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No tuvo tiempo el emperador de lamentarse por el desastre de Argel, pues nada más llegar a España se dio cuenta de que su apretada agenda le esperaba dispuesta a ocupar cada instante de su vida. No obstante, aquella impotencia de ver cómo los musulmanes se organizaban en las tierras conquistadas al desaparecido imperio bizantino y se empeñaban en atacar con la pretensión de entrar en Europa, no dejaban de preocupar al emperador, que años más tarde le comentaba al papa lo siguiente: «Estoy empezando a temer que Dios pretenda que todos nosotros nos convirtamos en musulmanes; ¡pero ciertamente pospondré mi conversión hasta el último momento!”».

Para antes de acabar el año 1541, Carlos comenzó una gira que lo llevaría hasta Cartagena, Ocaña, Toledo, para acabar con una visita a su madre en Tordesillas en enero del nuevo año. Esta vez le había sido imposible hacerlo por navidad, pero aun así, no quiso dejar pasar la oportunidad de estar unos días con ella, pues siempre que la dejaba, nunca sabía cuándo tendría la oportunidad de verla de nuevo. Todavía no sospechaba que no habría una próxima vez. Inmediatamente después, marchó a Valladolid, donde las Cortes se reunirían en asamblea.

Durante la primera reunión, los asistentes intentaron infundir ánimo a Carlos agradeciéndole los esfuerzos realizados en Argelia a pesar de la mala suerte sufrida por la flota, aunque aprovecharon la oportunidad para hacerle ver, muy sutilmente, que el peligro norteafricano era una buena razón para no abandonar España. Carlos, que no tenía ganas de dar explicaciones, les dio la razón, para que diera comienzo la asamblea sin más cháchara. La buena noticia llegó cuando se aprobaron 400.000 ducados anuales durante tres años para garantizar la defensa de España contra los moros. Las sesiones de las Cortes se alargaron hasta el 4 de abril, lo cual nos da una idea de los numerosísimos asuntos que el emperador tenía pendientes.

Acabada la asamblea, el emperador emprendería otro viaje de gran importancia que lo llevaría por los históricos reinos de España, con el fin de que el heredero a la corona (ahora ya una sola) fuera reconocido y jurado por todos ellos. El itinerario incluía Burgos, Navarra y los territorios correspondientes a la Corona de Aragón: Valencia, Cataluña y el propio Aragón. En este viaje no podía faltar, por supuesto, el príncipe Felipe. Era costumbre que el heredero visitara estas regiones, donde debía jurar las libertades, fueros y costumbres, para luego ser reconocido por las autoridades competentes.

Estando reunido en Cortes en Monzón, Carlos recibió la fatal noticia de que Francisco, su cuñado francés, le declaraba la guerra. Otra vez. ¿Qué excusa había buscado ahora el Neuronas bipolares? Pues… rebuscando un poco, encontró la siguiente: el año anterior, un embajador suyo había sido asesinado por nadie sabe quién, pero Francisco decidió que el asesino había sido el gobernador de Milán nombrado por Carlos, el marqués del Vasto. De esta manera, el Neuronas ya tenía la excusa perfecta para armar otra gran fiesta: «a consecuencia del gran, execrable e inusual trato inhumano empleado por el emperador contra el rey y sus embajadores». El francés no solo declaró la guerra a Carlos, sino que se alió con los turcos para ir conjuntamente contra España, la casa de Austria, y en definitiva, contra todo el imperio.

Para empezar, el Neuronas reclamaba los condados del Rosellón y la Cerdaña, aquellos que tanto esfuerzo les costó recuperar a Fernando el Católico. Carlos ordenó inmediatamente reforzar las defensas pirenaicas. Pero su cuñado no se amilanó y puso cerco a Perpiñán. El duque de Alba se dirigió hacia allí en julio, a la vez que Andrea Doria llegaba con una flota que transportaba seis mil soldados alemanes. Pocas semanas después, los franceses se tenían que retirar.

Mientras tanto Carlos llegaba a Barcelona el 16 de octubre. El príncipe Felipe debía hacer una solemne entrada, pero se anticipó un día y tuvo que pernoctar aquella noche en un convento en las afueras. Aquella tarde, a Felipe se le ocurrió la idea de visitar Barcelona de incógnito, y haciéndose acompañar por algunos guardias se fue a «conocer los divertimentos que ofrecía la ciudad por la noche.» Luego regresó al convento, y a la tarde siguiente hizo su entrada oficial y se celebró la ceremonia de juramentos y reconocimientos. Durante el día 9 tuvieron lugar homenajes y festejos. Entre las autoridades presentes se encontraba (no podía faltar) el virrey de Cataluña, Francisco de Borja, que por lo visto, era buen amigo del emperador.

