El rehén del general romano

Turismundo rehén del general Aecio mientras su pueblo combatía a los hunos, juró no volver a fiarse de los romanos. Atila podría haber sido apresado de no haber sido por el orgulloso general, que no permitió que los godos se apuntaran ese tanto. Sin embargo, su propio padre había perdido la vida combatiendo a los hunos, todos los godos habían luchado con fiereza. Aecio actuó como un mezquino, y eso no se lo perdonaría.

Hemos visto quiénes eran los godos. Tribus que salen de las islas escandinavas y se van instalando en diversos puntos de Europa buscando tierras más cálidas. A su vez, de Asia llegan los hunos, nómadas y terribles guerreros que van sometiendo a cuanto pueblo encuentran a su paso. Los godos, ante el empuje de los hunos, huyen hacia el sur, hasta encontrar la frontera romana. Roma, cada vez más en decadencia, ve la oportunidad de engrosar sus ejércitos con mercenarios godos y de otros pueblos bárbaros. Pero Roma menosprecia a los godos e incumple repetidas veces sus acuerdos con ellos, por lo que, Alarico, su rey, pierde la paciencia e invade Roma capital. La propia sobrina del emperador, Gala Placidia es secuestrada. A partir de aquí, el imperio está en jaque. Pero Alarico muere y sus sucesores van pactando. Gala Placidia llega a ser reina de los visigodos, pero a la muerte de su marido Ataúlfo, vuelve a Roma. También hemos visto ya quiénes eran los hunos y cómo humillaron al Imperio, obligándolos a pagar tributos para mantener la paz.

 

Pero a la muerte del emperador de oriente llega al poder Marciano, un general bien curtido, que le planta cara a Atila y le dice que si quiere cobrar los tributos venga él mismo a buscarlos, pero le advierte que quizás, en vez de dinero encuentre su espada. Atila monta en cólera y bajo el pretexto de que se le ha negado la mano de Honoria, la hija de Gala Placidia, reúne un gran ejército y se dirige a las Galias. Es aquí donde se unen los dos hilos de nuestra historia, que desemboca en una gran batalla entre hunos y la coalición de godos y romanos. Y son éstos los que obtienen una gran victoria contra los hunos, demostrándose así, que Atila no era un buen general cuando de mandar un gran ejército se trataba. Pero ahora estaba furioso y se dedicaba a aplacar su rabia con acciones tan cobardes como atacar poblaciones desamparadas.

Turismundo
En las Galias, Turismundo, recién nombrado rey de los visigodos, da sepultura a su padre mientras por su mente no pasa otra cosa que no sea romper toda clase de lazos con Roma. Turismundo fue nombrado rey sobre el cuerpo aún caliente de su padre, y desde el primer momento le dejó claro a los nobles sus ideas expansionistas y su voluntad de cortar todos los lazos con Roma, que no había hecho otra cosa que menospreciarlos, engañarlos y humillarlos desde los tiempos del rey Alarico. Pero los nobles no veían con buenos ojos la ruptura con Roma, y en esa postura iba a encontrar a sus propios hermanos Frederico y Teodorico. En cualquier caso, el reino de Tolosa fue expandiéndose cada vez más y Turismundo fue ganando terreno a los demás pueblos bárbaros que se asentaban por la Galias. Hasta aquí, Roma no se pronunció, pues tanto daba si las Galias pertenecían a unos u otros bárbaros. Pero he aquí que Turismundo puso cerco a Troye, una ciudad gala bajo la protección romana. Entonces, el general Aecio quiso poner fin a aquel desafío.
Era una noche cualquiera del año 453. Turismundo andaba preocupado por su fallido ataque a la ciudad de Arles e invitó a cenar a sus hermanos. Hablar con ellos sobre el tema le ayudaba a sofocar su ansiedad. Sabía que Frederico y Teodorico eran contrarios a sus ideas, y vio un buen momento para intentar convencerles de que se equivocaban. Con Roma, el pueblo godo no llegaría nunca a ser nada, solo vasallos del imperio. Alarico había sabido verlo y él estaba resuelto a continuar por el mismo camino. Si ellos, sus hermanos al menos, ya que los nobles estaban ciegos, si ellos pudieran ver más allá y le ayudasen… Pero sus hermanos solo le seguían la corriente. Unos días antes, Frederico y Teodorico se habían entrevistado con el general Aecio, que preocupado por la actitud de Turismundo quería buscar una solución. Roma era el Imperio donde querían entrar a formar parte todos los demás pueblos. La prosperidad, el futuro. ¿Por qué Turismundo se volvía ahora contra Roma? Aecio sabía que podía contar con sus hermanos, pero, ¿hasta qué punto? Hasta el final, fue la respuesta. Y aquella noche, no fue un Judas, sino dos, los que se sentaron a la mesa, que después de aceptar la cena de su hermano se despidieron deseándole buenas noches cuando éste se retiró a dormir, para acto seguido entrar a su aposento, inmovilizarlo y estrangularlo.
Hay otras versiones que cuentan que Turismundo se encontraba enfermo en su cama y enviaron a un criado a hacer la faena. Pero cualquiera que fuera quien lo hizo, el caso es que fue asesinado por una conspiración tramada por Aecio
¿Y qué había sido de Atila? En su afán de venganza, había recorrido Italia de norte a sur arrasando cuanto encontraba a su paso, haciendo valer aquella frase que decía que donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba. Pero encontrándose al sur, comenzó a extenderse una epidemia entre su ejército, hasta tal punto que pronto hizo más daño entre sus hombres que el sufrido en la batalla contra romanos y visigodos en las Galias. Atila, que era muy supersticioso, llegó a creer que lo que sus hombres sufrían era un castigo divino, al igual que lo sufrió Alarico estando también en el sur de Italia, por lo que, temió por su propia vida y decidió salir de aquellas tierras. Sin embargo, la superstición no le hizo dar marcha atrás en su idea de no abandonar Italia sin antes hacer lo que el propio Alarico hizo, arrasar Roma capital. Esta decisión vino tras la nueva negativa de Marciano a seguir pagando tributos a los hunos. La primera negativa, recordemos, fue lo que enfureció a Atila, provocando el ataque a las Galias con la excusa de que le habían negado la mano de Honoria. Pero el ejército de Atila no estaba en sus mejores momentos para hacer frente a un posible ataque. Tampoco lo estaba Aecio, que había estado siguiendo las acciones de los hunos durante su campaña pero sin presentar batalla, pero el general Marciano, ya había enviado tropas al Danuvio, por lo que había que actuar con mucha cautela.

