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Los príncipes luteranos se sublevan

Mauricio de Sajonia llevaba tiempo buscando los apoyos de otros príncipes luteranos que estuvieran dispuestos a levantarse contra el emperador. Cuando lo hubo conseguido se pusieron en contacto con Enrique II, quien, como buen hijo de su padre que pactaba con el mismo diablo, no dudó en aliarse con ellos, pues esto le daba la oportunidad de anexionarse ciudades de Flandes que los franceses consideraban suyas.

Es curioso que, mientras Mauricio hacía los preparativos en secreto, envió la acostumbrada delegación a Trento, a la que siempre le bloqueaban el paso. Sin embrago, en esta ocasión recibió el consentimiento para asistir al Concilio. Ya era demasiado tarde y Mauricio no daría marcha atrás. Durante este Concilio, los clérigos fueron alertados de que un grave conflicto estaba a punto de azotar Alemania y muchos emprendieron el camino de vuelta. En abril de 1552 las fuerzas de Mauricio ocupaban Augsburgo.

El emperador, afligido, sentía que algo había hecho mal. Él mismo había puesto al mando de las tropas imperiales a aquel príncipe ansioso de poder. Casi sin fuerzas físicas ni mentales, le escribió a Fernando haciéndole partícipe de su estupor:
«Al presente… sin poder ni autoridad, me encuentro obligado a abandonar Alemania, no teniendo a nadie que me apoye aquí, y demasiados oponentes, con el poder en sus manos. ¡Qué bonito final me espera para mi ancianidad! Sé bien en qué débil posición me encuentro para defenderme. Si lo demoro más tiempo, existe la posibilidad de que una mañana me encuentre capturado en mi cama.»

Mientras Mauricio ocupaba varias ciudades alemanas, Enrique enviaba su ejército a Flandes. El emperador, sin su ejército, no podía hacer otra cosa que escapar e intentar llegar a Italia. Mauricio, sospechando el camino que cogería Carlos y sabiendo que se encontraba indefenso, había enviado tropas al Tirol con intención de capturarlo. Pero Fernando le salió al paso. Carlos llegaba por fin el 27 de mayo a Villach, después de viajar transportado en camilla y teniendo que soportar una tormenta de nieve.

Cuando las noticias llegaron a España, causaron gran indignación. La humillación sufrida por su padre enfureció a Felipe, que escribió inmediatamente a Andrea Doria anunciando su determinación de acudir en ayuda de su padre y pidiendo su colaboración: «Estoy determinado de pasar a servir a S. M., y para tal efecto e querido escrivir esta, para rogaros que en llegando Genoba me hagais tanto placer que luego bolvais con las galeras sin perder punto porque yo pueda pasar». Varios nobles, entre ellos el duque de Alba, partieron de inmediato en ayuda del emperador, sin embargo, Felipe recibió órdenes de su padre de no moverse de España y se dedicara solo a reclutar hombres. Carlos no quería que Felipe se implicara en la contienda. Sabía que los príncipes alemanes rechazaban a su hijo como candidato a Rey de Romanos y temía que poniéndose al frente de un ejército contra ellos levantara más rechazo aún.

En Venecia, al saberse la noticia, se apresuraron a ofrecerle al emperador asilo y protección. El duque de Alba llegaba a Milán con siete mil hombres. A estos se sumaron, además, los tercios españoles de Italia. Carlos ya podían ir organizando un gran ejército, en vista de lo cual, Mauricio se avino a negociar con Fernando y pactaron una tregua de un año. En el acuerdo, a cambio del cese de toda actividad militar, los luteranos consiguieron la libertad de Felipe de Hesse, a la que Carlos se opuso, pero que finalmente, debido a su precaria situación, tuvo que aceptar.

Mauricio no podría saborear por mucho tiempo la humillación causada al emperador. El príncipe de Sajonia tenía enemigos entre los luteranos, algunos no le perdonaban el tiempo que había estado al servicio del emperador; otros, como Alberto Alcibiades, malgrave de Brandeburgo, simplemente no estaban a favor de la revuelta. En julio de 1553, Alberto se enfrentaba a él en una batalla campal en la que Mauricio recibió un disparo que le causó la muerte.

