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El paso del Indukush

En Bactriana, Bessos había sido proclamado rey y ahora se hacía llamar Artajerjes. Allí se preparaba sin descanso ante el esperado avance macedonio. Además de las tropas que le acompañaban después de asesinar a Darío, había conseguido 7.000 jinetes y algunos miles de infantes más. Algunos de los grandes del antiguo imperio todavía seguían a su lado y se encargarían de fomentar insurrecciones en Partia y Aria por lo que, Alejandro se vio obligado a enviar tropas a aquellas provincias. Aquel invierno del año 330 al 329, Alejandro se puso de nuevo en marcha hacia las montañas indias de Indokush en el Cáucaso índico, cerca del actual Kabul en Afganistán. Una vez llegaron a sus faldas pudieron comprobar cómo un espeso manto de nieve las cubría por completo haciendo inaccesible cualquiera de sus desfiladeros, así que acamparon a la espera de que llegara la primavera.
Pasados los días más fríos del invierno reanudaron la marcha por profundos desfiladeros que ocultaban el sol casi todo el día, a través de rocas escarpadas y glaciares que hacían que el aire aún fuera muy frío y la nieve espesa. Los caminos eran intransitables, aunque tuvieron la suerte de encontrar algunas pacíficas aldeas de pastores que ofrecieron sus ganados. Fue una travesía infernal que duró dos semanas, para entrar en una zona de campos arrasados y pueblos incendiados. No había nada que comer, solo hierba y hubo que sacrificar mulas de carga. Aquello había sido obra de Bessos, que sabiendo que el ejército de Alejandro llegaría exhausto, quiso prepararle aquella bienvenida, para que no encontraran nada que comer, si una sola casa que pudiera ofrecerles ayuda. Pero aquel ejército no era un ejército cualquiera, y aun habiendo perdido muchos caballos y hombres, el decimoquinto día llegaron a Drapsaca (Inderap) la primera ciudad bactriana, donde pudieron por fin darse un respiro. Los macedonios se dieron cuenta enseguida de que se adentraban en un país muy distinto a aquellos por los que hasta ahora habían pasado. Aquella cordillera que todavía no habían acabado de atravesar ya era distinta, quizás la cadena montañosa más agreste y mortífera que habían cruzado. Tras un merecido descanso se pusieron de nuevo en marcha. Todavía tenían que cruzar los pasos de la vertiente norte para luego descender a las llanuras de Bactriana.
Bessos creyó que la montaña y finalmente las tierras arrasadas impedirían que el ejército macedonio llegara a la Bactriana. Pero en vistas de que nada ni nadie los detenía se cagó las patas abajo y salió echando leches a refugiarse en Nautaca, en la provincia Sogdiana. Con él salieron algunos miles de soldados, pero los jinetes bactrianos, al ver que su tierra era abandonada a la suerte de Alejandro, dieron media vuelta y se dispersaron. Los que siguieron con él, no tardaron en darse cuenta de que el nuevo rey Artajerjes no daba la talla. Un rey que no paraba de huir ante la presencia de Alejandro no hacía más que defraudar a quienes lo apoyaban. Espitámenes, Datafernes, Catanes y Oxiartes, informados de la proximidad de Alejandro, creyeron que había llegado la hora de ponerse de su parte. Bessos fue encadenado y Alejandro recibió la noticia de que estaban dispuestos a entregárselo. Ptolomeo, al mando de seis mil hombres, se adelantaron y llegaron a hasta las murallas de un pequeño pueblo. Ptolomeo hizo saber que si le entregaban al prisionero sus vidas serían respetadas. Las puertas se abrieron y los macedonios, al entrar, encontraron a Bessos y una pequeña tropa que habían dejado con él. Espitámenes y los demás cabecillas se habían marchado, pues habían sentido vergüenza de entregarlo personalmente.
