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Asuntos de familia

Carlos estaba haciendo lo que todos los reyes hacían, utilizar los casamientos para crear vínculos entre casas reales. Al no estar casado todavía y no tener descendencia, estaba utilizando a sus hermanas y a él mismo. Por cierto, que Carlos sí tenía ya descendencia; al igual que su abuelo Fernando ya tenía una hija con una amiguita secreta que había tenido cuando era muy joven. El rey, como decíamos, se había propuesto ahora crear vínculos con Portugal, un país cada vez más próspero y rico gracias a los barcos que llegaban llenos de especias de la lejana Asia. El matrimonio entre su hermana pequeña Catalina y su primo Juan III de Portugal estaba casi arreglado; también parecía posible un arreglo para que él mismo, Carlos, se casara con su prima Isabel.

Catalina, la hija pequeña de Juana no se opuso a casarse con el rey de Portugal, más bien estaba contenta de poder salir al fin de la casa donde había estado recluida toda su vida junto a su madre. Carlos permaneció en Tordesillas todo el mes de octubre de 1524 debido a unas fiebres, según le cuenta en una carta a su tía Margarita: «Debo concluir primero el matrimonio de mi hermana, la joven Catalina, y atender algunos asuntos del reino. Por lo demás, llevo varios días padeciendo de una fiebre intermitente que me ha impedido dedicar mucho tiempo a los asuntos». Llegado el momento en que Catalina debía partir para Portugal, Carlos prefirió marcharse a Madrid, para no estar presente ante un previsible ataque de histeria de su madre al separarse de ella. El 2 de enero de 1525, con 18 años, partía para Lisboa acompañada de una escolta que Carlos había dispuesto para la ocasión.

Francisco I de Francia estaba al tanto de los movimientos de Carlos, y al saber que la alianza con Portugal se cerraba, enfureció todavía más, amenazando con aumentar sus ofensivas en la frontera de los Países Bajos y en Navarra. Esta rivalidad entre los dos monarcas se prolongaría muchos años y tomaría tintes de enfrentamientos personales. En realidad son viejas rencillas heredadas de sus antecesores. Recordemos cómo su abuelo Fernando y los anteriores reyes de Francia se disputaban el control de Italia; o su otro abuelo, Maximiliano, guerreaba por los ducados de Borgoña y Flandes. Ahora Carlos reclamaba como propio el ducado de Borgoña, anexionado por Francia años atrás, a la vez que Francisco reclamaba Navarra, anexionada por Fernando el Católico. Tampoco renunciarán los franceses a seguir presionando en Italia. Visto lo visto, nadie puede extrañarse que nada más salir elegido Carlos como emperador, Francisco montara en cólera al no serle concedida una corona que ansiaba para él.

En 1521, coincidiendo con el movimiento de las Comunidades de Castilla, Francia ya hizo un intento fallido de invadir Navarra. Tras el fracaso, el proyecto de Francisco se enfocó en Italia, pero fue entonces cuando Adriano, tutor de Carlos, sale elegido papa. Inglaterra, el papado y ahora Portugal, todos aliados de Carlos, a Francisco se le volvía todo en contra. Hasta en su propia casa tenía un enemigo, el poderoso condestable Carlos, duque de Borbón, se había puesto en su contra, y tras una disputa con su rey había huido a Italia, donde fue bien recibido por Francisco Sforza, duque de Milán, feudatario del Imperio y uno de los más poderosos ducados del norte de Italia.

En el verano de 1521, el papa envía un ejército de más de 20.000 hombres contra los franceses. Casi todos los soldados eran alemanes e italianos, y como apoyo reciben un contingente de más de dos mil españoles procedentes de Nápoles comandados por el general Fernando de Ávalos. Fue un gran revés para las aspiraciones de Francisco, que de pronto, se ve ahogado por el Imperio. Carlos se da cuenta de que Milán es una plaza estratégica y refuerza su ejército con más tropas provenientes de Nápoles. En la primavera de 1522, Francisco vuelve a intentarlo otra vez con un resultado estrepitoso, aún peor que el anterior, pues todos sus generales fueron capturados. Pero si hay algo que hay que reconocerle a Francisco, es su perseverancia; y a principios de 1523, vuelve a intentarlo de nuevo.

El rey de Francia envió esta vez un enorme ejército compuesto en su mayoría por alemanes y suizos y estuvieron durante todo el año maniobrando y cogiendo posiciones. En la primavera de 1524 tuvieron lugar los primeros enfrentamientos y son vencidos de nuevo. Carlos, harto ya de la insistencia de Francisco, que no escarmienta de los descalabros sufridos una vez tras otra, da la orden de invadir Francia. Carlos de Borbón lidera las tropas que se adentran hasta Marsella, pero no pueden seguir avanzando y tienen que volver hacia atrás. La retirada fue un desastre y los franceses persiguieron a los imperiales hasta Lombardía. Francisco se envalentona, se pone al frente de su ejército y cruza los Alpes, tal como una vez hiciera Aníbal, que también quiso conquistar Roma.

Batalla de Pavia

Francisco toma la ciudad de Milán sin demasiado esfuerzo porque las tropas imperiales se retiran sin presentar batalla, saben que los franceses son más numerosos. Acto seguido pone sitio a Pavia y Carlos de Borbón hace lo mismo retrocediendo hasta Lodi. El propio Borbón viaja sin descanso hasta el norte de Italia en busca de refuerzos. El archiduque Fernando, hermano de Carlos, les facilita un gran número de soldados de infantería y caballería. Cuando Carlos de Borbón vuelve han pasado tres meses, la ciudad de Pavia seguía sitiada. Era el mes de enero de 1525. La situación debe resolverse cuanto antes, y para el mes de febrero, en la tarde del día 23, comienza la batalla. Los imperiales contaban con 24.000 hombres; Francisco contaba con un número de soldados parecido. La iniciativa la tomaron los imperiales atacando las posiciones francesas. Durante toda la noche estuvieron molestándose con constantes escarceos, y al amanecer tuvo lugar la batalla decisiva, los franceses eran derrotados de nuevo, la victoria imperial era completa, y esta vez hubo premio gordo: el mismísimo rey Francisco era hecho prisionero.

Las crónicas cuentan que la infantería alemana tuvo un gran papel y las tropas españolas de Nápoles fueron definitivas con sus arcabuces para lograr la victoria. Mucho mérito tuvieron también los tres castellanos que lograron atrapar a Francisco, quien se rindió formalmente. La batalla se ganó en nombre del emperador el 24 de febrero de 1525, el mismo día que cumplía 25 años. Para el mes de marzo, encontrándose Carlos reunido en Madrid, llegaba un mensajero con la noticia de la victoria: «¡Mi señor, la batalla se luchó cerca de Pavía, el rey de Francia ha sido hecho prisionero en poder de Su Majestad, y todo su ejército ha sido destruido!». Carlos no podía creer lo que oía y se quedó quieto limitándose a repetir: «¡El rey de Francia se encuentra prisionero en mi poder, y la batalla se ha ganado en mi nombre!». El embajador de Mantua, que se encontraba reunido con el emperador, contaba que: «Sin decir más palabras, y no queriendo escuchar nada más en ese momento, se retiró solo a otra cámara, y arrodillándose ante un retrato de la Virgen que tiene a la cabecera de su cama, permaneció de ese modo durante un tiempo, dando gracias a Dios y a la madre de Cristo por el gran favor que le había sido otorgado.»

Tras ser informado con detalle de lo sucedido, Carlos prohibió cualquier tipo de festejos y celebraciones públicas por considerarlas inadecuadas «cuando un rey cristiano ha caído en tan grande desgracia». También estaba presente el embajador inglés, el cual quedó impresionado ante la contención del joven emperador «magna cum admiratione in aetate tam tenera (me sorprende [su madurez] para una edad tan tierna)». No obstante, recibió una avalancha de cartas felicitándolo por haber vencido al ejército más poderoso de Europa, al igual que hiciera su abuelo Fernando años atrás. Mientras tanto, Francisco permaneció tres meses preso en Italia, en la fortaleza de Pizzighettone, cerca de Cremona, donde fue visitado por las autoridades de la Iglesia. El mismo Francisco, temiendo que lo llevaran a Nápoles, pidió ser trasladado a España por razones de seguridad. Quizás temía a Carlos de Borbón, su antiguo condestable, el cual protestó por no haber sido informado de su traslado hasta el último momento.

A mediados de septiembre de 1522 Carlos recibía una curiosa y sorprendente carta: «Su Alta y Real Majestad… hemos descubierto e redondeado toda la redondeza del mundo, yendo por el occidente e veniendo por el oriente.» La firmaba un tal Juan Sebastián Elcano, un marino vasco buscado por la justicia, un superviviente al mando de la expedición que saliera de Sevilla tres años atrás capitaneada por Magallanes. Así que lo habían conseguido – debió pensar Carlos-, después de que todos pensaran que nadie había sobrevivido a la expedición, a excepción de aquellos que habían desertado dejando a los demás justo en el estrecho que une el Atlántico con el Pacífico o Mar del Sur, como le llamaban entonces.

Un solo barco había vuelto con apenas 18 tripulantes, pero cargado de especias, suficiente para pagar toda la expedición. Pero en esa expedición habían pasado muchas cosas, como la deserción de la nao San Antonio con más de 60 hombres a bordo capitaneados por Esteban Gómez. Fueron quizás, estos hombres, los que más agradecieron la vuelta de Elcano, pues por fin quedarían libres de toda culpa al saberse toda la verdad de porqué abandonaron a Magallanes. También hubo una rebelión, donde resultaron ejecutados varios capitanes españoles. Carlos quería saber lo ocurrido y llamó a declarar a cada uno de los 18 supervivientes de la nao Victoria.

En poco debieron diferir las declaraciones de unos y otros para que al emperador no le cupiera duda de que decían la verdad: Fernando de Magallanes se había comportado como un tirano desde el principio y había engañado a todos, desde el rey hasta el último grumete, haciéndoles creer que sabía dónde se encontraba el paso hacia el Mar del Sur. Fue al pedir explicaciones y ser ignorados por el capitán general, cuando los capitanes y oficiales españoles se rebelaron; y después de hacerles creer que los perdonaría los ejecutó y solo perdonó a los que creía imprescindibles para continuar la expedición. Elcano se encontraba entre los perdonados. Sin saberlo, Magallanes había salvado al único que fue capaz de poner orden en la flota después de que él muriera, y conseguir así llegar al final del viaje.

Elcano y el emperador mantuvieron correspondencia durante un tiempo; el marino estuvo al corriente de los planes para una nueva expedición, que fue un fracaso y solo llegaría a las Molucas un solo barco, aunque serviría, como la anterior, para abrir nuevas rutas hasta encontrar la correcta por el Pacífico. Fue perdonado por el delito que tenía pendiente (había empeñado su barco, estando éste al servicio del reino, lo cual era considerado venta de armamento al enemigo) y le fue asignado un escudo de armas, entre otros honores. Finalmente, la ruta del estrecho, que lleva el nombre de su descubridor, fue abandonada al ser mucho más corta y segura la ruta del Caribe, cruzar Centroamérica y continuar desde la costa del Pacífico, una vez instaladas las bases navales a uno y otro lado. En el comercio entre Asia y España fueron claves los puertos de ciudades como Portobelo o Cartagena de Indias, en las actuales Panamá y Colombia, respectivamente, ciudades que serían el punto de mira de piratas o países como Inglaterra, con quien España libraría una cruenta guerra por defenderlas.

La visita más curiosa la recibió el emperador el día que vinieron a regalarle un ejemplar del diario que escribió el reportero de a bordo de la expedición, Se la trajo el mismo autor en persona, Antonio Pigafetta: «Desde Sevilla fui a Valladolid, donde presenté a la sacra majestad de don Carlos V, no oro ni plata, sino algo más grato a sus ojos. Le ofrecí, entre otras cosas, un libro, escrito de mi mano, en el que día por día señalé todo lo que nos sucedió durante el viaje.» No le falta vanidad, como puede verse, al definir su libro como más valioso que el oro y la plata. Sin embargo, era un regalo envenenado, donde realza los valores de su admirado capitán general Fernando de Magallanes en menosprecio de la valía de los capitanes españoles tachándolos de traidores.

Sabía de sobra que el emperador ya se había hecho un juicio de lo sucedido basándose en las declaraciones de los 18 supervivientes y sobre todo de alguien a quien odiaba: Juan Sebastián Elcano. Su amado capitán general fue degradado post morten y su familia desposeída de todo privilegio. Por eso este último intento de que Carlos se enterara de toda la verdad (de su verdad). Y para terminar la jugada, se fue a Portugal a hacer lo mismo con el rey Juan III, el mismo que quiso aniquilar el último barco que quedaba de la expedición y que a duras penas llegó a Sanlúcar, donde él viajaba y por consiguiente pudo haber muerto. El resultado fue que el rey portugués quedó al corriente de todo, creando un gran malestar y un conflicto diplomático al ver que España le disputaba los territorios asiáticos donde crecían las especias. Las alianzas con casamientos de por medio corrían peligro, aunque finalmente hubo entendimiento.

El confinamiento de Francisco

En la tarde del 18 de junio de 1525 llegaba a Barcelona una flota de veintiuna galeras capitaneadas por Hernando de Alarcón, que trasladaban a España al rey de Francia. Cuentan que todas las altas clases de la ciudad, con el gobernador de Cataluña al frente, se acercaron a presentarle sus respetos a tan ilustre prisionero. Cuatro días después, la flota reanudó su viaje hasta Tarragona, luego a Valencia, donde también fue recibido con honores. Francisco incluso fue a visitar al virrey de Valencia y su esposa, prima de Germana de Foix. El 11 de agosto llegó a Madrid, fue custodiado en el Alcázar y una vez más le fueron presentados respetos y honores. En fin, un tío que está dando tanto por culo no creo que se merezca tantos honores, sería la costumbre de la época.
Carlos no le visitó hasta un mes después de su llegada; y lo hizo al enterarse de que Francisco se puso enfermo. Era la primera vez que lo veía. Durante la visita, que duró media hora, le prometió que pronto sería liberado, aunque habría, por supuesto, algunas condiciones. No podía Carlos dejar escapar la oportunidad de reclamar Borgoña, sin embargo, Francisco se resistía a ceder y el emperador salió del Alcázar de Madrid sin haber conseguido un acuerdo con el rey francés.

En septiembre, durante otra visita, Carlos se cruzó con una joven de aproximadamente treinta años, reconocida como una viuda muy inteligente y hermosa. Se trataba de la hermana de Francisco, Margarita, duquesa de Alençon, que había viajado desde Francia para visitarlo. Durante el tiempo que la joven y Carlos conversaron, los ministros del emperador temieron que ella utilizara sus encantos para influenciar sobre él; y en verdad que lo intentó, pero él se mantuvo firme ante toda propuesta a favor de su hermano si Borgoña no estaba por medio. Tiempo atrás, durante las disputas entre los anteriores gobernantes de Francia y su abuelo Maximiliano, Borgoña finalmente quedó dividida en dos: una mitad conocida como Franco Condado, ahora en poder de Carlos y la otra mitad gobernada por Francia. Carlos insistía en que ambas mitades constituían un solo país y la parte francesa debía ser devuelta.

El 14 de enero de 1526, tras un año de confinamiento, Francisco accede a firmar un tratado en el que se compromete a ceder su parte borgoñesa y a casarse con Leonor, la hermana de Carlos y viuda de Manuel de Portugal. Con este pacto, Carlos no solo pretende hacerse con la parte francesa de Borgoña, sino sellar una paz duradera con Francia. Su consejero, el canciller Mercurino Gattinara no se fiaba de Francisco, pues estaba seguro de que no cumpliría lo acordado y se negó a implicarse y a poner el sello real. Tuvo que sellarlo el propio emperador murmurando que en el futuro no volvería a nombrar a ningún otro canciller.

Mientras firmaba el tratado, Francisco ya les comentaba en secreto a sus acompañantes que no estaba dispuesto a cumplir ningún acuerdo. Sin embargo, debía dejar en calidad de rehenes a sus dos hijos de seis y ocho años. En marzo de 1526, tras entregar a los niños, Francisco abandonaba España. El emperador confiaba, tal como le contaba a su hermano Fernando, en que Francisco cumpliría su pacto: «El rey de Francia ha sido devuelto a su reino el 17 de febrero, mientras yo recibía al delfín y al duque de Orleáns (los hijos de Francisco) como rehenes, los cuales hubiera deseado poder llevar a Burgos; y el citado rey de Francia ha prometido cumplir todo aquello a lo que se ha comprometido en el tratado de paz». Sin embargo, tal como sospechaba Gattinara, Francisco no tenía ninguna intención de cumplir el acuerdo; nada más quedar libre declaraba que su encierro había sido una desagradable y humillante experiencia, a pesar de que el Alcázar de Madrid fue para él un hogar, una jaula de oro, donde se le había tratado con honores. Incluso salía a menudo a cazar con Carlos.

Francisco se reunió con el alto tribunal en el Parlamento de París para exponer los hechos, declarando que no cumpliría lo acordado y no cedería Borgoña, sin que por ello estuviera faltando a su honor, pues aquel tratado fue obligado a firmarlo bajo presión. El tribunal le dio la razón y declaró que el tratado no tenía validez. Mientras tanto, se enviaron agentes a Inglaterra para que sobornaran generosamente a Enrique, el cuñado de Carlos, y se pusiera de parte de Francisco. Cuando Carlos tuvo noticia de que Francisco no tenía intención de cederle Borgoña, envió rápidamente a buscar a su hermana Leonor, que se encontraba en Vitoria a punto de viajar a París. Francisco ya se había casado con ella por poderes, y al saber que ya no viajaría a Francia a encontrase con él protestó, pero poco más podía hacer.

Adriano había muerto solo un año después de ser nombrado papa, y el nuevo pontífice, Clemente VII, no veía con buenos ojos que el emperador tuviera demasiado poder, así que Francisco tenía un nuevo aliado. Y con Clemente, algunos mandatarios y reyezuelos italianos también se pusieron de su parte. En mayo de 1526, el papa, Venecia y Francia firmaban tratados en secreto y se presionaba al duque de Milán para que pusiera fin a su alianza con Carlos y se pasara al bando de Francisco; se estaban gestando nuevos conflictos.

La intención del nuevo papa era restringir el poder del emperador, y si aceptaba esas restricciones, sería ratificada su coronación, algo que todavía estaba pendiente. Francisco por su parte no perdía el tiempo e invitaba a los embajadores de Carlos a visitar Borgoña, para que constataran por sí mismos que la nobleza borgoñesa se negaba a ser transferida. El ambiente bélico se caldeaba por momentos cuando la alianza entre el papa y Francisco hacía marchar sobre Milán un enorme ejército. Sin embargo…

Sin embargo, Carlos dijo basta: «No deseo una guerra este año», escribió a Fernando, «sino más bien asistir al matrimonio y viajar a Italia por mar». Carlos se había prometido tres veces, aunque solo se casaría una única vez. De niño lo habían prometido con la hija de Luis XII de Francia, luego con su prima María. Ahora, las negociaciones con Portugal habían dado como fruto el casamiento de su hermana Catalina con el rey Juan III, y de la hermana de éste, Isabel, con él mismo, con Carlos. Ambos eran nietos de los Reyes Católicos, y por lo tanto primos. La dispensa papal era necesaria y no tardó en llegar. La dote aportada por Portugal fue de ocho mil kilos de oro. El matrimonio se celebró por poderes el 1 de noviembre de 1526 en Almeirim. Entre los presentes se encontraban el rey Juan y Catalina, ya casada y reina consorte.

Acto seguido, la novia viajaría hasta Sevilla, ciudad elegida para el casamiento público por ser la ciudad más grande de Castilla y tener el principal puerto que daba acceso al Nuevo Mundo. Isabel y su comitiva llegaron el 3 de marzo. Sevilla se había engalanado para la ocasión y se organizaron grandes celebraciones para recibirla. En las principales calles fueron levantados siete arcos en honor a la pareja real. Una semana más tarde llegaba Carlos. Una gran multitud le acompañaba portando un gran despliegue de antorchas, y bajo su deslumbrante luz conoció a la princesa Isabel. Tenía 23 años, y cuentan sus contemporáneos que era elegante y de una gran belleza. «Era la emperatriz blanca de rostro. Tenía los ojos grandes, la boca pequeña, de buenas manos, la garganta alta y hermosa». Así la describe el cronista Alonso de Santa Cruz. «Yo estuve presente –cuenta el embajador de Margarita de Austria- la primera vez que el emperador se acercó a Isabel, y nunca había visto dos recién casados más contentos el uno con el otro que ellos».

Esa misma tarde se celebró en el Alcázar la ceremonia que completó el casamiento. A media noche, el arzobispo de Toledo bendijo el matrimonio. La fiesta no cesaba hasta ser consumado el matrimonio, un acontecimiento que la muchedumbre aguardaba en las calles hasta que era anunciado. «E desque fue acostada, pasó el emperador a consumar el matrimonio, como católico príncipe». El embajador de la archiduquesa Margarita escribía: «Daría lo que fuera porque pudieseis verla, pues si ya os han contado de sus muchas bellezas, virtudes y bondades, aún le encontraríais muchas más, y veríais lo felices que están juntos». El propio Carlos escribiría a Fernando informándolo de cuán feliz se sentía: «Ahora he entrado en el estado de casado, que me complace plenamente».

Aquellos felices días en Granada

Tras algunos años de alborotos e incertidumbre, el emperador es plenamente aceptado como rey de España. Su boda con Isabel no pudo ser más acertada, solo el nombre ya despertaba entusiasmo. La sangre de los Reyes Católicos reinaba por ambas partes, pues tanto Carlos como Isabel eran sus nietos. Los Trastámara habían desaparecido como dinastía, pero su sangre reinaba en toda Europa.

La luna de miel se alargó hasta casi llegado el verano en Sevilla. Sin embargo, la vida de un rey puede ser cualquier cosa menos tranquila. El mismo día de su boda recibió una desagradable e inquietante noticia. En Valladolid, un obispo comunero había matado a su carcelero para intentar escapar del castillo de Simancas, donde estaba encerrado. Capturado y presentado ante un juez, éste ordenó su ejecución, lo cual comprometía gravemente a Carlos, pues la ejecución de un obispo significaba que automáticamente el rey quedaba excomulgado.

Tal como se temían, la excomunión no tardó en llegar desde Roma y Carlos se vio privado de asistir a misa ni recibir comunión alguna durante aquella pascua de 1526. Durante aquellos días recibió otra noticia aún más triste. Una Isabel llegaba a su vida, otra se marchaba. Su hermana Isabel, la que quedó junto a él en Gante al cuidado de su tía Margarita cuando fueron separados de su madre, había muerto. Hacía diez años que no la veía, desde que se casó con el rey de Dinamarca, Cristian II. Durante la revolución que derrocó al rey tuvo que huir con sus hijos y desde entonces vivía exiliada con su tía Margarita.

El 14 de mayo abandonaban Sevilla. Su próximo destino sería Granada. La intención del emperador era pasar una buena temporada conociendo Andalucía, lejos de conflictos y amenazas de guerras. Pero alejarse de los problemas no logra evitarlos, y en Europa, los conflictos y las guerras continuaban. Camino de Granada, los recién casados hicieron un alto en Córdoba, donde pudo admirar la maravillosa mezquita. Sin embargo, no dudó en criticar los cambios realizados para convertirla en catedral: «Yo no sabía que era esto, pues no hubiera permitido que se llegara a lo antiguo; porque hacéis lo que puede haber en otras partes y habéis deshecho lo que era singular en el mundo». Igual pensaban las autoridades cordobesas cuando en 1236 Fernando III decidió convertirla en catedral alterando su construcción: «porque la obra que se desfaze es de calidad que no se podrá volver a fazer en la bondad e perfeçión questa fecha».

Por allí por donde pasaba la feliz pareja, junto a los cientos de cortesanos que los acompañaban, despertaban gran interés y miles de campesinos se agolpaban a ambos lados de los caminos para verlos pasar. Y el 4 de junio llegaban a Granada. Fueron alojados en la Alhambra. Tanto Carlos como su esposa, reina y emperatriz, quedaron asombrados por tanta belleza. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que muchas de sus construcciones padecían un notable deterioro. En una época donde lo habitual era destruir las construcciones (sobre todo de índole religioso) del enemigo vencido. Sus abuelos Isabel y Fernando habían decidido conservar la Alhambra, cautivados por su belleza. Sus nietos ahora estaban igualmente admirados, y decidieron poner en marcha su restauración.

La noche del 4 de julio hubo un temblor de tierra y Carlos temió que las habitaciones donde dormían, habilitadas por sus abuelos tras la conquista de la ciudad, se vinieran abajo, por lo que decidió poner a salvo a la emperatriz y hacer que se hospedara en un convento. En Granada pasaron varios meses, y allí tuvo que hacerse cargo de muchos asuntos de gobierno. Tanto gustó a la pareja la Alhambra, que a Carlos se le ocurrió convertirla en su residencia construyendo un palacio allí mismo. Pero las obligaciones del emperador nunca le permitirían volver a Granada y por lo tanto jamás disfrutó del hermoso palacio que se comenzaría a construir solo un año después. Mientras tanto, no dejaban de llegarle malas noticias. En Italia Francisco y el papa acosaban a los ejércitos imperiales y en Hungría moría su cuñado Luis en la batalla de Mohács. A pesar de todo, fueron días felices para Carlos e Isabel, aunque la única buena noticia que recibió el emperador durante su estancia en Granada fue la de que su esposa estaba embarazada.

El 21 de mayo de 1527, tras trece horas de parto, Isabel dio a luz un niño en Valladolid. Carlos permaneció todo el tiempo a su lado. Su alegría era tal, según los cronistas presentes, que organizó numerosos festejos para celebrarlo. Después de seis semanas desde su nacimiento, el infante fue bautizado por el arzobispo de Toledo en el monasterio de San Pablo de Valladolid. Sus padrinos fueron el duque de Béjar, condestable de Castilla y su tía Leonor. Le llamaron Felipe, y estaba llamado a ser uno de los líderes mundiales más poderosos de todos los tiempos. Bajo su reinado nunca se pondría el sol. Ya hemos contado aquí parte de su vida.

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