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Tampoco abundaban los caballos, y Cortés se empeñó en llevar con ellos tantos como pudieran conseguir. Al final fueron 32, aunque hay quien sitúa la cifra en casi la mitad. Los víveres también debían forzosamente que aumentarse, sobre todo la comida no perecedera como tocino y carne curada. Se buscó por todos los pueblos de alrededor e incluso Gómara cuenta que se abordó un barco que pasaba por allí cargado de víveres, se lo compraron todo al capitán y lo convencieron para que se enrolara en la expedición. Se ilustra bastante bien la idea de Cortés, de no depender del saqueo y el pillaje para sobrevivir. No quiere ir sembrando violencia por allí donde pase, por eso reunirá cuanta comida quepa en los buques. Cree que en el respeto hacia los vencidos está la clave del éxito de las conquistas.

En los casi tres meses que permaneció la flota amarrada en Trinidad hubiera sido muy difícil que a Velázquez no le hubiera llegado la noticia. El aumento de barcos y hombres alarma sobremanera al gobernador; piensa que Cortés está loco. Envía una orden de arresto, pero, ¿quién se atreverá a llevarla a cabo? Nadie. En vista de que no obtiene respuesta, Velázquez envía la orden por segunda vez con idéntico resultado: nadie se atreve a arrestar a Cortés, porque son muchos los que están de su parte y lo protegen.

Llegados a este punto, cabe preguntarse algunas cosas, qué era lo que Cortés se proponía realmente y por qué se había rebelado de aquella manera contra el gobernador. Y aquellos que lo seguían, ¿lo hacían porque estaban al tanto de sus proyectos, o simplemente se ilusionaron al ver tanto preparativo y tanto ajetreo? Difícilmente podremos saber lo que pasaba por la mente del capitán general de aquella armada que se preparaba para algo más que adentrarse en tierras desconocidas y hacer simples trueques intercambiado baratijas por pulseras de oro. Por qué se reveló contra Velázquez está claro, era su oportunidad de vengarse por haberlo chantajeado dándole a elegir entre casarse o desprenderse de su cabeza. Tampoco hay que descartar el añadido de que hacía ya tiempo que no aprobaba la política llevada a cabo por su antiguo amigo.

Cortés debía tener ya en mente lo que quería hacer, y si se lo contó a alguien debieron ser pocos y de total confianza. Sin embargo, antes de partir reunió a todos los capitanes y dejó entrever sus intenciones: les habla de la “gloria y honor de la nación española”, que van a trabajar “por el rey” y de la importancia de la cristianización, de “liberar a los indios de las garras de las tinieblas y de la esclavitud del demonio”. En definitiva, les hace ver que van a llevar un proyecto grandioso.

El 10 de febrero de 1519 se izan las velas y parten diez barcos, Francisco de Salcedo quedará momentáneamente atrás. Cortés quiere que sirva de enlace para poder recibir noticias de España cuando estas lleguen. ¿Y qué ocurría mientras tanto en España? Carlos I, el hijo flamenco de Juana la Loca hereda la Corona de Aragón y regenta la de Castilla en nombre de su madre. No todo el mundo está contento con su llegada y el jovencísimo rey intenta ganarse a castellanos, aragoneses, valencianos y catalanes, como buenamente puede, y a veces mal aconsejado por su séquito flamenco. Fray Bartolomé de las Casas anda tras él contándole lo mal que se trata a los indios, Diego Colón también lo persigue reclamando sus derechos sobro todo cuanto se va descubriendo en el Nuevo Mundo, y de vez en cuando recibe cartas de Velázquez pidiendo permiso para explorar el continente.

