Juana quedó muy afectada. De nada habían servido sus súplicas y lloriqueos para que esperase al nacimiento del nuevo hijo. Su esposo no atendió a razones y estaba firmemente decidido a aprovechar la situación de guerra entre los dos países en beneficio propio. Felipe llegó a Francia y firmó en nombre de su suegro Fernando un acuerdo con Luis XII. Como todos los tratados que se precien de serlo, éste tuvo su nombre: Tratado de Lyon. Ya pueden ustedes imaginar dónde se firmó. El acuerdo consistía en el cese de las hostilidades entre España y Francia. Ambos países renunciaban a Nápoles y lo cedían como dote al príncipe Carlos, hijo de Felipe y Juana, y a la princesa Claudia, hija de los reyes de Francia, para cuando tuvieran edad suficiente para su casamiento. Mientras llegaba la mayoría de edad del príncipe Carlos, Felipe actuaría como regente de este reino.

Enterado Fernando del asunto, cualquiera podría pensar que montaría en cólera por la osadía de su yerno, sin embargo, el rey guardó calma y no dijo nada. Él solo se había metido en un embrollo del que no saldría bien parado. Los ejércitos de Fernando, comandados por Gonzalo Fernández de Córdoba, habían vapuleado a los franceses en tres frentes distintos de Nápoles, y esto, no sentó nada bien a Luis XII. -A ver si consigo que aprenda este niñato-, debió pensar Fernando, al que sin pretenderlo le había dado un buen palo. Felipe, al ver cómo el tratado saltaba por los aires y su regencia sobre Nápoles se esfumaba, no hizo otra cosa que aumentar su inquina contra su suegro.

En su estado, y estando su madre tan enferma, cualquier hija hubiera quedado conforme, triste quizá, pero satisfecha de estar una al cuidado de la otra; sin embargo Juana estaba histérica. Isabel quiso aprovechar estos días para charlar, instruirla sobre asuntos de estado y ponerla sobre aviso de algunas cosas que había observado en su esposo, como la predilección por los flamencos y su total desprecio a los españoles, ya fueran castellanos o aragoneses. Esto, según Isabel, no debía consentirlo Juana, pues si los principales puestos de importancia recaían sobre extranjeros, nada bueno podría acaecer sobre los reinos peninsulares. Juana no solo desoía los consejos de su madre, sino que comenzó a tomarlos como ofensivos y un ataque contra su esposo. Isabel tuvo que soportar los desaires y el estado de ánimo de su hija durante todo lo que duró el embarazo; un estado de ánimo que empeoró tras el alumbramiento de su tercer hijo, que llamó Fernando, en honor a su abuelo.

Juana no pudo, no supo o no quiso apoyarse en sus padres. Sabía que el comportamiento y las tramas de su marido no eran del agrado de los reyes, y por eso cualquier comentario al respecto se lo tomaba como un ataque, no solo contra Felipe, sino contra ella misma. Juana decidió entonces marcharse, y su madre, por no contrariarla, le prometió una flota que la llevaría hasta Flandes. Pero los días pasaban y Juana no veía el momento de partir. Se negó a comer y apenas dormía. Juana fue llevada al castillo de Mota en Medina del Campo. Entre tanto Felipe comenzaba a sospechar que algo pasaba, y utilizó al pequeño Carlos que por entonces tenía 4 años, para escribir una emotiva carta contándole cuánto echaba de menos a su madre. No fue más que una maldad de Felipe, pues estando en Flandes había apartado de su lado a sus hijos, y ahora la chantajeaba emocionalmente para que volviera, temeroso de que, estando su madre tan enferma, falleciera en cualquier momento y Juana cogiera las riendas de Castilla dejándolo a él a un lado.

La carta hizo su efecto y acabó por perturbarla del todo; no estaba dispuesta a esperar más y se dispuso a emprender el viaje. El obispo Fonseca, aquel que revisaba los viajes de Colón y más tarde los de Magallanes, fue el encargado de la seguridad de la princesa, así que intentó por todos los medios disuadirla. Pero con Juana ya no se podía razonar y Fonseca no tuvo más remedio que levantar los puentes del castillo para evitar su salida. Juana se puso junto a la puerta, histérica, desquiciada, gritando que la dejaran salir; y de allí no quiso moverse, hasta que, llegada la noche, los guardias la convencieron para que se resguardara del relente en una garita.