Alejandro había ordenado, que cuando él lo encontrase, Bessos debía estar desnudo y encadenado a la derecha del camino y Ptolomeo así se lo presentó. Cuando llegó hasta él, Alejandro paró su carro y le preguntó por qué había traicionado a Darío. Bessos le contestó que lo que había hecho, lo hizo de acuerdo a lo que pensaban los demás y con la esperanza de congraciarse con él, con Alejando. Acto seguido ordenó que fuera azotado para luego ser enviado a Bactra, donde sería juzgado de acuerdo a las costumbres del lugar. Alejandro no quiso entrometerse a la hora de juzgar el asesinato del rey persa y por eso no impuso la justicia macedónica. Las costumbres del lugar, osea, las persas, no es que fueran unas costumbres muy cariñosas en estos casos. Una vez declarado culpable, la costumbre era cortarle la nariz y las orejas, para luego amarrarlo a dos ramas de árboles flexibles que una vez eran soltadas partían el cuerpo del reo en dos. Una costumbre que era una guarrería, pues lo ponían todo perdido de sangre y cachos de carne. Esos sí, los perros se ponían las botas.
Y ahora, ¿qué pensaba hacer Alejandro? Pues ni más ni menos que ir más allá. Hasta los confines del imperio. Fue cuando se rebelaron las unidades de caballería que habían servido con Parmenión. No estaban dispuestos a alejarse más del mundo conocido por ellos. Alejandro pensó que quizás tenían razón y por un momento se planteó dar por terminado el viaje, pero fue solo por un momento; Alejandro los dejó marchar, ya reclutaría tropas entre los persas. Él partió desde el río Oxus hasta Maracanda (actual Samarcanda) en Uzbekistán. Más al noreste llegaron al río Jaxartes (Syr Darya) frontera nororiental del imperio. Sospechaban que este río desembocaba en el gran océano que entonces se pensaba que rodeaba la tierra. Pero el río, cuya corriente va hacia el norte y luego gira hacia el noroeste desemboca en un gran lago, el mar de Aral.
Alejandro se sorprendió cuando llegaron a recibirles embajadores de pueblos que habitaban al norte, más allá de lo que él pensaba que ya era océano. Pedían su alianza en las guerras que libraban entre ellos. Pero él ya tenía bastante con sus propias guerras como para inmiscuirse otros conflictos. Su viaje por las actuales Afganistán, Uzbekistán y Turkmenistán le estaban dando demasiados quebraderos de cabeza. Pueblos demasiado rebeldes donde los baños de sangre no servían para nada. Cuando lograba apaciguar un lugar, inmediatamente había otro que se rebelaba. Para intentar controlar la situación, Alejandro fue nombrando sátrapas de confianza. Uno de ellos fue Clito, al cual nombró sátrapa de Bactria y Sogdiana. Fue en el otoño del año 328, cuando decidió marchar a Maracanda (Samarcanda), para pasar un tiempo antes de retirarse a invernar en Nautaca. Allí se produjo el nombramiento de Clio, hombre de confianza que había luchado a su lado desde el principio y que incluso llegó a salvar la vida de Alejandro durante la batalla del Gránico.
De los relatos de Plutarco, Arriano, Curcio y Justino, se desprende que quizás Clito no estuviera demasiado entusiasmado con aquel nombramiento. Posiblemente, era el lugar donde mejor servicio le haría a Alejandro en aquel momento, cuando aquellas provincias eran más conflictivas. Pero Clito siempre había luchado al lado de Alejandro y después de la muerte de Filotas compartía el mando de la caballería con Hefestión, por lo que, aquel nombramiento puede que se lo tomara como una degradación más que como un privilegio.
Durante la festividad del dios del vino Dioniso, Alejandro, en vez de hacer sacrificios en honor a este dios, los hizo en honor a Castor y Polux, sin que quede muy claro por qué hizo esto. Durante la fiesta se bebió hasta la extenuación. Entre los temas de conversación se hablaba de los grandes héroes como Hércules, hijo de Zeus, pero, según decían, ninguna hazaña fue tan grande como la conseguida por su rey Alejandro. No se sabe si el mismo Alejandro intervino en el debate, pero sí lo hizo Clito.
