Fray Tomás de Torquemada

La expulsión de los judíos

Isabel no aborrecía a los judíos ni a los conversos. Fernando tampoco. Siempre declararon que estaban bajo su protección y que atacar a un judío era como atacar a la corona. Y esta protección podemos verla en algunas cartas como la que envían a Bilbao en 1490: «de derecho canónico y según las leyes de nuestros reinos, los judíos son tolerados y sufridos y nos les mandamos tolerar y sufrir que vivan en nuestros reinos, como nuestros súbditos y vasallos.» De hecho, Abraham Senior era judío y fue hombre de confianza y recaudador de impuestos; como también lo era Isaac Abravanel, que puso parte de su fortuna a disposición de los reyes para financiar la guerra de Granada; o Lorenzo Badoz, médico personal de Isabel; y Andrés Cabrera, cortesano y esposo de Beatriz de Bobadilla, era de familia conversa. Pero en Sevilla y Córdoba se había desatado la locura y muchos de ellos ya habían ardido en la hoguera. Torquemada se había vuelto implacable y los reyes se preguntaban si aquella Inquisición que habían traído para aplacar los ánimos de los cristianos e impartir justicia entre unos y otros no se les había ido de las manos.

Los cristianos viejos, es decir, aquellos de ascendencias no mezcladas con judíos o árabes convertidos, presionaban cada vez más a los reyes, y mientras tanto, seguía la persecución contra quienes consideraban herejes: los judíos acusados de abusos comerciales, los conversos por falsos cristianos que se convertían solo para evitar el acoso, pero continuando con sus prácticas religiosas judías. Más que aplacar los ánimos y solucionar los problemas, la Inquisición los había agravado. Si antes los judíos eran atacados, ahora morían quemados. Había que parar aquella locura, pero a la vez no podían quitar autoridad a quienes ellos mismos habían puesto al frente de aquella empresa. Con las Santas Escrituras en la mano, aquellos inquisidores podían demostrar a quienes les reprendieran que estaban actuando según los mandatos de Dios. Mejor habría que decir que lo demostraban interpretando y tergiversando a su manera sus “mandatos”. Pero se trataba de la Iglesia, y esa era la fe que los guiaba a todos.

Enfrentarse a las creencias de la Iglesia podía hacer incurrir en herejía a los propios reyes, y esto podía haberles acarreado graves consecuencias. Sin olvidar que en aquellos momentos les debían agradecimiento por el gran apoyo económico en la reciente guerra. Por eso, hasta Torquemada no dudó en enfrentarse dura y descaradamente al propio Fernando tratándolo de Judas. ¿Qué ocurrió?

En vista de que el problema de los conversos no se solucionaba y por el contrario se agravaba, los inquisidores llegaron a la conclusión de que el problema eran los judíos. Mientras los conversos siguieran teniendo como vecinos las malas influencias judías, siempre existiría la tentación de volver a las prácticas mesiánicas. El 31 de marzo de 1492 se firmaba un drástico documento para que los judíos fueran expulsados de España. Isaac Abravanel, que anteriormente puso a disposición de los reyes su fortuna para conquistar Granada, ahora la ponía para salvar a los suyos. Muchos creen que es leyenda, otros creen que hay mucho de verdad, el caso es que cuando se enteró Torquemada se enfrentó a Fernando diciéndole furioso, a la vez que arrojaba un crucifijo contra los judíos presentes: «Judas vendió a Nuestro Señor por treinta monedas de plata; Su Majestad está a punto de venderlo de nuevo por treinta mil».

Los judíos tuvieron que malvender sus tierras y sus casas y se les prohibió sacar de España oro y plata. Salieron de Castilla tomando diversos rumbos. En Portugal no se les dejó asentarse y fueron también expulsados de allí. En Navarra no se les acogió tampoco. Los que llegaron a Marruecos, en mala hora lo hicieron, pues nunca les perdonarían su apoyo a los cristianos en la guerra de Granada. Solo los que llegaron a Italia y a Turquía tuvieron mejor suerte. En Europa se aplaudió la medida tomada por los reyes españoles (aunque siglos más tarde lo utilizaran en nuestra contra). Curioso que en Italia no fueran expulsados por el estado pontificio a pesar de que el papa celebró fiestas en honor a su expulsión de España, como curioso es que a ojos de occidente la medida fuera bien vista, lo cual nos debería hacer reflexionar y entender (que no justificar) que en cada época se vive y se ven de distinta manera lo que hoy podemos calificar como atrocidades.

La larga espera y la calentura de Colón

«Hasta la conclusión de la campaña granadina» dijo Isabel. Pero la campaña se alargaba y pasaban los meses, los años… Y Colón comenzaba a impacientarse, a aburrirse y a plantearse si no sería mejor ir con su proyecto a otra parte. Él mismo lo escribió: «Vine a servir a estos príncipes de tan lejos, siete años estuve en su real corte, y a cuantos hablaba de esta empresa, todos decían que si era una burla». Colón estaba triste, sí… ¿Triste? ¿Quién dijo tristeza? ¡Menuda morenaza se cruzó con él! Veinte años, huerfanita, cordobesa, casi na… ¡Las Indias podían esperar!

Beatriz Enríquez Arana, así se llamaba la cordobesita. Vivía acogida en casa de unos parientes. Colón conoció a esa familia y desde el primer momento se sintió cautivado por la joven. Colón y Beatriz nunca se casaron, pero un año después de conocerse nacía su hijo Hernando y serían pareja durante toda su vida.
Una vez bajada la calentura, Colón volvió a ponerse impaciente con el tema del viaje. Por su cabeza comenzaba a pasar la idea de intentarlo en Francia o Inglaterra. Pero, el caso es que la paga asignada por los reyes seguía llegándole, señal de que en Castilla seguían apoyándolo. Entre tanto, también mataba el tiempo vendiendo libros y mapas, y de paso se ganaba unos extras. Si aquella maldita guerra acabara de una vez… y acabó. A finales de 1491, con la conquista de Granada prácticamente concluida, Colón fue llamado a reunirse con los reyes. El lugar, el campamento en Santa Fe. Tal como había prometido la reina, al finalizar la campaña contra Granada se ocuparía del asunto. Isabel había cumplido su palabra. Habían pasado siete años de larga espera.

Un proyecto caro y unas arcas vacías

El 2 de enero de 1492 Granada ya era cristiana. Europa entera lo festeja y los reyes Isabel y Fernando cobran un gran prestigio. En el campamento reinaba la euforia, sin embargo, no deja de ser sorprendente la rápida llamada al almirante. Isabel no había perdido la ilusión por aquella aventura en todo ese tiempo y ni siquiera esperó a que todo estuviera más calmado o hablar del asunto tranquilamente en palacio. La reina simplemente le preguntó qué necesitaba para hacer el viaje y Colón, que no necesitaba ponerse a hacer la lista de la compra en ese momento, pues muchos años pasó haciéndola, solo tuvo que entregársela. Isabel pasó el proyecto y las condiciones al consejo, que no tardó en desestimar su viabilidad.

E almirante que no entendía qué pasaba, si la reina había dado su visto bueno personalmente. Lo que ocurría era muy simple. La guerra había dejado las arcas vacías. ¿Tanto costaba el proyecto? Parece ser que sí. Tres barcos con sus respectivas tripulaciones y cargados de víveres para su ida y vuelta. ¿Cuánto podían costar? Nadie lo sabe exactamente hoy día. Pero siempre hay quien se pone manos a la obra e investiga, como el economista cubano Dioenis Espinosa, que asegura que el coste total de los cuatro viajes de Colón costó 623 millones de maravedíes, la moneda de la época. Una cifra que actualmente equivaldría a 2.530 millones de euros cada viaje, siempre calculado a grosso modo. Asombroso, pero no debe ir muy mal encaminado este economista cuando tantas trabas le ponían al almirante. Isabel, por muy a favor que estuviera de seguir adelante, debía atenerse a los números rojos que mostraban los contables. ¿Y Fernando? Pues parece ser que también se había contagiado de la euforia de su esposa, pero los números rojos mandaban.

Y entonces intervinieron dos personajes que vinieron a solucionar el problema: Luis de Santángel, prestamista del rey de Aragón, y el obispo Diego de Deza, hombre de confianza de la reina Isabel. Luis de Santángel desempeñaba el cargo de escribano del rey Fernando y prestamista oficial de la corona. Cada vez que Fernando necesitaba dinero, Santángel se lo conseguía. Santángel era algo así como un banquero privado de la época. Había conocido a Colón en 1486 y su intervención fue decisiva para que el navegante no saliera de Castilla aburrido y decepcionado hacia otras cortes de Europa. El obispo, por su parte, también influyó de manera muy positiva, y había creído en un proyecto del que ya había oído hablar entusiasmado a fray Antonio de Marchena.
Después de firmar las capitulaciones en Santa Fe, Colón tenía vía libre para actuar, es mucho el trabajo que tiene por delante, desde poner a punto los barcos hasta reclutar marineros, un trabajo que se alargaría por espacio de más de medios año, para, por fin el viernes 3 de agosto de 1492, media hora antes de salir el sol, poder dar la orden de partida, gritando con aire de triunfo:
«¡En nombre de Jesucristo, partamos!»

El destino de los hijos de Isabel y Fernando

Isabel y Fernando tuvieron una buena prole, cuatro hembras y un varón. Dado que en Castilla no había ley que impidiera reinar a las mujeres, y en Aragón Fernando ya era rey y también era partidario de que sus hijas pudieran reinar, llegado el caso (su padre Juan II había muerto en 1479) la dinastía de los Trastámara parecía estar asegurada; y sin embargo, la corona única de Castilla-León y Aragón se la ceñiría un Austria. No estamos haciendo espoiler, como se suele decir ahora cuando se adelantan los sucesos de una película, porque todo el mundo sabe que los Austrias sucedieron a los Trastámaras ¿O no lo sabíais?

La primogénita Isabel nació el 2 de octubre de 1470 en Dueñas, Palencia. En mayo de 1475 Isabel tuvo un aborto de lo que parecía ser un varón. Y cuando Isabel se creía incapaz de concebir de nuevo, quedó embarazada y vino al mundo Juan el 30 de junio de 1478 en Sevilla. Al año siguiente nacería Juana (es que no había nombres para elegir) el 6 de noviembre de 1479 en Toledo. Lo próximo serían mellizos, pero solo nacería con vida María el 29 de junio de 1482 en Córdoba, ya en plena guerra con Granada. Por último, Catalina nació en 16 de diciembre de 1485 en Alcalá de Henares. Nótese que ninguno de los hijos nació en el mismo lugar, consecuencia de la ajetreada vida de los reyes en aquellos años.

No deja de ser asombroso el uso abusivo que los reyes hacían de su descendencia en beneficio propio (del reino, decían) o en beneficio de ellos, sus hijos (procurarles un buen matrimonio, un buen futuro). El caso es que la propia Isabel, que tantos quebraderos de cabeza había causado a todo el mundo, (a su hermano Enrique, al clero y a la nobleza) que se dice pronto, ahora ella misma, viéndose en la necesidad de dar estabilidad a Castilla, se rendía a la evidencia de que el uso de sus hijos era la única salida posible. Pactar matrimonios con el país con el que peor te llevas era, en la época, una forma de garantizar la paz, y en 1479, estando los moros de Granada amenazando con no pagar impuestos y permitiéndose alguna que otra salida intimidatoria por territorios castellanos, lo que menos le interesaban a Isabel y Fernando era estar todavía enemistados con Portugal.

Alfonso V, tras el fracaso en el intento de invadir Castilla en defensa de los derechos de su esposa, la niña Juana la Beltraneja, se retiró a un monasterio y dejó como regente de Portugal a su hijo Juan. Este Juan sería el que rechazaría la propuesta de Colón de viajar a las indias por occidente. Juan de Portugal (lo llamaremos así para no confundirlo con el pequeño Juan hijo de Isabel y Fernando) tenía un hijo llamado Alfonso como su abuelo, y éste sería el prometido de la pequeña Isabel. Alfonsito tenía 5 años menos que Isabelita y habría que esperar hasta el 18 de abril de 1490 para celebrar la boda. Isabelita 20 años, Alfonsito 15. Un años más tarde, con solo 16, el príncipe portugués moriría en un accidente al caer de su caballo. Isabel quedaba viuda.

Su padre, Juan II de Portugal moriría también prematuramente en 1495 con solo 40 años. Como Juan no tuvo más hijos le sucedió su primo Manuel. ¿Recuerdan ustedes a este Manolito? Sí, el cabroncete aquel que humilló a Magallanes y persiguió a Elcano para que no consiguiera llegar a Sevilla. Pues este se va a casar con la Isabelita, la pequeña. Y no sería este el único vínculo con Portugal, sino que al heredero al trono de los futuros reinos unidos de Castilla y Aragón, que era Juan, segundo hijo de Isabel y Fernando, se prometía con ¡Juana, la Beltraneja! Aclaremos que el matrimonio de la Beltraneja con Alfonso fue anulado por el papa. Por fin la Beltraneja sería reina, pero consorte. El problema era que Juana tenía ya 16 años y Juan solo 1. Cuando la boda se celebrara, Juana estaría cercana a los 30 años.

Pero había aún más problemas, o más trabas. La boda no se daba por segura, Juan podría, en el último momento, rechazar a la novia si no le complacía casarse con ella, siendo, por supuesto, compensada económicamente. Para atenuar estos “pequeños” inconvenientes, Juana tenía la libertad de elegir otra opción: el convento. Y esa fue la que eligió la pobre Juana. Todas estas cláusulas se redactaron durante el llamado tratado de Alcazobas, tratado de paz entre ambos reinos, aunque se trataron aparte, en un pacto llamado Tercerías de Moura. Todo esto teniendo como principales negociadoras a la reina Isabel y a su tía Beatriz de Aveiro, madre de Manuel.

Como anécdota curiosa, citaremos la enorme suma que Portugal le pedía a los reyes españoles como compensación a los daños causados por la guerra que ellos habían provocado. Petición inaceptable que Isabel resolvió inteligentemente, para que no se convirtiera en obstáculo en las negociaciones: La cantidad de la indemnización sería igual a la dote que su hija recibiría al casarse con el príncipe. Asunto resuelto.

Muchos lloros, muchas noches de desvelo, pensando en su pequeña, le habían costado a Isabel, cuando tuvo que dejar a su hija en Portugal. Ahora, aunque por causas tan tristes como la muerte accidental de su jovencísimo esposo volvía al lado de su madre, viuda con solo 21 años. Y tras la alegría de abrazarla de nuevo, el desconsuelo de ver a su hija sumida en la tristeza. Había que tratar de animarla, hasta que Isabel hija le confiesa a Isabel madre que su propósito es ingresar en un convento. Algo que la madre rechaza rotundamente. No permitirá que su hija se apague como una vela en un convento, pues ella se debe a su linaje, y por consiguiente debería seguir en la corte. Por una parte, por muy católicos que fueran los padres, no les gustaba la idea de verla convertida en monja, apartada del mundo; y por otra, egoístamente, querían reservarla para su posible uso en los entramados diplomáticos del reino.
Cuatro años después, muerto Juan II de Portugal, subió al trono su primo Manuel. Isabel y Fernando, siguiendo con su política de aproximación al reino luso pactaron matrimonio, esta vez ofreciéndole a su hija María. Pero Manuel, de 26 años, prefirió a Isabel, que ya tenía 25, antes que a María que solo tenía 13. Vayamos ahora a prestarle un poco de atención al príncipe heredero Juan, que a los 8 años fue jurado en las cortes. Siendo un bebé hubo una proposición de casarlo con la Beltraneja, pero ya vimos en qué acabó todo, por tanto, se le buscó otra novia, esta vez en Navarra, donde Catalina de Foix era la heredera, con la intención de que este reino pasara a la unión de reinos peninsulares que los reyes tenían planeada.

Pero en Navagrra prefeguían migar hacia Paguís, pogque ega más molón y ega la moda. Isabel y Fernando dieron un salto más allá. Enviaron a sus emisarios pasados los Pirineos y Fgancia entega, y llegagon a Flandes, donde se pusieron en contacto con Maximiliano I de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y su esposa María, duquesa de Borgoña y Brabante. El trato fue por partida doble: Juan se casaría con Margarita de Austria y ya de paso colocaban a Juana con su hermano Felipe, al que llamarían el Hermoso. Atención a este matrimonio, que no pasará desapercibido para la Historia. A simple vista parece una jugada maestra, una gran alianza con el imperio del norte a la vez que se dejaba encajonada a la pretenciosa y molesta Francia, que siempre estaban ahí babeando a ver qué les caía de las chispas que saltaban entre las peleas de unos y otros.

Margarita era 2 años mayor que Juan y se casaban por poderes el 5 de noviembre de 1495. Un año y medio después la pareja se veía por primera vez, siendo la novia del agrado de Juan y de sus suegros. Por lo visto Isabel la acogió como a una hija intentando por todos los medios que se encontrara como en su casa. Parecía que los rezos de Isabel daban su fruto y el Señor le concedía felicidad para su familia. Isabel, la hija, volvía a estar prometida y sería reina de Portugal; Juan tan delicado y frágil desde niño, ahora por fin tenía la esposa ideal para reinar. Pero esta felicidad duró muy poco. Juan ya nació con labio leporino o fisurado, lo cual le impedía hablar correctamente. También sufrió tartamudez. Era de constitución endeble, comía poco y sufría fiebres constantemente. Aún así, su madre lo cuidaba y lo mimaba, lo llamaba “mi ángel” y se esmeró en proporcionarle una buena educación, la que debía tener un buen rey.

A las pocas semanas del enlace Juan estaba cada día más debilitado, llegando a estar los médicos seriamente preocupados por su salud. Llegaron a insinuarle a Isabel que… que intentara convencer a su hijo para que frenara su pasión de recién casado, convencidos de que Margarita se estaba dando con el muchacho. Isabel se negó rotundamente convencida de que la relación entre ambos príncipes enamorados no podía perjudicar a ninguno de los dos, sino que les proporcionaría nueva descendencia para la dinastía.

Su debilidad parecía más bien deberse a un ataque de viruela que había contraído en Medina del Campo, sumado a su ya de por sí delicada salud. Isabel ya no se espantaba por ver a su hijo debilitado; su pasión por Margarita solo podía hacerle bien. Así que ambos, Isabel y Fernando, partieron con su hija Isabel hacia Portugal, donde se casaría por segunda vez, esta vez con el rey Manuel I. En la frontera fueron alcanzados por un mensajero. La salud del príncipe Juan había empeorado y todos en la corte temían por su vida. Fallecía el 4 de octubre de 1497. «Aquí yace la esperanza de España», escribiría Pedro Mártir de Anglería.

Debe ser que en la época, un pacto de este calado, como era la unión de dos príncipes, o como en este caso, de un rey y una princesa, debía cumplirse sin demora; o que su incumplimiento no se admitía ni siquiera por fuerza mayor. Si no, no se entiende que ambos reyes, al saber que su hijo estaba gravemente enfermo y a punto de morir, no se dieran media vuelta para estar con él en sus últimas horas de vida. Cuentan los historiadores que cuando fueron informados del estado de salud del príncipe, Isabel, con el corazón desgarrado, dejó a un lado a la madre y se impuso la reina, por cuyo trono tanto había luchado. Lo temas de estado se imponían. Nuevamente el reino es lo primero. No valía enviar un mensajero a Manuel de Portugal explicándole la situación tan grave que había surgido.
No sabemos si se lo echaron a suertes, el caso es que Isabel siguió adelante con su hija hasta entregársela a Manuel y hacerla su esposa, y Fernando se volvió a Salamanca, donde el príncipe se encontraba en aquel momento, allí pasó con él sus últimas horas. Juan estaba ya muy débil y aceptó su trágico destino, si así lo había querido el Señor. Margarita que estaba embarazada de pocas semanas, quedó destrozada por el dolor y por la incertidumbre de qué iba a ser ahora de ella. El mes de febrero de 1498 se le adelantaba el parto. Cuentan que era una niña, pero demasiado prematura para que hubiera podido sobrevivir. Ya nada le ataba a los reyes de España, y con el corazón doblemente roto, la archiduquesa Margarita volvió a Flandes. En 1501 se volvía a casar con Filiberto II, duque de Saboya, quien también fallecería de forma prematura. Margarita decidió no volver a casarse.

Poco antes de que Margarita llegara a España, Juana, la tercera de los hijos de Isabel y Fernando partía para Flandes; recordemos que la habían prometido a su hermano Felipe. Tenía 17 años. Una flota al mando del almirante Fadrique Enríquez sería la encargada de llevar a la infanta y todos sus enseres hasta su destino. El 22 de agosto de 1496 la flota se puso en marcha. La travesía no fue agradable, el mar estaba revuelto hasta el punto de que uno de los barcos se fue a pique con el amplio ajuar de la princesa, falleciendo en el hundimiento muchos marineros. Finalmente llegaron al puerto de Middelburg, en Zelanda. Pero allí no estaba Felipe esperándola. ¿Qué había ocurrido? ¿Se habían retrasado debido al temporal? ¿Había habido una confusión con la fecha de su llegada?
En Middelburg solamente había una dama esperándola, doña María Manuel. En Flandes no todos estaban a favor de una alianza con España y se las habían ingeniado para convencer al joven Felipe para que no acudiera a recibirla. Cuando Juana se viera ante semejante desplante de seguro embarcaría de nuevo para España, con los problemas diplomáticos que esto acarrearía, pero de esta manera se rompía la alianza y los opositores, que egan favogables a pactag con la puta Fganç, se saldrían con la suya. (A sabeg que cogno tendgia la Fganç paga que todos quisiegan pactag con ella). El propio Felipe era reacio a los españoles y prefería que sus padres le hubieran vinculado con Francia; y esto se deduce de sus futuras actuaciones, en que demostraría su atracción por los galos.

¿Qué haría entonces Juana? Si Felipe no había venido a buscarla, iría ella a buscar a Felipe. ¿Pero qué se habría creído aquel niñato malcriado? En teoría, Felipe debía encontrarse en Brujas, y hacia allí se encaminó ella acompañada de doña María Manuel. Allí pudieron ver al chamberlán del archiduque, contrario a los pactos con Francia, que la puso al corriente de todo y le dijo que se encontraba en Amberes. Nuevamente se puso Juana en camino y allí llegó el 19 de septiembre de 1496. Pero no sería hasta el mes próximo cuando conocería a Felipe. Mientras tanto conoció a su futura cuñada Margarita, que a punto estaba de viajar a España para casarse con su hermano Juan. El 12 de octubre Felipe se presenta ante Juana. Ambos se quedan mirándose uno al otro. Felipe pide hablar inmediatamente con el capellán de la infanta Diego Ramírez de Villaescusa. ¿Qué pretende Felipe con tanta impaciencia? Que demore la boda solo lo imprescindible, Felipe ha sufrido un flechazo y ha quedado locamente enamorado de Juana, y a ella, por lo visto, le había ocurrido lo mismo.

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