El desastre de Metz

Con el ejército reunido, y en vista de que ya no sería utilizado para combatir a los luteranos, se decidió marchar a Flandes para recuperar las ciudades ocupadas por los franceses, Metz, Toul y Verdún. A pesar de que el otoño ya estaba avanzado, el duque de Alba, al frente del ejército imperial, estaba seguro de que tendrían éxito. A ellos se unía, además, Alberto de Brandeburgo, cuyos servicios aceptó el emperador, aunque desconfiando de su fidelidad, después del desengaño sufrido con Mauricio. El mismo Carlos escribiría a su hermana María lamentándose: «Dios sabe lo que siento al encontrarme en situación tan apurada como para tratar con el margrave, pero la necesidad no conoce ley». Uno de los generales, bastante optimista declaraba estar seguro de que: «desde el día de su nacimiento Su Majestad no ha tenido tan magnífico ejército como posee ahora, ni tan grandioso, ni compuesto por soldados tan excelentes». Este general nunca hubiera imaginado lo que le deparaba el destino a aquel magnífico ejército.

Carlos sufría dolores en las articulaciones debido a la gota, y aun así subió a su caballo y cabalgó por el campamento para inspeccionar a sus tropas. Días después hasta se atrevió a hacerlo a pie. El primer objetivo sería Metz, defendida por el duque de Guisa. Se esperaba un gran asedio, pero estaba seguro de poder resistir con los siete mil hombres de que disponía en su interior. Carlos tenía a su disposición más de cien cañones. La ciudad comenzó a ser bombardeada por los imperiales que atacaban por el sudoeste, mientras los ejércitos de Flandes lo hacían por el nordeste.

Las murallas tardaron una semana en ceder, abriéndose una brecha de cuarenta metros, por donde pudieron entrar los soldados. Nada habían conseguido, pues Guisa no había perdido el tiempo los meses que había pasado en Metz, sino que había ordenado construir otras defensas en su interior. Tras las murallas encontraron otro muro que necesariamente debían derribar si querían controlar la ciudad. Los bombardeos continuaron, pero las murallas no se rompían, y llegó el mal tiempo; lluvia, nieve, enfermedades. El dinero se agitaba y dejaron de pagarse los sueldos, lo que provocó motines y deserciones.

Tras dos meses desastroso y sin esperanza de éxito, tanto el emperador como el duque de Alba comprendieron que aquella campaña fue un error y debían retirarse. Carlos se lamentaba diciendo: «La fortuna es una mujer; abandona a los viejos y sonríe a los jóvenes». Más que una retirada, parecía una derrota. Muchos muertos, tanto en la batalla como por enfermedades, para no conseguir nada, una tragedia que venía a infligir una pena más al deteriorado emperador. Es curioso, que las tres derrotas sufridas por el emperador, la expedición a Francia desde Italia, donde los franceses adoptaron la estrategia de la tierra quemada, la de Argel, donde el mal tiempo y las tempestades jugaron en contra, y ahora esta, no fueron por ser superados por el enemigo, sino por no prever la táctica del contrincante o escoger mal las fechas de la campaña.

Carlos regresó a Bruselas. Seguía enfermos, pero no podía desfallecer. La guerra emprendida por Mauricio había provocado la escasez de alimentos y había disturbios. Había que solucionar esos problemas, antes de regresar a España, pues Carlos no pensaba en otra cosa que abandonarlo todo y retirarse a un lugar tranquilo. Pero no podía abandonar sin antes recuperar las ciudades invadidas por los franceses. Y no solo era la necesidad de recuperar las ciudades, sino de detener a los franceses que no paraban en sus incursiones por la frontera. Debía reunir dinero y organizar otro ejército para lograrlo. En el verano de 1553 todo estaba preparado para volver al campo de batalla. Todas las ciudades fueron recuperadas, a excepción de Metz, que permanecería en manos francesas durante un siglo. A parte de esta espinita que no pudo sacarse, Carlos infligió una nueva derrota a Francia, esta vez al hijo rebelde de Francisco, que se vio obligado a firmar la paz y dejar de dar por culo en la frontera con Flandes.

