El 31 de marzo de 1504 el rey Fernando ratificaba el Tratado de Lyon. Nápoles se quedaría como estaba, es decir, bajo el control de los reyes de España. Gonzalo Fernández de Córdoba ejercería como virrey. La superioridad militar sobre Francia fue tal, que desde ese momento España quedaba consolidada como una potencia continental y Fernando contraía alianzas con Austria, Venecia y demás territorios italianos.

26 de abril de 1506, Juana y Felipe llegan a La Coruña, el rey Fernando los esperaba en Laredo, pero su yerno estaba interesado en cualquier cosa menos en verle. A pesar de todas las muestras que daba de ser un inepto y dejarse manejar por cualquiera, no es tonto del todo y sabe que no las tiene todas consigo. Su suegro ya ha sido confirmado gobernador por las Cortes convocadas en Toro, siguiendo la voluntad de Isabel en su testamento. En esas mismas cortes Fernando ha puesto de su parte a un puñado de nobles, ahora le toca a él, Felipe, ganarse a otro buen puñado, y para eso necesita tiempo.

Felipe se ha hecho esta vez con un buen asesor castellano, miembro de la alta nobleza: don Juan Manuel, señor de Belmonte. Este Juan Manuel le convenció de que era posible hacerse con el favor de la mayoría de la alta nobleza castellana, y ¿por qué no? con el clero. Basándose en que Fernando se había hecho nombrar gobernador sin el consentimiento de la legítima heredera Juana (cosa que él, Felipe, había evitado cuando interceptó la carta enviada a Flandes) escribió cartas señalando esta mala práctica a las principales ciudades castellanas dirigidas a lo más alto de la nobleza y el clero. En su mensaje se anunciaba, además, la voluntad de conceder nuevas mercedes para todos aquellos que apoyaran su causa. Como ejemplo, valgan las palabras extraídas de la correspondencia con el marqués de Villena, el hijo de Juan Pacheco donde Felipe le agradece su apoyo: «Conocí la buena voluntad que a mi servicio tenéis. Espero en Dios remunerarlo muy bien.» Desde luego, a aquellos nobles disgustados por el recorte de poderes a que los habían sometido Isabel y Fernando, se les presentaba una buena oportunidad de recuperarlos.

Hemos contado ya que Fernando escribió a Juana para que firmara un documento, confirmando su nombramiento como gobernador, y como aquella carta fue interceptada y su portador torturado por Felipe. En lugar de esa confirmación, Juana, supuestamente, escribió otra, aunque se sospecha y con bastante fundamento, que no la redactó ella. La resumiremos señalando lo más importante de esta carta.

Bruselas 3 de mayo de 1505

«Hasta aquí no os he escrito porque ya sabéis de cuán mala voluntad lo hago; …allá me judgan que tengo falta de seso, …no me debo maravillar que se me levanten falsos testimonios, …los que esto publican no sólo lo hacen contra mí, también contra Su Alteza [refiriéndose a su padre Fernando], porque no falta quien diga que le place dello a causa de gobernar nuestros Reinos, lo cual yo no creo, siendo Su Alteza rey tan grande y tan católico y yo su hija tan obediente.

Bien sé quel Rey, mi señor [refiriéndose a Felipe], escribió allá por justificarse quexándose de mí en alguna manera, pero esto no debiera salir dentre padres y hijos, …yo usé de pasión y dexé de tener el estado que convenía a mi dignidad, …que no fue otra causa sino çelos, … mas la Reina mi señora, a quien dé Dios gloria, …fue asimismo çelosa.

Los que tovieren buena intención se alegren de la verdad y los que mal deseo tienen sepan que sin duda, quando yo me sintiese tal cual ellos querrían, no había yo de quitar al Rey, mi señor mi marido, la gobernación desos Reinos y de todos los del mundo que fuesen míos, ni le dexaría de dar todos los poderes que yo pudiese, así por el amor que le tengo como por lo que conozco de Su Alteza, y porque conformándome con la razón, no podía dar la gobernación a otro de sus hijos y míos y de todas sus suçesiones sin hacer lo que no debo.

Y espero en Dios que muy presto seremos allá, donde me verán con mucho placer mis buenos súditos y servidores.

Yo, la Reyna.»

En esta carta bien estudiada por expertos, se llega a la conclusión de que la mano de Felipe y sus consejeros está detrás. Cualquiera que la redactara fue muy hábil, pero a la vez bastante descarado, no ocultándose el interés de Felipe en hacerse con el poder a toda costa. Cantan demasiado esas palabras tan amables hacia su señor padre, y esa puya de que su madre también era celosa, donde solo le falta decir que a ella nadie la trató de loca por eso. Y por último ese desmesurado interés en dar los poderes a su amado esposo, tanto por amor como por lo que de él conoce. Una carta, en fin, que nos da idea de la alarma que ante las desavenencias y los ataques de histeria de Juana, se desató en Bruselas. Los consejeros de Felipe debieron ponerlo sobre aviso de que su reinado peligraba. Había que poner en marcha todo un plan diplomático para enderezar el entuerto, y esta carta formaba parte del entramado. Muy hábil, por cierto. Y parecía tonto el niño.

Los nobles abandonan a Fernando
La estrategia dio sus frutos. Juan Manuel, como buen conocedor de la nobleza castellana había asesorado perfectamente a Felipe. La alta nobleza acudió a Galicia a recibir a los nuevos reyes. Tampoco faltaron los más altos representantes del clero. ¿Qué había ocurrido, por qué los nobles y la Iglesia le volvía la espalda a Fernando? Había varias razones. La primera pudiera ser que Isabel ya no estaba. ¿Acaso Fernando no lo había dado todo por Castilla y había derramado su sangre por ella? Sí, pero muchos nobles, no lo olvidemos, se sometieron a los reyes por la fuerza. Todos aquellos partidarios de la Beltraneja tuvieron que elegir entre perder la cabeza o jurarles lealtad. Y la totalidad de ellos habían perdido poderes. ¿Había una oportunidad mejor de vengarse y recuperar lo perdido?

Había otra razón más. La boda con Germana de Foix y los pactos con Francia no eran del agrado de los castellanos. Y aún otra razón más: Fernando había firmado que si llegaba a tener un hijo con Germana, éste sería el heredero de la Corona de Aragón. Si esto llegaba a ser así, la unión de los reinos por la que tanto se había trabajado se iría al traste; pues, parece ser que aragoneses y castellanos ya se habían ilusionado con este proyecto, que de momento, les había convertido en potencia europea y había sido anexionado el reino de Granada. En cualquier caso, los nobles castellanos estaban en aquellos momentos como la guardia pretoriana que espera obtener beneficios del nuevo emperador. Felipe era un piquito de oro y prometer, había prometido el oro y el moro.

Había, no obstante, algunos personajes que habían abandonado a Fernando, que no se entiende el porqué de este cambio de bando. Es el caso del obispo Deza, muy favorecido por Isabel y Fernando. El propio Fernando, dolido por el desaire, llegó a decir: «Aquel obispo, ¿qué ovo, o por qué se fue, o qué le fice yo?» Y otro más, el cardenal Cisneros, hombre de confianza de Fernando, y también muy favorecido por él. Hay que suponer que ninguno de ellos quiso perder el favor de los nuevos reyes, a fin de conservar sus puestos. Y a todo esto, Fernando solo deseaba ver por fin a su hija, ver con sus propios ojos en que estado se encontraba. Pero Felipe se las ingeniaba para eludirle y no dar la cara. Juana estaba encerrada bajo vigilancia, para que ningún contacto fuera posible entre padre e hija.

Fernando no estaba solo, seguía teniendo sus partidarios. Sobre Castilla se cernía la amenaza de otra guerra civil y a la mente de Fernando vivieron los recuerdos de aquellos días, que a Aragón llegaban las crónicas de las desavenencias entre castellanos por un trono que llegó a estar dividido. Fernando no alzaría su espada contra su propia hija. Finalmente el 20 de junio de 1506, tuvo lugar en Villafáfila, el encuentro entre Fernando y Felipe. Juana no estuvo presente, Felipe no consintió traerla con él. El cardenal Cisneros y arzobispo Juan Manuel los acompañaron hasta una ermita. Y una vez allí, entraron suegro y yerno. Solo ellos dos. La puerta se cerró y Juan Manuel dijo a Cisneros: «no debemos oír la conversación de nuestros amos, yo haré de portero.» La reunión fue muy breve y nadie sabe lo que se habló allí. Solo sabemos que Fernando lo dejó todo en manos de Felipe y él salió de Castilla, hacia sus dominios aragoneses. Aunque no se iría con las manos vacías: en compensación recibiría de Castilla ciertas rentas, y mantendría intacta su condición de Maestre de las tres Órdenes Militares castellanas de Santiago, Alcántara y Calatrava.

Pero por muchas rentas y distinciones que conservara Fernando, se hace difícil entender que se plegara tan fácilmente a los deseos y ambiciones de su yerno. ¿Acaso se retiró para poner detenidamente en marcha una conspiración? Quizás todo era más simple de lo que ahora muchos se piensan, y Fernando se retiró para evitar un derramamiento de sangre en Castilla. Renunciaba, sí, a la unidad de los dos reinos, pero a cambio, Aragón se extendía por el Mediterráneo, y si sus planes se cumplían y Germana le daba hijos, cuando su nieto Carlos, el heredero de Juana, reclamara Aragón, se encontraría con que otro ya le había arrebatado el trono. Simple, muy simple. Sin embargo, muchos son los que piensan que Fernando cedió porque tramaba algo contra su yerno.

Cuando Juana se enteró de la reunión entre su marido y su padre, estalló de ira. A quienes habían acompañado a Felipe los tachó de traidores, los insultó y los amenazó. Si el cardenal Cisneros abandonó a Fernando para ganarse la confianza de los nuevos reyes, mal comienzo tuvo con la reina, que desde ese día lo odiaría a muerte. Juana cayó entonces en una profunda depresión. Un día, sin que nadie lo advirtiese, cogió un caballo y cabalgó en dirección a Aragón, pensando que aún alcanzaría a su padre. Cuando se dio cuenta que la buscaban, quiso esconderse en casa de unos panaderos, y allí la cogieron y la llevaron de vuelta.

La fuga fue la excusa perfecta para encerrar a Juana, y ella debía saberlo, porque cada vez que pasaban por una localidad en la que hubiera algún castillo, se negaba a entrar a ella, pensando que la encerrarían allí. Temerosa de que en cualquier momento la hicieran presa, envió una carta a su padre pidiéndole socorro, pero lo único que consiguió fue que atraparan al mensajero y estrecharan su vigilancia. El 7 de septiembre llegaban a Burgos.

Convocadas las Cortes, Juana iba a protagonizar un episodio inesperado, casi al estilo de su madre. Juana ordenó retirar el estandarte de Felipe. Aquí no hay más rey que la reina: yo, dijo enfadada; y añadió: ni más reino que Castilla. Pero no había en Juana la seguridad ni el temple, ni la categoría, ni mucho menos el arte de su madre. Isabel doblegó ejércitos con su sola presencia, y no hubiera otorgado ni el rango de soldado raso a su marido, de no haber querido, y solo lo hizo porque pudo comprobar su valía. Juana solo consiguió dejar en ridículo a Felipe, y aumentar sus deseos de verla encerrada, pero no llegó ni siquiera intimidarlo, era demasiado tarde, su dignidad la perdió camino de Flandes, el día que decidió arrastrarse tras él.

Fijada la residencia de los reyes en Burgos, Felipe quiso recabar apoyos para encerrar a Juana, pero hubo muchas oposiciones y no lo consiguió. En cualquier caso, Juana estaba tan estrechamente vigilada que apenas podía moverse de sus aposentos. Los rumores de que la reina estaba presa comenzaron a extenderse y Felipe comenzó a perder prestigio. Solo fue el comienzo. Contraviniendo los deseos de Isabel en su testamento, los puestos de mayor importancia iban siendo otorgados a los flamencos. Y para acabar de colmar el vaso, los tres mil soldados alemanes al servicio de Felipe incordiaban a la población, que comenzó a sentir un odio exacerbado hacia ellos. Los alemanes, su guardia personal, sus pretorianos, costaban un buen pico a las arcas del reino, que estaban en números rojos y había que llenarlas aumentando impuestos, después de haber sido castigados en los últimos años por la sequía y la peste; con los recursos agotados y la población al borde de la miseria.

Todo esto en apenas dos semanas de reinado. Pero ocurrió que su asesor personal Juan Manuel, como agradecimiento por sus excelentes servicios, recibió el castillo de Burgos. Y para celebrarlo, organizó unos juegos, al más puro estilo romano, ¡con un par! Mientras la población se muere de hambre. Felipe, joven como era, quiso exhibirse participando en ellos. Dicen que jugó un juego de pelota, algo así como el polo, donde se golpea una pelota con una especie de martillo desde el caballo. Algo que le hizo sudar mucho. Se bajó del caballo, pidió agua fresca, le acercaron un botijo, bebió y poco después comenzó a sentirse mal. Al día siguiente se levantó con fiebre, pero se fue de caza. Cuando volvió estaba ya demasiado enfermo, lo echaron en la cama y no se volvió a levantar. Las fiebres tan fuertes que le sobrevinieron nadie las pudo atajar. El 25 de septiembre, 18 días después de tomar el poder, Felipe, rey consorte de Castilla, archiduque de Austria, al que la posteridad llamaría “el hermoso” moría en Burgos, y con él se llevaba a la tumba su ambición y su maldad.

Juana asombró a todos por su entereza. Durante los días que duró la enfermedad de su esposo, no se separó de su lado. Al morir éste, no derramó ni una sola lágrima. Un cronista flamenco anónimo lo contaba así: «Apenas si mostró semblante de duelo en la hora de su muerte, ni tampoco lo hizo durante su enfermedad; pero estaba continuamente a su lado, dándole de beber y de comer ella misma, a pesar de estar embarazada, y ni de día ni de noche le abandonaba. Y con la pena y el trabajo que se tomaba al hacer eso, los que había alrededor temían que a ella y a su fruto no les pasase algo malo.»

Fernando quería estar presente en Nápoles. Sabía que allí también había partidarios de Felipe y no quería correr el riesgo de una sublevación. Algunos familiares de Gonzalo Fernández se habían puesto de parte de su yerno y hasta el propio Gonzalo había sido señalado como sospechoso de no estar de parte del rey aragonés. En tierras italianas le llegó la noticia del fallecimiento de Felipe. Podemos imaginar que la reacción de Fernando no fue precisamente de pena. Hay quien sospecha que murió envenenado, y hay hasta quien señala directamente a su suegro de haber ordenado su envenenamiento. Sin embargo, las pestes asolaban aquellos años Castilla y abundaban las muertes por neumonías. Sea como fuere, en Burgos no se lloró su muerte, aunque los nobles vieron cómo todos sus privilegios se diluían de repente.

Contaba el cardenal Cisneros que era imposible tener una conversación coherente con Juana, con muy pocos momentos de lucidez. Por tanto, era necesaria la presencia del rey de Aragón para llenar el vacío de poder en que había caído de repente Castilla. Juana, en uno de esos momentos de lucidez, llegó a decir: «grande será el mérito de mi padre si acepta regresar después de cómo se le ha tratado.» Y en cierto modo, no eran pocos los que pensaban lo mismo. Sin embargo, de su vuelta dependía el resurgir del proyecto de unir los reinos de España, que durante los 18 días que había durado el reinado de Felipe había estado pendiente de un hilo.

La propia Juana se veía incapaz de gobernar, reclamaba constantemente la presencia de su padre, en la única persona que confiaba. Mientras volvía, se descuidó en el vestir y en el aseo personal, con muestras físicas muy evidentes de su dolencia. Fue necesaria mucha paciencia para conseguir separar a Juana del cadáver de Felipe, que fue embalsamado y enviado a la cartuja de Miraflores. El 20 de diciembre de 1506, la reina ordenó la exhumación. Juana no estaba dispuesta a separarse de su amado Felipe, ordenó a sus guardias reales que cargaran el féretro en un carro y se dispusieron a deambular de un lugar a otro en precesión, de noche, alumbrándose con antorchas. Y paseando el féretro por la villa de Torquemada rompió aguas la reina y allí mismo dio a luz a su última hija, Catalina, el 10 de enero de 1507. Hay quien cree que lo de la procesión con el cadáver es una leyenda, y que lo único que hizo Juana fue abrir el ataúd en dos ocasiones, cada vez que fue trasladado hasta su enterramiento definitivo, cosa que entraría dentro de la normalidad; otros afirman que la leyenda es cierta, aunque quizás algo se ha exagerado. Sea como fuere, Juana estaba muy mal.

Germana, la esposa de Fernando, llegó a preocuparse por Juana, acudiendo a visitarla, dándole muestras de afecto. La reina solo suplicaba la vuelta de su padre. Esta vuelta se produciría aquel mismo año de 1507, una vez resueltos algunos problemas en Nápoles.

El Gran Capitán cae en desgracia
Gonzalo siempre había contado con la plena confianza del rey, pero durante los días que duró mandato de Felipe, parece ser que hubo confusión en Nápoles, no sabiendo muy bien si a partir de ahora debían obedecer a Fernando o a su yerno. La ocasión sirvió para convencer a Fernando de que Gonzalo, siguiendo los intereses de Felipe, podía alzarse contra él. Era preciso pues, traer a Gonzalo a España para atajar tal peligro.

Gonzalo había sido, desde el principio de las guerras italianas, el mejor general que rey alguno pudiera tener. Luis XII seguía en su empeño de conquistar Italia. Un empeño en el que no cejarían los franceses durante el próximo medio siglo. Y mientras tanto, ahí estaba el Gran Capitán, parándoles los pies. Pero como suele ocurrir, alrededor de un gran héroe, crecen como setas los envidiosos. Nuño de Ocampo, Próspero Colonna, Francisco Rojas, embajador de España en Roma, Juan de Lanuza; son los nombres y apellidos de quienes envenenaron la sangre del rey contra Gonzalo: El Gran Capitán malversaba caudales, repartía tierras a su antojo, impartía justicia de forma arbitraria, había puesto en contra de Fernando a sus familiares, hacía y deshacía a espaldas del rey… en definitiva, todos envidiaban la gloria conseguida por el más fiel de los servidores de la Corona.

¿Prestó Fernando oídos a todas aquellas calumnias? Manuel de Quintana, en su biografía sobre el Gran Capitán nos da una respuesta bastante coherente: «Hallábase entonces Fernando en una de aquellas circunstancias críticas en que no bastan las luces y la inteligencia a un político, sino que es preciso apelar a la grandeza de alma y de carácter, para no desmayar y cometer errores. En medio de negociaciones y disputas, el gran político perdió la prudencia que siempre le había asistido y cometió una falta imperdonable.»

El Gran Capitán recibió la orden de publicar la paz en Nápoles, restituir los estados a los barones desposeídos y licenciar a sus soldados. No era tarea de dos días. Apaciguar a los que habían perdido sus tierras y devolvérselas con la promesa de que serían fieles al rey de Aragón no era fácil y en vez de eso todo se fue complicando y el regreso de Gonzalo a España se alargó más de la cuenta; hasta el punto de que Fernando se convenció al fin de que su general tramaba algo en su contra. Propuso entonces el monarca enviar a Nápoles a su hijo bastardo, el arzobispo de Zaragoza, con la orden de asumir el poder y reprender a Gonzalo. Esta resolución estuvo apoyada por algunos, pero advertida por otros de que podía precipitar a Gonzalo a plantar cara y desencadenar un conflicto que no existía.

Fernando se lo pensó mejor y mientras tanto recibió una carta de Gonzalo que lo dejó más tranquilo. Entre otras cosas decía así: «Aunque V.A. se redujera a un solo caballo, y en el mayor extremo que la fortuna pudiera obrar, en mi mano estuviese la potestad y autoridad del mundo, no he de reconocer ni he de tener en mis días otro rey y señor sino a V.A. En firmeza de lo cual lo juro a Dios como cristiano.» Fernando. Algo más sosegado, embarcó para Nápoles al tiempo que Gonzalo se embarcaba para España, y ambos se encontraron en el puerto de Génova. Gonzalo subió a la galera real, y al hacerlo, todos los presentes quedaron asombrados por la serenidad y la confianza con que lo hacía y se presentaba ante su rey. Fernando olvidó en aquel momento todas las dudas que sobre su general albergaba y dio paso a la admiración y al agradecimiento, reteniéndole a su lado e invitándolo a viajar con el hasta Nápoles.

Durante su estancia en Nápoles, Fernando fue comprobando que nada podía objetar a su general, pues nada estaba fuera de lugar. El trato entre ambos fue cordial durante los meses que pasaron juntos. El rey estaba satisfecho. Sin embargo, los envidiosos nunca descansan. Llegó el momento de poner al Gran Capitán en evidencia. A ver cómo podía justificar Gonzalo las enormes sumas de dinero que había gastado durante la campaña. Los números, en efecto, eran mareantes. Fernando se encontró de pronto atrapado entre quienes acusaban a su general de corrupto y las ideas de leal vasallo que tenía sobre su persona. Sin embargo, Gonzalo no se dejaría atrapar, pues guardaba todos los libros de contabilidad, donde se detallaba y justificaba el empleo de cada céntimo. ¿Acaso alguien creía que una guerra es barata? En ese caso, quien quedaba en evidencia era el propio rey, pues se ponía en duda la rentabilidad de Nápoles.

La sesión se convirtió de pronto en una chanza, con carcajadas y burlas de los acusadores cada vez que Gonzalo daba cifras y justificaba su inversión. Fernando entonces se levantó airado y mandó callar a todo el mundo, dando por finalizada la reunión. Aquella reunión no hizo más que envenenarle la sangre de nuevo, pasando a un segundo plano los días de cordialidad con su mejor general, devolviéndole a la realidad, que no era otra que su preocupación por Castilla. Allí le necesitaban y no podía demorar su vuelta ni un día más. Había pasado en Italia siete meses, y todavía debía hacer un alto en Génova para entrevistarse con el correoso rey de Francia Luis XII.

No todo había sido revisar el estado de Nápoles ni las cuentas de Gonzalo; Fernando se había dedicado a finiquitar el asunto que su general tenía entre manos, devolver los estados confiscados a los anjoinos. O sea, unos territorios arrebatados a los franceses para dárselos en premio a los conquistadores. Ahora, firmada de nuevo la paz (por enésima vez) con los franceses, esos territorios debían ser devueltos; era una de las condiciones impuestas por Luis XII en el tratado. A cambio, a los que se quedaban sin premio, había que darles alguna compensación, y al final ni unos ni otros quedaron satisfechos. ¿Podía albergar la cabeza de Fernando más preocupaciones? Ahora podía entender por qué Gonzalo tuvo problemas con este tema y no pudo volver a España cuando se lo pedía.

Gonzalo mismo, cedió el ducado de Santangelo, y el rey en compensación le dio el de Sea. No obstante, Fernando decidió que Gonzalo regresase con él a España. ¿Seguía albergando dudas sobre su honradez, o eran tantas sus preocupaciones que quiso tenerlo a su lado en momentos tan difíciles? Va a ser difícil dar una respuesta a este asunto, pues la mayoría, por no decir la totalidad de los historiadores y “expertos” coinciden en que sacarlo de Nápoles fue el castigo por la desconfianza que el rey había llegado a tener en Gonzalo. Sin embargo, voy a atreverme a llevarles la contraria a todos ellos, como ya hice con los que siguen creyendo que el segundo destierro del Cid fue un castigo, cuando en realidad fue un premio al dejar a Rodrigo a sus anchas en el reino de Valencia.

Para empezar, Fernando no lo reprendió, sino que le prometió el Maestrazgo de Santiago, toda una alta distinción, para cuando llegara a España. Este título solo se lo concedían los reyes a los más grandes; muy disgustado no podía estar Fernando con él. Se dice que el rey privó de esta manera, la ocasión de hacerse con las glorias venideras. Gonzalo llevaba ya muchos años a su servicio y 12 de ellos en Italia; tenía en esos momentos 53 años, ¿Qué mejor gloria que volver a España?

Fernando partió primero, pues debía detenerse y hablar con Luis XII en Génova; Gonzalo quedó en Nápoles arreglando sus últimos asuntos hasta hacerse a la vela y poner rumbo a Génova también. Al llegar, quiso el rey Luis conocer al hombre que puso tantas veces en jaque a sus ejércitos, y lo honró sentándolo a la misma mesa donde cenó aquella noche con Fernando. Mientras cenaban le pidió que le contara algunas de las mil aventuras vividas por el que todos conocían como Gran Capitán, y felicitó al rey de España llamándolo dichoso por tener tan digno general, mientras se quitaba una rica cadena del cuello y se la ponía a Gonzalo con sus propias manos. Cuando partieron todos de Génova, el puerto se llenó de gente que salió a despedirlos con vítores y gran algarabía; y no era por la expectación que despertaban los reyes, sino por despedir al Gran Capitán, el soldado más grande que nunca pisara aquella tierra desde tiempos de Escipión o Julio César. Hasta los soldados franceses que acompañaban a Luis XII presentaron sus respetos a tan destacado personaje.

Para el verano de 1507 el rey volvía a España. Se encontraba en Roa cuando supo que su hija había salido a su encuentro. Fernando se alegró de poder verla al fin después cuatro años; sin embargo, la sangre se le heló cuando supo que con ella traía un carro tirado por cuatro caballos. Un carro que transportaba el cadáver de su yerno, del cual no quería separarse. El encuentro se produjo en Tórtoles de Esgueva el 29 de agosto. Pedro Mártir de Anghiera fue testigo del encuentro y cuenta que Juana tuvo un momento de plena felicidad. Su padre la abrazó, y ella quedó tranquila, esfumándose en aquel momento todas sus penas. Luego reemprendieron el camino hasta Burgos, pero al llegar a Santa María del Campo, Juana se negó a seguir; Burgos le traía demasiados malos recuerdos, así que tomó el camino de Arcos, donde se instaló.

Descartada Juana para poder gobernar, Carlos era su legítimo sucesor, pero hasta su mayoría de edad, Fernando sería quien gobernaría en Castilla. El niño residía en Flandes al cuidado de su tía Margarita. El problema venía ahora de Austria, ya que Maximiliano, el otro abuelo del niño, reclamaba parte de la regencia. Esto todavía daba esperanzas a los felipistas. Sin embargo, Fernando no había venido a Burgos a hacer tratos con nadie, sino a dejarles las cosas bien claras a todos: ahora el rey de Castilla era él, y lo seguiría siendo hasta el fin de sus días.

Las relaciones entre el rey y Gonzalo se torcerán tras su llegada a España, y entre ellos nacerá una relación amor-odio. ¿Qué ocurrió? En realidad, nada y muchas cosas a la vez. Por una parte, seguía el rey con su desconfianza, los envidiosos que no cesaban de envenenarle, algunos malos entendidos… Por otra, podemos acudir a los antepasados de Fernando, o remontarnos una vez más hasta los emperadores romanos, para comprobar que un general que llegaba a ser demasiado poderoso y contaba con la lealtad incondicional de sus hombres, se convertía sin remedio en una amenaza para el propio emperador. Más recientemente, su propio suegro Juan II de Castilla sufrió en sus carnes el poderío de su condestable Álvaro de Luna. Y aún más, hubo mujeres ofendidas, de las que luego calientan la cabeza al marido. Fue una relación que incluso nos llega a recordad a la mantenida entre Alfonso VI y el Cid.

Gonzalo llegó a España con un gran séquito, soldados fieles que no querían separarse de su capitán. Se habían ataviado con sus mejores ropajes y despertaron admiración por allí por donde pasaban; admiración convertida en recelo por los que envidiaban al Gran Capitán, haciendo comentarios injuriosos. Llegaron a la Corte en Burgos, donde fueron recibidos por Fernando, habiendo tenido Gonzalo la cortesía de hacer pasar primero a sus soldados, lo cual provocó el amable comentario del rey: «Veo, Gonzalo, que hoy habéis querido dar a los vuestros la ventaja de la precedencia, en cambio de las veces que la tomasteis para vos en las batallas.» Días después, Gonzalo cumplía el trámite de jurar lealtad a Fernando como regente de su nieto Carlos hasta la mayoría de edad. Fue una de las últimas reuniones cordiales que hubo entre ambos.

Parece ser que a partir de ese día, Gonzalo se sentía ignorado en la corte, y la promesa de concederle el maestrazgo de la Orden de Santiago no llegaba. Mientras tanto, intimó con el condestable del rey Bernardino Velasco, al cual prometió la mano de su hija Elvira. Aquel enlace fue el detonante de todo, pues por lo visto, Fernando tenía en mente casar con Elvira a su nieto. ¿Qué nieto? El hijo del arzobispo de Zaragoza, hijo bastardo del rey. Al enfado de Fernando se sumó el de su nueva esposa Germana, que reprochó a Bernardino su casamiento: «¿No os da vergüenza, siendo tan pudoroso y discreto, enlazaros a una dama particular, habiéndoos antes desposado con hija de rey?» La respuesta del condestable fue tan dura que nunca la hubiera esperado Germana, la cual quedó profundamente ofendida: «Digno ejemplo me dio el rey, pues habiendo estado antes casado con una gran reina, se enlazo después con una particular… digna también de serlo, por supuesto.» Germana odió desde ese momento tanto a Bernardino como a Gonzalo. Odio que puede adivinarse transmitió al rey, ya que su relación con Gonzalo fue de mal en peor.

Fernando llegó a creer que en efecto, como le habían advertido tantas veces, Gonzalo no era de fiar y tramaba hacerse fuerte y viajar a Flandes para traer al heredero y nombrar un nuevo regente. Fue un rumor que se extendió rápidamente devolviendo la esperanza a la nobleza felipista. El fuego se avivó cuando le llegó la noticia de que en Andalucía había revueltas y uno de los sublevados era ni más ni menos que sobrino de Gonzalo, hijo de su hermano mayor y que siempre había sido fiel a Isabel y Fernando. El rey que envió un juez pesquisidor para restablecer el orden y al marqués de Priego, miembro de la casa de Aguilar, no se le ocurrió otra cosa que apresarlo y encerrarlo en el castillo de Montilla. Gonzalo Fernández de Córdoba ya le había advertido de la imprudencia de enemistarse con el rey. El ejército de Fernando arrasó la fortaleza de Montilla y al marqués no le quedó otra opción que someterse. Fue castigado con una multa de 20 millones de maravedís, la pérdida del gobierno de Antequera y condenado al destierro. Fernando actuó con la mayor de las durezas con el marqués y no menos con el propio Gonzalo: el castillo de Montilla había sido la casa donde Gonzalo pasó su niñez, era el premio que todo buen vasallo merecía a toda una vida de servicio, y Fernando, en vez de concedérselo ordenó derruirlo con la excusa de que allí habían encerrado a su enviado, y debía servir de escarmiento a la ciudad de Montilla.

No se sabe si por arrepentimiento o por aplacar la ira de Gonzalo (que se enojó, y mucho), le concedió la ciudad de Loja en propiedad. Gonzalo se fue a vivir allí. Loja se convirtió en centro del peregrinaje de los principales de España y embajadores de otros reinos, que acudían a pedir consejo o simplemente por conocer y dialogar con el Gran Capitán. Hubo intercambio de cartas entre Gonzalo y el rey, donde las buenas palabras se alternaban con los reproches y las reclamaciones: Gonzalo le recordaba una y otra vez la promesa que el rey nunca cumplió, de nombrarlo Maestre de la Orden de Santiago, y Fernando se disculpaba con las excusas más absurdas.

Mientras tanto, Gonzalo padecía fiebres cuartanas, contraídas durante sus servicios en Italia. Unas fiebres que poco a poco fueron deteriorando su salud. Pensando que los cambios de aires le beneficiarían, sus últimos años los pasó en Granada, donde murió el 2 de diciembre de 1515. Al enterarse Fernando de su muerte, sintió gran pesar y se vistió de luto él y toda la corte y ordenó que se rindieran honores en toda España. Su viuda recibió una avalancha de cartas mostrando su pesar, una de ellas, del rey Fernando:

«Duquesa prima: vi la letra en que me hicisteis saber el fallecimiento del Gran Capitán; y no solamente tenis vos razón en sentir mucho su muerte porque perdisteis el marido; pero téngola yo de haber perdido tan grande y señalado servidor, y a quien yo tenía tanto amor, por cuyo medio, con ayuda de nuestro Señor, se acrecentó a nuestra corona Real el nuevo reyno de Nápoles; y por todas estas causas, que son grandes y principalmente por lo que toca a vos, me ha pesado mucho su muerte, y con razón. Pero pues a Dios nuestro Señor ansí le plugo, debéis conformaros con su voluntad, y darle gracias por ello, y no fatiguéis el espíritu por aquello en que no hay otro remedio, porque daña a vuestra salud. Y tener por cierto que en lo que a vos y a la duquesa vuestra hija y vuestra casa tocare, tendré siempre presente la memoria de los servicios señalados que el Gran Capitán nos hizo: por ello y por el amor que yo vos tengo, miraré y favoreceré siempre mucho vuestras cosas en todo lo que pudiere, como veréis por experiencia, placiendo a Dios nuestro Señor, según más largamente vos dirá de mi parte la persona que envío a visitaros.

De Truxillo a tres de Enero de mil quinientos y seis años. -Yo el Rey.»

Solo un mes mas tarde, el rey Fernando moría también.

La incorporación de Navarra
Recordemos que los reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix tenían una alianza con Felipe el Hermoso. Pues bien, aquella alianza fue aprovechada para acercarse a Francia, y Fernando pudo descubrir que había un proyecto para que todo el patrimonio de los Foix (Catalina era sobrina del Luis XI, el rey araña de Francia) fuera a parar a los franceses. En ese patrimonio se incluía Navarra. Sin darse cuenta, Juan y Catalina se habían metido en un atrampa en la que Francia no tardaría en reclamarle algunos territorios. Dejó pasar Fernando dos años, ocupado como estaba con los problemas de Castilla, sometiendo a los últimos felipistas. Pero para 1509 le llegaron requerimientos de algunos nobles navarros, preocupados por la creciente influencia francesa, recordándole sus derechos sobre Navarra, al ser hijo de Juan II. En definitiva, le estaban invitando a tomar la corona de Navarra.

En 1512 Francia chantajeaba a los reyes de Navarra para que declarase la guerra a Castilla y Aragón. Muchos en Navarra la consideraron decisión equivocada, y a todas luces lo fue. El 19 de julio el duque de Alba marchaba sobre Navarra sin encontrar demasiada resistencia. El día 23 Juan de Albret abandonó Pamplona refugiándose en Lumbier. Las autoridades de la ciudad reconocían a Fernando como rey de Navarra. Solo hubo dos condiciones: que Fernando jurara los Fueros y que Navarra no perdiera las condiciones de reino. Fernando, no obstante, hizo gala una vez más de su prudencia; y tal como habían venido haciendo siempre él y su esposa Isabel, se aseguró de que su nombramiento como rey de Navarra se ajustaría a la legalidad. Quiso darle una nueva oportunidad a Juan y Catalina. Conservarían sus derechos si le entregaban al heredero como rehén y permitían la presencia de soldados castellanos que velaran por la seguridad del reino en prevención de una invasión francesa. Pero era demasiado tarde, los reyes estaban atrapados en Francia y solo podían obedecer órdenes francesas. Navarra fue incorporada a Castilla, no fue fruto de una invasión militar por ambición del rey Fernando, como se suele contar; fue fruto de acuerdos diplomáticos después de una mala gestión de sus reyes.

Un heredero desconocido
A sus 60 años, a Fernando ya le quedaban pocas cosas que hacer como rey y como hombre. Había tenido un hijo de Germana al que llamaron Juan, pero murió apenas unas horas después de nacer. La pregunta es ¿Qué hubiera decidido Fernando de haber sobrevivido el niño? ¿Lo hubiera nombrado heredero? El pequeño Fernando estaba siendo educado en España. Carlos seguía en Flandes, al cuidado de su tía Margarita, todo un desconocido para Fernando, y sin embargo, destinado a heredarlo todo: Castilla, Aragón, Granada, Navarra, más los reinos italianos y los territorios del Nuevo Mundo. España, a falta de Portugal, estaba unificada, como no lo había estado desde hacía 800 años, cuando el último rey godo fue engañado por los musulmanes procedentes del norte de África.

Era necesario dejarlo todo bien documentado (atado y bien atado). Le gustase más o le gustase menos, Carlos, al que nunca conoció ni llegaría a conocer, era el legítimo heredero. Las Cortes reconocieron y juraron a su nieto. Luego viajó a Tordesillas, donde estaba recluida Juana. En el documento que le presentó su padre debía firmar que, cuando él muriera, Carlos debía hacerse cargo de todos los reinos de España. Siempre había confiado en su padre, esta vez también lo hizo y firmó. Juana nunca fue desposeída del título de reina, pero nunca llegaría a gobernar. Finalmente, Pedro de Quintana viaja a la Corte de Maximiliano certificando a éste de la decisión tomada. El 22 de enero de 1516, el rey Fernando redactaba su último testamento y al día siguiente moría. Carlos, a quien la casualidad le había hecho nacer en un retrete, el destino le tenía reservado hacerse cargo de un gran imperio.

En Valladolid, un jovencísimo rey de apenas 17 años y que lleva pocos meses ejerciendo como tal, y que apenas sabía hablar español, recibe a dos personajes ávidos de aventuras. Uno dice ser navegante, el otro, con cara de loco, se presenta a sí mismo como un experto cartógrafo. Son Magallanes y su socio Faleiro. A Carlos I de España le habían contado la historia de Colón, y a él le tocaba ahora continuar la aventura del Nuevo Mundo. Pero al joven rey le entusiasma la idea de ir más allá, plus ultra, y por eso usará este lema y apoyará la idea de aquellos intrépidos, de ir hasta oriente por occidente, sin ser ni siquiera consciente de que conseguirían no solo eso, sino ser los primeros en dar la vuelta completa al mundo.

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