Su nombre real y completo era Giuseppe Napoleone Buonaparte, hermano mayor de Napoleón Bonaparte. Nació en Corte, localidad de la isla de Córcega, el 7 de enero de 1768, y murió en Florencia el 28 de julio de1844. Fue abogado, diputado por Córcega,  ministro, consejero de estado, Príncipe, Gran Elector en el imperio levantado por su hemano, y algún título más que me dejo en el tintero. Hasta Rey de Nápoles llegó a ser entre 1806 y 1808. Reinado que dejaría ese mismo año para venir a España a ocupar la vacante que forzosamente habían dejado Carlos IV y su hijo Fernando.
En 1808 España estaba técnicamente dominada por las tropas de Napoleón, que se habían ido infiltrando, aprovechando la buena fe e ingenuidad (y también la ambición) del primer ministro Manuel Godoy. España era aliada de Francia y no podía negarse a dejar pasar a los franceses camino a Portugal (esa era la excusa), pero una vez dentro del territorio español, se quedaron. España sufría una crisis política y monárquica a la vez. La gente comenzada a estar harta de Manuel Godoy, y Fernando desplaza en el trono nada menos que a su propio padre. Napoleón se apresura a hacer de mediador entre padre e hijo y los invita a hacerle una visita a Bayona. Una vez allí, quedan retenidos y son obligados a abdicar en favor suyo (del propio Napoleón) que cede la corona inmediatamente a su hermano José.
Y ya lo tenemos aquí, sentado en un trono que legítimamente no le corresponde. Los ánimos de los madrileños estaban como para sentir simpatía por un rey intruso, y más viendo cómo después de lo vivido el 2 de mayo en la capital, el país entero estallaba en una sangrienta guerra. La invasión francesa era ya un hecho. José Bonaparte era un borracho, un vicioso, un maleante, y además de feo, era incluso tuerto. Así lo pintaban los madrileños y esa fue la imagen que de él se hizo toda España. Pero, ¿era realmente el rey intruso un maleante y un borracho además de ser físicamente poco agraciado? ¿Qué dicen de él los historiadores y los que le conocieron de cerca? Modesto Lafuente, en su Historia General de España dice lo siguiente:
“De carácter afable, el rey José, atento y cortés en el trato, bastante instruido, no escaso de talento, y animado de buenos deseos e intenciones, reunía prendas para haberse ganado la voluntad de los españoles, si no los hubiera cogido lastimados en su noble orgullo, si hubieran podido olvidar su ilegitimidad y la manera indigna y alevosa como les había sido impuesto, si, como no era posible, España hubiera podido conformarse con el sacrificio de su dignidad. José, en otras condiciones y con autoridad y procedencia más legítima, por sus deseos y cualidades de príncipe, habría podido hacer mucho bien a España. Así lo han reconocido y consignado escritores españoles de mucha cuenta y nada afectos ni a la dinastía ni a la causa de los Bonaparte.”
Parece ser que José no era mala persona, y como bien se dice, en otras circunstancias hubiera sido un gran rey. ¿Y qué hay de su afición a la bebida? ¿Por qué ese mote de Pepe Botella?
“Pero era tal el aborrecimiento que la conducta de Napoleón había inspirado en el pueblo, que el vulgo, no viendo ni juzgando sino por la impresión del odio, solo veía en su hermano al usurpador y al intruso, y lejos de reconocer en él prenda alguna buena, figurábalase un hombre lleno de defectos y de vicios. Se le propaló que se daba a la embriaguez, y la plebe le designó para denigrarle con el apodo de Pepe Botella, acabando por creerlo como verdad la generalidad de las gentes.”
Y por último, ¿Era realmente feo y tuerto?
“Aún siendo José agraciado de rostro, el odio popular llegó a desfigurar tanto su cuerpo como su alma, pintándole tuerto. Y con este defecto físico se distribuían por todas partes retratos suyos. Se le hacía objeto de risibles farsas populares en plazas y teatros. Todo lo cual influyó de tal modo en su descrédito y desprestigio que ayudó a mantener vivo el odio a su persona y a su dinastía, espíritu que fue un gran auxiliar para la lucha de armas que ardía ya viva por todas partes.
Parece ser que en su intento de ganarse la voluntad de los españoles, solo lo consiguió por parte de los llamados afrancesados, españoles que veían con buenos ojos la entrada de los franceses. Para el resto, el odio pudo más que la voluntad de un rey ilegítimo, que por muy buenas intenciones que tuviera para nuestro país, no era ni el sujeto, ni el momento adecuado para sentarse en un trono que no le correspondía.

Su «reinado» no fue ni mucho menos tranquilo, tampoco puede esperarse otra cosa en medio de una guerra. Pero por lo visto, algún que otro momento de sosiego debió tener, para dedicarse, como lo hizo, a construir plazas públicas en Madrid. Dicen que para ello derribó muchos conventos, en Madrid había demasiados. Y de aquí le vino otro de sus muchso motes: el Rey Plazuelas. En lo demás, parece ser que sus generales tenían más respeto a su hermano que a él mismo. En realidad, José no era más que un títere al servicio de su hermano, que le cantaba las cuarenta cada vez que salía huyendo de Madrid. No fueron pocas las veces que lo hizo. La primera, nada más instalarse en palacio, cuando se enteró de que Dupont había recibido un trágico descalabro en Bailén. La antepenúltima, después de la derrota que sufrieron los franceses en los Arapiles, a manos de Wellesley. Derrota que terminó de poner en jaque a los de Napoleón y que puso en evidencia la autoridad de José, al que sus generales no obedecieron como debieron hacerlo.

Finalmente, el 13 de junio de 1813, José salió de Madrid con un enorme equipaje, llevándose consigo cuantos tesoros pudo. Sabía que era su salida definitiva de Madrid para no volver. En su rocambolesca huída fue alcanzado antes de abandonar España y para que no lo capturaran a él, se vio obligado a abandonar todo su equipaje. José Bonaparte llegó a Francia con lo puesto y con su ejército apaleado.

Texto extraido de la novela La Torre Inclinada, con citas de Modesto Lafuente.
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