Un navegante llega a Castilla

Fueron necesarios diez años para conquistar Granada, reino nacido de la descomposición del islam español, que abarcaba la mitad de la Andalucía oriental. Su población era muy numerosa para la época, unos 300.000 habitantes. Mohamed ibn Nasr se había proclamado sultán e instauró la dinastía nazarí (descendientes de Nasr). Con una economía agrícola muy activa gracias a su rico suelo, Granada había llegado a convertirse en una potencia bastante importante. Castilla no era menos poderosa, pero estaba menos poblada, con los consiguientes problemas para consolidar territorios conquistados. Por otro lado, la geografía del reino de Granada, llena de serranías, impedía librar grandes batallas campales. De manera que las batallas serán largos episodios de sitio y asedio de fortalezas, al típico estilo medieval. Granada, sin embargo, comienza a descomponerse por sí sola debido a las luchas internas.

Granada entrará en decadencia y se convertirá en un caos, especialmente por las luchas dinásticas. Este hecho será aprovechado por los reyes católicos, que ven el momento de culminar lo que se emprendió siglos atrás, la reconquista total del territorio peninsular para la cristiandad. No obstante, como ya se ha dicho, no iba a ser ni rápido, ni fácil. Fernando e Isabel acometen la empresa de Granada en 1482. Las fuerzas que los Reyes Católicos tienen a su disposición no son muy numerosas. Como principales fuerzas contaban con pequeños grupos de los principales nobles andaluces. No sería hasta más tarde que se iría formando un ejército profesional, del que se originarían la infantería y los tercios.

Y mientras Granada recibe los ataques del exterior, en las entrañas del reino se libra otra batalla. El sultán Abul-Hasam Alí, está en guerra con su hijo Boabdil. Entre tanto, un marino llega a las puertas del monasterio de la Rábida, en Palos, Huelva. Cuentan las crónicas que Cristóbal llegó al convento acompañado de un niño, su hijo Diego. Que pidió un poco de pan y agua para que el niño pudiera comer y beber y más tarde le fue presentado el custodio del monasterio, el franciscano fray Antonio de Marchena. Colón venía de Portugal y traía consigo ideas extravagantes sobre viajes a las Indias. Fray Antonio quedó fascinado por todo cuando Colón le contaba y pronto se estableció entre ambos una buena amistad.

La audiencia con los reyes se había pospuesto una y otra vez a causa de lo ocupados que éstos andaban con el tema ganadino. Pero esta vez, fray Antonio de Marchena animó a Colón a acudir a Córdoba y no dejar pasar más tiempo. Colón halló algunas personas interesadas en su idea, como el cardenal Mendoza, el cual accedió a oírlo.
Colón se presenta finalmente ante Isabel y Fernando. Allí estaba, 35 años, posiblemente con acento extranjero, pelo claro, actitud decidida y sin titubeos a la hora de hablar, como buen comerciante que era. Colón comienza a exponer sus ideas, Fernando e Isabel escuchan atentamente sus proposiciones. Fernando se muestra en principio frio y cauteloso, pero a medida que Colón va dando definición a su proyecto, se muestra interesado. Su conocimiento sobre navegación y cosmografía, sus promesas comerciales y evangelizadoras y, en definitiva, su entusiasmo y convicción, van contagiándose a quienes le escuchan. ¿A todos? No, a la charla habían asistido los rudos terratenientes de Medinaceli y Medina Sidonia, a los que toda aquella palabrería se les antojaba algo propio de un charlatán aventurero y fantasioso. Sin embargo, los oídos de la reina Isabel se regían por otros criterios y la habían dejado fascinada. Y desde ese momento se convertiría en la más firme defensora de la loca aventura de aquel navegante.
Isabel era, con toda seguridad, una mujer adelantada a su tiempo, con una mente abierta e ideas prácticas. No es extraño, pues, que quedara fascinada con el proyecto que acababan de proponerle. Si por ella hubiera sido, se hubiera dado vía libre al viaje de inmediato. Una pena que la propuesta hubiera llegado en un momento tan delicado. En cualquier caso, todo debía ser minuciosamente supervisado. El momento no era el más oportuno para iniciar algo que ella misma, a pesar de todo, creía descabellado. Había que posponer el proyecto, si es que conseguía poner de su parte a Fernando para llevarlo a cabo alguna vez. Pero sabía que si quería retener a Colón en Castilla no bastaba con hacerle ver que creía en su proyecto, así que dispuso que le pasaran una paga, con el fin de que no se fuera con su idea a otras cortes europeas y la promesa de que al final de la campaña contra Granada volvería a ocuparse del asunto.

El Gran Capitán

Gonzalo Fernández de Córdoba se alistó a esta guerra como voluntario y terminó mandando parte de la caballería. Cuenta el escritor Manuel José Quintana, autor de una de sus biografías datada en 1827, que «durante esta larga contienda apenas hubo lance alguno de consideración en que él no se hallase; pero en donde su valor y su inteligencia sobresalieron fue en la toma de Tajara, el asalto de Loja y en la rendición de Íllora (1486).» Llamada esta plaza el ojo derecho de Granada por su cercanía a la ciudad y por su fortaleza, los reyes dejaron a Gonzalo al cuidado de su defensa. No quedó Gonzalo inmóvil en su interior a la espera de que le pusieran sitio a la plaza, sino que «taló los campos del enemigo, interceptó víveres, quemó alquerías, y aún a veces se llegó hasta las murallas de Granada, y destruyendo los molinos antiguos no dejaba a los infieles un momento de reposo. Dícese que entonces fue cuando ellos, espantados y a la vez admirados de una actividad e inteligencia tan sobresalientes, empezaron a darle el título de Gran Capitán, que sus hazañas posteriores confirmaron con tanta gloria suya.»

Nació en Montilla en 1453, segundo hijo de Pedro Fernández de Córdoba, Señor de Aguilar, y Elvira de Herrera. La llamada ley de mayorazgo beneficiaba al primogénito, por lo tanto Gonzalo no podía esperar riquezas en el seno de su familia, ya que todo recaería sobre su hermano Alonso. Gonzalo creció en Córdoba bajo el cuidado de don Diego Cárcamo, el cual le infundió los valores necesarios que más tarde le convertirían en el gran guerrero y héroe que pasaría a la Historia. Castilla le ofrecía una buena oportunidad para llevar a cabo sus aspiraciones. En aquellos entonces Alfonso, el hermano de Isabel fue proclamado rey y la ciudad de Córdoba se declaró a favor del infante. Gonzalo se presentó entonces en la corte de Ávila llevando recomendaciones de su hermano, el Señor de Aguilar, poniéndose al servicio del joven rey y donde conoció a Isabel. Muerto de forma prematura Alfonso, Gonzalo vuelve a Córdoba, aunque no tardaría en ser llamado a Segovia por la propia Isabel. Gonzalo había demostrado su valentía y fidelidad durante el breve tiempo que pasó en la corte y ahora, como princesa de Asturias y recién casada con Fernando, había necesidad de tener cercanos a hombres como él.

Quintana no ahorra calificativos a la hora de cargarlo de virtudes: «La gallardía de su persona, la majestad de sus modales, la viveza y prontitud de su ingenio, ayudadas de una conversación fácil, animada y elocuente, le conciliaban los ánimos de todos. Dotado de una fuerza robusta, y diestro en todos los ejercicios militares, en las cabalgadas, en los torneos, manejando las armas, siempre se llevaba los ojos tras de sí y arrebataba los aplausos de quienes le contemplaban.» Gonzalo vestía con elegancia y por la correspondencia que tenía con su hermano se puede deducir que quizás vivía un poco por encima de sus posibilidades. Alonso le exhortaba a ser prudente y apretarse el cinturón, no fuera a ser que se convirtiera en el escarnio y las burlas de quienes ahora le aplaudían. Gonzalo le contestaba: «No me quitarás, hermano mío, este deseo que me alienta a dar honor a nuestro nombre y distinguirme, Tú me amas y no consentirás que me falten los medios para conseguir estos deseos; ni el cielo faltará tampoco a quien busca su elevación por tan laudables caminos.» O dicho de otra forma: escúrrete y suelta la gallina, que mientras yo me he tenido que salir de casa para buscarme la vida, a ti te ha tocado toda la fortuna familiar y estás tocándole los huevos ahí en tus señoríos de Aguilar y Monturque.

Gonzalo se estrenó por primera vez en una guerra de la mano de Alonso Cárdenas, con una compañía de ciento veinte caballos que su hermano Alonso puso al servicio de los reyes; fue en la guerra contra los que apoyaban a la Beltraneja, y allí demostró a todos que no solo era diestro con las armas en los juegos y torneos donde tanto le habían aplaudido. Acabada la guerra con Portugal, le esperaba una larga guerra contra Granada, donde se convertiría en una pieza fundamental para el rey Fernando, al cual le prestaría un gran servicio hasta su muerte.

Anécdotas de la guerra de Granada

Fernando había dicho que tomaría grano a grano el fruto de aquella Granada, y así fue. El verano de 1484 capitulaba Álora, en septiembre Setenil, en mayo de 1485 Ronda, más tarde Marbella, y a finales de 1486 Loja, y así una a una todas las plazas estratégicas, hasta quedar la ciudad de Granada prácticamente protegida solo por sus murallas. Fernando vio que había llegado el momento de dar el golpe definitivo y envió un gran número de tropas a Málaga. La verdad es que no lo tuvo fácil, porque en Cataluña las cosas andaban revueltas. Su padre, el rey Juan, había perdido los condados del Rosellón. Muerto el rey francés Luis IX, Juan esperaba que los franceses devolvieran estos territorios a la corona aragonesa, por unos acuerdos firmados entre ambos, pero en vista de que no los querían devolver, llamó a Fernando para que organizara su recuperación por la fuerza.

El caso es que, después de convencer a Isabel de que Castilla debía prestar ayuda a un Aragón que con el tiempo sería herencia para sus hijos, ni catalanes, ni valencianos, si siquiera los propios aragoneses estaban dispuestos a enfrascarse en una nueva guerra. Fernando se encontraba solo. Isabel tuvo que advertirle que si los propios aragoneses no estaban dispuestos a mojarse, ella no iba a sacrificar unos recursos que a Castilla no le sobraban. Y mira tú por donde, esos recursos iban a venir muy bien para acabar de una vez por todas con el asunto de Granada.
Vélez-Málaga se rendía el 26 de abril de 1486. Málaga exigiría más esfuerzo, ya que, ante la amenaza cristiana, El Zagal, hermano de Muley Hacén, habían concentrado una gran cantidad de tropas en su interior. A principios de mayo de 1487 llegaban hasta sus murallas las tropas de Fernando poniendo cerco a la ciudad durante cuatro meses. Durante este tiempo Isabel y Fernando iban a sufrir un atentado fallido. En vista de que ya se veía la fase final de la conquista de Granada, ambos reyes se encontraban en el sur. Un musulmán había sido capturado y consiguió ganarse la confianza de quienes lo capturaron, haciéndoles creer que sabía cómo entrar en Málaga. Pero exigía confiarle sus planes a los reyes él mismo en persona. Cuando creyó estar en su presencia, los acuchilló a ambos, con un puñal que había conseguido ocultar entre sus ropajes. No se dan detalles de qué le ocurrió al intrépido musulmán, pero no es difícil adivinar que se lo comieron los buitres después de rodar su cabeza. Tampoco saldrían muy bien parados los inútiles guardianes que no fueron capaces de detectar el arma con que pudo asesinar a los reyes. No fueron los reyes los heridos, sino don Álvaro de Portugal y doña Beatriz de Bobadilla, la dama de compañía y amiga de la reina, aunque salieron con vida del trance.

Málaga cayó finalmente, y en junio de 1489 cayó también Baza, y terminando el año Almería. Con Almería caía el último reducto de El Zagal, que se convertía en vasallo de Isabel y Fernando hasta que dos años más tarde decidió exiliarse en África. Ya solo quedaba la ciudad, Granada, que debía ser poco menos que un paseo triunfal, pero como algo trocó los planes de los reyes, su toma se demoraría más de la cuenta, y para no andar acampados en tiendas decidieron fundar una ciudad a la cual bautizaron como Santa Fe. Hay quien cree que fue después del incendio de la tienda de la reina cuando se tomó la decisión, pero hay documentos que prueban que la decisión se tomó antes del incendio en julio de 1491.

Durante estos días, Isabel y Gonzalo Fernández de Córdoba protagonizarían un incidente que quedaría en anécdota, pero que pudo costarle caro a ambos. Quiso la reina un día, ver más de cerca Granada, así que se hizo escoltar por Gonzalo y sus hombres, sabiéndose así bien protegida. Y ciertamente, bien protegida andaba, pero tuvieron tan mala suerte que llegaron a toparse con una patrulla mora que salía de escaramuza. Hubo una refriega y tuvieron que volverse, no sin antes jugarse la vida por defender a la reina.

Pero Gonzalo, hecho de una pasta especial, quiso vengar aquel ataque que pudo costarle la vida a su reina y volvió atrás con el propósito de darles caza. Pero aquel no sería el día de suerte de Gonzalo, porque al encontrar a los moros, a estos se habían unido muchos más. De pronto, Gonzalo y sus hombres se vieron rodeados de enemigos y solo la bravura les permitió salir del cerco dando mandobles a diestro y siniestro. De pronto el caballo de Gonzalo es alcanzado por una lanza y cae al suelo, agarra su espada y se dispone a vender cara su vida. Pero antes de que llegasen hasta él, aparece uno de sus hombres con otro caballo, al cual sube para salir de allí a todo galope.

Gonzalo se había casado a los 26 años con Isabel de Montemayor, que moriría pronto en su primer parto. Durante los años que duró la contienda con Granada volvió a casarse, esta vez con María Manrique de Lara, dama de la reina Isabel, del linaje de los duques de Nájera. Era costumbre en aquellas largas campañas, que reyes, generales y soldados que pudieran permitírselo, llevaran consigo, además de esposas, todo tipo de acomodamientos. La esposa de Gonzalo, presente en aquella campaña, iba a verse de pronto desposeída de muchos de los enseres que había en su confortable tienda. Casi sintiéndose culpable por los incidentes recientes, Gonzalo se los envió a la reina cuando su tienda se quemó. Isabel, admirada, agradeció el gesto diciéndole que sus pertenencias habían sufrido escasos daños. Gonzalo respondió que: «todo era poco para tan gran reina.»

Mientras tanto se intentaba averiguar qué había fallado en lo que supuestamente iba a ser una entrada triunfal en la ciudad de Granada, semejante a la que hizo Alfonso VI en Toledo. Algo no iba bien, las puertas no se abrieron según lo previsto. ¿Y qué era lo previsto? Volvamos algunos años atrás, porque Boabdil había hecho un trato con Fernando que ahora tenía que cumplir y no le dejaban desde dentro, pues las calles se habían llenado de musulmanes que estaban dispuestos a dar su vida luchando antes que entregar la ciudad.

Boabdil era granadino, había nacido en la Alhambra en 1459. Su padre era Muley Hacén y su madre la sultana Aixa. La predilección de su padre por una tal Zorayda, con la que tuvo dos hijos, hizo que se posicionara al lado de su madre y naciera rivalidad con su padre, al cual destronó. Boabdil reinó como Muhammad XII, pero El Zagal, su tío y hermano de Muley Hacén no estaba dispuesto a consentirlo y comenzó así la guerra civil que dividió el reino en dos. Necesitado de seguidores, Boabdil decidió emprender una razia de castigo contra la ciudad castellana de Lucena, y emular así una victoria que le diera gloria y prestigio ante su tío El Zagal. El 20 de abril de 1483 se enfrentó a Diego Fernández de Córdoba, conde de Cabra. Boabdil fue derrotado, hecho prisionero y encerrado en el castillo de Lucena para más tarde ser trasladado al de Cabra. Más tarde fue entregado a los reyes que se encontraban en aquellos momentos en Porcuna. Boabdil fue encerrado de nuevo, esta vez en el castillo de Porcuna que ahora lleva su nombre. Los reyes no tenían tiempo de ocuparse de él y marcharon a Córdoba, donde recibirían una delegación enviada por su madre Aixa pidiendo que lo liberaran.

Fernando, que había venido dándole vueltas al tema de cómo sacar provecho de la captura del llamado rey chico, accedió a liberarlo en julio. Solo había un par de condiciones: Boabdil debía jurarle vasallaje, entregarle Granada (llegado el momento), también, como era costumbre en la época, a su hijo Ahmed como rehén y garantía de que cumpliría su pacto, y 12.000 doblas de oro. En compensación Boabdil recibiría un amplio señorío en las Alpujarras. Los habitantes serían respetados, así como sus costumbres y su religión. Pero nada iba a ser tan fácil, porque en el interior de Granada, eran muchos los que no querían rendirse. Boabdil se encontró entonces entre la espada y la pared. La idea era rendir la ciudad haciendo ver a la ciudadanía que ya todo estaba perdido y no merecía la pena pasar las penurias de un asedio para finalmente capitular o morir. Pero no había contado con que preferían morir. Y si además, alguien llegaba a enterarse de su pacto con el rey cristiano, estaba del todo perdido.

A Fernando no le quedó otra que poner cerco a la ciudad, que pronto comenzaría a notar su efecto. Al miedo se sumó el hambre, y al abre la amenaza de epidemias como la peste. Los alborotos y enfrentamientos entre los partidarios de rendirse para salvar a sus hijos y los que preferían morir antes que entregarse a los cristianos se sucedían cada día. Solo les quedaba la esperanza depositada en recibir ayuda de África, pero ésta nunca llegó. No había otra salida que rendirse. Boabdil. El ajuste de las capitulaciones sería confiado a dos de los hombres de confianza del rey en aquel momento, al haber dado muestras de su valía, y estos fueron Gonzalo Fernández y Hernando de Zafra. La capitulación definitiva se firmó el 25 de noviembre de 1491 donde se concedía un plazo de 65 días para la entrega de la ciudad. Las llaves fueron entregadas el día 2 de enero de 1492. El día 6 hicieron los reyes su solemne entrada pública. El nuevo año comenzaba bien para Castilla, un año intenso e inolvidable que marcaría la historia de España y del mundo.

«Llora como mujer…

… lo que no supiste defender como hombre.» Son las duras palabras que Aixa lanza a su hijo. Un rey derrotado y hundido, que abandona para siempre el señorío que los reyes cristianos le habían concedido en las Alpujarras. No soporta el dolor de vivir cerca de que un día fue su patria, símbolo de siglos de poderío musulmán. Su esposa Moraima quedará para siempre allí, cuentan que murió de pena. Boabdil marcha junto a su séquito y su madre a tierras africanas, donde espera comenzar una nueva vida. Por el camino, al coronar una colina, Boabdil mira hacia atrás mientras unas lágrimas le resbalan por la cara. Acto que no pasa desapercibido por su madre, que le lanza sin piedad la famosa y terrible frase que muchos dudan que sea cierta y la achacan a la leyenda. Una leyenda que para nada puede descartarse que sea cierta, pues son varios los cronistas de la época que la recogen en sus escritos aunque en diferentes versiones. Pero sea cierto o no, desde aquel momento, a aquella sierra se la llamó Suspiro del Moro.

El coste de la última cruzada

La conquista de Granada fue declarada desde el principio como cruzada, y a esta guerra acudieron caballeros cristianos de muchas partes. Franceses, borgoñones, suizos, ingleses… todos ellos contrastaban, por su estética, como sacada de libros antiguos de caballería, entre un ejército y una nueva manera de hacer la guerra, donde la forma de luchar y la tecnología utilizada eran de vanguardia. Guerra moderna con infantes armados, nuevas estrategias, nuevos artilugios de artillería. Isabel era gran conocedora de los avances en cuestiones militares y trajo a Castilla maestros fundidores desde Borgoña y Alemania para implantar talleres para que los artesanos españoles aprendieran las técnicas en la fabricación de cañones, obuses y otras armas por el estilo. Gracias a este avanzado armamento. Se reducían los tiempos de asedio y se asaltaban las plazas que hasta el momento parecían inexpugnables. En definitiva, un ejército moderno donde se gestaron los futuros Tercios, la mejor y más temida infantería del mundo.

Isabel tuvo además una excelente idea pionera que no tardó en llevar a cabo, la incorporación en la retaguardia de hospitales de campaña, que llegarían a ser conocidos como hospitales de la reina, donde puso como responsable a una de sus damas, Juana de Mendoza. Todo ello con un gran coste económico que dejaría las arcas del estado exhaustas. Porque hay que aclarar, que a la guerra de Granada hubo que añadir el coste de otros conflictos que tuvieron que ir aplacando simultáneamente durante estos años. ¿De dónde sacaron tanto dinero para financiarlo todo? Tenemos los datos:
Tengamos en cuenta que la declaración de esta guerra como cruzada ayudó bastante a la hora de recaudar fondos.
-La Iglesia castellana contribuyó con 96 millones de maravedís.
-El clero aragonés catalán y valenciano 50 millones de maravedís.
-El papa Sixto IV aprobó una bula por la que Roma aportaba una cantidad superior a los 350 millones de maravedís.
-Los reyes por su parte pidieron distintos préstamos a algunos rico hombres de la nobleza, mientras Isabel empeñó muchas de sus joyas.
Sin contar el dinero de las joyas y los préstamos y algunos otros fondos de distintas entidades, la guerra tuvo un coste de 496 millones de maravedís, que traducido a nuestros días podían ser aproximadamente unos 7 u 8 mil millones de euros.

Tanto monta, monta tanto…

El historiador Tarsicio de Azcona dice con acierto que el verdadero trono de Isabel y Fernando era la silla de montar. Su poderío no estaba todavía asentado y aprovechando el conflicto con Granada, creyeron algunos nobles del norte hacer tranquilamente su revuelta mientras los reyes combatían allá en el sur. Por lo cual tenían constantemente que ir y venir de un lugar a otro para tener a raya a los insurrectos. Allá donde cabalgaba Fernando le acompañaba Isabel, y fue de este tanto cabalgar cuando apareció el dicho basado en la leyenda del escudo: “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. Muchos caminos recorrió la reina estando incluso embarazada, pero ella estaba convencida de que su misión era divina y su papel estaba junto a su marido, pues así lo habían convenido de mutuo acuerdo. No obstante, Isabel fue generosa con su esposo a la hora de repartirse los méritos. Fue cuando acabó la conquista y se enviaron cartas a todos los rincones del reino y al papa, comunicando que Gra
nada ya era cristiana. La mayoría solo iban firmadas por Fernando, pues Isabel consideró, que a pesar de lo mucho que ella hubiera cabalgado, nunca lo hizo avanzando hacia el enemigo empuñando una espada, como sí lo hizo Fernando, al que consideraba el auténtico héroe de aquella fabulosa conquista.

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