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Diego Velázquez

Conozcamos ahora a otro personaje: Diego Velázquez. No se trata del pintor sevillano, que todavía no había nacido y que en realidad se llamaba Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, sino de un aventurero segoviano que llegó a La Española en 1493 en el segundo viaje de Cristóbal Colón, y desde entonces no había salido de allí. Diego es otro de los que se enriquecieron en la isla, no sin exponer su propia vida. Había sobrevivido a todas las fiebres y epidemias del Nuevo Mundo y asistió a la mayoría de combates contra los indios en la conquista y pacificación de la isla. Era pues, el hombre adecuado para los propósitos de Diego Colón: conquistar Cuba. Tenía en aquel entonces aproximadamente cincuenta años, dicen que era gordo y fuerte como una mula. Quienes le conocían a fondo lo describen como una persona de condición alegre y amable y se hacía querer por sus amigos, aunque algo tosco de entendimiento, despiadado en la guerra, y mejor no estar cerca de él si llegaba a cabrearse y a perder los nervios.

Para una empresa de este calibre, a sus cincuenta años, Velázquez conoce sus limitaciones y ve necesario hacerse acompañar por alguien joven, audaz e inteligente. Hernán Cortés, a estas alturas conocido ya por todos, es el hombre que Velázquez necesita. Pero Cortés, que esta vez sí está interesado en el proyecto, no acepta ser jefe militar y le pide a Velázquez un cargo administrativo. Ciertamente van a necesitar un escribiente, un notario y hasta alguien que se haga cargo de las finanzas; Cortés será nombrado tesorero de la expedición; en realidad vendrá a ser algo así como un secretario de Velázquez.

En noviembre de 1511 Velázquez, con unos 350 hombres a bordo, pone rumbo a Cuba. La travesía es corta, Cuba no dista más de 90 km. de La Española y el viaje es corto. Colón ya había explorado sus costas y llegó a creer que era parte del continente. Ovando también había enviado una expedición y circundaron la isla, por lo que, los lugares más favorables para fondear ya estaban localizados. Velázquez se establece en la bahía de Baracoa, pasada la punta de Maisí hacia la costa norte, en la actual provincia de Guantánamo.

Cuba, al igual que La española, estaba poblada por taínos. Entre ellos reside Hatuey, jefe taíno que huyó con varios de los suyos intentando escapar de los españoles. Ahora que le han informado que han llegado a Cuba no piensa huir de nuevo. Sabe que tiene pocas posibilidades, pero se levanta en armas contra ellos. Hatuey no tarda en ser capturado. Velázquez tendrá la oportunidad de mostrar su cara más cruel y lo condena a morir en la hoguera. Un sacerdote se acerca a Hatuey y le propone ser bautizado para que cuando muera pueda ir al cielo. El jefe taíno pregunta: “¿Y mis verdugos, están bautizados?” El sacerdote le responde que sí. “¿Entonces -sigue preguntando Hatuey- ellos irán al cielo también? No, no quiero ser bautizado, no quiero encontrarme después con quienes han asesinado a mi pueblo y van a matarme a mí también.” Después de estas palabras, Hatuey fue quemado vivo.

La conjura contra Velázquez

Después de haber vencido a Hatuey, no encontrarán demasiada resistencia y Cuba es conquistada en poco tiempo, los caciques saben que toda lucha será en vano. Estamos ya en 1512, Velázquez funda la ciudad de Asunción, junto a la bahía de Baracoa, y allí fijó su residencia de gobernador a espaldas de Diego Colón.

Velázquez estaba encantado con los servicios de Cortés, y por eso se convirtió en su mano derecha, algo que comenzó a levantar envidias. Cortés y Velázquez congeniaban bien y se hicieron grandes amigos. En realidad, Cortés congeniaba con todo el mundo. La mayoría de los que habían venido a La Española, y también los que se habían embarcado en la expedición a Cuba, eran extremeños, algunos de ellos familiares suyos. Es fácil entender que Cortés se encontrara como en su tierra. Sabemos, además, que era un mujeriego empedernido, y esto, a la larga, de una forma u otra, siempre trae problemas. La historia que veremos a continuación es cuando menos, algo surrealista y bastante rocambolesca. En realidad son dos historias y muchos historiadores coinciden en que están conectadas entre sí y que la una es consecuencia de la otra.

Empecemos por lo que nos cuenta Gómara, al que no muchos creen por pensar que es demasiado fantasioso y se inclina demasiado a favor de Cortés.

No todo el mundo aprobaba la política de Velázquez, ni siquiera el propio Cortés lo hacía, aunque le era leal. Las conjuras no tardaron en llegar y quisieron implicar a Cortés; y aunque éste no estaba dispuesto a traicionar a su amigo el gobernador, tampoco quiso delatar a los conjurados, limitándose a disuadirlos de seguir adelante con algo que podía acarrearles graves consecuencias. Sin embargo, otros (los envidiosos) vieron la oportunidad de actuar contra Cortés y lo acusaron ante el gobernador de ser el cabecilla de la conjura.

Cuando Cortés fue apresado y llevado ante Velázquez, confiaba en que su amigo no creyera a los delatores, pero Velázquez ordenó encerrarlo hasta que todo se aclarara. No tardó Cortés en quitarse las cadenas y romper el candado de su celda para salir de allí. El mismo carcelero se hizo el dormido, aunque lo estaba viendo y escuchando todo. No lo dejó escapar por amistad, sino por miedo a que Cortés lo moliera a palos. ¿Adónde se dirigió una vez libre? A la iglesia, lugar sagrado donde no podían apresarlo. Quería que Velázquez lo escuchara, pero el gobernador dio orden de que en cuanto pudieran lo apresaran de nuevo. Y justo cuando Cortés, en un descuido se paseaba de puertas afuera, fue capturado de nuevo.

Esta vez, fue encerrado en la bodega de un barco, pero también consiguió escapar, y nuevamente fue a encerrarse en la iglesia. Velázquez envió a un mensajero que le comunicó que estaba dispuesto a olvidar todo lo ocurrido, pero Cortés no se fía y se queda en el interior de la iglesia. Cuando llega la noche, sale de allí y consigue llegar hasta la casa del que ya no considera su amigo, se introduce dentro y sorprende a Velázquez, que cuando lo ve delante de él se queda de piedra. Cortés le pide explicaciones, ¿por qué ha creído a los envidiosos y no a él que siempre le fue leal? Velázquez le responde que vuelvan a ser amigos y se ponga de nuevo a su servicio, pero Cortés le dice que aunque volverá a servirle, su amistad no la recobrará fácilmente.

Velázquez no se rinde y lo invita a cenar, y como era ya muy tarde al acabar la cena, le pide que se quede a dormir. Cortés se quedó, pero por lo visto no había más camas en la casa y durmieron juntos, sin mariconadas, se entiende.

Todo lo anterior es relatado con entusiasmo por Gómara; no todos creen que sucediera de esta manera, aunque algo de esto ocurrió. Hay otras versiones que cuentan que hubo, en efecto, una conjura y que Cortés fue designado como portavoz, para que contara a los oidores llegados a La Española, la conducta incalificable de Velázquez. ¿Qué ocurría con Velázquez? Pues, como ya se ha contado, no todos estaban contentos con su conducta. Las condiciones de vida en Cuba no debían ser fáciles, todos recién llegados, sedientos de riquezas, todos pendientes unos de otros, a ver quien es el más favorecido. Todos culpando al gobernador de sus males, y el gobernador culpando de sus jaquecas a quienes lo importunan diariamente pidiéndole milagros, como si él fuera un santo patrón.

Por lo visto, Velázquez era de humor cambiante y cuando cambiaba para mal había que desaparecer de su vista. Por otra parte, quizás el oficio de gobernador le venía grande. El caso es que, cada cual presentó su queja y la plasmaron en un documento que Cortés debía entregar en La española, donde debía llegar en canoa. Más de cien kilómetros en canoa por un canal donde en cualquier momento se levanta una tormenta no es una aventura fácil. Pero Cortés fue interceptado y el documento requisado y presentado a Velázquez. Aquí sí que puede dársele crédito a Gómara cuando afirma que alguno de los lugartenientes de Velázquez le tenía envidia, pues tuvo que ser uno de los conspiradores quien los traicionó y aprovechó para actuar contra Cortés.

Cortés es detenido y condenado a muerte. En la cárcel espera el momento en que será ahorcado. Pero una vez más, una mujer consigue salvarlos. Si en Medellín fue la suegra de un marido engañado, en Cuba fue Catalina Suárez, su futura esposa. Catalina pide casarse con él y Velázquez le obliga a hacerlo a cambio del perdón. Cortés acepta, y además, es ascendido del cargo de tesorero al de primer magistrado de la ciudad. ¿Es posible que todo esto sea debido al humor cambiante del gobernador, que de condenado a muerte pase a ser el primer magistrado? Todo esto es bastante raro, aunque tiene una explicación.

Decíamos que en realidad aquí hay dos historias entremezcladas. Una es la de la conjura, que ya sea como la cuenta Gómara, o como prefieren contarla otros historiadores, el caso es que hubo conjura y nuestro joven Hernán estuvo implicado en ella. La otra es, cómo no, un lio de faldas. Muy amigos, sí, eran Velázquez y Cortés, y tan amigos que los dos estaban liados, cada cual con una amiguita y ambas eran hermanas.

Catalina Suárez no es una fulana, es una mujer honesta; pertenece a una familia pobre, aunque emparentados con la nobleza. Llegan a La española con el séquito de Diego Colón. Ya se ha contado que la esposa de Diego Colón quiso montar lo más parecido a una corte en la isla y por eso trajo consigo todo el personal necesario para hacerlo. Más tarde se trasladan a Cuba, donde Juan Suárez, hermano de Catalina, ya se encontraba hacía tiempo y había hecho amistad con Cortés. Luego llegan la madre y varias hermanas (no se sabe cuántas eran) al servicio de doña María de Cuéllar, que también había formado parte de la corte de Diego Colón. Doña María en presentada a Velázquez y poco después se casa con ella. Poco le va a durar el matrimonio, pues María enferma y fallece al poco tiempo. Pero ahí están las hermanas Suárez, una se convertirá en amante de Velázquez, y la otra de Cortés.

Cortés tenía una concubina indígena con la que vivía felizmente. Decía haberla hecho bautizar y ahora la llamaba Leonor. Con ella tuvo una hija a la que llamó Catalina. A ambas, tanto a Leonor como a su hija Catalina, dio el apellido Pizarro. Que Cortés les diera el apellido de su madre y que además incluyera a su hija en su testamento, demuestra cuan en serio se tomó esta unión, y esta es la razón por la que Cortés no quería casarse con Catalina. Cortés solo quería pasar el rato con ella

Bartolomé de Las Casas

Cortés solo quería pasar el rato con ella. Una noble castellana no se presenta todos los días en el rincón más recóndito de la tierra, y Cortés, conquistador, mujeriego y sinvergüenza como ninguno, no dejó pasar la ocasión de cepillársela bien cepillada. Poco a poco, Catalina Suárez se va desengañando; ve que Hernán no tiene intenciones de casarse con ella, y se pone a protestar. Su hermana sale en su defensa y es entonces cuando el gobernador se implica en el asunto, a pesar de que él está cometiendo el mismo delito con la hermana, que muy pillado debía tenerlo para que se viera obligado a enemistarse con Cortés.

Y así fue como el mujeriego extremeño se convirtió en un burlador burlado, y muy a pesar suyo tuvo que casarse con su amante, para poder conservar la cabeza. Solo puso una condición a Velázquez, que bautizara a su hija. El gobernador no se negó a ello y le concedió el honor de ser su padrino. No obstante, cuentan sus amigos y otros testigos que escribieron sus memorias y refieren los hechos, que Cortés estuvo entre dos y dos años y medio sin acostarse con Catalina y que solo se preocupaba (a buenas horas) de su concubina india y de su hija, consiguiendo que en 1529, el papa la reconociera.

Todo esto ocurría sobre el año 1514, y eso es bastante significativo, porque en ese año hubo algunos cambios en el punto de vista que los españoles tenían sobre los indios. La conquista y pacificación de La Española fue una carnicería. Todas las conquistas lo son, aunque lo que aporten los conquistadores a largo plazo sea beneficioso. La península Ibérica dejó de ser una tierra poblada por tribus ancladas en la prehistoria para entrar de lleno en el progreso aportado por Roma; y eso costó mucha sangre. En la actualidad nadie le reprocha nada a los italianos; sería ridículo pedirles cuentas por lo que hicieron sus antepasados. Antes bien, muchos son los que se sienten orgullosos de haber formado parte del imperio romano. Sin embargo, a nosotros, los españoles, a día de hoy, todavía nos miran mal desde el otro lado del Atlántico, por haber llegado allí nuestros antepasados a apropiarse de sus tierras.

Quizá sea que ya se dejaba atrás la edad media y habíamos evolucionado un poco, el caso es que, tras la conquista de Cuba las cosas comenzaron a verse de otra manera. Bartolomé de las Casas fue quien dio la voz de alarma. Es curioso, pues este fraile estuvo al lado de Ovando, presenció matanzas y se benefició de las encomiendas a que tenían derecho los residentes por más de cinco años, y tampoco renunció a tener esclavos y a enriquecerse. En 1511 se encontraba junto a Cortés en Cuba, asistió impasible a la quema del cacique Hatuey y vio cómo los demás caciques, desmoralizados, dejaban que ocuparan sus tierras. Era domingo de Pentecostés cuando Bartolomé de las Casas dijo basta. El fraile rompe con su pasado; cree firmemente que Dios no aprueba lo que están haciendo y se propone consagrar el resto de su vida a la defensa de los indios.

