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Introducción

Si el descubrimiento del Nuevo Mundo es considerado por muchos como una gesta comparable al primer viaje a la Luna, no sería ningún disparate considerar la primera vuelta al mundo como el equivalente a un viaje a Marte, cosa que no se ha realizado aún, al menos con viajes tripulados por humanos. Teniendo en cuenta, eso sí, que el camino (la salida al espacio exterior) ya lo marcaron Armstrong y sus colegas, un mérito que nadie podrá arrebatarles nunca, por muchos planetas que en el futuro lleguen a visitarse. De igual forma, Colón siempre ostentará el honor de haber sido el primero en cruzar un océano desconocido, marcando así el camino a los muchos exploradores que le siguieron. En cualquier caso, Magallanes y Elcano marcaron un nuevo hito en la historia de las exploraciones, uno consiguiendo rodear América para llegar hasta el Pacífico y atravesarlo, y el otro completando la vuelta al mundo.

Todo empezó cuando los turcos pusieron en peligro el tráfico de las especias que llegaban a Europa desde el oriente. Fueron los árabes quienes las introdujeron allá por el siglo VIII. La canela, el clavo, la nuez moscada, la pimienta, el jengibre, el azafrán, se habían vuelto, junto a la sal, imprescindibles a la hora de cocinar o conservar. Pero no solo especias llegaban de los remotos rincones de Asia, sino telas, tapices, sedas, perlas y perfumes exóticos. Alejandría y Bizancio se convertirían en los centros comerciales por excelencia, (qué acertado estuvo Alejandro al mandar construirla) pues desde estas ciudades se distribuían los productos que llegaban por tierra desde la India o por mar desde las lejanas islas indonesias hasta el golfo Pérsico o el mar Rojo.

Pero los turcos llegaron al Ponto, noroeste de Asia Menor (actual Turquía) y todo este comercio se vio de pronto en peligro. Más tarde se apoderaron de Egipto y el comercio se hizo casi imposible. Los árabes, que una vez dieron a probar a Europa tan exquisitos aromas, ahora eran los dueños absolutos del comercio oriental. Los altos aranceles que había que pagar encarecieron enormemente el producto. Usar los puertos árabes era demasiado caro, y había que descargar el producto para transportarlo por tierra y volver a cargarlo en otros puertos en los cuales había que pagar de nuevo. Todo esto, sin contar con los asaltos de bandidos en los caminos y de los piratas turcos en el Mediterráneo. Había que encontrar la manera de llegar hasta ellas sin arriesgarse a cruzar desde el Mediterráneo hasta el océano Índico.

España y Portugal, como potencias navales que eran, no paraban de darle vueltas al asunto de llegar directamente por mar hasta las indias, como llamaban, no solo a la India, sino a toda la zona asiática y sus islas. Allí, en algún lugar alejado, se encontraban las paradisíacas islas de las especias. No había ningún paso fluvial, ningún estrecho, ni estaba habilitado el canal que desde los tiempos de los faraones se había ido construyendo; y de haber podido usarlo, se hubiera convertido en una magnífica ratonera, donde los piratas lo tendrían muy fácil para interceptar a sus víctimas.

El canal de los faraones

2.000 años a.C. los faraones de Egipto comenzaron a construir un canal que uniría el mar Rojo con el Mediterráneo. Ramsés II lo extendió y lo mejoró en el año 1250 a.C. y el persa Darío I lo terminó sobre el año 500 a.C. Con 45 metros de anchura, permitía que dos barcos se cruzaran sin problemas. Tenía, además, caminos de sirgas para remolcar las embarcaciones desde tierra. No obstante, el canal necesitaba un constante mantenimiento, y tras la conquista romana de Egipto, quedó cegado e inutilizado. Fue Trajano quien en el siglo II mandó renovar el canal, dándole el nombre de Río Trajano. A finales del siglo III volvió a quedar abandonado, hasta que Napoleón retomó la idea de volver a habilitarlo, aunque no sería él quien llevara a cabo el proyecto, sino Ferdinand de Lesseps, con la financiación de Napoleón III, sobrino del primero. Las obras duraron diez años, y finalmente quedó listo en 1869. Hoy lo conocemos como canal de Suez. Años más tarde, este promotor construiría, a miles de kilómetros de allí, otro gran canal, el de Panamá. De haber existido ambos en el siglo XVI, la historia de Magallanes y Elcano, y seguramente la de Colón, habrían sido muy diferentes.

Magallanes ni siquiera hubiera propuesto su proyecto a nadie; pues de haber existido un paso en Centroamérica, alguno de los aventureros que siguieron a Colón (quizás el mismo Colón) ya se habrían adentrado en el Pacífico antes que él. Pero no lo había, y muchos hombres murieron en el intento de encontrar uno. Fue el caso de Juan Díaz de Solís y su tripulación, que se adentraron en la desembocadura del río de la Plata, después de bordear las costas de Brasil, creyendo que se trataba de un estrecho que los llevaría al Pacífico. Fueron los primeros europeos en poner pie en lo que hoy es Argentina, pero allí dejaron su vida gran parte de ellos.

La expedición de Solís en busca del paso transoceánico

En 1502 Colón realizó su cuarto y último viaje al nuevo mundo que había descubierto. El 7 de noviembre de 1504 embarcó para regresar a España y no volvería más, pues moría año y medio después. Parece ser que murió sin ser consciente de que había descubierto un nuevo continente, aunque hay quien sospecha que sí terminó sabiéndolo. Tampoco llegó a cruzarlo ni por la parte más estrecha. Fue Vasco Núñez de Balboa el primer europeo en ver el Pacífico desde tierras americanas. Ante ellos se abría un nuevo océano y nuevas posibilidades que había que explorar. Las indias debían estar más allá, y quién sabe si más islas y algún otro continente (Luis Báez de Torres sería el primero en ver las costas australianas al surcar, en 1606, el estrecho entre Nueva Guinea y Australia). Fue entonces cuando los europeos se empeñaron en encontrar un paso navegable entre el nuevo mundo y el nuevo océano, si acaso éste existiera.

El rey Fernando el Católico se propuso encontrar dicho paso y emprender un viaje por el Pacífico para llegar por fin a las Molucas (las islas de las especias). Había que ir rodeando Brasil, que era de dominio portugués. Nadie tenía idea de la enormidad del continente sudamericano, ni hasta donde llegaba. Con suerte, algo más abajo de Brasil, quizás el continente se dividía en dos y se abriera un estrecho que diera paso hasta el Pacífico. Podrían así llegar a Castilla del Oro, que era como llamaban a Colombia, donde a Solís lo esperaba su capitán general Pedro Arias. Si esto se culminaba con éxito, la expedición de adentraría en el Pacífico con la intención de llegar a las islas Molucas. Todo ello, en el más absoluto secreto, pues el rey de Portugal tenía espías por todos los puertos españoles.

Se prepararon tres carabelas con provisiones para dos años y medio de viaje. Todos los preparativos se hicieron en secreto en Lepe. La aportación del rey Fernando fue de 4.000 ducados de oro. A Solís le acompañaban Juan de Ledesma (contador), Pedro de Alarcón (escribano), Francisco de Marquina (factor encargado de las mercancías), Juan de Lisboa y Rodrígo Álvarez (pilotos), Diego García de Moguer (maestre) y Melchor Ramírez (alférez). Solís recibió el adelanto de año y medio del sueldo prometido y la promesa de un tercio de los beneficios de la expedición. Otro tercio se repartiría entre la tripulación y el resto sería para el rey. El 12 de junio de 1515, después de abortar el sabotaje que habían preparado los portugueses (pues el plan acabó por descubrirse), los barcos se desplazaron de Lepe a Sevilla, y de allí a San Lucar de Barrameda, desde donde partieron el 8 de octubre de ese año.

Llegaron a Tenerife, donde era costumbre hacer escala para reaprovisionarse de víveres y desde allí se dirigieron a las costas de Brasil, y una vez alcanzado el cabo de San Agustín pusieron rumbo sur. Hicieron nueva escala en la bahía del Rio de Enero (Rio de Janeiro), pues a las bahías las llamaban también ríos y ésta la descubrieron un mes de enero (janeiro en portugués). Allí contactaron con los indígenas, que amablemente los aprovisionaron de víveres para continuar con el viaje hacia el sur en busca del paso que los llevara hasta el Pacífico. Costearon todo Brasil, dejaron atrás cabos, bahías y ríos. La primera semana de enero avistaron una isla a la que Solís llamó Isla de la Plata y luego una bahía que llamó de los Perdidos. Habían alcanzado los 27º de latitud sur.

En febrero de 1516 habían bajado hasta más de los 30º de latitud y llegaron a la Isla de Lobos, frente a las costas de Uruguay, y allí tomaron posesión de aquellas tierras en nombre del rey de España. Ante ellos se abría una gran bahía de más de 200 kilómetros de ancho, introduciéndose en el interior del continente, sin poder calcular a simple vista su longitud. Hoy sabemos que esa longitud es de más de 300 kilómetros. Es el río de la Plata, una bahía o estuario formado por la desembocadura de varios ríos, siendo los principales el río Uruguay, que hace de frontera entre las actuales Uruguay y Argentina, y el río Paraná. Precisamente, por la cantidad de agua dulce que veían desembocar, aquellos experimentados marineros no se extrañaban de la poca salinidad de la bahía a la que llamaron mar Dulce. La vista no alcanzaba a ver el final, aquello podría ser perfectamente un estrecho, el ansiado paso hasta el Pacífico.

Llegaron al final de la bahía, donde se erigen varias islas y comienza el río Uruguay, fácilmente navegable, más aún por el poco calado de las carabelas. En una de aquellas islas enterraron a uno de los marineros, a la cual bautizaron con su nombre: isla de Martín García. La exploración del río Uruguay y su agua completamente dulce puso en evidencia que aquello no era un estrecho, sino un río. Díaz Solís se había apartado de los otros dos barcos explorando aquella parte del río. Ya habían visto en sus orillas algunos indígenas, así que decidió arriar un bote y desembarcar con siete de sus hombres. Cuentan aquellos que registraron los hechos, que nada más poner pie en tierra, sufrieron un salvaje ataque de los indígenas, que no tardaron en darles muerte. Desde el buque, los marineros vieron impotentes la horrorosa escena. Después de matarlos los descuartizaron, les cortaron cabeza y brazos y luego pusieron los cuerpos a asar sobre un fuego para comérselos.

Tras la pérdida de su líder, el horror que habían presenciado y la decepción de ver que lo que creyeron un estrecho no era más que la desembocadura de varios ríos, los demás decidieron volver a España, no sin antes ser víctimas de otro desastre, como el naufragio de uno de sus barcos. Dieciocho marineros consiguieron salvarse llegando a la costa. Luego pudieron encontrar un asentamiento portugués y conseguir así llegar a Lisboa. Los otros dos barcos no volvieron vacíos a España, pues recogieron un cargamento de palo en Brasil. Regresaron a Sevilla el 4 de septiembre de 1516. En recuerdo del comandante de la expedición, a la bahía le llamaron río de Solís. Una expedición, que en principio podría pensarse que fue un fracaso, pero que no lo fue del todo, pues el descubrimiento del río de la Plata, como se terminó llamando, sí sirvió para algo.

Definitivamente, el continente americano parecía ser un gran muro entre el Atlántico y el Pacífico. Bajar más al sur era una verdadera temeridad. Tras aquel fracaso se generalizó la creencia de que el sur de América se unía con el continente Antártico, y allí, además de no poder seguir navegando, morirían congelados. Ya se había intentado encontrar un paso también por el norte, y solo hallaron costas gélidas, con temperaturas extremas que no invitaban a seguir subiendo. De igual manera, África era una barrera para llegar a Oriente. Había que dar una gran solución a un enorme problema, pero esa solución no era más que una idea descabellada. Y sin embargo, los portugueses estaban dispuestos a llevarla a cabo: rodear África. Nadie había bajado tan al sur, y seguramente, al igual que Sudamérica, África se unía a la Antártida.