Con anterioridad se ha contado cómo a Alejandro le inculcaron desde niño que era hijo del dios Zeus-Amón y cómo una vez en Egipto visitó su templo. Nadie puede asegurar si Alejandro alguna vez se creyó verdaderamente ser un dios, pero según sus hombres, del templo de Amón salió distinto y comportándose como tal. Esto, unido a que en los últimos años había comenzado a orientalizarse, fueron las causas por las que algunos de sus generales hubieran conspirado contra él, o no le miraran como antes. Clito seguía leal a Alejandro, pero en el fondo reprobaba la conducta de Alejandro, y el vino hizo que aquel sentimiento aflorara. Clito criticó las comparaciones entre Alejandro y los antiguos héroes, argumentando que las hazañas de Alejandro no eran solo mérito suyo, sino de todos los macedonios que habían luchado junto a él. Pero los aduladores de Alejandro, no solo se reafirmaban en que Alejandro era más grande, sino que incluso había hecho más méritos que el rey Filipo. Clito, que había servido junto a Filipo, se sintió ofendido por las declaraciones. Parece ser que todo aquello era cosa de los más jóvenes, que para ellos no había más héroe que Alejandro, sin embargo, a los que tenían cierta edad y habían servido junto a Filipo, no les hacía ninguna gracia.
La conversación fue subiendo de tono y estalló cuando Clito le reprochó a Alejandro que lo había nombrado sátrapa para degradarlo, se rió de él por creerse un dios y le echó en cara, que para ser un dios él había tenido que salvarle la vida. Alejandro no pudo contenerse más y se lanzó hacia él con la intención de golpearle, aunque fue sujetado y no pudo llegar hasta Clito, que seguía profiriendo insultos. Alejandro echó mano a su cuchillo, pero alguien se lo había quitado para que no hiciera ninguna locura. Ciertamente, Alejandro estaba fuera de sí, cogió una lanza de uno de los miembros de su guardia y con ella atravesó a Clito.
La fiesta acabó en tragedia. Todos quedaron atónitos, Alejandro más que ninguno, al darse cuenta de lo que había hecho. Plutarco nos cuenta que el arrepentimiento de Alejandro fue inmediato y tan grande, que intentó clavarse la misma lanza en su propio pecho y lo hubiera hecho si los guardias no le hubieran sujetado y llevado a la fuerza hasta su tienda, donde pasó llorando amargamente toda la noche y el día siguiente, sin encontrar otro consuelo que el alcohol; y en él se refugió un día tras otro. Se volvió huraño e intratable y respondía con violencia.
Sus oficiales decidieron hacer algo por él enviándole un filósofo para que hiciera las funciones de psicólogo. Era un hombre de suaves y educadas maneras, según Plutarco. Se llamaba Calístenes y era sobrino de Aristóteles. Toda palabra que salió por su boca fue rechazada por Alejandro y Calístenes salió de su tienda sin saber qué más podía hacer. Los oficiales, entonces, decidieron poner en marcha una estrategia contraria a la anterior y enviaron a Anaxarco. Su entrada a la tienda de Alejandro fue gritando “¿Es este el Alejandro del que todo el mundo está pendiente, el que está tumbado llorando como un esclavo por miedo a la censura y al reproche de los demás?” Luego, con más calma le dijo que un rey nunca se equivoca, que se había comportado de acuerdo a la voluntad de los dioses y que, probablemente, todo había ocurrido porque Dioniso se estaba vengando por no haber recibido ningún sacrificio en honor suyo. Las palabras de Anaxarco hicieron su efecto y decidió ofrecer sacrificios al dios Dioniso para calmar su enfado. Después de esto se propuso olvidar el desgraciado incidente que acabó en la muerte de Clito.
Hay quien ve una similitud en los tres días apartado de todos llorando a Clito, con la retirada de tres días que protagonizó Aquiles en Troya mientras lloraba la muerte de Patroclo. Nadie duda de que el pesar de Alejandro era sincero, sin embargo, parece como si hubiera querido emular al que consideraba antepasado suyo. Recuperado ya del todo y pasados diez días ordena iniciar los preparativos para pasar el invierno del 328 al 327 en la región de Nautaca. Los generales de Alejandro tenían bajo control la zona, pero aún había una plaza fuerte que le preocupaba dejar tras de sí sin haber sido controlada por completo: la Roca Sogdiana, una fortaleza encima de una peña de difícil acceso. Pero si había dos palabras que Alejandro desconocía eran difícil e imposible, y la Roca cayó. Y si había algo que Alejandro admirara era la valentía de sus oponentes. Oxiartes había defendido la Roca con valentía, aunque al final, viéndose perdido tuvo que negociar la rendición. Oxiartes fue confirmado en su cargo, el cual ofreció un banquete a los macedonios en agradecimiento. En la fiesta había un grupo de jóvenes mujeres entre las que se encontraba la hija de Oxiartes. Según cuentan los cronistas de la época, Roxana, así se llamaba la chica, era la mujer más bella de Asia, solo comparable a Estatira, la difunta reina y esposa de Darío. Cuando la vio Alejandro, quedó prendado de ella y de inmediato le pidió a su padre matrimonio. Podría haberla hecho su esposa por derecho de conquista, pero prefirió ser cortés.
Quizás esta cortesía iba dirigida a contentar a su suegro, con el fin de poder dejar el territorio apaciguado antes de partir hacia la india. Los autores antiguos no dudan de que Alejandro se enamoró de Roxana, pero está claro que el matrimonio le beneficiaba políticamente. Así y todo, no le beneficiaba en nada con respecto a sus hombres, que según nos cuenta Curcio, se sentían avergonzados con esta decisión:
“De este modo, el rey de Asia y Europa, se unió en matrimonio a quien había sido introducida en medio de las atracciones del banquete y de la cautiva habría de nacer el que gobernara a los vencedores. Les avergonzaba a sus amigos que hubiera elegido a su suegro de entre los vencidos en medio del vino y el banquete.”
Poco después de su boda con Roxana nacería el primer hijo de Alejandro, pero no de ella, sino de su concubina Barsine, la cual le acompañaba desde el año 333. El nombre del niño fue Hércules o Heracles, que sería el equivalente en Griego.
En los meses siguientes comenzaron los preparativos para marchar a la India. Parece que durante esos preparativos Alejandro tomó la decisión de que al dirigirse a él, tanto persas como macedonios, se prosternaran en señal de adoración. Fue la llamada proskynesis, gesto que formaba parte del ritual persa cuando se dirigían a sus reyes. Un ritual que en Grecia estaba reservado solo al dirigirse a los dioses. Una medida que aumentó más los recelos que los macedonios tenían con su rey. Por eso Curcio continúa contándonos las murmuraciones de sus hombres:
“Después de la muerte de Clito, desaparecida la libertad, a todo decían que sí, que es lo que más les convertía en esclavos”.
¿Se había vuelto Alejandro un tirano o verdaderamente se creía un dios? ¿Después de años al frente de sus hombres como un compañero más, ahora les pide reverencias? Si se creía o no un dios nunca lo sabremos, pero en lo de pedir reverencias en señal de respeto quizá tuvieron mucho que ver los filósofos y poetas que le circundaban, pues ellos fueron los que constantemente le adulaban como hijo de Zeus Amón. En cualquier caso, el malestar entre los macedonios estaba servido, pues si para los persas era algo normal inclinarse ante el rey, para los macedonios era algo humillante y esperpéntico, pues se les estaba pidiendo que se inclinasen ante su líder, que ahora se creía un dios.


Los filósofos que influyeron en Alejandro

La vinculación de Aristóteles a los reyes de Macedonia vino a través de su padre Nicómaco, que fue médico de la corte de Amintas III, padre de Filipo II. Iniciado desde muy niño en la medicina, Aristóteles pronto se encaminó hacia la filosofía y con 17 años fue enviado a Atenas a estudiar en la academia de Platón, donde fue un discípulo destacado. Cuando la academia pasó a manos de Espeusipo, sobrino de Platón, muchos han querido ver que entre Platón y Aristóteles no había muy buena relación, pero esto no tuvo por qué ser así, pues nada hay de raro que la dirección de la academia pasara a manos de un sobrino, por muy destacado que fuera el macedonio. Y aquí es donde otros ven el motivo principal, pues los políticos atenienses no hubieran aceptado a un “bárbaro” al frente de la mejor academia de Atenas. En cualquier caso, parece ser que aquello fue una humillación para Aristóteles.
