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Los Comuneros

No está claro quiénes estaban detrás, ni por qué se levantaron, ni qué querían exactamente los llamados comuneros. Las principales ciudades en protagonizar el levantamiento fueron Toledo y Valladolid. Casi todos eran de la clase media, lo que suele llamarse burguesía, y contaban con el apoyo de los campesinos. La nobleza se desmarcó de la revuelta y no quisieron apoyarla. Y aunque el nuevo rey fuera el detonante, lo cierto es que el pueblo andaba revuelto desde mucho antes. Parece ser que no iban contra Carlos, sino que se le hacía una serie de peticiones para aceptarlo como rey.

Años atrás, Castilla había sufrido epidemias y sequías que habían acabado con sus cosechas. Había también conflictos con los monopolios de la lana. Mientras tanto, el fisco apretaba. La muerte de Isabel, la llegada de Felipe el hermoso, la muerte de Fernando y ahora la llegada del nieto extranjero que ni siquiera se quedaba a vivir en España caldeó el ambiente; los nombramientos de extranjeros en los principales puestos de responsabilidad fue la puntilla y el detonante. Guillermo de Croy y sus amigos se estaban lucrando descaradamente. Un sobrino suyo con solo 17 años fue designado para la archidiócesis de Toledo, la más rica de España y que Cisneros había dejado vacante con su muerte. A Laurent de Gorrevos, un saboyano, le fue concedida la primera licencia para el comercio de esclavos negros en América. Otros como su médico personal recibieron obispados y en los puestos más lucrativos solo había flamencos. Todo esto y mucho más, hizo que los castellanos se sintieran ultrajados.

Sus peticiones eran que Carlos volviera a España, algo completamente imposible de cumplir. El rey, en su discurso de despedida hecho en las cortes celebradas en La Coruña ya se disculpó por su partida, ya que debía hacer uso de sus derechos y acudir a ser coronado emperador, y prometió no estar más de tres años fuera. También pedían que aprendiera español, que los extranjeros fueran excluidos de su entorno, que contrajera matrimonio lo antes posible, que se le otorgara a las Cortes un papel más relevante en el gobierno, bajada de impuestos, un control en la exportación de lana, etc. Peticiones del todo razonables y dentro del estilo de gobierno que se había dado bajo el reinado de Isabel y Fernando. Llegaron a ir en busca de Juana a Tordesillas, pero la reina, aunque escuchó sus peticiones, se negó involucrarse ni a firmar ningún documento.

En vista de estas peticiones, que no parecen en absoluto revolucionarias ni iban encaminadas a rechazar al nuevo rey, no se acaba de entender por qué siguió adelante el levantamiento, ya que el rey no estaba ni estaría presente durante algunos años. Parece ser que algunos sectores se radicalizaron, y al final acabó en una guerra civil que los enfrentó contra la alta nobleza que defendían al rey. Todavía hoy, la guerra de las comunidades es objeto de estudio. Alrededor de los comuneros se ha creado cierta ideología y romanticismo y pintores como Antonio Gisbert se encargaron de plasmar en sus obras algunos episodios de la contienda. Pero todavía no ha salido a la luz una idea clara de qué era exactamente lo que querían llevar a cabo sus protagonistas.

La Coronación

De camino a Alemania, la flota hizo un alto en el camino; Carlos se llegó a visitar al rey Enrique XVIII, a la reina, su tía Catalina de Aragón y a la pequeña María de 4 años, futura reina de Inglaterra, que también se convertiría en su futura nuera. Carlos fue muy bien recibido y tuvo la oportunidad de pasear a caballo con los nobles ingleses y se entendió muy bien con Enrique durante los cuatro días que fue su huésped. Tras despedirse, la flota imperial reanudó su viaje.

De regreso a Brujas, fue recibido por su tía Margarita y allí estuvo hasta el 22 de octubre, cuando entró con su enorme escolta de tres mil soldados en Aquisgrán, ciudad donde Carlomagno había tenido su residencia favorita y lugar tradicionalmente designado para coronar a los emperadores. A la entrada le había sido entregada la llave de la ciudad, y dirigiéndose a caballo a la catedral, desmontó y entró en ella mientras cantaban un tedeum. Al día siguiente, a primeras horas de la mañana, ataviado con una túnica dorada, los príncipes electores lo condujeron de nuevo a la catedral, donde tendría lugar la ceremonia principal. Tras oír misa se arrodilló ante el altar y pronunció una serie de juramentos en latín. Luego, el arzobispo elector de Colonia le sentó en el sillón de Carlomagno, lo ungió con los santos óleos y lo saludó como Rey de Romanos.

Los demás electores pasaron uno tras otro entregándole objetos simbólicos, incluyendo el anillo y el cetro. Finalmente, el arzobispo le colocó la corona imperial en la cabeza. Carlos ya era Rey de Romanos, emperador electo del Sacro Imperio Romano, un vasto territorio compuesto por más de doscientos estados, muchos de ellos obispados y ciudades estado, que sin perder su soberanía estaban unidos políticamente. Una unión inestable donde el emperador no disponía de los medios suficientes para imponer su voluntad. Una semana más tarde Carlos estaba en la ciudad alemana de Worms, donde convocó una Dieta (reunión imperial). El tema a tratar era: Martín Lutero (Martin Luther, en alemán).

Martín Lutero

En 1517 un monje agustino en Wittenberg, impulsó la reforma religiosa en Alemania, exhortando a la iglesia a regresar a las enseñanzas originales de la Biblia. En él se inspirarían las doctrinas protestantes denominadas luteranas. Sus opiniones sobre el tema fueron condenadas por el papa, consideradas como un ataque contra la Iglesia Católica. Informado Carlos sobre el tema y sobre los problemas que podía acarrear, ordenó que Lutero se presentara ante la Dieta para explicar sus ideas. El 18 de abril de 1521 Iba a tener lugar una reunión histórica: Martín Lutero ante el emperador Carlos V. Tres días duraron las reuniones, donde Lutero asumió responsabilidades y se confirmó en sus opiniones y sus escritos: «Esa es mi postura. No puedo hacer nada más. Que Dios me ampare — Gott hilft mir —. Amén».

Dieta de Worms, Lutero ante Carlos V

Al día siguiente Carlos dio una respuesta y encargó a su secretario que escribiera lo siguiente:
«Tras la insolente réplica que Lutero dio ayer en presencia de todos nosotros, yo declaro que lamento haber demorado tanto tiempo el proceso contra el antes mencionado Lutero y su falsa doctrina. Por la presente he resuelto nunca más, bajo ninguna circunstancia, escucharle. Deberá ser escoltado de inmediato a su casa.»
La cabeza de Lutero no rodó, como podríamos pensar, sino que todo quedó en una declaración del emperador: las ideas de Lutero eran calificadas como heréticas; aunque lo cierto que es que Carlos quedó impresionado con la firmeza y convicción de aquel hombre; en una ocasión llegó a decir: «Uno de estos días, Martín Lutero se convertirá en un hombre de valía». Muchos no lo sabían, pero había comenzado una reforma que alteraría la religión y la política del Imperio.

Regreso a España

Fernando había acompañado a su hermano Carlos en todo momento. En mayo de 1521, con 18 años, se casó con la princesa Ana de Hungría; Carlos le asignó la regencia de los cinco ducados de los Habsburgo: Austria, Carintia, Carniola, Estiria y Tirol. Ahora que estaba a punto de abandonar Alemania lo nombraba regente de todo el imperio durante su ausencia. Francisco I, rey de Francia, no había encajado bien la derrota en las “urnas”, ya hemos contado que tanto él como el rey de Inglaterra eran candidatos a ocupar el puesto de emperador. Nada más ser coronado Carlos, Francisco lio la tangana en la frontera con los Países Bajos. Carlos dio las órdenes precisas a sus generales para que solventaran el problema; mientras tanto, él debía hacer una nueva visita a su tía Catalina en Inglaterra.

Más que una nueva visita a su tía, la intención de Carlos era conversar con su cuñado Enrique VIII, al cual le unía una gran amistad. Parece ser que ni siquiera el divorcio con su tía y posterior reclusión en un castillo hasta su muerte rompió la amistad entre ambos (los negocios son los negocios), los franceses iban ser una molestia durante algún tiempo y le convenía tener a los ingleses como aliados. De momento, Carlos sabía que Francisco le iba a dar problemas, no solo en la frontera con los Países Bajos, sino también en Navarra, y era más que probable que también los diera en Italia. Por eso le convenía una alianza con su cuñado, y para reforzar aún más esa alianza, se comprometió a casarse con su prima María, hija de Enrique y Catalina, cuando ésta cumpliera 12 años.

Por aquellos días moría el papa León X, y el cónclave de cardenales eligió como sustituto a su antiguo tutor Adriano de Utrecht. Con esto, Carlos se aseguraba también el apoyo papal, aunque Adriano moría solo un año más tarde. Poco antes, Guillermo de Croy, monseñor de Chièvres, consejero de Carlos también había muerto. Carlos sintió de veras su muerte, pues llevaba a su lado como tutor y mentor toda su vida. En una ocasión confesó lo siguiente: «Lo cierto es que mientras monseñor de Chièvres vivió me gobernaba, y quisiera Dios que siguiera vivo, porque sé que era prudente». Queda clara la influencia que su tutor tenía sobre el rey, ahora emperador, y seguramente fue para él una gran pérdida, pero en España, donde esperaban ansiosos su regreso, posiblemente no sintieron demasiado su muerte. Era hora ya, de que Carlos madurara y comenzara a tomar decisiones por sí mismo. Sus nuevos consejeros eran ahora el conde Enrique de Nassau y Mercurino Gattinara, quizás con ideas más frescas, menos conservadoras y mirando menos por arrimar todas las ascuas a las sardinas flamencas. Era lo que en España esperaban de la monarquía que les había llegado desde el norte.

Lo que le esperaba a Carlos nada más llegar era solventar el problema de los comuneros. Lo más grave ya estaba resuelto, pues la guerra estaba prácticamente terminada y los cabecillas habían sido detenidos. Carlos había estado informado en todo momento mientras estaba en Alemania y había enviado instrucciones al cardenal Adriano (antes de ser nombrado papa) para que llevara a cabo algunas decisiones al respecto, como nombrar dos nuevos gobernadores: el condestable Íñigo de Velasco y el almirante de Castilla Fadrique Enríquez, y acercar posturas con los nobles. La guerra de las comunidades fue una verdadera guerra civil y no fue hasta el 23 de abril de 1521 que tocó a su fin en la batalla de Villalar. Las fuerzas afines al rey, comandadas por el condestable de Castilla Íñigo Fernández, se enfrentaron a los comuneros con Juan de Padilla al frente. Era un triste día lluvioso, Padilla desplazaba sus tropas camino a Toro. Pasaron varios pueblos, y al llegar a Vega de Valdetronco, la lluvia caía con más fuerza y no podían continuar evitando el enfrentamiento. La batalla se dio en Villalar, y allí fueron vencidos de forma fulminante los comuneros.

Los líderes Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado fueron capturados, juzgados y declarados traidores a la corona; se les condenó a pena de muerte y a la confiscación de sus bienes. El 16 de julio de 1521 la flota real llegaba a Santander, días después el rey estaba en Valladolid, desde donde escribió a su querida tía Margarita: «He sido recibido con gran júbilo y triunfo por todo el mundo, y todos parecían estar mucho mejor dispuestos hacia mí de lo que cabría esperar, y en general me suplican que muestre clemencia y perdón para aquellos responsables de los disturbios pasados». La vuelta a la normalidad de Castilla era ahora una prioridad, y para eso era primordial que el rey se mostrara clemente. Antes que nada, quiso visitar a su madre en Tordesillas. A Carlos le habían contado que Juana, de alguna forma, había estado implicada en la rebelión comunera. Al llegar frente a ella, y según testigos presenciales «con mucha humildad le besó la mano», luego le preguntó qué razones la habían llevado a implicarse en la revuelta, pero no obtuvo respuesta de su madre.

De regreso a Valladolid, Carlos seguía dándole vueltas al asunto. Tal vez Juana sentía simpatía por la causa de aquellos que decidieron jugarse la vida pidiendo lo que creían justo: que los gobernase un rey que estuviese a su lado, y con la misma justicia que los gobernaron sus padres de ella, sus abuelos de él. ¿Pero cómo decidir entre lo que crees que es justo y tu propio hijo? Puede que por el camino, Carlos no solo meditara en las causas de la implicación de su madre, sino en cómo contentar al que ahora era su pueblo.

Ser rey no debía ser tarea fácil. Intentar tener contestos a todos tampoco. Pero quizás lo más difícil fuera impartir justicia con equidad. Para conseguir apaciguar Castilla había que castigar a los rebeldes, pero Carlos sabía que no podía dar una imagen de justiciero cruel, que nada más volver a España tras tres años de ausencia hacía correr la sangre de los castellanos. Para cuando hubo tomado la decisión de firmar un perdón general ya se habían ejecutado a veintidós rebeldes (hay quien eleva la cifra a cien). Fue el día de Todos los Santos de 1522 y por eso se conocería como el perdón de Todos los Santos.

Reunidos en la plaza mayor de Valladolid, el rey junto lo más ilustre de la nobleza, Francisco de Cobos, que fue el encargado de redactar el documento, dio lectura del mismo: el rey se mostraría benevolente con todas las ciudades que habían apoyado la rebelión y no habría consecuencias. Lo normal en la época era que cuando una ciudad apoyaba una revuelta fuera duramente castigada, privándolas de privilegios, aumentando impuestos o anulando ferias y congresos, entre otras cosas. Tampoco serían perseguidos aquellos que hubieran participado de forma activa en la rebelión, exceptuado a quienes hubieran tenido un papel destacado en el movimiento. Por su parte, los afectados podrían pedir indemnizaciones a los responsables. Un total de 293 comuneros fueron excluidos del perdón, aunque no fueron ejecutados. Qué duda cabe que esta amnistía proporcionó al rey una base sólida para reconciliarse con los castellanos. Y para confirmar el compromiso, el 30 de noviembre celebró la tradicional fiesta de San Andrés, patrón del Toisón de Oro, invitando a los seis caballeros de la orden que había en la corte a cenar con él.

Fue un duro golpe para la rebelión comunera, pero hubiera sido mucho más duro de no haber encontrado enfrente a un rey necesitado de conciliarse con su pueblo. En cualquier caso, el esfuerzo y la sangre derramada por los rebeldes no iba a ser en vano. Durante los años sucesivos, muchas de las principales demandas iban a ser concedidas. Las Cortes, por ejemplo, iban a reunirse con regularidad, como se pedía, y la recaudación de impuestos sería competencia de las ciudades, aunque no desempeñarían papel alguno en las decisiones de gobierno. También había decidido convertir España en su residencia por unos años (serían siete seguidos) se había propuesto aprender correctamente el español, satisfaciendo así otras dos de las demandas que se le habían hecho.

Pero quienes salieron beneficiados de aquella guerra fueron la alta nobleza; el rey los ratificó en su posición social, habiendo ayudado con su poder militar a salvar al gobierno y la monarquía. Carlos necesitaba tenerlos de su lado; así la base quedaba definitivamente asentada. Comenzaba una etapa de éxito para el rey emperador, residiendo en España y con su hermano Fernando ejerciendo como regente del Imperio. En julio de 1523, durante la celebración de Cortes en Valladolid, Carlos quiso destacar su compromiso con España, tal como expresó firmemente en su discurso: «Yo amo y quiero tanto estos reinos y los súbditos dellos como a mí mismo, y con este amor a los procuradores que estáis juntos en esta villa. En verdad desde que desembarqué en Santander me determiné de proveer las cosas que cumplen al bien de todos estos reinos.»

Había sin embargo otra petición que Carlos tenía pendiente, la de su casamiento. Su prima María, con la cual estaba comprometido, aún no había cumplido los 12 años; por otra parte, los castellanos se inclinaban por su otra prima, Isabel de Portugal. A Carlos el tema parecía no preocuparle demasiado, pues era joven y quizás el soltero más disputado de Europa, y tal vez por eso abandonó la idea de casarse con la hija de su tía Catalina de Inglaterra, aunque eso le supusiera debilitar sus alianzas con su cuñado Enrique. Sea porque los castellanos le convencieron o porque se encontraba a gusto dentro de la península Ibérica, acabó por inclinarse por crear vínculos con Portugal. Isabel era hija de su tía María y de Manuel I, ambos ya fallecidos. Manuel, cuyo último matrimonio fue con Leonor, la hermana de Carlos, murió el 13 de diciembre de 1521. Carlos le pidió a Leonor que regresara a España y así lo hizo.

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