martin de Uriarte
Martin Garcia de Carquiçano
Andres de Gorostiaga
Joanes de Çabala
Andres de Urdaneta
Andres de Alethe

Primeramente, como buen cristiano, Elcano encomienda su alma a Dios: «Mando mi ánima a Dios que me la crió y me la redimió por su preciosa sangre en la Santa Cruz y ruego y suplico a su bendita madre Santa María, Nuestra Señora, que ella sea mi abogada delante su precioso hijo, que perdone mis pecados y me lleve a su gloria santa.»

Luego, hace reparto entre sus seres queridos, dispone dinero para que les hagan las misas correspondientes, y deja algún dinero para fines benéficos, iglesias, monasterios y un largo etcétera. El 4 de agosto de 1526, solo una semana más tarde de haber sustituido a Loaysa, moría Juan Sebastián Elcano, a los 39 años de edad, en pleno océano Pacífico, cercano a las islas Marianas. Su cadáver fue arrojado al mar con lo honores que merecía. Esta vez faltó Pigafetta, para informar si su cuerpo cayó al agua mirando al cielo o al mar. En cualquier caso, sabemos que allí, probablemente en el fondo de la fosa más profunda del mundo, descansa para siempre el navegante que llevó a cabo la proeza naval más grande de todos los tiempos.

Epílogo

Elcano nunca disfrutó de su paga de 500 ducados. Ni falta que le hizo, pues según su testamento, había abandonado este mundo en bastante buena posición. Existen documentos donde años más tarde sus familiares todavía reclamaban el dinero que le debían, pero no está claro si alguna vez lo recibieron.

Alonso de Salazar se hizo cargo de la Santa María de la Victoria. Las Marianas no estaban lejos y no tardaron en llegar a la isla de los “Ladrones”. Habían oído hablar de lo sucedido la vez anterior, cuando decenas de canoas se acercaron curiosas, cómo se encaramaron a los barcos y se llevaban todo lo que encontraban. Pero esta vez fue diferente. Se acercaron a recibirlos, pero ninguno de ellos subió a bordo para robarles. Y uno de ellos, con la piel menos oscura que los demás, les dio una bienvenida muy especial: «Dios salve a vos, capitán general e buena compaña.» No, no era el espíritu de Magallanes, era Gonzalo de Vigo, superviviente de la Trinidad, que se había quedado en la isla cuando volvía de su intento por llegar a las costas de Panamá. Gracias a que había quedado en la isla de los Ladrones no fue capturado por los portugueses. Fue rescatado y llegó hasta las Molucas en la Santa María de la Victoria, y más tarde conseguiría regresar a España. Fue el último en dar la vuelta al mundo, de los supervivientes de la primera expedición.