La batalla de Peleagonzalo

Fernando declaraba públicamente su amor a su esposa en cuya defensa lucharía «hasta derramar la sangre si fuera menester». Tenía solo 23 años pero iba a dejar bien claro por qué su padre, siendo aún más joven lo puso al frente del reino de Sicilia y sus ejércitos. Antes de salir a luchar, encargó a Isabel que si él moría cuidara que nada les faltara a sus dos hijos ilegítimos. También escribe a su padre pidiéndole que facilite la sucesión en el trono aragonés de su hija Isabel, pese a que la ley sálica no lo permitía, porque hora era ya de remover impedimentos «por el gran provecho de los dichos reynos», anticipando de esta manera a su padre el futuro unido de Aragón y Castilla.
En febrero de 1476 Alfonso V había logrado reunir en las inmediaciones de Toro un respetable ejército de unos 20.000 infantes y 3.500 jinetes. Su hijo Juan se sumaría con unos 8.000 peones y 1.500 caballeros más. La zona de Zamora era de vital importancia como corredor de entrada y salida a Portugal, y Toro se convertiría en el cuartel general de Alfonso. Por su parte, Fernando se había valido de toda su astucia para introducirse en Zamora con 22.500 hombres, 2.500 de ellos caballeros. Aquello era un contratiempo para Alfonso, porque Fernando se interponía entre su cuartel general y Portugal, así que decidió salir de las murallas de Toro y poner cerco a Zamora.
Llama la atención un detalle. Normalmente, y a lo largo de siglos de historia lo estamos viendo, en invierno cesaban las actividades bélicas, y más en aquellas épocas en que, por ejemplo, para asaltar unas murallas había que desplazar maquinaria como torres de asalto, y en general material muy pesado para moverlo por el barro. Luego estaban los caballos, que se movían más lentamente, por no hablar de los soldados que sufrían mucho más a causa de la humedad o el frio. Sin embargo, aquí estamos hablando del mes de febrero, cuando a los portugueses se les ocurre ni más ni menos que acampar alrededor de las murallas. No es de extrañar que, por mucho que quiso provocarlo, Fernando se negara a salir a pelear, calentito como estaba dentro de la ciudad.
En aquellos días, el frio y el mal tiempo azotó aquella zona, y Alfonso, viendo que sus hombres lo estaban pasando realmente mal, el 1 de marzo decidió levantar el cerco y refugiarse de nuevo tras los muros de Toro. Alfonso debió pensar que Fernando no estaba pendiente de lo que hacían y que estaría plácidamente calentándose al lado del fuego de algún palacete. Pero por si acaso, la retirada fue controlada por una retaguardia que vigilaba cualquier movimiento fernandino. Simple rutina protocolaria, pues él sabía que le habrían avisado de inmediato, pero era imposible que le diera tiempo a reaccionar, armar a sus huestes y salir en su persecución. Se equivocaba,
Fernando estaba esperando precisamente este movimiento y estaba más que preparado para cuando se produjera, y salió tras Alfonso antes del amanecer. Primero salió Álvaro de Mendoza con 300 caballeros para que hostigaran la retaguardia portuguesa. Más tarde salió Fernando en persona al frente de sus hombres dando alcance al enemigo a unos cuatro kilómetros de Toro, cuando ya habían recorrido casi todo el camino (Toro esta a 30 kilómetros de Zamora), mientras cruzaban un desfiladero, forzándolos a presentar batalla en una llanura cercana. Los portugueses eran en ese momento unos 10.000 infantes y 3.500 caballos, Fernando solo había salido con 3.000 soldados y 2.000 caballos.
El lugar de la batalla fue el pequeño pueblo de Peleagonzalo, aunque sea más conocida por la localidad donde se dirigía Alfonso V, Toro. Era ya el mediodía cuando fueron alcanzados. El 1 de marzo de aquel 1476 fue lluvioso y entre el barro de una llanura en los alrededores de Peleagonzalo se enfrentaron dos reyes para decidir el futuro de la península Ibérica. Fernando formó tres cuerpos, uno de ellos, el central, lo comandaba él mismo y estaba compuesto por su guardia real. En el flanco derecho siete escuadrones de caballería ligera. Y en el derecho la caballería pesada.
Alfonso el portugués distribuyó su ejército de forma muy parecida, con un cuerpo central comandado por él mismo y la caballería en sus flancos, que por cierto, el derecho estaba formado casi exclusivamente por tropas castellanas del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, convencido de que quien estuviera a su lado ganaría la guerra. También andaba diciendo por ahí que a Isabel «la quité de la rueca y le di un cetro. Ahora le quitaré el cetro y la volveré a la rueca».

La batalla comenzó ya muy avanzada la tarde, duró unas tres horas, la lluvia caía incesantemente, por lo que, se produciría sobre un cenagal. Los hombres estaban demasiado cansados, pero eran los del bando portugués quienes llevaban la peor parte, pues después de haber sufrido durante muchos días el frío frente a las murallas de Zamora, habían salido de madrugada para caminar hasta el medio día y dedicar casi toda la tarde a la formación de batalla. También los de Fernando habías recorrido el mismo trecho, pero al menos habían pasado la noche en el interior de la ciudad y estaban más descansados. Pero no olvidemos que estaban en inferioridad numérica.
Álvaro de Mendoza dio el primer paso lanzando sus 300 caballeros contra los 800 del príncipe Juan (el hijo de Alfonso de Portugal). Eran soldados menos experimentados, pero estaban armados con arcabuces y los recibieron con una lluvia de pólvora. Poco pudieron hacer los caballeros de Mendoza ante 800 peones que se habían envalentonado al ver que les superaban en número, salvo retroceder y reagruparse. Ahora le tocaba a Fernando que arremetió por el centro contra Alfonso, rey contra rey. Mientras tanto, el flanco izquierdo corrió a socorrer la retirada de Mendoza y poner en fuga al hijo de Alfonso.
El cronista de la reina Fernando del Pulgar cuenta que el combate del centro fue muy sangriento: «Quebradas las lanzas, vinieron al combate de las espadas. E todos revueltos unos con otros, sonaban los golpes de las armas y el estruendo de la artillería e las voces; unos gimiendo sus llagas, otros demandando ayuda, otros reprehendiendo a los que veían negligentes en pelear, y esforzándolos que le peleasen. E porque entre los castellanos e portugueses había la vieja qüestion sobre la fuerza y el esfuerzo de las personas, cada uno por su parte se disponía a la muerte por alcanzar la vitoria».
Entrada ya casi la noche, la batalla se convirtió en un caos entre un barrizal. Se tiene conocimiento de una pelea particular entre un soldado de Fernando, Vaca de Sotomayor, contra un portugués, Duarte de Almeida. El objetivo del castellano era arrebatarle al portugués el estandarte real. Perder esta insignia era un severo agravio, por lo que ni siquiera cuando el portugués perdió el brazo derecho con que sujetaba la bandera, debido al tajo de la espada de Sotomayor, dejó que se la arrebataran, pues pasó a cogerla con la mano izquierda. Sotomayor entonces le cortó también el brazo izquierdo. La leyenda cuenta que Almeida se tiró en busca del estandarte para cogerlo con los dientes, aún así no pudo evitar que se lo arrebatara. Sea leyenda o realidad, el caso es que el estandarte pasó a manos castellanas, aunque los portugueses no lo dieron por perdido y harían lo imposible por recuperarlo: «Viendo los portugueses su estandarte en manos ajenas, al punto acudieron en pro de Almeida, y todos combatieron tan fiera y señudamente, que la enseña quedó hecha pedazos».
Los que no entendemos nada de batallas quizás pensamos que cuando la cosa se pone fea lo mejor es salir corriendo, pero los expertos en el tema coinciden en que una retirada descontrolada siempre acaba en carnicería. Entre los portugueses cundió el pánico al ver que el centro, con su rey al frente, era incapaz de contener a los castellanos y que Fernando estaba dispuesto a llegar hasta el mismo Alfonso. ¿A alguien no le viene a la memoria el gran Alejandro, que casi a su misma edad se enfrentó a un ejército muy superior y en medio de la batalla quiso llegar hasta el mismísimo rey Darío? La huida se generalizó y cuando Alfonso quiso ordenar una retirada ordenada ya era tarde y como todas las huidas de este tipo, fue una masacre, pues mientras los que huyen lo hacen sin control, los perseguidores solo tienen que limitarse a avanzar y darles caza desde atrás. El Duero que está cerca de allí, no solo fue testigo, sino que ayudó en aumentar el número de muertos entre los portugueses, pues en su huida muchos intentaron cruzarlo y se ahogaron. En fin, un desastre.
Cuentan que Carrillo miraba la escena con rabia. Muchos de ellos, incluso creyeron que el rey Alfonso había sido hecho prisionero o muerto. Según contaba el mismo Fernando en una carta escrita a Isabel, así habría sido de no ser porque su hijo llegó a rescatarlo: «Si no viniera el pollo, preso fuera el gallo». La batalla se saldó con 400 bajas entre los de Fernando y 900 entre los de Alfonso.
Fernando había conseguido mucho más que una victoria aquel día. Había conseguido afianzarse al trono. Y para que lo que allí había ocurrido tuviera su efecto, Fernando envió de inmediato mensajeros para que anunciaran su victoria por todos los rincones del reino. Muchos nobles que aún permanecían indecisos vieron claro desde ese momento de qué bando debían ponerse.

La guerra no había acabado aún. Los portugueses, a pesar de haber tenido que retroceder y haber comprobado cómo se las gastaba Fernando, no se consideraron vencidos en aquella batalla, como tampoco dieron por perdida la guerra. Ambos bandos se creyeron vencedores. Porque en realidad cada cual consiguió su objetivo. Los portugueses consiguieron alcanzar Toro y refugiarse, aunque con unos cuantos muertos dejados por el camino. Y Fernando también consiguió el objetivo de alcanzarlos y darles un escarmiento. La diferencia está en que Fernando consiguió mucho más que eso, pues demostró de lo que era capaz y decantarlos en su favor, esa fue la gran victoria de Fernando y la gran derrota portuguesa.
A partir de ese momento, Isabel y Fernando, que no les interesaba que el conflicto se alargara, se dedicarían buscar apoyos entre la nobleza del bando de la Beltraneja. La estrategia fue no buscar la venganza sino la negociación. No habría reprimendas para aquellos que rectificaran y se posicionaran a su lado, evitando desavenencias, pero dejando claro que los tiempos de los monarcas débiles en manos de la nobleza habían acabado.
Y mientras Fernando andaba negociando con los nobles, Isabel emprendió una descomunal cabalgada hasta Segovia. Estando en Madrigal le llega una fatal noticia: su hija Isabel ha sido secuestrada y está en manos del antiguo alcaide de Segovia. La pequeña Isabel se encontraba al cuidado de sus fieles Beatriz de Bobadilla y su esposo Andrés Cabrera, actual alcaide de la ciudad. El antiguo alcaide aprovechó la ausencia de Cabrera, que había tenido que salir de Segovia, intento poner la ciudad contra Isabel y Fernando y secuestró a la niña. Isabel llegó y entró sola, sin escolta. Segovia se la dejó en herencia su padre, por lo que, cuando fue a entrar dejó bien claro que: «para entrar en lo mío no son menester leyes ni condiciones». Cuando los habitantes de Segovia la vieron entrar, la rebelión acabó de inmediato y su hija quedó libre. Ella sola, sin ejército y con su sola presencia, había sofocado una rebelión. Cuando llegó a oídos de Fernando no se lo podía creer, ni él ni nadie.
Isabel y Fernando serán padres una vez más. El 30 de junio de 1478 nace en Sevilla un niño al que bautizarán allí mismo con el nombre de Juan en honor a sus dos abuelos. Este niño, al ser varón, desplazará a su hermana Isabel en la línea sucesoria. Era la costumbre de la época, que permitía reinar a las mujeres, pero solo si no había varones. Un años más tarde, en 1479 Portugal no puede seguir con su guerra y decide abandonar. El tratado de paz se firma en Alcaçovas el 4 de septiembre. Los portugueses debían abandonar las ciudades ocupadas volviendo las fronteras entre los dos reinos a ser las mismas que antes. Durante la contienda Castilla se había dedicado a castigar las aguas portuguesas para entorpecer el tráfico marítimo con Guinea, por lo que, también se hacía necesario un nuevo acuerdo sobre aguas territoriales. Las aguas del océano Atlántico se repartían reconociendo las posesiones de Guinea a Portugal, así como Elmina, Madeira, las Azores, Flores y Cabo Verde. A Castilla se le reconocía la soberanía sobre las islas Canarias. La cosa quedaba más o menos como antes, pero los portugueses entendieron que el Atlántico era suyo, y de ahí los conflictos que más tarde obligaría al papa Alejandro a repartir el mundo entre ambos reinos.
Alfonso V quedó humillado por la derrota en una guerra que nunca debió comenzar aquello fue el final de la reivindicación de los derechos de Juana la Beltraneja. Su madre, Juana de Avis, había fallecido al comienzo de la guerra, y ni siquiera en su lecho de muerte pudo la niña arrancarle la verdad sobre su verdadero padre. Ahora era simplemente una princesa sin herencia que acabó sus días en el convento de las clarisas de Coimbra. Murió en Lisboa el 12 de abril de 1530. Hoy se cree que analizando sus restos podría comprobarse el adn y saberse si era o no hija de Enrique, pero desaparecieron a consecuencia el gran terremoto de Lisboa en 1755.
Isabel y Fernando eran ya reyes indiscutibles y se irían rodeando de personas de confianza. Por delante tenían un gran reto, el de convertir Castilla en un reino estable. Debían estar preparados además para cuando les llegara la hora de reinar también en Aragón. Dos reinos que serían las dos primeras piezas hacia una unidad política y cultural que nació con la dominación romana y se extendió con los visigodos, hasta estallar en pedazos con la ocupación musulmana. No era la primera vez que se intentaba. Ellos tampoco lo consiguieron, pero emprenderían un proyecto que acabaría con la conquista de un gran imperio.

La reforma de la Iglesia

Había mucho por hacer y los reyes no perdieron el tiempo. Hubo reformas por todas partes para reflotar el reino. Es curioso el tema, porque ahora a los nuevos historiadores les ha dado por difundir (después de “minuciosos” estudios) que ni Castilla estaba tan mal ni los Reyes Católicos lo hicieron tan bien. O dicho de forma más clara: “siempre se les ha dado demasiada importancia a los Reyes Católicos, vendiéndonoslos como los salvadores de un reino en ruinas que prosperó como la espuma nada más sentarse en el trono, pero no flipeis demasiado porque esto no es más que una burda propaganda franquista, que no solo los utilizaron como modelos idílicos a seguir, sino que copiaron hasta sus insignias, léase águila, yugos y flechas.”
Y eso lo afirman quienes tras muchas páginas escritas de su puño y letra, nos han hecho ver el desastroso reinado de Juan II con un lugarteniente al que tuvo que cortarle la cabeza porque ostentaba más poder que él, o el rocambolesco y surrealista gobierno de Enrique IV, rodeado de traidores y maleantes. En fin, si Castilla estaba tan bien, solo le hubiera faltado una Beltraneja manejada a su antojo por Carrillo y el malcriado hijo de Pacheco. No entiendo de dónde sale tanto historiador de tres al cuarto a cuál más gilipollas, que pretenden reescribir la historia viéndola desde el punto de vista de hoy en día.
Cada época tiene su pensamiento, y ese pensamiento es imposible interpretarlo desde la forma en que pensamos hoy. Es cierto que todos los regímenes dictatoriales escogen sus ídolos históricos. No solo ha pasado en España. Aquí se ensalzó las figuras de la mejor pareja de reyes que haya tenido España jamás, pero es cierto que fueron los mejores, y lo afirman hoy algunos historiadores que no se dejan llevar por las corrientes ideológicas del momento. Por eso, ni siquiera se les puede reprochar a estos reyes que tomaran decisiones que en la actualidad están mal vistas pero que en su momento estaban en la línea de lo que todo buen rey debía hacer por el bien de su reino. Y una de esas decisiones, las más criticadas, fueron la puesta en marcha de la Inquisición y la expulsión de los judíos y de los moriscos. Decisiones quizás polémicas y que igual se les fueron de las manos, pero que fueron necesarias en aquel momento.
Para empezar, no es cierto lo que afirman los de “tres al cuarto”, que la Inquisición la inventaran ellos. Ya existía en toda Europa y a España llegó allá por el siglo XIII implantándose en Aragón. Lo que ellos hicieron fue traer a Castilla algo que ya existía en otros lugares y que creían necesario, pero reformada y dependiente de ellos mismos y no del papa de Roma. Y aunque han corrido ríos de tinta sobre una supuesta práctica tachada poco menos que de terrorismo de estado, lo cierto es que esta institución nació en Castilla como una forma de protección y de administrar justicia a los cristianos, y no como intolerancia a la libertad religiosa existente en aquel momento, por eso la llamaron Tribunal del Santo Oficio.
La misma Iglesia fue sometida por Isabel a una profunda reforma. No hay como llegar a ser reina y devota en tu fe para darte cuenta de lo mal que van las cosas en la Iglesia. Las malas prácticas religiosas no podían ser toleradas por más tiempo. En primer lugar estaban los falsos conversos entre los judíos y los musulmanes que decían ser cristianos solo por el beneficio que eso les aportaba. Luego estaban los propios obispos y cardenales, que no velaban por la salud espiritual de sus feligreses. ¿Qué estaba ocurriendo? Que muchos de esos obispo o arzobispos ni siquiera ejercían como tal. Pongamos por ejemplo el caso del obispado de Cuenca, que llegó a enfrentar a Isabel con el mismísimo papa.
En 1478 moría el obispo de Cuenca, y el papa Sixto IV nombró como sucesor a su joven sobrino, el entonces cardenal, Rafael Sansoni Riario. Era práctica habitual el enchufe entre familiares y amigos para ocupar plazas eclesiásticas, y el papa no iba a desaprovechar la oportunidad de enchufar a su sobrino en un obispado que además era uno de los que más dinero reportaba a quien ostentara el cargo. Lo más triste del caso es que muchos de esos obispos ni siquiera acudían a su lugar de trabajo, es decir, que si el obispo de Cuenca tenía supuestamente que vivir en Cuenca y estar cada día en su catedral u oficina de trabajo, en la práctica podía incluso vivir en Barcelona e ir cada mes a recoger su sueldo sin haber movido un dedo. Esto, no estaba dispuesta a tolerarlo Isabel por mucho tiempo más. Pero lo que tampoco estaba dispuesta a tolerar eran los nombramientos a dedo desde Roma ni por recomendaciones de nadie, y mucho menos en un obispado de los más ricos del reino. El papa Sixto IV alucinaba, no podía creer que una mujer, por muy reina que fuera, le plantara cara, ¡nada menos que al papa! ¿Cómo podía ser tan insolente aquella jovencita?