Podía darse por satisfecho, pero el emperador no podía desprenderse, además de sus dolencias físicas, de la fuerte depresión que sufría, y solo pensaba en abdicar y olvidarse de todo. María, entonces le aconsejó que llamara a Felipe, su presencia en los Países Bajos era necesaria. Carlos, que durante el enfrentamiento con Mauricio no vio conveniente la actuación del príncipe, comprendió que ahora, ante la amenaza francesa, era más necesario que nunca. La experiencia con Francisco le hacía sospechar a Carlos que con su hijo no iba a ser diferente y pronto tendría que enfrentarse de nuevo a él. Felipe había causado muy buena impresión a los flamencos durante su visita; si le hacía venir, eso reforzaría aún más su buena imagen, haciéndoles ver que estaba a su lado en los malos momentos.
Una vez allí, Carlos resolvería el tema de la abdicación y otros asuntos, para dejarlo todo atado y bien atado, antes de volver a España juntos. Pero Carlos, también quería hablar con su hijo del tema financiero. Las constantes guerras que él siempre había querido evitar sin conseguirlo, habían dejado las arcas exhaustas. Y aquellas riquezas provenientes del Nuevo Mundo, que por todos los medios no quería tocar, en beneficio del príncipe, «para después de mis días para que tuviessedes de donde proveeros, y faltando yo os occurriesse alguna necessidad»- había dicho, eran necesarias ahora para aliviar la situación. Pero antes de que Felipe pudiera viajar a los Países Bajos, iba a pasar algún tiempo, pues al príncipe le habían encontrado novia y era de primordial importancia que la boda se celebrase cuanto antes. Su propio padre estaba dispuesto a esperar.

El emperador, sumido en sus depresiones, había decidido esperar la llegada de Felipe a solas, sin nadie que le hablase de problemas. Según los médicos «Su Magestad dize que tiene muy corta la vida, a causa de las grandes diversidades de enfermedades que le atormentan y afflizen». No recibía ni a embajadores ni a sus propios consejeros. Pero uno de esos días en que se preocupó por escuchar a uno de ellos, le contó que el jovencísimo Eduardo VI, el hijo heredero de su difunto cuñado Enrique, había fallecido y María subía al trono de Inglaterra. De pronto, las depresiones pasaron a un segundo plano y Carlos pareció rejuvenecer. No, no era él quien pretendía casarse con su antigua prometida. Él, como había dicho a los médicos, tenía ya la vida muy corta. El que debía casarse con María era Felipe.

El casamiento de Felipe era una cuestión que el emperador tenía en mente hacía tiempo, prácticamente desde que enviudó. De hecho, se estaba negociando un nuevo matrimonio con otra princesa portuguesa. Pero la oportunidad de formar una alianza con Inglaterra no debía dejarse escapar, pues de esta manera Francia quedaba rodeada por los cuatro costados. De hecho, el anuncio provocó alarma en Francia y por lo visto causó sorpresa a Fernando, que barajaba la posibilidad de casar a su hijo menor con María. A todo esto, María tenía ya 36 años. Como dicen en Casariche, era ya una mocita vieja.

Hechas las diligencias necesarias y viendo Carlos que el matrimonio podía llevarse a cabo, contactó con Felipe para hacerle saber su deseo de contraer vínculos con los ingleses, y éste se puso al servicio de su padre sin rechistar. A María le fue enviado una copia del retrato que Tiziano le había hecho a Felipe, y por lo visto, quedó más que complacida y aceptó casarse con él, siempre y cuando Felipe aceptara ciertas cláusulas que se incluirían en el contrato que sus estrictos consejeros se encargarían de redactar. María tenía los genes de su abuela Isabel la Católica, y dejó bien claro desde el principio que allí la reina era ella. La boda se celebró en la catedral de Winchester el 25 de julio de 1554. Aquel enlace iba a permitir que Inglaterra se reconciliara con Roma después de veinte años de cisma, provocado por el atolondrado Enrique VIII. Una reconciliación que dejaba en muy buen lugar ante el papa tanto al padre como al hijo.

Hubo otro motivo por el que Felipe retrasaría su viaje a Bruselas. María estaba embarazada y se sentía mal, por lo que, no creyó conveniente dejarla sola y quiso esperar. La supuesta preñez no fue más que un embarazo psicológico. El 29 de agosto de 1555 Felipe se despidió de la reina en Greenwich, que lo había pasado muy mal y ahora quedaba desolada: «Asomándose a una ventana que tenía vistas sobre el río, dio rienda suelta a su pesar con un torrente de lágrimas, y ni una vez abandonó la ventana mientras él estuvo a la vista». Una vez en Dover, todavía tendría que esperar a embarcarse hasta el 4 de septiembre, debido al temporal. Una vez que fue posible el embarque, la travesía del canal solo duró tres horas hasta Calais. Y por fin, el día 8 se reunía en Bruselas con su padre. «El rey de Inglaterra llegó aquí ayer -escribió un testigo-, se encontraba inusualmente animado, y tan gentil con todas las damas, que tuvo su sombrero en la mano casi incesantemente».

Ver segundo capítulo de
LA ARMADA INVENCIBLE
Amor a primera vista

Felipe hacía ya trece años que ejercía como regente de España en calidad de príncipe, aunque sus funciones eran las de un rey. Por eso a través de los años, y a pesar de las instrucciones que constantemente recibía de su padre, su política fue diferenciándose poco a poco de la mantenida por el emperador. Hay quien ha visto en esta independencia de Felipe unas desavenencias entre padre e hijo, aunque nada hay que lo evidencie, salvo la diferencia entre pareceres en algunos asuntos de estado que discutían por carta. Un caso que puede servir como ejemplo fue el referente a la mano de obra de los indios en América conocido como el repartimento. Carlos siempre fue contrario a la explotación de los indios por parte de los europeos, antes bien, quería seguir con la política que su abuela Isabel dejó escrita, ordenando favorecer y tratar de igual a igual a los habitantes del Nuevo Mundo.

Para que las leyes se cumplieran con los indios, se enviaron sacerdotes que, además de evangelizar a los nativos, mantenían informados a los reyes de cuantos atropellos cometían los colonos que llegaban constantemente, no solo de España, sino de lugares como Inglaterra, Francia o los Países Bajos. Los colonos demandaban el empleo de los indios como un derecho y a Felipe le había tocado debatir el tema con los clérigos de España y, aprovechando su boda con María, también con los de Inglaterra. El asunto era bastante espinoso. Por una parte, se trataba de respetar los derechos de los legítimos habitantes del Nuevo Mundo, a los cuales se quería convertir en cristianos y, en el caso de España, en ciudadanos españoles. Por otra, los colonos habían ofrecido a la corona cinco millones de ducados de oro, una ayuda inestimable como explicaba Felipe, que sacaría de los apuros económicos en que se encontraba el Imperio: «No pudiendo socorrer de otra parte para pagar lo mucho que se debe».

No era pues, muy recomendable negarles a los colonos la ayuda en forma de explotación de los indios que pedían, y a pesar de la desaprobación del emperador, Felipe actuó según creyó conveniente: «Por todas estas causas e otras, estoy determinado en ello para que se ponga en execución. Decid a Su Magestad con toda instancia que de otra manera no se podría tratar este negocio». No obstante, Felipe creía, al igual que su padre y su abuela, que en el asunto de los indios estaba implícito un profundo principio moral, pero contrariar a los colonos podía significar una rebelión y la privación de las riquezas que desde allí llegaban. Por eso, Felipe se excusaba y trataba de explicar a su padre que él nunca estuvo de acuerdo con tales prácticas.

Mientras Felipe se casaba en Inglaterra y su padre esperaba paciente su llegada a Bruselas, ocurrieron algunas cosas. Enrique II, sabiendo que el emperador estaba postrado en una cama sin poder moverse, que Felipe estaba con sus asuntos y Fernando no estaba tampoco en los alrededores, buscó, no solo venganza, sino desfogar su rabia por la treta del emperador al haber contraído vínculos con Inglaterra. Era, sin duda, un digno hijo de su padre. Los ataques indiscriminados a la frontera de Francia con Flandes buscaron hacer el mayor daño posible, a ser posible, sobre posesiones de la propia María y lugares de gran valor. Y para asegurarse de que la destrucción era efectiva, el propio Enrique se puso al mando de sus tropas.

Durante la anterior campaña, donde Carlos recuperó las ciudades ocupadas por Francia, otras ciudades fueron gravemente dañadas y Enrique quería devolver el golpe. Los franceses atacaron y saquearon a conciencia el Palacio renacentista que María había construido en Mariemont. A continuación fue atacado el magnífico castillo de Binche, al cual prendieron fuego. Cuando Carlos fue puesto sobre aviso era ya demasiado tarde y sus tropas nada pudieron hacer por salvar el edificio. Por fortuna, la gente pudo salvar casi todo lo que había de valor en su interior. Un testigo presencial francés escribió: «¡Era descorazonador ver tantos espléndidos edificios destruidos!».

Cumplida su venganza, el próximo objetivo del hijo de Francisco era atacar Italia, y para eso contaba con la inestimable ayuda del nuevo papa Pablo IV, que resultó ser un anti imperialista que convirtió su odio hacia Carlos en obsesión. El papa se alió con Francia y declaró no reconocer a Felipe duque de Milán, pues este ducado era feudalmente dependiente del papado. Así mismo, tampoco reconocía a Felipe como rey de Nápoles sin aceptar primero el protectorado papal.

Este fue el panorama que se encontró Felipe al llegar a Bruselas, donde además tuvo que llorar, junto a su padre, la muerte de su abuela. La reina Juana había muerto mientras ellos se hallaban inmersos en su afán por intentar resolver los problemas del mundo. Falleció en su casa de Tordesillas el 12 de abril de 1555 con 73 años, sin poder despedirse de ninguno de sus hijos, ni de sus nietos. Todos andaban dispersos por Europa y demasiado ocupados. No es muy difícil adivinar lo que pasaría por la mente de Carlos, el cual había tenido la delicadeza de visitar a su madre siempre que podía arañar un poco de tiempo a su apretada agenda. Posiblemente pensaba “qué clase de vida es esta que lleva un rey, que ni siquiera puede estar al lado de sus seres queridos cuando éstos quieren despedirse de ti, antes de entregar su alma al Altísimo”.

Hacía ya catorce años desde que la vio la última vez. La había conocido con 17. Y ahora, si Dios no los juntaba en la otra vida, no la volvería a ver jamás. Carlos era, a partir de ese momento el rey indiscutible de España, pues, hasta ahora solo había sido regente del reino, siendo Juana nominalmente la reina, aunque en la práctica se le hubiera dado el título de rey desde el primer momento, por las presiones ejercidas por su abuelo Maximiliano desde Alemania. Ironías de la vida, acceder plenamente al trono unas semanas antes de abdicar.

Carlos se las ingenió para pactar con Enrique una tregua de cinco años. Tregua que el francesito no cumpliría, ni Carlos esperaba que cumpliera, pero que le permitió, momentáneamente, dedicarse a los asuntos que tanto le urgía solucionar. El todavía emperador convocó una Dieta a la que no pudo asistir, aunque Fernando, como Rey de Romanos tenía plenos poderes. El deseo de Carlos era dejar solucionado el problema religioso. Se hizo lo que se pudo aceptando que había una división y que el príncipe de cada estado determinara la religión de sus súbditos, teniendo libertad para marcharse aquellos que no la aceptaran. Puede parecer una solución bastante drástica, pero era la manera de asegurar la unidad religiosa en cada estado.

Los acuerdos firmados en aquella Dieta tenían algunas cláusulas no del todo claras y que el tiempo se encargaría de dejar en evidencia. Por ejemplo, solo se habían tenido en cuenta las dos religiones mayoritarias del momento, la católica y la luterana. Pero en Alemania estaban naciendo más religiones que champiñones, sobre todo una que no paraba de crecer: la calvinista.

Y por fin, el momento que Carlos deseaba que llegara, el de la abdicación. No había sido una decisión precipitada, ni siquiera de unos meses ni unos años. Carlos llevaba meditándolo desde que salió de España la última vez. Al virrey de Cataluña ya le expresó el deseo de retirarse en cuanto le fuera posible. Pero los acontecimientos y los problemas se van a cumulando y los años pasan sin darte cuenta, hasta que llega el momento en que lo haces o te vas al otro mundo sin haberlo conseguido. Hacía solo unos años lo consultó con sus hermanos. Ninguno de ellos estuvo de acuerdo, pero en vista de que Carlos estaba firmemente decidido, fue apoyado por María, que finalmente también expresó su deseo de dejarlo todo. Eran ya muchos años, desde que fue reina de Hungría, los que había dedicado a la gobernación de los Países Bajos, y se sentía cansada.

