La historia de Isabel y Fernando

Enrique IV, el Impotente

Corría el año 1469, en Valladolid se casan en secreto dos jóvenes: Isabel, infanta de Castilla y Fernando, príncipe heredero de Aragón. Ella tiene 18 años. Él tiene 17. Se casan en secreto porque el vínculo entre los dos reinos supone una amenaza para Enrique IV, actual rey de Castilla, y sobre todo para su heredera Juana. Enrique es hermano paterno de Isabel, y está dispuesto a hacer cualquier cosa por impedir la boda. Sabe que su hija Juana no las tiene todas consigo para heredar el trono y teme que el vínculo con Aragón sea determinante para que Isabel se haga con la corona. Pero, por qué teme Enrique que a su hija, supuestamente legítima heredera, le sea arrebatado su derecho? Pues porque muchos no creían que Juana fuera verdaderamente su hija, sino de su valido Beltrán de la Cueva.

Enrique era el primogénito de Juan II de Castilla y María de Aragón. Juan quedó viudo en 1445 y volvió a casarse con Isabel de Portugal, de cuyo matrimonio nacerían Isabel y Alfonso. En 1454 moría Juan y su primogénito era proclamado rey como Enrique IV. Vendrían tiempos muy convulsos con este reinado que duraría 20 años. Enrique tenía 29 años cuando heredó la corona, tenía bastante experiencia política a sus espaldas, ya que el reinado de su padre tampoco había sido una balsa de aceite y había tenido que lidiar con los principales magnates de la época. Algunos de ellos, como Álvaro de Luna, acabaron decapitados, otros, como Juan Pacheco, se habían ganado el favor del príncipe y acapararon más poder de la cuenta.

Ahora ya como rey, Enrique se propone reformar un reino que está en horas bajas y firmar acuerdos con Aragón, Francia y Portugal. Se rodea de hombres de confianza como Juan Pacheco, su hermano Pedro Girón y Beltrán de la Cueva. Cerrados estos frentes se propone ahora emprender la lucha contra Granada, último reino moro que queda en la península, aunque sus incursiones resultan ser demasiado caras poco exitosas; y como los nobles tampoco están demasiado entusiasmados en aportar recurso, las campañas quedan aplazadas.

Y como todo rey que se precie de serlo, necesitaba una reina, asunto que resuelve durante las negociaciones con Portugal, donde queda pactada su boda con la infanta Juana de Avís, hermana de Alfonso V de Portugal. El caso es que, Enrique ya estaba casado. ¿Entonces, por qué buscó otra esposa? Ya se había casado a los 15 años con Blanca de Navarra, también de 15 años, hija de Juan II de Aragón (que también fue rey consorte de Navarra) y por lo tanto medio hermana de Fernando, el futuro marido de Isabel.

No, por supuesto que el divorcio no existía y las separaciones eran complicadas en la época, pero había un asunto que permitiría buscar una fórmula para anular el matrimonio. Una fórmula que puede calificarse de ridícula, al menos hoy día, porque en aquel momento funcionó. Se argumentó que el rey había sido víctima de un hechizo que lo dejó impotente, y como tal, le había sido imposible consumar su matrimonio con la navarra. Muy raro todo esto, pues se supone que si eres impotente tampoco vas a funcionar con otra; o quizá sí, la portuguesa lo ponía más cachondo, vete tú a saber.

Enrique fue conocido desde entonces con el sobrenombre de “el Impotente”, o puede que ya lo conocieran por este mote, porque su impotencia fue hecha pública mucho antes. Cuentan los cronistas de la época que Enrique jamás sintió interés por su primera esposa y por eso nunca consumó su unión. Esto fue lo que escribieron en su día:
«La boda se hizo quedando la princesa tal cual nació». «Durmieron en una cama y la princesa quedó tan entera como venía»

¿Por qué están los cronistas tan seguros de que el chaval no le metiera mano? Pues porque en la Corte tenían ya la mosca detrás de la oreja al ver que la parejita no daba descendencia e hicieron venir a los médicos a ver qué cable era el que no daba corriente. Estudiada a fondo la muchacha, y viendo que estaba sana como una rosa, decidieron estudiar al pollo, llegando a la conclusión de que no funcionaba.

«Los físicos y cirujanos vinieron a curarlo, hicieron manifestación pública de su impotencia y por esta causa vino en aborrecer a su esposa, mandándola salir de su reino, pesándole a todos la injusticia».
En su momento, esta disfunción fue achacada a los excesos de juventud, ya que por lo visto fue un juerguista. ¿Juerguista antes de los 15 años? Y luego hablan de la juventud de hoy en día. Pero esto es lo que cuentan de Enrique:
«Abusos y deleites que la mocedad suele demandar y la honestidad debe negar, de los que hizo hábito, y de ahí vino la flaqueza de ánimo y disminución de su persona.»
Cuesta creer que antes de los 15 años ya fuera un vivalavirgen y todo apunta a que son habladurías, ya que Enrique se había ganado un buen número de enemigos durante los últimos días del reinado de su padre, que tuvo sus más y sus menos con el tal Álvaro de Luna. Enemigos que iban a poner inmediatamente en marcha una campaña de difamación contra Enrique. Es por eso que todo cuanto cuentan los cronistas de la época hay que cogerlo con pinzas. Pero sea como fuere, aquí lo tenemos, dispuesto a casarse de nuevo.

Faltaba un último detalle, el más importante de todos y que incumbía muy mucho a la parte portuguesa: todo matrimonio entre familias reales se hacía con unos intereses políticos que no son otra cosa que contraer alianzas. Y la reafirmación y confirmación de toda alianza se producía con la descendencia nacida de estos matrimonios. Pero en vista de que Enrique era impotente… ¡No! No habría problema, Enrique era víctima de un hechizo, pero solo afectaba al matrimonio con la navarra. Pero los portugueses no se fiaban y hubo que aportar pruebas.

Enviaron emisarios a los prostíbulos que creían frecuentados por Enrique y se interrogó a toda mujer que supuestamente había sido su amante. Todas dijeron que sí, que Enrique era un semental con el brío de un morlaco, el típico macho ibérico. Aun así, los clérigos que se encargaron de la anulación de su matrimonio con Blanca exigieron unas cláusulas donde debía quedar claro que si en un plazo de tres años y medio no había descendencia el matrimonio con Juana quedaría invalidado y debía volver con la navarra. «Si no obiese hijo o hija, tornase a tomar por mujer a la Princesa Blanca». Esta cláusula nunca llegó a cumplirse, aunque hubo motivos para acudir a ella.

Luis Vázquez de Acuña, obispo de Segovia anuló el matrimonio y poco después llegaba la confirmación del papa Nicolás V, que ya de paso enviaba también la dispensa para que Enrique se casara con su prima Juana la portuguesa. En mayo de 1555 se casaban en Córdoba. Pasaron los tres años y medio y no hubo descendencia. Ni a los cuatro, ni a los cinco. Tiempo suficiente para que, contrato en mano, se anulara el matrimonio y Enrique tuviera que admitir de vuelta a Blanca, pero había problemas de sobra en el reino como para averiguar si los reyes cumplían en la cama.
Enrique encargó brebajes de todo tipo a sus embajadores italianos. Hubo expediciones a África para que cazaran rinocerontes y le trajeran el mítico cuerno de unicornio. Vino también a verlo un reputado médico alemán. Pero todo fue inútil, Enrique no conseguía procrear. ¿Impotencia, esterilidad, un nuevo hechizo? Esto último fue lo que el pueblo empezó a creer. Y entonces, Enrique comenzó a adoptar un estilo de vida bastante desordenado y escandaloso. Y en esta conducta, es donde viene a quedar claro cuál era el verdadero problema de Enrique.

El historiador, médico y científico don Gregorio Marañón hizo un análisis profundo sobre la impotencia de Enrique IV y afirma lo siguiente:
«Está, sin duda, relacionada con su inclinación homosexual, su famosa afición a los árabes de los que, como es sabido, tenía a su lado una abundante guardia, con escándalo de su reino y aun de la cristiandad. Es sabido que en esta fase de la decadencia de los árabes españoles, la homosexualidad alcanzó tanta difusión que llegó a convertirse en una relación casi habitual y compatible con las relaciones normales entre sexos distintos.»

Las pinturas de la época dejan claro que Enrique se sentía atraído por la vestimenta y decoración mora, nada que objetar. Alfonso VI también se sentía atraído por esta decoración que llegó a la corte de la mano de su amante mora y luego esposa Zaida. Pero aquí los amantes de Enrique eran los componentes de su guardia personal mora, heredada de su padre. Si hacemos caso a los comentarios que salían filtrados de palacio, Enrique montaba verdaderas orgías con los moros a las que asistía sin problemas su esposa Juana. Una inmoralidad que criticaba e irritaba al pueblo. Y por si fuera poco, Enrique se permitió tener una aventura, esta vez con una mujer, Guiomar de Castro, dama de compañía de la reina.

¿Qué le ocurría realmente a Enrique? Después de todo lo visto y leído de historiadores y expertos, podemos concluir sin equivocarnos demasiado que Enrique padecía un trauma provocado por su prematuro y obligado matrimonio con Blanca. Desde muy joven se sintió atraído por la guardia mora de su padre. Blanca no le atraía en absoluto, y verse obligado a mantener relaciones con ella para dar a los demás el esperado heredero le provocó un trauma que acabó en impotencia. Las orgías montadas con la guardia mora donde asistía Juana pudieran ser una forma de excitación para tener a la reina cerca en el momento oportuno y dejarla embarazada, y su aventura con la dama de compañía una forma de estimularse y comprobar si funcionaba con otras mujeres. (Esto es solo una opinión personal del que escribe). Nada de esto dio resultado. ¿O sí? Porque Juana llegó a quedarse por fin embarazada.

Todo esto parece cierto, pues lo afirman los cortesanos de palacio, aunque lo exageren los cronistas que se empeñaban en difamar la figura de Enrique. Fueron estos cronistas los que consiguieron que el pueblo aborreciera a Enrique y volvieran la vista a otra parte, donde permanecían olvidados el resto de la familia real que Enrique no quiso tener a su lado una vez muerto su padre. Confinados en el castillo de Arévalo, en Ávila, estaban Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan II, y junto a ella sus hijos Isabel y Alfonso, medio hermanos de Enrique. Pero el rey tenía además otros problemas: los continuos conflictos con la nobleza.

Desde la caída de Roma se fue instaurando un sistema de gobierno por el cual unos vasallos se ponían al servicio de un señor. Magnates con títulos nobiliarios que gobernaban y defendían parte del reino a cambio de privilegio otorgados por la corona. De esta manera la nobleza llegó a alcanzar tanto poder que en ocasiones no les era demasiado difícil poner en jaque al rey. Fue el caso de Álvaro de Luna, que finalmente acabó decapitado. Muerto Juan II habían emergido alrededor de Enrique otros magnates que, como cuervos carroñeros se disputaban el enorme patrimonio que había dejado el Luna. El más peligroso de todos Juan Pacheco, pues como ayo y valido era el más cercano al rey. Ante el riesgo que corría, Juana Pimentel, la viuda del Luna actuó con un golpe de efecto casando a su hija con Íñigo López de Mendoza, nieto y heredero del marqués de Santillana. Ahora, la viuda del Luna y toda su fortuna pasaban a formar parte del poderosísimo clan de los Mendoza y Pacheco se quedaba con dos palmos de narices y cagándose en su pm. Porque por mucho que fuera el ayo de Enrique, los Mendoza siempre habían sido fieles a la corona y el rey no se atrevería a ir contra ellos. En cualquier caso, Pacheco era un tipo muy peligroso.

Juan II de Aragón

Los problemas de Juan II de Aragón

El rey Juan II de Aragón, hijo de Fernando de Trastámara (conocido también como Fernando de Antequera) tenía un gran problema en Cataluña y andaba intentando aplacar una guerra que duraba ya demasiado. Todo empezó con la revuelta de 1460 después de que los catalanes se sublevaran por haber encarcelado a su propio hijo, Carlos de Viana (Viana era el título que recibían los herederos a la corona de Navarra). ¿Por qué encarceló Juan II a su hijo? Vamos a verlo, pero antes, una curiosidad en la que algunos habrán reparado: aquí hay Juanes por todas partes y más que irán apareciendo: Juan II de Castilla, Juana de Portugal y ahora este Juan II de Aragón, en fin, siglos atrás abundaron los Alfonsos y a finales del siglo XV son los Juanes y las Juanas.

A la muerte de Carlos III de Navarra, su hija Blanca hereda la corona y Juan, que estaba casado con ella pasa a ser rey consorte. De su matrimonio con Blanca nacería su hijo Carlos, un niño que le iba a traer muchos disgustos. Blanca murió dejando un testamento envenenado. Siendo Juan rey consorte, el heredero a la muerte de Blanca debía ser su hijo, y Juan, como extranjero, debía abandonar Navarra, eran ese tipo de cláusulas que se recogían en las extrañas capitulaciones de aquellos matrimonios políticos de conveniencia. Sin embargo, Blanca no quiso perjudicar a su marido y redactó un testamento en el cual pretendía beneficiarlo, aunque el efecto que provocó fue el de un follón familiar del copón. En él decía lo siguiente respecto a la sucesión:
«Y aunque el príncipe, nuestro muy amado hijo, pueda, después de nuestra muerte (habla en plural pero se refiera a su muerte, la de ella), por causa de herencia y derecho reconocido, intitularse y nombrarse rey de Navarra y duque de Nemours, no obstante, por guardar el honor debido al señor rey su padre, le rogamos, con la mayor ternura que podemos, de no querer tomar estos títulos sin el consentimiento y la bendición del dicho señor padre»
Blanca dejaba en herencia la corona a su hijo, sin embargo, le rogaba tiernamente no tomar los títulos por respeto a su padre, sin el consentimiento y bendición de éste. Pero un ruego no es una prohibición, y así lo entendió el niño. No lo entendió así el padre, que interpretó que si él no daba su aprobación no podría ser rey. Aquellos tiras y aflojas no llevaron a otra cosa que a una guerra civil entre padre e hijo.

El 23 de octubre de 1451 los beamonteses, partidarios de Carlos, y los agramonteses, partidarios de Juan, se enfrentaron en Aibar, donde Carlos fue derrotado y hecho prisionero. Sin embargo Juan decide finalmente dejarlo en libertad después de llegar a un acuerdo con él. Nada más verse libre, Carlos corre a Nápoles buscando a su tío Alfonso para pedirle que interceda por él. Alfonso V de Aragón era también rey de Cerdeña, de Cicilia, de Mallorca, y algunos sitios más. Y se ve que el tío tenía debilidad por el sobrino y pidió a su hermano Juan que le dejara reinar en Navarra: ¡pero hombre, Juanito, para qué coño quieres tú reinar en Navarra, con lo bestias que son por allí! A cambio lo nombró lugarteniente de Aragón y Cataluña, mientras él se ocupaba de algunos asuntos allá en Italia.

Juan no perdió el tiempo y gobernó apoyando a los más desfavorecidos, los payeses catalanes, al tiempo que se ganaba la enemistad de los nobles, cosa que le vendría muy bien a su hijo Carlos para conspirar de nuevo contra su padre. Su tío Alfonso moría poco después en 1458 y como no tenía descendencia, Juan heredaba la corona de Aragón para disgusto de la nobleza catalana. Carlos de Viana esperaba, como primogénito, ser también heredero de la corona aragonesa. Pero Juan se la tenía echá en agua y dijo que nanai. Para eso tenía ya otro hijo más noble nacido de Juana, el heredero de la Corona de Aragón sería Fernando (ya es raro que no le llamaran Juan).

Fernando nació el 10 de marzo de 1452 en Sos estando su padre inmerso en las disputas contra su medio hermano Carlos de Viana. Su madre, Juana Enríquez, cuando vio llegado el momento salió de Navarra porque quería que su hijo naciera en territorio Aragonés. Ella intuía que algún día sería el heredero y no quería que nadie pudiera decir que los gobernaba un rey forastero. A los seis años ya recibió de su padre los títulos de duque de Montblanc y conde de Ribagorza. No serían los últimos.

En 1460 se firmaba en Barcelona un nuevo acuerdo de reconciliación entre Juan II y su hijo Carlos, que esperaba ser reconocido heredero a la Corona de Aragón, pero Juan estaba ya muy resentido con su hijo navarro y tenía los ojos puestos en Fernando. Carlos no cumplía los acuerdos y constantemente acudía en busca de apoyos para conspirar contra su padre. Por tanto, Carlos se quedaba sin que se reconociera su primogenitura.
Aquello no hizo más que aumentar la inquina de Carlos por su padre, llevándole a conspirar de nuevo llegando a ciertos acuerdos con el rey de Castilla. A Enrique le venía muy bien deshacerse de su hermanastra Isabel casándola con Carlos, y de esta manera él contraía vínculos con Castilla para fortalecerse contra su padre.

Enterado Juan II, a través de sus espías, ordenó detenerlo. Cuentan que le presentaron un documento que demostraba las intenciones de Carlos, pero no pudo verlo porque las cataratas lo habían dejado ciego. Un médico judío de Barcelona le devolvería la vista poco después operándole. La detención reavivó la guerra civil en Navarra y provocó un levantamiento en Cataluña, que sería el prólogo de otra guerra civil. Juan tuvo que ponerlo de nuevo en libertad. Carlos entra de manera triunfal en Barcelona apoyado por los nobles que ven en él un símbolo. Y mientras tanto los beamonteses se levantan otra vez en Navarra apoyados por un ejército Castellano; Enrique IV mete las narices en Navarra.

Juan no puede atender tantos frentes y por eso su esposa Juana intenta negociar con Carlos, que en ese momento se encuentra arropado por los nobles catalanes. El acuerdo se firma, Carlos consigue que le sea reconocida su primogenitura y además introduce unos capítulos imposibles de cumplir: los nobles catalanes, intentando pillar tajada, quieren hacerse con el control de los castillos navarros. También quedaba prohibida la entrada del Rey a Cataluña sin el permiso de las autoridades. Y varias insolencias más por el estilo, de las cuales se desprende que Carlos no era más que una mera marioneta entre la oligarquía catalana. El 24 de junio se celebra en la catedral de Barcelona la solemne proclamación de Carlos de Viana como Lugarteniente General de Cataluña. El 31 de julio se reconoce, además, su primogenitura. Poco le duró su entusiasmo. Durante los tres meses que ejerció como gobernante fue manipulado al antojo de la nobleza, la cual lo trataban como a un inútil, en realidad nunca fue tan fiero y sus enfrentamientos con su padre siempre obedecieron al deseo y manipulación de quienes lo rodearon tanto en Navarra como en Cataluña.

Carlos de Viana moría en Barcelona el 23 de septiembre de 1461, con 40 años de edad. Juana Fernández, su madrastra fue acusada de haberlo envenenado y Juan de haber ordenado su ejecución. Nadie pudo averiguar nunca cómo murió, Juan II recuperaba la gobernación de Cataluña y dejó bien claro su enojo por tales acusaciones, tenía por delante un largo conflicto, pero todo aquello dejaba vía libre para que nada se interpusiera en el ascenso al trono de Fernando.

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