Fernando I de León

Introducción

Hubo un tiempo en que los reinos cristianos de España luchaban por su fe, por la cultura de sus antepasados y por reconquistar los territorios perdidos, a la vez que beneficiaban a Europa actuando como un muro infranqueable ante el avance de la potencia musulmana. Entre los bravos guerreros que abanderaban estos reinos destacaron muchos guerreros como García Fernández, Pedro de Aragón o su hermano Alfonso, llamado el Batallador. Pero si hubo dos hombres decisivos en la guerra contra los musulmanes, esos fueron sin duda el rey Alfonso VI de León y Rodrigo Díaz, el Cid Campeador. Dos auténticos héroes de leyenda.
A Alfonso VI, llamado el Bravo, se le reprochan algunas derrotas por no haber sabido calcular el riesgo, caso del primer ataque almorávide en Sagrajas (Badajoz) donde a punto estuvo de perder la vida, o el desastre de Uclés. Pero ni la batalla de Sagrajas fue una gran victoria para los almorávides ni en Uclés estaba Alfonso presente, ya que en esa época era ya muy mayor y estaba delicado de salud. En sus 44 años de reinado tuvo doblegados a los llamados reinos de taifas, expandió su reino y conquistó una plaza tan importante como Toledo sin apenas luchar por ella, porque Alfonso no solo era un gran guerrero, sino un buen diplomático. A punto estuvo también de conquistar Zaragoza, pero le faltó tiempo, no le bastó una sola vida para todo lo que quiso hacer. De haber tenido una segunda vida hubiera terminado por conquistar toda la península.
Y qué decir de Rodrigo Díaz. Sus colegas le nombraron Campeador, y los moros le llamaban mi Señor, mío Cid. Esto ya dice mucho de él. No obstante, es cierto que este personaje está envuelto en leyenda y muchas de sus hazañas se consideran hoy fruto de la imaginación de los autores del famoso Cantar de Mio Cid, publicación que ha aportado datos históricos y confusión al mismo tiempo. Porque el Cantar de Mio Cid está escrito desde el punto de vista de la admiración y se adorna y se envuelve al personaje en una aureola de misticismo, y es por eso que se hace necesario separar la historia de la leyenda. En eso se han empleado a fondo algunos historiadores, gracias a los cuales hoy tenemos una imagen del Cid mucho menos difusa, aunque al mismo tiempo, ha habido quienes no han dudado de descalificarlo y acusarlo de ser un bárbaro mercenario sin escrúpulos.
En los años 60 se nos enseñaba que el Cid era un héroe valiente que luchó contra los musulmanes y fue siempre leal a su rey, a pesar de que éste lo desterró injustamente de tierras castellanas. Luego, los tiempos cambiaron y el Cid pasó a ser un personaje políticamente incorrecto. Aún hoy lo sigue siendo, como muchos otros que lucharon por no someterse a una potencia extranjera con unas leyes y una cultura del todo ajena. Si durante el franquismo -decían-, se nos enseñó que el Cid era un héroe, fue porque el régimen necesitaba personajes que engrandecieran la nación. Por eso, algunos llegamos a preguntarnos si en verdad el Cid fue un héroe, un caballero medieval, de los de espada y lanza en ristre, con armadura incluida, que protagonizaron gestas heroicas y románticas, o nos engañaron y estos personajes eran solo fruto de la leyenda y la literatura. La respuesta es sí, existieron. Es ahora cuando se tergiversa y se retuerce la historia para adaptarla a lo que algunos creen que es políticamente correcto. Pero la Historia con mayúsculas, está ahí, escrita, y nadie puede borrarla. Y los que quieran conocer la verdad solo tienen que acudir a ella. Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, no fue un bárbaro ni un mercenario, fue un gran guerrero que, a pesar de las adversidades, siempre fue leal a su fe y a su rey.
La lealtad de Rodrigo hacia Alfonso VI es algo que también está en entredicho. Fue un mercenario, le acusan algunos. Fue un bárbaro que arrasaba aldeas, le acusan otros. Veamos. La convivencia entre Alfonso y Rodrigo nunca fue un camino de rosas, eso está claro. Tenían caracteres incompatibles, eso también. Pero hay más. Rodrigo era, digamos, demasiado impulsivo, y Alfonso estaba rodeado de algunos personajes, fieles hasta la muerte, como demostró serlo García Ordóñez, pero envidiosos y recelosos de que Rodrigo llegara a ser la mano derecha del rey, y es por eso que le envenenaban la sangre contra él.
Rodrigo llegó siendo un niño a palacio y teniendo casi la misma edad que Alfonso, seguramente fueron compañeros de educación y de juegos. Esto explica que, siendo uno rey y el otro vasallo, haya, en algunos episodios de sus vidas, un exceso de confianza, explosiones de ira y posterior perdón. En los destierros se nota cierta añoranza y esperanza, uno por ser perdonado y el otro por verlo de vuelta. La clásica relación de amor odio estando condenados a entenderse. Afecto hubo, odio también, aunque quizás nunca llegaron a entenderse del todo. Pero lo cierto es que Alfonso apreciaba a Rodrigo y por él hizo caso omiso a algunas normas o leyes de la época, llegando a ignorar cuantos consejos le daban sus más allegados con tal de recobrar al más valeroso de los guerreros de todos los reinos de España.
Rodrigo, por su parte, siendo como era, temerario, impulsivo y yendo a su bola como solía ir, nunca fue desleal a su rey, a pesar de que en alguna ocasión (y con razón) le enseñó los dientes. Cuando leemos la historia de ambos guerreros, hay ocasiones en que se palpa esa lealtad y es imposible que los historiadores no se percaten de ella. Y es por eso, que no se puede tachar a Rodrigo de mercenario, a pesar de que se vio en la necesidad de ponerse al servicio de otro rey, que, al fin y al cabo, era vasallo de Alfonso.
Alfonso y Rodrigo, Rodrigo y Alfonso, la historia de uno no se entiende sin la historia del otro. Es muy frecuente encontrar literatura sobre la vida de ambos por separado, mencionando en una brevemente al otro. Si leemos la vida de Alfonso VI siempre nos quedaremos con la gana de saber más sobre el Cid, y si leemos la del Cid nos quedaremos con las ganas de saber la vida completa de Alfonso. Por eso, en estas páginas, se aborda la vida completa de ambos, porque como se ha dicho ya, la historia de estos dos guerreros, no se entiende si no se leen juntas. Ellos fueron dos de los más grandes personajes de España, uno fue un rey decisivo, el otro un paladín sin igual, ambos lo dieron todo por su fe y por su tierra, ambos fueron dos enormes guerreros.
La muerte de Fernando I
En el año 1065 de nuestra era moría el rey Fernando I dejando en herencia un reino dividido en tres; una parte para cada uno de sus tres hijos varones. Castilla quedará en manos de Sancho, León para Alfonso y Galicia y Portugal para García. Todo parece marchar bien, pues este tipo de particiones, muy comunes en la época, no significaban una verdadera división de los reinos, sino una manera de contentar a los herederos para que cada uno administrara una parte del territorio. Pero en 1067 muere la reina madre, Sancha de León, y entonces surgen los conflictos entre hermanos.
Fernando I, el padre, llegó a ser rey de León por su unión con Sancha, pero su territorio original fue Castilla, y por eso cedió este reino a su primogénito Sancho. Pero tanto Sancho como la nobleza castellana no pensaban así. Según la tradición goda el rey debía dejar en herencia al primogénito la totalidad de sus posesiones; así que, Sancho reclama a Alfonso el reino de León. Alfonso, por supuesto, no cede, ya que se siente legítimo heredero. Fue la voluntad de su padre, y si Sancho no está de acuerdo, será inevitable una confrontación armada. Guerra entre hermanos, suena mal, pero esta era otra de las costumbres de la época por las que nadie se escandalizaba. Mientras tanto, en Galicia y Portugal se suceden las rebeliones contra García, al que se le ha perdido el respeto. Algo tendrán que hacer al respecto Sancho y Alfonso para acabar con esta situación vergonzosa.
Han pasado más de dos siglos y medio desde la invasión musulmana. El pequeño reino de Asturias que resistió al empuje de los moros se había extendido desde Covadonga y ahora formaba un gran territorio formado por León, Castilla, Galicia y parte del actual Portugal. Por otro lado estaba el reino de Navarra, Aragón, y los condados catalanes, pertenecientes a la Marca Hispánica que Carlomagno había creado siglos atrás como barrera contra el avance musulmán. Esta era la España cristiana del siglo XI. El resto seguía ocupado por los moros; aunque, esto, más que un problema se había convertido ahora en algo beneficioso para los cristianos.
Al-Ándalus, que había llegado a ser una gran potencia económica y militar, se había hecho trizas a principios del siglo XI. El gran emirato/califato cordobés siempre había tenido que hacer frente, además de a la expansión cristiana, a las rebeliones internas, que fue lo que acabó por destruir la España mora. Bereberes, árabes y mozárabes no acababan de ser compatibles entre sí. Llegó un momento en que los califas no acababan de subir al poder cuando ya eran asesinados y sustituidos, y así, un año tras otro, hasta que cada cabecilla llegó a erigirse rey de cada grupo, y cada ciudad se convirtió en reino. Así nacieron los reinos moros de Sevilla, Málaga, Granada, Córdoba, Huelva, Toledo, Badajoz, Zaragoza y Valencia. Y otros menores como Algeciras, Carmona, Albarracín, Denia, etc., hasta un total de 39. Y con la división llegó la decadencia del poder moro que ya no era una amenaza para la España cristiana. Muy al contrario, la antigua Al-Ándalus pasó de ser un peligro a ser una fuente de ingresos.
Estos nuevos reinos, llamados de Taifas (bando o facción) ahora luchaban entre ellos, y los reinos cristianos no iban a desaprovechar la oportunidad de sacar beneficio de la situación. Estos reinos acabarían por pagar un tributo anual, las parias, a los cristianos a cambio de protección. Estas parias serían también objeto de algún que otro enfrentamiento entre reinos cristianos que peleaban por cobrarlos. Era el caso de la Taifa de Zaragoza, cuyas parias se disputaban Castilla, Navarra y Aragón.
Y así, el reino de León y Castilla llegó a ser tan poderoso, que por fin el rey Alfonso pudo cumplir su sueño de añadir a sus dominios la antigua capital goda: Toledo. Si los reinos de Taifas se veían asfixiados por el desembolso de las parias anuales, la conquista de Toledo fue la gota que colmó el vaso para que gritaran y vinieran en su ayuda. Un nuevo peligro se cernía sobre España. Desde el otro lado del estrecho de Gibraltar hacía tiempo que observaban el descalabro en que habían caído los musulmanes. Ahora pedían socorro.

Y un personaje singular llamado Yusuf, cercano a los 70 años, creyente riguroso y fundamentalista de las escrituras del profeta Mahoma, vestido con pieles de ovejas, y que se alimentaba de dátiles y leche de cabra, estaba dispuesto a acudir en su ayuda, volver a conquistar la península y acabar de una vez por todas con el poder cristiano. Todo esto se cernía sobre las cabezas de los reyes del norte de España mientras uno de ellos, Sancho I de Castilla, se dirigía a León a hacerle una visita a su hermano Alfonso VI. Era el mes de mayo de 1068.

Los tres reinos

Mayo 1068. Sancho tenía más de 30 años, Alfonso había cumplido ya los 28. El viejo rey Fernando tendría que haber hecho las cosas de otra manera, debió implicarse más y atreverse a hacer el testamento tal como mandaba la tradición desde muy antiguo -pensaba Sancho-. La tradición siempre había otorgado al primogénito de la familia el derecho de ser heredero único, por lo tanto, él, como hermano mayor entre los varones, estaba convencido de que debía haber heredado la totalidad de los reinos que gobernaba su padre y por eso, tarde o temprano reclamaría León y Galicia. Pero ese era un tema que ahora tenía que posponer. Las cosas se les estaban complicando a García, el menor de los tres hermanos, y tanto Alfonso como él podían salir perjudicados, por lo tanto, había que poner orden en este asunto antes que en ningún otro, todo por orden y a su tiempo. Había llegado el momento de hablar con Alfonso.

Sabía que con Alfonso era difícil llegar a un acuerdo en el tema que quería proponerle porque era más político que militar, demasiado diplomático; sin embargo, él, Sancho, era más práctico y le gustaba ir directo al grano. Pero en esta ocasión no le quedaba más remedio que hablar con él si quería conseguir su propósito. No hacía tanto que se habían visto, apenas unos meses atrás, en los funerales de la madre de ambos, la anciana Sancha de León.

Sancho le habló a Alfonso sobre los problemas que tenía García para reprimir las constantes rebeliones que sufría por Galicia y Portugal, las tierras que su padre le dejó en herencia. Los condes gallegos siempre habían sido un problema para sus antepasados, que más de una vez habían tenido que acudir a poner orden. Ahora que un rey les gobernaba debían estar más estrechamente controlados. Sin embargo, a García se le escapaba el problema de las manos y Sancho propone «acudir en su ayuda». Pero cuando Alfonso se da cuenta de que lo que pretende Sancho es arrebatarle el reino al hermano pequeño de ambos, rechaza la propuesta.
El caso es que García ya había solicitado ayuda a los moros, y eso también se lo hizo saber a Alfonso. García era un insensato, eso era lo que pensaban ambos, y además sospechaban que en esa ayuda solicitada pudiera incluirse un plan para traicionarlos. Alfonso entonces le pidió a Sancho que dejara el problema en sus manos. Si no actuaban ellos lo harían los condes gallegos, pero atacar a su propio hermano no le parecía la solución, así que optó por darle un escarmiento.
Las Parias de Badajoz 
A oídos del rey Abu Bekr Muhammad al-Mudaffar ya había llegado la noticia de que los soldados de García habían sido atacados nada más salir de Badajoz, seguramente para robarles los cuantiosos tributos que éste acababa de pagar al reino de Galicia. No andaba muy equivocado el rey taifa; Alfonso había sido informado algunas semanas atrás de las intenciones de Nuño Méndez, conde de Portucale, de revelarse contra García. Muy débil debía considerar el conde a García para intentar una guerra contra él. Era un buen momento, pues, para pararle los pies a su hermano, a la vez que evitaba que el conde portugués se le adelantara en busca de las parias de Badajoz, así que se plantó con su ejército en aquella ciudad, exigiéndole a su rey, que a partir de ese momento, debía pagar sus tributos a León.
García le había plantado cara a Nuño Méndez, y enfrentándose a él en El Pedroso, no solo le venció, sino que acabó con su vida. Pero para García no habían acabado los problemas, pues a pesar de la muerte de Nuño, otros muchos nobles gallegos ya estaban en pie de guerra contra él. Lo único que le faltaba ahora era que sus propios hermanos le arrebataran el cobro de las parias. García entró en cólera al enterarse, aunque nada podía hacer, de momento. Pero la apropiación de las parias de Badajoz no solo había enfadado a García.
Palencia, orillas del río Pisuerga. Julio del año 1068.
Los dos reyes hermanos, Sancho y Alfonso, se habían citado allí el 16 de julio, al amanecer, en un lugar llamado Llantada, a la orilla derecha del río, frontera entre el reino de León y el de Castilla. Las tropas de Alfonso se aproximan por el norte, quedando el río en la parte de su ala izquierda. Las de Sancho se aproximan por el sur. Cuando ya se divisan unas a otras se detienen. Cada uno de ellos había llevado consigo los mejores soldados que les habían proporcionado sus condes. Aquel enfrentamiento no lo había previsto Alfonso, aunque sí su hermana Urraca, que ya se lo había advertido, y sobre todo Sancho, que lo tenía previsto desde hacía tiempo. Semanas atrás, Alfonso había recibido el aviso de que Sancho deseaba enfrentarse a él. El motivo: el malestar de Sancho por haberse apoderado de las parias de Badajoz.
Según Sancho, Alfonso no había jugado limpio y se había aprovechado de la situación de García para apropiarse de parias de Badajoz. Alfonso se defendía diciendo que solo había cumplido lo que prometió, mantenerle a raya. Pero Sancho no quiere oír nada más y le exige a su hermano la entrega de León. El enfrentamiento es inevitable. Para Sancho no era un trauma, había pasado años enfrentándose a sus primos navarros cuando algún territorio estaba en disputa, así que ahora no lo iba a ser el enfrentamiento con su hermano.

En enfrentamiento iba a ser un juicio de Dios. En la época, y cuando existía una disputa entre reyes por algún territorio o ciudad, se solían enfrentar los dos mejores caballeros de cada reino. Se daba por hecho que Dios haría vencer al caballero del rey que llevara la razón. En ocasiones, en vez de un solo combate entre dos caballeros se podía organizar un torneo donde combatían varios participantes. La disputa entre Sancho y Alfonso podría perfectamente haberse resuelto con una de las dos fórmulas anteriores. Pero, quizás porque lo que había en juego, todo un reino, les parecía demasiado valioso, habían acordado que el enfrentamiento fuera entre los dos ejércitos.

Junto a Sancho combatirá Rodrigo Díaz, su alférez, el mejor de sus guerreros y quien infundiría valor y convicción a todo su ejército. En aquel duelo contra su hermano se lo jugaba todo. En realidad iba a enfrentarse a dos de sus hermanos, Alfonso y Urraca, que como no podía ser de otra manera, había tomado partido por su hermano menor.

Por su parte, y según el comportamiento que veremos enseguida, es más que probable que Alfonso, nada más dar su palabra, estuviera ya arrepentido de haberse jugado su reino a una sola carta. Si perdía aquella batalla se perdía también con ella el reino de León. Alfonso también va acompañado de su mejor guerrero, su alférez Pedro Ansúrez, pero aún con muchos guerreros como él, no estaba seguro de que Dios estuviera de su lado. Y entonces, sin más dilación, dio la orden de ataque.
García de Galicia

La educación de García
García era el menor de los tres hermanos varones, hijos de Fernando I. Tenía 23 años cuando heredó el reino de Galicia, correspondiéndole además las parias de Badajoz y Sevilla. Su formación había corrido a cargo del religioso Cresconio, obispo de Iria. Con semejante maestro, la formación tanto política como guerrera de García estaba garantizada. Porque Cresconio no sólo era un personaje sobresaliente en la iglesia del siglo XI, sino un guerrero de armas tomar. Y lo demostró en un momento clave, en el que Galicia fue víctima de un ataque danés. Sus costas se llenaron de barcos vikingos. Muchas ciudades gallegas fueron saqueadas, pero en Santiago les esperaba una gran sorpresa. Cresconio tomó la iniciativa y reunió a los principales nobles del reino, y con él al frente, luchando espada en mano, los vikingos fueron vapuleados y salieron de Galicia como buenamente pudieron, embarcando en las pocas naves que no habían sido incendiadas.

Galicia fue una buena herencia para un rey joven y bien preparado. Pero en Galicia había un pequeño problema: era un foco de rebeliones. La nobleza gallega se había rebelado contra su padre Fernando, contra todos sus antepasados, y contra García no iba a ser una excepción. Pero mientras su padre y sus antepasados habían sabido reaccionar convenientemente con firmeza cuando hacía falta y flexibilidad cuando lo exigían las circunstancias, García se mostraba débil o reaccionaba de forma atribulada e inadecuada, lo cual terminaba irritando a todo el mundo: a los nobles gallegos, a los que rodeaban a García, y a él mismo, que veía que la situación se le escapaba de las manos. García estaba bien preparado, sí, y Cresconio, que ya había muerto, no había hecho mal su trabajo como educador. Pero el joven rey no daba de sí lo que en un principio se esperó de él. De escasa inteligencia a la hora de tomar decisiones, llegó a convertirse en una persona cruel y a ser despreciado por todos cuantos le rodeaban. Y cuando los nobles que estaban de su lado le dieron la espalda, la situación de García Fernández, hijo de Fernando I, se tornó crítica. Sus propios hermanos, Alfonso, Sancho, e incluso su hermana Urraca, sintieron vergüenza de la desastrosa gestión que el pequeño de la familia estaba haciendo en Galicia.
Pero no menos vergonzosa era la situación a la que habían llegado Alfonso y Sancho. Los habíamos dejado en Palencia, a punto de enfrentarse en una sangrienta batalla. Un juicio de Dios, según ellos. El vencedor sería rey de Castilla y de León. Alfonso había dado la orden de que atacaran los infantes. Avanzan también los guerreros de Sancho hasta que se produce el choque. Sonido metálico de espadas durante un buen rato, donde ninguno de los contendientes consigue hacer retroceder al otro. Viendo que no se consigue nada, es Sancho ahora el que decide que entre en juego la caballería y da la orden pertinente a Rodrigo, que sin perder un momento avanza al galope con sus mil jinetes. Alfonso hace lo propio, manda al centro de la batalla a sus caballeros mientras ordena que se retiren los infantes, que de permanecer en el mismo sitio se verían perdidos. Y no solo por eso, sino porque Alfonso no se siente a gusto desde el principio con aquella pelea y ha tomado una decisión: observar a ver qué posibilidades tiene su caballería contra la de su hermano; y la caballería de Sancho es cualquier cosa menos tratable. Al frente de ellos está nada menos que Rodrigo Díaz, el mejor guerrero y líder que rey alguno hubiera visto jamás. La caballería de los leoneses estaba llevando las de perder. Alfonso no lo dudó más, tenían que retroceder y retirarse con el máximo orden posible. No quería que sus mejores caballeros sufrieran un monumental descalabro.

Rodrigo no salió en persecución de los que se retiraban. Hacerlo suponía exponerse a las filas de arqueros que les esperaban en la retaguardia leonesa. Así que el alférez de Sancho y sus caballeros volvieron a sus posiciones. El rey de Castilla estaba satisfecho, un primer enfrentamiento y ya llevaban las de ganar. Con Rodrigo al frente podía estar tranquilo. A ver con qué estrategia atacaría ahora su hermano. Pero su hermano no atacaba. Y cuando Sancho estaba a punto de tomar él mismo la iniciativa, ocurrió algo que nunca hubiera esperado que ocurriera. Con asombro vio cómo su hermano se retiraba. No estaba seguro de lo que aquello significaba, y no sabía si reaccionar indignándose por la negativa de Alfonso a seguir peleando, o alegrarse; porque si su hermano estaba retirándose, eso significaba que él había vencido. Sancho acababa de convertirse aquella mañana, y sin apenas esfuerzo, en el flamante rey de un único reino que de nuevo pasaba a estar unido: Castilla y León. O eso pensaba él.

Sancho II

La invitación de Sancho

Zamora, 1071. Urraca, la mayor de los hijos e hijas del difunto rey Fernando, había recibido también herencia al morir su padre. Tanto ella como Elvira, su otra hermana, habían recibido un señorío cada una. A Elvira le había correspondido la ciudad de Toro, a Urraca le entregaron Zamora. Dos mini reinos más que inquietaban a Sancho. Alfonso era, de todos sus hermanos, el que mejor congeniaba con Urraca, que se había convertido en su consejera. Ella había sido, junto a algunos nobles y demás caballeros de confianza, quienes le habían aconsejado a Alfonso, primero, que no se enfrentare a Sancho, que dejara que él viniera a buscarlo, y luego, que no le entregase el reino, tras su retirada en Llantada. Aunque él, por supuesto, ya había decidido no hacerlo desde el primer momento, de no haber sido así, no se habría retirado tan precipitadamente y hubiera opuesto resistencia hasta morir.

Casi con toda seguridad, Urraca se alegró de que Alfonso no cumpliera con su palabra, pues de haberse hecho Sancho con León, seguramente ella ya no sería la dueña de Zamora. Pero, ¿no le hizo Sancho ninguna reclamación a Alfonso? No se sabe, pero en todo caso Alfonso hizo oídos sordos. Pero ahora, casi tres años más tarde, Urraca, Elvira y Alfonso reciben una invitación de su hermano para que vayan a verle.

Burgos – 26 de marzo de 1071
Hacía tiempo que Sancho no sabía nada acerca de su hermano Alfonso, el cual no le había dado ninguna explicación de por qué se había negado a cumplir lo pactado después de la derrota frente a sus tropas en Llantada. Más de dos años y medio hacía ya desde aquel enfrentamiento, y muchas explicaciones había tenido que dar él a los nobles castellanos. Quizás su hermano andaba demasiado ocupado con sus amoríos. Alfonso estaba a la espera de que una cría de Dinamarca creciera para casarse con ella. Por lo visto se había prometido a ella pero aún tenía unos diez años. Su anterior prometida había muerto justo antes de celebrarse la boda.

No se sabe a ciencia cierta si los dos hermanos se habían visto desde el día del enfrentamiento, ni tampoco se sabe si hablaron del tema una vez que se volvieron a ver en Burgos. En cualquier caso, lo que su hermano iba a proponerle no tenía nada que ver con lo que ocurrió aquel día en Llantada. No había convocado Sancho solo a sus hermanos, sino a muchos nobles de Castilla que iban llegando y acomodándose en el amplio salón de palacio, después de saludar al rey y a la reina, la inglesa Alberta. Saludaban también cortésmente a Alfonso, sin esposa en aquellos momentos. Luego saludaban a Urraca y Elvira, sentadas una a cada lado de su hermano. Estaban presentes Rodrigo Díaz y demás caballeros de confianza del rey. Pasaron obispos y abades, entre los que se encontraba Domingo, abad de Silos. El Rey Fernando lo había acogido en Castilla después de su enemistad con el rey de Navarra. Aquello era una auténtica asamblea. Pero todos debieron notar una ausencia, allí faltaba García, el hermano pequeño de los hijos de Fernando. ¿Qué tendría Sancho que proponerles? ¿A qué habían venido aquí? Por fin, Sancho se levantó de su trono, y después de darles la bienvenida a todos habló. ¿De quién habló? De García.

A García se le iba de las manos su reino. Si no actuaban rápido, los nobles gallegos terminarán derrocándolo y ese era el asunto por el cual Sancho los había convocado a todos, para convencerles de que había que intervenir antes de que fuera demasiado tarde. Murmullos y palabras de apoyo por parte de los nobles, lo cual delataba que la mayoría de ellos estaban implicados en aquella conspiración. Caras de aprobación por parte de algunos obispos y abades, y de extrañeza o reprobación por parte de otros. Ya se imaginaba Alfonso cómo muchos de los allí presentes habían estado lavándole el cerebro a su hermano, convenciéndolo de que invadir Galicia era lo más sensato, por el bien de los demás reinos. Sancho supo ganarse el apoyo de la mayoría al justificar de forma muy hábil su decisión de intervenir por la fuerza. Pero tanto Urraca como Alfonso debían saber ya cuáles era las verdaderas intenciones de su hermano. Sancho no los habría convocado para pedir su opinión, pues ya tenía decidido derrocar a García antes de traerlos hasta allí. Si los había llamado había sido porque para invadir Galicia tenía forzosamente que pasar por León. Necesitaba la colaboración de Alfonso. Cualquier negativa delante de todos le haría quedar mal. Solo tenía dos opciones, ayudarle o enfrentarte a él.

Finalmente, Alfonso se prestó a ofrecer León como camino a Galicia, pero no participaría en la intervención. Aunque el desplazamiento de tropas por tierras leonesas no le iba a salir gratos a Sancho, que tendría que entregar la mitad del reino de Galicia una vez derrocado su hermano. No le quedaba alternativa, Sancho estaba obligado a atravesar León. Desplazarse por territorio moro era una temeridad además de obligarle a dar un gran rodeo, y desplazarse por mar tampoco le era viable. Necesitaba que Alfonso le facilitara el paso, lo contrario ponía en peligro su empresa. Alfonso estaba jugando bien, en su primera jugada conservó su reino, ahora obtiene la mitad de Galicia por no hacer nada. Pero la partida no había acabado.

Sancho no dejó que se enfriaran los ánimos, y aquel mismo mes se puso en marcha con su ejército y se plantó en Galicia. García se descompone al saber que los castellanos vienen hacia él. Huir no es propio de un rey. Y menos ahora que acababa de proclamarse rey de Galicia y Portugal después de anexionarse el condado de Portucale, al derrotar a Nuño Méndez, el conde que se había revelado contra él y que pagó con su vida la osadía. No le quedaba más remedio que plantar cara. Para eso servía un rey, para defender su reino, y eso era lo que iba a hacer él, defenderse. Pero las tropas castellanas no eran las del conde Nuño, y éstas aplastaron a las gallegas. García logró escapar y consiguió llegar hasta Santarem, donde fue apresado por los castellanos que le habían seguido. Galicia ya era mitad castellana, mitad leonesa.

Alfonso VI en Toledo

El exilio de Alfonso
A Sancho le salió bien su plan y ya era el dueño de media Galicia. Pero Sancho no se detendría ahí, y Alfonso, quizás advertido por Urraca que conocía bien a sus hermanos, sabía que pronto presionaría sobre León. Existen documentos donde Sancho ya firmaba como rex imperator,.y esto da una idea de las intenciones de Sancho. Los dos hermanos estaban a punto de enfrentarse de nuevo, y esta vez no valdría otra cosa que no fuera una victoria total. Sancho deseaba la corona del imperio.

Golpejera 

Al amanecer del día señalado Alfonso escuchó cómo a menos de una milla de distancia se acercaban las tropas de Sancho y cómo estas se detuvieron entre la espesa niebla. Minutos después se escuchó el cabalgar de unos pocos caballos que dejaron verse a unos veinte metros de distancia. Eran Sancho y sus hombres más apegados que se acercaban. En ese momento salió a su encuentro Alfonso, acompañado también de su lugarteniente y tres hombres más. No hubo demasiado diálogo entre los hermanos contendientes. Casi fue un ritual, más que una conversación. Sancho exigió de nuevo a Alfonso lo que tanto anhelaba y éste, como no podía ser de otra manera se negó recordándole que la voluntad de Fernando, el padre de ambos, había sido que él fuera rey de León tal como Sancho lo era de Castilla. Y después, ambos se retiraron, y esperaron. Hacia las diez de la mañana se produjo la primera embestida de Sancho, que mandó a su infantería cargar. Solo fue un tanteo, y tras medir sus fuerzas, los contendientes volvieron a sus respectivas filas. Una embestida más fuerte se producía inmediatamente después, y así, una tras otra, hasta que al mediodía, tanto los de Sancho como los de Alfonso estaban exhaustos. Pero ninguno de los hermanos abandonaría la lucha, no podían desfallecer, solo podía quedar uno. Había que resolver el problema ese día, allí mismo. Alfonso decidió ponerse personalmente al mando, solo poniéndose él al frente conseguiría infundir ánimos a sus desfallecidas tropas.

Al atardecer las tropas castellanas estaban llevando las de perder. Todos desfallecían y no podían aguantar más, Sancho ordenó la retirada. Alfonso no quiso aprovechar la ocasión para ensañarse contra los castellanos y ordenó que no los persiguieran. Grave error.

Resguardados en un bosque cercano, los guerreros de Sancho reponían fuerzas y curaban sus heridas. Había habido muchas bajas y Sancho lamentaba haber perdido la batalla y con ella el reino de Castilla. Podía hacer lo mismo que hizo su hermano y negarse a entregarle el reino, pero, ¿qué actitud tomaría Alfonso? Seguramente al amanecer emprendería la persecución y le obligaría a cumplir con lo pactado. No estaba seguro de si su ejército estaba en condiciones de seguir plantando batalla.

Mientras tanto los de Alfonso celebraban la gran victoria, que a pesar de haber sufrido también muchas bajas habían hecho ganar a su rey las tierras de Castilla. Todos estaban deshechos por la dura jornada de lucha, pero la victoria había que celebrarla y aquella noche cayeron rendidos no por el cansancio, sino por el vino. Por eso, cuando al amanecer sufrieron un ataque que no esperaban, les costó reaccionar. Los hombres de Sancho, liderados por Rodrigo Díaz que los había reunido a todos de madrugada, no lo tuvieron difícil para poner el campamento patas arriba. La confusión y el caos se adueñó de los leoneses, y los que no huyeron despavoridos cayeron bajo las espadas castellanas. El mismo Alfonso tuvo que salir huyendo escoltado por su guardia personal, pero no tardaron en darle caza. Alfonso ya era prisionero de Sancho.

Sancho encarceló a su hermano, pero Urraca intervino por él. Alfonso no debía estar en una mazmorra y fue trasladado a un monasterio. Pero Alfonso no se sentía seguro, pues allí era presa fácil de quienes quisieran asesinarle y huyó. Toledo era un buen lugar donde refugiarse, era un reino taifa protegido por León y eso conllevaba también, que si el rey de León ahora necesitaba ayuda, el rey de Toledo se la prestara. A esto ayudó también, por lo visto, que el rey castellano tenía buena amistad con el rey moro, y allí, Alfonso llegó a encontrarse como en su casa.

No había pasado mucho tiempo, cuando Pedro Ansúrez, que había acompañado a su rey en el exilio, vino a avisar a Alfonso de que un emisario había llegado a Toledo. Se trataba del conde Núñez, y venía en representación de otros muchos condes leoneses, e incluso castellanos. Núñez era el hombre que Alfonso estaba esperando, pues venía a confirmarle que no estaba solo, y al mismo tiempo venía a transmitirle noticias inquietantes. Aquellos nobles estaban dispuestos a oponer resistencia a Sancho, que ya había arrebatado Toro a su hermana Elvira. Pero ahora, el nuevo y único rey de Castilla y León se había plantado frente a las puertas de Zamora, la última esperanza de Alfonso. Si Zamora caía, caían también los nobles que le apoyaban, y entonces sí, todo estaría perdido.

 

El asedio de Zamora
Zamora no era un simple señorío que Urraca recibió en herencia, Zamora era un lugar de extraordinario valor estratégico y Sancho quería agregarlo a sus dominios a toda costa. El verano de 1072 envió a Rodrigo Díaz dirigiendo un gran ejército que puso cerco a la ciudad. Pero Zamora no estaba dispuesta a rendirse. Pasaron varios meses entre combates e intentos de franquear las murallas, pero sin resultados positivos para los castellanos. Sancho hizo finalmente acto de presencia y encomendó una misión a Rodrigo.

No hay detalles fidedignos que aseguren si Rodrigo y Urraca eran realmente amantes, aunque las crónicas populares insisten en ello. Urraca era al menos 7 años mayor que Rodrigo, aunque eso no sea un impedimento. Pero algo de cierto hay siempre en las crónicas populares no oficiales y en las leyendas. Hay además un detalle que hace pensar que algo sí pudo haber entre ambos. Sancho envió a Rodrigo a negociar con su hermana. Podía haber enviado a cualquiera, pero envió a Rodrigo, quizás porque sabía que se entendía muy bien con ella. Aunque por otra parte, tampoco hay nada extraño en ello, pues lo cierto es que Rodrigo conocía a Urraca desde niño, cuando llegó a la corte de Fernando I.
Sancho había propuesto respetar a los zamoranos y perdonar a los nobles que ahora se encontraban en el interior de la ciudad a cambio de que le rindieran sumisión. Urraca a cambio recibiría un gran señorío en Tierra de Campos, en la frontera entre León y Castilla. Unas tierras que tiempo atrás fueron objeto de grandes disputas. Pero Urraca se negó en rotundo y por nada del mundo iba a dejar que su hermano se saliera con la suya. El asedio de Zamora continuaría hasta que sus habitantes desfallecieran por el hambre y la enfermedad. Pero entonces, apareció un misterioso personaje ante Sancho.

Frente a las murallas
Vellido Dolfos, en compañía de otros dos zamoranos, habían conseguido salir de la ciudad sin ser vistos, y ahora se encontraba frente al campamento del ejército castellano para pedir pasarse a sus filas, ya que decían sentir simpatía por el rey castellano y no deseaban otra cosa que ponerse a su servicio, el cual los creyó y pensó que podían serle útiles.
Llevaban ya varios meses de asedio y en el interior de la ciudad se empezaba a notar los efectos. Mientras tanto, el ejército castellano había tenido tiempo de ir rellenando algunas partes de los fosos que rodeaban las murallas para intentar el asalto trepando por ellas. Pero los intentos siempre fueron un fracaso. Fue entonces cuando el desertor se ofreció al rey Sancho para mostrarle los puntos débiles de las murallas. Decía conocer cada palmo de ellas con total exactitud. Sancho le pidió a Rodrigo que le acompañaran con algunos hombres y se dispusieron a dar un paseo. A una distancia prudente caminaban alrededor de las murallas y Vellido Dolfos explicaba al rey las características de cada tramo. Y así fue como Sancho iba siendo informado de la posibilidades que tenía o no de éxito si lo intentaban acá o allá. Y entonces, Sancho se sintió indispuesto y pidió separarse del grupo unos instantes. Sus hombres se quedaron apartados para respetar la intimidad de su rey. Vellido Dolfos siguió caminando mientras parecía seguir examinando las murallas. De pronto… desapareció de la vista de todos. Fue Rodrigo el primero en darse cuenta. El desertor no estaba. Aquello no le olía bien y corrió en busca de Sancho, al cual encontraron muerto en el suelo atravesado por una lanza. Algunos historiadores relatan de la siguiente manera los hechos en la llamada “Crónica General”:
“El rey se apartó a hacer aquello que la naturaleza pide y que el hombre no puede excusar. Y Vellido Dolfos se allegó hasta allá con él. Y cuando lo vio estar de aquella guisa, lanzó el venablo que le entró por la espalda y le salió por el pecho”

De nada sirvió la búsqueda del asesino, que había desaparecido como evaporado en el aire. Cuenta la tradición que justamente por aquel lugar donde los había conducido existía y existe un portillo por donde entró de nuevo a Zamora después de consumar su misión. Sobre el portillo nos habla otro historiador, J. Javier Esparza: “Desde entonces, aquel portillo fue bautizado como portillo de la traición. Aunque recientemente se ha rebautizado como puerta de la lealtad, al considerar que Vellido Dolfos no traicionó a Zamora, sino que la salvó del acoso castellano. Muy español todo ello.”

Nadie está seguro de quién fue quien movió la mano de Vellido Dolfos. ¿Fue Urraca o fue el propio Alfonso desde su destierro? Es una de esas intrigas o misterios históricos que nunca se resolverán. Crónicas populares no faltan que acusan directamente a Urraca de haber contratado a Vellido. Como esta que dice lo siguiente:

“Rey don Sancho, rey don Sancho, no digas que no te aviso,
que dentro de Zamora, un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido.
Cuatro traiciones ha hecho y con esta serán cinco.
Si traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real: ¡A don Sancho han mal herido!
Muerto lo ha Vellido Dolfos. Gran traición ha cometido.
Desque le tuviera muerto se metió por un postigo,
por las calles de Zamora va dando voces y gritos:
-Tiempo era doña Urraca, de cumplir lo prometido.”
Existe además una conversación registrada en la “Crónica General” que acusa directamente a Urraca de haber mandado a Vellido Dolfos a “expulsar a su hermano de Zamora”.
“-Demandevos –dice a la infanta- que haga algo, como vos sabeis. Y ahora, si vos me lo otorgase, yo os tiraría al rey don Sancho de sobre Zamora y haría decercar la villa.”
Que viene a decir algo así como “mándeme hacer lo que usted quiera que yo lo cumpliré. Y si usted me da permiso haré que Sancho ponga fin al asedio de la villa.” De ser cierta esta conversación, Urraca estaría implicada en el asesinato de su hermano. Pero son muchos los historiadores que ponen en duda la veracidad de dichas crónicas. En cualquier caso, no es descabellado que Urraca fuera la que contrató los servicios del traidor. Pensemos en las circunstancias. Para empezar, Sancho no era del agrado de su hermana, al cual tenía por codicioso y fanfarrón. Había estado años detrás de Alfonso, el favorito de Urraca, hasta conseguir lo que se proponía, hacerse con los tres reinos. No tuvo suficiente y arrebató la ciudad de Toro a Elvira. Finalmente, había estado sometiendo a Zamora y a ella misma, su hermana, al sufrimiento de un asedio despiadado, donde el hambre y la enfermedad comenzaban a hacer estragos. No es de extrañar, pues, que Urraca estuviera detrás de todo, pues de ser así, bien podría considerarse un acto en defensa propia.
¿Y Alfonso, estaba al tanto de que eso iba a ocurrir? Recordemos que Alfonso estaba exiliado en Toledo al amparo del rey Al- Mamun. De Zamora a Toledo hay una distancia de unos 300 kilómetros. Una distancia bastante larga para recorrerla a caballo y dar un recado. Una cosa es que le tuvieran informado de las intenciones de los nobles que le apoyaban, y del discurrir de los acontecimientos y otra diferente que su hermana enviara a informarle de que planeaba asesinar a su hermano. Lo más sensato sería pensar que le informaron una vez consumado todo. Son hipótesis sin demostrar, y sin embargo, Alfonso posiblemente tuvo que jurar que nada tuvo que ver con la muerte de Sancho. Famosa es la leyenda que aparece en el Cantar de Mío Cid donde habla de la Jura de Santa Gadea. Pero precisamente al tratarse de poemas juglarescos los historiadores actuales dudan e incluso niegan que esta jura tuviera lugar. ¿Por qué?

Por lo visto no hay nada registrado oficialmente de que dicha jura se llevara a cabo. Es a partir de varios siglos más tarde donde se comienza a hablar de este tema y nunca en crónicas oficiales. Es el famoso historiador Menéndez Pidal quien sin duda dio más credibilidad al tema basándose casi por completo en lo que cuenta el Cantar de Mío Cid. Y es por eso también que sus colegas le acusan de tener cierta «debilidad» por Rodrigo Díaz, al que intenta elevar a la categoría de héroe nacional de forma un tanto exagerada. Porque de ser cierto lo que narran estos poemas, Rodrigo Díaz de Vivar habría sido quien le exigió a Alfonso que jurase que no estuvo implicado en el asesinato de su hermano para arrebatarle la corona. Este hecho le habría costado al Cid ser desterrado. No es descabellado, no obstante, la creencia de que la jura de Santa Gadea pudo llevarse a cabo. Lo que no encaja para nada es que Rodrigo fuera desterrado por esta causa. Enseguida veremos por qué.

Páginas: 1 2

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *