7

Confusión religiosa en Alemania

«La cuestión religiosa está en tal posición y la confusión de Alemania es tan grande que hay pocas esperanzas de que los protestantes, de común acuerdo, abandonen sus errores y regresen a la comunión de la Iglesia». Es lo que le contaba Carlos a su hijo Felipe en una carta enviada en febrero de 1546. Llegado el verano, las cosas no habían ido a mejor y así se lo hacía saber también a su hermana María: «Todos mis esfuerzos de mi viaje aquí, y la propia conferencia de Ratisbona, han acabado en nada. Los príncipes y electores herejes han decidido no asistir a la Dieta en persona; en verdad están determinados a alzarse en rebelión inmediatamente hasta la completa destrucción de los eclesiásticos. Si vacilamos ahora lo perderemos todo. De este modo hemos decidido, mi hermano y el duque de Baviera, que solo la fuerza les llevará a aceptar unos términos razonables. A menos que emprendamos una acción inmediata todos los estados de Alemania podrían perder su fe, y los Países Bajos podrían seguirlos.»

Durante el verano y toda la segunda mitad del año 1546 se sucedieron los enfrentamientos entre las tropas internacionales del emperador y las de los príncipes protestantes. Vino a confirmarse lo que Carlos ya sospechaba, que la rebelión de los príncipes electores obedecía más a razones políticas que religiosas. El duque Mauricio de Sajonia, por ejemplo, ambicionaba el título y territorio del príncipe elector Juan Federico de Sajonia, y no dudó en pactar y ponerse de parte del emperador. No fue el único; muchos otros hicieron lo mismo, bien por intereses parecidos o por ver cómo entre ellos no se ponían de acuerdo, con la consiguiente ventaja que eso daba al emperador.

Acabado el verano, las fuerzas imperiales tenían aseguradas sus posiciones en el Danubio. En enero de 1547, Fernando avisó a su hermano de que era necesario reforzar el frente en Sajonia. Allí envió Carlos a uno de sus aliados protestantes, Alberto Alcibiades de Brandeburgo, cuyas tropas fueron rechazadas y dispersas por Juan Federico. El emperador mientras tanto, había controlado el centro y el sur, y decidió entonces adentrarse en territorio de Juan Federico. Era ya el mes de abril cuando sus tropas se unieron a las de Fernando.

Las ciudades por donde pasaban las tropas imperiales se iban rindiendo sin apenas presentar resistencia. El emperador, que no podía caminar, se desplazaba a caballo entre sus hombres dándoles ánimos. El 24 de abril trataron de cruzar el río Elba cerca de Mühlberg, pero las fuerzas protestantes habían destruido el único puente disponible y confiaban que el emperador no podría pasar y no les daría alcance. Pero las tropas imperiales estaban sobradas de recursos; la caballería húngara no tardó en construir uno. Mientras tanto, también se había descubierto un vado por el que poder pasar. Cuenta un cronista que «se desnudaron diez arcabuceros españoles, y estos, nadando con las espadas atravesadas en las bocas, llegaron a los dos tercios de puente que los enemigos llevaban el río abajo, porque el otro tercio quedaba el río arriba muy desamparados dellos. Estos arcabuceros llegaron a las barcas, y las ganaron, matando a los que habían quedado dentro, y así las trajeron».

En menos de una hora, todos habían cruzado el río, y antes del anochecer pillaron desprevenidos al enemigo en un bosque. No fue propiamente una batalla. Fue más bien una desbandada. Carlos cuenta los hechos en una carta enviada a España: «Los enemigos comenzaron a desmayar y puestos en huida una hora antes que se pusiese el sol, yendo los nuestros en su alcance toda la noche y parte del día siguiente, matando y hiriendo en ellos hasta no quedar hombre en el campo que hiciese resistencia, tomándoseles su artillería y municiones y carruajes». Juan Federico fue hecho prisionero y llevado ante el emperador. Al pedir ser tratado de acuerdo a su rango, el emperador le contestó que sería tratado según se merecía y fue encerrado en el castillo de Halle. Un mes más tarde, Juan Federico fue declarado culpable de rebelión y sentenciado a muerte. La sentencia fue anulada a condición de renunciar a su cargo de elector. Y cómo no, los territorios y el cargo de elector fueron transferidos al duque Mauricio, que por algo se había aliado con el emperador. Tal como decía Carlos, puros intereses políticos, donde el conflicto religioso era solo una excusa.