Este hecho causó gran escándalo entre la gente y contribuyó a que comenzaran a verla como una loca. Isabel, cada vez más enferma, acudió hasta su hija para intentar convencerla de que abandonara su actitud y no diera que hablar, ya que muy pronto sería reina y lo que convenía era ganarse el aprecio del pueblo. Juana, sin embargo lejos de calmarse dijo a su madre palabras que no han quedado registradas, pero que debieron ser muy graves, según cuenta la propia Isabel en una carta escrita al embajador Gutierre Gómez de Fuensalida: «Y entonces ella me habló tan reciamente, de palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que hija debe decir a su madre, que si yo no viera la disposición en que ella estaba, yo no se las sufriera en ninguna manera.»

Después de esto, el estado de salud de Isabel se vio mucho más deteriorado de lo que ya estaba. Apenada y sin fuerzas para seguir haciéndole frente, no le quedó más remedio que prometer que la flota que la llevaría a Flandes estaría a su disposición cuando ella quisiera. El dolor de Isabel no era solo por el estado de su salud, sino por ver en manos de quién quedaría Castilla cuando ella ya no estuviera. El 1 de marzo de 1504 Juana cogió camino a Flandes, dejando atrás a su bebé Fernando, al cual culpaba de haberla apartado de Felipe, de no haberle permitido viajar con él a su debido tiempo. Hacía un año que su esposo había partido y por el camino no podía dejar de pensar en cuantas infidelidades habría cometido en todo este tiempo.

Juana fue recibida en Flandes con júbilo, tal como si su esposo hubiera esperado ansiosamente su regreso, lo cual colmó de alegría a la princesa, muy próxima ya a convertirse en reina, pues su madre moriría solo ocho meses después de su partida. La felicidad fue efímera, pues no tardaría Juana en volver a la cruda realidad: la de las infidelidades de su esposo. A cada indicio de que alguna dama se las entendía con Felipe, Juana reaccionaba violentamente. Felipe consideraba estas reacciones como propias de una loca, pues las infidelidades eran cosa normal en todas las cortes, y el deber de toda buena princesa o reina era disimular y guardar las buenas formas, antes de darse al escándalo. Juana no estaba dispuesta a callar ante tales humillaciones, y fue por eso que, si los castellanos la llamaban “la loca”, los flamencos ya la conocían como “la furiosa” al hacerse públicas las discusiones y peleas entre la pareja o entre la princesa y sus damas, algo que no ayudaba en nada a asentar su autoridad, su madre ya se lo había advertido.

No hay certeza de si Felipe llegó a golpearla, o solo se quedó en un levantamiento de manos amenazándola, pero algo hubo, y fue ese algo lo que agravó las iras de Juana, que acabaron de convertirla en una verdadera enferma. Se sentía humillada, rebajada, engañada y maltratada. Y entonces Felipe tomó la determinación de encerrarla. Para poder justificar esta acción ante sus suegros, que estaban al tanto de todo a través de su embajador, utilizó al tesorero de la princesa, Martín de Moxica, que llevaba un diario detallado de todo cuanto ella hacía y decía. Aquellas rabietas de la princesa le vendrían muy bien una vez que su suegra se marchara a un mundo mejor. Por cierto, Moxica nada decía en su diario del mísero comportamiento de Felipe.

Por fin llegó el momento tan esperado por Felipe de hacerse con tan suculenta herencia; Isabel moría y Fernando convocaba Cortes en Toro para que Juana fuera reconocida reina de Castilla. Recordemos que Fernando era rey de Aragón; de Castilla solo era rey consorte. Serían sus hijos quienes heredarían ambos reinos y unirían las coronas. De momento, a la muerte de Isabel, a Juana ya le tocaba reinar en Castilla. A Fernando se le presentaba un panorama complicado: por un lado, su hija había dado muestras de ser una desequilibrada, teniendo muy presente el enfrentamiento tan desagradable con su propia madre, y su yerno además de ambicioso era un bobo que dejaba manejar por los franceses. Algo tendría que hacer para que la situación no acabara en una guerra civil en Castilla, que sería lo que ocurriría si el yernísimo acababa cogiendo las riendas del reino.

Isabel había quedado muy dolida con el áspero enfrentamiento con su hija, no obstante, Juana era la legítima heredera y así lo reconocía en su testamento: «reina verdadera y señora natural». A Felipe solo se le reconocían los honores y dignidades de un rey consorte. Ni siquiera podía ser gobernante en ausencia o incapacidad de Juana, pues para tal fin Isabel dejaba firmado un documento nombrando a Fernando administrador y gobernador de Castilla, cargo que ocupó inmediatamente al morir su esposa, estando Juana en Flandes.

En las Cortes convocadas en Toro Fernando hizo leer el testamento de su esposa e hizo uso de su nombramiento como gobernador, aprobando algunas leyes que beneficiaban a parte de la nobleza y satisfacía sus ambiciones. Curioso que Fernando devolviera el poder que antes, junto a su esposa, les había quitado. Aquello no era más que una encerrona que le estaba preparando a su yerno. Llegado el momento, Fernando quería asegurarse de que los nobles estaban de su lado. El siguiente paso sería llegar a un acuerdo con su yerno, una vez volviera a España.

Mientras tanto Felipe intentaba resolver el modo de que su suegro no le quitara un ápice de poder en Castilla intentando una vez más pactar apoyos en Francia y Austria. Llegó a escribir incluso al papa acusando a Fernando y los clérigos que le apoyaban de conducta escandalosa. Y en medio de todo este tejemaneje, la pobre Juana, que no se enteraba de nada, hasta que le llegó una carta de su padre que le pedía que firmase un documento que lo confirmara como gobernador de Castilla hasta que ella ocupara su lugar como reina. Juana, que confiaba en su padre más que en nadie, no dudó en firmar. Por desgracia, el portador del documento fue apresado y los papeles cayeron en manos de Felipe. El mensajero fue torturado y Juana aislada por completo. Juana, protestó violentamente y le advirtió a Felipe que no podía tratar así a la reina de Castilla, a lo que Felipe le contestó que todas sus quejas eran tonterías provocadas por su preñez, porque, entre bronca y bronca, la princesa se había quedado embarazada de nuevo. El aislamiento provocó una nueva crisis en Juana, que de nuevo se negaba a comer y a dormir.

Juana estaba muy resentida por el trato recibido y había cogido un odio feroz hacia todo lo flamenco, jurando que ningún extranjero se sentaría en el trono de Castilla. Pensaba que al ser la reina tenía todas las de ganar, pues haría valer su poder. Y así hubiera podido ser, de haber tenido la experiencia política necesaria, o cuando menos el coraje y la inteligencia de su madre. En cualquier caso, a estas alturas estaba moral y psíquicamente destrozada, pues desde que llegó al lado de su esposo, se había comportado como una simple enamorada, pasando a ser un objeto sin dignidad, dejando a un lado a la mujer y a la futura reina, cosa que jamás hizo Isabel.

Al darse cuenta Felipe de lo incómoda que podía resultar la presencia de su esposa quiso viajar sin ella a España, pero pronto le hicieron entender que sin Juana tendría muy difícil hacerse con el trono, pues ni los propios castellanos le recibirían.

Muchos historiadores han tratado a Fernando de ambicioso y despiadado con su hija Juana. Igualmente, hoy podemos encontrar mucha literatura que intenta demostrar que Juana no estaba tan loca, culpando a cuantos había a su alrededor de querer apartarla del trono; como si todos conspiraran como carroñeros para hacerse con el poder. El principal carroñero aquí sería Fernando, su propio padre, tan cruel que no dudó en encerrar a su hija de por vida para… ¿hacerse con el poder de Castilla? Todo esto es simplemente ridículo. Fernando, no era poder precisamente lo que ambicionaba. A Fernando le sobraba poder, y sobre todo le sobraban problemas, como para hacerse cargo de uno más. Fernando, como cualquier persona cabal (y dio muestras toda su vida de serlo), hubiera deseado que todo se hubiera desarrollado de la forma más natural. Es decir, hubiera deseado ver en su hija la misma cordura, valentía y coraje que vio en su esposa, cuando se hizo cargo de Castilla.

¿Y qué vio en Juana? Una desequilibra. Una pordiosera que corría detrás de un imbécil maltratador, mendigándole amor y sexo, como la más vulgar de las mujeres. O como escribiría Pedro Mártir: «ardiente esposa, mujer simple, aunque sea hija de una mujer tan grande.» Aun en el mejor de los casos, que Juana no estuviera loca, todo lo demás era motivo suficiente como para no entregarle un reino por el que su madre se había dejado el alma y su propia vida. Juana no echaría el coraje que echó su madre para dejar bien claro quién era la que mandaba en Castilla. La reina pasaría desde el primer momento a un segundo plano y el rey, por mucho que le negaran el título, sería Felipe, que a su vez sería el títere que ya venía siendo en manos de unos ambiciosos flamencos.

Felipe le había hecho llegar a su suegro el diario de Moxica donde se daba cuenta de la desequilibrada conducta de Juana, a todas luces para convencer a su suegro de su locura y que todos los poderes recayeran sobre él. Lo que no había calculado Felipe es que ese diario fue un arma que se volvió en su contra, pues aunque Fernando dudaba si debía entregarle el gobierno a su hija, de lo que estaba convencido era de que no debía entregárselo a Felipe. El diario no hizo más que convencerlo de que, tal como dejaba dicho Isabel en su testamento, él, Fernando, debía ser el administrador y gobernador de Castilla.

La flota flamenca se puso en marcha el 7 de enero de 1506. Felipe no quiso, como la vez anterior, arriesgarse a cruzar Francia, puesto que sus relaciones con el rey de Francia ya no eran tan buenas. Sus hijos, Leonor, Carlos, Isabel y María quedaban atrás; el pequeño Fernando los esperaba en España. La travesía, en pleno invierno, iba a ser arriesgada, toda una aventura. La flota estuvo inmovilizada durante una jornada entera por una calma chicha, hasta que de pronto apareció una espantosa borrasca que hizo naufragar varias naves. Cuentan que Juana aguató el tipo mejor que nadie, se vistió con sus mejores galas y se adornó con sus mejores joyas, pues nada le importaba la muerte si la cogía al lado de su amado Felipe. El temporal empujó la flota hacia las costas inglesas, donde fueron bruscamente acogidos, por confundirles con una flota invasora. Una vez aclarado que habían llegado hasta allí empujados por la tormenta, tampoco se les permitió desembarcar, hasta que el rey Enrique VII fue informado y aceptó recibir a los nuevos reyes de Castilla.

Tras tanto disgusto y sufrimiento, aquella aventura iba a traer algo de felicidad a Juana. Jamás hubiera vuelto a ver a su hermana Catalina si la tormenta no la hubiera arrastrado allí. Catalina había quedado viuda del príncipe Arturo de Gales. Tras su regreso a España volvió de nuevo a Inglaterra para casarse con su cuñado Enrique VIII. A ambas hermanas el destino les deparaba un trágico y casi idéntico final.

La flota flamenca pasó tres meses amarrada en las costas inglesas, hasta estar las naves reparadas y en condiciones de echarse de nuevo a la mar. Mientras tanto, los príncipes y ya casi reyes de Castilla estuvieron hospedados y magníficamente atendidos por su majestad el rey Enrique VII, que vio una buena oportunidad para hacer algunos tratos con Felipe. Por ejemplo, le pidió la devolución de un tal conde de Suffolk, alguien que se había enemistado con la corona y había huido a Flandes. Felipe se comprometió a identificarlo y a devolverlo en cuanto le fuera posible. También se firmaron acuerdos sobre la exportación de la lana inglesa y finalmente se firmó un tratado de ayuda mutua contra España y Francia. El rey inglés, como se ve, no perdió el tiempo y dio por bien invertido el coste del hospedaje de los flamencos, y en cuanto a Felipe, podemos ver cómo cualquiera medianamente inteligente podía manejarlo a su antojo.

El rey inglés quiso amenizar aquellos meses con festejos y diversiones. En realidad, Enrique VII pasaba las fiestas fijándose en Juana, de la cual había quedado prendado, según se puede deducir, tras las varias peticiones de mano que le haría más tarde. Podemos adivinar los pensamientos de Enrique durante las fiestas: ¿Cómo una mujer con «gran gracia y majestad» ha podido ir a parar al lado de un mequetrefe semejante? Gran gracia y majestad, eso fue lo que declaró, y además añadió que nunca la vio comportarse como una loca.

Sin embargo, Juana huyó pronto de estas fiestas, al ver cómo su esposo tonteaba con unas y otras, irritando con su comportamiento a Felipe. Juana, ignorando el enfado de su marido, pidió pasar lo que le quedaba de estancia en el castillo del conde de Arundel, en Exeter, lejos de la corte del monarca inglés, pidiendo además, que no hubiera ni una sola dama alrededor. Allí se abandonó en el vestir y el comer, hasta que por fin, el 22 de abril de 1506, estando ya todos los barcos reparados, reanudaron la marcha, llegando el día 26 a La Coruña. Fernando los esperaba en Laredo, pero Felipe seguía jugando al despiste con su suegro, con tal de retrasar su encuentro con él.

Fernando había conseguido ser reconocido como Gobernador de Castilla, según dejó escrito Isabel en su testamento; y vivía, además, un gran momento político: sus tropas habían conseguido una victoria aplastante contra los franceses en tierras napolitanas, confirmando así su dominio sobre el reino italiano, y esto le daba un gran prestigio y toda Europa. Hasta el monarca francés tuvo que reconocer la supremacía española en el campo de combate y se rendía ante la diplomacia de Fernando, el rey más grande de Europa.

El monarca francés firmó los acuerdos impuestos por Fernando y no se negó tampoco a una alianza matrimonial, pues si el rey español iba buscando alejar a los franceses de sus vínculos con Flandes, a los franceses les convenía ahora tener al enemigo español de su parte. De aquí salió el acuerdo para que Fernando se casara con Germana de Foix, sobrina del rey de Francia. La boda se celebró el 22 de marzo de 1506. Una boda que los castellanos no vieron con buenos ojos. No entendían cómo Fernando pudo olvidar tan pronto a la amada reina Isabel. A su edad, no veían necesaria una boda con una joven de apenas 18 años.

El reino de Nápoles
Para entender mejor el contexto en el que se encontraban las relaciones entre Francia y España durante aquellos años, lo mejor será que nos desplacemos hasta la península italiana. En Italia, tal como ocurría en España y en casi todos los países europeos, había numerosos reinos, ducados y hasta alguna república: en el norte teníamos los ducados de Saboya, Milán, Módena… las repúblicas de Génova, Siena, Venecia… en el sur los reinos de Nápoles, también llamado Sicilia Citerior, en la misma península, y Sicilia Ulterior en la propia isla de Sicilia, de ahí que a estos reinos los llamaran las dos Sicilias. Y en el centro los estados pontificios.

Los estados del norte habían sido conquistados por Carlomagno allá por la época en que los musulmanes entraron en la España visigoda. Los del sur pertenecían a la Corona de Aragón desde que en 1266 murió Conradino de Hohenstaufen. El papado quiso poner en el trono napolitano a Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, a lo que se opuso Manfredo I, hijo del difunto rey. Hubo sus más y sus menos y alguna que otra batalla, en la que resultó muerto Manfredo. Es cuando entra en escena Pedro III de Aragón. que reclamó el reino al estar casado con la hija de Conradino y no haber otros herederos disponibles. No fue fácil conseguirlo, pero finalmente Nápoles entró a formar parte de la Corona de Aragón.

Puede resultar chocante ver el corazón de la, tiempo atrás, todopoderosa Roma, hecho pedazos y disputada por los descendientes de quienes heredaron, o directamente se apropiaron de los despojos del imperio. A este respecto, hay quien piensa que el imperio romano nunca desapareció, sino que se transformó. Y no es una idea descabellada verlo así, puesto que, de aquel vasto imperio occidental habían surgido dos: el imperio Carolingio, cuyo rey afirmaba que era la continuación de Roma, y el aragonés que llegó a extenderse por todo el Mediterráneo. Es entre esos dos nuevos imperios, nacidos de la misma Roma, entre los que se encontraba dividida la península Itálica. Julio César quizás no lo hubiera visto tan mal. Mejor eso que verla en manos de unos nuevos bárbaros.

Siendo como era el Mediterráneo la flor y la nata de las principales rutas comerciales, Italia era un lugar privilegiado, pero sobre todo, era la parte sur la que mejor situada se encontraba tanto comercial como militarmente. Sin olvidar que dominando el norte y el sur, flanqueaban por completo los estados pontificios, España perdería tan “estrecha” influencia sobre el papa. Es por todo esto por lo que Francia nunca renunció a hacerse con tan suculento pastel, y entrado ya el siglo XVI, todavía andaban los dos países dándose hostias.

En 1493, tras la conquista de Granada y acometiendo una empresa tan arriesgada como la exploración de mundos desconocidos, Francia anda revuelta por Italia con la excusa de combatir a los turcos que andan dando por culo por las costas italianas. En tales circunstancias, no es de extrañar que los reyes españoles pusieran en marcha una política matrimonial como la que llevaron a cabo. Isabel y María a Portugal, Juan y Juana a Austria y Catalina a Inglaterra. De esta manera, ninguno de estos países apoyaría a Francia en el caso de querer invadir Nápoles y Sicilia.

A los franceses, por supuesto, no les hace ninguna gracia verse rodeada de países que han pactado con España, así que le ofrecen a Isabel y Fernando devolverles el Rosellón y la Cerdaña, que años atrás habían arrebatado a Juan II, padre de Fernando, junto a una buena cantidad de oro, a cambio de que renuncie a los pactos matrimoniales con los países vecinos y no intervenga en Italia. La oferta no es mala y es aceptada. Los acuerdos se firman en Barcelona en enero de 1493. Pero esos acuerdos no eran más que una excusa para posicionarse, y una vez allí, ocupar Nápoles sin oposición.

El rey Fernando exige a Francia la retirada inmediata de las sus tropas, pero Carlos VIII, que era el rey francés en aquel año de 1495, se niega. La guerra es inevitable. Los reyes de España serán, una vez más, pioneros en algo que jamás se había hecho en Europa, poner bajo su mando directo todos los ejércitos del reino. Se acabó ir pidiendo, casi como un favor, la ayuda de cada magnate para que acudan con sus mesnadas en ayuda del rey. Todas las mesnadas armadas quedaban, desde ese momento, por decirlo de alguna forma, nacionalizadas. En la primavera de 1495, el rey Fernando envía una flota de 80 barcos con 6.000 infantes y 700 jinetes a Mesina, isla de Sicilia. Al mando va el marino aragonés Galcerán de Requesens, conde de Palamós y Trivento y capitán general de la armada española y con gran experiencia en Nápoles. Como jefe militar de la infantería: Gonzalo Fernández de Córdoba.

Las guerras italianas
Gonzalo sale de Sicilia y cruza el estrecho de Mesina con 2.000 infantes y 300 jinetes. Una vez que ponen pie en el continente se hacen con facilidad con la fortaleza de Reggio, en Calabria. Cuando en Nápoles se corre la voz de la llegada de los españoles, varias ciudades se sublevan contra los franceses. Animado, Gonzalo Fernández ocupa la región. En junio se encuentra en la ciudad de Seminara, donde el rey napolitano ha fijado la capital ante el empuje francés. No ha sido fácil llegar hasta allí, pero las tácticas empleadas por Gonzalo son una novedad en el arte de la guerra empleado hasta ahora en Europa. Son pocos hombres bajo su mando, pero eso le da movilidad. En la guerra de Granada las tácticas de guerrillas le fue muy bien: evitar entrar en combate a campo abierto, marchas nocturnas, emboscadas, ataques rápidos y huir rápidamente.

En pocas semanas los franceses se vieron acosados, como si los españoles estuvieran en todas partes. Sin embargo, Gonzalo tenía que ir dejando hombres atrás para asegurar suministros, y eso significaba quedarse cada vez con menos hombres. Los franceses lo sabían, y por eso se las arreglaron para forzar la batalla en campo abierto que Gonzalo pretendía evitar. El jefe de los franceses se llamaba Bérault Stuart d’Aubigny, de origen escocés. Pues este hombre contaba con un ejército brutal, comparado con las reducidas tropas de Gonzalo. Incluso con los ejércitos napolitanos que se le unirían, los franceses seguían siendo muy superiores en número.

Bérault Stuart vio llegado el momento y se plantó con su ejército ante la ciudad de Seminara donde se encontraba Gonzalo. El general francés envió un mensaje al rey acusándolo de cobarde, que se escondía en su ciudad evitando dar la batalla. El rey de Nápoles era Fernando II, descendiente directo de los Trastámara, igual que el rey Fernando de Aragón. Tradicionalmente los títulos de reyes de Sicilia y Nápoles se les concedía a futuros herederos de la Corona de Aragón, el mismo Fernando obtuvo este título de manos de su padre Juan II. En aquellos momentos, Fernando, el rey Católico, era también rey de Sicilia y su primo segundo también llamado Fernando, lo era de Nápoles, título heredado a través de Alfonso V, tío del rey Católico. No nos liemos con los linajes ni las descendencias, lo único que nos conviene saber es que los reyes de Nápoles eran en realidad vasallos de los reyes aragoneses, y que el actual había sido desplazado por los franceses, que se llamaba igual que nuestro Fernando de Aragón y que aún era muy joven e inexperto.

Gonzalo vio enseguida de qué iba la cosa y de que el inexperto rey picaría el anzuelo y le aconsejó permanecer tras los muros. Pero tal como se temía el capitán, el rey se puso gallito, temiendo que el pueblo creyera que en verdad era un cobarde y le perdiera el respeto. El 21 de junio de 1495 Bérault Stuart esperaba con todas sus tropas junto al río Petrace. Gonzalo no pudo convencer al rey y reúne a los suyos. El rey Fernando se pone al frente de su ejército, para que nadie pudiera decir que daba órdenes mientras miraba desde un lugar seguro. Desde las colinas donde se ha apostado Gonzalo puede ver a los franceses: caballería pesada, compuesta por grandes caballos acorazados. Cuadros de piqueros que se asemejaban a enormes erizos, dignos herederos de las falanges macedonias que lucharon para Filipo II y más tarde para su hijo, el gran Alejandro. Cuando Gonzalo observó todo aquello no pudo sino pensar: ¡madre mía, el chorro hostias que nos van a dar los franchutes!

Las posibilidades de éxito ante el poderío francés eran escasas, pero si el rey estaba empecinado en suicidarse, la única cosa que podía hacer Gonzalo era echar mano de una antigua estrategia: el “tornafluye”. ¿Cómo, que ustedes no saben lo que es un tornafluye? ¡Pero si todo el mundo sabe lo que es eso! Pero no se preocupen, que ahora mismo se lo explicamos brevemente. La táctica consiste en atacar con la caballería ligera uno de los flancos, intentar desconponerlo y retroceder, simulando una retirada para que te persigan. Roto el flanco intentará atacar de nuevo. Solo así había alguna posibilidad de hacer daño al enemigo estando como ellos estaban en inferioridad numérica y armamentística. Los árabes practicaban esta táctica y el Cid, cuyo número de soldados no solía ser muy numeroso, la practicaba con éxito.

¿Y el enemigo se dejaba engañar, así como así? Bueno, si los pillabas en un momento tonto, solía colar. Así que Gonzalo envió su caballería ligera contra uno de los flancos franceses nada más los vieron cruzar el río Petrace. Los valientes jinetes de Gonzalo lograron su objetivo y crearon el desorden que habían previsto para volver enseguida atrás, fingiendo retirada. Y entonces sobrevino el desastre. Las tropas italianas de Fernando, al observar la maniobra creyeron que se trataba de una retirada real y se sumaron a ella, huyendo aterrados a toda prisa. Ante una huida desordenada, los franceses no lo dudaron y se lanzaron a la persecución, provocando una carnicería. El propio rey salió con vida de milagro al ser alcanzado su caballo.

Gonzalo no podía creérselo. ¿Pero es que esta gente no sabe lo que es un tornafluye? Quizás debería haber perdido algo de tiempo en explicárselo; porque no, los napolitanos no sabían qué era aquello. Lo único que pudo hacer fue replegar a sus hombres ordenadamente para que no sufrieran el descalabro sufrido por los napolitanos.

El general francés Stuart podría haber continuado el acoso a las tropas italianas, pero de repente se sintió enfermo y se retiró de la campaña. Gonzalo por su parte se instaló en Reggio de Calabria donde reorganizó sus tropas. Lo ocurrido en Seminara le sirvió para entender que si quería tener éxito no debía confiar en la disciplina napolitana, los enfrentamientos abiertos estaban definitivamente descartados. Seguiría con su plan de guerrillas que tan buenos resultados le habían dado. Un sistema que pronto puso contra las cuerdas a los franceses. Pronto cayeron las ciudades más importantes de Calabria

Era junio de 1496, los franceses se habían hecho fuertes en Atella. Dentro había 5.000 hombres y Gonzalo se propuso echarlos fuera con 1.000 infantes y 400 jinetes. No necesitaba más. La ciudad se abastecía de agua y harina a través de unos molinos que aunque estaban protegidos, pronto cayeron en sus manos. Recuperar los molinos era esencial para la ciudad, los franceses enviaron la caballería pesada, que teóricamente debería arrollar a los españoles. Pero aquellos caballos acorazados no harían más que dar ventaja a la estrategia que Gonzalo preparó de inmediato: lanzar contra ellos a su caballería ligera: caballos más pequeños, más rápidos, y sin más carga que el jinete. El tornafluye esta vez dio el resultado apetecido. Los jinetes españoles iban y venían cargando contra los pesados franceses que apenas podían reaccionar a los ataques de lo que más que tropas de caballería parecían enjambres de abejas.

Medio año después, Gonzalo y sus tropas repetirían la hazaña conquistando Ostia, el puerto de Roma. Con solo 1.300 hombres, con tácticas diseñadas a la perfección, consiguió desalojar a los franceses que se habían hecho fuertes en su interior. El Gran Capitán conseguía por fin parar los pies a los franceses, y al cabo de tres años volvía con sus hombres a España. Nápoles volvía a estar de nuevo bajo la Corona de Aragón. El rey Fernando estaba tan satisfecho que declaró que, aquellas victorias le daban renombre y gloria a España, incluso más que la conquista de Granada. Y era cierto, porque si en Granada puso bajo su yugo a los musulmanes, en Italia había puesto nada menos que a los franceses, que poseían los mejores ejércitos de Europa.

Aquello le permitió a Fernando negociar y firmar pactos con el país vecino, disfrutando de la ventaja de haber sido el vencedor. Poco duró la alegría de Fernando, pues los franceses, incumpliendo todo lo firmado, volvían a invadir Nápoles. El Gran Capitán volvía de nuevo a Sicilia. Esta vez llevaba consigo infantería gallega y asturiana que iba a mostrarse tremendamente eficaz a la primera oportunidad de hacerlo.

La segunda batalla de Seminara
Gonzalo recibió más refuerzos: lansquenetes alemanes; con su apoyo estaba a punto de rizar el rizo con sus innovadoras tácticas. Se encontraban de nuevo en Seminara. Enfrente tenía las tropas de Luis de Armagnas, unos 9.000 hombres. Gonzalo cuenta con un ejército más o menos igual. De alguna manera, y aunque no fue culpa suya, la anterior derrota en aquel lugar todavía pesaba sobre los españoles. El Gran Capitán se las apaña para atraer al enemigo y situarlo en un terreno, aparentemente favorable para una gran batalla. Nada más ver a los franceses, los españoles simulan una carga de caballería. Los franceses no si inmutan, confiados en la potencia de carga de su caballería pesada, se lanzan a hacerles frente. Avanzan. El choque va a ser tremendo. De pronto, los españoles aflojan la marcha y los franceses van desapareciendo misteriosamente bajo el suelo; van cayendo en fosos. Los que siguen adelante van ensartándose en empalizadas que se levantan de repente, o son ametrallados por arcabuceros que nadie sabe de dónde han salido.

Fue una carnicería para los franceses, el propio Luis de Armagnas cae muerto por tres disparos. Para tratar de salvar la situación, los franceses lanzan a sus piqueros suizos, los erizos gigantes, las falanges macedonias, pero se encontraron con los piqueros alemanes que neutralizan la ofensiva. La carga general ordenada por Gonzalo consigue rodear al enemigo, que no tarda en rendirse, poniendo punto final a una batalla épica que solo había durado una hora. La victoria fue completa. El descalabro costó 4.000 bajas a los franceses, por solo 100 a los españoles.

A partir de ese momento todo iba a ser diferente en aquella guerra, las tropas españolas no irían al son que les tocaran los franceses, sino que serían ellos quien llevarían la iniciativa, yendo tras ellos allá donde se encontraran y obligándolos a presentar batalla, hasta llevarlos a la derrota total, volviendo Nápoles, a ser de dominio aragonés, pero esta vez, de forma contundente.

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