Las condiciones de la Liga

La Liga Nobiliaria redactó unas duras condiciones que pusieron el orgullo del rey contra las cuerdas; y mientras los nobles partidarios de Enrique, como los Mendoza, lo animaban a contestar mediante las armas, él quiso negociar, aunque en realidad no hubo tal negociación. El rey aceptó devolver el maestrazgo de Santiago a su hermanastro y nombrarlo heredero, con la única condición de que, pasado un tiempo, se casara con Juana, de esta manera la niña sería reina, aunque fuera consorte, y mientras tanto, quién sabe lo que podía pasar, el caso era ganar tiempo.
Meses más tarde, el 16 de enero de 1465 se puso sobre la mesa la llamada Sentencia Arbitral de Medina del Campo en la que se concretaban y debían firmarse las condiciones. Los nobles quizás se pasaron a la hora de apretar las tuercas, reclamando más poder, y que los príncipes Isabel y Alfonso fueran liberados del control a que estaban sometidos en palacio, pero se encontraron a un Enrique que no pensaba cumplir ninguna de las condiciones y de hecho no firmó. Pacheco, que como siempre estaba a la cabeza de todas las intrigas, salió de allí enfurecido y jurando que el rey no se saldría con la suya. Fue cuando decidieron proclamar rey al pequeño Alfonso.

Lo único que cumplió Enrique fue la promesa de liberar a Isabel y a Alfonso. A Isabel la enviaron a Segovia, donde, para alegría suya, se encontró con Gonzalo Chacón y su esposa, que no se separarían más de ella. Allí vivió desde los 14 a los 16 años. Mientras tanto, su hermanastro le buscaba un marido. Tiempo atrás, a los siete años, ya intentaron casarla con el que sería su futuro esposo Fernando; pero el pacto no cuajó, como tampoco cuajó en una segunda ocasión, después de que muriera Carlos de Viana. Y ahora, que los nobles se rebelaban abiertamente contra él, Enrique necesitaba más que nunca una alianza para fortalecerse. Qué mejor aliado que su cuñado Alfonso V, rey de Portugal; este sería el marido apropiado para Isabel, que ya tenía 14 años. Pero Isabel se niega rotundamente. Su hermanastro pudo por primera vez comprobar el carácter de la que él creía una débil jovencita, y el rey de Portugal tuvo que darse media vuelta y volver con la sensación de que se habían reído de él.

No fue la única boda que quiso concertar Enrique para fortalecerse al tiempo que se deshacía de su hermanastra, pero ninguna de ellas cuajó. Y mientras Isabel permanecía en Segovia, estaba estrechamente vigilada por su hermanastro y su cuñada, ya que, a pesar de ser la tercera en la línea de sucesión, podía convertirse de repente en una pieza clave para cualquiera de los dos bandos. Enrique y su esposa no habían renunciado a la idea de casarla con el rey de Portugal, y esta vez la propuesta iba en firme y fue la misma Juana la que se plantó en el país vecino para redactar los acuerdos con su hermano. De haberse llevado a cabo la boda Castilla hubiera recibido de Portugal los refuerzos militares necesarios para pararle los pies a la Liga de los Nobles, pero el hermano de Juana ya no se fiaba de Enrique y no hubo acuerdo.

Juan Pacheco tampoco apartaba la vista de Segovia. Sabía mejor que nadie que la farsa del niño rey no los llevaría a ninguna parte y no le importaba cambiar de bando con tal de salvaguardar sus intereses. Quería ponerse otra vez de parte de Enrique, si llegaban a un buen acuerdo: casar a Isabel con su hermano Pedro Girón, un mujeriego de la peor calaña que además tenía 55 años. Pacheco que conocía muy bien a Enrique, se las apañó para convencerlo de que lo necesitaba en la corte, aunque lo que realmente pretendía era coger las riendas del gobierno. Aparte de la boda, había otra condición para volver: Beltrán de la Cueva debía desaparecer de la corte. Vale, saldría de allí. Pero claro, Enrique también pondría otra condición: ¿qué iba a pasar entonces con el joven Alfonso? -Ese asunto, déjalo de mi cuenta-, fue la respuesta.

Casar a Isabel con su hermano o pasarse de nuevo al bando de Enrique no era más que una vil maniobra de Pacheco para hacerse con el poder. Para empezar, no se le había pasado por la cabeza defender la legitimidad de la infanta Juana como heredera, más bien todo lo contrario, el marqués haría todo lo posible porque la corona recayera sobre Isabel, o lo que es lo mismo, sobre su hermano, al cual, llegado el momento, manejaría a su antojo.

Pedro Girón, ya lo hemos dicho, era un sinvergüenza que arrastraba fama de mujeriego, borracho, vicioso y toda una interminable lista de defectos. Además de ser demasiado viejo para una chiquilla de 16 años como Isabel, la cual rezaba sin cesar para que un milagro evitara aquella boda y evitara la barbaridad que estaba dispuesta a hacer si Pedro Girón se acercaba a menos de un metro de ella. Según haría público más tarde Beatriz de Bobadilla, su fiel dama, Isabel había dicho que no le temblaría el pulso a la hora de empuñar un puñal y acabar con la vida del baboso pretendiente. No hizo falta que cometiera aquel pecado mortal, sus rezos fueron oídos y el milagro llegó.

Cuenta la leyenda que aquella primavera de 1466 Pedro Girón salió exultante de sus tierras de Almagro con todo su séquito, dispuesto a llegar junto a su prometida y celebrar una boda espectacular, por todo lo alto. A medio camino, una bandada de cigüeñas sobrevoló a la tropa, provocando una sombra que los sumió en una gran oscuridad. Fue un mal presagio que asustó a todos. Pedro comenzó a sentirse mal. En su garganta comenzaron a crecer dos enormes anginas que supuraban pus. La noche del 2 de mayo Pedro Girón ya no podía más, se ahogaba, se ahogaba… y se ahogó. Moría sin que nadie pudiera hacer nada por él, y esto ya no es. Para Isabel fue el milagro que esperaba de Dios, para otros, fue un efectivo veneno, aunque nunca se pudo averiguar quién se lo administró. Isabel quedaba libre, una vez más, de un matrimonio de conveniencia. Para Juan Pacheco, fue un revés en sus ambiciosos planes.

En noviembre de 1467, Alfonso cumplía 14 años. Tanto él como su hermana Isabel hacía mucho tiempo que no veían a su madre, y por fin pudieron hacerlo en el castillo de Arévalo, donde habían vivido su infancia. Fue la última vez que la reina madre vería a su pequeño Alfonso. En junio de 1468 Toledo cambiaba de bando y se ponía de parte de Enrique. Alfonso partió desde el mismo Arévalo dispuesto a conquistar la ciudad, pero nunca llegaría a ella. Antes de llegar a Toledo hicieron una parada en Cardeñosa, donde fue coronado rey. Le pusieron de cenar una trucha que le causó la muerte. Según algunos, el pescado estaba en mal estado, según otros, alguien le envenenó.

De pronto, Isabel cobraba una gran importancia para la Liga Nobiliaria. Muerto Alfonso ya no tenían títere al que manejar contra Enrique, y pusieron sus ojos sobre Isabel. Debían convertirla en reina cuanto antes, pero se encontraron con que aquella jovencita, aparentemente frágil, no se iba a dejar manipular por nadie. Isabel no iba a enfrentarse a su hermano, porque Enrique, pesara a quien pesara, era el legítimo rey de Castilla. Si querían contar con ella, las cosas debían hacerse desde la legalidad. Lo primero que haría sería verse con su hermanastro y negociar. Su rival no era Enrique, al cual reconocería como rey hasta su muerte, sino su hija Juana. Pero la legalidad y la estabilidad política debían prevalecer. La forma de actuar, la seguridad en sí misma y su negativa a dejarse manipular dejó asombrados a todos, pero no tardaron en valorar esta actitud en la infanta que no tardaría en convertirse en princesa de Asturias. Sin embargo, Pacheco y su tío Carrillo, que fueron los primeros en fijarse en ella para convertirla en su nuevo títere, estaban fuertemente contrariados. Ni uno ni otro sabían qué hacer con aquella chiquilla rebelde.

Todos se rifan a Isabel

Agosto de 1468. Reunidos en Castronuño, la nobleza acuerda proponer al rey Enrique la reconciliación entre hermanos y que Isabel sea reconocida como Princesa de Asturias. A cambio, se garantizaba obediencia de Isabel hacia el rey hasta el fin de sus días. Y es ahora cuando vemos una de las primeras muestras de madurez e inteligencia de Isabel, y de su empeño en que todos cuantos pasos diera estuvieran dentro de la legalidad. Puesto que nadie podría demostrar que su sobrina y ahijada Juana no era hija de Enrique, ella, Isabel, no quiso pasarle por encima y arrebatarle la herencia de la corona basándose simplemente en las habladurías. ¿Entonces, a qué se agarró Isabel? Al casamiento de su hermanastro con Juana de Portugal, que no había sido legal. Se había investigado el caso, y Enrique se había casado antes de que se hubiera disuelto su primer matrimonio con Blanca de Navarra. Por tal motivo, su matrimonio no era válido y por consiguiente, su hija era ilegítima, fuera quien fuera el padre. Recordemos que los hijos ilegítimos, fuera del matrimonio, no podían aspirar al trono a no ser que se diera alguna circunstancia especial que permitiera romper la regla. A Enrique no le quedó otro remedio que nombrar a Isabel heredera suya. Primera jugada perfecta de la princesa.

¿Y Enrique, con lo testarudo que era, tragó, así, sin más? En principio no, pero se dejó convencer por Pacheco, que pensaba controlar desde muy cerca a Isabel, que como princesa de Asturias se mudaría de nuevo a vivir a la Corte. Allí no le perdería ojo, y mientras tanto pondrían en marcha un proyecto aparcado, suspendido por dos veces, pero que a la tercera iría la vencida: casar a Isabel con el rey Alfonso de Portugal. Y no solo eso, porque el proyecto era más ambicioso aún: pactarían para que el hijo de Alfonso, otro Juan, se prometiera con su prima la infanta Juana (la Beltraneja). De esta manera, Juana terminaría siendo reina y la alianza con Portugal sería tan fuerte que Portugal y Castilla serían una superpotencia. No estaba mal aquel ambicioso proyecto, que de haberse llevado a cabo, quién sabe si hoy España y Portugal no serían un mismo país. Pero lo que no sospechaba Pacheco era que otros vecinos también estaban pendientes de Isabel.

Convencido el rey de que le convenía firmar el acuerdo, se reunieron todos en una explanada del municipio de El Tiemblo, conocida como Toros de Guisando. Era el 19 de septiembre de 1468. Aquel día se escenificó, para que todo el mundo tuviera conocimiento, que El rey y su hermanastra se habían reconciliado. Era un día soleado, según las crónicas. Isabel se disponía a besar la mano del rey, cuando éste, impulsivamente, retiró la mano y le dio un abrazo. ¿Sobreactuación? ¿Impulso sincero desde el corazón? Todos parecían felices aquel día. Pero lo más importante, es que aquel día salió de allí una infanta convertida en princesa y futura reina. Las reglas estaban claras y habían sido firmadas. Isabel se iría a vivir a la Corte, donde los consejeros le buscarían un marido, siempre con su consentimiento y visto bueno. Por su parte Enrique se comprometía a disolver su matrimonio con Juana y devolverla a Portugal. Juana, su hija, independientemente de si llevaba o no su sangre, se convertía en ilegítima y era desheredada.

Volvamos de nuevo a Aragón, porque desde allí observaban atentamente lo que ocurría en la vecina Castilla. Se daba la circunstancia de que Fernando, el hijo de Juan II de Aragón, hubiera sido el siguiente en la línea de sucesión de Enrique IV, si finalmente su hija Juana la “Beltraneja” era apartada de esta línea. Pero en Castilla no se llegó a introducir la ley sálica, que impedía reinar a las mujeres, por lo tanto, era Isabel y no Fernan do la que aspiraba a la corona. ¿Y cómo es eso de que Fernando estaba en la línea sucesoria de Castilla siendo aragonés? Porque era un Trastámara, la misma dinastía de la que formaban parte también Enrique e Isabel.

Los padres todos ellos lo eran. No olvidemos que todos los reinos, de una forma u otra, estaban emparentados, y a la hora de heredar una corona, las fronteras no lo impedían y por eso esas fronteras podían cambiar de la noche a la mañana. ¿Alguien se acuerda de doña Toda de Navarra? Una mujer que era la verdadera reina de toda España, ella, toda todita, estaba emparentada con todos los reinos peninsulares y hasta el rey moro Abderramán II era sobrino suyo.

Juan II de Aragón había estudiado a fondo el tema, y estando sus arcas con más telarañas que un techo donde no pasan nunca el ensoyinaor, pensó que casar a su vástago con la Isabel sería una buena jugada. Después de todo, las mujeres, aunque fueran reinas por derecho, en realidad no pintaban nada y el verdadero rey sería Fernando. Eso pensaba él. Pues no se hable más. Y Juan puso en marcha a sus mejores diplomáticos para ver si lograban concertar la boda.

Volvamos de nuevo a Castilla, donde se acababa de firmar un pacto entre hermanos y la jovencísima Isabel había conseguido ser heredera a la corona. ¿Qué tenía que decir de todo esto la otra parte de la nobleza, como por ejemplo, los Mendoza, a cuyo cargo estaba la pequeña Juana, que ya tenía seis añitos, o la propia reina Juana? Pues que no estaban dispuestos a tragar. La primera en reaccionar fue la reina presentando una queja ante el papa Paulo II. Los Mendoza por su parte enviaron otro escrito apelando a que Juana ya había sido aceptada como heredera por las Cortes. Pacheco mientras tanto seguía con su objetivo de hacer desaparecer a Isabel del mapa político castellano, el rey ya había enviado representantes a Roma en busca de las dispensas papales para poder llevar a cabo los matrimonios.

La dispensa para que Isabel se casara con Alfonso V, pues ambos eran parientes, se expedía el 23 de junio de 1469. Los Mendoza por un lado, Pacheco por otro. Al final Isabel terminó literalmente recluída. ¿Dónde? En el castillo del mismo Pacheco. Y lo consiguió convenciendo al rey de que corría peligro y el sitio más seguro era su castillo en Ocaña, lugar donde Enrique fijó las Cortes y donde forzosamente, como se había escrito y firmado, debía residir la Princesa de Asturias, que por cierto, todavía debía ser reconocida como tal por las Cortes.

Y mientras Pacheco miraba hacia Portugal, donde tenía la esperanza de enviar a la princesa rebelde, su tío Carrillo miraba para sitio contrario, para Aragón, de donde habían llegado los emisarios del rey Juan II a tantear el terreno. Carrillo tenía claro que el mejor candidato para Isabel era Fernando. Pero había más candidatos: en la corte inglesa estaban disponibles era el príncipe Ricardo Gloucester, futuro Ricardo III y en Francia el duque de Guyena, este último, según cuentan, tenía un aspecto físico lamentable, cosa que traía sin cuidado a Pacheco pero que por fortuna para Isabel el pacto no llegó a buen puerto. Todo aquello mareaba a Enrique, que prefería irse a cazar al Pardo y dejar el asunto en manos de Pacheco, que iba a contrarreloj con sus negociaciones.

A todo esto, Isabel, mientras vivía su confinamiento, no estaba siendo informada de nada, a pesar de que el pacto firmado con su hermano decía claramente que nada se haría sin su consentimiento. Pacheco ya lo tenía todo pactado con Alfonso V y estaba tan seguro de que su plan tendría éxito que invitó al portugués a que viniera a Madrid. Alfonso en vista de que Pacheco iba en serio, aceptó y se puso en marcha con su séquito, convencido de que esta vez habían metido en vereda a Isabel.

Cuando Isabel fue informada de que su prometido estaba a punto de llegar a Ocaña no podía creer lo que oía. Enfadada pidió explicaciones y por toda respuesta le dijeron que así estaba estipulado en los acuerdos. Y fueron estos mismos acuerdos los que utilizó Isabel para recordarles que en ellos ponía claramente que era ella la que tenía la última palabra. Y su palabra era no. De nada sirvieron las presiones ni las amenazas de no ser reconocida heredera por las Costes. No es no. Para colmo, Isabel los engaña a todos y huye. Enrique quería que se lo tragara la tierra.

Otra vez su cuñado se quedaba compuesto y sin novia. Traedme el móvil que tengo que enviar un wasap: mira cuñado si quieres llegarte ya que estas por aquí, te invito a una San Miguel, si no, date la vuelta que no hay bodorrio. Por su parte, Pacheco se subía por las paredes. Y a Madrid llegaba un caballero que había viajado desde Aragón, se trataba de un tal Peralta, y traía un medallón con el retrato del príncipe Fernando.

No hay demasiada información de cómo pudo escapar Isabel del castillo de Villena. Con toda seguridad recibió ayuda desde fuera, pero fue ella sola quien se las ingenió para burlar a sus vigilantes. Fue con la excusa de ir a visitar la tumba del pequeño Alfonso, al año de haber fallecido. Sus restos fueron depositados en el convento de San Francisco de Arévalo. Una y otra vez rogó por que la dejaran honrar la memoria de su hermano, hasta que creyeron que no era de buenos cristianos negarle lo que pedía. Una vez en camino, se engañó a sus escoltas para desviarlos hacia Valladolid, y en algún lugar del camino estaban quienes la ayudaron a liberarla. Una vez más, habían subestimado la capacidad y el coraje de la niña. Las Cortes no la reconocerían como Princesa de Asturias. Poco o nada le importaba eso a Isabel; a partir de ese momento, nadie iba a disponer sobre ella.

Carrillo estaba harto de Enrique, de su sobrino Pacheco, de los Mendoza y de todos los demás. Tenía demasiados competidores y ahora veía la oportunidad de acaparar todo el poder él solo. La princesa Isabel estaba ahora más cerca que nunca y solo tenía que ganarse su confianza. Isabel, que no se fiaba de él, se apoyaba en su protector Gonzalo Chacón, que conocía bien a Carrillo y sabía que por muy partidario que se mostrara de la princesa, en realidad solo actuaba por interés propio.

Isabel tenía ya 18 años, había dejado claro a todos que no se casaría con nadie que le fuera impuesto por la fuerza y solo ella decidiría cuándo y con quién. Por otra parte, y por mucho coraje que mostrara ante los demás, ella sabía que no pararían de acosarla; tanto si llegaba a ser reina como si no, todos intentarían casarla con alguien, una y otra vez. Huérfana de padre, sin poder contar con su madre, ni siquiera su hermano pequeño estaba ya para defenderla. Estaba sola ante el mundo. Solo podía contar con su fiel Chacón, que era lo más parecido a un padre. Y hasta él le aconsejaba, que a su edad, debía casarse.

Había oído hablar de él. Fernando parecía ser un buen partido. Y en el retrato del medallón que le habían mostrado parecía ser bastante apuesto. Isabel estuvo de acuerdo y quiso saber a través de Chacón y de Alfonso de Cárdenas, qué tal era este Fernando y comprobaran si cumplía los requisitos para ser un buen príncipe y mejor rey. A su vuelta, los informes no podían ser más favorables. Fernando tenía un inmejorable currículum y estaba entre los principes con mejor prestigio de Europa, sin duda era lo que necesitaban para Isabel y para Castilla.

Al príncipe Fernando podríamos calificarlo como un niño precoz. Tuvo un buen maestro: su padre. Y éste no solo lo instruyó teóricamente, sino que lo puso al frente de empresas, que por su edad, nadie hubiera apostado que pudiera llevarlas a cabo, como ceñirse la corona de Sicilia con solo 16 años. La prisa le venía a Juan II por la necesidad de tener un reino aliado, enfrascado como estaba en la guerra de Cataluña. Fernando no lo defraudó, nunca lo había hecho, al contrario que su otro hijo, el fallecido Carlos. Ahora, con solo 17 años, tampoco lo haría, y atendiendo el mandato de su padre, se dirige a Castilla para conocer a su supuesta futura esposa. Y lo hacía haciéndose pasar por mozo de mulas, evitando así ser reconocido y evitando posibles peligros.

Los consejeros de Juan II, el arzobispo Pedro de Urrea y el vicecanciller Joan Pagés, habían desaconsejado al rey esa unión, en vista de que el reino castellano estaba resultando demasiado problemático. Meter allí a un niño de 17 años era una auténtica locura. Los Mendoza, Pacheco y tantos otros destrozarían a Fernando, y en el mejor de los casos, estaría a merced del arzobispo de Toledo, el poderoso Carrillo, sería su títere. Sin embargo Juan tenía plena confianza en que no sería así.

Fernando llegaba a Valladolid de incognito, como ya hemos dicho, disfrazado de mulero al servicio de unos supuestos comerciantes. De haber venido como príncipe hubiera podido llegar a oídos de Enrique y se hubieran descubierto los planes. Isabel y Fernando se encontraron por primera vez el mes de octubre de 1469. Como no llegó solo, tuvieron que indicarle a Isabel quién era su pretendiente. Fue Cárdenas quien se lo señaló: «ese es». Aunque a esta anécdota le dan poca credibilidad los historiadores, es de suponer que alguien los presentaría. El 17 de ese mismo mes se comprometían formalmente y el día 19 se casaban.

¿Y ya que tuvieron tan poco tiempo para conocerse, hubo al menos amor a primera vista? Difícilmente saberlo, aquellas bodas siempre las decidían los demás, no teniendo los propios contrayentes capacidad de opinar. Ya hemos visto cómo Fernando marchaba a Castilla por decisión de su padre, y cómo Isabel, a pesar de haber podido decidir con quién, tampoco pudo elegir cuándo. Siempre está la literatura y el cine para dar ese toque de romanticismo que todos anhelamos cuando nos metemos en la historia, o los historiadores aguafiestas que niegan todo cuanto no esté perfectamente constatado.

Ojeando algunos libros estos días de confinamiento, para ponerme al día sobre la historia de Isabel y Fernando, me ha cabreado bastante la opinión de algunos historiadores o divulgadores. Me mosquea mucho que den su propia opinión sobre temas, digamos, delicados o que hay que coger con pinzas. Claro que, es una libertad que cada cual puede permitirse al escribir su propia obra, para eso es su libro. Porque una cosa es una enciclopedia o libro oficial de Historia, donde están prohibidas las opiniones personales, y otra muy distinta escribir una biografía de alguien a tu bola, en la cual puedes descargar todo el odio o toda la admiración que sientas por un personaje. Es lo que suelo hacer yo, lo reconozco.

Sobre todo, a los que se les ve fácilmente el plumero es a aquellos que tienen esa extraña ideología de querer hacernos ver que España es un conglomerado de reinos que nunca llegaron a unirse del todo y que vivimos en un país fallido o artificial donde conviven muchas nacionalidades. O los que tienen esa extraña admiración por culturas ajenas y odian la nuestra, afirmando que la Reconquista no existió y dando la razón al invasor árabe en todas cuantas refriegas hubo en la época. Pero no nos salgamos del tema. Como decía, me cabreé con algunas opiniones. Uno de los autores, por ejemplo, cada vez que hacía referencia a Castilla repetía cansinamente el mismo estribillo: reino de Castilla y de León. Se le olvida a este autor mencionar también a Asturias, pues cualquier historiador avispado sabe que el reino de Castilla nació llamándose Asturias, para continuar llamándose León y más tarde llamarse Castilla, nombre heredado de un simple condado, pero así fue.

También llegué a cabrearme con una autora que decía: “el matrimonio entre Isabel y Fernando no fue por amor”. Pero por el amor de Dios, ¿cómo me sueltas eso, así, de sopetón? Yo que estaba metido de lleno en la historia, todo ilusionado, con el corazón latiendo deprisa, imaginándome a Isabel, cuando Cárdenas le susurra al oído: “ese es”. Isabel contesta en voz baja y ojos de corderita degollada: lo supe desde que lo vi. Fernando por su parte, a sus 17 añitos, casi ni se atreve a acercarse, tan valiente a caballo en el campo de batalla, tan tímido ante una bella muchacha que lo mira disimuladamente. Pero no le queda más remedio que ir hacia ella, a eso había venido. Se acerca, el corazón se le quiere salir del pecho y duda de que las piernas aguanten. Pero él está acostumbrado a los momentos difíciles, cuando las cosas van mal en la batalla no hay que desfallecer, sino sacar fuerzas de donde no las hay, y se lanza.

Le coge la mano, oh, Dios Altísimo, la acaba de tocar por primera vez, una gran emoción invade su cuerpo y alcanza su cenit cuando cortésmente se la besa. Luego la suelta, aunque hubiera retenido aquella mano de porcelana por toda la eternidad. No menos emoción había sentido Isabel al notar sus labios sobre su piel. Apenas hablaron aquella inolvidable tarde en que se conocieron. Con sus miradas y sus gestos lo decían todo. La noche fue demasiado corta, y después de la despedida, ambos ansiaban la llegada del nuevo día para encontrarse de nuevo.
Me da igual lo que opinen los historiadores, porque, puestos a opinar, nadie va a impedir que yo me fabrique mi propia versión.

La boda se iba a encontrar con un impedimento. Isabel y Fernando eran primos segundos y necesitaban de la dispensa papal. El papa hacía poco tiempo que había emitido una bula para que Isabel se casara con Alfonso de Portugal y ahora le llegaba la petición de otra más. Aquello parecía un cachondeo y el papa dijo que ya está bien y no les hizo caso. ¿Y ahora qué hacemos? Pues resulta que Fernando aportó una solución: el papa Pío II había emitido en el pasado una bula en la que autorizaba Fernando a casarse. Una extraña bula que no especificaba con quién, por lo que se entiende que era una especie de “pro-bula” con la aprobación del papa donde solo era necesario añadir el nombre de la novia. Basándose en esta dispensa se puso en marcha la bula definitiva, que tardaría años en llegar.

¿Qué hacer mientras tanto? Carrillo tenía la solución. No se sabe muy bien de dónde la sacó, pero Carrillo decía tener una dispensa de cuando Isabel y Fernando fueron prometidos siendo niños. La bula era auténtica. Solo había un problema, que estaba caducada y sin efecto, pero eso no tenían por qué saberlo nadie, Dios entendería que lo hacía por el bien de Castilla. Cuando la mentira fue descubierta ya era tarde, hubo sus más y sus menos con Carrillo, pero al final hubo que reconocerle que fue gracias a él que todo discurrió según lo previsto. La bula definitiva no llegaría hasta 1472.

La boda se celebró en el palacio de don Alfonso Pérez de Vivero, vizconde de Altamira. Una boda que debía celebrarse en secreto, pero que los favorables a Isabel no quisieron perderse y celebraron por todo lo alto. En cualquier caso, cuando la noticia llegara hasta oídos de Enrique ya no podrían hacer nada por evitarla, porque en el castillo de Villena no había cobertura y no le llegaban los wasap a Pacheco.

No obstante, Isabel había pensado en todo y no quiso dejarse ningún cabo suelto. Antes de la boda envió a su hermanastro una carta donde lo informaba de todo. Enrique se encontraba en aquellos momentos en tierras andaluzas, buscando el respaldo de los nobles de la tierra. La carta está fechada el 8 se septiembre y en ella le hace saber que tal como estaba estipulado en el acuerdo de Guisando, había sido ella la que había elegido con quien casarse, y lo había hecho con quien pensaba que era la mejor opción para el devenir de Castilla, el príncipe Fernando, que después de todo también estaba en la línea sucesoria de la Corona. Finalmente le transmitía y garantizaba tanto su lealtad como la de su futuro esposo. Tanto Enrique como sus consejeros no daban crédito a lo que leían. Isabel le la había colado floja a todos. Y lo peor de todo (para ellos) es que lo había hecho de forma impecable, sin faltar al tratado que habían firmado y mostrando lealtad. Enrique solo podía hacer dos cosas, aceptar a Fernando como cuñado o darse cabezazos contra los muros de palacio

A la hora de informar, la cosa no quedó en la simple carta enviada por Isabel. Días después de la boda, el 22 de septiembre los recién casados enviaban una embajada a Enrique haciéndole saber de que el matrimonio se había celebrado y que ambos, Isabel y Fernando, quedaban desde ese momento como fieles siervos del rey. Aquello no hizo más que enfurecer a Enrique, que veía lo lista que le había salido su hermanita, intentando no dar pasos en falso parta que nadie pudiera reprocharle nada. Y en efecto, detalles como ese y la seguridad y el talante que mostraba la pareja, hicieron que muchos nobles pusieran la mirada en ellos, planteándose si no era aquel jovencísimo matrimonio lo que el reino necesitaba para sentar cabeza.

El rey Enrique IV, aconsejado por un muy cabreado Pacheco, dio un giro a su política, encaminada ahora a vigilar de cerca los movimientos de los recién casados, de los que no se fiaban, pues no habían tardado en maniobrar para ganarse el favor de muchos nobles. Y por supuesto, de lo firmado en Guisando solo quedó el recuerdo de un abrazo, que, instintivamente le dio a su hermanastra.

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