Vivar entre 1045  y 1047 – Valencia 1099

Si alguna vez oyó usted hablar de caballeros medievales, espada y lanza en ristre, con armadura incluida, que protagonizaron gestas heroicas y románticas, y cree usted que son solo fruto de la leyenda y la literatura, se equivoca. Los caballeros medievales de esta índole existieron, y una prueba de ello la tenemos en el gran héroe que fue Rodrigo Díaz, el Cid Campeador. No obstante, es cierto que este personaje está envuelto en una mezcla de leyenda y misterio, y muchas de sus hazañas se consideran hoy fruto de la imaginación de los autores del famoso Cantar de Mio Cid, publicación que ha aportado datos históricos y confusión al mismo tiempo.
Y es que el Cantar de Mio Cid está escrito desde el punto de vista de la admiración y se adorna y se envuelve al personaje en una aureola de misticismo. Pero esto a su vez dice mucho en favor del Cid, pues, alrededor de toda leyenda hay una historia verdadera. Mucha admiración dejó tras de sí Rodrigo Díaz para que más tarde se le atribuyeran tantas y tan míticas cualidades. Pero, ¿que hizo el Cid para que se le tenga por un gran héroe y se le mitifique hasta tal extremo? Primero habría que separar la historia de la leyenda, y en eso se han empleado a fondo algunos historiadores, gracias a los cuales hoy tenemos una imagen del Cid mucho menos difusa.

 

Rodrigo Díaz, al que se le suele añadir el segundo apellido de Vivar, porque se cree que nació en esta villa burgalesa entre 1045 y 1050, llegó muy joven a la corte de Fernando I y allí estuvo al servicio del infante Sancho. Fernando I deja en herencia un reino fragmentado y queda repartido de la siguiente manera: León para Alfonso, Castilla para Sancho, y Galicia para García. A Urraca, la hermana, se le conceden ciertos privilegios sobre Zamora. Pero Sancho no está conforme con el reparto y entra en disputa con Alfonso una vez muerto el padre. Los hermanos llegan a un acuerdo: se enfrentarán ambos ejercitos y el vencido cederá su reino al vencedor. Alfonso sale vencido pero no cumple el acuerdo. Mientras tanto, Galicia es un foco de problemas que García no puede controlar, por lo que Sancho y Alfonso se ponen de acuerdo para arrebatar este reino a su hermano y repartirselo entre ellos. Vuelven las disputas entre Sancho y Alfonso. Según Sancho, se debe respetar la tradición goda que no permite la división de los reinos, por lo que, la totalidad de León, Castilla y Galicia le pertenecen al ser el primogénito. Y según Alfonso, se debe respetar la voluntad del rey.

 

Un nuevo enfrentamiento armado es inevitable, pero esta vez, la cosa va en serio y la batalla no fue una simple escaramuza como la anterior. Sancho sale vencido de la primera refriega, pero Rodrigo Díaz, alférez de Sancho, anima a las tropas, y poniéndose al frente de ellas las lleva a la victoria. A Alfonso esta vez no le queda más remedio que ceder su reino. Ahora Sancho II es el único rey de León, Castilla y Galicia. Pero en Zamora está doña Urraca, la hermana mayor, que no está dispuesta a que Sancho se salga con la suya en perjuicio de su hermano favorito, Alfonso.

 

Sancho muere a las puertas de Zamora, traicionado por alguien que se había ganado su confianza, y Alfonso VI vuelve a ser rey, y esta vez de todos los reinos juntos. Rodrigo era un gran conocido de Alfonso, por supuesto, y éste conocía bien la valentía y gallardía del que fuera alférez de su hermano, por lo que no es de extrañar que pasara a ser uno de sus hombre de confianza. Pero Rodrigo Díaz tenía un carácter demasiado… hoy diríamos muy echado pa lante. Demasiado propenso a tomar iniciativas. Además, por lo visto su carácter no era muy compatible con el del rey. Hay quien dice que Alfonso llegó a creer que Rodrigo conspiraba contra él. Sea como fuere, Rodrigo fue desterrado por dos veces, y los verdaderos motivos no están del todo claros. Y fue durante estos destierros que Rodrigo creó una leyenda en derredor suyo, luchando al lado de reyes moros y cristianos, aunque esto no nos debe llevar a confusión, pues el Cid no luchó ni a favor de la causa musulmana ni en contra de la causa cristiana. Sí lo hizo contra una nueva invasión mora que tendría lugar en aquella época.
Charlton Heston
Fotograma de El Cid 

 

Campeador, vencedor en el campo de batalla

Dícese que derrotó nada menos que al principal caballero de Navarra. En una disputa por unos territorios entre el rey navarro y Sancho de Castilla, acordaron resolver el conflicto de una forma muy habitual en aquella época: enfrentando a sus mejores caballeros; evitando así un derramamiento de sangre innecesario. ¿Y quien era el mejor caballero de Castilla según su rey? Rodrigo Díaz, a pesar de ser aún muy joven. Los navarros no daban crédito a lo que veían, el caballero castellano tenía la apariencia de un niño inofensivo, mientras el navarro era un guerrero fornido. El caballero navarro se llamaba Jimeno Garcés, y por lo que dicen, no le mató, simplemente le venció. Sí, contra todo pronóstico venció.

 

Y es que, aunque para los navarros era solo un niño inofensivo, los castellanos sabían muy bien cómo se las gastaba el joven Rodrigo en el campo de batalla. El territorio en disputa pasó a manos del rey Sancho.
Cuando Sancho murió asesinado a las puertas de Zamora, los reinos de Castilla, León y Galicia pasaron a ser gobernados por su hermano Alfonso. Rodrigo Díaz también pasó a formar parte de las huestes de Alfonso. Una de las primeras misiones de confianza que se le encomendaron fue ir hasta Sevilla a cobrar las parias (impuestos que los reyes cristianos cobraban a los reinos de taifas en que Al-Ándalus se había dividido y por tanto debilitado.)
Un día del mes de septiembre del año 1079, cualquiera que deambulara por la sierra de Cabra (perteneciente al reino de Granada en aquella época y a la provincia de Córdoba en la actualidad) hubiera sido testigo presencial y privilegiado de lo que acontecería en las mismas faldas de esa sierra: un gran combate. Desde Priego se acercaba un ejército. Unos dos o tres mil guerreros a caballo. Lo más asombroso, es que aquel ejército estaba formado tanto por moros como por cristianos. En realidad aquel ejército provenía de Granada. La sierra entera temblaba, pues ahora, por la izquierda, desde Cabra, se acercaba otro ejército que provenía de Sevilla. ¿Qué estaba ocurriendo? Que estos dos ejércitos se iban a enfrentar. De pronto la tierra dejó de temblar. Ambos ejércitos quedaron en formación como a media milla de distancia. Quietos. Esperando el momento.Varios caballeros de ambos bandos se adelantaron, y después de estar reunidos brevemente volvieron a sus formaciones. Debieron estar intentando algún acuerdo para evitar el enfrentamiento. Pero fue evidente que no hubo tal acuerdo. El momento llegó. En un lado y otro debieron dar la orden de ataque, porque los contendientes se lanzaron a la carga unos contra otros. Una gran polvareda iba quedando detrás de cada grupo atacante. Y cuando se produjo el choque, se escuchó el chirriante chasquido que producía el metal, deslumbrante a veces, de miles de espadas al cruzarse.
Hubo luego una retirada de ambos grupos para arremeter enseguida otra vez. Los de Granada llevaban las de perder, pues los de Sevilla estaban dirigidos por un gran guerrero que era todo furia y valor: Rodrigo Díaz, el Campeador. El ejército de Granada estaba formado por moros de la propia Taifa de Granada, y los cristianos eran soldados del rey Alfonso y comandados por su lugarteniente García Ordóñez. El ejército proveniente de Sevilla eran soldados de Rodrigo Díaz comandados por él mismo, por el Campeador. El motivo de la refriega es algo complejo. Tanto Sevilla como Granada eran tributarios del rey Alfonso, y Rodrigo había acudido a Sevilla a cobrar las parias. ¿Y a qué había venido García Ordóñez a Granada? ¿A cobrar las parias también? No, lo hubiera hecho Rodrigo en el mismo viaje. Ordóñez había venido a meter cizaña entre Granada y Sevilla. Si algo había que temían los reyes cristianos era que las Taifas hicieran alianzas, por temor a que se revelaran. Cuanto más divididas, más débiles y menos temibles eran. Alfonso, que tenía sus espías dentro de cada Taifa, debió enterarse de algún complot entre Granada y Sevilla. Así que envió a un pequeño ejército hasta Granada con la excusa de socorrerlos. Ordoñez le metió en la cabeza al rey granadino que el sevillano estaba urdiendo un plan para invadirlos y apoderarse se su Taifa. Así que ni cortos ni perezosos los granadinos salieron hacia Sevilla junto a Ordoñez, a darles a los sevillanos su merecido. Pero he aquí que el rey Alfonso no había calculado bien el plan, pues por allí andaba Rodrigo cobrando las parias. O quizás pensó que se cruzarían sin verse. Pero el caso es que, Rodrigo se enteró de que un ejército cristiano, además del suyo andaba por el sur de España. Y cual sería su sorpresa al comprobar de quienes se trataba.
¿Y por qué razón se enfrentó Rodrigo a Ordóñez? Después de todo, ambos eran soldados del mismo rey. Podría haber seguido su camino de vuelta después de cobrar las parias y no intervenir en algo que el propio rey había ordenado. Porque el cobro de parias llevaba implícito un compromiso con el reino que las pagaba. Su defensa, ayuda y garantía de paz. Y para que los reinos moros siguieran pagando sin quejarse había que hacer cumplir ese compromiso. El mismo motivo que llevó a Ordóñez hasta Granada fue el que llevó a Rodrigo a defender Sevilla: la ayuda y protección. En el caso de Ordóñez, el motivo era una falsedad. Pero lo de Rodrigo era auténtico, como él mismo. Y el Campeador no dudó ni un instante en hacer lo que debía hacer, defender Sevilla; fuera quien fuera su atacante. Rodrigo venció a Ordóñez y le hizo prisionero, para soltarlo poco después. Y además dio una lección de lealtad y caballerosidad, aunque esto le enemistara con Ordóñez, que se la juró para siempre. ¿Y el rey Alfonso, cómo se tomó aquel atrevimiento del Cid? Por lo visto tuvo que darle la razón y no tomó represalias contra él. Pero aquel carácter firme, decidido y caballeresco de Rodrigo le costaría más de un disgusto, pues el rey llegaría a perder la paciencia con él.
Rodrigo Díaz, a quien los moros apodarían el Cid, mi señor, (y esto da una idea del respeto que llegó a ganarse de ellos) llegó a tener un gran ejército propio, se cree que unos 7000 infantes y unos 3000 caballeros, que nunca conocerían la derrota. Llegó a tener tanto poder que hasta el rey Alfonso le temía. Pero el Cid, a pesar de no entenderse demasiado bien, nunca llegó revelarse contra su rey, aunque en alguna ocasión llegara a enseñarle los dientes, y al que, en cierto modo, siempre guardó fidelidad. Pero Rodrigo tenía muy claro que con Alfonso no había nada que hacer, y uno de los reino que el rey de León y Castilla siempre anheló, terminó conquistándolo para quedárselo hasta su muerte: el reino y la ciudad de Valencia. ¿Y cómo murió el Cid? Pues no, no murió guerreando, ni ganó ninguna batalla después de muerto, como se dice o se muestra en alguna película. Murió de muerte natural en Valencia.

Para saber más: El Cid, entre la historia y la leyenda

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