Fernão de Magalhães en Sevilla

A este personaje portugués lo encontramos el 20 de octubre de 1517 en Sevilla. Fernão de Magalhães (De ahora en adelante, cuando escriba su nombre en portugués, lo haré, por exigencias del teclado, sin signos encima de la “a”) cambiará su nombre por el equivalente en español de Fernando o Hernando de Magallanes, porque no piensa volver nunca más a Portugal, o al menos no en mucho tiempo. Sus buenas razones tenía. A Sevilla llega con un acompañante de tez morena y rasgos asiáticos; se trata de un esclavo traído de una isla malaya al cual ha rebautizado como Enrique. Un simple esclavo que, sin embargo, forzará el drástico cambio del final de esta historia. ¿Qué hace Magallanes en Sevilla? Intentar llevar a cabo sus sueños. Buscar quien lo lleve ante el rey de España, que en aquellos entonces era el jovencísimo Carlos I (futuro Carlos V, como emperador del Sacro Imperio) hijo de Juana la loca y nieto de los reyes católicos. Magallanes no escogió Sevilla al azar, sabe que de las riberas del Guadalquivir salen la mayoría de los barcos que van a Occidente y hay una gran afluencia de marineros, compradores, corredores, aventureros, buscavidas… y algo que a él le interesa muchísimo, la Casa de Contratación que el rey mandó erigir en esta ciudad. En ella se custodian mapas y toda clase de anotaciones de los navegantes, siendo a la vez Bolsa, Cámara de Comercio de Indias y agencia de navegación, donde se solicitan y se obtienen los permisos necesarios para cada proyecto marítimo. Magallanes tiene en mente un proyecto, un gran proyecto, pero nadie obtiene un permiso así como así, por muy ilusionante que este proyecto sea.

Se necesitan unos buenos avales, y Magallanes sabe que no los tiene, de momento, y por eso necesita ver al rey. Hace más de un año que se entrevistó con Manuel I de Portugal, su rey, o su antiguo rey, al cual ya no sirve, porque no lo quiso escuchar. Y no solo no lo escuchó, sino que lo despreció y lo humilló. En aquel país tampoco creyeron en el proyecto de Colón, que tuvo que venir a ofrecerlo a España. No hay certeza de que Magallanes le propusiera el proyecto a Manuel I, solo se sabe que fue a entrevistarse con él y le denegó cuantos favores le pidió, hasta el punto de hacerle saber que, si quería ponerse al servicio de otro rey, estaría encantado de perderlo de vista. ¿Qué le había hecho Magallanes a Manuel para tenerle esta ojeriza? Nada, que se sepa, salvo servirle fielmente. Quizás alguna rencilla familiar, pues la familia de Magallanes estaba emparentada con la nobleza, pero si esto es así, no está documentado, por lo que, se puede suponer que en aquellos días Manuel andaba malhumorado por alguna razón que desconocemos.

Fernao de Magalhaes, como ya hemos visto, era hijo de nobles, nació en la primavera de 1480. El lugar nadie lo conoce con seguridad, pero fue en el norte de Portugal, aunque en su testamento, él asegura que nació en Oporto. Pero pertenecer a la nobleza no le garantizó ningún bien material, sus padres tenían problemas económicos, y él seguiría teniéndolos toda su vida. Sin embargo, ser hijo de nobles le sirvió para que, al quedar huérfano a los diez años, fuera enviado a Lisboa a servir como page en la corte del rey Juan II (el que no creyó en Colón). Allí, el prestigioso maestro Martín Benhaim lo instruye en las ciencias del mar y la astronomía. Comienza a interesarse por todo tipo de mapas y siente pasión por la proeza realizada por Colón. Quizás ya soñaba con conseguir algo parecido, algún día.

En 1486 el portugués Bartolomé Díaz, bordeando la costa africana, llega hasta el final del continente, hasta la misma punta, cuyo cabo bautizaron como de las Tormentas, que más tarde se conocería como cabo de Buena Esperanza. Aquellas tormentas que los portugueses sufrieron a tan larga distancia de sus casas, metieron el miedo en el cuerpo a la tripulación, que se amotinó y obligó a Díaz a volver. En cualquier caso, ya había marcado la ruta, demostrando que África no se unía al continente antártico. Podían navegar hasta la India sin tener que tratar con árabes y turcos en Egipto. Portugal lanzó oleadas de barcos a la conquista de las costas orientales, no tardando en dominar el océano Índico. En 1498 Vasco de Gama llega a la India y desembarca en Calicut. A partir de ese momento se transportan toneladas de especias. Portugal llegaría a convertirse en uno de los reinos más ricos de la tierra; por eso a Manuel I, heredero de toda la riqueza conseguida por Juan II, le llamaron el “afortunado”.

Las bulas de Alejandro VI

España por su parte había apostado por el proyecto de Colón, que quiso llegar a la India por el lado contrario. No acertó, es cierto, pero en lugar de especias descubrió un nuevo mundo donde poder extender sus dominios, y eso fue un verdadero revés para Portugal, que había tenido la miel en sus propios labios. El nuevo continente no ofrecía riquezas a corto plazo, y tal como ocurrió con los viajeros que volvían de la luna, que solo traían piedras, los de América solo traían nativos, loros y alguna que otra semilla de alguna planta desconocida. Y sobre todo suponían grandes inversiones en viajes que solo a largo plazo darían beneficios. Pero no dejaban de ser enormes extensiones de tierra virgen que prometían mucho, y eso puso los dientes largos a los portugueses, que no tardarían en poner la mano a ver qué les caía.