Tenía 28 años cuando vino con Ovando a La española, habían pasado 12 desde entonces. Durante una misa, las Casas dio un sermón denunciando el maltrato a los indios y anunció que renunciaba a todas sus encomiendas, algo que no sentó nada bien a Velázquez. Las Casas no estaba solo, muchos le apoyaron y consiguió volver a España donde denunció todo cuanto había presenciado en las dos islas conquistadas. El rey Fernando acababa de morir, pero consiguió entrevistarse con el cardenal Cisneros, regente del reino hasta la llegada del príncipe Carlos, futuro rey y emperador, del cual conseguiría leyes para la protección de los indios, tal como quiso hacer su abuela Isabel. Desde ese momento, las Casas se convertiría en el protector universal de los indios.

La conquista de Yucatán

Cortés fue sin duda uno de los que comenzó a sentir remordimientos por el trato dado a los indios. Hasta ese momento, las mujeres indias habían sido un pasatiempo para él. A sus 30 años, hora era ya de sentar la cabeza y casarse. Podía haberlo hecho con cualquier castellana, que aunque pocas eran las que habían llegado hasta allí, alguna hubiera podido conquistar, y de hecho las conquistó, pero prefirió sentar la cabeza con una india a la vez que comenzó a sentir simpatía por los pueblos a los que él mismo había hecho sufrir. Esta actitud, sin duda, influyó bastante en las desavenencias con el gobernador.

En Santo Domingo, como se conocía ya a toda La española, Diego Colón es relevado como gobernador y virrey en 1515 (el segundo título solo era honorífico y el rey Fernando no llegó a hacerlo oficial). Diego vuelve a España y allí continuó con sus pleitos reclamando sus derechos. Mientras tanto en la isla Fernandina, como Velázquez había bautizado a Cuba, se mudaba la capital desde Asunción de Baracoa, a la costa sur, donde se funda la ciudad de Santiago sobre un asentamiento taíno. A principios de 1517 el gobernador se propone ir más allá y explorar la punta de Yucatán. Las penínsulas de Florida y Yucatán son las dos columnas que forman la entrada al golfo de Méjico, y Cuba está justo en el centro, con su punta oeste, donde se encuentra la actual Pinar del Río, queriéndose tocar (hay 200 km.) con Cancún. En esta península se encuentran las actuales Belice y parte de los territorios de Guatemala y Méjico.

Yucatán no era una desconocida; entre 1502 y 1511 muchos exploradores, y hasta el propio Colón, las habían observado. Algunos habían naufragado en sus costas, y los que habían tenido contacto con los indígenas no habían tenido buena experiencia; los que no habían muerto habían sido capturados como esclavos o devorados (eso decían los que habían podido contarlo); aunque también hubo quien consiguió integrarse y adaptarse a su modo de vida. Lo cierto es que casi veinte años después parece inexplicable que nadie se hubiera adentrado en aquellas tierras. Pero no es menos cierto que preparar una expedición de este tipo no era fácil ni barato. Se necesitaban barcos, víveres, armas y hombres, muchos hombres con la ambición de hacerse ricos y concienciados de que no todos lo conseguían y de que, en vez de eso, había muchas posibilidades de dejarse la vida en el intento. Además, se necesitaba un requisito indispensable: las capitulaciones, el contrato, el permiso real para descubrir y explorar. Hacerlo por cuenta propia estaba prohibido.

Velázquez se las había ingeniado para, a través de unos frailes que iban y venían a Santo Domingo, conseguir los permisos necesarios para visitar las islas vecinas y comerciar con los indígenas. Aunque nadie estaba al cien por cien seguro, se tenía casi la certeza de que el Yucatán formaba parte de un continente; Velázquez lo sabe, pero hay que seguir diciendo que es una isla, porque de lo contrario el permiso concedido no sería válido. Solo las islas; conseguir permisos para explorar tierra firme es algo más complicado.

El gobernador arma tres navíos y pone a Francisco Hernández de Córdoba al frente de 110 hombres, que partirán el 8 de febrero de 1517. Entre los expedicionarios se encontraba Bernal Díaz del Castillo, que más tarde acompañará a Cortés y narrará toda su aventura. El piloto que navega con Hernández de Córdoba es un experimentado marino que fue compañero de Colón y no es la primera vez que atraviesa el Caribe. Los expedicionarios, después de ser sorprendidos por una tormenta llegan a la isla Mujeres, a escasos cinco kilómetros del actual Cancún.

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