La Inquisición en la leyenda negra española

Isabel estaba convencida de que todo pastor debía permanecer cercano a sus ovejas. Debían también ser un modelo de conducta ejemplar y no incumplir el celibato, como había comprobado que muchos clérigos venían haciendo. No le importaba a Isabel la procedencia, como en el caso de los judeoconversos, siempre que esa conversión fuera de corazón. Y todo esto, estaba dispuesta a controlarlo ella personalmente. Quería conocer y estudiar a conciencia a cada candidato a un alto cargo de la Iglesia y sería ella quien lo propondría a tal cargo, aunque había cedido en que fuera el papa quien tuviera la última palabra para nombrarlo. En la práctica, este método denominado Real Patronato, permitía a los reyes organizar las diócesis y supervisar las cuentas de catedrales, colegiatas y monasterios.
Pero no bastaba con ser piadosos y honrados, todo miembro de la Iglesia debería ser, además, sabio y culto. Se hacía necesaria una reforma espiritual e intelectual. Para ello no tardaron en fundarse colegios universitarios, ya para 1476, donde se diera una formación universitaria e hiciera de los religiosos personas letradas. Todo esto, que aparentemente puede antojarse muy secundario e incluso innecesario, era en aquel momento de primordial importancia. La religión era lo primero, estaba en todas partes y nada se concebía sin ella, Dios estaba en todas partes y nada, absolutamente nada se emprendía sin invocar su espíritu. Hacer una reforma religiosa era el equivalente a hacer una reforma en el gobierno, en la enseñanza, en el ejército, y hasta en la forma de abordar futuros proyectos de estado, como se verá con el tiempo; era en definitiva una forma de mirar al futuro: una Iglesia bien organizada (y controlada) era garantía de progreso.
Pero de todas estas reformas religiosas, la que más daría que hablar sería la implantación de la Inquisición, que como ya se ha dicho, ni fue un invento de estos reyes ni fue algo nuevo en los reinos peninsulares. Sin embargo, fue un instrumento que utilizaría el enemigo para vejar y desacreditar a España, llegado el momento. A nadie podía escandalizar que Castilla instaurara en su reino un Tribunal del Santo Oficio que velara por la justicia de sus ciudadanos cristianos. Media Europa tenía los suyos. Pero fue a partir de los siglos venideros, cuando España era ya una clara potencia mundial y sus rivalidades con Inglaterra eran ya más encarnizadas cuando la propaganda antiespañola se pondría en marcha.
Y no fue la rivalidad comercial o la carrera por las conquistas de ultramar lo que más pesó a la hora de lanzar mentiras, sino la cuestión religiosa. Fue el divorcio entre la Iglesia de Roma y el protestantismo lo que atizaron con fuerza las falacias vertidas contra los católicos, y dado que España era la principal potencia no solo militar sino católica, fue contra España contra quien se lanzaron los más encarnizados ataques. La imprenta ayudó lo suyo en esta guerra propagandística de la que España ni siquiera era consciente del daño que le estaba provocando y le provoca a día de hoy.
La historia de Tomas de Torquemada es cuando menos de lo más curiosa. Fue nombrado el primer inquisidor de Castilla y ejerció durante unos 10 años, durante los cuales se dedicó a investigar a los judíos que decían ser cristianos conversos. Su misión no era perseguir a nadie por el hecho de no ser cristiano, sino por hacerse pasar por lo que no eran. La historia daría para muchos capítulos, pero lo resumiremos de la siguiente forma: los falsos cristianos y más tarde los judíos en general fueron perseguidos por petición, no de los reyes, sino de los propios cristianos que se quejaban insistentemente de ellos. Los judíos eran principalmente comerciantes y los cristianos los tenían por usureros, timadores y abusadores en sus negocios. No nos corresponde averiguar si era cierto o simplemente los cristianos se quejaban por vicio o envidia. Lo que podemos extraer de este tema es que los reyes pretendían acabar con aquellas trifulcas y Torquemada solo cumplía con su trabajo, aunque todo indique que quizás se extralimitó un poco y se le fue la mano.

Paradójicamente, Torquemada era de ascendencia judía y era la sangre de sus antepasados la que perseguía. Hernando del Pulgar lo deja claro: «Sus abuelos fueron del linaje de los judíos convertidos a nuestra Santa Fe Católica.» Fue uno de los tres confesores de la reina y fue la propia Isabel quien le designó por «su prudencia, rectitud y santidad». La leyenda negra le achaca al menos 10.000 muertos, aunque el historiador hispanista británico Henry Kamen no cree que fueran más de 2.000. Muchos, en cualquier caso.
¿Se extralimitó Torquemada, fue tan sanguinario como se dice? Nadie lo sabe ni lo sabrá jamás porque hay muy poca información sobre su vida, aunque sí sabemos que estaba considerado por sus contemporáneos como un eficiente administrador, un trabajador pulcro y un hombre imposible de sobornar; poco menos que la virtud personificada. No obstante, podemos encontrar bien detallado todo lo malo que fue a través de la propaganda de británicos y holandeses, porque según esta leyenda que se encargaron de divulgar, fue el inquisidor y criminal más sanguinario de la historia, mientras ocultan las carnicerías que en Inglaterra cometió la Inquisición protestante contra los creyentes católicos.
Al igual que los genocidios cometidos por los españoles en América del sur, cuyas víctimas asesinadas cuentan por millones. Debe ser por eso, por lo que en todos los países hispanos encontramos fácilmente rasgos indios nada más pisar su aeropuerto y en los países de habla inglesa debes visitar las reservas indias si quieres verlos. En ellas podremos comprobar cómo estuvieron al borde de la extinción y los pocos que quedan están confinados y humillados en sus reservas, como si de animales al borde de la extinción se tratara. Pero eso solo lo podremos encontrar denunciado por algún que otro británico honrado, que avergonzado por el exterminio practicado por sus antepasados intenta como puede divulgarlo. Con muy poco éxito, eso sí.
Y esa fue y sigue siendo, en resumen, la leyenda negra y el sanbenito que nos colgaron, a la vez que ocultaban sus propias miserias. Un sanbenito que además muchos alimentan desde dentro, aunque cada vez son más los que alzan la voz y se defienden contra tales falacias. Pero independientemente de la basura que otros nos echen encima, no por eso hay que dejar de hacer autocrítica ni justificar lo que en verdad fue y es un tema bastante espinoso. Las corrientes en todo el continente hacía siglos que soplaban en un sentido que invitaban u obligaban a actuar como se actuó, aunque por más que intentemos situarnos en contexto, la verdad es que cuesta justificar los crímenes cometidos. Y en todo caso, a pesar de lo poco que nos ha llegado de su vida y sus fechorías, ese poco no da para pensar que era un fanático al que el poder que se le otorgó se le subió a la cabeza.
Y mientras Torquemada se las tenía con los judíos, Fernando se preguntaba qué hacían todavía los musulmanes campando a sus anchas por Granada. En 1464 llegaba al trono Muley Hacén, el cual se había negado a pagar más tributos al rey castellano Enrique IV y seguían sin pagarlos a Isabel y Fernando. A Fernando se le atribuye una frase que dice lo siguiente: «Arrancaré uno a uno los granos de esa granada». Estaba a punto de comenzar una larga guerra contra el último reducto musulmán en la península ibérica donde por primera vez llevarían a cabo una acción conjunta los reinos de Aragón y Castilla. Hacerse con granada estaba desde el principio en los proyectos de Fernando, y fue aplazado cuando Sixto IV hizo un llamamiento a todos los reinos cristianos para que acudieran a luchar contra los turcos que amenazaban el este de Europa. Pero en 1481 todo estaba listo para empezar la guerra contra Granada.
En febrero de 1482, la Alhama era tomada por Diego de Merlo y Rodrigo Ponce de León. La Alhama era una pieza clave que intentaron recuperar por los nazaríes sin éxito en varias ocasiones. Sin embargo, no se tuvo el mismo éxito al intentar tomar Loja y Setenil de las Bodegas. Isabel y Fernando comenzaron a tomar conciencia de que la conquista del reino de Granada no iba a ser tarea fácil de poco tiempo.

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