España por su parte había apostado por el proyecto de Colón, que quiso llegar a la India por el lado contrario. No acertó, es cierto, pero en lugar de especias descubrió un nuevo mundo donde poder extender sus dominios, y eso fue un verdadero revés para Portugal, que había tenido la miel en sus propios labios. El nuevo continente no ofrecía riquezas a corto plazo, y tal como ocurrió con los viajeros que volvían de la luna, que solo traían piedras, los de América solo traían nativos, loros y alguna que otra semilla de alguna planta desconocida. Y sobre todo suponían grandes inversiones en viajes que solo a largo plazo darían beneficios. Pero no dejaban de ser enormes extensiones de tierra virgen que prometían mucho, y eso puso los dientes largos a los portugueses, que no tardarían en poner la mano a ver qué les caía.

Con la cara más dura que el cemento, los portugueses reclamaban su parte de América, cuando a los españoles nunca se les ocurrió reclamar nada de las costas africanas, donde ellos campaban a sus anchas, ni de los territorios que iban colonizando en Asia. Esta disputa entre los Reyes Católicos y Juan II de Portugal hizo que el papa Alejandro VI interviniera, dando lugar a que promulgara varias bulas y al llamado Tratado de Tordesillas. Un acuerdo en el que el papa dispone trazar una línea imaginaria que divida el mundo en dos y se lo repartan entre España y Portugal. Así, por la cara, entre los dos reinos, sin que el resto del mundo ni pinchaba ni cortaba. No en vano, España y Portugal eran las niñas bonitas de Roma por haber luchado tenazmente contra el islam como ningunos otros reinos lo habían hecho. Y en cualquier caso, por discriminatorio que parezca, el “santo padre” consiguió uno de los acuerdos de paz más exitosos de la antigüedad, pues evitó que los países hermanos se liaran a hostias. (Para repartir hostias ya estoy yo, debió pensar el santo padre.)

Realmente, aquella división, ni dio ni quitó nada a nadie, pues la línea, que daba la vuelta a la tierra, iba de polo a polo, y parecía estar trazada de forma que cada cual se quedara con lo suyo, dando un pellizquito al otro. Así, la línea, que pasaba de norte a sur por el recién descubierto continente, cogía solo una pequeña parte de Sudamérica, el saliente desde la actual Belén en Brasil, hasta la bahía de Sao Paulo, y nada del norte del continente. De igual forma, en la otra cara del mundo, la línea pasaba partiendo Nueva Guinea y Australia por la parte más al este. Ni siquiera Japón ni las Filipinas quedaban como dominio español, y mucho menos las islas Molucas, las ansiadas islas de las especias. Pero España quedó satisfecha, pues América y todo lo que había por descubrir por aquellos océanos, quedaba a su entera disposición, solo había que encontrar la manera de llegar a las islas de las especias por el otro lado, ya que, cada vez era más evidente que la tierra no era plana. Había por descubrir más de lo que se podía abarcar.

No tan satisfecha quedó Portugal, que seguían con la avaricia y la rabia de haber visto cómo España se apoderaba de un enorme continente. Ellos tenían Asia, sí, pero Asia no era América, en Asia existían civilizaciones e imperios más complejos y organizados como para poder conquistarlos; solo algunas colonias costeras e islas se hacían asequibles. Por lo tanto, Portugal todavía le pidió al papa que moviera esa línea imaginaria que había trazado, seguramente al tun tun, ya que los mapas de la época no eran exactos ni tenían en cuenta la existencia del Pacífico, lo cual hizo errar a Colón en sus cálculos. Hubo varios tratados y más bulas y las líneas llegaron a modificarse mínimamente. Aquello evitó quizás una guerra, pero Portugal acabaría por rebasar la línea y ampliar Brasil. De igual manera, España, aunque no de forma consciente, añadió Filipinas (que quedaba dentro de la zona portuguesa) a sus dominios. Paradójicamente, fue un portugués quien las descubrió para ponerlas a disposición de Carlos I de España.

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