Repasando las obras de algunos autores podemos observar que poco o nada se detienen a contar demasiadas cosas sobre la estancia de los españoles en las Molucas. Esto se debe principalmente a que, una vez muerto Magallanes, parece como si el resto de la aventura careciera de importancia, cuando no es así en absoluto. Elcano completó la misión encomendada por Carlos I, que era ni más ni menos que llegar a las Molucas y traer a España las preciadas especias; un objetivo final que Magallanes no le dio la gana de completar, pues pesó más la promesa del rey de adjudicarle dos islas, si descubría más de seis. Aparte de incumplir el mandato de no detenerse innecesariamente en ningún lugar, su avaricia personal le llevó a la muerte. Pigafetta cuenta abundantes detalles sobre la estancia en las islas de Tidore y Ternate; y lo cuenta todo de una forma confusa y embarullada, se enrolla demasiado, y quizás este sea otro de los motivos por el que nadie se detenga demasiado en “descifrar” lo que cuenta el italiano. Aquí solo vamos a hacer un breve resumen, pero al menos tendremos una idea generalizada de lo que vivieron en las islas, el poco más de un mes que pasaron allí.

«Cuando supo quiénes éramos y el objeto de nuestro viaje, nos dijo que él y todos sus pueblos tendrían gran alegría siendo amigos y vasallos del rey de España; que nos recibiría en su isla como a sus propios hijos; que podíamos bajar a tierra y estar en ella como en nuestras casas; y que, por amor a nuestro soberano, era su voluntad que desde aquel día en adelante su isla dejase el nombre de Tadore y tomase el de Castilla.»

Así nos cuenta Pigafetta la calurosa acogida por parte del rey de Tidore, y el humilde sometimiento de éste al rey de España. Parece exagerado, pero sus buenas razones tenía. No se sabe si por allí se conocía algo sobre España y sobre su rey, que por aquellas fechas estaba ya recién nombrado emperador del Sacro Imperio como Carlo V, pero el caso es que los recibieron como a ángeles salvadores. Incluso habían predicho su llegada. Tidore era una pequeña isla, que como todas islas tenía su rey, y como todo rey tenía sus más y sus menos con los otros reyes de las otras islas. Y todas estas islas tenían un problema en común, la extorsión por parte de todo aquel que llegaba desde tierras lejanas buscando algo a lo que ellos no le daban el mínimo valor.

Almansur, (no está claro que de verdad se llamara así) estaba harto del poco respeto que mostraban los portugueses, que habían convertido su isla en una colonia donde sus habitantes debían estar a su entero servicio. Sus mujeres, además eran constantemente acosadas. No les importaba si su físico era o no agradable, porque según Pigafetta, a él, al menos, no le gustaban:

«Las mujeres de este país son feas; van desnudas como las de las otras islas, cubriendo sus partes sexuales con un paño hecho de corteza de árbol; los hombres van igualmente desnudos, y a pesar de la fealdad de sus mujeres, son muy celosos.»

Luego estaban lo piratas turcos, que se aproximaban a las islas buscando atracar a los portugueses, y ya de paso dar algún que otro golpe a las islas. Por último, estaban los problemas con las islas vecinas, donde ocurría algo parecido a lo de Europa, donde todos los reyes son familia, y ya se sabe lo que a veces ocurre en las mejores familias. Por lo tanto, el rey de Tidore vio en los españoles su salvación. Y no debió ser la conducta de los recién llegados muy agresiva con ellos cuando al cabo de un mes, cuando decidieron marcharse, Almansur vino a suplicarles que no lo hicieran.

«Vino el rey el mismo día y subió a bordo sin mostrar la menor desconfianza, diciendo que entre nosotros se hallaba como en su propia casa, asegurándonos que le era muy sensible una partida tan repentina y tan poco corriente, porque todos los navíos empleaban ordinariamente treinta días en completar su carga, y nosotros lo hicimos en mucho menos tiempo.»

Les dijo también que, si se había prestado ayudarlos, no había sido para acelerar su marcha. Intentó disuadirlos advirtiéndoles que no era la estación más apropiada para navegar por aquellos mares. Y viendo que tanto sus súplicas como sus advertencias no servían de nada, hizo un último intento a la desesperada:

«¡Está bien! Os devolveré lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin darme tiempo para preparar a vuestro rey otros regalos dignos de él, todos los reyes vecinos dirán que el rey de Tadore es un ingrato, por recibir beneficios de un rey tan grande como el de Castilla sin enviarle nada a su vez. Dirán también que partís tan precipitadamente por miedo a una traición mía, y toda mi vida llevaré la afrenta de traidor.»

Y después, juró entre lágrimas sobre el Corán y por Alá, que siempre sería fiel amigo del rey de España. Ante tan dramática situación tales muestras de afecto que parecía sincero, Elcano le prometió que se quedarían quince días más. Y como muestra de reciprocidad le regalaron un estandarte real.

Poco después, alguien les contó lo acontecido entre el rey y los principales personajes de la isla. Ante la inminente marcha de los españoles, los isleños se sentían de nuevo indefensos, y como algunos ya se hacían a la idea de que nada podría detenerlos, pensaron que lo mejor sería asesinarlos a todos; así se lo aconsejaron a su rey. De esta manera, al menos, podrían ganarse la simpatía y benevolencia de los portugueses. Almansur, horrorizado por tan descabellada propuesta, contestó de forma contindente que, habiendo prometido lealtad y fidelidad al rey de España y con el cual había jurado la paz, «nada le induciría a tal perfidia.»

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