Entre tanto, los flamencos juegan al peloteo con el inexperto rey, saben que el Nuevo Mundo puede ser un chollo y empujan a ver lo que les cae a ellos. Una de las cartas recibidas de Cuba cuenta que han explorado el Yucatán, una gran isla o probable península del continente. Tanto le agobian sus consejeros que se la regala a uno de ellos. Diego Colón sale de inmediato a defender su derecho de propiedad sobre estos territorios, y Carlos, que intenta ponerse al día de cómo están las cosas, da marcha atrás al comprobar que hay un pleito no resuelto que ya se inició con su abuelo Fernando. De momento le concederá a Velázquez los permisos que le solicita: «licencia y facultad para que podáis descubrir y descubráis, a vuestra costa, qualesquier yslas e tierras e tierra firme que hasta aquí no están descubiertas». Esto es, a la vez, una buena y una mala noticia para Velázquez y muy buena para Cortés. Ninguno de los dos está ya incurriendo en una falta si se adentran en el continente y además lo colonizan. La mala noticia es que a Velázquez lo mantiene como lugarteniente de Diego Colón, ante la insistencia de éste de reclamar sus derechos.

El rescate de los náufragos y los primeros contactos

Ante la imposibilidad de mantener la flota agrupada, debido al temporal, quedan en verse en la isla de Cozumel. Parece que Alvarado tiene más suerte con las tormentas y cuando llega Cortés, su barco ya se encuentra allí anclado; y ha llegado con tanta ventaja, que le ha dado tiempo a saquear la ciudad. Cortés no está dispuesto a consentir que esto vuelva a suceder y enfurece. Reprende a Alvarado y deja claro que nadie actuará por su cuenta. Alvarado es obligado a devolver todo lo robado en un templo y a darle la libertad a tres indios que había hecho prisioneros. Todos los presentes comprenden que Cortés actuará con mano dura si alguien rompe la disciplina.

La primera misión que Cortés se propone llevar a cabo es el rescate de los dos náufragos que permanecen cautivos de los mayas. El indio que ahora llaman Melchor es enviado para que los localice y entregarles un mensaje escrito para que acudan hasta la playa donde se encuentran ellos. Uno de los cautivos, Gerónimo de Aguilar, se presenta al octavo día; el otro, Gonzalo Guerrero, no acudirá, pues se ha adaptado a la vida indígena, tiene mujer e hijos indios, y además, ya les dejó claro una vez que luchará a favor de los mayas si es necesario. Gerónimo Aguilar se presenta ante Cortés con atuendo indígena, pues no tiene otra cosa que ponerse. Le acompaña su amo maya y algunos indios más. No han puesto objeción para devolverlo y lo entregan generosamente, deseándole suerte. Cortés agradece el gesto y les hace algunos regalos, entre los que se encuentra la imagen de la virgen María para que figure en un altar junto a sus demás ídolos.

La flota de Cortés llega al rio que ahora conocen como Grijalba, donde anteriormente el mismo Grijalba fue bien recibido. Ahora, sin embargo, solo salen a recibirlos para pedirles que no desembarquen y se marchen. Alvarado había tenido mucho que ver, al saquear la primera ciudad que encontró después de que sus habitantes hubieran huido despavoridos. No obstante, desembarcan allí mismo. Una lluvia de flechas se les vino inmediatamente encima y se ven obligados a protegerse. Pero Cortés piensa seguir adelante y se ponen en marcha hasta llegar a la ciudad de Centla y entrar hasta la ceiba que marca el centro de la misma. Gerónimo Aguilar le va a ser de gran ayuda de aquí en adelante y hará de traductor. Cortés le pide que les diga que quiere entrar en contacto con ellos, y que envíen emisarios a los caciques locales con el recado.

Instalados en un campamento cercano a la playa, esperan la respuesta, que no tardó mucho en llegar. No habría encuentro amistoso, en su lugar habría una feroz batalla. Cuentan algunos que se reunieron todos los guerreros de la provincia Maya, unos dicen que doce mil, otros cuarenta mil. Exageran, sin duda, pues los poco más de quinientos hombres de Cortés hubieran sido literalmente descuartizados, y no fue así. Eran muchos, en cualquier caso, pero el mejor armamento de los españoles y los caballos, animal que los indios desconocían y les causaba terror y confusión, ayudaron mucho. Parece ser que murieron muchos indios ese día, ochocientos cuentan algunos, cifra que también parece exagerada. Los españoles también tuvieron muchas bajas entre muertos y heridos, aunque el parte enviado al rey de España diga que solo hubo algunos heridos y todos ellos se habían recuperado.

Se hizo prisioneros a algunos indios, que fueron interrogados por Aguilar, y gracias a estos interrogatorios pudieron sacar en claro cuál fue la razón por la que los indios contestaron con tal violencia al requerimiento de dialogar con ellos. Melchor, este indio fue el desencadenante. El indio convenció a los caciques mayas de que, si se reunían todos, sería fácil vencer a los españoles, que no eran más que un puñado. Cortés no se dará por vencido y vuelve a enviar emisarios con regalos pidiéndoles dialogar en un ambiente amistoso.

Hernán Cortés y Doña Marina, por Nicolas Eustache Maurin

La Malinche

Los jefes mayas aceptan finalmente la amistad que les ofrece Cortés. Los representantes de las principales ciudades de la región de Tabasco llegan con presentes en señal de buena voluntad: diademas, objetos para rituales, y hasta sandalias con suelas de oro. Y como se dieron cuenta de que en la expedición, los españoles carecían de mujeres, allá les llevaron veinte esclavas, “para hacer pan”, les dijeron, es decir, para cocinar, aunque su fin principal, ya nos podemos imaginar cuál era. Cortés las reparte como concubinas entre sus principales lugartenientes, no sin antes haberlas bautizado y ponerles nombres cristianos.

Había entre aquellas esclavas una que destacaba de las demás por su belleza refinada, de aproximadamente veinte años, aunque Cortés, en principio, no se sintió atraído por ella y decidió regalársela a uno de sus principales capitanes, Alonso Hernández Portocarreño. ¿Quién era aquella esclava? Su nombre era Malintzín, una mujer nahua originaria de Oluta, antigua ciudad situada al sureste del imperio Mexica, correspondiente al actual estado de Veracruz. Según cuenta el historiador Gómez de Orozco, su padre era cacique en Oluta y Xaltipa. Malintzín, nació hacia el año 1500 en la región de Tabasco, entre población nahua de cultura maya. Su nombre le fue puesto en honor a la diosa de la hierba.

No se sabe qué edad tendría Malintzín cuando murió su padre, pero según un relato que aparece en el libro “La verdadera historia de la Malinche”, de la autora Fanny del Río, la niña tenía gratos recuerdos de él, y cuenta con horror, en una serie de cartas, cómo fue traicionado y hecho prisionero de los mexicas para ser ofrecido a los dioses: «Mi padre fue sacrificado con injurias a las máscaras sacrílegas en el téchcatl, la piedra ceremonial. Un afilado facón de obsidiana le arrancó el corazón, cuando aún latía, y por las escalinatas del templo consagrado a Huitzilopochtli rodó su cuerpo herido, se vertió su sangre, se fue golpeando la noble calavera en cada piedra hasta desfigurarle el semblante, su rostro amado.» Es un relato basado en leyendas de aquellas regiones, sin base histórica, pero que explicaría la razón por la que Malintzín llevaría a cabo su particular venganza.

La niña caería en desgracia cuando su madre se volvió a casar. Su padrastro la veía como un estorbo y terminó vendiéndola a unos traficantes de esclavos, para finalmente acabar en poder de un cacique maya de Tabasco, y más tarde en manos de Hernán Cortés, quien le dio el nombre de Marina. Muchos la seguirían intentando llamar por su antiguo nombre, deformándolo hasta convertirlo en Malinche, que es como se la conoce históricamente. Debido a estos desplazamientos entre territorios mayas y mexicas, Marina conocía perfectamente ambas lenguas, por lo que, se iba a convertir en una pieza de gran valor para Cortés como intérprete.

Jerónimo de Aguilar, junto a Marina, formarán un tándem perfecto como intérpretes. El primero podrá traducir del castellano a la lengua maya, pero no podrá hacerlo a la lengua nahua. Sin embargo, Marina no sabe castellano y no entenderá lo que le diga Cortés. Así pues, será Aguilar quien le traduzca a Marina las palabras de Cortés, y ésta se las traducirá al emperador mexica. Porque es con el emperador Moctezuma en persona, con quien Cortés quiere entrevistarse.

El emperador Moctezuma

A Motecuhzoma Xocoyotzin, también conocido como Moctezuma II, le había llegado la noticia de que Cortés había desembarcado en sus dominios. Sabe perfectamente a lo que vienen los españoles y se reúne en consejo con los principales caciques y sacerdotes. Hay opiniones de todas clases, pero predominan los que piensan que pactar es como rendirse sin oponer resistencia. Otros opinan que el fin del imperio está cerca, tal como estaba profetizado. Moctezuma mismo cree que su hora ha llegado. Las profecías dicen que Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, está próxima a volver. ¿Y si el conquistador fuera el mismísimo Quetzalcóatl? Las embarcaciones enormes, los cañones que escupen fuego, su armamento mortífero, esas monturas monstruosas que llaman caballos, todo indica que están protegidos por algún dios. Pero mientras piensan qué determinación tomar, ordena que sean recibidos de forma amistosa.
Moctezuma envió a cinco dignatarios a darles la bienvenida. La orden que llevaban era la de recibirlos y tratarlos como si estuvieran en su casa. Traían con ellos un buen número de servidores que se pondrían a su servicio, levantando chozas para los recién llegados y ofreciéndoles suculentas comidas. Al cabo de unos días, los enviados de Moctezuma volvieron cargados de regalos, entre los que destacaba un escudo circular labrado y revestido de oro, y otro semejante de plata. Cortés pidió a los mensajeros que le hicieran llegar a su emperador su agradecimiento, además de su deseo de entrevistarse con él.

Los enviados de Moctezuma hacían de correos, manteniendo a su líder informados de todo cuanto los españoles hacían o pedían. Una de estas veces le pidieron a Cortés su casco para llevárselo a su emperador, pues según contaban, era muy parecido a los de sus antepasados. Cortés le dio su casco, y una vez lo tuvo en sus manos, Moctezuma lo comparó con el que tenía guardado. Bernal Díaz del Castillo cuenta que en ese momento «tuvo por cierto que éramos de los que le habían dicho sus antepasados que vendrían a señorear aquella tierra».
Pasaban los días y las semanas y no llegaba la contestación de Moctezuma. Cortés preguntaba, los enviados respondían con evasivas. Estaba claro que el emperador no se fiaba de los españoles, y esto provocó una división de opiniones. Había quienes proponían abandonar aquel lugar y regresar a Cuba, y había quienes estaban dispuestos a seguir a Cortés hasta el mismo infierno. Hubo sus más y sus menos, sobre todo con los partidarios de Velázquez que eran los que querían volver para no incurrir en una ilegalidad ante el gobernador y ante el rey. Para quitárselos de encima, Cortés los envía a cambiar de lugar la flota, con la excusa de que, en caso de temporal, debía buscarse un fondeadero más seguro.

Mientras tanto, sobre la base de las chozas que fueron construidas para acoger a los españoles, nace una nueva ciudad, que Cortés y los suyos quisieron fundar y darle el nombre de Villa Rica de la Vera Cruz. Y por fin un día llegó la respuesta de Moctezuma: no habría entrevista. Era evidente que habían desestimado la posibilidad de que los españoles fueran dioses. Los enviados traían un nuevo regalo de parte de su emperador, consistente en piezas de oro y piedras de jadeíta, un verdadero tesoro a modo de cortesía, y a la vez una invitación a marcharse. Los enviados se retiraron para no volver más, como también se retiraron los sirvientes que les traían y preparaban la comida. Los españoles quedaron solos.

Los partidarios de volver a Cuba alzan de nuevo la voz. El grupo corre peligro de romperse en dos facciones, y Cortés tiene que cargar de cadenas a algunos de ellos. Después de la buena vida donde no debían preocuparse más que de poner el plato para que te sirvieran la comida, las condiciones en medio de aquella selva no eran nada fáciles y debían moverse si querían sobrevivir. Había que explorar los alrededores. Se envía una expedición y hallaban pueblos deshabitados donde encuentran comida. Sus habitantes huían por miedo, antes de que llegaran los españoles. Hallaron también varios templos, y lo que vieron en uno de ellos los dejó horrorizados: había cuerpos de muchachos jóvenes recién sacrificados. Les habían sacado el corazón y tenían brazos y piernas cortados.

Los Totonacas

Volvió la expedición con abundante comida e informaron a Cortés de las espantosas escenas que habían visto. Al mismo tiempo, aparecen en el campamento nuevos personajes: indios de aspecto diferente a los mexicas. El labio inferior les colgaba a causa de una piedra redonda que llevaban incrustada. Eran totonacas, no dieron muestra de hostilidad e intentaban comunicarse con ellos. Hablan el nahua, por lo que Marina no tuvo dificultad para entenderlos. Los totonacas llevaban semanas queriendo aproximarse a los españoles, y si no lo habían hecho, fue debido a la presencia de los mexicas, a los cuales temían.

Habían sido enviados por su cacique, el cual los invitaba a que visitaran su pueblo. Justo entonces regresaban Montejo y Alaminos, los capitanes enviados por Cortés en busca de un fondeadero seguro. Lo habían encontrado al norte, a unos cuarenta kilómetros de distancia, muy cerca del pueblo totonaca. Cortés ordenó recoger el hato y embarcar a todo el mundo. Se dirigirían al fondeadero y desde allí irían a visitar al cacique. Los indios harían de guías.

Cempoala era un pueblo donde vivían alrededor de tres mil habitantes. Estaba situado en lo que hoy es el actual municipio de Úrsulo Galván, en el estado de Veracruz. Era lo que podría denominarse la capital del país. Allí los esperaba Quanuhtlaebana, el jefe de los totonacas. Era un individuo de una notable constitución obesa, y ya fuera por su aspecto, o bien por la difícil pronunciación de su nombre, pasó a la historia como el Cacique Gordo. ¿Por qué los había invitado a venir? Lo primero que podríamos pensar es que el jefe de los totonacas quería pactar con ellos para no sufrir un posible ataque o saqueo por parte de los recién llegados. Posiblemente este fuera uno de los motivos, pero no el principal. Lo que Cacique Gordo pretendía era que los españoles hicieran de justicieros y salvadores de su pueblo. La acogida no pudo ser más calurosa, y sentados a la mesa, el cacique les contó la gran desgracia en que habían caído los totonacas.

Veinte años atrás, su pueblo era libre, hasta que los mexicas aparecieron con sus dioses. Al principio solo les obligaron a adorarlos. Poco a poco, la presión fue aumentando, haciéndoles pagar tributos. El horror llegó cuando le exigieron entregar a sus jóvenes para ser llevados a Tenochtitlan para ser sacrificados. Moctezuma -explicaba Cacique Gordo-, era un déspota, un carnicero que oprimía y desangraba a muchos pueblos.

Cortés vio que tenía mucho trabajo por delante y mejor sería asentarse en una verdadera ciudad. Villa Rica había quedado atrás así que mejor sería trasladarla de sitio. En realidad, en la primera Villa Rica apenas había unas cuantas chozas. Lo que Cortés pretendía ahora era construir un verdadero pueblo con casas sólidas de piedra, para que allí, en la ladera de una montaña y muy cerca de Quanuhtlaebana, quedara asentada definitivamente Villa Rica de la Vera Cruz. Se trazaron las calles, se asignaron los solares y el mismo Cortés se puso manos a la obra, dejando a un lado la espada de guerrero y cogiendo una pala para hacer de albañil.

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