Borja ejercía como virrey desde 1539 y durante esos días tuvieron conversaciones muy íntimas. Carlos seguía estando muy afectado por la muerte de su amada esposa. Los múltiples asuntos y los constantes viajes lo mantenían con la mente apartada de su pena, pero al mismo tiempo le provocaban cada vez más estrés. Cuando estaba fuera, solo sus hijos mantenían la ilusión de volver a España, pero una vez aquí el recuerdo de Isabel estaba más presente y su pena aumentaba. Carlos anhelaba cada vez más dejarlo todo y retirarse a una vida religiosa donde esperaba encontrar la paz. Se cree que su fracaso en Argelia fue interpretado como una señal divina. Quizás ahora que Felipe había sido reconocido como su sucesor en España era el momento para dar el paso. Todo esto se lo contaba en confianza a Borja, que era de su misma opinión. De hecho, el virrey de Cataluña cumpliría su deseo al año siguiente, dejando su cargo y tomando los votos a la muerte de su esposa.

De momento, el anhelo de Carlos debía esperar. Tras los festejos en Cataluña acompañaría a su hijo hasta Valencia, donde debía repetirse todo el ceremonial antes de regresar a Castilla. Con todo esto, se encajó la navidad de 1542. Felipe tenía ya 16 años y su padre iba a anunciar su boda con la princesa María de Portugal. Felipe era ya todo un hombre y él podía partir tranquilo. Nadie esperaba esta noticia. Cuando todos esperaban que se quedara por mucho más tiempo del habitual, Carlos dejaba a Felipe a cargo de todo y salía de España para estar ausente nada menos que catorce años.

Felipe no quedaba desamparado. Junto a él habría tres hombres que contaban con la confianza del emperador. Juan de Tavera, arzobispo de Toledo, Francisco de Cobos y el duque de Alba. A su lado estaría también su tutor Juan de Zúñiga, en cuyas manos quedarían unos documentos escritos por Carlos en persona, para que su hijo fuera instruido debidamente en los quehaceres del reino. En uno de ellos le explicaba «la manera que en el gobierno de vuestra persona como en el de los negocios en general os habéis de guiar y gobernar.» (Se mantiene la ortografía original, salvo algunas palabras que se han corregido para su fácil lectura y entendimiento.)

«Tener siempre a Dios delante de vuestros ojos»; y «ser sujeto a todo buen consejo». «Nunca permitais que heregías entren en vuestros reinos; favoreced la Santa Inquisición… y por cosas del mundo no hagais cosa que sea en su ofensa». En referencia a algún supuesto caso de corrupción entre sus ministros, Carlos le pedía contundencia, ser siempre «muy justiciero», «en todo muy templado y moderado. Guardaos de ser furioso, y con la furia nunca executeis nada», «guardar mucho la libertad entre todos para que sus botos sean libres». Sabiendo el emperador que cada reino peninsular era diferente en su forma de pensar y de ver las cosas, le advertía que debía tratar de forma diferente a unos y a otros, «porque más presto podriades errar en esta gobernación (la de Aragón) que en la de Castilla». Sobre las audiencias, «también aveis de tener horas para ser entre la jente visto y platicado».

Una de las preocupaciones de Carlos era la de los estudios de Felipe, pues bien sabía que su hijo era vago y descuidado en este aspecto. «Como os dixe en Madrid, no aveis de pensar quel estudio os hará alargar la niñez». «El ser hombre temprano no está en pensar ni quererlo ser, ni en ser grande de cuerpo, sino solo en tener juicio y saber con qué se hagan las obras de hombre, y de hombre sabio, cuerdo, bueno y honrado. Y para esto es muy necesario a todos el estudio y buenos ejemplos y pláticas». Y puesto que iba a ser el gobernante de muchas gentes, le aconsejaba aplicarse en aprender «la lengua latina» para poder entenderse con ellos. «Ni sería malo también saber algo de la francesa».