La revancha de Aristóteles vendría cuando Filipo lo llamó para hacerse cargo de la educación de Alejandro. Ni él mismo hubiera imaginado que se convertiría en el tutor del que llegaría a ser el conquistador más grande de todos los tiempos, una referencia incluso para otros grandes como Julio César en el futuro. Las enseñanzas de Aristóteles despertaron en Alejandro su pasión por la geografía y su afán por descubrir lugares como el gran desierto o llegar hasta donde acababa el mundo y comenzaba un gran océano. Pero también le enseño justicia, retórica, y en general, moldeó la personalidad de Alejandro, para que los logros del futuro rey no solo giraran en torno a la disciplina militar.
Diógenes de Sínope nació hacia el 412, el mismo día que murió Sócrates, o al menos eso es lo que afirma Plutarco. Según cuenta la tradición, Alejandro, a su paso por Corinto, aprovechando su visita a Atenas, (seguramente cuando lo envió Filipo a negociar después de la batalla de Queronea, con poco más de 16 años), preguntó dónde podía ver a Diógenes. Allí, en Corinto, lo encontró tomando el sol al lado de una gran tinaja. La tinaja era su casa, y la desplazaba rodando de un lado a otro, acompañado de unos cuantos perros. Diógenes, llamado el cínico, fue pupilo de Antístenes, que a su vez fue discípulo de Sócrates, para más tarde convertirse en un indigente que vagabundeaba por las calles de Atenas. Según él, la extrema pobreza era una virtud y sus únicas pertenencias eran una manta, un cuenco para beber y poco más. Un día vio a un niño beber recogiendo el agua con sus propias manos; entonces tiró el cuenco.
Su estilo de vida y sus enseñanzas propiciaron que fuera detenido varias veces y fuera considerado un loco. Hacía sus necesidades en publico y a veces iba por la calle con un farol encendido en pleno día gritando: “¡Busco hombres honrados! Ni con el farol encendido puedo encontrarlos.” No es de extrañar, que habiendo oído hablar de él, Alejandro quisiera conocerle. Cuando lo encontró estaba tumbado al sol y absorto en sus pensamientos, según las crónicas de Plutarco.
-Soy Alejandro-, le dijo.
-Y yo Diógenes, el perro- le contestó.
-¿Por qué te llaman Diógenes el perro?
-Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo.
La escolta de Alejandro y los curiosos que se habían congregado alrededor murmuraban y reían. A continuación, y en vista de que Diógenes vivía en la más absoluta pobreza, Alejandro quiso ser generoso con el filósofo.
-¿En qué puedo ayudarte? Pídeme lo que quieras.
A lo que Diógenes le respondió:
-Podrías apartarte, me tapas el sol.
Aquello causó tanto asombro, que los curiosos temieron la ira de Alejandro ante tal impertinencia. Pero Alejandro no reaccionó y continuó la conversación con normalidad.
-¿No me temes?
Diógenes contestó con otra pregunta:
-¿Te consideras un buen o un mal hombre?
-Soy un hombre bueno-, contestó Alejandro.
-Entonces… ¿por qué habría de temerte?
Más asombro, más murmuraciones entre sus hombres y entre los curiosos. ¿Qué tenia Alejandro que decir a esto? Todos salieron de dudas cuando, dirigiéndose a los presentes, sentenció:
-Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes.
No fue el único encuentro entre Alejandro y el filósofo; por lo que cuenta Dión de Prusa, tuvieron ocasión de hablar más pausadamente, cuya conversación influyó profundamente en la forma de pensar del rey macedonio. Según Dión, Diógenes, al saber de los propósitos de conquista del joven rey, le habría dicho lo siguiente:
“Si conquistas toda Europa pero no beneficias al pueblo de esta región, entonces no eres útil. Si conquistas África y Asia enteras pero no beneficias a los pueblos de estas regiones, de nuevo no estás resultando beneficioso ni útil.”
¿Pudiera ser que Alejandro hubiera aplicado los consejos de Diógenes y fue por eso que quiso beneficiar a los persas haciéndoles partícipes de su conquista? Nadie está seguro de la autenticidad de estas crónicas, pero lo cierto es que, las enseñanzas de Diógenes y Aristóteles eran muy diferentes. Tan diferentes como los filósofos que acompañaban a Alejandro a través de Asia en el momento en que se descubre una nueva conjura para asesinarlo.
Calístenes era sobrino segundo de Aristóteles y se alistó a la gran aventura de Alejandro por recomendación de su tío, con la finalidad de ir escribiendo todos los acontecimientos que el rey estaba por protagonizar. Anaxarco había sido pupilo de otro Diógenes, el de Esmirna, y también lo fue de Metrodoro de Quios. Conocía a Alejandro y también decidió embarcarse con el a la conquista de Asia. Debían tener cierta amistad y le hablaba siempre con franqueza, quizás con demasiado peloteo, a veces, cosa que le criticaba Calístenes, pues, mientras Anaxarco ponderaba sus hazañas y no tenía reparos en compararlas con las hazañas de los dioses, Calístenes era más comedido, haciéndole ver que solo era un hombre que debía tener los pies en el suelo. Y sobre todo, le recordaba que era griego y debía seguir comportándose como tal, allá donde estuviera.
Nadie está seguro de si Calístenes estuvo implicado en la nueva conjura, pero hay quien cree que la proskynesis fue la gota que colmó el vaso, y al ver el malestar de los macedonios fue él quien los incitó a asesinar a Alejandro. Calístenes fue detenido y no se sabe con seguridad si fue ejecutado o solo encarcelado, pero cuando allá en Macedonia, a Aristóteles le llegó la noticia de lo sucedido a su sobrino, se dio a la fuga por si a alguien le diera por pensar que él podía estar implicado en la conjura, o simplemente porque era habitual en la época extender las ejecuciones a los familiares de los sentenciados a muerte.
Hidaspes, la última gran batalla de Alejandro
El ejército macedonio seguía su marcha siguiendo la orilla del río Indo. Habían llegado a la frontera más oriental del imperio. Se encontraban en la actual Pakistán, cuando recibieron la visita de Taxila para pedir ayuda contra el rey Poro, gobernante de un territorio al este del Hidaspes. A Alejandro le entusiasmó la idea de adentrarse en la India a conquistar nuevos territorios y aceptó. El mundo era más grande aún de lo que le había contado Aristóteles y él quería llegar hasta el final. Era el verano de 327 estando cerca de la actúal Kabul cuando emprendieron la marcha. Eran aproximadamente 40.000 hombres. Alejandro dividió el ejército en dos. Hefestión cruzaría el paso de Khiber y él avanzaría por otra ruta más al norte. Casi un año más tarde, para la primavera del 326, Alejandro y Hefestión volvieron a juntarse. Sorprende hoy día que se hable de estas divisiones que van por rutas diferentes y vuelven a juntarse después de cientos de kilómetro, a veces miles, cuando ni siquiera existían las brújulas ni más tipo de comunicaciones que mensajeros a caballo. Para llevar a cabo semejantes aventuras no cabe otra explicación que proveerse de los mejores guías locales que conocieran a la perfección el territorio.
Cuentan que el rey Poro era el general más capaz y valiente al que Alejandro se había enfrentado jamás. Su ejército se componía de 30.000 infantes y 40.000 jinetes, además de contar con 200 elefantes. Poro les esperaba al otro lado del río Hidaspes, donde habían construido un fuerte. Los elefantes eran perfectamente visibles; era lo que Poro quería, para que los hombres de Alejandro se sintieran intimidados. Alejandro sabía que no era buena idea cruzar el río en ese momento, y aún así ordenó que hicieran intentos en diferentes puntos, a la vista de Poro. Y mientras los hombres de Poro permanecían entretenidos rechazando los intentos de cruce, Alejandro se había llevado a 5000 jinetes y 6000 infantes río arriba. Cuando Poro se dio cuenta del engaño, los macedonios ya habían cruzado el río.
Poro envió fuerzas al encuentro de Alejandro, pero los macedonios acabaron rápidamente con ellos y siguieron avanzando. Dejando una paqueña guarnición en el fuerte, Poro reunió la mayor parte de su ejército y se encaminó a hacer frente a Alejandro. Los elefantes suponían el mayor escollo, los caballos se asustaban nada más verlos, por lo que, Alejandro no podía arriesgarse a ordenar un ataque frontal. Debía ser la infantería la encargada de derribar a los que conducían los elefantes. Pero si ordenaba cargar a la infantería, la caballería india acabaría con ellos. Alejandro envió a sus arqueros a fustigar el ala derecha de Poro, y éste entonces envió a su caballería a ayudarles, era lo que Alejandro esperaba para atacar por el centro con la infantería mientras él acudía con sus jinetes a enfrentarse a los de Poro. El rey indio desplazó sus elefantes hacia su izquierda dejando el centro descubierto. Era otro de los movimientos previstos por Alejandro, que aprovechó la ocasión para entrar por ahí y provocar el descontrol total sobre los indios. Según cuenta arriano, la infantería india se replegó contra los elefantes “como si fueran un muro amigo en el que refugiarse”. Los arqueros de Alejandro fueron derribando uno a uno a los conductores de elefantes, que al verse sin nadie que los guiara salieron huyendo. Libre de estos animales, los macedonios cruzaron el campo de batalla arrollando a los indios y obteniendo una victoria total.
La batalla, aquí contada en breves líneas, duró ocho horas y Poro perdió unos doce mil hombres, mientras Alejandro perdió solo un millar. Quizás, lo más doloroso para Alejandro fue que su caballo Bucéfalo, tan querido por él, murió durante esta batalla. Estén o no manipuladas las cifras, Alejandro obtuvo una gran victoria en los remotos confines de la India, donde el rey Poro resultó herido. La batalla había sido, posiblemente la más dura librada por Alejandro, encontrando una resistencia sin igual. Poro seguía aguantando, herido, sin querer rendirse, arrojando lanzas desde encima de su elefante, hasta que la pérdida de sangre lo debilitó y cayó al suelo. Alejandro cabalgó hasta él, y a través de un intérprete le pregunto cómo esperaba ser tratado. Poro, haciendo un gran esfuerzo, se levantó. Era un tipo de una gran estatura, y le contestó que esperaba ser tratado como un rey. Alejandro, admirado por su coraje y valentía, lo convirtió en aliado y amigo. Además, para disgusto de los soldados macedonios, prohibió que el reino de Poro fuera saqueado.
A sus hombres no les hizo gracia la decisión de Alejandro. ¿Qué le pasaba? ¿Se había vuelto su rey un “alipollao” que dejaba a sus enemigos en el poder después de vencerlos y además renunciaba a su derecho al saqueo y hacerse con los ricos botines del lugar? Pero a Alejandro parecía ya no estar interesado en aumentar sus tesoros arrasando aldeas. Su interés se centraba más en llegar hasta el fin del mundo, dejando tras de sí aliados que no fueran para él un peligro al volver. Si es que alguna vez decidía dar la vuelta.
Las ciudades de Alejandro 
Cada ciudad que Alejandro fundaba era nombraba como Alejandría. Otras, ya existentes, también eran renombradas con el mismo nombre. A la Alejandría egípcia habría que añadir Alejandía de Cilicia (Actual Alejandreta) en Turquía, Alejandría de Aracosia, Alejandría de Aria y Alejandría de Bactriana en Afganistán, Alejandría de Carmania en Irán, Alejandría de Margiana en Turkmenistán, y muchas más. Alejandría de Bucéfala fue fundada en honor a su caballo, cerca de donde fue enterrado. Bucéfalo tenía ya al menos 30 años, casi la misma edad que Alejandro. Nadie está seguro de las causas de su muerte. Pudo ser por las heridas causadas durante la batalla o por cansancio, debido a la edad.
Estas ciudades no perdurarían en el tiempo debido a que los hombres de Alejandro acabarían abandonándolas. La India era un lugar demasiado lejano, estaban completamente incomunicados con el resto del imperio. Aparecían tribus hostiles por todas partes y el clima tropical era asfixiante. Durante sesenta días, según Diodoro, caminaron bajo una incesante lluvia. Aparecieron las fiebres y las enfermedades extrañas. Las ropas se convirtieron en harapos y las armaduras se oxidaron. Y al final del verano cuando llegaron al río Hifasis, actual río Beas, cuyas aguas bajaban del Himalaya. Las lluvias cesaron y el cielo se aclaró para dejar ante su vista la impresionante silueta de los picos del Himalaya, cubiertos de nieve y brillando bajo el sol.

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