El momento había llegado y no admitía más demora. Para el 25 de octubre de 1555 todo estaba listo después de haberse aplazado la ocasión por el mal tiempo. Fueron invitados para la ocasión los altos cargos de los Países Bajos, los miembros de la familia Habsburgo, los caballeros del Toisón de Oro y varios príncipes, además reyes y nobles de toda Europa. Carlos iba vestido de riguroso luto por la muerte de su madre a través de un salón abarrotado. Caminaba lentamente con la mano izquierda apoyada en un bastón y la derecha en el hombro del príncipe de Orange. Detrás de ellos, marchaban Felipe, María, el duque de Saboya y los caballeros del Toisón. El emperador subió al estrado y tomó asiento, sentándose Felipe a su derecha y María a su izquierda. Luego, Carlos se levantó haciendo un gran esfuerzo, se quitó el collar del Toisón de Oro y lo colocó en el cuello de Felipe, nombrándolo Gran Maestre de la Orden. A continuación, el canciller de Brabante se dirigió a los presentes para explicarles el motivo por el que todos estaban allí reunidos.

Los estragos de la enfermedad del emperador -comenzó diciendo el canciller-, que debido al frío clima del norte le habían hecho empeorar, hacía necesaria su marcha hacia un clima más benigno, y por eso había tomado la decisión de marcharse a España y pasar el gobierno de las provincias de los Países Bajos a Felipe, ya que, María de Hungría también había decidido retirarse y descansar tras muchos años de servicio. No fue un discurso demasiado largo, que acabó dando las gracias a María y exhortando a las provincias a permanecer unidas.

A continuación, habló el emperador: «Aunque todos mis propósitos ya os han sido explicados debo añadir unas breves observaciones. Sé, caballeros, que en mi larga vida he errado muchas veces, ya fuera debido a mi juventud, mi ignorancia, mi negligencia, o por otros defectos. Pero puedo asegurarles que nunca he causado conscientemente violencia o injusticia a uno solo de mis súbditos. Si, a pesar de todo, eso ha ocurrido, no ha sido con intención sino por ignorancia y lo lamento y suplico perdón por ello.» Según el enviado inglés, mientras el emperador hablaba: «no había nadie, ya fuera hombre o mujer, en toda la asamblea, que no derramase abundantes lágrimas», incluido Felipe, que emocionado comenzó a llorar.

El emperador ordenó a Felipe que se arrodillara ante él, le tomó la mano y lo besó, luego le puso las manos sobre la cabeza y lo bendijo, para, dirigiéndose a él en español, transferirle la autoridad como gobernante de las provincias de los Países Bajos. Entonces Felipe se levantó y aceptó los cargos y obligaciones encomendadas. Luego se dirigió a los presentes con unas breves palabras en francés, lengua que no dominaba, y pidió disculpas por no poder hacerse entender, y por eso, el obispo de Arras hablaría en su nombre. También hizo un breve discurso María de Hungría, que renunciaba a su cargo de gobernadora después de veinticinco años. Para acabar, la ceremonia donde Carlos investía oficialmente a Felipe como soberano de los Países Bajos.

Era la segunda vez que Carlos abdicaba en favor de su hijo; la primera vez ya lo hizo al transferirle a Felipe el reino de Nápoles, para que al casarse con María Tudor tuviera el título de rey. Todavía le quedaban a Carlos tres abdicaciones más, una como soberano de Borgoña, otra como rey de España en favor de Felipe y otra como emperador del Sacro Imperio en favor de Fernando, sin embargo, no se le permitió deshacerse del título de emperador hasta su muerte.

Conviene dar un repaso a la extensa herencia que dejaba tras de sí el emperador. Huelga decir lo que ya se ha dicho tantas veces, que los reyes dejaban en herencia los países y las regiones tal como se deja hoy día se hace con una parcela, con la ventaja de que nadie les cobraba el impuesto de sucesiones. Coñas aparte, el caso es que Carlos había heredado una burrada que vamos a enumerar.

· Los Países Bajos compuestos por trece provincias heredadas de su padre Felipe
· Cuatro provincias más que se añadía a las heredadas de su padre anexionadas durante su reinado.
· Castilla, Aragón y todos los demás reinos y condados de España ya unificados en una misma corona a través de su madre Juana. Además de todos los territorios del Nuevo Mundo y los reinos italianos de Nápoles, Cerdeña y Milán, y varias ciudades africanas.
· Los territorios de Austria, Suabia y Franconia, heredados de su abuelo Maximiliano.
· El Franco Condado de su tía Margarita de saboya.

Ninguno de estos territorios se había fusionado o integrado con ningún otro, por lo que su reparto era fácil. De esta forma, que Flandes, Nápoles o España, fueran dadas en herencia a otro rey, a nadie había de extrañar ni molestar. Solo formaban parte del imperio por pertenecer al emperador, y dejarían de serlo, si así lo deseaban, en el momento en que el emperador fuera otro.

El 16 de enero de 1556, se le transferían a Felipe, mediante actas notariales, Castilla, Aragón y Sicilia. Nápoles y Milán ya se le habían transferido con anterioridad. La autoridad de los demás territorios italianos dependientes del Sacro Imperio también le fue transferida, algo que, como le recordó el embajador Perrenot al emperador, era ilegal, pues era Fernando quien ostentaba esa autoridad. Seguramente Carlos ya chocheaba cuando lo hizo, pero Felipe, consciente de ello, nunca incomodó a su tío Fernando haciendo uso de ese privilegio.

En Valladolid, el 28 de marzo de 1556, estando todavía en Flandes, era proclamado rey de España Felipe II. España parecía destinada a ser gobernada por un rey ausente, porque Felipe no volvería hasta 1559. El que sí volvería inmediatamente después de reunirse con Fernando sería Carlos. Quería hablarle de su abdicación como emperador, Fernando le aconsejó que no lo intentara, pues los príncipes electores no lo permitirían. Pero Carlos seguía empeñado en hacerlo. Tal como decía Fernando, los príncipes no aceptaron su renuncia, y en su lugar Carlos delegaba toda su autoridad sobre su hermano. Carlos dejó los Países Bajos el 17 de septiembre de 1556, llegó a Laredo el día 28; su destino era el monasterio de Yuste, en la provincia de Cáceres, donde años atrás había ordenado construir una residencia a la que el llamó “aposentos.” Allí permaneció, por fin, tranquilo el resto de sus días.

El retiro del Emperador

Durante los peores años de su enfermedad, cuando el emperador se dio cuenta de que “tenía la vida muy corta”, envió una comisión a Andalucía y Extremadura en busca de un buen lugar que sirviera para su retiro. En la provincia de Cáceres encontraron un monasterio de la orden de los Jerónimos, cerca del municipio de Cuacos de Yuste que cumplía perfectamente los requisitos exigidos en cuanto a clima y tranquilidad. Inmediatamente comenzaron las obras para construir una residencia junto al monasterio. Cuando Carlos llegó a mediados de noviembre, las obras todavía no se habían terminado y tuvo que pasar tres meses en Jarandilla, un pueblo cerca del monasterio. Allí, el conde de Oropesa tenía una mansión y lo invitó a quedarse hasta que su casa estuviera terminada. Yuste no le era desconocido a Carlos, allí estuvo visitando el monasterio en una ocasión en compañía de su esposa Isabel. Un lugar tranquilo y soleado, al lado de unos monjes que le transmitirían la paz que deseaba.

El emperador parecía contento y se daba algunos paseos y visitaba las obras de vez en cuando. Su “pequeña” residencia de ocho habitaciones contigua al monasterio estaba casi terminada; el 3 de febrero de 1557 pudo por fin mudarse. De Jarandilla vino transportado en litera, apeándose en la puerta de la iglesia, donde lo llevaron en una silla hasta el altar mayor y se cantó un tedeum para darle la bienvenida a su nueva casa. Sin embargo, aquella casa se convirtió en una pequeña corte que llegó a tener hasta sesenta trabajadores y asistentes personales. Su principal ayudante era Luis Quijada y su secretario Martín Gaztelu, que le servían fielmente, pero Quijada nunca estuvo a gusto en aquel lugar y detestaba a los monjes. Decía estar demasiado aislado y se quejaba de que allí no había qué comer y había que estar siempre yendo y viniendo con el calor, la lluvia, el frio y la niebla. Pero era precisamente lo que deseaba Carlos, un lugar aislado, aunque, a pesar de eso, nunca tuvo toda la tranquilidad que cabía esperar.

Por lo visto, recibía a diario demasiadas visitas y además, estaba constantemente en contacto con Felipe por correo. Desde su retiro, Carlos permanecía informado de todo, por lo que, seguramente pudo regocijarse con los logros conseguidos por Felipe en la permanente guerra con Francia. Enrique II iba a recibir el revés más severo que nunca pudiera imaginar, y seguramente hasta su padre, el incordioso Francisco, se removió en la tumba. Tras haber sido invadido el reino de Nápoles por las tropas francesas (habiéndoles facilitado la entrada el papa Pablo IV) comandadas por el duque de Guisa, Felipe ordena a las tropas imperiales que se encontraban en los Países Bajos y a los Tercios españoles de Nápoles invadir Francia. El 10 de agosto de 1557 las tropas francesas avanzan hacia San Quintín, y allí tuvo lugar la gran batalla en la que Felipe obtuvo una rotunda victoria. Como buen hijo de su padre, Enrique no se daba por vencido por más palos que le llovían, y un años más tarde quiso desquitarse del descalabro sufrido en San Quintín. Pidió ayuda a los musulmanes otomanos y alentó a los escoceses para que invadieran Inglaterra. El nuevo enfrentamiento se produjo en Gravelinas, y allí, los franceses sufrieron una nueva y desastrosa derrota. Enrique, humillado, no tuvo más remedio que reconocer la supremacía española y firmar una paz que favorecía los intereses de España. A Enrique no le daría tiempo a dar más porculo, porque moría un año más tarde.

Había dos jóvenes por los que Carlos se preocuparía durante aquellos años. Uno era su nieto Carlos, hijo de Felipe y María de Portugal. El niño tenía diez años, bastante enfermizo, aunque se alegró mucho cuando le dijeron que iría a conocer por fin a su abuelo. El otro joven era un hijo suyo. Carlos había tenido después de la muerte de su esposa Isabel al menos cuatro hijas y un hijo, todos con diferentes mujeres, incluida Germana de Foix, la viuda de su abuelo Fernando, aunque hay quien cree que son habladurías y no hay pruebas de que una tal Isabel fuera hija suya. Juan sí lo era y Carlos lo reconoció como tal. Fue a principios de la década de los cuarenta tuvo como amante a Bárbara Blomberg, hija de unos burgueses de Ratisbona. Poco después de su nacimiento, Bárbara se casaba con Jerónimo Píramo, y es por eso que al niño le llamaron Jerónimo. En 1550, con aproximadamente 5 años (no se sabe exactamente la fecha de nacimiento) Carlos se interesó por el niño y quiso que se criara en España. Fue enviado allí y puesto al cuidado de Luis de Quijada, pidiéndole que guardara el secreto y no rebelara a nadie quién era. Ahora había llegado el momento de encontrarse con el muchacho que ya contaba 11 años.

El 21 de septiembre, a primeras horas de la mañana, moría el Rey del Mundo, aferrado a un crucifijo, el mismo que apretó en sus manos su esposa Isabel al morir. La identidad de Jeromín, así llamaban al muchacho, fue mantenida en secreto aun después del encuentro con su padre, aunque pronto fue un secreto a voces que era hijo suyo. El primero en ser informado oficialmente fue Felipe, el cual recibió un documento junto al testamento de Carlos, en el que le informaba de toda la verdad y le daba instrucciones sobre el cuidado y los privilegios que el muchacho debía recibir. Felipe abrazó al niño y le dijo que era hermano suyo. Luego pensó que el nombre de Jeromín no le quedaba bien, que mejor se llamara Juan, en honor a su hermano fallecido. Desde ese día en adelante sería conocido como don Juan de Austria y llegaría a ser gobernador de los Países Bajos y comandante de la Santa Liga de Estados que infligiría una gran derrota al imperio otomano en la batalla de Lepanto.

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