No quiso pasar por alto Carlos algo tan importante como su paso de niño a hombre. En el gobierno del reino iba a estar forzosamente rodeado de personas mayores, tal como él lo estuvo con su misma edad. Más valía que se fuera acostumbrando cuanto antes. «Hasta agora todo vuestro acompañamiento han sido niños… daquí adelante no aveis de allegarlos a vos». «Vuestro acompañamiento principal ha de ser de hombres viejos y de otros de edad razonable».
«Presto os casareys», le decía, previniéndole de las consecuencias. ¿Qué consecuencias? Las del exceso. Era de creencia generalizada que su difunto tío, el príncipe Juan, había muerto agotado, por un exceso de relaciones sexuales, recién casado con Margarita. ¿Se sentiría Margarita alguna vez culpable, con la sensación de haberse cargado a su esposo? Carlos temía que a su hijo le ocurriera lo mismo, y por las recomendaciones que le daba, da a entender que él mismo fue muy comedido con este tema. «Eso suele ser dañoso, asy para el crecer del cuerpo como para darle fuerzas. Muchas vezes pone tanta flaqueza que quita la vida.» «Apartaros della (de su esposa) lo más que fuere posible». Cuando estuviera con ella que fuera «por poco tiempo», para acabar aconsejándole que una vez casado le fuera siempre fiel y nunca fuera con otras mujeres.

Otros documentos eran de carácter secreto, pidiéndole guardarlos «debaxo de vuestra llave sin que vuestra mujer ny otra persona la vea». ¿Qué dejó escrito Carlos en esos documentos? Eran instrucciones y consejos, donde se prevenía a Felipe de posibles personas no deseables dentro de la administración. Y esas personas tenían nombres y apellidos. «Ya se os acordará de lo que os dije de las pasiones, parcialidades y casi bandos que se hacían o están hechos entre mis criados». Le hacía saber que tanto el arzobispo Tavera como Francisco de Cobos eran cabecillas de esas facciones. ¿Por qué los había puesto entonces junto a Felipe? Su mismo padre le daba la explicación: «Aunque ellos son las cabezas del vando, todavía los quise juntar porque no quedassedes solo en manos del uno dellos». «Antes tratar los negocios con muchos y no os atéys a uno sólo». El emperador no solo ponía en práctica el dicho de: “al enemigo mejor tenerlo cerca”, sino la fórmula romana de no dejar el gobierno en manos de un solo cónsul. Dos mejor que uno.

El duque de Alba, el tercer hombre de confianza que Carlos puso junto a Felipe, también se llevó su repaso: «él pretende grandes cosas y crecer todo lo que pudiere, aunque entró santiguándose muy humilde y recogido; de ponerle a él ni a otros grandes muy adentro en la governación os haveis de guardar, porque después os costará caro». Sin embargo, aunque codicioso y con muchos enemigos, Carlos sabía el buen servicio que el duque le prestaba en cuanto a asuntos de guerra: «es el mejor que hagora tenemos en estos reynos». El emperador acaba sus cartas pidiéndole a su hijo que se encomiende a Dios, para que, entre ambos, él de viaje y Felipe al frente de España, lleven a buen término sus proyectos.

La importancia de estar bien comunicados

El día 1 de mayo de 1543, el emperador partía del puerto de Barcelona con una flota de cincuenta y siete galeras capitaneadas por Andrea Doria rumbo a Italia. En la tarde del 25 de mayo, después de hacer algunas paradas en otras ciudades costeras debido al mal tiempo, la flota del emperador entró en el puerto de Génova. No podía Carlos pasar por Italia sin hacer la correspondiente visita al papa, que salió a saludarlo con todo su séquito de cardenales, moratones y hematomas. Pablo III y el emperador mantuvieron una charla privada, seguramente concerniente a la alianza entre Francisco y los turcos. No tardó mucho esta vez en reanudar su viaje, para dirigirse a Trento, donde se hacían los preparativos para celebrar un concilio. Luego se dirigió a Innsbruck.

Estando ya en Austria, Carlos fue informado de que la flota de Barbarroja había sido vista navegando por el Mediterráneo hasta recalar en Marsella, donde el rey francés le había dado cobijo. Acto seguido Carlos mandó un correo avisando a Barcelona de que su puerto podía correr peligro. Bueno sería saber cómo funcionaban los correos en aquella época, pues fue precisamente Carlos quien impulsó el desarrollo de toda una compleja red de mensajería que comunicaba cada rincón del imperio.

Hemos visto muchas veces en cine y televisión a esos mensajeros que salían a toda velocidad con su caballo, picando espuelas para llevar un mensaje urgente; cómo los jinetes tienen sus bases donde cambiaban de caballo, dejando el que llevaba ya muchos kilómetros recorridos para montar a otro más fresco; cuando no cambiaban caballo y jinete, pasando el correo de uno a otro mensajero. Todo eso estaba muy bien, pero en un país medianamente civilizado como era España o cualquier otro de los que abandonaban definitivamente la edad media para entrar de lleno en la edad moderna, necesitaban de un sistema de comunicaciones mucho más sofisticado. Y si un país necesitaba de estos servicios, cuánto más los iban a necesitar un imperio que abarcaba toda Europa.

El servicio de correos más parecido, en lo que a su organización se refiere, al que conocemos hoy día, tuvo su origen en Bruselas, cuando entró como administrador de correos Francisco de Tassis, de origen italiano. En 1450, Tassis ya había transformado el sistema y organizaba enlaces entre Viena, Italia y Bruselas. A partir de ese momento, las comunicaciones iban a adquirir una sofisticación e importancia nunca vista. El sistema llegaría a España de la mano de Felipe el hermoso, que en su fugaz reinado de dieciocho días, le dio tiempo a conceder a dedo cuantos monopolios le dio la gana. Quizás la mejor concesión que hizo fue la del servicio de correos a la familia Tassis, que en realidad se escribía Tassos, pero que cambiaron su apellido en los Países Bajos. En Alemania, sin embargo, se escribía Taxis, y hay quien piensa que el servicio de taxis actual se vino a llamar así inspirándose y homenajeando el apellido de esta familia, aunque es más probable que taxi venga de taxímetro (taxi significa en griego tasa, la cantidad a cobrar). Pero quién sabe si se aprovechó esta coincidencia para ponerle el nombre al otro gran servicio de comunicaciones que nació, tal como lo conocemos hoy, a principios del siglo XX.

A la llegada de Carlos al trono de España no dudó en confirmar a los Taxis para que siguieran con el monopolio, con la idea de extender el servicio a toda Europa. El emperador no sabía cuándo y dónde podría encontrarse en determinado momento, y necesitaba un buen sistema de comunicaciones. Esto desembocó en protestas por parte de los que siempre habían abogado porque no se hicieran concesiones a extranjeros, y menos de un calibre tan importante. Sin embargo, Carlos no estaba dispuesto a ceder esta vez, pues lo que primaba era la calidad del servicio, y la familia Taxis tenía ya una larga experiencia de más de setenta años. Los Taxis tenían los medios necesarios para llevar a cabo las exigencias del emperador. ¿Alguien de los que airadamente protestaban tenía una oferta mejor? Al final tuvieron que dar la razón al emperador y el proyecto quedó en manos de los Taxis.

La alianza franco-musulmana

La alianza entre el rey de Francia y los musulmanes fue un escándalo que levantó airadas protestas en toda Europa. Poco le importaba a Francisco que lo acusaran de hereje si a cambio conseguía sus propósitos. En agosto de 1543 las flotas aliadas sitiaron el puerto de Niza. Los duques de Saboya y del Vasto acudieron en ayuda de la ciudad con tropas traídas desde Milán. El ejército y la flota franco-turca tuvo que levantar en asedio y retirarse. Aquel invierno lo pasarían resguardados en el puerto de Tolón, desde donde no pararían de molestar los territorios imperiales cercanos.

Una vez solucionado el asedio de Niza, la preocupación del emperador ahora se centraba en los Países Bajos, donde el duque Guillermo de Cleves se había puesto de parte de los franceses. Un enorme ejército de 40.000 soldados se puso en marcha y descendieron en barcos por el Rin. En agosto de 1543, la fortaleza del duque rebelde fue asaltada y quemada. Un mes más tarde, el duque de Cleves se arrodillaba y pedía perdón ante el emperador. Carlos lo perdonó y no lo despojó de la totalidad de sus títulos, pero hubo de ceder las provincias de Güeldres y Zutphen a la casa de Austria. Por aquellos días, Carlos sufrió un ataque de gota que no lo dejaba caminar si no era apoyándose en alguien, un mal que no dejaría de acompañarlo ya durante toda su vida.

María Manuela de Portugal

Ese invierno de 1543 se casaba Felipe con la princesa María Manuela de Portugal. Ambos tenían 17 años. El lunes 12 de noviembre, Felipe entraba en Salamanca. Horas más tarde llegaba la princesa. Cuentan una anécdota que dice que Felipe se disfrazó para asomarse a un balcón y poder verla pasar sin ser reconocido. Pero alguien le dijo a María que aquel que la miraba con tanta curiosidad era el príncipe, y ella, ruborizada se cubrió la cara con su abanico. Pero el bufón que la acompañaba, le arrebató el abanico, quedando su rostro al descubierto, pudiendo así Felipe contemplar cuan bella era la princesa destinada a ser su esposa. Aquel mismo día la pareja fue desposada por el cardenal Tavera. Tras las celebraciones, los recién casados partieron para Valladolid. De camino, quisieron parar en Tordesillas para visitar a la reina Juana, abuela de ambos, que se alegró mucho de verlos. Dicen que quiso que sus nietos bailaran para ella. Carlos, mientras tanto, iba siendo puntualmente informado de los acontecimientos. Sin duda estaba satisfecho, pues todo iba discurriendo según lo previsto.

No obstante, apenas pudo valerse por sí mismo, y aunque su hermana intentó disuadirlo, Carlos se puso al frente de un ejército que se dirigió a la frontera entre los Países Bajos y Francia. Allí los franceses, tal como venía temiéndose María hacía tiempo, habían iniciado ataques y se habían hecho con algunas ciudades. Carlos no solo las recuperó, sino que ocupó la ciudad francesa de Cambrai que, por su importancia estratégica, decidió anexionarla a su país natal.

El 2 de enero de 1544 apenas se hubo recuperado, Carlos abandonó Bruselas acompañado de su hermana María. El 1 de febrero llegaron a Espira donde se encontraron con Fernando para programar una dieta que se celebraría el día 20 de aquel mes. En un largo discurso, el emperador trató de transmitir el mensaje de que la paz era posible si todos se unían contra la amenaza turca, y ahora también la amenaza francesa que no había dudado en aliarse con los infieles. Todos allí estaban al corriente de la bienvenida dada en Marsella a Barbarroja, del cobijo dado a la flota turca en Tolón y del ataque y asedio a Niza. Por tanto, nadie objetó nada. El problema iba a ser poner de acuerdo a católicos y protestantes. Sin embargo, ante la promesa de suspender los decretos en contra de los líderes protestantes de la Liga de Esmalcalda y de que en el futuro tendrían igualdad de derechos en las elecciones al Consejo Imperial, no fue difícil convencerlos para que se aprobaran unos presupuestos que permitirían reclutar a 20.000 soldados y 4.000 jinetes con sus correspondientes caballos.

Las generosas concesiones hechas a los protestantes suscitaron las correspondientes protestas del papa. Carlos lo tenía claro y contestó que lo verdaderamente importante era conseguir la paz en Alemania, porque solo así habría unidad para combatir la amenaza turca. Tendría que darle la razón el papa cuando vio cercana la amenaza de Francisco al invadir Lombardía. El rey francés iba a tener la satisfacción de vencer a las tropas imperiales muy cerca de Turín. En otoño de 1544, la alegría de Francisco se tornaría amargura. Los comandantes del emperador avanzaron por toda Francia hasta llegar a las puertas de París. Francisco, desesperado ante la amenaza imperial se puso enfermo. Solo Leonor logró consolarlo y lo convenció para negociar la paz con su hermano.

Francisco I de Francia se vio obligado a firmar la paz (por enésima vez) en unas condiciones claramente desfavorables. Francia renunciaba a sus pretensiones sobre Nápoles, Milán, las ciudades de los Países Bajos… en fin, lo de siempre. Los notarios se sabrían de memoria la lista de todos los territorios a los que Francisco renunciaba. Por su parte, Carlos, esta vez, cansado ya del carcamal de su cuñado, apenas hizo concesión alguna. El tratado era más una exigencia que una negociación; y por eso, tres meses más tarde, el emperador recibió una queja formal de parte del delfín de Francia, el príncipe heredero Enrique, el que estuvo como rehén de Carlos en Madrid, quejándose de los términos abusivos del tratado. No había sucedido todavía a su padre, y el príncipe, más que delfín parecía ya un gallito.

Leonor, que siempre había estado muy unida a Carlos, perecía estar entre la espada y la pared. Por una parte, no le quedaba otra que conformarse con la cabezonería de su esposo de estar declarándole la guerra una y otra vez al emperador, y por otra, tenía la obligación de intentar ponerlos de acuerdo, de contentar a su hermano. Por eso quiso viajar a Bruselas a encontrase con él y con Fernando. Todos ellos celebraron el feliz encuentro. Hubo incluso festejos para celebrar la paz. Fueron días felices para ellos y para el pueblo alemán, que disfrutaba también de paz entre católicos y protestantes. Fernando por su parte, como rey de Hungría, conseguía un acuerdo con los turcos, evitándose así una nueva guerra. Demasiada calma.

Aquella felicidad se vería enturbiada por una triste noticia. Aquel verano de 1545, María, la esposa de Felipe, se ponía de parto y daba a luz un hijo varón el 8 de julio en Valladolid, al que pusieron de nombre Carlos, pero pocos días después la madre moría. Solo llevaban casados un año y ocho meses. No le dio tiempo a ser reina de España.
Carlos volvería a padecer nuevos ataques de gota. Esta vez más fuertes, que le impedían mover piernas y manos. Por lo visto Carlos no llevaba una dieta demasiado saludable y no hacía caso a las recomendaciones de sus médicos, tal como escribió el embajador veneciano Bernardo Navajero: «El emperador come en abundancia; quizá más de lo que es conveniente para su salud, considerando su constitución y hábitos de ejercicio. Ingiere una clase de comida de donde surgen las dos indisposiciones que le atormentan; a saber, la gota y el asma. Intenta mitigar esos desórdenes con ayunos parciales durante la tarde, pero los médicos dicen que sería mejor si dividiera los alimentos del día en dos comidas regulares. Cuando su majestad se encuentra bien, piensa que nunca caerá enfermo, y hace muy poco caso de los consejos de su médico; pero en cuanto vuelve a caer indispuesto, hace cualquier cosa para poder recobrarse.»
Incluso bromeaba con su estado de salud, como cuando comentaba a los embajadores franceses entre risas: «¡Cómo pensáis que podría violar alguna vez el tratado, cuando ni siquiera tengo fuerzas en mi mano para firmarlo, de tanto como me afecta la gota!». No era un buen momento para quedarse inmovilizado, pues las cosas volvían a ponerse tensas con los protestantes. La Liga de Esmalcalda se sentía humillada ante la decisión del papa de no dejarlos participar en el Concilio de Trento. Las cosas habían marchado medianamente bien mientras Carlos pudo hacer de mediador. La Liga había proporcionado fondos para hacer frente a la amenaza francesa y ahora estaban colaborando para luchar contra los turcos en caso de ser necesario, pero el desprecio de que fueron objeto por parte del papa venía a enturbiarlo todo.

El emperador no estaba dispuesto a quedarse en la cama y pidió ser transportado en litera allá donde fuera requerida su presencia. En enero de 1546, estando en los Países Bajos, se reunieron en la catedral de Utrecht los caballeros de la Orden del Toisón de Oro, a la que el emperador acudió en litera. Una parte de cada sesión la dedicaban al análisis de la conducta moral y política de cada caballero. El emperador no se libraría de este análisis y fue reprendido por exponerse demasiado al peligro de la guerra, donde frecuentemente lideraba los frentes. También fue criticado por acumular demasiadas deudas, ocasionadas por esas mismas guerras. Desde su litera, Carlos escuchó y aceptó humildemente las críticas.

El 18 de febrero de 1546 fallecía Martín Lutero. Tras él quedaba la reforma religiosa que él mismo inició tres décadas antes. Unos reformistas que creían que la iglesia católica se había desviado del propósito original del cristianismo y unos católicos que no estaban dispuestos a renunciar a su forma tradicional de adoración ni a ceder ante los que trataban como herejes. Dos bandos enfrentados, donde el propio emperador se vería obligado a intervenir. Hasta el papa creyó conveniente declarar la guerra santa a los protestantes y así se lo ofreció a Carlos, el cual rechazó la oferta por creer que el problema era más bien político. No obstante, el papa le envió 12.000 soldados que el emperador sí aceptó, y junto a los 8.000 españoles llegados de los tercios de Italia, 16.000 alemanes, 10.000 italianos y otros 10.000 de los Países Bajos, llegó a reunir un gran ejército de más de 44.000 soldados, más otros 7 de caballería.

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