El problema de Sancho
Sancho García, el conde que plantó cara a Almanzor –tal como hizo su padre-, y sacó todo el provecho que pudo del estallido del califato cordobés, murió en 1017 a los 50 años de edad. Atrás dejaba un condado fuerte y unos reinos cristianos libres de la opresión cordobesa. Había sido tutor, junto a su hermana Elvira del joven heredero al trono de León, Alfonso V, que quedó huérfano y sin el apoyo de su tío a los 20 años. Aproximadamente la misma edad tenía su yerno Sancho Garcés III, rey de Navarra, que ahora se haría cargo de García, hijo del castellano que contaba solo 7 años de edad. Y es aquí, a Pamplona, donde nos vamos a desplazar para ver lo que ocurre, porque parece ser que Sancho Garcés III –abuelo del futuro Alfonso VI- tiene un problema.

La descomposición del califato cordobés venía a demostrar que en los trescientos años de dominio musulmán nadie fue capaz de crear un sistema político sólido. Quizás fueron los años en que gobernó Al Haken los que le dieron a Córdoba su época dorada, pero todo ello se fue el traste con la llegada de la dictadura de Almanzor, que basó su poderío en las fuerzas militares y en el terror. Todo ese poderío había quedado ahora en nada. Los pequeños reinos no podían hacer frente a la gran potencia cristiana que era León o Navarra, que vieron su gran oportunidad, no de conquistar territorio moro, sino de sacar buenas rentas de él.

Conquistar tierras no era factible, a pesar de lo fácil que les hubiera resultado vencer a cualquiera de aquellos desequilibrados reinos, pero faltaba gente. Atacar, vencer y retirarse no servía de nada. Atacar y quedarse no era posible. Para conquistar un territorio hay que crear plazas fuertes, castillos y asentamientos. Era más sensato en aquellos momentos dejar a los moros donde estaban y sacar de ellos beneficios: las parias. Durante la dictadura de Almanzor los reinos cristianos habían tenido que ceder al chantaje del tirano pagando tributos, que por otro lado nunca sirvieron para garantizar su seguridad. Los reinos cristianos tenían ahora la oportunidad de desquitarse haciendo pagar tributo a los moros. No obstante, iban a ser más benévolos en este sentido. Mediante estos tributos, los reinos taifas tenían garantizada su seguridad. El reino receptor de la paria no solo se comprometía a no atacar al pagador, sino a defenderlo de cualquier ataque.

Fue sin duda el negocio del siglo para los reinos cristianos que no solo respiraron tranquilos, sino que crecieron económica y militarmente. Ahora solo había que preocuparse de los problemas internos, que no eran pocos. Sancho Garcés III, por ejemplo, tenía un gran problema: su reino era muy pequeño y no sabía hacia dónde extenderse. Recompongamos el mapa de la época. De la orilla del Duero hacia arriba todo está ocupado por el reino de León, Galicia y Portugal no existían como reinos y Castilla era un condado leonés. Hacia el este entre el Cantábrico y el Pirineo nació Navarra, que entre el mar, Francia y León solo le queda la posibilidad de arrebatarle terreno a Zaragoza, en poder de familias visigodas que se habían convertido al islam para no tener problemas en el momento de la invasión musulmana. León había nacido a partir del diminuto reino de Asturias, Navarra lo hizo a partir de los condados creados por los francos que harían como barrera contra el avance musulmán. A Navarra pronto se uniría el condado de Aragón y Ribagorza. Más allá se encontraban los condados catalanes. ¿Qué hacer, pues? Navarra no estaba para meterse en guerras con los zaragozanos, así que la mejor opción iba a ser sacar provecho de los lazos que le unían a Castilla y León. Lo que no imaginaba Sancho era que para tal cosa no tendría que mover un dedo. Todo le iba a salir a pedir de boca, incluso sin abrirla.

Era el año 1028 cuando una flecha mora hace impacto en el cuerpo de Alfonso V de León durante el asedio de Viseu, una plaza clave en la frontera portuguesa que intentaba recuperarse. El rey muere sin haber cumplido aún los 30 años y deja un heredero de apenas 11, Bermudo III. Como Bermudo es demasiado joven para gobernar, la regencia pasa a su madrastra, Jimena, la segunda esposa del difunto Alfonso. Esta Jimena es también hermana del rey de Navarra Sancho Garcés, y ambos son tataranietos de la famosa doña Toda. Mencionar a estas alturas a doña Toda sería superficial si no fuera porque sirve para ilustrar los lazos familiares que unían a todos los reinos. Jimena no estará sola dirigiendo el gobierno de León, sino bien asesorada por un equipo de nobles navarros, enviados, por supuesto, por Sancho Garcés. León queda pues, bajo la influencia de Navarra. En Castilla, ya lo hemos dicho, muere Sancho García dejando a García Sánchez, su heredero, con solo 7 años de edad. Castilla, recordémoslo, es un condado dependiente de León, aunque funcione de manera autónoma y sin rendir demasiadas cuentas a éste. También está fuertemente emparentada con Navarra, y muerto Sancho García, los navarros estuvieron atentos para que doña Urraca, tía y regente del muchacho, estuviera bien asesorada. La influencia del Sancho Garcés se había extendido a lo largo y ancho de los dominios cristianos y esto no podía haberle venido mejor apara sus planes expansionistas, en los que no entraban apoderarse de León y Castilla, pero sí beneficiarse de su ayuda.

En 1029, García tiene ya 19 años y acude a León a conocer a su prometida. Su tía lo había comprometido con una leonesa, Sancha, la hija del difunto Alfonso V. Las calles de la ciudad se llenaron de gente para celebrar el acontecimiento, y justo a la entrada de una iglesia hubo un alboroto. Cuando la guardia personal del joven García dispersó a los alborotadores, éste yacía muerto en el suelo. Nadie supo nunca quién lo mató ni por qué. Aunque había sospechas (fundadas o no) de que fueron los nobles castellanos Gonzalo Muñoz, Munio Gustioz y Munio Rodríguez. Esto se sabe porque era lo que rezaba en el epitafio de la tumba del joven García. Aunque también hay una canción popular o romance que acusa a otros condes. En cualquier caso hubo quien no veía con buenos ojos este matrimonio, que significaba un acercamiento entre León y Castilla. ¿Y en manos de quién quedaba ahora Castilla?

 

Los dominios del rey navarro
Sancho Garcés III era apodado el Mayor. Dicen que le llamaron así porque llegó a ser el más grande rey de la cristiandad, otros dicen que por su enorme estatura. En cualquiera de los dos casos, el apodo le quedaba muy bien. Las desgraciadas muertes que se habían producido le estaban beneficiando. La última, la del joven conde García, había hecho que Castilla fuera a parar a sus manos. En efecto, porque muerto García sin descendencia, el condado lo heredó su hermana Muniadona, esposa de Sancho. De haber vivido su tatarabuela doña Toda, hubiera estado satisfecha de los buenos resultados que daban estos lazos familiares, unos lazos que ella había sido experta en atar.

Pero todavía no se acabaría el suma y sigue de Sancho. Entre las actuales provincias de Valladolid y Palencia existe un territorio llamado Tierra de Campos. Ese territorio era entonces un condado llamado Cea rodeado por los ríos Cea y Pisuerga, haciendo límite entre León y Castilla. Un territorio que venía siendo objeto de disputas y seguiría siéndolo en el futuro para, finalmente, provocar un dramático episodio que cambiaría el rumbo de la historia de Castilla y León. Pero no adelantemos acontecimientos. En el año 1028 esas tierras eran propiedad del conde Pedro Fernández, que muere este mismo año. El condado pasa a manos de Sancho Garcés, porque, cómo no, les unía lazos de sangre, el rey navarro era tío suyo.

No se sabe muy bien cómo sentó a los nobles leoneses y castellanos el hecho de que un navarro se quedara con aquellas tierras, pero Sancho Garcés seguía aumentando sus territorios poco a poco. Y ahora viene uno de esos enigmas de la historia que no acaban de resolverse: Sancho Garcés III entra en León. Entra, sí, ¿pero a qué? Por un tiempo se creyó que el navarro quiso aprovecharse de la debilidad leonesa –recordemos que Alfonso V era un crío- para apoderarse de León. Quedarse con el condado de Castilla por haberlo heredado su esposa no deja de ser lícito, pero usurpar el trono de León hubiera sido una jugada bastante sucia. El caso es que el tema, después de estudiarlo detenidamente, no arroja pruebas suficientes como para pensar que Sancho quisiera usurpar nada. El rey navarro se había hecho cargo de la tutoría y protección del heredero a la corona de León, y eso precisamente es lo que muchos creen ahora que hacía Sancho en tierras leonesas.

No hacía muchos años que los nobles leoneses andaban revueltos. Ahora, con un niño como rey, León era presa fácil de los ambiciosos. Sancho Garcés se había comprometido a protegerlos. No hay documentos que hablen de invasiones ni batallas. No hay motivo pues, para pensar que Sancho hiciera algo distinto a cumplir con su compromiso de protección. Así fue, probablemente, pues tampoco hay nada que indique que León llegara a ser parte de Navarra. ¿O sí? El caso es que existe un documento, que probablemente sea lo que más ha confundido a los especialistas en el tema. Era costumbre de los reyes hacer donaciones a la Iglesia, en el años 1032 Sancho hizo donación al monasterio de Leyre, fechada el 26 de diciembre. En el documento dice lo siguiente:

“Reinando el serenísimo sobredicho rey Sancho en Pamplona y en Aragón, en Sobrarbe y en Ribagorza y en toda Gascuña, y en Castilla entera, y además añadiré que gobernando por la gracia de Dios en León y en Astorga.”

La declaración puede que sea más una fanfarronería que otra cosa, pues Gascuña no llegó a ser tampoco parte de Navarra. Y de repente, en el año1035 a los 45 años de edad, Sancho muere de una enfermedad desconocida. Es hora de dar a conocer su herencia.

El testamento

Este fue el reparto que Sancho el Mayor hizo de todos sus dominios. Nótese que, salvo alguna modificación en las fronteras con Castilla, este rey procuró no dividir los territorios que ya tenían, por así decirlo, personalidad propia. Así, por ejemplo, la Navarra original pasó íntegra al primogénito mientras repartía a los demás los condados sobre los que él tenía potestad. La cosa quedó de la siguiente manera:
  • García, el primogénito, heredó, como es natural, la corona de Navarra y reinaría como García Sánchez III.
  • Al segundo, Fernando, le correspondió el condado de Castilla.
  • El tercero, Gonzalo, recibió los condados del Pirineo: Sobrarbe y Ribagorza
  • El cuarto hijo, Bernardo, recibió, el título de conde, pero no está muy claro qué territorios recibió.
  • Y la quinta, Jimena, se había casado finalmente con el protegido de su padre, Bermudo III, por lo tanto, era reina de León. ¿Qué mejor dote?
  • Finalmente, Ramiro recibiría también el título de conde con su respectivo condado: Aragón.
¿Y quién era este Ramiro? Pues era ni más ni menos que el primer hijo de Sancho Garcés. Un hijo ilegítimo que tuvo con una novia llamada Sancha de Albar, cuando ambos eran muy jóvenes, Sancho no debía tener más de 16 años. Y como ilegítimo que era, no podía ser considerado primogénito ni heredar la corona navarra. No por eso fue excluido del testamento y Sancho procuró que recibiera lo mismo que los demás.

El primogénito, García, sería pues, el rey de Pamplona y todos los demás serían condes en sus respectivos condados con plena autonomía sobre ellos pero rindiendo vasallaje a su rey y hermano. Un testamento redondo, que debía satisfacer a todos. ¿Lo hizo? Pues no. A todos les supo a poco.

El problema era el que describíamos al principio, el que tenía su padre, que sus territorios estaban encajonados sin muchas posibilidades de expansión, si no era unos a costa de los otros. Recordemos que el espíritu de la reconquista era precisamente ese, el afán de expandirse. Pero ganar terreno hacia el sur solo era una tarea apta para el reino de León. Navarra y sus condados de Aragón, Ribagorza y Sobrarbe tenían un duro rival debajo de ellos, nada menos que Zaragoza en manos musulmanas. La confrontación entre hermanos no tardaría en llegar. Tenemos a Fernando, por ejemplo, reclamando la parte de Castilla que se había quedado adherida a Navarra. Tenemos a Ramiro y Bernardo disputándose las fronteras de sus respectivos condados y tenemos… ¿a quién más tenemos? ¡Vaya! Nada menos que al niño Bermudo, ya crecidito y hecho todo un rey, casado con su prima, hija del difunto rey navarro, que reclama a su primo Fernando el condado de Cea; aquel condado que heredó Sancho Garcés, muy disputado desde hacía años y que Sancho incorporó gustosamente a sus dominios. Fernando lo había recibido en herencia junto a Castilla, y por supuesto no estaba dispuesto a soltar prenda. Bermudo y Fernando estaban a punto de llegar a las manos.

La herencia que recibió Fernando parece ser que no fue casual. Los castellanos habrían exigido que no fuera a parar a manos del primogénito, porque eso hubiera significado que Castilla hubiera seguido en manos navarras. Sin embargo, en manos del segundo hijo del rey de Pamplona, el condado recobraría su status quo, volvería a estar vinculado a León con la misma autonomía que había tenido siempre. Hay documentos en los que Fernando ya figura como conde de Castilla antes de que Sancho muriera y se hiciera público su testamento. Y llegados a este punto cabe preguntar, ¿por qué los castellanos tenían tanto interés en que Castilla volviera a estar vinculada a León? Quizás porque su grado de autonomía con Navarra no era la misma. Puede que fuera por eso.

Bermudo tenía ya 20 años, muy joven, pero ya con las ideas claras y posiblemente presionado por quienes le rodeaban. El rey navarro, su protector, había muerto y ya nada le ataba a Navarra. Porque, por supuesto, no seguiría vinculado al nuevo rey, su primo García Sánchez. Esa fue una de las primeras medidas en tomar, dejar de ser el protegido de nadie. No se sabe si Bermudo estaba agradecido al difunto, o por el contrario su muerte fue una liberación para él. Las relaciones navarro-leonesas durante esa época son un enigma para los historiadores y todo son hipótesis como las que se han explicado antes; pero lo que parece que tenía claro era que a partir de ahora se valdría por sí mismo. Al joven Bermudo se le presentaba un gran reto: devolver a León su protagonismo, y el primer paso iba a ser intentar recobrar aquel territorio, fruto de conflictos entre leoneses y castellanos desde hacía ya tanto tiempo. Las cosas andaban revueltas entre los hermanos herederos de su tío. Todos querían apoderarse de algún territorio que creían propio, él no iba a ser menos.

Bermudo quiere recuperar unas tierras que siempre habían sido leonesas, pero que habían ido a parar, por herencia, a manos del rey de Navarra. Estas tierras, antes de ser heredadas más tarde por Fernando, fueron parte de una dote. La dote que los leoneses le dieron a su hija Sancha, prometida del joven conde García, aquel que fue asesinado con solo 19 años justo antes de casarse. Sancha se casó más tarde con Fernando, por lo tanto, éste podía reclamar las tierras de Cea por partida doble, como herencia de su padre como por la dote que un día recibió su esposa. Por supuesto, Bermudo no estaba de acuerdo con todo este tejemaneje y él solo entendía que estas tierras eran leonesas y que las iba a recuperar aunque supusiera un enfrentamiento armado con su propio cuñado. Y así fue. Hubo enfrentamiento.

Un dramático enfrentamiento, pues el panorama familiar era el siguiente: en León tenemos a Bermudo casado con Jimena, hermana de Fernando. En Castilla tenemos a Fernando casado con Sancha, hermana de Bermudo. Son primos, hermanos, cuñados… todo un drama que hace reflexionar sobre qué pasaría por la cabeza de cada uno de ellos. ¿A favor de quién estaría Sancha? ¿A favor de quién estaría Jimena? ¿A favor del marido o del hermano? Sea cual sea el resultado del enfrentamiento supone una tragedia para todos, incluso para el vencedor.

Era agosto de 1037, Bermudo cruza el río Pisuerga con su ejército. Fernando es alertado de que los leoneses han entrado en tierras del Cea y pide ayuda a su hermano García, el rey de Navarra. La batalla va a tener lugar en Tamarón. Bermudo se ve de pronto ante un enemigo superior en número, pero decide que no se achicará y plantará cara. Una retirada le hubiera puesto en evidencia ante los nobles leoneses. El choque entre los dos ejércitos fue brutal y Bermudo busca a Fernando para enfrentarse personalmente con él. Muy valiente, sin duda el joven rey, pero precisamente esa juventud convirtió esa valentía en imprudencia. No tardó en verse rodeado de enemigos por todas pares, y a pesar de valerosa defensa y manejo de la espada, no tarda en ser derribado de su montura al hacerle impacto una lanza. Una vez en el suelo, numerosos guerreros se abalanzan sobre él. Las crónicas hablan de siete caballeros, los que cayeron sobre él. Recientemente se ha estudiado el cuerpo de Bermudo y se habla de unas cuarenta heridas sobre el vientre. Está claro que no tenían mucho interés en que el rey leonés saliera con vida de aquella batalla.

 

Hacia León viene un navarro procedente de Castilla
Muerto Bermudo, ¿quién heredaría León? Puesto que no tenía descendencia, el reino iba a parar a su hermana Sancha, y eso significaba que el nuevo rey sería su esposo, Fernando. Curioso destino el de Fernando, que por querer arrebatarle un pequeño condado le viene a las manos un extenso reino. A costa de una tragedia familiar, eso sí. Pero no fue él quien la buscó, que solo se limitó a defender lo que le fue dado en herencia. Una lástima, en todo caso, la muerte de Bermudo, último de la dinastía astur, que al igual que su padre, murió joven queriendo enderezar el rumbo de León, que tanto había sufrido bajo el azote de Almanzor.
Y ahora, ¿con qué cara se presenta Fernando en León, diciendo, he matado a vuestro rey, ahora el rey soy yo? Pues tuvo que hacerlo, estaba en su derecho, al ser el esposo de la legítima heredera, la hermana del difunto. Así que puso rumbo a la capital de su nuevo reino, había que pasar cuanto antes el mal trago de presentarse a los nobles. Pero he aquí que los nobles no quisieron recibirle. A la cabeza de ellos estaba Fernando Flaínez, un conde que se había hecho cargo de la ciudad de León. A su lado y apoyándole, su hijo Flaíno Fernández y su sobrino Fáfila Pérez. Las puertas de León estaban cerradas y sus murallas fuertemente custodiadas. Fernando y su esposa dieron media vuelta y se marcharon.

Los nuevos reyes de León no perdieron el tiempo y se dedicaron a viajar por todo el reino. En su viaje les acompañaba un gran ejército que se exhibía y daba muestras de poder. Sin embargo, Fernando no perdió los nervios y tuvo buen tacto en su negociación con todos los nobles a los que visitó. Y después de casi un año, los reyes vuelven a la capital, no para asediarla, sino para negociar con los que allí se habían atrincherados. Los nervios estaban ya más calmados y Fernando estaba dispuesto a ser generoso. El clan de los Flaínez tenía mucho que ganar y al mismo tiempo, mucho que perder también, si persistían en rechazar al nuevo rey. Finalmente las puertas de León se abrieron y hasta el obispo de la ciudad, que en un principio apoyaba a Flaínez, estuvo de acuerdo en recibir a Fernando.

Flaínez conservaría su puesto como gobernante de la capital, su hijo Flaíno recibía el título de conde y se haría cargo de la comarca del río Esla y todos aquellos que le apoyaron no serían castigados, sino que serían colmados de honores. Después de todo, Flaínez era tío segundo de Fernando. A veces, los lazos de sangre que doña Toda se había empeñado en atar, daban sus buenos resultados. Fernando de Castilla tenía vía libre para ser rey de León. Después de la tragedia, todos contentos.

Pues no, todavía estaban los hermanos de Fernando a tira y afloja en su afán de expandir sus territorios. García, que ya había heredado una Navarra sensiblemente más grande que la original al haberse quedado anexionados algunos territorios castellanos, quería arrebatarle a Fernando algunos más. El propio Fernando, que a pesar de haberle tocado la lotería habiendo ganado nada menos que el reino leonés, no solo se defendía ahora de las intenciones de García, sino que le presionaba para que le devolviera sus territorios originales. Y más a la derecha, según miramos el mapa, estaba Ramiro, el hermano bastardo de los navarros, enfrascado en disputas territoriales también. Ramiro tenía en mente muchas cosas. Quería formar un reino, un gran reino. No sabemos hasta dónde soñaba Ramiro con llegar, pero su proyecto llegó lejos, muy lejos.

Los representantes de Dios
Cuando vemos con qué facilidad dejaban los reyes sus territorios en herencia, no podemos dejar de preguntarnos cómo era aquello posible. Es decir, la tradición hasta nuestros días permite que un rey “deje en herencia” un reino a su hijo, normalmente al primogénito; otra cosa es que ese reino se pueda dividir y dejar una parte a cada hijo. La costumbre, muy extendida en la edad media, permitía hacerlo tal como si de una finca propia se tratara. Claro que, lo normal era hacerlo con territorios añadidos con anterioridad o con condados que se escindían para convertirlos en reinos, y rara vez se particionaba un reino ya consolidado como tal. Fue el caso de Castilla, anexionado a Navarra –aunque nunca fue una anexión real- y que más tarde sería dejada en herencia a Fernando I. Pero el caso más claro de partición lo veremos precisamente con este rey al dejar a sus hijos un territorio que él mismo unificó, y que luego dividió en tres. Tampoco fue una partición real, la novedad era que convertía en reinos dos condados: Galicia y Castilla.

En cualquier caso estamos viendo cómo los reyes jugaban con los territorios como buenamente se les antojaba. ¿Por qué hacían esto? Evidentemente porque podían hacerlo. Para entenderlo conviene ver cómo funcionaban los tinglados de la época. El rey era un representando de Dios. La jerarquía era la siguiente:

• Dios.
• Papa.
• Rey.
• Condes y magnates
• Pueblo.

Dios gobernaba sobre todos. El papa, representante en la tierra del Todopoderoso, gobernaba sobre los reyes de todos los países cristianos. Los reyes gobernaban en su propio territorio y estaban por encima de los condes que administraban las distintas partes del país. Y estos últimos tenía poder sobre los campesinos que labraban la tierra y obtenían a cambio alimento y protección de ellos. Ni que decir tiene que en asuntos de estado, los últimos de esta jerarquía no pintaban nada, porque tenían una cosa clara, que sus gobernantes eran tales porque Dios se lo permitía. Por lo tanto, ellos no tenían nada qué decir, y de haber tenido que decir algo, tampoco podían.

Los condes tenían la cosa más clara aún: ellos sí que pintaban algo en la gobernación del reino. De hecho, de ellos dependía muy mucho la estabilidad de los reyes. Eran el último eslabón en la cadena gobernante de Dios, pero un eslabón bastante poderoso. Tan poderoso, que ellos eran realmente el ejército del reino. El rey dependía de ellos, pues no había un ejército unificado en el reino, a excepción de los caballeros y sus mesnadas que servían al rey directamente, sino que cada conde tenía sus tropas que acudían a la llamada del rey cuando eran necesarios. Podemos imaginar, pues, la preocupación de los nobles, que dependiendo de la simpatía que profesaran por uno u otro aspirante al trono se posicionaban en diferentes bandos, cuando eran alertados del cambio o posible sustitución de sus reyes. Podemos imaginar también el contraste entre ellos y los ciudadanos de a pie, a los que poco o nada les importaban estos cambios, pues poco o nada iba a cambiar en sus vidas perteneciendo a uno u otro reino, como tampoco cambiaba fuera quien fuera el representante que Dios hubiera decidido asignarles.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *