La hora de Sanchuelo
Cuando el cadáver de Abd al-Malik llegó a Córdoba, allí estaba esperándole su hermano Abderramán, al que llamaban Sanchuelo. Sobre él recaía ahora, como heredero, todo el poder de la dinastía amirí. Abd al-Malik había muerto demasiado joven. Y por eso se dispararon de inmediato las habladurías. ¿Qué habladurías? Pues comenzó a decirse que lo más probable era que un veneno hubiera acabado con su vida. ¿Un veneno? Aclaremos algunas cosas.

Todo apunta a que Abd alMalik murió en combate o que murió a su regresó a Córdoba debido a una herida. Pero las crónicas moras eluden siempre reconocer derrotas o, como sucedió con la muerte de Almanzor, lo maquillan todo para no reconocer su muerte en combate y lo achacan a una enfermedad.

De esta forma, no solo se evita colgar medallas a los cristianos, sino que se da más gloria a sus mandatarios o dictadores al ensalzar su osadía de querer seguir luchando, aún cuando hacía meses, si no años, que padecían una grave enfermedad. La semejanza de la muerte de Abd alMalik con la de su padre es más que evidente, como es más que evidente que todo está maquillado para adaptarlo a una crónica que le cuesta reconocer una victoria cristiana. Por lo tanto, al hacer correr la voz de que Abd alMalik había muerto de enfermedad, pronto se comenzó a decir que esta enfermedad había sido provocada por un veneno.

¿Y sobre quién recaerían las culpas? Sobre el único a quien podía beneficiar su muerte, sobre Sanchuelo, su hermano. Tales sospechas no son para nada descabelladas teniendo en cuenta que Sanchuelo no gozaba de demasiada popularidad en Córdoba. Para empezar, era hijo de una cristiana. Bueno, nada a lo que los cordobeses no estuvieran ya acostumbrados, Hisham, el califa también lo era. Que por cierto, muy buenos colegas que eran los dos. Pues precisamente, por eso le hacía ser más sospechoso todavía.

No habíamos hablado todavía de este personaje, Sanchuelo, aunque ya se ha dicho que era hermano de Adb alMalik y heredero en la dinastía amirí, por lo tanto era hijo del dictador Almanzor. Lo que sí habíamos contado en alguna ocasión es que el califa Hisham, en su encierro permanente en su fortaleza palacio, no se dedicaba en exclusiva a orar, sino que se corría alguna que otra juerga con sus colegas. Y entre estos colegas se encontraba precisamente Abderramán Sanchuelo. ¿Y por qué le llamaban Sanchuelo? Por ser hijo de una navarra, la hija de Sancho III Garcés. Decían que tenía un gran parecido con su abuelo, y de ahí, de Sancho, viene lo de Sanchuelo.

El tema de querer enmascarar la derrota en la que probablemente Adb alMalik perdió la vida hizo correr el rumor del envenenamiento, y como no era más que eso, una forma de maquillar su muerte, nunca apareció ni una sola prueba de que Sanchuelo envenenara a su hermano. Pero a la fama de juerguista se añadía la de ambicioso. Ambición que demostró nada más enterrar a su hermano y la rapidez con que se hizo investir nuevo rey.

Buenos colegas
El diminutivo Sanchuelo era casi un mote despectivo, pues este hijo de Almanzor estaba considerado un segundón dado al vicio, a la bebida y a las juergas. Y ahora que todo el mundo lo señalaba como asesino de su hermano, era incluso odiado. Sanchuelo podía ser un vicioso, pero había sabido sacar provecho precisamente de eso, de los vicios y las juergas. ¿Y quién era el compañero de juergas de Sanchuelo? Hisham, el califa. Se dice que en sus frecuentes fiestas abundaban las bailarinas, lo bufones y los homosexuales. Todo apunta a que tanto Sanchuelo como Hisham lo eran. Y si Sanchuelo consiguió lo que consiguió… bueno, ¿qué no haría un califa por su amante? Sin influencias políticas, sin tramas corruptas, sin mancharse las manos de sangre, Sanchuelo consiguió mucho más que su padre y su hermano juntos, consiguió ser heredero al califato.

Sanchuelo tenía 25 años y el califa Hisham estaba cercano a los 50. Sabía que el poder y la monarquía impuesta por su padre era cualquier cosa menos legítima, apuntalada y sujeta solo por la fuerza de las armas y el terror. Sanchuelo sin embargo, se aseguraba de esta forma, que una vez muerto Hisham, la dinastía amirí heredara de forma “legítima” el califato. Así lo firmó Hisham en un documento, puesto que no tenía hijos. ¿Y qué opinaban de todo esto los cordobeses? Humillación, esto era lo que sentía la aristocracia cordobesa. Se había tolerado sin remedio el terror impuesto por Almanzor, se había tolerado el encierro del califa, se había tolerado que el dictador se asegurara su continuación. Pero esta vejación a la que se había sometido ahora a los descendientes de Abderramán III… esto ya no podía tolerarse. Sanchuelo se había pasado de listo y el califa Hisham, además, sería visto a partir de ese momento como un traidor.

Pero los aristócratas no serían los únicos enemigos que Sanchuelo se crearía. Ahora iba a ponerse en su contra, además, el pueblo. ¿Qué pasó para las masas se pusieran en contra del nuevo dictador? Que Sanchuelo quiso imponer una nueva moda en la forma de vestir. Suprimió esos gorros llamados bonetes, que eran genuinos árabes y los cordobeses tenían como prenda propia, por los turbantes bereberes, prenda propia de una casta a la que los omeyas no tragaban. El por qué de este capricho habría que buscarlo en el apoyo que Sanchuelo quería ganarse por parte de los bereberes, ya que, sabía que el de los omeyas lo tenía perdido desde el momento en que anunció que él sería el nuevo califa cuando Hisham abandonara este mundo.

Estamos en el año 1008. En León reina Alfonso V con solo 16 años y bajo la rgencia de su madre. Este niño recibe una carta. Le ha escrito Sanchuelo y en ella le pide que León siga siendo vasallo de Córdoba. Pero este niño está ahora envalentonado viendo como Castilla ha vencido a su hermano Abd alMalik y Navarra les apoya. Se acabó la dictadura amirí. Esta es la respuesta que Sanchuelo recibe:
«Por Dios, si yo estuviese durmiendo y Abderramán avanzase con todos sus ejércitos, no me despertaría por ello»
A Córdoba se le ha perdido ya el respeto por completo. Sanchuelo tiene que hacer algo, porque con la tormenta desatada en Córdoba y la falta de respeto del rey niño de León, su prestigio está por los suelos. ¿Podían torcerse más las cosas? Sí, podían, porque le llegan noticias de que en la frontera hay movimientos. Los cristianos que vencieron a su hermano quieren más.

Golpe de estado
Tal vez el tema de los cristianos jugaría a favor suyo. Sanchuelo necesitaba hacer algo urgentemente, algo que hiciera que le vieran con buenos ojos. Los cristianos se lo estaban poniendo en bandeja. Acudiría a la frontera, se enfrentaría a ellos y los vencería. Después de todo, todavía contaba con el ejército más numeroso que nadie hubiera visto jamás en la península Ibérica. No había nada que temer. El revés recibido por su hermano fue mala suerte. O por su mal proceder, quién sabe. Pero él, Abderramán, al que llamaban Sanchuelo, iba a poner de nuevo a los cristianos en su sitio y volvería victorioso, se pasearía triunfalmente por Córdoba y todos, omeyas y bereberes, además de las masas del pueblo, tendrían que reconocer su valía.

Pobre Sanchuelo, las juergas y las correrías no le habían dejado ver que desde hacía muchos años, la trama estaba preparada, había ido madurando cada día y cada año. Cada vez que esta trama había sido desenmascarada, cada cabeza que había rodado, no había hecho sino ir madurando. Solo era necesario el momento oportuno. Y ese momento había llegado. Sanchuelo había propiciado una situación inmejorable. Se había hecho odiar tanto por el pueblo como por la aristocracia, y estaba a punto de abandonar la ciudad. Era la ocasión perfecta, ahora o nunca.

Tanto necesitaba Abderramán Sanchuelo congraciarse con los cordobeses, que no le importó que fuera invierno para salir y enfrentarse a los cristianos, cosa poco frecuente iniciar campañas en esta estación. Hacia el norte salió el flamante dictador movilizando gran cantidad de efectivos. Hasta su propio harén con sus 70 mujeres le acompañaron. Sí, la mujeres también le gustaban. Estaba finalizando febrero y se hallaban en las cercanías de Toledo, cuando Sancuelo recibió un wasap que le dejó de piedra. El mensaje le ponía al corriente de lo que estaba aconteciendo en Córdoba. Aprovechando su ausencia, un omeya bisnieto de Abderramán III llamado Muhammad encabezó una revuelta que había acabado nombrándole nuevo califa.

El 15 de febrero había sido asaltado el palacio de Medina Azahara. Al califa Hisham le fue respetada la vida a condición de que abdicara en Muhammad. Al día siguiente, el asalto se produce en Medina Al-Zahíra, la residencia construída por Almanzor, y una vez reducida la guardia, que opuso nula resistencia, la cidad residencia de los amiríes fue sometida al saqueo y más tarde a una concienzuda destrucción. Tan concienzuda, que no quedó un ladrillo sobre el otro y hoy día, apenas quedan mínimos restos de la que desde un principio fue considerada una abominación y un desafío al califato. El día 25, el nuevo califa presidía la oración colectiva y hacía anunciaba que se había declarado la guerra santa a Abderramán Sanchuelo. Empezaba en Córdoba la guerra civil.

 

La desintegración del califato 
La voz del golpe de estado en Córdoba se corrió como la pólvora entre el ejército de Sanchuelo. El resultado fue que los bereberes desertaban a cientos. Sanchuelo pone rumbo a Córdoba, pero a medida que avanza, las deserciones aumentan. Muy cerca de la capital es interceptado por tropas del nuevo califa Muhammad. A Sanchuelo le quedan tan pocos soldados, que hacerles frente hubiera sido una insensatez, por lo que decide ponerse a salvo con su harem de 70 mujeres. ¿Dónde refugiarse? Muy cerca de donde se encontraban habían divisado un antiguo convento, allí estarían a salvo. Las puertas estaban cerradas.

-¡Tocad! –ordenó a los pocos soldados que aún le acompañaban.

Y tocaron. Y las puertas se abrieron. Pero dentro no había monjas. Tampoco frailes. Las 70 mujeres salieron despavoridas corriendo, y allí donde eran capturadas eran violadas, los escasos soldados de Sanchuelo fueron rápidamente abatidos, y Sanchuelo… fue introducido en el interior del convento, y tal como lo arrastraban iba gritando, gritando, gritando, hasta que le fue imposible hacerlo… al ser degollado. Muhammad ya es nuevo califa pero los bereberes ven en Muhammad a un enemigo y nombran al suyo propio, otro Hisham. La contienda está servida. Muhammad arremete contra ellos y promete recompensas para aquellos que le lleven la cabeza de un bereber. Córdoba entera se desangra.

Y a todo esto, ¿quiénes eran los bereberes? Los bereberes eran un conjunto de etnias del norte de África que no hacían demasiado buenas migas con los árabes. Unos y otros se despreciaban y los árabes se sentían superiores por el hecho de que la dinastía omeya era árabe y descendía directamente del profeta Mahoma. Trataban a los bereberes como una raza inferior y sobre ellos recaían cualquier culpa en las derrotas militares por estar considerados cobardes, desertores y faltos de inteligencia. Las calles de Córdoba se convierte en una carnicería, los bereberes son perseguidos, sus casas incendiadas y sus mujeres violadas para luego ser degolladas. Hasta el mismo Hisham, (el nuevo) es capturado y degollado Los bereberes supervivientes huyen hacia el norte, con ellos huye también un tal Suleimán, sobrino del recién degollado aspirante a califa, que a su vez, también se autoproclama califa. En Medinaceli, plaza clave del califato, el general eslavo Wadhid se autoproclama jefe de toda la región, y así en una ciudad tras otra. El califato ha estallado en pedazos y nunca más llegará a recomponerse.


Los tres ejércitos de Al-Ándalus
“Los regímenes de carácter personal casi siempre conocen un final semejante: cuando desaparece la voluntad que los edificó, el orden tiende de forma natural a descomponerse.” 

J.J. Esparza – Historiador y Escritor.

Los reinos cristianos del norte no dan crédito a lo que sucede en el sur. El potentísimo ejército musulmán se ha dividido en tres y ahora luchan entre sí. Por un lado está el nuevo califa Muhammad, por otro Suleiman, el hermano del Hisham degollado que reclama también ser califa, por otro el general Wadhid, que se ha erigido dueño y señor de Medinaceli. Menos se lo podía creer Sancho de Castilla cuando al cabo de un tiempo, fue recibiendo una por una embajadas de los tres contendientes. Muhammad, Suleimán y Wadhid, cada uno de ellos pedía ayuda a Sancho para combatir contra sus oponentes. Los moros pidiendo ayuda a los cristianos, si Almanzor levanta la cabeza se muere otra vez.

¿Por qué van todos a pedir ayuda a Sancho de Castilla? Porque ninguno de los tres nucleos en que se ha dividido Al-Ándalus se ve capacitado para derrotar a los otros. En Córdoba manda Muhammad, en la parte central manda Wadhid y en la frontera con Castilla vagan los bereberes que ya han nombrado califa a Suleimán. Es entonces cuando Muhammad se da cuenta de su error al masacrar a los bereberes y les pide perdón para que se unan a él. Los bereberes, como era de esperar, se la tienen jurada a Muhammad y no aceptan el trato . Pero éstos a su vez, también necesitan de un aliado; si consiguen unirse a Wadhid, Muhammad estaría perdido. Pero he aquí que Wadhid no soporta a los bereberes ni en pintura y hace lo propio, ignorarlos. Aquí, el que puede desiquilibrar la balanza es el cristiano Sancho, y por eso se lanzan a la carrera a buscarlo. El primero que consiga su ayuda será el vencedor. ¿Y qué hace Sancho una vez los ha escuchado? Porque, según cuentan las crónicas, los tres embajadores coincidieron y se encontraron allí, frente al cristiano, pidiéndoles que se aliara con ellos.

No, Sancho no los sacó de allí a patadas ni los mandó a que se mataran ricamente entre ellos. Lo que iba a hacer Sancho era sacar partido de aquel guirigay, todo el provecho que fuera capaz de casar. ¿Con quién aliarse pues? Había que pensarlo detenidamente, estudiar bien el tema. Con el general Wadhid ni pensarlo. Le ofrecía una buena fortuna, pero no se fiaba de él, era ambicioso y además aspiraba a quedarse con unas tierras que él también reclamaba a Córdoba. Descartado. Muhammad por su parte le ofrecía devolver a Castilla una tierras que en este momento estaban en poder de Wadhid. Además, el ejército cordobés se componía en su mayor parte de bereberes que en cualquier momento desertarían. Descartado también. ¿Y Suleimán, qué garantías ofrecía? Un ejército de bereberes que odiaba tanto a Córdoba como a Wadhid. En principio estaba bien. Y además de oro le ofrecían a Sancho las posesiones perdidas décadas atrás. Suleimán fue la elección de Sancho. Castellanos y bereberes embestirían contra Muhammad y Wadhid.

Contra este último se vieron las caras muy poco después, en el mes de agosto de 1009 sobre Alcalá de Henares. Hay quien no entiende por qué un general tan experimentado cometió tamaño error. Los de Wadhid fueron arrasados, y el poco ejército que se salvó corrió hacia Córdoba. Wadhid vio que no le quedaba más remedio que unirse a Muhammad, pero al llegar a la capital, se llevó una gran sorpresa. Según crónicas árabes, Wadhid había salvado solamente 600 hombres y ahora corría a refugiarse en Córdoba. Allí trataría de aliarse con Muhammad, pero en Córdoba no hay ejército. Sus únicas defensas son un puñado de paisanos cordobeses alistados a toda prisa y sin ninguna experiencia en el combate. ¿Dónde está el ejército de Muhammad? Recordemos que la gran mayoría de soldados del califato eran bereberes. En Córdoba se supo enseguida de la alianza bereber con Castilla, y allí corrieron todos. En este momento están alistados con Suleimán y se dirigen allí mismo, a Córdoba, a dar rienda suelta a la mucha rabia que tienen contra Muhammad. Había llegado la hora de vengar tantas humillaciones y asesinatos cometidos contra ellos.

La hora de la venganza bereber
Wadhid se había fijado que Muhammad había hecho rodear la capital con los escasos soldados de los que disponía y había hecho cavar fosos y construir trincheras. No sería suficiente –pensaba el general- y el ejército castellano-bereber estaba a un día de camino. Pero el califa Muhammad estaba convencido de lo contrario.
-Los fosos y las trincheras no los pararán –le hizo saber Wadhid al califa.
-Tal vez tengas razón, en ese caso te pongo a ti al mando para que salgas a su encuentro y le plantes cara antes de que lleguen aquí –fue la respuesta de éste.
Y Wadhid se vio de esta forma atrapado en el compromiso de obedecer la orden, si quería alianza, o salir huyendo de Córdoba como un cobarde. La crónica mora nos confunde ahora, pues cuenta que el ejército que salió a hacer frente a Sancho era enorme. O tal vez fue que en el último momento los voluntarios fueron muchos. Lo que parece claro es que carecían de experiencia, pues fueron barridos –según cuentan- en una sola embestida. Ocurrió el 5 de noviembre de 1009 a orillas del Guadalquivir, en el término actual de Alcolea, junto a la desembocadura del Guadalmellato. El desastre para los del califa fue total. Los castellanos empujaron hacia el río a los cordobeses, y se cuenta –siempre según la crónica mora- que el número de muertos entre los acuchillados y los ahogados en el río, fue de unos 10.000. Muchos muertos en tan poco tiempo. Algunos historiadores dicen que la cifra no es real y pero el desastre y la derrota cordobesa nadie la niega.

Wadhid se había dado cuenta de inmediato que la batalla estaba perdida en cuanto sus primeras líneas no aguantaron la embestida. Así que reunió a sus 600 hombres y puso pies en polvorosa, más bien, tomó camino a Medinaceli, a tratar de mantener sus posiciones. Sancho y Suleimán tenían camino libre para entrar en la ciudad. Lo que le esperaba a Córdoba no lo hubieran imaginado ni en sus peores pesadillas.

La cosecha del demonio Almanzor
Muhammad no se lo podía creer. ¡Los cristianos y los bereberes a punto de entrar en Córdoba! Él había ordenado que todo el mundo saliera a combatir, ¿qué había ocurrido? Lo que tenía que ocurrir, que los que habían salido a luchar no eran soldados, precisamente. El califa no se lo pensó dos veces, había que ponerse a salvo. Y Muhammad se refugió en el alcázar.
-¡Buscad a Hisham y que lo traigan inmediatamente a mi presencia! –ordenó.
Hisham, el antiguo califa estaba preso, aunque habían hecho creer a todo el mundo que había muerto en la cárcel. Se habían celebrado incluso sus funerales. Cuando los bereberes entraron y le pidieron explicaciones, Muhammad se mostró como el más vil de los cobardes.
-Aquí está Hisham, el verdadero califa, yo… yo simplemente soy su tutor, su ministro, nada más.
-Nosotros ya tenemos a nuestro propio califa, Suleimán –fue la respuesta de los bereberes.
En la ciudad, la gente salió a la calle a aclamar a los nuevos vencedores, pero esos vencedores, lejos de dejarse adular por el gentío, se lanzó al saqueo y al pillaje. Se la tenían jurada a aquellos que poco antes les habían perseguido y masacrado. Muchos castellanos vieron aquí también la oportunidad de desquitarse por los atropellos cometidos por el dictador Almanzor. Pero no hubo demasiado tiempo para tal fin, pues Sancho tenía prisa por regresar a Castilla.

Suleimán fue nombrado, con ceremonia y todo, nuevo califa de Córdoba. Allí estuvo presente Sancho, que nada más acabar todo reclamó su parte del botín y las tierras que habían acordado. El problema era ahora, que aquellas tierras estaban bajo dominio de Wadhid, menuda contrariedad. Sancho no se incomodó y entendió que nada podía hacer Suleimán al respecto, de momento. Cogió su botín y marchó a sus tierras castellanas. ¿Y qué ha pasado con Muhammad y con Hisham? Lo del pobre Hisham es triste, siempre subiendo y bajando del trono como un pelele sin haber llegado a ser nunca nada ni nadie. En fin, que fue obligado a abdicar de nuevo. Y Muhammad… tuvo la enorme fortuna de encontrarse con alguien que le apoyaba y que le ayudó a huir antes de que le cortaran la cabeza. Se refugió en Toledo, y allí pudo ponerse al corriente de quiénes le apoyaban todavía. En la parte portuguesa contaba con el apoyo de Coimbra, también en Tortosa le seguían reconociendo como califa, ¿y en Medinaceli, seguía teniendo el apoyo de Wadhid? Wadhid, lo que más desea en esos momentos es venganza. Quiere acabar con los bereberes.

Sancho, por su parte, cabalga rumbo a Castilla con la satisfacción de haber obtenido una de las victorias más contundentes que la cristiandad había tenido hasta ahora contra los moros. Sabía además, que las tierras que Suleimán no había podido entregarle, eran ya suyas, pues Wadhid estaría perdido en el primer ataque que los castellanos cargasen contra él. Pero volvamos a Wadhid, ¿qué decide finalmente el veterano general? Lo que decide es quiere volver a Córdoba ahora que los castellanos ya no están con los bereberes. Aún así no reúne las fuerzas suficientes para un ataque a la ciudad. ¿Por qué no pedir ayuda? ¿Pero a quién? A los catalanes de Barcelona y Urgel.

La propuesta que Wadhid ofrecía a los condes Ramón de Barcelona y Armengol de Urgel era una propuesta que no podían rechazar. Los condados catalanes y en especial Barcelona habían sufrido en varias ocasiones y de manera brutal los ataques de Almanzor, que en su primera visita no dejó piedra sobra piedra. ¡Venganza! ¡Qué bien sonaba esa palabra! Los catalanes querían venganza. Era el 22 de mayo de 1010. El conde Armengol de Urgel cayó en la batalla que se celebró a escasos kilómetros de Córdoba, pero los bereberes fueron arrollados sin piedad. Suleimán huyó a Játiva, y Cordoba… pobre ciudad, lo que le esperaba. El recuerdo de los catalanes, 25 años atrás, avivó su deseo de venganza. Dicen las crónicas, que la memoria de Almanzór perduró por mucho tiempo en todos los rincones de España, que solo veían en él al mismísimo demonio. Lo que ocurrió en Córdoba aquel día, fue una consecuencia directa de lo que había sembrado años atrás aquel demonio.


Hisham, la pieza clave 
La situación que nos han dejado los últimos acontecimientos es la siguiente: En Córdoba vuelve a ser califa Muhammad gracias a la entrada de Wadhid y la ayuda catalana. Hisham sigue en su jaula de oro, pero sigue vivo, y sigue siendo la pieza clave de cualquier movimiento. Y por el Levante deambula Suleimán tramando cómo volver a hacerse con el trono de Córdoba. Difícil situación para el califato que no se sostiene por sí solo, y magnífica situación para los reinos cristianos, que ven cómo sin mover un dedo, o moviéndolo solo cuando les conviene, los “moros se desmoronan”.

Decíamos que Hisham era una pieza clave y está a punto de demostrarlo. Muhammad volvió al trono, pero no cuenta con la simpatía de nadie. Ha demostrado ser un completo incompetente y solo se le permitió volver a ser califa por salir del apuro momentáneo, mientras se decidía qué hacer, y lo que se decidió fue asaltar Medina Azahara y degollarlo. Era el 23 de julio de 1010. Poco más de 2 meses después de subir por segunda vez al trono. Detrás de la conjura estaba, cómo no, Wadhid, el nuevo hombre fuerte de Córdoba.

Pero Wadhid no ansiaba ser un nuevo Almanzor, de momento se conformaba con ser el consejero del otra vez califa Hisham. Después… ya si eso… ya… Y a Sancho García le proponen de nuevo hacer su agosto, mucho más de lo que lo hizo unos meses antes. Sancho recibe otra oferta de Suleimán: renovar el pacto y atacar de nuevo Córdoba a cambio de todas las tierras conquistadas por Almanzor al norte del sistema central. Sancho sabe que esas tierras no están en poder de Suleimán, al igual que no lo estaban las que le prometió anteriormente. En cualquier caso, un nuevo ataque a Córdoba facilitaría su conquista. Pero, ¿por qué molestarse en luchar contra Córdoba de nuevo? Quizás pudiera conseguir lo mismo sin tan siquiera moverse de casa.

Cuentan que Hisham se quedó mudo y sin reacción alguna al leer la carta de Sancho García. Reunidos sus consejeros y hombres de confianza, se tomó una decisión. La única posible. Aceptar la petición de Sancho. ¿Y qué había pedido sancho? Sancho estaba jugando con los moros a placer, riéndose, divirtiéndose y además ganando riquezas y tierras. Y sin hacer nada, con solo escribir una carta. Sancho García, conviene recordarlo, es el hijo de García Fernández, el único líder cristiano que nunca se doblegó a Almanzor. Sancho fue el hijo rebelde de García, aquel que una vez incluso se puso al servicio de Almanzor, pero que reaccionó a tiempo comprendiendo que su padre siempre había tenido razón. Sancho fue también el único que le paró los pies al dictador y le hizo, si no vencerle, sí retroceder en una batalla. Almanzor había acabado con su padre en una batalla. Sancho había acabado con su hijo Adb alMalik en otra. Y ahora, ahora estaba disfrutando como nunca. ¿Qué pedía en aquella carta? Pues pedía, ni más ni menos que los cordobeses le igualaran la oferta de Suleimán. Es decir, si Suleimán le ofrecía las tierras que Almanzor una vez le arrebató a Castilla, Hisham debía darle esas tierras a cambio de no aliarse de nuevo con el bereber.

Aquello era de locos, darle tierras por no hacer nada. Pero es que si no accedían a la petición, estaban perdidos, una alianza de Suleimán con Castilla, ya lo habían demostrado, era letal. Y después de todo, a pocos cordobeses le importaban unas tierras que Almanzor conquistó una vez solo por fastidiar a los castellanos. El caso es que aceptaron y Sancho se hizo más poderoso, pues, si a los cordobeses no le importaban aquellas tierras, para Castilla eran plazas de vital importancia estratégica. Dicen que las crónicas árabes llaman maldito a Sancho. Y no lo hacen precisamente por aquel chantaje, sino por el siguiente, que si no fue él el chantajista, sí fue el instigador. Resulta que, le salió tan bien la jugada, que envió un mensajero a su yerno para contárselo. Su yerno era otro Sancho y era el rey de Navarra. Tenía solo 20 años, y el deber de su suegro era instruirle. Almanzor había conquistado también tierras en el norte, ahora era el momento idóneo de recuperarlas con una simple petición, tal como había hecho él. Por lo tanto animó a su yerno a escribir a Hisham y exigirle la devolución de aquellas tierras a cambio de no aliarse con Suleimán. Si la exigencia del castellano fue una bofetada, la del navarro fue una humillación. Pero en Córdoba no les quedó otra que acceder. ¿Y para qué? Para nada. Porque Córdoba fue atacada de nuevo.

Pero no fueron ni castellanos ni navarros, ni fue aquel mismo año. En Córdoba se sucedían las rebeliones por todas partes y contra todos. En octubre de 1011 en una de esas revueltas es asesinado Wadhid, que también se había ganado sus enemigos. Hay fuertes enfrentamientos en todos los rincones del califato. Hisham desaparece sin dejar rastro y no hay crónica que aclare lo que sucedió con él, aunque casi todas coinciden en que también fue asesinado. En mayo de 1013 Suleimán entra de nuevo en Córdoba que sufría una vez más la barbarie de los bereberes. Pero no hay califa que contente a todos, el califato está demasiado dividido. Sigue la guerra civil durante tres años más. Nueva revuelta contra el palacio califal. Suleimán es apresado y ejecutado… Adb alMalik, Sanchuelo, Muhammad, Wadhid, Hisham, Suleimán… Ya no queda nadie. Por el Guadalquivir baja más sangre que agua. Córdoba está destrozada. El califato está acabado.

El preludio
El nieto de un hijo de un rey descendiente de un bisnieto del yerno de Mahoma reclama el califato de Córdoba. Como lo oyen. Y no es broma. ¿Cómo es esto posible? Pues lo es, veamos cómo. El último en ser asesinado fue Suleiman, pero no habíamos contado cómo sucedió. Fue este nuevo pretendiente al trono quien lo hizo. Conviene recordar que el norte de África era parte del califato cordobés. Y no era por simple fanfarronería que los cordobeses quisieran controlar aquel territorio. Es que desde allí se controlaban mejor las caravanas cargadas con las muchas riquezas que desde el sur de África llegaban a Córdoba.

Por lo tanto, si aquello era también Córdoba, allí también afectaba lo que ocurriera en la capital. Vamos, que allí también andaban revueltos. Suleiman, para tratar que no se le echaran encima las muchas familias árabes que andaban revueltas por todo el califato, había dado ciertos poderes de autogobierno a estas tribus y nombrado a sus jefecillos, si no se los nombraban ellos mismos. Teniendo en cuenta que los árabes eran quienes tenían más peso en las decisiones del califato, los bereberes solo podían sostenerse en el poder por la fuerza.

Hemos dicho ya que los bereberes procedían de tribus africanas que a su vez procedían de oriente. Era gente muy primitiva y rudimentaria. Y según los árabes, que los odiaban, eran faltos de inteligencia. A pesar de todo, entraron con los árabes cuando se produjo la invasión en 711 y luego fueron llegando muchos más. Almanzor los reclutaba por miles, señal de que al menos, eran buenos guerreros. ¿Lo eran? Según los árabes no, porque no eran de fiar y a la más mínima desertaban, pero eran temerarios y se lanzaban al ataque sin más. Sea como fuere, no cabe duda de que eran unos bárbaros, eso es lo que significa bereber, nombre dado por los romanos, aunque ellos se autodenominaban imazighen, hombres libres. Y precisamente eran los que ahora mandaban. ¿Podía esperarse que con ellos Córdoba resucitara?

De momento, lo que Suleimán había conseguido era que fuera de la zona de Córdoba capital, cada jefecillo y cada tribu árabe hiciera y deshiciera lo que les daba la gana, iban por libre, el califato estaba ya troceado y descompuesto. Y he aquí, que uno de estos jefecillos, concretamente el que mandaba en el norte de África, reclama ser el legítimo heredero del trono califal. Se llama Alí y se presenta con un documento (autentico o no) que acredita su legitimidad.

Alí decía ser descendiente de la dinastía idrisí, una dinastía extinguida, pero él todavía decía tener sangre real, descendiente nada menos que del profeta Mahoma. Con esta declaración había estallado la revolución en África y ahora estallaba en el centro de Córdoba, donde muchos bereberes incluso se sumaron al partido de Alí. Medina Azahara no tarda en ser nuevamente asaltada. Suleiman es asesinado y Alí sube al trono. Ya hay nuevo califa. ¿Cuánto durará en el poder?

Sancho García tenía aproximadamente entre 42 y 44 años cuando todo aquel ajetreo cordobés. Siete años más tarde (1017) moría con aproximadamente 50 años, no se sabe muy bien de qué enfermedad. Sancho no fue rey, y quizás por eso no se le da la importancia que realmente merece en la historia de España. Fue un simple conde, pero conde del territorio más poderoso de la España de entonces. Su vasallaje a León, era simplemente un formalismo, pues fue Castilla, con su padre al frente, y luego con él, quien llevó el peso de la defensa de la cristiandad. Quién sabe lo que hubiera sido de León, Galicia, Navarra y los demás condados de no haber sido por Castilla. Porque, no olvidemos, en León había un rey niño regentado por su madre, Elvira, hermana de Sancho, y en Navarra había otro rey demasiado joven, su yerno, al cual intentaba llevar por el buen camino. Él mismo dejaba un heredero al condado con solo 7 años, del que ahora se haría cargo su yerno navarro. Y mientras tanto, plantando cara a los moros. Parándole los pies a Almanzor, derrotando a lo grande a su sucesor, y terminando con dos grandes jugadas maestras, para que, mientras Córdoba estallaba, Castilla se hiciera todavía más grande en todos los sentidos. Por eso, primero su padre García Fernández y luego él, Sancho García, fueron en aquella época los verdaderos reyes de la España cristiana, aunque no ciñeran corona. Fatalidades de la vida, el mismo año en que muere Sancho, fallece también Elvira. Alfonso V tiene 20 años y se queda sin madre y sin tío que lo apoyen, pero Alfonso ha sido bien instruido y aplica con acierto todo cuanto ha aprendido. Lo primero que hace, es acometer una gran reforma en el reino de León, al estilo de la política aplicada por su tío Sancho en Castilla y que tan buenos resultados dio.

Año 1018, si hace poco que un descendiente de Mahoma ha reclamado el trono, ahora lo hace un descendiente de Abderramán III, que también fue califa. El nuevo pretendiente se llama también Abderramán. Nueva guerra civil. Alí es asesinado y Abderramán sube al trono. Dura 2 años, pues inmediatamente después se subleva un tal Al-Qasin, hermano de Alí. Y luego un sobrino, un tal Ahya, y así, un año tras otro, un califa asesinado, otro que sube al poder… En el año 1027 sube al trono otro Hisham, y será el último. El califato desaparece. Nacen los reinos de Taifas.

Los primeros reinos
¿Qué eran los reinos de taifas? Taifa significa bando, facción. La península Ibérica no había sido invadida por un pueblo con una sola cultura, sino que habían entrado multitud de etnias procedentes de Asia y África que poco o nada las unía aparte de la religión. Esto había sido desde el principio un verdadero dolor de cabeza para los mandatarios ya fueran emires o califas, a los que no les era tarea fácil mantener unidos los territorios conquistados a los cristianos. Al Haken casi lo había conseguido a base de mano firme y algo de generosidad. El resultado fue el de un califato próspero que vivió sus mejores días. La mano de Almanzor no solo fue firme, sino dura, y por eso se vivieron los mejores años en cuanto a poderío y prosperidad, pero también los peores años de terror, y no nos referimos al terror creado entre los cristianos, sino dentro del propio califato. Al morir el dictador todos los rencores acumulados estallan a la vez, y es por eso que se viven tantas convulsiones en tan poco tiempo.

Demasiados bandos, demasiados odios y demasiados pretendientes a mandar. La cosa no podía acabar nada más que como acabó, cada cual se apoderó del territorio que pudo y lo convirtió en su propio reino. Y de ahí que a aquellos reinos se les llamaran taifas. Los reinos formados por las taifas o los bandos de cada tribu. Pero para entenderlo un poco mejor, habría que ver cómo llegaron a formarse los primeros reinos, hasta acabar por dividirse todo el territorio moro en nada menos que casi 40 taifas. Sorprendente, sí. Pero es que no solo las ciudades importantes como Zaragoza, Valencia o Sevilla formaron su propio reino, sino que pueblos como Carmona, Morón o Ronda también formaron el suyo. El primero en nacer fue Málaga. En uno de tantos golpes y contragolpes de estado que hubo en Córdoba llegó a haber dos califas sin que ninguno de los dos diera su brazo a torcer. Uno era Yahya, un hijo de Alí, aquel descendiente directo del profeta, el otro era al-Qasim un hermano, por lo que se enfrentaban tío y sobrino. Finalmente Yahya se repliega en Málaga y allí encuentra el apoyo suficiente para formar su propio reino, el reino de Málaga.

El Segundo fue Sevilla. al-Qasim tiene via libre para ser califa pero en Córdoba, una vez más, estalla una rebelión y al-Qasim tiene que huir. Se dirige a Sevilla a buscar apoyo, pero allí ya han elegido a su propio rey llamado Abul-Qasim Muhammad Ismail ben Abbad y al-Qasim se queda con dos palmos de narices. Nace el reino de Sevilla. En Córdoba es elegido califa Abderramán V. ¿Cuánto tardaron en degollarlo? Un mes. Seguidamente eligen a otro Muhammad. Yahya, el de Málaga se entera del caos en que se encuentra Córdoba e intenta conquistarla, Muhammad sale huyendo dsifrazado de mujer. Uno de los suyos no pudo soportar tanta cobardía y lo envenenó.

Finalmente, el califato queda dividido en las siguientes primeras taifas:

Málaga, Sevilla, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza.

Más tarde aparecerán muchas más. Hisham III será el último califa. Al ser derrocado Córdoba se convierte en república y los reinos de taifas se declaran oficiales. Pero lejos de arreglarse las cosas, el paisaje se presenta más caótico que nunca.

La historia continúa en La herencia de Sancho el Mayor

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