Donde nunca se pone el sol

La historia siempre ha sido objeto de manipulaciones por parte de aquellos que la escribieron o la mandaron escribir. Nada nuevo vamos a descubrir si decimos que los países ganadores de una guerra exageraban sus hazañas para engrandecer su nación o que los perdedores nunca reconocían completamente las derrotas infringidas, o las manipulaban, maquillaban o justificaban de alguna manera que no significara una vergüenza o humillación. Pero si ha habido un periodo de la historia manipulado o distorsionado con saña por parte de los perdedores ha sido el de las guerras anglo-españolas; en el caso que nos ocupa, la de 1585 a 1604 y en especial el episodio de la fallida invasión de Inglaterra donde supuestamente la Armada Española sufrió una humillante derrota en las costas británicas, algo totalmente falso.

Lo peor de este episodio no es que los británicos falsearan los hechos, sino que aquí, en España, se dieran y se dan aún hoy en día por buenas las versiones de los que, ni ganaron aquella batalla, ni ganaron la guerra. Pero es que incluso, a pesar de que en la actualidad está saliendo a la luz con bastantes detalles lo que verdaderamente ocurrió, se sigue pensando que aquello fue un verdadero desastre, cuando en realidad fue un mero “percance;” o se sigue diciendo que a partir de aquello la armada española perdió todo su poderío o que el Imperio Español comenzó su declive. Lo de percance se ha entrecomillado por una razón: en una guerra de aquellas dimensiones y en aquella época, perder una mínima parte de la flota o una tercera parte de los hombres no suponía ningún desastre, aunque el número de barcos hundidos fueran 30 y el número de hombres fallecidos fueran 10.000. Sin embargo, los barcos no eran baratos y 10.000 muertos son demasiados en aquella época y en todas. Lo que ocurre en esta ocasión es que, si con el mismo número de bajas y barcos perdidos España hubiera obtenido una victoria, la perspectiva de este hecho histórico sería muy diferente.

Armada Invencible es el nombre dado por los ingleses a la flota española. Esto no debe confundirnos, pues no se debe a la admiración que sobre nuestra armada tenían; todo lo contrario, se trata de un mote en plan coña o recochineo, pues según ellos vencieron a la “invencible.” Y hoy día, al menos, ya van reconociendo que no vencieron a la Grande y Felicísima Armada, que era como verdaderamente se llamaba, y que fue un combate que quedó en tablas; realmente, ni siquiera hubo un verdadero combate. Los documentos y pruebas así lo demuestran y no se puede seguir mintiendo ni distorsionando lo evidente. Pero, ¿qué fue lo que realmente ocurrió? Primero habría que situarse en el tiempo y saber qué ocurría en el mundo y por qué España quiso invadir Inglaterra.

Los reyes Católicos recogieron los frutos de su política llevada a cabo en la península Ibérica, y después de financiar la expedición más intrépida de la historia hasta la fecha, España se convertiría en un gran imperio que abarcaba desde America hasta Filipinas, el imperio donde nunca se ponía el sol. Inglaterra no solo sentía celos, sino miedo, del poderío español. Porque este imperio ya se situaba frente a sus costas desde el momento en que las tierras de lo que hoy son los Países Bajos, Bélgica y parte de Francia pasaron a formar parte de España, herencia que nos llegó por parte de la casa de los Austrias, ya que en aquella época se heredaba un país de la misma forma que hoy se hereda una parcela. Inglaterra entonces comenzó una campaña de acoso y derribo lanzando, por una parte, corsarios que abordaban y robaban las mercancías que transportaban los barcos españoles desde América; y por otra, financiando y enviando a los Países Bajos conspiradores para que estas provincias se revelaran contra España y declararan su independencia. Carlos I de España y V del Sacro Imperio decidió entonces poner en práctica algo muy habitual, casar a su vástago con una inglesa para estrechar lazos y limar asperezas. Como su hijo Felipe solo era un príncipe, Carlos decidió renunciar al reino de Nápoles para entregárselo y convertirlo en rey, ya que su esposa iba a ser nada más y nada menos que María I, reina de Inglaterra e Irlanda. Pero unir a ingleses y españoles era como mezclar agua con aceite y hasta la propia naturaleza se reveló contra aquel matrimonio negándole los hijos.

Felipe II – Tiziano (1551)

Amor a primera vista

«De rostro es bien parecido, con frente ancha y ojos grises, de nariz recta y talante varonil. Desde la frente al extremo de la barbilla, su cara se afina; su forma de caminar es digna de un príncipe. Y su porte tan erguido que no desperdicia una pulgada de altura. Pelo y barba son rubios. En resolución, su cuerpo está perfectamente proporcionado, así como los brazos, piernas y los demás miembros, de forma que la naturaleza no parece capaz de labrar modelo tan perfecto».

(Yo, Felipe II, Ricardo de la Cierva)

Así le describía el espía que María había enviado a Madrid, cómo era el príncipe con el que iba a casarse. Más tarde le enviaron un retrato y según ella mima confesaría a Felipe, fue lo que encendió su amor y su deseo sobre todas las cosas. María Tudor era hija de Enrique VIII y de Catalina de Aragón, hija de Isabel y Fernando. Por lo tanto, los reyes Católicos eran sus abuelos y llevaba sangre española. María era once años mayor que Felipe. 38 años tenía ella y 27 él, cuando se casaron. Tampoco era demasiado bien parecida. Sin embargo, según cuenta Ricardo de la Cierva en su libro biográfico de Felipe II, éste llegó a estar enamorado de ella:

María no era bella pero tampoco tan desagradable como me la habían pintado quienes pretendieron, en la Corte, deshacer la boda por motivos que no alcanzo a entender. Su amor por mí era tan desbordante que llegaba, en la soledad de nuestra alcoba, a parecerme atractiva. Usaba en el lecho, con espontaneidad con artes amatorias un tanto bárbaras que me sorprendieron agradablemente.”

Ella, por lo visto, se enamoró de Felipe a primera vista, sin embargo él (aunque luego no se arrepintiera) fue a casarse con ella resignado a que lo haría con alguien “desagradable” físicamente, a pesar de las muchas trabas que le habían puesto y a un contrato donde las cláusulas eran del todo abusivas:

  • Felipe tenía que respetar las leyes y los derechos y privilegios del pueblo inglés.
  • España no podía pedir a Inglaterra ayuda bélica o económica.
  • Si el matrimonio tenía un hijo, se convertiría en heredero de Inglaterra, los Países Bajos y Borgoña.
  • Si María muriese siendo el heredero menor de edad, la educación correría a cargo de los ingleses.
  • Si Felipe moría, María recibiría una pensión de 60.000 libras al año.
  • Si fuera María la primera en morir, Felipe debía abandonar Inglaterra renunciando a todos sus derechos sobre el trono.

Ante este contrato basura, alguien podía pensar, qué interés podía tener el rey Carlos en casar a su hijo con la inglesa. ¿Solo por impedir que los piratas ingleses no atacaran los barcos españoles procedentes de América? ¿Acaso España no podía responder a esos piratas con su armada? Seguramente sí, pero los planes de Carlos I son difícilmente entendibles si no hacemos un esfuerzo por situarnos en la época que a aquellos reyes les tocó vivir. Porque, aunque muchos historiadores ven en aquella maniobra un intento de construir una superpotencia mundial, había otra razón mucho más poderosa, la Iglesia. La unión con Gran Bretaña no tenía mucho sentido si se trataba de agrandar el imperio. Una superpotencia para luchar… ¿contra quién? Sin embargo, la superpotencia que Carlos I quería construir era la del catolicismo. Enrique VIII había roto con Roma y en Gran Bretaña se extendía cada vez más el protestantismo. España, como potencia mundial era presionada por el Papa para que no consintiera tales herejías. María era nieta de españoles y llevaba el catolicismo en las venas. Casarla con un católico era la jugada perfecta para que Inglaterra volviera al buen camino.

Paradójicamente, la desencadenante de esta corriente de protestantismo en Inglaterra fue la madre de María, Catalina de Aragón. Hablemos un poco de Catalina, hija de Isabel y Fernando. Cuando tenía solo tres años fue prometida a Arturo, príncipe de Gales, con el que se casó a los 17 años. Muy poco duró este matrimonio, pues a los cinco meses murió Arturo. Ocho años más tarde se casa con Enrique VIII. Pero Enrique, pronto tuvo una amante, Ana Bolena, y quiso entonces deshacerse de Catalina, con la excusa de que no conseguía darle un hijo varón. Pero el Papa no podía darle la anulación matrimonial, así que Enrique tomó una decisión sin precedentes, hacerse cargo de la Iglesia de Inglaterra, donde no había quien mandara más que él y el Papa no pintaba nada. Así fue como él mismo deshizo su matrimonio y cómo nació la iglesia protestante de Inglaterra.

 

La perturbada mente de Enrique VIII

Enrique VIII era un paranoico asesino que mandó decapitar a dos de sus esposas acusándolas de adulterio. Catalina, su primera esposa, no podía darle hijos, solo pudo darle una hija, María. Además de paranoico, Enrique era un supersticioso y le dio por pensar que su matrimonio estaba maldito. A tal conclusión llego al leer en la Biblia que si un hombre se casa con la viuda de su hermano, el matrimonio será estéril. Catalina había estado casada con su hermano Arturo durante cinco meses hasta que murió. Este argumento lo utilizó Enrique para pedir la nulidad de su matrimonio, pero el Papa no veía lógico lo que el rey inglés le pedía y no se lo concedió. Realmente, lo que a Enrique le sucedía, era que le había echado el ojo a Ana Bolena, la dama de compañía de su esposa.

Enrique se salió con la suya al proclamarse jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra mandando a paseo al Papa de Roma. La institución más alta de esta Iglesia estaría a partir de ese momento representada por el obispo de Canterbury. Y este obispo, como no podía ser de otra manera, declaró nulo el matrimonio entre Catalina y Enrique dando validez a su matrimonio con Ana, que se había celebrado en secreto.
Catalina se declaraba a sí misma como la legítima esposa de Enrique y esto le iba a costar muy caro. Fue recluida en un castillo hasta su muerte y la hija de ambos, María, fue declarada como hija bastarda. Enrique también había prohibido que Catalina se viera y ni siquiera se comunicara con su hija, y haciendo gala de benevolencia, le había prometido que sería trasladada a una mejor residencia donde además podría ver a María, claro que, para eso debería dejar a un lado aquella obstinada conducta suya con la que no quería reconocer que ya no era su verdadera esposa, y reconocer como autentica reina a Ana Bolena. Tanto Catalina como María se negaron. A los 50 años Catalina se sentía muy enferma. María, que a pesar de tener prohibido el contacto y la comunicación con su madre se las ingeniaba para mandar y recibir cartas de ella, salió de inmediato para el castillo nada más enterarse. Su entrada fue como un ciclón, llevándose por delante a cuanto guardia le impedía el paso. Su autorización –decía- estaba a punto de llegar. Y los guardias, aunque no la creyeron, la dejaron pasar. Su madre murió allí, en aquel castillo, abandonada y repudiada por aquel miserable que ni siquiera la reconocía como hija. Todavía no sabía María que su padre era el mismo diablo que haría cosas aún peores. La misma Ana Bolena iba a lamentar haberse liado con el rey, pues su cabeza no tardaría en rodar.

Ana Bolena fue rechazada por el mismo motivo que Catalina, haberle dado una hija y no un varón. Enrique mandó arrestarla acusándola de un adulterio que nunca existió. Más tarde fue ejecutada cortándole la cabeza. Dicen que antes de su muerte bromeó al verdugo: No te daré mucho trabajo, tengo el cuello muy fino. Juana Seymour fue su tercera esposa y ésta por fin le dio un hijo varón, Eduardo. Juana tuvo la suerte de morir doce días después de dar a luz. Ana de Cléveris tuvo todavía más suerte, pues su matrimonio no llegó a consumarse. Por lo visto la primera noche no hubo nada entre ellos y Enrique confesaría más tarde que «antes no me gustaba mucho, pero ahora me gusta mucho menos».

La quinta esposa fue Catalina Howart, prima de la asesinada Ana Bolena. Esta Catalina no escarmentó con lo que le había sucedido a su prima, y corrió la misma suerte. Fue ejecutada en la torre de Londres. Dicen que paso toda la noche practicando la forma de poner el cuello. Luego vendría Catalina Parr. A Enrique le gustaban las Catalinas, y a saber qué le veían las Catalinas a este asesino en vista de lo que hacía con las demás. Bueno, al menos ésta sobrevivió y fue él quien por fin la palmó. Cuando se vio en el lecho de muerte, por lo visto, le vino el remordimiento de todo el mal que había hecho a sus esposas e hijas. Entonces, en su testamento dejó escrito, además de ordenarlo de palabra a sus más allegados, que el sucesor sería su único hijo varón, Eduardo. Pero él sabía que Eduardo era un niño enfermizo y quizás no llegara a la mayoría de edad, por lo que, las siguientes en la línea de sucesión debían ser, por orden de edad, María y Elizabeth, (que también había sido declarada hija bastarda) sin que importaran las ideas religiosas. Si María tenía descendencia, el trono lo heredaría el hijo de ésta, pero en el supuesto de que no la tuviera, la siguiente en el trono sería Elizabeth. Si Elizabeth no tuviera descendencia, la heredera sería la sobrina de Enrique, María Estuardo. De momento, fue su hijo Eduardo el que se sentaría en el trono con solo nueve años bajo un consejo de regencia de 16 miembros elegidos por el propio Enrique VIII. La enfermedad que sufrió Enrique, según algunas fuentes, lo pudrió y lo reventó por dentro, y aún todavía lo reventaría por fuera. Por lo visto, estando en el féretro estalló y salpicó de sangre todo alrededor, sangre que lamerían los perros. Todos consideraron aquello como un castigo divino.

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