El saqueo de Roma

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La invasión de Hungría y el saqueo de Roma

En junio de 1526 Milán estaba sitiada por los italianos de la Liga de Cognac, así se llamaba la alianza entre el rey Francisco, el papa y los reyezuelos italianos, por haber sido firmada en esta ciudad francesa. Y mientras los cristianos se pelean entre ellos los moros aprovechan la ocasión y asestan un duro golpe en Hungría. El papa recibe la mala noticia como un jarro de agua fría: los otomanos obtenían una contundente victoria contra los cristianos en Mohács. Fernando lo cuenta detalladamente en una carta enviada a su tía Margarita: «Acaba de llegarme la noticia que los turcos con doscientos mil hombres se han enfrentado al rey de Hungría, mi difunto cuñado a unas veinte millas de Buda, donde se había apostado con cuarenta mil hombres para defender su país. El 29 de agosto pasado se entabló la batalla, la cual fue ganada por los turcos, y toda la enorme cantidad de artillería del difunto rey fue destruida y él mismo muerto, algunos dicen que mientras luchaba, otros, que advirtiendo que dicha batalla estaba perdida, se retiró, y pensando en escapar, se adentró en un cenagal donde permaneció, lo que parece más probable. De modo que ya podéis imaginar, señora, lo perplejo que estoy por verme privado de dinero y ayuda contra tan formidable potencia como la del citado turco.»

Lo peor de todo y más inquietante viene al final de la carta, pues los turcos, envalentonados y con un ejército muy superior a los imperiales, no se detendrán en Hungría. «Hoy me ha llegado la noticia según la cual los turcos han tomado la ciudad de Buda (la parte oeste de la actual Budapest) y han enviado a dos de sus principales capitanes, cada uno con un gran número de hombres, uno para invadir Austria y el otro para hacer lo mismo en Estiria, lo que ya han comenzado, adentrándose hasta quince o dieciséis millas de Viena. Si su majestad no encuentra rápidamente un remedio, no solo yo, nuestra Casa de Austria, y toda Alemania caerá en una completa ruina y desolación, sino también toda la cristiandad.»

Dos meses más tarde la Dieta Húngara elegía a Fernando rey de Hungría y Bohemia. De todo esto se enteró Carlos estando en Granada. Nada más llegar a Valladolid se convocan las Cortes y se propone destinar un crédito para hacer frente a los turcos, pero el verde no estaba pa pitos en España y no fue aprobado, aunque la Iglesia donó algún dinero para tal fin. En Italia, el papa quiere dar un giro en su política y quiere aliarse con el único que cree capaz de parar a los musulmanes: el emperador Carlos, pero está atado por su alianza con Francisco: la Liga de Cognac Para colmo de males, al papa se le complica todavía más la cosa y el ejército de Carlos de Borbón iba a darle un gran disgusto.

A principios de 1527 Borbón saca a sus tropas de Milán, se unen a las del general alemán Georg Frundsberg y se desplazan hacia el sur. Mientras tanto otro ejército imperial llega desde Nápoles comandado por Lannoy está llegando a Roma y el papa, sintiéndose amenazado pide una tregua. Lannoy accede, pero entonces llegan Borbón y Frundsberg y hace caso omiso a la tregua. En mayo se presentan ante las puertas de Roma. El papa se niega a dejarlos entrar y entonces Borbón ordena asaltar sus murallas. Una bala alcanza a Carlos de Borbón, que muere al instante. El ejército entra en la ciudad dispuesto a vengar la muerte de su general. Mientras el papa y su séquito se refugian en un castillo Roma es saqueada y las mujeres violadas. Lannoy llegó rápidamente a parar la barbarie y negociar con el papa, que a partir de ese momento quedaba bajo la protección del emperador.

Cuando en Madrid tuvieron noticias de lo sucedido, Carlos quedó consternado y condenó los hechos, ya que en Europa se vería como un ultraje, aunque por fortuna, el emperador no fue considerado culpable. Carlos sabía bien que todo dependía de la buena voluntad del papa, y aunque en privado pensaba que merecía el escarmiento que había recibido, todavía tenía pendiente un perdón (estaba excomulgado) y una reconfirmación como emperador. No era el único que pensaba que el papa había recogido el fruto de su política; los reformistas, por su parte, estaban convencidos que la corrupción de la Iglesia había sido por fin castigada.

Cuestión de honor

El saqueo de Roma trajo consecuencias para Carlos, unas malas y otras no tanto. Por ejemplo, el papa Clemente se puso más suave que la vaselina y evitó cualquier enfrentamiento con el emperador o tomar decisiones que fueran en su contra. Francisco, por su parte, vio la oportunidad de pactar con Enrique de Inglaterra, que en esos entonces todavía era un acérrimo católico, haciéndole ver la barbarie cometida por su cuñado Carlos, aunque éste nada tuvo que ver con lo acontecido y se apresuró a disculparse formalmente con el papa. Luego se supo la verdadera razón por la que los hombres de Carlos de Borbón se lanzaron al saqueo y al pillaje. Las tropas de Borbón no habían cobrado su paga desde hacía algún tiempo y con el saqueo de Roma se daban por pagados. Numerosas obras de arte fueron robadas del Vaticano, que fue la zona más afectada.

Francisco, en su afán de crear vínculos y alianzas con Inglaterra, renunció a casarse con Leonor, la hermana de Carlos, para prometerse a María, la hija de Enrique, que en esos momentos tenía 9 años. Acordaron además liberar a los hijos de Francisco, que permanecían como rehenes en España, a la espera de que el francés cumpliera los acuerdos firmados. Francisco quiso ir más allá, queriendo arrancar de Enrique un compromiso para un ataque conjunto contra el emperador, aunque el inglés le dio largas en esta última propuesta, en vista de lo cual, Francisco organizó sus ejércitos y se lanzó, una vez más, a la invasión de Italia por tierra y por mar. La excusa para hacerlo: liberar al papa, que según él, era prisionero del emperador. Francisco, persistente en su afán por causar daño a Carlos, comenzaba a ser una enorme molestia para los italianos, que sufrían a diario las consecuencias de la guerra. Por eso quizás, los intentos de provocar una sublevación contra el emperador en Sicilia no tuvieron éxito.

En enero de 1528, Francisco y Enrique declaran la guerra formalmente a Carlos. La contestación de Carlos a su cuñado fue una dura crítica por el abandono y maltrato de su esposa Catalina. Al francés le contestó enviando a su embajador Nicolás Perrenot en París un mensaje para que se lo transmitiera a Francisco: «Voluntariamente suspendería algunos de mis derechos con el propósito de obtener la paz y poner fin así a los males que sin tener nosotros culpa se han perpetrado hasta el presente y evitar aquellos que pudieran llegar en el futuro». La respuesta de Francisco fue encarcelar a Perrenot. Carlos enfurece y le envía otro mensaje: «Yo he dicho y diré sin mentir, que Vos havéis hecho ruinmente y vilmente en no guardarme la fe que me distes conforme a la capitulación de Madrid. Y si quisieredes afirmar lo contrario, digo que por bien de la christiandad y por evitar efusión de sangre y poner fin a esta guerra, mantendré de mi persona a la vuestra ser lo que he dicho verdad». Dice: “por evitar efusión de sangre y poner fin a esta guerra, mantendré de mi persona a la vuestra”, ¡lo está retando a un duelo personal!

El 5 de junio Carlos recibió la respuesta: Francisco estaba dispuesto a «satisfacer nuestro honor, si es voluntad de Dios, hasta la muerte» O sea, que aceptaba el duelo. Ambos monarcas se habían dejado llevar por las discusiones a distancia y acaloradamente habían acabado recurriendo a algo que era habitual entre sus antepasados, los rieptos o juicios de Dios, donde se retaban dos de los mejores hombres, uno de cada ejército, y el vencedor daba la victoria a su ejército y a su rey. De esta manera se evitaba el derramamiento de sangre y se salvaban muchas vidas. El problema es que los dos contendientes eran los propios monarcas y Carlos ahora no sabía qué hacer, por lo que pidió la opinión de sus consejeros, los cuales le contestaron que: «un duelo solo era deseable en aquellas ocasiones en las que la disputa sobre algún asunto puesto en cuestión requiriese el juicio de Dios, pero en el caso presente no había duda ninguna sobre la responsabilidad del rey de Francia, y por tanto el duelo era innecesario.» Carlos siguió el consejo que le habían dado.

En Italia las fuerzas francesas atacaban Nápoles, donde el virrey Moncada muere en combate. Carlos nombra entonces a Filiberto de Chalons, príncipe de Orange, virrey y comandante de toda Italia. Orange se encuentra ante unas tropas francesas que llevan combatiendo muchas semanas y por lo tanto están muy debilitadas. Muchos soldados y comandantes han muerto, además, por una epidemia. Los generales que quedaban vivos decidieron salir de aquel foco de enfermedades y retirarse hacia el norte. Orange aprovecha la ocasión y los persigue obligándoles a presentar batalla. Tras un duro combate, los franceses se dispersan y sus generales son capturados. Francisco, al ser informado del nuevo descalabro no se rinde y envía nuevas tropas con la intención de unirse a los venecianos y hacerse definitivamente con Milán. En junio se enfrentan con las tropas imperiales comandadas con Antonio Leyva. Los franceses son de nuevo derrotados y los venecianos se retiran. Cuando Francisco es informado de la nueva derrota desiste al fin, y renuncia a su obsesivo empeño de hacerse con el dominio de Italia.

Los tratados de Barcelona y Cambrai

La potencia dominante en Italia había sido Aragón desde tiempo atrás, y el rey Fernando se había encargado de consolidar ese dominio en un punto estratégico para hacerse con el control del Mediterráneo. Ahora su nieto volvía a hacerlo derrotando de nuevo a los franceses, que desde tiempos de Carlomagno pugnaban por hacerse con Italia. Francia se veía obligada a firmar la paz, y por consiguiente, el papa debía hacer también un esfuerzo por entenderse con el emperador. Durante el año 1529 tuvieron lugar una serie de reuniones para llegar a unos acuerdos que concluyeron satisfactoriamente para todos, sobre todo para Carlos. En el llamado tratado de Barcelona, el papa Clemente confirmaba a Carlos (ya levantado el castigo de excomunión) como rey del estado papal y de Nápoles, sus tropas se reservaban el derecho de cruzar los territorios italianos cuando fuera necesario y el papa concedería a Carlos el título de emperador.

El 7 de julio llegaban las delegaciones de España y Francia a la abadía de Saint Aubert, en la ciudad fronteriza de Cambrai. En representación del emperador su tía Margarita, archiduquesa de los Países Bajos. A Francisco lo representaba su madre la duquesa Luisa de Saboya. También hubo representación enviada por los ingleses y el papado. Diez días más tarde, concluido el acuerdo de Barcelona, comenzaban las reuniones en Cambrai. Podría haber sido una nueva oportunidad para que Carlos, en clara ventaja, impusiera sus exigencias y reclamara una vez más el ducado de Borgoña, pero decidió no hacerlo. Borgoña era un tema demasiado espinoso para conseguir una paz estable, y Carlos ansiaba conseguir esa paz, porque solo con la estabilidad entre cristianos podría hacer frente al peligro que acechaba a Europa: los musulmanes turcos que ya habían asestado su primer golpe.

Veamos los principales puntos del acuerdo. El rescate de sus hijos, rehenes de Carlos, iba a costarle a Francisco la suma de dos millones de coronas, por no haber cumplido los acuerdos firmados en Madrid. Las tropas francesas que todavía seguían en suelo italiano debían ser retiradas de inmediato y Francia debía renunciar a toda pretensión de soberanía sobre las provincias de Flandes y Artois y de ciudades como Arras y Lille. Por último, en el tratado también se incluía la confirmación del postpuesto matrimonio entre Francisco y Leonor, la hermana de Carlos. Margarita por su parte, aprovechó para poner orden en la frontera con los Países Bajos, donde ella gobernaba. El acuerdo de Cambrai, se conoce también como la Paz de las Damas, debido a sus dos principales representantes, y se firmó el 5 de agosto de 1529. Tras la firma, ambas asistieron a misa en la iglesia de Cambrai y juraron observar el cumplimiento de todos los puntos del acuerdo.

Tras depositar el dinero y rescatar a sus hijos, Leonor viajó a Francia y fue coronada como reina con todas las ceremonias y celebraciones correspondientes. Tenía 32 años y Francisco 36. Francisco era hijo de Carlos de Angulema y Luisa de Saboya y pertenecía a la dinastía de los Capeto. Al no tener descendencia, Luis XII llamó a Francisco a la corte, y a su muerte en 1515 le sucedió con 20 años. Ya se había casado con su hija Claudia y durante los pocos años que duró su matrimonio tuvo siete hijos. Durante los últimos años de su vida, Claudia sufrió una obesidad mórbida y moría en 1524. Francisco está considerado por los franceses como un monarca emblemático que impulsó las artes y las letras durante la época del renacimiento y por ejercer presión al Sacro Imperio, equilibrando así las fuerzas en Europa, pero lo cierto es que su ambición obsesiva por Italia y su afán guerrero perjudicó a la Europa cristiana, pues viéndose el emperador envuelto en las guerras que una vez tras otra provocaba, facilitó que el imperio otomano se hiciera con Hungría y se plantara a las puertas de Viena. Carlos lo tenía cada vez más difícil para parar a los musulmanes, y el tiempo jugaba en su contra.

El viaje a Italia

Tras siete años seguidos viviendo en España, Carlos debía emprender un viaje por varios países de Europa. La emperatriz Isabel no viajaría con él, quedaría como regente del reino en su ausencia, además, no le convenía un viaje tan largo y ajetreado, pues estaba de nuevo embarazada. Antes de partir, su hijo Felipe fue reconocido como heredero de la corona. Tenía Carlos pendiente una visita a Valencia y aprovechó el momento para hacerla y pasar allí dos semanas. Era mayo de 1528. Luego viajó a Cataluña, donde pasaría varios meses, convocaría Cortes y dejaría arreglados algunos asuntos de gobierno. Durante ese tiempo recibió la noticia de que Isabel había dado a luz una niña a la que llamarían María.

Carlos se marchaba satisfecho por las gestiones de gobierno que fueron muy satisfactorias, solamente le preocupaban los problemas de abastecimiento; en España se comenzaba a pasar hambre debido a la sequía. «Toda España está muy afectada, sin que ninguna parte se pueda reservar de mucha hambre por la mucha seca que ha habido este año.» El 28 de julio de 1529 partía desde el puerto de Barcelona hacia Italia, era la primera vez que Carlos navegaba por el Mediterráneo. Atrás quedaba una emperatriz afligida y un reino que lamentaba su marcha.

El 12 de agosto llegaban a Génova. Durante las seis semanas que duró su visita se dedicó a compensar a personajes como Andrea Doria, que había contribuido a su victoria contra los franceses y ahora los confirmaba en sus puestos con el fin de garantizar la estabilidad de Italia. Mientras tanto no dejaban de llegarle inquietantes noticias. Los musulmanes se habían propuesto entrar en Europa y no solo atacaban por Hungría y Austria, sino por el sur; una flota española de seis galeras fue atacada y destruida por Barbarroja en las Baleares, cerca de las costas de Formentera.

Allá donde se encontrara, el emperador recibía noticias, y aparte de los ataques de Barbarroja por las Baleares, llegó a enterarse de otro asunto no menos inquietante y que le afectaba directamente. El cardenal inglés Wolsey había llegado a tener tanto poder que era considerado por muchos como el segundo rey de Inglaterra. Wosley era el clérigo más influyente de Europa; Enrique lo había nombrado Lord Canciller, su consejero personal, y de la noche a la mañana, es destituido. Carlos sospechaba que algo estaba pasando en Inglaterra y envió a su embajador Chapuy en misión secreta para que averiguara cuanto pudiera. Semanas después recibió un informe de Chapuy: «La reina está recibiendo un trato aún más duro si cabe que antes. El rey evita su compañía tanto como puede».

Tal como sospechaba, el asunto tenía que ver con su tía Catalina; hacía tiempo que sabía que Enrique la despreciaba y alegando que no podía darle un hijo varón quiso divorciarse de ella. El papa Clemente, por no hacer nada que contrariase al emperador le negó la petición; Carlos tenía cada vez más claro que la destitución de Wosley estaba relacionada con la negativa del papa.

En Inglaterra no solo cayó el cardenal Wosley, sino otros muchos clérigos y la ruptura de la Iglesia con Roma era inminente. Pero no solo en Inglaterra la Iglesia estaba revuelta, sino en Alemania, donde el movimiento iniciado por Lutero seguía avanzando. Estando en Piacenza, se presentaron ante el emperador un grupo de protestantes asegurándole su lealtad y solicitando que un concilio de la iglesia se reuniera en Alemania para tratar sobre el tema. A Carlos comenzaban a agobiarle los asuntos religiosos que en Europa estaban revueltos.

El 4 de noviembre de 1529 llegaba Carlos con toda su corte a Bolonia. Allí iba a tener lugar un acontecimiento largamente esperado: el ceremonial de su coronación como emperador por parte del papa. Se había evitado escoger Roma, ya que esta ciudad todavía no había borrado de su memoria la ruina causada por los ejércitos imperiales; y por otra parte, Bolonia les venía más a mano en su trayecto hacia Alemania.

En la mañana del 5 de noviembre, el emperador hizo su entrada en Bolonia, precedido por mil infantes al mando de Antonio Leyva. Tras ellos, doscientos jinetes y cuatro mil soldados de infantería. Por todas partes se veían estandartes del imperio y de España desplegados. Desfilaban también numerosos nobles con sus escoltas armados. Luego venía el emperador montado en un corcel blanco, vistiendo capa de paño de oro y un casco abierto coronado por un águila, portando en su mano derecha un cetro. Le rodeaban veinticuatro pajes y le seguían la guardia montada y los principales señores y oficiales de la casa, los embajadores y Andrea Doria, príncipe de Melfi. A la ciudad habían acudido los principales príncipes de Italia y había sido engalanada para la ocasión.

Coronado por el papa

Carlos aún tendría que esperar hasta febrero para la ceremonia, mientras tanto, había muchos asuntos que tratar con el papa. Tras los acuerdos de Barcelona, el papa aún se preocupaba, y con razón, por los demás estados italianos, y quería que se estableciera la naturaleza política de todos ellos. El canciller Gattinara se encargó de resolver todo lo concerniente a estos asuntos; los contactos y negociaciones se prolongaron tres meses, y mientras tanto, se hacían los preparativos para la ceremonia de coronación, que se celebraría en dos actos.

Fue el 22 de febrero de 1530, en la catedral de San Petronio. El papa Clemente le impuso a Carlos la corona de hierro de Lombardía. Con un cardenal a cada lado, Carlos se arrodilló ante el altar mayor y aceptó la espada, el cetro y el globo que le entregó el papa, completándose la ceremonia al colocarle la corona sobre la cabeza y entonando un tedeum.

El día 24, día del cumpleaños de Carlos, se volvió a celebrar la segunda ceremonia. El emperador fue conducido en procesión por las calles de la ciudad hasta llegar a la catedral, donde tras una misa el papa le pone de nuevo una corona, esta vez la imperial, la de oro del Sacro Imperio Romano. Luego se celebró una gran fiesta en la plaza pública, donde brotaba el vino de fuentes artificiales. El papa y su séquito regresaron a Roma impresionados por tan pomposa ceremonia, sería la última vez que un emperador sería coronado por un papa. Cuatro semanas más tarde Carlos dejó Bolonia y emprendía viaje hacia Alemania.

El camino hasta tierras alemanas no era un placentero paseo a caballo, ni un relajante viaje en litera, sino una constante administración de asuntos que le iban llegando por allí por donde pasaba. Por ejemplo, como rey de Sicilia que era, las islas de Malta y Gozo solicitaban protección contra los turcos; Carlos firmó un decreto para que las islas quedaran bajo la protección de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, una orden casi desaparecida y que volvería a resurgir gracias las donaciones del emperador, convirtiéndose en un cuerpo armado que ayudaría a la protección de dichas islas.

Si el emperador tuvo un verdadero descanso durante su viaje, este fue en la ciudad de Mantua, donde fue recibido con fiestas por el gobernador Gonzaga y cuyo peloteo fue recompensado por Carlos nombrándolo duque de aquella ciudad. El embajador que acompañaba a Carlos, Martín de Salinas, dijo que el emperador estaba encantado de poder descansar y apartar momentáneamente tan apretada agenda: «Su Majestad vino muy alegre hasta esta ciudad por cuatro días, como hombre que se escapaba de la prisión. Al otro día que aquí llegó fue a la caza». Y al final se quedó un mes.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos por qué el emperador se entretuvo tanto en Italia y no se fue directamente a Alemania a organizar el ejército que debía frenar el avance turco. ¿Acaso eso no era más importante que su coronación, toda vez que ya era emperador, lo reconociera o no el papa y la Iglesia? Lo cierto es que Carlos no perdía el tiempo. Arreglar los asuntos italianos era de primordial importancia antes de marchar a Alemania, solo así podía asegurar que el Mediterráneo quedara protegido; era un frente que había que cubrir, dada la importancia estratégica de la península Itálica. La estructura política de Italia debía quedar definida y sus príncipes confirmados en sus puestos para que así los Estados Pontificios tuvieran asegurada su seguridad e independencia.
El canciller Gattinara, como ya se ha contado, hizo una gestión excelente, solo hubo un pequeño problema en Florencia, donde hubo una revuelta contra la influyente familia de los Médicis. Como anécdota curiosa, el gran artista Miguel Ángel se encontraba entre los revoltosos. Nada que el ejército imperial no pudiera arreglar. En cuanto a la coronación por parte del papa, sí, era necesaria, porque era la forma de que todos los estados italianos reconocieran la autoridad del emperador y no dudaran en unirse para defender el Mediterráneo del peligro turco.

Incluso la última parada en Mantua, donde Carlos se tomó unas merecidas vacaciones, sirvió para poner de su parte, si ya no lo estaba, al gobernador de aquella ciudad. En cualquier caso, ya había enviado delante de él algunas tropas que se unirían a las de Fernando, que luchaban para expulsar a los turcos de Viena. Habían pasado diez meses desde que salió de Barcelona, muy a gusto se encontraba en Mantua, pero había que seguir el viaje a través de los Alpes. El 4 de mayo de 1530 llegó a la ciudad austriaca de Innsbruck, era su primer contacto con los Alpes y su primera visita a tierras austriacas.

Nada más acabar el viaje, el canciller Gattinara, que llevaba varias semanas indispuesto, fallecía. Había estado al servicio de su tía Margarita durante mucho tiempo para más tarde pasar a ser consejero y canciller de Carlos. Una gran pérdida, sin duda, pues demostró eficacia en su trabajo. No obstante, tal como había prometido refunfuñando cuando se vio obligado a poner él mismo el sello imperial en un documento, no volvería a nombrar a otro canciller, aunque toda la administración que llevaba entre manos Gattinara recaería en Nicolás Perrenot, aquel hábil diplomático que un enrabietado Francisco metió entre rejas temporalmente.

Había otros problemas mucho más graves por resolver en Alemania. Durante la ausencia de Carlos, Fernando había tenido que lidiar con los reformistas que apoyaban las ideas de Lutero. Muchos príncipes de ciudades y estados europeos deseaban ser escuchados y exigían libertad para practicar el nuevo culto. Fernando hizo saber que aplicaría el edicto de la Dieta de Worms, donde el emperador no reconocía las creencias de Lutero. Los simpatizantes luteranos redactaron inmediatamente un comunicado donde protestaron por la decisión del archiduque. De esta protesta deriva la palabra “protestante”, un apelativo que les quedaría para siempre.

Todas estas “protestas” no podían venir en un momento más inoportuno, cuando los musulmanes parecían aprovechar estos momentos de desunión para atacar Europa. Fernando tuvo que abandonar todos los debates pendientes para atender con urgencia los problemas de Hungría y Viena, que en aquellos momentos se encontraba sitiada. Todos estos problemas, de los que Carlos ya estaba debidamente informado, eran los que se encontraría nada más llegar a la ciudad imperial de Habsburgo en junio de 1530, donde de inmediato convocó una Dieta.

Solucionar el tema de los luteranos era ahora la máxima prioridad, muchos príncipes alemanes eran simpatizantes de la nueva forma de ver y practicar el cristianismo y Carlos dependía de ellos. Durante la Dieta de Augsburgo habían preparado un escrito que leyeron en voz alta ante el emperador para más tarde enviar una copia al papa. Carlos, en privado, les aconsejó desistir de las nuevas prácticas. El margrave de Brandemburgo airado hizo un gesto de rasgarse la garganta con el mientras declaraba que antes perdería la cabeza que renunciar a su religión. Carlos, que hablaba con ellos a través de un intérprete porque hablaba mal el alemán, hizo un esfuerzo y le contestó ásperamente: «Lieber Fürst, nicht Kopfe af!» Querido príncipe, ¡nada de cortarse la cabeza!

El emperador, viendo que la cosa iba a más, tuvo que hacer un gran esfuerzo para contentar a unos y a otros, prometiéndoles que intercedería ante el papa para que convocase un concilio y se hablara del tema, y mientras tanto, se siguieran celebrando los oficios a la usanza tradicional católica. Lo primero dejó satisfechas a ambas partes, en lo segundo no estuvieron de acuerdo los luteranos. Los caminos de unos y otros se iban separando irremediablemente.

El mes de noviembre de 1530 Carlos se disponía a viajar a los Países Bajos, cuando recibió en Colonia la triste noticia de que su tía Margarita había fallecido a los 50 años. Margarita había sufrido un accidente en un pie y fue operada. Pero una infección debió afectarle y no logró recuperarse. Carlos quedó muy afectado por la noticia, ya que le tenía un gran cariño a su tía, pero no le quedaba más remedio que sobreponerse y nombrar a otra gobernadora, y quien mejor que a su hermana pequeña María, reina viuda de Hungría, que en esos momentos tenía solo 25 años. No se equivocó Carlos a elegirla, pues durante 24 años demostró su valía gobernando los Países Bajos con acierto.
Carlos se dio cuenta de que no le bastaba con que su hermano fuera regente del imperio, sino que debía tener poderes para tomar decisiones. En adelante se preveía que en Alemania y Austria las cosas iban a andar revueltas y Fernando no podía esperar que Carlos diera su aprobación a todo, así que, lo arregló todo para que fuera elegido Rey de Romanos. En enero de 1531 los príncipes electores votaron y Fernando salió elegido por mayoría. Muchos electores luteranos votaron en contra, además de algunos católicos que lo veían como un extranjero. Pero los banqueros de Carlos influyeron para que finalmente fuera nombrado Rey de Romanos con sus respectivas ceremonias. En la práctica, aquello equivalía casi a ser coemperador, tal como ya se había venido haciendo en Roma cuando el imperio se expandió hacia oriente.

La cuestión religiosa comenzaba a dibujar negros nubarrones sobre el horizonte alemán. En febrero los príncipes protestantes se reunieron en la ciudad de Esmalcalda y formaron una liga, cuyos cabecillas serían el príncipe elector Juan de Sajonia y el landgrave Felipe Hesse. A esta liga se unieron ciudades como Estrasburgo, Lübeck y Bremen. Los príncipes luteranos negaban haber puesto en duda la autoridad del emperador e incluso mostraron su apoyo a la hora de combatir a los turcos; no obstante, por detrás, sus líderes entraron en contacto con Francia buscando apoyo contra unas posibles represalias. El luteranismo comenzaba a imponerse en muchas partes de Alemania y ya había llegado a los Países Bajos.

No había acabado de asumir la pérdida de su tía Margarita cuando carlos recibió la noticia del fallecimiento de su sobrino el príncipe Juan de Dinamarca, hijo de su hermana Isabel. El propio Carlos no gozó de buena salud mientras se encontraba en la ciudad alemana de Ratisbona, y sin embargo tuvo que tratar los dos problemas principales del momento: las demandas de los luteranos y la amenaza turca. Los luteranos accedieron a bajar la presión ejercida sobre el emperador a la vez que este prometía no emprender represalias. Carlos se veía ante el compromiso de mediar entre luteranos y el papa, que por su parte, ya tenía bastantes problemas con los ingleses, empeñados en divorciarse de Roma.

«Me levanto temprano y me acuesto pronto… salgo a cazar sin hacer demasiado esfuerzo, y esta mañana recorrí casi media legua a pie, lo que resulta todo un milagro, y lo mejor de todo es que por estos medios puedo recuperar la salud. No sé cuánto durará, pero tengo el firme propósito de seguir haciéndolo». Era la carta que escribió a su hermana María, dándole cuentas de su salud. Carlos no podía permitirse ponerse enfermo en un momento tan delicado, cuando Suleimán el Magnífico salía de Constantinopla con un ejército de 300.000 hombres.

En Viena, los cristianos habían estado reuniendo un gran ejército para hacer frente a Suleimán. Carlos y Fernando entraban dejaban Ratisbona en septiembre de 1532 al frente de sus soldados. Los líderes castellanos habían negado a Carlos ayuda económica para financiar los ejércitos que debía reunir para enfrentarse a los turcos, «las necesidades del imperio y de otras tierras que no son España, no se podrán pagar con lo de España ni imponerlas a España». Solamente harían frente a los costes de la defensa de la península. Carlos decidió no presionar a los castellanos y hacer uso únicamente a su derecho de utilizar las tropas italianas.

Los tercios asentados en Italia que viajaron a Viena se componían de 6.000 hombres italianos y españoles comandados por el marqués del Vasto. Habían emprendido su marcha desde Milán hasta llegar a orillas del Danubio y estacionarse allí. Llegado el momento se dirigieron a Viena donde fueron recibidos por el emperador. Hubo además, en Viena, muchos más españoles, aparte de los tercios italianos; más de los que Carlos esperaba tener a su lado. Muchos nobles castellanos quisieron mostrar su lealtad al emperador presentándose con sus ejércitos y poniéndolos a su servicio. Entre ellos: el duque de Alba, el dique de Béjar, el marqués de Villafranca, el marqués de Cogolludo, el conde de Monterre, el conde de Fuentes, las casas de Medina Sidonia, Nájera, Alburqueque, Mondéjar, y otros muchos. Una presencia casi simbólica, comparándola con los más de 200.000 efectivos con los que ya contaba el emperador, pero no por eso dejó de agradecer su que acudieran hasta allí.

Aun siendo superiores en número, Suleimán sabía que un enfrentamiento contra un ejército de esas dimensiones podía ser de resultado incierto. Los turcos levantaron los campamentos y se retiraron. El «mayor y más bello ejército que nadie haya visto en medio siglo», como lo describiera un cronista, había ganado la batalla con su sola presencia. Francisco de los Cobos, orgulloso, escribía que el emperador, «el día de anteayer salió al campo para ver al contingente español y al italiano, que son los mejores que se hayan visto.»

Viena ya estaba liberada y los turcos no eran una amenaza por el momento. Fernando tenía poderes para ejercer de emperador, así que Carlos decidió volver a España. En su diario, Carlos escribió: «Era mi mayor deseo llegar a España, puesto que había estado cuatro años separado de mi esposa, la emperatriz». El 4 de octubre de 1532 partió de Viena para cruzar de nuevo los Alpes y llegar a Mantua en noviembre. El 13 de diciembre entraba en Bolonia, donde le aguardaba el papa. Por mucha prisa que tuviera en llegar a España junto a su esposa y su hija que aún no conocía, los asuntos a tratar con el papa le retendrían hasta febrero de 1533.

El papa y los italianos felicitaron al emperador por haber rechazado el avance musulmán. Pero a Csrlos lo que le interesaba urgentemente era que el papa celebrara un concilio general de la Iglesia donde se trataran los temas religiosos y poner orden en ellos. Carlos consiguió arrancar dos acuerdos importantes con el papa: la celebración del concilio y una nueva alianza para defender el Mediterráneo contra los turcos. Hizo especial hincapié en que Francia se adhiriera a esos acuerdos, pues estaba al corriente de los contactos entre luteranos y franceses y de las relaciones diplomáticas entre Francisco y Constantinopla. Por fin, el 9 de abril de 1533 salía Carlos del puerto de Génova rumbo a España.

La flota imperial se vio obligada a tomar rumbo a Marsella debido al temporal, para terminar el viaje en el puerto de Rosas, en Gerona. Desde allí viajaron por tierra hasta Barcelona, donde entraron en 22 de abril de 1533. Desde el 28 de marzo lo esperaba en la ciudad su esposa, la emperatriz Isabel con sus dos hijos. Y ya que ella se había adelantado hasta Barcelona, no tenía prisa por llegar a Castilla. No había necesidad de ir hasta allí para solucionar los muchos asuntos que le esperaban, los asuntos vendrían hasta él allá donde se encontrara. Dos meses estuvieron en Cataluña, y durante este tiempo Isabel enfermó encontrándose Carlos en Monzón, desde donde cogió un caballo y galopó sin descanso hasta poder verla, y se quedó a su lado hasta que se hubo recuperado.

Durante los próximos años Carlos se propuso eliminar del Mediterráneo a los piratas del norte de África. Las riquezas que traía Cortés y los hermanos Pizarro del Nuevo Mundo ayudarían a financiar estas campañas. Mientras tanto, en Inglaterra su cuñado Enrique llevaba a cabo su ruptura con Roma creando su propia Iglesia independiente del ámbito jurídico papal. Para conseguirlo no había dudado en quitar de en medio a cuantos cardenales estuvieron en contra de la idea, y nombrar a aquellos que sí le apoyaron y estuvieron de acuerdo en su divorcio de Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena. Catalina, que no quiso reconocer el divorcio ni a la nueva reina, fue encerrada en un castillo hasta el fin de sus días. No hubo, sin embargo, reacciones políticas por parte del emperador en contra de Enrique, que más parecía preocuparle el revuelo religioso que recorría Europa.

Acabada la campaña en el norte de África, Carlos se dispuso a visitar de nuevo Italia donde volvía a tener algunos asuntos pendientes, como visitar por primera vez Sicilia, un reino del que era rey y aún no había pisado. Hacía dieciocho años que a los sicilianos no los visitaba su rey, desde que se despidió de ellos Fernando el Católico, por lo que, fue recibido con alegría y gran júbilo. Más tarde se desplazaría por barco a Nápoles donde el virrey Pedro Álvarez de Toledo organizó grandes festejos para recibirlo. Estando en Nápoles le notificaron que el duque de Milán había fallecido sin herederos, por lo que el ducado pasaba directamente al emperador. Carlos se temía lo peor y no quiso perder tiempo. Inmediatamente se enviaron órdenes para que Antonio de Leyva ocupara su lugar en nombre del imperio. No se equivocaba, Francisco I no había podido resistirse y había comenzado a maniobrar para ver si esta vez lograba adueñarse de Milán. El hijoputa, ¡mira que era cabezón!

Aquella misma semana recibió a su hija Margarita, sí, una hija bastarde, fruto de sus primeros amoríos cuando todavía era mu chico. ¿Para qué había venido la niña a Nápoles? Para casarla con el duque de Florencia; una manera muy clásica de crear vínculos y asegurarse la fidelidad de los gobernantes de aquellos reinos que ahora eran suyos por la herencia recibida de su abuelo Fernando. El 12 de marzo de 1536 dejaban Nápoles con la intención de entrevistarse con el nuevo papa Alejandro Farnesio, que se hizo llamar Pablo III, Clemente VII había fallecido en septiembre de 1524. El papa lo recibió con todos los honores y le felicitó por su exitosa campaña contra los moros en Túnez.

El 17 de abril el papa celebró un consistorio donde estuvieron presentes sus cardenales, el emperador Carlos y los embajadores de Francia y Venecia. El papa pronunció un discurso muy conciliador destacando la cooperación entre la Iglesia y el Imperio. A continuación, fue Carlos el discursante. Habló en un más que correcto español, y destacó todos los logros que se habían conseguido en Italia, que ahora vivía en paz: «Algunos dicen que yo quiero ser monarca del mundo; y mi pensamiento y obras muestran lo contrario. Mi intención no es desear guerra contra cristianos, sino contra infieles; y que Italia y la Cristiandad estén en paz». Luego habló de Milán, dirigiéndose al embajador francés, y lamentando que su rey Francisco estuviera nuevamente en pie de guerra al haber enviado a sus tropas a territorio italiano, violando así el tratado que años antes se había comprometido a respetar.
¿Por qué -se preguntaba Carlos-, quiere Francisco otra vez la guerra? Y luego preguntó también mirando al embajador, cómo había podido ser tan mezquino de aliarse con el infiel Barbarroja. Ante la cara de extrañeza del embajador, Carlos le mostró la correspondencia entre Francisco y el pirata: «Yo mismo, con mis propias manos, tomé en La Goleta estas cartas». Su largo discurso lo acabó irritado y elevando la voz: «¡Quiero la paz, quiero la paz, quiero la paz!».

El papa Pablo III

Aparte del tema político, Carlos había tratado con el papa el problema religioso y consiguió que Pablo III promulgara una bula y convocara un concilio general que se celebraría en mayo de 1537. Mientras tanto se reunieron fuerzas terrestres y navales en Génova procedentes del resto de Italia, de España y Alemania. Los franceses ya habían tomado toda Saboya y Turín. Desde Milán se hicieron todos los preparativos necesarios para invadir el sur de Francia y obligar a Francisco a negociar. Francisco insistía en que el próximo duque de Milán debía ser uno de sus hijos. Carlos quería evitar como fuera otra guerra, incluso se cuenta que volvió a desafiar a Francisco a un duelo personal que no se llevaría a cabo. Entonces se le ocurrió la idea de intercambiar Milán por Borgoña. Pero Francisco no aceptó el trato.

El propio Carlos se puso al frente de su ejército, apoyado por el duque de Alba. La respuesta a la entrada de los franceses en Italia iba a ser invadir el sur de Francia. El embajador Martín de Salinas describía la incursión del ejército con el emperador a la cabeza: « S.M. va vestido de soldado, en calzas y jubón sin otra ropa encima y una banda de tafetán colorado, que es la seña que todos llevamos. Quiere pasar los puertos en compañía de los soldados y a la causa va de este atavío. Es muy grande placer verle tan sano y alegre en estos trabajos, y no es el que menos parte dellos toma. Dios le dé salud y victoria que todos se la deseamos.»

Pero como el propio Salinas vaticinaba, aquella invasión estaba destinada al fracaso: «a mí me parece que esta empresa que entre manos tenemos no tiene tan buenas apariencias como yo querría». Los franceses aplicaron la estrategia de la “tierra quemada”. Por allí por donde pasaban no encontraban más que ciudades desiertas y molinos destruidos para que los imperiales no pudieran ni siquiera moler trigo. Las fuerzas francesas se habían concentrado solo en las ciudades más importantes dejando deliberadamente desamparadas al resto. De esta manera, los imperiales no encontrarían a nadie contra quienes entablar batallas, sino que pronto comenzarían a padecer hambre y enfermedades debido a la falta de una correcta alimentación.

Los tres meses que duró la campaña en Francia no sirvió para nada que no fuera la muerte de muchos soldados por disentería y otras enfermedades. El propio emperador se lamentaba: «El rey de Francia ha obligado a sus campesinos y súbditos a ausentarse y ocultar todo suministro. Han destruido los molinos, y hemos tenido que salir cada día en busca de alimento, de modo que una buena parte del ejército no ha podido comer pan o carne durante varios días y todos los soldados de élite, a caballo o a pie, han hecho lo posible para ayudarles con la fruta y viñas y otras cosas, incluso recolectando grano para poder hacer harina». El 12 de septiembre Carlos ordenó la retirada.

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