Mientras Carlos trataba de solucionar el conflicto religioso en Alemania, desaparecían de Europa dos de los personajes que más directamente habían influido en la vida y política del emperador. En enero de 1547 fallecía su cuñado Enrique VIII de Inglaterra a los 56 años. Había sido buen amigo de Carlos, aunque nunca se fio de él y las relaciones de ambos se enfriaron cuando repudió a su tía Catalina, para acabar rompiéndose con los cambios religiosos en Inglaterra. En cualquier caso, el emperador siempre quiso mantenerse al margen de dichos cambios, hasta el punto de que el papa lo acusó de “favorecer herejes”. Ahora reinaba María Tudor, su prima y antigua prometida.

El 31 de marzo de ese mismo año fallecía Francisco I de Francia, el cuñadísimo, el gran amigo, casi hermano, y a la vez archienemigo de Carlos. Tenía 53 años y murió a causa de una enfermedad venérea. Hoy los franceses solo quieren recordarlo como un monarca emblemático del periodo renacentista, impulsando a Francia en el desarrollo de las artes y las letras. Se valora también mucho su “importante” papel en asuntos europeos, o lo que es lo mismo, se valora el hecho de que no parara de dar por culo constantemente al emperador del Sacro Imperio, por considerar que, de no haber quien le parara lo pies, Carlos V hubiera tenido demasiado poder, algo que, según algunos, no era bueno.
El caso es que, las ambiciones expansivas de Francia nunca llegaron a materializarse, ni durante el reinado de Fernando e Isabel, ni de su nieto Carlos. Siempre estuvo encajonada entre España y el resto de Europa. Quizás, de no haber sido por la cabezonería de este rey bipolar, Milán habría ido a parar a uno de los hijos de Francisco, tal como tenía en mente Carlos, y hoy sería territorio francés. Francia, siendo una potencia militar y económica en aquella época, podría haber llegado a ser mucho más, de haber seguido su rey por el camino de la buena amistad con el emperador, siendo cuñados como eran. Pero Francisco, que llegó al trono de chiripa, prefirió las rabietas y los enfrentamientos contra un gigante con el que quiso jugar a ser “David” aunque su onda apenas acertó a rozarle muy levemente. Pero qué más da todo eso, si era un experto en arte.

Leonor, viuda de Francisco, se retiró de la corte y se marchó a Poitou, una residencia campestre. Tras dieciocho meses allí, decidió marcharse a los Países Bajos para vivir cerca de su hermana. Carlos por su parte, empeoraba de su enfermedad que no lo dejaba levantarse de la cama, y aun así, no dejaba de atender los asuntos del gobierno. Durante ese tiempo estuvo recibiendo a las delegaciones de las ciudades protestantes. El emperador se había propuesto manejar con mucho tacto aquel asunto para que la paz se mantuviera en Alemania. A excepción de los dos príncipes electores que fueron detenidos y despojados de sus cargos, no se tomaron represalias contra nadie más. El ejército fue disuelto y las tropas venidas de otros países se marcharon. El emperador todavía tuvo la precaución de ordenar que fueran respetadas las creencias protestantes y fueran permitidas las misas en las que solo se observaban dos de los siete sacramentos de la iglesia tradicional católica, y la comunión empleando también el vino, además del pan. Todo esto, por supuesto, provisionalmente, ya que era el papa el que debía decidir en su próximo concilio.

La Dieta de Augsburgo no pudo ser presidida por Carlos, que delegó temporalmente esos asuntos en su sobrino Maximiliano, hijo de Fernando. Durante aquellos días tuvo lugar una nueva reunión familiar en Augsburgo, donde se debatieron algunos asuntos y se aprovechó para traer al gran pintor Tiziano, que hizo retratos de Carlos, de Fernando, de María y algunos otros personajes allegados a la corte. Tiziano inmortalizó a Carlos V y contribuyó más, si cabe a engrandecer al emperador, que tras su victoria sobre los rebeldes protestantes, sus múltiples victorias sobre Francisco I y la paz conseguida con los turcos, estaba en la cima de su carrera y era considerado por sus contemporáneos como un auténtico césar. No obstante, era consciente de que todo era transitorio y frágil. Sabía que los turcos volverían más pronto que tarde, y que la paz con los protestantes no se conseguiría solo por la fuerza militar y solo habría una solución definitiva si se trataba con la máxima autoridad de la Iglesia, tal como le contaba a Felipe en una carta: «Después de todos nuestros desvelos y fatigas para traer de vuelta a los herejes alemanes, he llegado a la conclusión de que un concilio general es la única manera».

Por otra parte, Carlos era consciente de su precario estado de salud y se ponía en lo peor. Por eso, quería dejarlo todo atado y bien atado. Lo habló y pidió el parecer de su hermana María durante aquellos días. Quería saber qué le parecía la idea de hacer venir a Felipe a los Países Bajos, para que se fuera familiarizando con aquellas tierras, ya que tenía intención de dejárselas en herencia.

En la primavera de 1548 Felipe, que por entonces tenía 21 años, convocó las Cortes de Castilla donde comunicó su inminente partida. Los castellanos, que ya llevaban seis años sin rey, perdían ahora también a su príncipe, por lo que, fue una noticia muy mal recibida. A principios de aquel año, Carlos había enviado al duque de Alba, no solo para comunicar a Felipe que su padre quería que viajara a los Países Bajos y a Alemania, sino que el duque traía un extenso documento con una serie de instrucciones, cuyo encabezado decía: Aviso o instrucciones para el príncipe, en el que se aborda en detalle todas las áreas de la política europea y los asuntos de la iglesia, inspirado por el amor fraternal que os tengo. En el documento, que Felipe tuvo que estudiar a conciencia, Carlos pretendía que su hijo estuviera bien preparado para ser presentado en sociedad ante los príncipes europeos. Y para ello, quiso también que se fuera familiarizando con los protocolos en uso en la corte de Borgoña, mucho más sofisticados, según el emperador, que los protocolos españoles. Los nuevos ceremoniales fueron inaugurados en la corte española, a pesar de la falta de entusiasmos de los cortesanos, el 15 de agosto de 1548 coincidiendo con las celebraciones de la fiesta de la Asunción.

«Si las ausencias de sus príncipes van adelante, estos reinos quedarán mucho más pobres y perdidos que lo están». Es lo que habían declarado los castellanos al saber que Felipe se marchaba también. Carlos, que había previsto la reacción, ya había dispuesto que Maximiliano, el hijo mayor de Fernando, viajara a España en sustitución de Felipe y se hiciera cargo de la regencia del país. No habría problemas de comunicación, Maximiliano hablaba perfectamente español, alemán, francés y tenía nociones de otras lenguas. El 2 de octubre, Felipe partía de Valladolid hacia Barcelona, y el 2 de noviembre, una flota de 58 galeras ponía rumbo a Génova, donde Felipe sería huésped de Andrea Doria durante más de dos semanas. El 19 de diciembre entraron en Milán y fue recibido a lo grande por el duque de Saboya. Recordemos que Felipe era duque de Milán, título cedido por su padre. Allí permaneció 19 días; celebrando las navidades y el año nuevo entre visitas, banquetes y festejos. Durante su estancia pudo encontrarse con Tiziano, al cual encargó varios retratos.

El viaje se reanudó el 7 de enero de 1549 ascendieron por el valle del río Adigio hasta salir de Italia y adentrarse en territorio del Sacro Imperio. El día 24 llegaron a Trento, allí fue recibido por los cardenales de Trento y Augsburgo, y por el recién nombrado príncipe elector de Sajonia, Mauricio. Poco después de conocerlo, Mauricio, que a pesar de ser protestante se alió con el emperador para derrocar a Juan Federico, ocupar su puesto como príncipe elector y hacerse con sus tierras, le pedía un favor: que intercediera por su suegro, el landgrave Felipe de Hesse. Este landgrave (título nobiliario similar a conde) fue encarcelado después de crear, junto a Juan Federico, la Liga de Esmalcalda y conspirar contra el emperador. Felipe prometió intentarlo, pero le advirtió que no podía intervenir en las decisiones de su padre.

Las calles de Trento se encontraban adornadas con arcos triunfales, no por la llegada del príncipe Felipe, sino porque en aquellos días debían estar celebrándose allí las sesiones del Concilio de la Iglesia. Pero un brote de peste los hizo trasladarse a Bolonia. Sin embargo, la comitiva que acompañaba a Felipe no hizo caso a las recomendaciones del pontífice y declararon que la ciudad era segura. De haber estado allí Fernando Simón, hasta él le hubiera recomendado a su hijo que podía viajar a Trento a saludar al príncipe. Durante los días que Felipe permaneció allí, como era costumbre en cada ciudad donde era recibido, se celebraban grandes fiestas y banquetes. Se habla de fiestas con bailes donde Felipe debía sacar a bailar a la dama más hermosa, y de bailes de máscaras que duraban hasta el amanecer. Y sin guardar la distancia de seguridad. De haber existido los p c rs, a saber cuántos contagiados hubieran salido de allí.

En abril llegaron a Múnich. Recibimiento por parte del duque de Baviera. Más banquetes, más fiestas. Días de caza alrededor de la ciudad. Los cronistas informaban los días felices que estaba pasando el príncipe: «Durante todos esos entretenimientos, Su Alteza estuvo tan contento, relajado y sociable como si comprendiera la lengua alemana; en consecuencia, todo el mundo quedó encantado, y por encima de todos la hija del duque».

El 21 de febrero, después de dejar Múnich, entraban en Augsburgo. Felipe sentía una sensación extraña en aquella ciudad, solo por el hecho de saber que estaba llena de herejes. Su padre había hecho posible la convivencia entre católicos y protestantes, sin embargo, aquello era algo nuevo para él, y no le gustaba. Como tampoco le gustaba saber que aquel palacio majestuoso que tenía ante él pertenecía a la familia Fugger, unos financieros que se habían enriquecido prestando dinero a su padre. Bienvenido al mundo real, pequeño Felipe.

El viaje de Felipe continuó por territorios luteranos y en todas partes era recibido con muestras de júbilo. Quedó sorprendido en la ciudad de Heidelberg, capital del Palatinado. La ciudad está construida en una colina rodeada de bosques, por donde cruza el río Neckar. Por entonces Heidelberg era todavía católica, pero estaba rodeada por ciudades luteranas. Allí pasó cuatro días entre bailes y banquetes, donde según los cronistas se sentía feliz, a la vez que los alemanes se sentían satisfechos por tener entre ellos a un príncipe que lo pasaba bien y se adaptaba a «muchas cosas y costumbres». El propio Felipe escribiría contando sus experiencias: «he sido muy bien recibido por todos estos príncipes y ciudades de Alemania y con mucha demostración de amor».

Era hora ya de marchar hacia los Países Bajos, donde su padre y sus tías lo esperaban. El 21 de marzo llegaban a Luxemburgo. Carlos estaba en Bruselas desde septiembre del pasado año. Allí pasaba los días descansando y recuperándose de sus últimos ataques de gota, pero sin dejar de atender los asuntos políticos más importantes. Ya podía dar largos paseos y de vez en cuando también se atrevía a salir de caza. Era ya finales de marzo y Felipe estaba a punto de llegar. Su tía María se encargó de organizarle una gran bienvenida. El 1 de abril de 1549 Felipe hizo una entrada triunfal en Bruselas a lomos de su caballo acompañado de 1.600 jinetes.

Las calles estaban ornamentadas con arcos triunfales e iluminadas por antorchas, y un gran gentío que se calcula en unas 50.000 personas salieron a darle la bienvenida al hijo del emperador. Al final del recorrido Felipe fue recibido formalmente por sus tías, María, reina de Hungría y gobernadora de los Países bajos, y Leonor, reina de Francia. Las dos acompañaron a Felipe hasta donde le esperaba el emperador. Padre e hijo se fundieron en un abrazo, hacía seis años que no se veían.

Carlos no se encontraba bien, por eso Felipe no quiso salir de Bruselas durante más de tres meses. El embajador francés describía su estado: «los ojos cansados, la boca pálida, el rostro más muerto que vivo, su voz era débil, su aliento corto y su espalda arqueada». Aun así, el emperador quiso hacer agradable la estancia de su hijo: «Durante todo ese período hubo grandes celebraciones, banquetes, bailes, elegantes máscaras, partidas de caza y torneos». Durante estas celebraciones, Felipe pudo conocer a mucha gente que más tarde desempeñarían un importante papel en su política. Y por supuesto, hubo un buen grupito de bellas damas que se sentían atraídas por él en cada fiesta.

No todo eran fiestas y diversión, Felipe era llamado a diario por su padre, que durante varias horas lo instruía personalmente. El 12 de julio salieron de Bruselas juntos a recorrer las provincias. El propósito era el juramento de Felipe en cada una de las provincias para ser reconocido heredero de ellas, tal como había hecho en España. En cada ciudad de los Países Bajos, el emperador, su hijo y María, que también los acompañaba, eran recibidos con grandes celebraciones. Las provincias del sur fueron recorridas en julio y agosto, para reanudar la gira de las demás provincias en septiembre.

El último día que Felipe pasó en Bruselas fue un día de despedidas. Fueron muchos los amigos que hizo durante su estancia y por la noche, cómo no podía ser de otra manera, hubo fiestas. «Esa noche Su Alteza no se acostó. Permaneció en la plaza principal, conversando con las damas sentadas en sus ventanas. Unos pocos caballeros, jóvenes e incluso algunos mayores, lo acompañaron. La conversación versó sobre el amor, se contaron historias, hubo lágrimas, suspiros, risas, chanzas. Hubo baile a la luz de la luna al son de las orquestas que tocaron toda la noche».

Iniciaron el emperador y su hijo un viaje hacia Aquisgrán, Colonia y Bonn, donde se embarcaron y navegaron por el Rin, mientras Carlos se relajaba y dictaba sus memorias a sus secretarios. Llegaron a Maguncia, donde se alojaron como invitados del arzobispo y finalmente, el 8 de julio de 1550 llegaron a su destino: Augsburgo, donde fue convocada la Dieta Imperial, a la que asistiría por primera vez Felipe. Fue una gran experiencia para el príncipe, que pudo observar de primera mano las discusiones entre protestantes y católicos, tolerados entre sí por haberlo decretado su padre.

Carlos V se encontraba en aquellos momentos, sin duda, en lo más alto de su carrera política, era el rey del mundo. Sentía, no obstante, que no había conseguido todo lo que se había propuesto hacer. Una vida es muy poco para ser emperador. En cualquier caso, era suficiente como para dejar un buen legado a su sucesor. Y de eso precisamente estaba interesado en hablar con la familia. Carlos no solo quería dejar en herencia a Felipe los Países Bajos, sino también Alemania. Para lograrlo necesitaba el apoyo de toda la familia, y eso iba a ser prácticamente imposible. Era septiembre de 1550 cuando se reunieron en Augsburgo. A lo largo de los años, Carlos había ido consolidando el control sobre Austria y Bohemia, territorios heredados de los Habsburgo, y las había puesto en manos de Fernando. Nunca había tenido reparos en compartir el poder con sus hermanos. Sin embargo, ahora quería que todo fuera a parar a Felipe.

No olvidemos que Fernando había sido elegido Rey de Romanos en 1531, lo cual significaba que sería el sucesor de Carlos. Los príncipes electores, en aquellos momentos se decantaban porque el siguiente Rey de Romanos fuera Maximiliano y no Felipe. María era partidaria de Felipe, y entonces, Fernando hizo llamar a Maximiliano, que hacía de regente en España. Carlos y Fernando llegaron a enfrentarse en fuertes discusiones y así pasaron varios meses. Siendo como eran los emperadores elegidos por los príncipes electores, podría parecer que aquellas discusiones eran inútiles, pero no olvidemos que estos electores eran fácilmente manipulables y susceptibles de cambiar de opinión.
Finalmente, Carlos se impuso, y a regañadientes todos firmaron un acuerdo en el cual se declaraba que Felipe sería el siguiente después de Fernando y Maximiliano quedaba relegado al último lugar. Ni Fernando ni Maximiliano estaban dispuestos a respetar lo formado, pero al menos de momento todo quedaba en calma. En mayo de 1551 Felipe se preparaba para regresar a España cuando recibió una carta de Mauricio de Sajonia deseándole buen viaje. La carta no era más que una excusa para recordarle el favor que le pidió cuando lo tuvo como huésped: que intercediera por la liberación de su suegro Felipe de Hesse. Felipe le contestó que lo había intentado pero que de momento no había conseguido nada, además de agradecerle lo bien tratado que se había sentido en su compañía.

Felipe regresó a España, Carlos se quedó en Alemania cada vez más enfermo; y mientras tanto, en Italia estallaba un nuevo conflicto. De nuevo los franceses se ponían en pie de guerra, el fantasma de Francisco volvía a cabalgar; esta vez era su hijo, Enrique II, que odiaba a Carlos con más fuerzas que su padre desde que estuvo como rehén en Madrid. Las fuerzas acuarteladas en Milán consiguieron extinguir el conflicto y se llegó a un acuerdo de paz momentáneo, pero la cosa iría a más, pues Enrique tenía un aliado inesperado, un traidor que durante años se había ganado la confianza del emperador y en aquellos precisos momentos estaba a cargo del ejército imperial: Mauricio de Sajonia.

Lo cierto es que, aunque traicionó al emperador, Mauricio tenía sus razones para levantarse en armas. Mauricio era de firmes creencias luteranas, y aunque hasta el momento había sido fiel a Carlos, su paciencia llegó al límite después de haber agotado todas las vías diplomáticas para que a los protestantes no se les negara la entrada a los concilios o para que su suegro Felipe de Hesse fuera excarcelado. En cualquier caso, fue un golpe bajo para el emperador, que veía cómo sus esfuerzos para mantener la paz se venían abajo, y más en un momento en el que ni siquiera podía valerse por sí mismo.

Páginas: 1 2 3 4 5 6 7 8

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *