Juana había tenido una buena educación y había dado muestras de ser muy inteligente. La corte castellana era acorde a una familia piadosa, austera y sin florituras. Iba a tener que acostumbrarse a los lujos y las fiestas, pues la corte de Flandes era muy diferente. La joven de 17 años iba a verse controlada, a ver qué tal se acoplaba a las nuevas costumbres borgoñonas, y para tal fin, la comitiva española que traía consigo fue poco a poco sustituida por personal de la casa. Juana comenzó a sentirse muy sola, aunque sentía pasión por su esposo y no tardó en quedarse embarazada. En noviembre de 1498 nació una niña a la que llamaron Leonor. Poco más de un años después, en febrero de 1500, Juana traería al mundo a Carlos, destinado a ser emperador de medio mundo.

Felipe, aquel joven fogoso al que le faltaba tiempo para casarse, no tardó en pasársele la calentura y la pobre Juana se quedaba a dos velas una noche sí a y la otra también. La pasión de Felipe se centraba ahora en las damas de la corte. Viendo Juana que la frente le pesaba cada vez más, decidió vigilarlo. Hay una anécdota que cuenta, que habiendo organizado Felipe una fiesta, y estando Juana con un embarazo muy avanzado, decidió asistir de incógnito con el fin de vigilarlo. De pronto rompió aguas y tuvieron que ayudarle a dar a luz en un retrete. Allí nació en emperador del mundo. En otra ocasión, Juana hizo llamar a una de las damas sospechosa de flirtear con Felipe, tal como hizo su abuela; Juana no la encerró en un arcón, simplemente le cortó su larga cabellera. Aquellas constantes infidelidades de Felipe y la obsesión de Juana por vigilarlo traerían graves consecuencias.

Mientras tanto en Zaragoza venía al mundo otro niño que devolvía la esperanza sucesoria en Castilla y Aragón. Fue el 23 de agosto de 1498, allí se encontraban Manuel de Portugal y su esposa Isabel cuando ésta dio a luz. De nombre le pondrían Miguel. Pocas horas después del alumbramiento moría su madre. Un nuevo golpe para Isabel y Fernando, que en menos de un año perdían a sus dos hijos mayores. Manuel volvía a Portugal desolado y el pequeño Miguel se quedó al cuidado de sus abuelos. Isabel lo cuidó con mimos y lo vigiló en todo momento. Este nieto era la esperanza a su ambicioso proyecto de unificar todos los reinos peninsulares. Pero por mucho que Isabel se desvivió por el bebé, Miquel enfermó y nadie pudo hacer nada por él. Moría el verano de 1500.

Dos años más tarde de la muerte de Isabel, Manuel contraía matrimonio de nuevo, esta vez con su cuñada María. No hay datos que impidan afirmar que este matrimonio vivió una vida tranquila, sin grandes sobresaltos. Aquellos años coincidieron con una época de esplendor y riqueza en Portugal. Se iniciaban los grandes viajes, exploraciones más allá de Cabo Verde hasta llegar al de Buena Esperanza y adentrarse en el Índico. Fueron quizás, los más felices para Isabel, en lo que a vida familiar se refiere. Al menos no tuvo que soportar nunca más el dolor de ver un hijo o un nieto morir. María llegó a tener hasta 10 hijos, fue una mujer piadosa, en la línea de sus enseñanzas, y amada por los portugueses; quizás la que llevó la vida más feliz entre todos sus hermanos; y aunque ella también murió prematuramente a los 35 años, su madre Isabel no lo vería; antes bien, pudo conocer a tres de sus nietos, los hijos de María: Juan, Isabel y Beatriz.

A la muerte de María, Manuel quedó desolado. Volvería a casarse con una sobrina de su difunta esposa, Leonor, la primogénita de Juana y Felipe.

Catalina, la hija pequeña
La última hija de los reyes era Catalina, y por eso es la última de la que vamos a hablar, aunque hacía ya tiempo que estaba colocada; Fue prometida a Arturo, príncipe de Gales, cuando ésta tenía solo 3 añitos. Esto nos da una idea, añadida a todo lo que ya hemos visto, de la intensa actividad que llevaron Isabel y Fernando para procurarles buenos casamientos a sus hijos, por el bien del reino, por supuesto.

En 1501, con 16 añitos ella y 15 añitos él, se casaban Arturo y Catalina; Arturo moría cinco meses después. Nuevo disgusto para los reyes, aunque Isabel no se llevaría a la tumba el disgusto del triste destino que le deparaba a su hija. Tampoco supo de cómo Catalina, antes de caer en desgracia, hizo en 1507 de embajadora de la corte española en Inglaterra, convirtiéndose en la primera mujer embajadora del mundo. De seguro Isabel se hubiera sentido orgullosa, pero el cáncer de útero que acarreaba desde hacía tiempo se la llevó de este mundo en 1504.

Tampoco pudo intervenir en el pacto que su esposo Fernando llevó a cabo en 1509 para que Catalina se casara de nuevo con un inglés, esta vez con Enrique, un hermano del fallecido Arturo, y heredero al trono tras su muerte. Más le hubiera valido a Catalina correr el mismo destino que sus otras hermanas.

Enrique VIII era un paranoico asesino que mandó decapitar a dos de sus esposas acusándolas de adulterio. Catalina, su primera esposa, no pudo darle un hijo varón, solo pudo darle una hija, María. Además de paranoico, Enrique era un supersticioso y le dio por pensar que su matrimonio estaba maldito. A tal conclusión llego al leer en la Biblia que si un hombre se casa con la viuda de su hermano, el matrimonio será estéril. Catalina había estado casada con su hermano Arturo durante cinco meses hasta que murió. Este argumento lo utilizó Enrique para pedir la nulidad de su matrimonio, pero el Papa no veía lógico lo que el rey inglés le pedía y no se lo concedió. Realmente, lo que a Enrique le sucedía, era que le había echado el ojo a Ana Bolena, la dama de compañía de su esposa.

Enrique se salió con la suya al proclamarse jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra mandando a paseo al Papa de Roma. La institución más alta de esta Iglesia estaría a partir de ese momento representada por el obispo de Canterbury. Y este obispo, como no podía ser de otra manera, declaró nulo el matrimonio entre Catalina y Enrique dando validez a su matrimonio con Ana, que se había celebrado en secreto.

Catalina se declaraba a sí misma como la legítima esposa de Enrique y esto le iba a costar muy caro. Fue recluida en un castillo hasta su muerte y la hija de ambos, María, fue declarada como hija bastarda. Enrique también había prohibido que Catalina se viera y ni siquiera se comunicara con su hija, y haciendo gala de benevolencia, le había prometido que sería trasladada a una mejor residencia donde además podría ver a María, claro que, para eso debería dejar a un lado aquella obstinada conducta suya con la que no quería reconocer que ya no era su verdadera esposa, y reconocer como autentica reina a Ana Bolena. Tanto Catalina como María se negaron. A los 50 años Catalina se sentía muy enferma. María, que a pesar de tener prohibido el contacto y la comunicación con su madre se las ingeniaba para mandar y recibir cartas de ella, salió de inmediato para el castillo nada más enterarse. Su entrada fue como un ciclón, llevándose por delante a cuanto guardia le impedía el paso. Su autorización –decía- estaba a punto de llegar. Y los guardias, aunque no la creyeron, la dejaron pasar. Su madre murió allí, en aquel castillo, abandonada y repudiada por aquel miserable que ni siquiera la reconocía como hija. Todavía no sabía María que su padre era el mismo diablo que haría cosas aún peores. La misma Ana Bolena iba a lamentar haberse liado con el rey, pues su cabeza no tardaría en rodar.

Si nos paramos a pensar el ajetreo que los reyes tuvieron durante esos años, con el añadido del dolor producido por la muerte de hijos y nietos, podemos preguntarnos cómo es posible que tuvieran tiempo, ánimo y fuerzas para atender los asuntos de estado. Quizá ahora podamos entender mejor aquellas largas temporadas que Colón pasaba en tierra entre viaje y viaje a la espera de que le fueran concedidos unos barcos y algún presupuesto para hacerse de nuevo a la mar y seguir explorando el Nuevo Mundo. Una aventura que trajo quebraderos de cabeza a la corte, más de los que ya tenían, antes que beneficios, que solo llegarían a muy largo plazo. De momento solo acarreaban gastos. Pero ambos reyes veían en el Nuevo Mundo una inversión a largo plazo. Mientras los portugueses buscaron lugares donde montar bases que les permitieran llegar, cargar y traer riquezas en forma de especias, Fernando, al no encontrar las especias vio la oportunidad de expandir sus reinos hacia unas islas y unos territorios que parecían no tener fin. Isabel por su parte estaba ilusionada (quizás la única ilusión que le hacía evadirse de sus penas) con llevar la fe cristiana a donde nunca antes la había llevado nadie.

Tal vez por eso el papa Alejandro VI les concedió oficialmente en 1496 el título de “Reyes Católicos”. La iniciativa ya había partido unos años antes de Enrique Enríquez, tío de Fernando y consuegro del papa. Este título, que luego recibirían con el tiempo otros reyes, no hizo sino implicar a Isabel y Fernando aún más (sobre todo a Isabel) en una evangelización sin precedentes. Tanto se implicó Isabel que se creyó elegida para esta misión divina. Y en parte era cierto. Si estás recibiendo el apoyo de todos cuantos te rodean y encima el papado te anima a hacerlo, no puedes más que creerlo.

El Nuevo Mundo y sus habitantes fascinaron a Isabel desde el momento en que Colón llevó indígenas a la corte; seis indios que fueron bautizados. Sus creencias eran tan frágiles y arcaicas que nada más verse entre seres de una civilización que hoy nos parecería propia de otro planeta, no les fue difícil aceptar la nueva fe, por explicarlo de alguna manera, pues quizás el concepto de religión que ellos tenían se veía sobrepasado por todo lo que sus mentes tenían que asimilar en tan poco tiempo. Quizás los seis bautizados se sintieron halagados porque Isabel, Fernando y el príncipe Juan fueran sus padrinos, aunque lo más probable es que ni siquiera comprendieran a qué se debía aquella ceremonia de echarles agua por encima.

En cualquier caso, Isabel actuaba desde el corazón y lo demostraba al acoger en su casa a los indígenas convertidos, como a Juan de Castilla, así era el nuevo nombre del recién llegado indígena, que vivió en la corte bajo la orden de ser tratado como si fuera hijo de principal caballero (Igualito que los políticos modernos que meten en sus casas y sus palacios a montones de inmigrantes). A partir de ese momento, Fernando buscó las fórmulas más prácticas de conquistas y adhesión de nuevos territorios, mientras Isabel buscó la adhesión de nuevos cristianos para la Iglesia bajo la fórmula de no agresión ni extorsión. Anima a los exploradores a que se casen con indias, ordena a que se les trate y den los mismos derechos que a españoles y prohíbe que se les esclavice. Pero en el Nuevo Mundo no todo eran seres nobles y maleables. Aquellos pueblos que se sentían dominados y atemorizados por otros más fuertes vieron en los españoles a sus salvadores mientras los otros se sintieron invadidos. La guerra no tardó en desatarse y apaciguar las islas descubiertas supuso la ruptura de todas las normas dictadas por la reina.

Isabel estaba muy enferma y veía cómo a medida que se le escapaba la vida, se cometían atropellos que sin duda hubieran sido castigados con dureza, si Dios le hubiera permitido recuperarse y volver a aquellos días en que ella “montaba tanto”, para que ningún asunto del reino estuviera desatendido. El Nuevo Mundo debía ser también atendido, porque ahora también había allí cristianos. Quizás Isabel nunca creyó que llegaría a haber muchos mas de los que hubiera imaginado. Isabel falleció el 26 de noviembre de 1504 debido a un cáncer de útero. Tenía 53 años. Se llevó a la tumba el disgusto de ver cómo a pesar de sus esfuerzos por proteger a los indios sus deseos no siempre se respetaron. No obstante, iba a dejarnos un testamento que cambiaría algunas cosas en la historia del mundo. Dejó lo que podríamos considerar las primeras declaraciones de Derechos Humanos:

“Por ende, suplico al rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa, mi hija, y al príncipe, su marido, que así lo hagan y cumplan.[…] No consientan ni den lugar a que los indios. […] reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien…”

Así se despedía de este mundo una gran reina.

La cuestión sucesoria
Recapitulemos: muerto Juan, el único hijo varón de Isabel y Fernando, la heredera era Isabel, casada con Manuel de Portugal. Muerta ésta, la esperanza estaba en el pequeño Miguel, que hubiera podido ser rey de una península ibérica completamente unida. Pero el destino quiso que no fuera así y el bebé moría antes de cumplir los dos años en el verano de 1500, en Granada. Pedro Mártir de Anglería, en una carta escrita al cardenal de Santa Cruz le contaba lo siguiente: «Hacia el 15 de julio hicieron su entrada los Reyes en Granada, pero con mala estrella, porque el 20 del mismo mes expiró en sus manos el pequeño infante Miguel, única esperanza de sucesión masculina: ya sabes que muerto el único hijo no les quedan más herederos que las hijas; y ahí va esta otra: han mandado llamar, para que con su esposo venga a tomar posesión de la herencia de tantos reinos, a su hija Juana, casada con Felipe de Borgoña».

Felipe era un niñato malcriado y de muy mala condición. Lo hemos visto anteriormente, cómo hizo un desprecio a su futura esposa no presentándose a recibirla, o cómo a pesar de “enamorarse” a primera vista de Juana, comenzó a humillarla inmediatamente después, acostándose con toda cortesana que le saliera al paso. Para colmo, Juana no disponía de dinero, solo el que su marido le quisiera dar. Esto, que puede parecer secundario, pues podríamos pensar que, qué le puede faltar a una princesa en una corte real, en realidad era importante para poder desenvolverse con autonomía. Un ejemplo podríamos ponerlo en sus damas de compañía. Juana tenía que aceptar las que su esposo le pusiera, que no eran otras que las que a él mejor les parecía para acostarse con ellas, que además la vigilaban, no pudiendo Juana dar un paso sin que Felipe lo supiera. No podía pagar a sus propias damas ni sirvientes, como tampoco podía permitirse arreglarles buenos matrimonios con personajes influyentes, como era la costumbre en todas las cortes.

Esta falta de autonomía, en la práctica, se traducía en falta de autoridad. A Juana le correspondían 20.000 escudos al año, ese había sido el acuerdo al firmar el pacto matrimonial, pero a la princesa nunca le llegó ni un céntimo. Castilla estaba muy lejos y en los Países Bajos no había cobertura para mandar wasaps. Juana se sentía muy desgraciada, pero su madre no estaba para consolarla, y mucho menos para defenderla. Aún así, en Castilla estaban al tanto de lo que ocurría y se enviaron correos en protesta por la sustitución de sirvientes españoles en favor de holandeses y franceses. Pero Felipe era un niñato incorregible, lo único que ambicionaba de su esposa era la herencia que estaba al caer.

Tan ambicioso, tan descarado y sinvergüenza era Felipe, que nada más morir su cuñado Juan, se nombró a sí mismo Príncipe de Asturias. La cosa solo se quedaría en descaro, pues solo a la Corte Española le correspondía darle ese título, si no fuera porque su hermana Margarita, al quedar viuda, estaba embarazada y era a su sobrino a quien le correspondía ser Príncipe de Asturias, de haber llegado a nacer. Más aún, todavía quedaban los derechos de Isabel, que tardaría varios meses en fallecer. Inmediatamente después estaban los derechos del pequeño Miguel; todo eso se lo saltó a la torera Felipe. Tal impertinencia y falta de respeto puso de mala leche a los reyes españoles, que se preguntaban con qué hijo de las mil perras habían casado a su niña. Mientras tanto, Juana no podía hacer otra cosa sino sufrir las faltas de respeto de su marido, vestirse de luto y llorar las muertes de sus hermanos y sobrinos.

Las pretensiones de Felipe de hacerse a toda costa con el trono español llegaron a tomar tintes de traición, pues anduvo recabando apoyos en Francia para que le ayudaran a reivindicar su “derechos” a todas luces ilegítimos. Pero ahora, muertos Isabel y el pequeño Miguel, la ocasión que esperaba había llegado, aunque su viaje a España debía esperar; Juana estaba a punto de dar a luz. Cuentan que el emperador Maximiliano se desplazó a Bruselas para estar cerca de su nuera a la hora de dar a luz, no por apoyarla ni darle ánimos, sino por si era niño y había que organizar fiestas. Fue una niña. Nada que celebrar; el emperador se marchó por donde había venido.

Nacida la niña, Felipe no salió corriendo a encontrarse con sus suegros, total, la herencia ya era suya, sino que se puso a trabajar duramente para dejar embarazada de nuevo a Juana. Lo consiguió siete meses después. Esta vez sí habría festejos y muestras de gran alegría, pues en un retrete nauseabundo, y tras el disgusto que causó a Juana ver cómo Felipe se divertía con sus damas, vino al mundo el futuro emperador Carlos. Margarita, que hizo de madrina, quiso que el niño se llamase Juan, pero su hermano no quiso darle el gusto y se empeñó en que se llamase Carlos, como el bisabuelo del recién nacido. Por cierto, Carlos I llamado el Temerario, era uno de los hijos-de-la-gran-puta más grandes que haya conocido la historia de Europa.

Preocupados los reyes por la situación, piden a su embajador Gutierre Gómez de Fuensalida que se ponga en contacto con su hija, y éste intenta averiguar todo lo que puede. Gutierre tuvo una intensa charla con ella, en la cual Juana le cuenta algunas cosas, cuando menos preocupantes. Terminada la entrevista, el embajador escribe una carta dando detalles de todo cuanto averiguó.

Gutierre, según sugerencias de los reyes, animó a Juana a hacerse con las riendas de su casa, aprovechando ser la madre del heredero, pero Juana no tiene ánimos para luchar por tal cosa, al no poder tener una conversación íntima con su esposo que no conozca de inmediato su amigo y consejero Françoise de Busleyden, un obispo borgoñés famoso por su antiespañolismo. Cualquier confidencia, cualquier opinión que le daba a su esposo, Felipe corría a contársela al obispo, quien acto seguido le ponía sobre aviso sobre los posibles peligros que pudiera estar tramando Juana contra él. En vista de lo cual -le había dicho al embajador-, era más prudente no intervenir, pues bastaba con que Felipe supiera que ella intentaba cualquier movimiento que agradara a Castilla para que inmediatamente se opusiera.

Fue este obispo quien hizo todo lo posible para que los archiduques Felipe y Juana no acudieran a la llamada de los reyes de España, temeroso de que los nuevos reinos que iban a heredar lo alejaran de su influencia. En definitiva, Felipe estaba siendo manipulado por el obispo Françoise de Busleyden y por otros cuantos. Por otra parte, Felipe estaba ultimando sus pactos con Francia. Para cuando se presentaran ante Isabel y Fernando, ya nadie le podría discutir que su nieto Carlos se prometiera con doña Claudia, única hija de Luis XII, rey de Francia, pues el compromiso ya se habría firmado. Y mientras se llevaban a cabo las negociaciones, el pretexto perfecto para seguir retrasando el viaje fue otro embarazo de Juana.

El embajador habla en todo momento de una joven princesa sensata, pero sometida a fuertes presiones «si su Alteza no fuese tan guarnecida en virtudes no podría sufrir lo que ve, más en persona de tan poca edad no creo se ha visto tanta cordura». Juana tenía en aquellos entonces 21 años. El aislamiento y la manipulación de Felipe por parte de sus consejeros no pasaron desapercibidos para Gutierre y fueron puestos en conocimiento de Isabel y Fernando, con la consiguiente preocupación que provocó en ellos. No solo veían que su hija no era feliz, sino que los reinos peninsulares caerían en manos de un títere al servicio de los simpatizantes franceses, los peores enemigos de España.

El 16 de julio de 1501 Juana dio a luz otra niña, y se llamó Isabel. Los consejos de Gutierre no hicieron efecto en Juana, y lejos de ganar autoridad, cargada ya con tres hijos a sus 22 años, fue quedando relegada a un mero objeto sin más valor que el de los herederos que Felipe había conseguido de ella. Ni siquiera pudo conseguir que su madre le enviase desde España la mujer de buena familia que le había solicitado para ayudarla a criar a sus hijos. Antes de que la carta llegara a Isabel, Felipe ya había decidido quién sería el ayo del pequeño Carlos y quién la niñera de las infantas. Más tarde los niños serían enviados a vivir a Malinas, con su abuela y su tía Margarita; todo ello sin contar para nada con la opinión de Juana, que de pronto sufrió el duro golpe de verse alejada de sus tres hijos.

Felipe ya había renunciado a sus derechos sobre el ducado de Borgoña y convertía Flandes y Artois en feudatarios de Francia a cambio de algunos pueblos como Betune y Hesdin. Estaba, sin duda, pagando el precio de sus pactos con el país vecino, a quien quería tener a su lado por si tenía que presionar a los reyes de Castilla y Aragón.

Viendo que ya era imposible demorar más el viaje, los consejeros de Felipe dieron permiso a su títere para presentarse ante sus suegros, no sin antes encomendarle la misión de aprovechar y entrevistarse con el rey francés Luis XII, recordemos cómo le llamaban a su antecesor Luis XI: el Araña, por ser experto en tejer conspiraciones y sacar siempre provecho de todos los asuntos sucios entre reinos vecinos; Luis XII iba por el mismo
camino.

Curioso el desencuentro entre la corte española y la holandesa; mientras en España consideraban que lo más seguro era que el viaje lo hicieran en barco, por seguridad, para que no tuvieran que atravesar territorio hostil, ya que la guerra entre Francia y España era inminente, los consejeros de Felipe estaban empeñados en atravesar todo el país vecino, pues, como ya hemos visto, había una entrevista prevista entre Felipe y Luis XII. Nada sabían Isabel y Fernando que su yerno los estaba traicionando y conspiraba contra ellos.

El 19 de noviembre entran en territorio francés. De sobra sabía Felipe que su travesía por Francia transcurriría con total normalidad. Lo que no esperaba Felipe era que en París, ante Luis XII se le iba a presentar una situación bastante embarazosa, donde Juana demostró, por una vez, de quién era hija, cosa que a su esposo no le iba a sentar nada bien. En vista de que Felipe se había convertido en vasallo de Francia, el rey Luis era un superior y no debían encontrarse de igual a igual. Era el protocolo. El tema de porqué Felipe, como archiduque de Borgoña había renunciado a sus derechos sería largo de explicar, pero digamos que ejercía de archiduque de un territorio que fue de su madre, donde abundaban los problemas y las luchas, y donde según algunos historiadores, Felipe, o más bien sus consejeros, actuaron bien para apaciguar el territorio, quizás otro día ahondemos en el tema, pero de momento conformémonos con saber que el archiduque se había convertido en vasallo de Francia y como tal, debía saludar al rey con dos reverencias. Sin embargo, Juana era heredera al trono de España y sí podía encontrarse con el rey como su igual, su saludo debía ser el mismo que le haría una reina, solo una reverencia.

Aquello ponía en inferioridad a Felipe, y sobre todo, lo puso de muy mala leche. Pero Juana se negó a presentarse ante el rey francés como una inferior, más aún cuando ambos países estaban próximos a una guerra. Juana solo lo haría de igual a igual, demostrando así quién era, algo de lo que sus padres hubieran estado orgullosos, de haber estado presentes y poder verla. ¿Estaba Juana reaccionando a las palabras del embajador? Quizás la cercanía a tierras españolas la estaban envalentonando, pues aún tendría ocasión un par de veces más de demostrarle a los franceses y a su propio marido quién era ella realmente, enfrentándose a la propia reina de Francia, que pretendía, siempre que tenía ocasión, ridiculizarla o tratarla como a una vasalla, cosa que no consiguió, pero llegó a enfurecerla. Como despedida, el rey Luis organizó una fiesta, donde Juana puso la guinda negándose a vestir al estilo holandés y se presentó con un vestido español y cubierta de joyas. Juana estaba resplandeciente y consiguió encandilar a todos los presentes, menos a la reina Ana, que deseaba que la fiesta acabara para perderla de vista y se marcharan al día siguiente.

Aquellos “incidentes” con su esposa pusieron sobre aviso a Felipe, que vio cómo Juana se mostraba muy diferente a como lo había venido haciendo en durante su confinamiento en Flandes. Claro que, allí él había podido ejercer su autoridad y la había tenido totalmente controlada. ¿Pero qué ocurriría una vez en Castilla, donde, como añadido, ella sería la reina? Habría que pensar algo al respecto. El resto del viaje por tierras francesas lo haría por separado, para terminar reuniéndose de nuevo en Navarra. Felipe tenía otras entrevistas que hacer, y no solo no quería que Juana estuviera al corriente de ellas, sino que, no quería ver cómo su esposa volvía a alardear de estar por encima de él.

En Navarra fueron muy bien acogidos. Cuentan que el rey navarro quedó impresionado con doña Juana y después de una misa pidió el honor de salir de la iglesia llevándola del brazo. De aquel viaje saldría ajustada la boda de su hija, la pequeña Isabel, con don Enrique, príncipe de Viana y heredero a la corona navarra. Ni sus propios padres pudieron emparentar con los navarros; algo de especial tendría Juana cuando ella sí lo consiguió.

Por fin llegaron a Toledo, donde los reyes habían convocado Cortes para reconocerlos como Príncipes de Asturias, siendo Juana la legítima heredera de la corona y Felipe el futuro rey consorte. Durante y después de la ceremonia, el rey Fernando le proporcionó a su yerno un lugar de honor, por encima del que le correspondía, ya que la heredera era su hija y no él. Muchos han querido ver en este gesto una forma de evitarle el mal trago que él mismo pasó al verse como un don nadie al lado de la máxima autoridad del reino, que además era mujer. Puede ser, pero no olvidemos que desde entonces había llovido mucho y Fernando había presionado a su padre para que en Aragón pudieran reinar las mujeres; después de comprobar de primera mano cómo gobernaba su esposa, no podía caberle duda de que sus hijas podían hacerlo perfectamente. La explicación más lógica puede ser que Fernando quisiera ganarse la confianza de aquel sinvergüenza para ver qué podía averiguar de él, puesto que estaba más claro que el agua que lo traicionaba con los franceses.

El 22 de mayo de 1502 Juana fue jurada por las Cortes de Castilla como heredera de la corona. El archiduque Felipe de Habsburgo estaba muy decepcionado al haber sido jurado solamente como consorte. Su berrinche fue tal, que lo primero que hizo fue expulsar de su séquito al obispo Henry de Berghes, del cual sospechaba ser simpatizante de los castellanos. Fue una simple pataleta de niño malcriado, para aplacar su mala leche. En cualquier caso, Felipe ya estaba de mal humor desde el primer momento que pisó Toledo, creando mal ambiente entre los miembros de su séquito, que tuvieron alguna que otra bronca con caballeros castellanos, solucionada a punta de espada.

El enfado no haría más que ir en aumento, cuando, esperando que alguien le presentara excusas por las agresiones que habían sufrido sus hombres, su suegra Isabel dio la razón a sus caballeros castellanos, agradeciéndoles su intervención, evitando que los indisciplinados flamencos siguieran provocando disturbios en Toledo, donde sus ciudadanos ya habían dado muestras de estar molestos con ellos. De pronto, Felipe pasó del enfado a cagarse las patas abajo, cuando su íntimo amigo y consejero, el arzobispo de Besançon falleció de repente. ¿Qué le había ocurrido al arzobispo flamenco? Nadie lo supo, pero Felipe enseguida sospechó que lo habían envenenado. Y si habían conseguido envenenar a su inseparable consejero, él podía ser la próxima víctima. Desde ese momento el archiduque comenzó a no fiarse de nadie, a sospechar de todos y a sentirse incómodo, agobiado y con ganas de salir de España.

La cosa empeoró todavía más cuando Arturo de Gales murió. Arturo era el marido de Catalina, la hermana pequeña de Juana, la que terminaría casándose con el psicópata Enrique VIII. El malestar de Felipe no aumentó por el hecho de que el príncipe inglés hubiera muerto, sino por el ambiente que se vivió aquellos meses en Toledo. Todo el mundo de luto, rezando, un duelo que a Felipe se le antojó excesivo e interminable. Luego llegó el verano, los flamencos, acostumbrados a un clima más frío se ahogaban en la meseta castellana. Felipe iba de mal en peor y se cagaba en to.

Mientras tanto, las hostilidades por el control de Nápoles entre España y Francia se recrudecían, lo cual hacía sentirse a Felipe bastante incómodo. Sentía que todas las miradas estaban puestas en él, y no se equivocaba, pues sus suegros estaban al tanto de todo y sabían que su yerno tenía sus chanchullos con Francia. Felipe, cada día más nervioso, quiere salir de allí cuanto antes y comienza a preparar a su séquito flamenco para partir, la reina Isabel tuvo que aconsejar a su hija que intentara calmar a su esposo. Juana, nerviosa también por los berrinches de su marido, hizo caso a su madre e intentó que Felipe entrara en razón, pero su intervención no hizo más que enfadarlo todavía más. Al menos consiguió que no se marchara y aguantara hasta finales de julio, que marcharon para Zaragoza, donde el de 4 de agosto fueron jurados por las Cortes aragonesas, Juana como heredera a la corona de Aragón y Felipe como rey consorte. Una nueva humillación para Felipe después de la sufrida en Castilla. Seguro que su suegro le entendía perfectamente al haber pasado por su misma situación, y seguro que mientras lo observaba pensaba: ¡sufre mamón!

Fernando no tardó en abandonar Zaragoza, pues la salud de Isabel, que no había viajado con ellos y se había quedado en Madrid, empeoraba por días. En ausencia del rey, se le presentó a Felipe la oportunidad de ejercer como regente del reino presidiendo las Cortes. Fue una excelente oportunidad para poner a prueba a su yerno. Las Cortes necesitaban aprobar presupuestos para financiar la guerra con Francia, no solo en Nápoles, sino ante una posible invasión de Aragón. El aprieto en que se vio Felipe no se lo imaginó ni en sus peores pesadillas, deseando que se lo tragara la tierra. Viéndose obligado a aprobar unas medidas que iban contra sus propios intereses decidió quitarse de en medio, huyendo sin pedir consejo ni permiso a nadie. Hallándose muy enferma Isabel, parece como si a distancia le hubiera leído el pensamiento a su yerno, sospechando lo que haría; entonces le hizo llegar una carta pidiéndole que no abandonara España sin antes entrevistarse con ella. Mientras el yernísimo se preguntaba cómo su suegra le había adivinado el pensamiento, concluyó que no le convenía hacer un desprecio a su suegra y fue a verla. Cuando Isabel le preguntó por esa marcha tan repentina sin despedirse de nadie, Felipe arguyó que se disponía a prestar su primer servicio a España haciendo de mediador ante Francia. Isabel no le creyó, pero sabía que no lo haría cambiar de opinión, solo le pidió que su hija no viajara en su estado, pues estaba de nuevo embarazada. Felipe accedió a que Juana se quedara con su madre. En realidad, su esposa sería un estorbo y no la necesitaba para nada. Si era necesario presionar a sus suegros ya tenía a sus nietos en Flandes.

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