Atila marchó contra Roma, y encontrándose en el río Po, cerca de la ciudad de Mantova, vino a hacerle frente la última persona en el mundo que esperaba encontrar, nada menos que el mismísimo Papa. León I, canonizado un siglo después de su muerte, no temía a Atila, que acechaba como un perro rabioso, pero el Papa era un gran diplomático. Por su parte, Atila, todo lo que tenía de guerrero lo tenía de supersticioso. El hecho de que aquel clérigo tuviera nombre de animal ya no le auguraba nada bueno. No obstante, se habla de que ambos tuvieron una charla de lo más cordial. Nadie sabe lo que hablaron ni lo que negociaron, lo único claro es que Atila se retiró y no atacó Roma. Y ahora, todo lo que algunos historiadores han tratado de averiguar al respecto son hipótesis, que van desde los que creen que el Papa le ofreció en oro todo lo equivalente a lo que hubieran obtenido con el saqueo, hasta los que piensan que la superstición de Atila le hizo recapacitar, pues Alarico había muerto después de saquear la ciudad. De una manera u otra, León I evitó una masacre y Atila no entró en Roma como lo hizo Alarico.

 

Teodorico 
Había matado a su propio hermano, pero nadie, excepto los adeptos a Turismundo, se lo iba a tener en cuenta y fue elegido nuevo rey. Había sido un mero trámite para quitar a un rey y poner a otro. Los nobles y todo el que pintaba algo en las tribus de aquella época lo aceptaban, sin más. La política de Turismundo no gustaba a los que pensaban diferente. Se le mata y punto. A rey muerto, otro en su puesto. Así parece que eran las cosas en aquellos tiempos, en fin. Sea como fuere, los visigodos tenían nuevo rey en el reino de Tolosa, allá por las Galias, la Francia de aquellos entonces. Teodorico era partidario de seguir formando parte del Imperio, así que su política iría principalmente dirigida a favorecer los intereses romanos, pues según él, el bien de Roma era el bien de su propio reino.
Aecio y él harían buenas migas. Como federados de Roma, los visigodos debían principalmente proteger las fronteras del Imperio, aunque también deberían acudir a socorrer cualquier foco de rebeldía como aliados. Fue el caso de la Tarraconense, en Hispania, donde las cosas estaban revueltas. Los bagaudas eran una especie de bandoleros que protestaban contra el sistema imperial romano, aunque a veces solo se dedicaban al pillaje y la rapiña. Valentiniano III había enviado destacamentos a esta provincia a fin de resolver el problema de seguridad que los terratenientes padecían con estos bandoleros. Aecio le concedió a Teodorico el privilegio de ponerse al mando de estas tropas. Teodorico II ya tenía su premio, y Aecio tenía su marioneta.

Pero el instigador del asesinato de Turismundo estaba a punto de pagar por su crimen. Quien a hierro mata, a hierro muere. Una conjura se cernía sobre la cabeza de Aecio y él nada sospechaba. Valentiniano III, hijo de la ya difunta Gala Placidia, era de carácter endeble y pendenciero. Pero su madre ya no estaba allí para protegerle, y su dependencia se convirtió en temor e inseguridad. Aecio era su principal preocupación. Un general que había vencido nada menos que al todopoderoso Atila podía hincharse de orgullo y atentar contra su persona. Y el hecho de que no hubiera acabado con él, con rumores que hablaban de una supuesta amistad con el huno y que le había perdonado la vida, le hacían a sus ojos más peligroso todavía. La envidia de Valentiniano al enterarse de que Atila había sido vencido fue tal, que mandó de inmediato la fabricación de monedas con su figura representando un guerrero que pone el pie encima de un huno vencido, cuando ni siquiera estuvo presente en la batalla, y cuando ni siquiera fueron los romanos los artífices principales que provocaron la derrota de los hunos. Valentiniano lo tenía decidido, Aecio debía morir.

Muerte de Atila
Era el año 453, Atila regresaba a su reino, Panonia, y lo hacía con su ejército diezmado y enfermo. Allí se quedarían el tiempo necesario para reorganizarse y preparar un nuevo ataque. Al Imperio de Oriente se la tenía jurada, Marciano iba a pagar su osadía de haberle negado los tributos. Tenía ganas de demostrarle a aquel general que había llegado al poder gracias a su casamiento con la hija de anterior emperador, que nadie podía retar a Atila y salirse con la suya. Después, si conseguía superar su superstición, quizás se decidiera por fin a saquear Roma. En cuanto a Honoria, bueno, a Honoria ni siquiera llegó a conocerla. Era ya el mes de marzo, sus hombres, los que no habían muerto, se recuperaban bien. A él mismo, a sus 50 y tantos años le estaba sentando bien aquel descanso. Y entonces sucedió algo imprevisto.
Ante él se cruzó Ildiko, una princesa de la tribu de los burgundios, aunque otros cuentan que era ostrogoda. Ildiko era tan bella, que Atila no se lo pensó dos veces, se casaría inmediatamente con ella. Al lado del río Tisza se organizó una gran fiesta para celebrar la boda. Atila no era dado a la bebida en exceso, pero aquella era una ocasión especial y brindó una y otra vez con todo el que llegaba a felicitarlo. Aquella noche, el rey de los hunos estaba más alegre que de costumbre, nada fuera de lo normal en una boda, la suya propia. Pero Atila hacía una temporada que padecía un problema, cuando menos lo esperaba, tenía hemorragias nasales. Y quizás fue esto lo que le mató, porque Atila moriría aquella noche.

Después de la fiesta, Atila subió a sus aposentos con su esposa. Nadie sabe exactamente qué pasó, pero a la mañana siguiente sus hombres lo encontraron muerto en el suelo en un gran charco de sangre y a su esposa llorando horrorizada. Como no hay datos que detallen qué fue lo que ocurrió realmente, siempre hay quien propone más de una versión. La más aceptada es la de la hemorragia nasal, que al pillarle dormido y borracho no pudo reaccionar y murió ahogado en su propia sangre. Pero hay quien no descarta un asesinato cometido por su propia esposa o incluso por espías romanos y tampoco se descarta una muerte súbita, nada que se pueda probar, pero el caso es que Atila, el azote de Dios, dejó de serlo aquella noche.

La cultura de la muerte
¿Eran romanos, godos, hunos y demás bárbaros tan criminales como pensamos que eran? Nos ha llegado la horrible imagen de romanos que disfrutaban en el circo viendo cómo se mataban unos gladiadores contra otros, con toda seguridad esclavos obligados a hacerlo. Peor aún resultaban las sesiones donde familias enteras, incluidos niños, eran devorados por leones y otras fieras. ¿Era la chusma tan despiadada como para disfrutar viendo semejantes espectáculos de horror? Quizás donde peor se las gastaban era en las altas esferas de la época, donde se conspiraba y se llevaban a cabo ejecuciones de los más altos cargos, incluidos senadores, césares y emperadores. Entre los godos, alanos, suevos, hunos y demás podemos encontrar más de lo mismo. Reyes que son asesinados por sus propios hermanos para llegar al poder y oponentes vencidos que son ejecutados sin piedad.

Mil años más tarde la cosa no había cambiado demasiado y en el siglo xii todavía encontramos, por ejemplo, a los hijos de Fernando I, Sancho y Alfonso, librando encarnizadas batallas por los reinos de León y Castilla. Cuando ahondamos en nuestra historia, que en este aspecto no es ni mejor ni peor que la de otros países, es inevitable llegar a pensar: ¡Por Dios! ¿Qué clase de reyes nos gobernaron en el pasado? ¡Qué vergüenza, qué criminales! Tranquilos, que por horrible que parezca, la cosa no es para tanto.
La explicación pudiera estar en que, con el paso de los siglos, quizás nos hemos vuelto demasiado sensibles y nos escandalizamos por “nada”. Ironías aparte, el caso es que ellos no lo hacían, no se escandalizaban, tenían otra percepción de la vida en todos los aspectos. El despido, o la destitución de cargos públicos no se había inventado todavía, y si alguien no valía para un determinado cargo, se le mandaba al otro barrio de la misma manera que hoy se le manda a la cola del paro, con la ventaja de que tal sistema era más rentable para el gobierno que no tenía que pagar subsidio de desempleo o pensiones vitalicias. La lista de emperadores asesinados es interminable. Pero fíjense que el nuevo emperador a menudo solía ser el mismo asesino. ¿Con qué argumentos podría presentarse hoy como presidente del gobierno alguien que hubiera asesinado al presidente anterior? Y sin embargo en la antigua Roma se hacía de la forma más natural y con todo el derecho a quedarse con la esposa viuda, con las hijas y hasta con el perro.
Evidentemente, esto tenía sus riesgos como se ha demostrado en repetidas ocasiones. No todos podían estar de acuerdo con aquellos métodos, pero nada difería demasiado de un emperador elegido sin sangre de por medio. Entre los godos, aquella “entrañable” lista de los reyes godos, ya hemos visto cómo los propios hermanos llegaban a liquidarse, y no precisamente por envidiar el trono, sino por el propio bien del pueblo. Eliminar al rey que no hacía lo que la mayoría creía correcto era una forma de hacer un buen servicio al reino. De esta forma, Teodorico II fue un buen rey y nadie le reprochó haberlo sido con las manos manchadas de sangre de su propio hermano. Pero he aquí que cuando dejó de hacer lo que todos pensaban que era bueno para el pueblo, no dudó en liquidarlo su otro hermano. Y tampoco nadie lo tachó de criminal.
Pero, ¿por qué pensaban y actuaban así en aquella época? Bueno, en aquella época y en esta. Porque viendo lo que ocurre en nuestros días en determinados lugares podemos hacernos una idea de lo que ocurría hace 2.000 años. Todo es cuestión de culturas y modos de vida. En los países más desarrollados ha cambiado la mentalidad hasta el punto de ver imposible que reyes como aquellos llegaran a gobernarnos a día de hoy. Sin embargo, en aquella época, la vida no se concebía sin la muerte. La guerra era la razón de ser de muchos hombres y mujeres. Y en las guerras de hace 200 años para atrás, la muerte estaba mucho más presente. Una bomba puede matar a cien veces más hombres que una espada, pero con la espada, la muerte podía sentirse muy de cerca, porque la propia sangre de tu enemigo te salpicaba. Se puede decir que los hombres estaban curtidos en la muerte.
La guerra era un oficio corriente, los reyes no podían permanecer en el poder sin las guerras, los reinos necesitaban las guerras, porque las guerras eran el principal negocio de todo país. Y ante tanta guerra, la cultura de la muerte estaba tan instalada en la sociedad, que prácticamente todo rondaba alrededor de ella. Después de todo, la muerte era un ciclo más en el tránsito de la vida. Porque todos estaban convencidos que más allá de nuestra existencia en la tierra había algo más. Y si no, a cuento de qué se enterraba a la gente junto a sus tesoros, el que los tuviera. Grandes reyes como Alarico o Atila fueron enterrados junto a grandes fortunas, porque estaban convencidos que en el más allá las necesitarían. Si eras rico en este mundo lo seguirías siendo en el otro.

En cuanto a los miserables, seguirían siéndolo aquí y allí también. Por eso, matar a tu hermano podía significar solamente adelantar su tránsito hasta la otra vida, ya que en ésta solo era un obstáculo. Cortar la cabeza a tu enemigo era un simple trámite burocrático en beneficio de tu pueblo. Y mucha de la gente de tu alrededor no era más que gente fuera de lugar, como los esclavos, que al menos mientras estuvieran en esta vida podían dar un buen servicio a los que sí estaba en su lugar. Y por eso nadie se escandalizaba cuando los cristianos, que no eran más que alborotadores en la civilizada Roma, se destinaban a divertir al pueblo sirviendo de alimento a los leones del circo. Hubiera sido una pena enviarlos al más allá sin haberlos aprovechado antes para distracción de un pueblo, que debido a la guerra, estaba falto de diversión.

 

Genserico
Aecio fue acusado de conspirar contra Valentiniano para usurparle el trono, fue llamado a Palacio y ejecutado allí mismo. Roma perdió a uno de sus grandes generales. Un pilar más que perdía el Imperio. Un paso más hacia el abismo al que estaba condenado a caer. . Por si fuera poco, África ya no era el granero de Roma, al menos no un granero donde abastecerse gratuitamente. Ahora había que pagar. ¿A quién? A Genserico, el rey de los vándalos en el norte del continente, aquellos vándalos que fueron hostigados en la península Ibérica y que hartos de luchar cruzaron el estrecho para establecerse en lo que una vez fuera Cartago y hoy es Marruecos y Argelia. Y Valentiniano tenía que aguantarse y pagar, porque si por el norte ya tenían a los hunos, ahora solo le faltaba tener como enemigos a los alanos en el sur. Tal vez por eso, Valentiniano quiso estrechar lazos con su rey Genserico casando a su hija con su hijo. Pero este compromiso iba a terminar en un autentico desastre.
Eudoxia, así se llamaba la chiquilla, era la hija menor de Valentiniano, y estaba a punto de hacer exactamente igual que su tía Honoria, pedir socorro a los bárbaros. Eudoxia fue prometida en matrimonio a Hunerico, el hijo de Genserico. Hasta aquí todo bien. Pero un par de años más tarde, en 455, los familiares y amigos del general Aecio llevaron a cabo su venganza y Valentiniano fue asesinado. El nuevo asesino, Petronio Máximo, se convertiría, cómo no, en nuevo emperador. Petronio entonces toma una decisión que sería fatal para él y para la ciudad, casarse con la viuda y prometer a su hijo Palladio con la hija del difunto Valentiniano. Eudoxia pide socorro, ¿a quién? A su prometido, a quien ni siquiera conoce. Eudoxia no estaba dispuesta a casarse con el hijo del asesino de su padre. Vamos ahora a tratar de imaginarnos los acontecimientos que vienen a continuación, a sus personajes y su forma de actuar.
En una parte tenemos a los romanos, que no necesitaban la menor excusa para quitar de enmedio a un emperador y usurparle el puesto. Si tienes a unos cuantos senadores de tu parte y la guardia ha sido sobornada debidamente, la cosa te puede salir medianamente bien. En la calle, la gente asiste con estupor a lo que ocurre, pero, salvo excepciones, suelen pasar del tema. Al otro lado del estrecho tenemos a unos bárbaros, que por muy civilizados que a esas alturas estuvieran, seguían siendo bárbaros en el sentido moderno de la palabra, aunque originalmente solo significaba extranjero. Estos bárbaros, aunque siempre habían deseado formar parte del Imperio, no se sentían precisamente favorecidos por sus gobernantes, por lo que, en el fondo siempre había un resentimiento. De pronto, llega una carta que pide socorro.
Además, el asesino y usurpador ofende gravemente al hijo del rey bárbaro pretendiendo robarle a su prometida. ¿Qué ocurre entonces? Que Genserico enloquece porque no puede creer que se lo hayan puesto todo en bandeja. No está escrito que por la cabeza de Genserico pasara emular la hazaña de Alarico saqueando Roma, pero seguro que alguna vez lo deseó, porque no se lo pensó ni un instante y puso a todo su ejército en marcha. La doble excusa: derrocar al usurpador asesino y no permitir que le robaran la novia a su hijo. El verdadero motivo: los tesoros que podían conseguir saqueando aquella hermosa ciudad. Porque, ¿cuándo le iban a brindar una oportunidad como esta que ahora se le presentaba? Y encima, el general Aecio ya no estaba para hacerles frente, las fuerzas de Roma estaban bajo mínimos. Era ahora o nunca.
Verdaderamente, Genserico enloqueció. El pueblo de Roma, al enterarse de que los bárbaros estaban a las puertas de la ciudad, se levantó en armas contra Petronio, esta era una de esas excepciones en que el pueblo no pasaba del tema. Por su culpa iban a sufrir un nuevo saqueo, y para colmo, Petronio no solo no podía hacer frente a lo que se le venía encima a Roma, sino que pretendía escapar. Petronio fue apedreado hasta morir, pero ahora quedaba lo peor. Al Papa León I le iba a tocar de nuevo hacer el papel de salvador de la ciudad. Salvador I hubiera podido ser perfectamente su nombre. Imaginemos de nuevo la situación. Los bárbaros a las puertas de la ciudad. Enfrente el Papa. El uno con cara de santo, el otro con cara de loco. El santo le pide por Dios que deje en paz a aquella ciudad que ya sufrió en sus carnes la barbarie de Alarico y a punto estuvo de sufrir de nuevo la de Atila. El loco no deja de mirar a un lado y a otro con los ojos muy abiertos y sin dejar de repetir una frase: ¡cuanto que robar! Es lo que cuentan que decía al verse rodeado de tantas riquezas, o lo que él intuía que podía haber en el interior de tan majestuosas casas. Una especie de Smigol que no dejaba de repetir: “mi tesoro”.

El Papa, por muy buen diplomático que fuera, enseguida se dio cuenta que no iba a ser fácil convencer a Genserico de que desistiera en su empeño de arrasar la ciudad. Así que optó por lo más fácil y lo menos doloroso, permitirles que la saquearan y robaran cuanto quisieran bajo el juramento de no hacer daño a nadie ni destruir edificios ni monumentos. Genserico aceptó. Genserico cumplió su deseo de saquear Roma, que fue despojada de muchas riquezas, pero no sufrió daño alguno, o no todo el daño que hubiera sufrido si a los bárbaros se les hubiera dado vía libre.

 

Los títeres de Roma
Cuando Teodorico II se enteró de todo lo ocurrido marchó a Roma a ver qué se podía hacer por salvarla. Aecio había muerto, y a su vez también murió el que lo mandó ejecutar, y también el que ejecutó al ejecutor. La ciudad había sido arrasada por los bárbaros de África, que además, se habían llevado como rehenes a la viuda de Valentiniano y a sus dos hijas, una de ellas la prometida de Honorico, el hijo del rey Genserico. Un verdadero desastre. El Imperio occidental estaba completamente roto. Del esplendor de Roma solo quedaban ya sus edificios y sus monumentos, que habían sido respetados una vez más por sus saqueadores. Ni siquiera había ya nadie que la gobernara. Y en un empeño porque Roma no muriera definitivamente, fue nombrado un nuevo emperador: Marco Mecilio Avito. En su elección tuvo mucho que ver la influencia de Teodorico, pues Avito había sido gran amigo de su padre y sin duda beneficiaria los intereses del pueblo godo. Los visigodos eran pues, los federados más influyentes del Imperio, y por eso, los demás pueblos bárbaros de la península Ibérica se rebelaron contra el nuevo emperador, no reconociéndolo como tal. Requiario, rey alano de la provincia Gallaecia, lanzó un ataque contra la Bética, la Cartaginense y la Tarraconense, es decir, comenzaron a saquear practicamente toda Hispania. Teodorico se lanzó a hacerles frente con un gran ejército.
Era el año 456. Ante el empuje visigodo, los Alanos se replegaron para organizarse y enfrentarse de nuevo en las inmediaciones de Astorga, a orillas del rio Órbigo. El 5 de octubre tras un brutal combate con centenares de bajas en ambos bandos, Requiario ve cómo los suyos retroceden hasta salir huyendo en desbandada. Teodorico ordenó la persecución de los alanos hasta que Requiario fuera capturado. Tras varios meses, el rey alano fue capturado en Oporto. Requiario fue el primer rey germánico que se convertía al catolicismo y sus relaciones con los visigodos habían sido bastante buenas, hasta el punto de que se casó con una hija de Teodorico I, o sea que Requiario era cuñado de Teodorico II. La ofensa contra el visigodo había sido grande, Requiario lo sabía, y también sabía cuáles eran las penas que se imponían en estos casos, pero por el hecho se estar casado con su hermana podía salvarle la cabeza. Eso era lo que él esparaba, pero Teodorico no dudó en mandar que se la cortaran. En la provincia Gallaecia fue nombrado por el propio Teodorico un nuevo rey de su confianza, Agiulfo. Pero Teodorico no acaba de aplacar una revuelta cuando le estalla otra. En Roma ha sido destituido Avito, el emperador que él había dejado en el trono. En su lugar gobernaba ahora un tal Julio Mayoriano, que se había alzado con la ayuda de Ricimero, un rey suevo pariente de los visigodos.

Teodorico no reconoció a este nuevo emperador y su desafío consisitió en expandir el reino de Tolosa apoderándose de nuevos territorios galos. Pero Julio Mayoriano era un duro oponente y le paró los pies. Al final, a Teodorico no le quedó mas remedio que pactar con él. Quizás por haberle podido parar los pies a Teodorico, el nuevo emperador creyó que podría hacer lo mismo también con los vándalos del norte de África, pero fue con estos donde sufrió una severa derrota. Y tras la derrota el castigo, Mayoriano fue asesinado. El propio Ricimero, que había alzado al trono a Mayoriano, ponía ahora en su lugar a un tal general Livio Severo. Un baile de emperadores títeres que irán marcando el ritmo cada vez más acelerado de la caida del Imperio. Como Teodorico tiene comprobado que siempre le ha ido mejor su alianza con Roma antes que enfrentarse a ella, decide aliarse también con el nuevo emperador. Pero esta vez, los nobles visigodos no están de acuerdo. Roma se había deteriorado demasiado en los últimos 13 años desde que él mató a su hermano por esta causa. Estar con el Imperio significaba entonces estar con los vencedores, ahora todos sus emperadores eran títeres y perdedores. Teodorico debía hacer que su pueblo se sintiera de una vez lo que era, una potencia creciente que ya nada necesitaba de Roma. Pero él no lo veía así. Y por eso, los nobles decidieron que debía dejar el puesto de rey. Su hermano Frederico había muerto unos años atrás, pero todavía le quedaba Eurico, y este fue el elegido para la ejecución. Eurico mató a su hermano Teodorico, tal como éste había matado a Turismundo. Por el bien del reino.

 

El reino de Tolosa
Ricimero fue un curioso y controvertido personaje que luchó junto al general Aecio. Tras la muerte de éste y de Valentiniano, fue nombrado comandante de los ejércitos y se las ingenió para tomar el control de la corte e ir nombrando y descartando emperadores según su antojo, pues al ser germano, él mismo no podía serlo. Los visigodos por su parte ya tenían nuevo rey: Eurico. Era el menor de los hijos de Teodorico I pero ya tenía 46 años cuando fue nombrado rey. A Eurico, todo aquel baile de marionetas en Roma le vino muy bien, pues se desentendió por completo del Imperio y se dedicó a expandir su propio reino. El reino de Tolosa llegó a tener su máxima extensión y además fue conquistando territorios en Hispania. Para el año 468 la mayor parte de la península Ibérica ya formaba parte del reino visigodo, convirtiéndose en la máxima potencia mediterránea. Eurico llegó a reconocer solo a uno de aquellos emperadores títeres, a Julio Nepote, del que obtuvo reconocimiento de la independencia goda.
En aquel momento se puede decir que nació el pueblo godo como nación. Y no lo hizo como tribu primitiva ni como reino nómada y arcaico, sino como reino con territorio donde asentarse, organizado y con leyes propias, pues Eurico fue el primer rey germánico en crear un cuerpo legislativo y gobernar mediante leyes escritas. A estas leyes se les llamó el Código de Eurico y se componían de unos 400 capítulos. Aunque hay que decir que todas estas leyes solo se aplicarían, de momento, a los componentes del pueblo visigodo y no a los habitantes nativos de los territorios conquistados. Flavio Rómulo Augusto no tenía más de 12 o 13 años cuando fue nombrado emperador por su propio padre, el general Orestes. Era el año 475. Orestes había servido como secretario de Atila aunque era ciudadano romano y por aquel ir y venir de generales y emperadores, ahora le tocó a él tomar las riendas del alocado Imperio que se venía abajo irremediablemente. Los historiadores no dejan de notar lo curioso de que éste emperador llevara los nombres de Rómulo, fundador de Roma, y Augusto, primer emperador, porque Rómulo Augusto sería ya el último; el Imperio Romano desaparecía en el año 476 cuando fue destituido. Muchos le llamaron Augústulus, que significa pequeño Augusto.
Hay quien difieren y mantiene que el último emperador fue Julio Nepote, pues éste siguió gobernando después de la destitución de Rómulo, pero lo cierto es que Roma desapareció del mapa tal como había sido hasta ese momento. Roma había ido perdiendo territorios y en el momento de su caída solo se componía de Italia, parte de las Galias y poco más. Quien saldría beneficiada de todo aquello sería la Roma Oriental, que subsistiría casi mil años más. La parte occidental nació por la necesidad de una administración más eficaz de lo que llegó a ser una basta extensión de territorio. El primero en dividirlo en dos fue el emperador Diocleciano a finales del siglo III, instituyendo la forma de gobierno conocida como tetrarquía. Esto consistía en dividir el poder en dos partes, cada emperador se encargaría de una parte del imperio y a la vez habría dos césares o emperadores de reserva. En la práctica, este sistema fue un desastre cuando Diocleciano dejó el poder y se desataron una serie de guerras civiles que concluyeron cuando Constantino I reunificó de nuevo el Imperio en 324. Constantino pensaba, que en vez de dividir el imperio, podría trasladarse la capital a un lugar más eficiente. Fue entonces cuando se reconstruyó la ciudad de Bizancio para convertirla en nueva capital del imperio.

La llamó Nueva Roma, aunque popularmente siempre se conoció como Constantinopla (la Ciudad de Constantino). El lugar era ciertamente inmejorable y desde allí se controlaban las principales rutas comerciales del Mediterráneo oriental. Aparte de situar allí la capital, Constantino adoptó la religión Católica y Teodosio la proclamó como oficial a finales del siglo IV. A la muerte de Teodosio, el Imperio vuelve a dividirse. La parte occidental, la compuesta principalmente por Italia, Galia e Hispania, con capital en Roma, la gobernaría Honorio. La parte occidental, compuesta por los territorios griegos, asiáticos y africanos, con capital en Constantinopla, la gobernaría Arcadio. Quizás por su situación más estratégica, o quizás por el temperamento de sus gobernantes, la parte occidental siempre resistió mejor los ataques de los bárbaros que casi siempre preferían embestir contra occidente.

Tenemos el caso de Atila, que prefirió atacar en la Galia poniendo como excusa la negativa de Valentiniano a entregarle a Honoria como esposa, aunque el verdadero motivo fue que Marciano no quiso seguir pagando tributos. Los vándalos por su parte se instalaron en el norte de África hasta apoderarse del grano que entraba a Roma. Y para colmo de males los emperadores se sucedían a una velocidad de vértigo. Todo esto había causado tal desgaste, que el Imperio no pudo resistir más. Año 576, fin del Imperio de Occidente. Comienza la era del Imperio Bizantino, la parte oriental en solitario. A su vez, va naciendo Hispania como reino, aunque en esos instantes sus fronteras eran cambiantes y abarcaban desde la mitad de Francia hasta casi toda la península, a excepción de la parte noroeste, donde reinaban los suevos, aunque como vasallos de los visigodos. Era el Reino de Tolosa.

Los arrianos
Eurico llevó al reino visigodo a su máxima extensión y le proporcionó un código de leyes. Pero este rey era odiado en las tierras de nueva conquista. La razón hay que buscarla no solo en la personalidad de Eurico, que ya de por sí era despiadado con los vencidos, sino en su religión, que chocaba frontalmente contra el catolicismo. Los visigodos se habían convertido al arrianismo, que no es muy diferente a la religión católica, pero lo suficiente como para incitar al odio de unos contra otros. Conviene aclarar como empezó todo.

Los romanos eran politeístas y adoraban todo cuanto le pusieran delante. Tal como hacían los griegos, tenían un dios para cada menester. Incluso adoptaron a sus dioses (a los dioses griegos) cambiándoles el nombre. Por lo tanto, no es de extrañar la aceptación del Dios de los cristianos. Pero cuando la religión católica fue hecha oficial, los romanos se vieron de pronto privados de sus innumerables dioses, así que los dirigentes católicos se vieron casi obligados a tener cierta condescendencia adoptando algunas costumbres y tradiciones no solo entre los romanos sino entre otros pueblos adheridos al Imperio. Los bárbaros que iban llegando a Roma intentaban encajar en ella y la conversión al cristianismo era un requisito, si no exigible, sí conveniente. Por lo tanto, los visigodos instalados en territorio romano eran ya católicos.

Ante tanto cambio de religión, no es de extrañar que ciertos estudiosos en teología miraran con lupa la nueva religión dominante en el Imperio. Jesucristo solo hacía tres siglos que había muerto en territorio de dominio romano y bajo la justicia de uno de los gobernadores del Imperio. Querían tener claro quién era aquel que en apariencia era hombre pero a la vez, todos decían que era el mismísimo Dios y había hecho milagros. Y así, poco después de que Constantino legalizara el cristianismo, un tal Arrio, presbítero de Alejandría, difundió la idea de que Cristo era hijo de Dios, pero no Dios, y además le negaba la divinidad. Como ejemplo ponía el hecho de que Jesús no fue capaz de salvarse de la cruz. El tema, donde se analiza la naturaleza de Cristo, es algo más profundo y complejo, pero en lo fundamental, el arrianismo consiste básicamente en estar en contraposición de la Trinidad católica. El arrianismo fue condenado como herejía en el 325, aunque subsiste hasta nuestros días en numerosas religiones basadas en el cristianismo.

Aparentemente, tan poca cosa ponía en entre dicho la divinidad de Cristo y eso dio lugar a que Eurico chocara frontalmente contra los católicos que ya habitaban la península Ibérica, que por cierto, eran muchos más que los visigodos. En la península había unos 5 millones de habitantes adaptados ya a las costumbres romanas. Llegar, conquistar y decir aquí mando yo no era suficiente, había que poblar Hispania con gente visigoda para poder dominarla con efectividad. Había espacio para mucha más gente, y desde Francia comenzaron a desfilar carretas con miles de familias que iban instalándose por toda la península. Fue una autentica colonización. Se calcula que unas 200.000 personas cruzaron los Pirineos, aunque no todas lo harían de momento, ni por voluntad propia. Con todo, el porcentaje de visigodos entre la población hispano-romana fue de apenas un 5%.

¿Cómo acogieron los hispanos-romanos a los nuevos colonos godos? Por los documentos de la época en los que se detallan las normas impuestas por los recién llegados, se puede suponer que mal, muy mal. Estas normas, copiadas de los antiguos colonos romanos, exigían a los propietarios a dividir sus tierras en tres partes y ceder dos a los recién llegados, por el morro. Pero, ¿acaso no había territorio vacío para que los godos se instalaran sin tener que apoderarse de las tierras de los hispanos? Por supuesto que lo había. Muchísimo. Pero esto es igual que llegar a la selva amazónica, talas árboles y preparas tierra de cultivo; te puede llevar bastante tiempo y trabajo; casi mejor robarle a los nativos la tierra de cultivo ya preparada. España no se parecía demasiado a la selva amazónica, pero hace 1.500 años seguro que era muy diferente a lo que es ahora. Roma había caído y a los hispanos no les quedaba otra que adaptarse al dominio de la nueva potencia europea. Los visigodos eran menos numerosos, pero tenían un gran y poderoso ejército.

Pero desde el punto de vista godo, no se puede negar que, aunque algo bruto, Eurico hizo de su pueblo una gran potencia. Y cosa curiosa, Eurico murió de muerte natural en su cama, algo que no había conseguido todavía ningún rey godo. Dicen que cuando sintió que iba a morir quiso ser llevado a su casa y pidió a los nobles que apoyaran a su hijo, que pronto sería el nuevo rey: Alarico II.

 

El reino de Siagrio
¿Qué fue lo que quedó del Imperio Romano Occidental? Quedar, quedó todo. Y aunque algunos historiadores se empeñan a dar una versión menos dramática de los hechos, aludiendo a que el Imperio no murió, sino que se transformó, el caso es que quedó hecho añicos. Un desbarajuste en toda regla. Hispania quedó bajo el poder de los visigodos del reino de Tolosa e Italia con gobernantes que se dedicaban a usurpar y destituir a unos y a otros constantemente. Mientras tanto, el último “magíster militum” (máxima autoridad militar) Afranio Siagrio se empeña en mantener el poder en el único territorio galo que a Roma le quedaba, un territorio que pasaría a ser conocido como reino de Siagrio. Y atención a este Afranio Siagrio, porque su enfrentamiento con los francos va a traer consecuencias graves para los visigodos.

Pero veamos qué ocurría por la parte oriental, la euroasiática con capital en Constantinopla. Allí se refugia Julio Nepote, el emperador destituido en la parte occidental, bajo la protección de Zenón, que no reconoce al jovencísimo Rómulo Augusto. Pero eso ya no es un problema, porque también fue rápidamente destituido y en Italia ahora manda un tal Odacro, que no permite la vuelta de Nepote. Por otra parte, los godos de oriente, los llamados ostrogodos, no llevan muy bien las relaciones con la Roma oriental. Atila había muerto y su imperio se descompuso rápidamente, pues sus hijos no llegaron a estar a su altura. Por lo tanto, los ostrogodos, bajo el reinado de Teodorico, llamado el Grande, eran ahora más poderosos que nunca. Zenón tenía que encontrar la manera de quitárselos de encima. Y la encontró. El trato que Zenón hizo con Teodorico fue concederle el honor de derrocar a Odacro y que se quedaran por Italia todo el tiempo que quisieran, como vasallos del Imperio de Oriente, claro. Teodorico aceptó gustoso y se convirtió en rey de Italia.

Tenemos de esta manera casi la totalidad de lo que fue el Imperio Romano occidental bajo el dominio godo. ¿Y qué ocurría en las Galias? Aquel territorio estaba dividido en varias partes siendo las principales Tolosa, ocupada por los visigodos; una parte al norte ocupada por los francos y una central dominada por los romanos. Fue aquí donde Afranio Siagrio se empeñó en defender los últimos reductos del Imperio y por eso los bárbaros le llegaron a llamar rey de los romanos. Pudo resistir durante unos 10 años, hasta que apareció en escena Clodoveo I, rey de los francos. Este rey tenía solo quince años cuando lo nombraron jefe de su tribu, su coronamiento dio inicio a la primera dinastía de reyes de Francia, los Merovingios; esta denominación viene del nombre del abuelo de Clodoveo, que se llamaba Meroveo. De Meroveo, merovingios. Pues este chaval creció y decidió que, en una zona donde después del vació que dejó el Imperio de occidente reinaba cierto caos, había que poner un poco de orden. Una de sus víctimas fue Afranio Siagrio al que se enfrentó y derrotó. Siagrio huyó y buscó refugio. ¿A quién mejor que a un antiguo aliado de Roma para pedir protección? Y Siagrio se presentó ante la corte goda para pedir asilo a Alarico II.

Cuentan que Alarico II solo se parecía al primero en el nombre. Tampoco tenía el carácter de su padre Eurico. ¿Qué clase de individuo era este rey? Veamos: a Siagrio le pisaban los talones los francos y cuando le pidieron a Alarico la inmediata entrega del romano no lo dudó, lo cargó de cadenas y lo entregó. A Siagrio le cortaron la cabeza. ¿Por qué hizo esto Alarico? ¿Era Siagrio enemigo de los godos? ¿Qué sentido de la hospitalidad tenían los godos? Esta forma de proceder no gustó nada a los nobles y todos coincidieron en que lo hizo por cobardía, por temer enfrentarse a los francos. Y así se lo tomó, en efecto, el rey Clodoveo, como un signo de debilidad, porque no tardó mucho en atacar el reino de Tolosa.

La entrada masiva de visigodos a Hispania tuvo como repercusión el debilitamiento del reino de Tolosa en su parte franca. Los visigodos tenían demasiado territorio por controlar con muy poca gente. Pero no fue solo eso lo que debilitó a este reino, hubo otra causa que quizás pesara más: la poca consideración de los visigodos con los católicos locales. Esto, unido a las injustas normas que ya hemos visto antes a la hora del reparto de tierras y que en su código de leyes estuvieran excluido tanto francos como hispanos nativos, hizo que muy pronto éstos vieran a Clodoveo como un rey libertador. Clodoveo se había convertido en católico bajo la influencia de su mujer, Clotilde de Burgundia.

Alarico II no estaba haciendo una buena gestión del reino. Pero él, que se daba cuenta de que algo fallaba, quiso arreglarlo de alguna manera. En primer lugar, dio cierta libertad religiosa, y para que todos se enteraran, en el año 506 permitió que se celebrara el Concilio Católico de Adge. Y aún hizo algo más. Para que tanto galos como hispano-romanos se sintieran más unidos con los godos, reguló el código de leyes que había escrito su padre para incluir en ellas a todos los habitantes del reino, ya fueran galos como hispano-romanos, además de godos. Buena idea, pero llegó tarde. Galos e Hispanos no se congraciaron, de momento, con los godos ni mucho menos con su rey.

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