Después de sufrir una gran tormenta en la enorme bahía del Río de la Plata, Magallanes divide su flota en dos, mandando a los tres barcos más ligeros a explorar los ríos mientras los dos más grandes se quedaban por la orilla sur de la bahía. Al cabo de quince días regresan los barcos ligeros. Las noticias que traen es que solo se trata de un gran río. Agua dulce y poca profundidad. Uno de los barcos encalló y hubo que reparar una vía de agua. Era la peor noticia que podían traerle. Magallanes sufre una grave desilusión y no sabe qué explicaciones dar. Por eso no da ninguna, pero sabe que nadie confía ya en él. El mapa de Behain era falso, por lo tanto, falsos eran los cálculos de Faleiro, falsas sus expectativas y falso todo cuanto le prometió al rey de España. Y ahora, cuantos le rodean, los capitanes españoles, la tripulación entera, saben que ha llegado hasta allí a ciegas. Está perdido, todos allí lo están.

Solo puede hacer una cosa, seguir adelante, no darse por vencido y seguir buscando más hacia el sur. Pero bajar al sur en febrero no es lo mismo que hacerlo hacia el norte, donde el frío disminuye y comienza el buen tiempo. Febrero y marzo en el sur es el principio del otoño y durante el verano del norte, allí es invierno. Pero Magallanes está dispuesto a correr el riesgo. No da explicaciones a nadie. Nadie osa hacerle preguntas. Los barcos navegan de nuevo rumbo sur, dejan atrás el mar del Plata y el perfil del continente comienza a hacer una panza que les permite navegar al oeste. ¿Se acababa allí América, por fin? La desilusión que iban a sufrir fue la misma que sufrieron los portugueses que rodearon la panza de África, pudiendo comprobar que no acababa en las costas de Sierra Leona, ni en las de Liberia, sino que fueron a toparse contra Guinea Ecuatorial, de la misma forma que ahora iban derecho a Bahía Blanca. No les quedaba más remedio que seguir más al sur.

Nuevo desengaño en el actual golfo de San Matías, que tampoco les ofrecía salida. Golfo bautizado por Magallanes como “de los Trabajos”, seguramente porque allí estuvo a punto de perderse la nave capitana y hubo que trabajar duro para repararla. No se dan detalles del accidente, pero allí son peligrosas las tormentas y pudo encallar por causa de alguna de ellas, o quizás por las corrientes producidas por las bruscas mareas, que llegan a alcanzar desniveles de hasta siete metros. Tras los trabajos de reparación salieron de nuevo a mar abierto y atrás dejaron la península Valdés, donde acuden con el buen tiempo miles de ballenas, cachalotes y orcas para aparearse. No pudieron ver ninguna, pues de haberlas visto no hubiera dejado de contarlo el curioso reportero Pigafetta, pero el invierno se aproximaba y no era época de apareamiento.

Se encontraban ya a 40º sur. El perfil de la costa es bajo, las selvas tropicales ya no llegan hasta las playas, que ahora son de rocas desnudas, pobladas por pingüinos y leones marinos. Cuenta Pigafetta que las “ocas negras” eran tan abundantes que no se podían contar; y aunque muy ágiles nadando, sus cortas patas les hacía torpes caminando. Tampoco podían volar por tener unas alas muy pequeñas, por eso eran fáciles de cazar, y en poco tiempo llenaron de ocas (para comer) los tres barcos. Evidentemente no eran ocas, sino pingüinos, [“de plumas muy finas y difíciles de despellejar”] y no se sabe si al final pudieron comérselos, pues su sabor salobre dicen que no es de lo más agradable. El cielo es cada vez más gris y a parecen grandes nubarrones. La temperatura es cada vez más fría. El viaje se hace lento, pues exploran cada bahía, cada rincón de la costa, por si en alguno de ellos se encontrara en ansiado paso. Por la noche ven fuegos encendidos, y un día vieron cómo algunos hombres corrían por la playa para desaparecer entre el bosque.

Resulta significativo que a estas latitudes se hable de sufrir mucho frío, cuando en latitudes del norte equivalentes se encuentra España o Francia, donde el frío en otoño es perfectamente soportable. La explicación la encontramos en las corrientes oceánicas templadas (Corriente del Golfo) que recibe Europa, que nos permite disfrutar de un clima con algunos grados por encima de las mismas latitudes en el sur que, por el contrario, sufre las corrientes frías procedente del continente antártico. Por eso en la Patagonia se siente una temperatura mucho más baja que en Europa, en épocas equivalentes del año, teniendo en cuenta que nuestros exploradores navegaban ya en marzo, que viene a ser el septiembre de nuestro hemisferio norte.

El 30 de marzo, encontrándose a 49º sur hallaron una profunda bahía (San Julián) y decidieron, por supuesto, explorarla; solo descubrieron otra bahía interior, pero sin salida. El 31 de marzo Magallanes comunica a todos que allí pasarán los meses duros del frío verano que se aproxima. El lugar era seguro, el mejor que podía encontrar para estar a resguardo de posibles tempestades. Como de costumbre, Magallanes no consultó a nadie la decisión, no buscó opiniones, y como también ya era costumbre, nadie pidió explicaciones. De haber expuesto la decisión ante los demás capitanes, tal vez alguno de ellos le hubiera sugerido que aún no había llegado el mal tiempo, y que la hibernación era precipitada, que podían enviarse dos barcos algo más al sur, y si no se encontraba el ansiado estrecho, volver e hibernar definitivamente hasta la llegada del buen tiempo.

Pero el empecinamiento y la mala leche del portugués tenía acojonado a todo el mundo desde que cargó de cadenas al mismísimo veedor del rey, por eso mismo, por pedir explicaciones; por eso, nadie osó sugerir nada. Esto hizo que perdieran un precioso tiempo en aquella bahía que olía a muerte desde el momento en que se introdujeron en ella y el capitán general anunció que se quedarían allí a pasar el invierno. Allí consumieron inútilmente recursos que más tarde necesitaron, estando como estaban a escasos 300 kilómetro de distancia del estrecho que buscaban; 13º más abajo, una distancia que hubieran alcanzado antes de un mes, teniendo en cuenta el tiempo empleado en las exploraciones de las bahías que iban encontrando.

Stefan Zweig, al que hace algunos capítulos que no citamos, (es interesante citar a este autor por ser uno de los más famosos e influyentes en la divulgación de esta primera vuelta al mundo) cuenta que Magallanes había llegado ya demasiado lejos como para volver atrás. Había engañado y se había burlado de todo el mundo, desde el mismísimo rey hasta el más humilde grumete. A todos les había asegurado conocer el camino a las islas de las especias. Demasiado tarde para confesar que estaba perdido, que había confiado en unos mapas erróneos y que no tenía ni puta idea de dónde se encontraba el puto estrecho que más tarde llevaría su puto nombre. Y encima había humillado a todos los capitanes españoles y había tratado como a un vulgar delincuente a Juan de Cartagena, el más alto empleado del rey; que por cierto, goza de total libertad dentro de la San Antonio, donde se prepara un golpe de efecto contra el que todos consideran un tirano que se ha burlado del rey de España.

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