La Biga y la Busca

Fernando tiene solo nueve años cuando se ve convertido en heredero. La guerra catalana va a ser el ambiente donde crezca, un ambiente cargado de intrigas y conspiraciones, porque la oligarquía catalana está dispuesta a romper con Juan II a cualquier precio. Ofrecen la corona a Enrique IV con tal de que los ayude a derrocarlo, pero Enrique no está dispuesto a meterse en un avispero de tales dimensiones. La corona será ofrecida también a otros personajes al otro lado de los pirineos y Juan tendrá que lidiar con ellos. Sin embargo el rey aragonés es perro viejo y sabe desenvolverse perfectamente donde otros no quieren entrar ni siquiera bajo la promesa de obtener un extenso reino como era el de la Corona de Aragón. Y de todo este ambiente tan convulso, con un excelente maestro como fue su padre, aprendió Fernando todo lo acerca del arte de la guerra y de la política.

¿Y por qué los catalanes le tenían tanta manía a Juan II? Pues porque allí se vivía por aquella época un galimatías, que todo aquel que metiera las narices saldría mal parado. ¿Tan grave era lo que ocurría en Cataluña? Veamos. Existían dos bloques políticos compuestos por burgueses que se hacían llamar la Biga y la Busca (Viga y Astilla). La Biga la integraban quienes creían que eran el soporte (de ahí lo de viga) de la sociedad catalana y que se hacían llamar Ciutadans Honrats. Son mercaderes, terratenientes con privilegios y grandes señoríos y castillos que viven de las rentas y tienen el control del poder municipal.

La Busca es la astilla desprendida de la viga, y la componen los mercaderes y artesanos que quieren hacer cumplir los privilegios y libertades. Y es a estos y a los sectores más desfavorecidos a los que apoyará el rey Juan II, ya que su hermano Alfonso había mantenido con ambos partidos una relación ambigua intentando contentar a todos y no enemistarse con ninguno, ya que el dinero de unos era tan válido como el de los otros. Pero Juan fue directo al grano y prefirió no contentar a unos “ciutadans” que de “honrats” tenían bien poco. Por supuesto, el tema daría para muchísimo más, pues no todo fue tan simple como ponerse de parte de los desfavorecidos y en contra de los tiranos. En el fondo, tanto unos como otros iban buscando lo mismo, hacerse con el poder, y nadie sabe por qué Juan no los mandó a todos a tomar por culo y se marchó de allí. Pero no se marchó, y para 1468, aunque no los apaciguó del todo, consiguió tenerlos controlados al ganarse el apoyo de Valencia y Mallorca, los otros territorios de la corona de Aragón, y sobre todo de la mayor parte del clero. Y aparte de controlar a la burguesía catalana, ¿qué otra cosa consiguió Juan? Llevar al reino al borde de la ruina tras tantos años de guerra.

En Castilla mientras tanto, las arcas no están tan vacías, pero sufre una crisis política de grandes dimensiones. La nobleza anda envuelta en disputas por el poder económico y político, debilitando cada vez más la figura del rey. ¿Por qué los reyes dependían tanto de la nobleza? La cosa viene de lejos, (ya se ha contado antes) del llamado sistema feudal. El poder estaba repartido entre condes y magnates y el rey no tenía ejército propio, más allá de una guardia real. Cuando el rey se enfrascaba en alguna guerra tenía que echar mano de estos condes, marqueses o lo que fueran, y estos acudían en su ayuda, a luchar por el rey. En ocasiones la nobleza formaba ligas o bloques que eran contrarios a las ideas de otros bloques, más o menos como lo que ocurre con los partidos políticos actuales. Para tenerlos de su parte, a veces había que hacer demasiadas concesiones, por lo tanto, el rey iba debilitándose cada vez más hasta el extremo de que la nobleza podía manejarlo a su antojo. Aquel bloque que más poder tuviera, podía fortalecer al rey o por el contrario destronarlo y poner en su lugar a quienes ellos les placiera. A la altura de 1460 presionaban a Enrique a nombrar heredero a su hermanastro Alfonso, ya que Juana aún no le había dado descendencia.

El jiennense Beltrán de la Cueva

Pero he aquí que Juana, la esposa de Enrique, se queda embarazada. Sí, el impotente iba a tener descendencia. El 28 de febrero de 1462 nacía en Madrid una niña que llamarían Juana. Alfonso ya no tenía por qué ser el heredero y Juana recibía el título de Princesa de Asturias. Esto mandaba al traste los planes de los que ya habían comenzado a moldear, según sus conveniencias, al joven Alfonso. Así que la liga de los nobles favorables a su hermanastro se reunió para decidir qué hacer, y lo que decidieron fue mostrar su rechazo a la niña. Sus argumentos: que Juana no era hija de Enrique, sino de Beltrán de la Cueva. Después de todo lo que hemos leído sobre la impotencia y homosexualidad de Enrique, no es de extrañar que muchos pensaran que Juana no era hija suya; y aunque también pudiera ser que Enrique llegara a superar los continuos gatillazos y al fin consiguiera engendrar, cosa que nunca sabremos, el caso es que todo el mundo estaba convencido de que Juana no llevaba su sangre, por lo que, era inaceptable que una bastarda heredara el trono de Castilla.

¿Y quién era Beltrán de la Cueva? Pues era un jiennense, de Úbeda concretamente, perteneciente a una familia de nobles venida a menos. Su padre era Diego Fernández de la Cueva, Vizconde de Huelma. Ya hemos hablado del tema y hemos visto que estas familias podían subir como la espuma, pero también podían caer a plomo, dependiendo de los favores que prestaras a la corona y de los privilegios que recibieras de ésta. No sabemos cuál fue el caso de esta familia, pero sí que a Beltrán le vino muy bien encontrarse con Enrique mientras andaba por Jaén, en una de sus campañas contra los moros de Granada. Fue en 1456, Beltrán tenía entonces 21 años y por lo visto era bien parecido, tanto que, Enrique se fijó inmediatamente en él y le ofreció un puesto en la corte.

Los vizcondes, sus padres, le ofrecieron alojamiento al rey durante aquellos días y quedaron muy agradecidos por los privilegios ofrecidos a su hijo. Nada más llegar a Madrid Beltrán se convirtió en su mano derecha para malestar de su hasta entonces valido Juan Pacheco. El caso es que nadie puede asegurar que Beltrán se convirtiera en amante de Enrique, pero sí en su mayordomo, maestresala y hombre de confianza. No pararían ahí los honores; también lo nombró miembro de la Orden de Santiago y en 1460 le fue concedida la tenencia de la fortaleza de Carmona y el castillo de Ágreda. Un años más tarde entra en el Consejo Real, desplazando a Juan Pacheco, que se convertía desde aquel momento en su mayor enemigo. Pero aún habría más: en 1962, el año en que nació Juana, fue nombrado Conde de Ledesma, Señor de Cabra y Señor de Mombeltrán.

Con el historial sexual que tiene Enrique, a Juan Pacheco no le es difícil emprender una campaña de desprestigio contra la que a partir de ahora va a recibir el mote de Juana, la Beltraneja, haciendo correr la voz de que la niña era hija de Beltrán de la Cueva. Y ahora es donde no se ponen de acuerdo los historiadores, y si no se ponen, es porque nadie sabe lo que allí ocurrió, pero por suponer que no quede; y lo que se supone es que Enrique ya se llevó a Beltrán a la corte para que le hiciera el trabajo de traerle descendencia. Si además de eso, pilló algo más del jiennense, eso tampoco lo sabremos nunca. Lo que sí sabemos es que se casó con Mencía de Mendoza, hija de Diego Hurtado de Mendoza, Marqués de Santillana, uno de los más importantes magnates del momento, cuya familia estaba permanentemente enfrentada a Juan Pacheco.

Alfonso tenía poco más de diez años, sus partidarios no dan su brazo a torcer, y unos y otros se enfrascan en una guerra civil. Mientras tanto Enrique intentaba buscar la solución. Primero propone en matrimonio a Juana con el infante Juan, rey de Portugal, luego propone que se case con su tío Alfonso, pero nada funciona. Hasta el rey Juan II de Aragón se hace partidario de Alfonso. Enrique no puede más, se rinde y termina reconociendo a su medio hermano como heredero. Pero la liga de los nobles va más allá y en 1465 nombran rey al pequeño Alfonso. Todo fue una farsa y así se conoce este acto: “La Farsa de Ávila”. Enrique no se rinde y sigue reinando con el apoyo de los suyos. Sigue defendiendo los derechos de Juana.

Enrique alterna las batallas con la diplomacia y los pactos, y a pesar de que la guerra no se decanta a favor de ningún bando Enrique pierde la ciudad de Segovia, sede del tesoro, y se ve obligado a pactar. Como garantía de que cumplirá sus pactos, debe entregar como prenda a su esposa Juana, que será recluida en el castillo de Alaejos al cuidado del obispo Alfonso de Fonseca. Y no solo Fonseca la cuidaba. El obispo tenía un sobrino, Pedro de Castilla y Fonseca, que la cuidaba también, y la cuidó tanto que la dejó embarazada. Mientras tanto, la niña Juana quedará en casa de los Mendoza. Y entonces sucede algo inesperado. Alfonso, el hermano de Isabel y medio hermano de Enrique y rey de la liga de los nobles va y se muere. Con solo quince años. Nadie supo ni sabrá nuca de qué murió, pero en aquel ambiente tan corrompido pudo suceder cualquier cosa. Era julio de 1468 y va a ser cuando entre en escena Isabel.

En un lugar de Castilla

Isabel nació en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) el 22 de abril de 1451. Hija de Juan II y de su segunda esposa Isabel de Portugal. Sabemos la fecha y que era Jueves Santo por una carta que envió a Segovia su propio padre. «Fago vos saber que, por la gracia de nuestro Señor, este jueves próximo pasado la Reyna doña Isabel, mi muy cara y muy amada muger, escaesció de una Infante».

Los cronistas de la época no escribieron demasiado sobre la infancia de Isabel ni sobre este pueblo, que para ellos no tenía demasiada importancia, ya que no podían imaginar que allí había nacido una princesa que estaba destinada a cambiar la Historia de España y del mundo. Pero en el momento de su nacimiento no era más que una simple infanta sin posibilidad de optar a ser heredera, pues ni siquiera era primogénita, y encima mujer. En realidad, y según afirman algunos expertos, en aquel nacimiento estaban puestas las esperanzas de Juan II, pues a sus 26 años y tras 11 de matrimonio con Blanca de Navarra, Enrique no traía descendencia, y si no estaba asegurada la continuidad de la dinastía, lo mejor era cambiar de heredero. Pero para decepción de Juan y demás chismosos de la corte, lo que nació fue una niña. Y muy pocos eran los que pensaban que existieran mujeres con más agallas que cien hombres para gobernar un reino.

De las pocas cosas que nos han llegado de su infancia sabemos que fue alimentada por una nodriza, nada extraño entre damas de alta alcurnia. Sabemos incluso su nombre: María López. Y sabemos también que Isabel nunca perdería su apego por ella y le asignó una buena pensión vitalicia. Año y medio después nacía su hermano Alfonso. Por fin un niño. ¿Sería éste el heredero? No, Juan II moría y era Enrique el que subía al trono. Demasiados conflictos ocupaban a Juan como para meterse al final de sus días en más enredos desheredando al primogénito. La línea sucesoria, según había dejado escrito Juan II, quedaba de la siguiente manera: Enrique sería el heredero, y de no tener descendencia, el siguiente sería Alfonso y por último Isabel, aunque fuera mujer. Y es por eso (por ser la tercera y por ser mujer) que nadie hubiera apostado lo más mínimo por ella.

Nada más ceñirse la corona Enrique aparta de la corte a Isabel, a su madre y a su hermano Alfonso. En un castillo de Arévalo quedan despreciados y olvidados por el rey y por todos. La villa de Arévalo era un realengo que la reina viuda había recibido de su marido, como previsión, para, llegado el caso, no tener que depender de nadie. Todos los hermanos habían recibido algún bien antes de morir su padre. Isabel había heredado el señorío de Cuéllar y las rentas de Madrigal y un millón de maravedíes. Enrique no daría facilidades para que ese dinero llegara a su media hermana y fue gracias a la ayuda que en ocasiones les prestaron los nobles que estaban de su parte como pudieron vivir dignamente aquellos años.

La educación de Isabel y de Alfonso, tanto piadosa como académica, recayó directamente en su madre, así lo dejó escrito en su testamento el propio Juan. Y a la vez, también encargó a varios eclesiásticos la supervisión de dicha educación, quizás ya era consciente de la demencia que comenzaba, poco a poco, a hacer mella en la mente de su esposa.

Una Santa en la Corte

Aparte del aprendizaje y educación de los infantes había que velar por su seguridad y fue Gonzalo Chacón quien se encargaría de estar siempre cerca de ellos. Había sido hombre de confianza de Álvaro de Luna, por lo que, ya era un viejo conocido en la corte. Chacón y su esposa Clara Álvarez se convertirían casi en unos padres adoptivos de los infantes. Otros personajes que estarían pendientes de los príncipes: el obispo de Cuenca, Lope de Barrientos; el prior del monasterio de Santa María de Guadalupe, fray Gonzalo de Illescas; fray Martín de Córdoba… este último le haría a Isabel un regalo especial el día de su 16 cumpleaños, un libro escrito especialmente para ella: “El jardín de las nobles doncellas”. ¿Y de qué trata este libro? De las virtudes femeninas, unas virtudes que a las feministas de turno se le antojarán todo lo contrario. Sin embargo, en este libro, en el que se instruye a Isabel a ser una buena cristiana, una esposa ejemplar y una mejor madre, se le anima también a ser una buena reina, porque fray Martín está convencido de que Isabel debe reinar y no duda en defender su idea en el libro, como si tuviera la premonición de que ese era el destino de la infanta.

No sabemos por qué, pero fray Martín de Córdoba estaba convencido de que Isabel reinaría, quizás las circunstancias del momento le hacían pensar en ello, y por si acaso, decidió darle instrucciones de cómo comportarse si llegaba el momento. No por ser reina debía comportarse como un rey, sino ser sumisa a su marido, tal como si el verdadero rey fuera él. Quizás nunca hizo demasiado caso a lo que leyó al respecto porque por su mente no pasaba el hecho de llegar a reinar. Isabel, en definitiva, creció en un ambiente religioso que la convertirían en una dama, una princesa religiosa y creyente. Se cree que tuvo una infancia feliz, aunque no todo era perfecto a su alrededor. Su madre sufría trastornos que rayaban la locura. ¿Cómo de loca estaba la reina? Veamos.

Se cuenta que en cierta ocasión, su dama de compañía sufrió las consecuencias de sus trastornos. Esta dama se llamaba Beatriz de Silva, de 22 años. Ya era dama de compañía en Portugal y cuando Isabel se mudó a Castilla para casarse con Juan II se la llevó consigo. Isabel, una vez casada, pronto dejó patente en la corte que su carácter era muy difícil e insoportable, agobiando constantemente a sus damas de honor. Beatriz pronto se iba a convertir en su víctima, pues unos celos obsesivos se habían apoderado de la reina y solo veía miradas de complicidad entre su marido y sus damas. En cierta ocasión, Isabel creyó ver un cruce de miradas entre su esposo y Beatriz. Isabel la llamó a sus aposentos. Había un baúl abierto y le pidió que buscara algo en su interior. No había nada. Y antes de que Beatriz pudiera reaccionar, la reina la empujó dentro y cerró el baúl con llave.

Pasaron varios días. Beatriz creyó morir y que aquel baúl se convertiría en su ataúd. Una gran angustia invadía su cuerpo, el poco aire iba disminuyendo en oxígeno, se asfixiaba. Gritaba. En aquel poco espacio apenas si podía dar golpes. Solo le quedaba rezar. En la corte, Beatriz tenía un tío que pronto la echó de menos, pero no le dio importancia, la reina la tendría ocupada. Pero pasaron varios días y comenzó a sospechar que podría haberle ocurrido algo, y entonces dio la voz de alarma. Su sobrina había desaparecido. Por fin la encontraron, había pasado allí dentro tres días, estaba viva de milagro. Beatriz contó que durante su encierro y mientras rezaba, se le apareció la Virgen María y le aseguro que saldría viva de allí. La muchacha huyó de palacio y se recluyó en el monasterio de Santo Domingo el Antiguo, de monjas cistercienses. La hija de la reina demente, la Isabel princesa, llegaría a conocer esta macabra anécdota y ayudaría con el tiempo a que Beatriz cumpliera su sueño de fundar la orden de las religiosas concepcionistas en Toledo. Beatriz de Silva fue beatificada por Pío XI el 28 de julio de 1926.

En la Corte del rey Enrique

De la muerte de su padre, Isabel probablemente no guardara recuerdos, pues ella solo tenía 3 años, sin embargo, esto le permitió disfrutar de su abuela materna Isabel, que vino desde Portugal para el entierro de su yerno y ya no se marcharía. Allí, en Arévalo moriría en 1465.

Isabel, la princesa, heredó de su padre la afición por la lectura sobre libros de caballería. Tanto le gustaban estas novelas que llegó a tener una gran colección de ellas. Las leía desde muy pequeña y alternaba su lectura con la formación académica sobre literatura, filosofía e historia. Luego recibía también, por supuesto, otras enseñanzas por parte de las monjas, como coser, bordar y otras tareas propias de una dama. Pero como no todo fueron clases y rezos, también hubo tiempo para los juegos que todo niño necesita. Arévalo era un pueblo pequeño y tranquilo y allí jugó con Beatriz de Bobadilla, hija del alcaide, aparte de otras niñas, pero con esta en especial la uniría siempre una gran amistad. Y así creció Isabel, tiempo durante el cual, al parecer, nunca vio a su hermanastro el rey Enrique IV, que nunca se dignó visitarlos, ni se ocupó de ellos. Sin embargo, un día, Enrique hizo llamar a Isabel y a Alfonso. Ella tenía 10 años y su hermano 8.

De pronto su hermanastro quería tenerlos en la corte, cerca de él. Su cuñada Juana todavía no había dado a luz. Cuando naciera su sobrina, Isabel, con once años, sería la madrina de la niña. ¿Eran felices los niños allí, junto a su hermanastro? No es difícil imaginar que no, porque aquello no fue más que una crueldad, pues los habían separado de su madre y del mundo donde siempre habían vivido, pues Enrique no quiso traer con ellos a su madrastra. La propia Isabel escribiría de su puño y letra lo siguiente: «inhumana y forzosamente fuimos arrancados de los brazos [de nuestra madre]». Esta maniobra de Enrique fue, por otra parte, lo que hizo que la demencia que padecía la reina viuda empeorara considerablemente. Echaba de menos a sus hijos, a Alfonso por ser el más pequeño, a Isabel porque siempre se preocupaba y estaba pendiente de ella.

No llegaría, sin embargo, a cogerle cariño alguno a su cuñada, la reina Juana, que la trató desde su llegada como a una “recogida”. Manías de preñada, seguramente. «Esta fue para nosotros peligrosa custodia» diría Isabel pasado algún tiempo. Pero hora es ya de que sepamos el verdadero motivo por el que Enrique quería tener cerca a sus hermanastros. ¿Remordimiento al cabo del tiempo por no haberse ocupado nunca por ellos? Ni mucho menos. Lo que Enrique quería era evitar que la nobleza los utilizara en su contra, pues se había dado cuenta de que tras el anuncio del embarazo de Juana muchos de ellos mostraban su descontento. Para avisarle de todas estas amenazas y envenenarle la sangre ya tenía a su antiguo ayo, valido y ahora consejero, Juan Pacheco, aunque en esto el marqués de Villena llevaba razón. Ya hemos visto cómo le obligaron a nombrar al pequeño Alfonso heredero y más tarde lo proclamaban rey.

El 7 de marzo de 1462 bautizaban a la pequeña Juana en brazos de su tía Isabel. Irónica estampa que reúne por una parte a tía y sobrina, destinadas a ser enemigas a muerte; por otra, está el padrino Juan Pacheco, que la ridiculizaría para siempre con el feo mote de la Beltraneja; y tenemos también al oficiante de la ceremonia, el arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo, rociando con el agua bautismal a su futura enemiga. En fin, ironías de la vida.

Poco después se declara a Juana como heredera a la corona y es aquí donde comienzan las desavenencias entre el rey y la conocida como Liga Nobiliaria que pone en duda que Juana sea hija del rey. Grave acusación que sin embargo se había ganado a pulso Enrique, que había dado demasiado que hablar al otorgar demasiados privilegios y en tan poco tiempo a Beltrán. No una, sino dos fueron las guindas que puso Enrique a su favorito. Una, la concesión de la Cruz de Santiago, que su padre Juan tenía reservada a su pequeño Alfonso, y dos, concertarle una boda con Mencía Mendoza. Pacheco ponen en pie de guerra a la Liga y redactan un documento donde acusan al rey de rodearse de infieles (la guardia mora) y de gente de dudosa lealtad, para acabar declarando la ilegitimidad de Juana como heredera y exigirle a Enrique que devuelva a Alfonso el maestrazgo de Santiago y lo sustituya como primero en la línea sucesoria.

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