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La batalla de Gaugamela

En julio del 331 Alejandro marchó hacia el Éufrates con 40.000 hombres de a pie y 7.000 a caballo. Para principios de agosto se hallaban en Tapsaco, lugar por donde cruzarían el río. Delante de ellos habían llegado algunos destacamentos con el fin de tender dos puentes. Estos puentes no estaban aún terminados a la llegada de Alejandro. El motivo era que habían sido descubiertos por el persa Maceo y desde la otra orilla atosigaba a los macedonios con 10.000 hombres. Los macedonios, que eran muchos menos, no se atrevían a continuar con el puente hasta llegar al otro lado. Pero Maceo retiró rápidamente sus tropas al ver aproximarse al ejército de Alejandro. Los puentes se terminaron y el ejército cruzó a la orilla oriental del Éufrates. Aun cuando Alejandro sospechaba que Darío y su ejército se encontraban en las llanuras de Babilonia, no seguirían el camino del Éufrates, que discurre a través del desierto y haría demasiado fatigosa la marcha. El camino más adecuado sería la gran calzada que va hacia el nordeste y cruza una región montañosa, con una temperatura mucho más fresca y rica en vegetación.
Alejandro pudo descubrir, gracias a unos jinetes persas que patrullaban por allí y que fueron hechos prisioneros, que Darío se hallaba ya apostado a la otra orilla del Tigris. También pudo saber que el ejército persa era en esta ocasión mucho mayor que en Issos, una información que no era nueva para él, pero que venía a confirmar lo que todos decían. Las intenciones de Alejandro eran, en principio, continuar por la calzada hasta llegar a Nínive, el lugar más adecuado para cruzar el río. Pero si Darío ya se encontraba por allí, tendrían que cruzarlo cuanto antes, para no exponer a su ejército a los dardos enemigos durante la travesía de un río tan ancho y caudaloso como el Tigris. Una vez al otro lado, y en vista de que no había enemigos cerca, Alejandro dio a sus hombres un día de descanso.
La noche del 20 de septiembre hubo luna llena. De pronto el disco comenzó a oscurecerse y a teñirse de rojo, para poco después desaparecer. Los guerreros salían de sus tiendas para ver el tenebroso espectáculo, asustados, temerosos de haber ofendido a sus dioses. Pero el adivino Aristrando los calmó a todos diciendo que aquello era un presagio favorable. Les recordó que cuando Jerjes salió a conquistar Grecia tuvo lugar un eclipse de sol; sus magos interpretaron que era un gran presagio, pues el sol es el astro que representa a los helenos, mientras la luna representa a los persas. Si la luna oscurece al sol, significa catástrofe para los helenos. En esta ocasión era la luna la que se oscurecía. La catástrofe era inminente para los persas.
Al día siguiente se levantó el campamento y avanzaron hacia el sur con la orilla del Tigris a la derecha y los montes Gordienos a la izquierda. El día 24 avistaron una avanzadilla persa. Unos mil jinetes. Alejandro no se lo pensó dos veces, ordenó a un destacamento que lo siguieran y salió como una exhalación tras ellos. Los persas, al verlo venir huyeron a toda velocidad, pero algunos de ellos fueron alcanzados y hechos prisioneros, cosa que le vino muy bien a Alejandro para que lo pusieran al corriente de lo que ocurría más al sur. Las noticias eran que Darío no se encontraba muy lejos. Concretamente en los alrededores de Gaugamela. Con un millón de soldados esperándole.

La cifra del millón de soldados suena de nuevo. Los historiadores modernos se resisten a creer los números que dan sus colegas de la antigüedad. Tachan de exageradas tales cifras y las sitúan en 250.000, como mucho. Son números mucho más moderados y quizás lleven razón y se ajusten más a la realidad. Pero son los que daban ya desde un principio los ancianos macedonios, cuando recomendaban a Alejandro no embarcarse en tan descabellada aventura, pues los persas podían reunir sin problemas hasta un millón de soldados. Nunca sabremos el número exacto que reunió Darío, pero todas las fuentes coinciden en que se trataba de un enorme ejército que podía destrozar de un solo zarpazo a las insignificantes tropas de Alejandro, de solo 47.000 hombres.

Alejandro intuía que el rey persa no volvería a caer en el mismo error de Issos y no se movería de la llanura donde estaba acampado; era el mejor lugar para librar una batalla con tal cantidad de soldados. Sin embargo, a Alejandro no le asustaba enfrentarse a ellos, fuera en el lugar que fuere, y decidió salir a su encuentro. Todo el bagaje y gente no apta para el combate quedó en el campamento, los demás, partieron la noche del 29 al 30 de septiembre. Al amanecer llegaron a unas colinas desde donde se divisaba una vasta llanura, y a una hora de distancia el campamento persa. Las líneas enemigas formaban una imponente masa que hacía imposible calcular su número. Alejandro detuvo a las tropas y reunió a todos sus jefes, estrategas y demás gente de confianza para que dieran su opinión sobre si debían acampar o atacar de inmediato.
La mayoría ardía en deseos de lanzarse contra el enemigo cuanto antes y propusieron atacar. Pero, ¿es que nadie iba a usar la prudencia y la cordura? Las tropas habían marchado toda la noche y estaban fatigadas. Los persas llevaban mucho tiempo acampados en aquel lugar y les había dado tiempo a atrincherarse. Posiblemente habrían llenado el terreno de todo tipo de trampas. ¿Por qué entonces precipitarse? ¿Por qué arriesgarse? Esa fue la sensata opinión de Parmenio, el más veterano de los generales macedonios. Y esa fue la opinión que acabó imponiéndose. Alejandro ordenó acampara a la vista del enemigo. Pasarían todo el día estudiando el terreno.

Darío, a la vista del ejército macedonio no pudo evitar estremecerse. Se sentía seguro y a la vez inquieto. Aquellos macedonios, al mando de su joven rey, eran los mismos que le habían vencido en Issos, los mismos que habían secuestrado a su familia. Pero esta vez sería distinto. En Issos no hubo espacio suficiente para mover debidamente a sus tropas. Había reclutado a cientos de miles de soldados persas y había prescindido de los mercenarios griegos, que solo luchaban por dinero y no por su tierra, a excepción de su guardia personal que siempre le habían demostrado lealtad. En aquella llanura todo sería distinto. Sus soldados se abrirían a lo largo y ancho de muchos kilómetros y engullirían fácilmente a los macedonios. Disponía además de  cientos de carros de guerra con afiladas cuchillas en sus ruedas, para los cuales había hecho limpiar grandes extensiones de terreno, y que pudieran rodar con facilidad e ir segando las piernas de todo macedonio que se cruzara ante ellos. Incluso había conseguido traer quince elefantes indios, que sembrarían el terror entre las tropas enemigas. Darío estaba muy cerca de su gran victoria sobre Alejandro. Lo estuvo esperando todo el día, pero  Alejandro no atacaba, y  Darío sospechaba que lo haría durante la noche, por eso ordenó que en el campamento, que carecía de trincheras ni ningún tipo de protección, nadie durmiera y todos permanecieran en alerta. En el campamento macedonio, sin embargo, todo el mundo se fue a dormir a pata suelta.

El mismo rey Darío se paseó con su caballo delante de las tropas persas aquella noche, dándoles ánimos y asegurándoles que nadie podría vencerles. En el campamento macedonio, Parmenio seguía preocupado y le hizo una visita a Alejandro antes de irse a dormir. Había podido observar con detenimiento aquella masa oscura que se asentaba en la llanura. Eran demasiados persas. ¿Por qué no atacar aquella noche, pillándoles desprevenidos? La imprevisión y el desconcierto podrían ser una ventaja y les daría más posibilidades que un combate abierto a pleno día. Cuenta la tradición que Alejandro contestó: «mi designio no es robar la victoria, sino ganarla.» Dicho esto, se echó a dormir.
1 de octubre de 331 a.C.
Ya había amanecido y todo estaba preparado. Solo faltaba el rey. ¿Dónde estaba Alejandro? Parmenio en persona fue a buscarlo a su tienda y lo encontró dormido profundamente. Tuvo que llamarlo hasta tres veces, hasta que por fin se despertó y se puso su armadura rápidamente. Una vez al frente de sus tropas, abandonaron las colinas para poco después avanzar sobra la extensa llanura babilonia en orden de batalla. Por el centro marchaba la infantería pesada, las falanges. A su derecha la infantería ligera, los hipaspistas.  Y más a la derecha la caballería comandada por Alejandro. Por el ala izquierda marchaba la caballería de Parmenio. Estaba previsto que, dada la superioridad numérica persa, serían envueltos casi con toda seguridad por ellos. Por eso dispuso que tras la primera línea se colocaran dos columnas, una tras cada ala, para reforzar estas en caso de que el enemigo intentara envolverlos, o que se replegaran para reforzar el centro, según fuera necesaria una cosa u otra.

Comienza el acercamiento. Alejandro había pedido a sus hombres que lo hicieran en silencio y que guardaran sus energías para cuando comenzara la batalla y pudieran lanzar sus gritos con mayor fuerza. Y así lo hicieron. Los elefantes indios avanzaban por el centro. Parecían un duro rival para las falanges que eran como un enorme erizo cuyas púas se clavaban en sus cuerpos. La caballería pronto acudió en su ayuda. Caballos contra elefantes furiosos por cientos de dardos que les habían caído encima, asustados y enloquecidos, que no tardaron en sembrar el caos en las propias filas persas.

Los hipaspistas seguían avanzando por el ala izquierda en perfecto orden. Más a la derecha de lo que Darío había previsto, pues sus carros con cuchillas en las ruedas no podrían rodar por un terreno desnivelado. El ala izquierda de los macedonios, mientras tanto, es duramente castigada por la caballería persa. Parmenio se lleva, una vez más, el golpe más duro, pero resiste. Los carros con cuchillas avanzan a toda velocidad hacia las falanges, una nube de flechas, jabalinas y piedras derriban a gran parte de los jinetes. Los que siguen adelante se estrellan contra un muro de escudos y lanzas. A continuación, las tropas se apartan y abren pasillos, por donde entran los demás, que llegando a toda velocidad, entran por ellos antes que quedar ensartado en las lanzas macedonias. Una vez dentro de los pasillos, son masacrados desde un lado y otro.

Alejandro, al  frente de su caballería, sigue avanzando en diagonal hacia la derecha. La lucha es encarnizada. De pronto, se da la orden de que una parte de la caballería persa se desplace al centro. Esto hace que se abra una brecha entre sus filas. Era el momento que Alejandro esperaba. La caballería de Alejandro, con él al frente, se cuelan en cuña por la brecha a toda velocidad sembrando el caos. Las filas persas comienzan a dispersarse en desorden. Las falanges macedonias avanzan ensartando con sus picas a las masas que corren de un lado a otro sin saber dónde. Darío, encima de su carro, en el centro de la batalla, ve cómo Alejandro se acerca. Esto ya lo había vivido y no puede creer estar viviéndolo de nuevo. Alejandro avanza sin que nadie pueda detenerlo. Va a ser verdad que, como van diciendo por ahí, Alejandro es un semidiós, un nuevo Aquiles. Darío no se lo piensa y sale echando leches, una vez más.

Sin embargo, la extensión del frente de batalla era tan grande, que la voz de que el rey había huido tardó en propagarse, y en el ala izquierda macedonia, por ejemplo, Parmenio lo estaba pasando realmente mal y no tuvo más remedio que enviar un mensaje a Alejandro para que acudiera a socorrerle. Alejandro, que se abría paso como podía para salir en persecución de Darío, no recibió con agrado la petición y en principio, cuentan que contestó airado que Parmenio se las apañara como buenamente pudiera, pero enseguida rectificó y volvió para ayudarle. Efectivamente, ve cómo su veterano y bravo general, al frente de sus hombres, resiste a duras penas la embestida enemiga. Una vez más hubo que emplearse a fondo para doblegar a la caballería persa, que finalmente, ante la presencia del rey macedonio, opta por retirarse. La victoria vuelve a ser completa, y entonces Alejandro reemprende la persecución de Darío.

Como viene siendo habitual a la hora del recuento de víctimas, las cifras son mínimas en el bando macedonio y muy altas entre los persas. En este caso Arriano nos cuenta que Alejandro solo perdió 60 hombres, mientras los muertos en el bando persa superaron los 30.000. Otros dicen que murieron 500 macedonios y 90.000 persas. ¿Cómo puede ser que en una batalla de estas dimensiones, los macedonios, estando en minoría, causaran tantas bajas a los persas? Tan malos guerreros tenía Darío en sus ejércitos? Hay varias explicaciones para tal fenómeno. La primera no puede ser otra que los datos oficiales proporcionados por el bando vencedor. Dar una batalla a un coste muy bajo de víctimas, mientras causas verdaderos estragos en las filas enemigas, siempre proporcionaba gran prestigio. Por su parte, los historiadores y cronistas se limitaban a anotar los datos que les eran proporcionados, o bien hacían sus propios cálculos, añadiendo o disminuyendo números, dependiendo de la simpatía que sintieran por vencedores y vencidos. Una segunda explicación la encontramos en el excelente equipamiento del ejército macedonio; sirvan como ejemplo, una vez más, las falanges, cuyas formaciones eran una mezcla de muros y erizos casi inexpugnables. Y por último, y quizás el motivo más claro por el que la diferencia de víctimas era tan desproporcionado, podamos encontrarlo en las persecuciones tras la batalla. Según algunas fuentes, el combate cuerpo a cuerpo causaba más heridos que muertos. Era en el momento en que un bando decidía salir huyendo cuando los soldados caían a miles. Si además, el bando vencedor decidía emprender una persecución, la carnicería aumentaba de forma exagerada. Y por último, si había ensañamiento y se remataban a los heridos o se ejecutaban a los prisioneros, ya te cagas el montón de malvas que se criaban ese año.

Babilonia
Después de saquear el enorme campamento persa de todo cuanto había de valor, Alejandro, que había abandonado la persecución de Darío, marchó con su ejército más de 300 kilómetros hasta Babilonia. La ciudad disponía de unas enormes murallas y una red de canales que la rodeaban. Pero en su interior se preguntaban cuánto tiempo tardaría el rey macedonio en salvar tales obstáculos, y temían las consecuencias de una fallida resistencia, viniéndoles a la mente las noticias de lo ocurrido en Halicarnaso, Tiro o Gaza. Así que, cuando los macedonios llegaron a sus puertas, éstas estaban abiertas de par en par y los babilonios salieron a recibirlos con cánticos, coronas de flores y regalos. La ciudad fue entregada a Alejandro y los tesoros puestos a su disposición.

Alejandro dio a sus hombres tiempo libre para disfrutar de un merecido descanso aunque les prohibió saquear la ciudad. A cambio, todos recibieron una buena recompensa, ya que los botines y los tesoros obtenidos eran abundantes. Babilonia era la primera ciudad propiamente oriental que veían. Todo lo anteriormente conquistado era de origen griego. Babilonia era diferente, era enorme, por sus calles había gran afluencia de gente, comerciantes que venían de Arabia, Persia, Armenia o Siria. Había asombrosas construcciones, como la torre de Belo, en forma de dado, contra cuyas paredes cuentan que el rey Jerjes quiso romperse la cabeza, loco de vergüenza tras la derrota en la batalla de Salamina. Todo rebosaba encanto, refinamiento y esplendor. Para los bravos guerreros occidentales, aquella ciudad era el gran premio a sus conquistas, donde podían abandonarse al placer del vino servido en vasos de oro, entre júbilo y cánticos, tumbados sobre mullidos y suaves tapices, perfumados por los más exóticos aromas.

Allí, en Babilonia, estuvieron un mes, al cabo del cual marcharon otros 350 kilómetros hasta la ciudad de Susa, otra de las capitales persas. También allí fueron bien recibidos. En Susa le esperaba a Alejandro otro gran tesoro de oro y plata, que, como era costumbre, repartió una parte entre sus hombres, otra la reservó para enviar regalos a Grecia y otra para sí mismo. En esta ciudad acabaría su viaje la familia real, quedando la madre de Darío, Sisigambis, acomodada en un espléndido palacio junto a su nieta.

Diodoro cuenta una anécdota durante la visita de Alejandro al palacio de Darío. Alejandro fue a sentarse en el trono de Darío, que por lo visto era muy alto, bastante más que Alejandro, y como los pies no le llegaban al suelo, pidió que le acercaran una mesa donde reposarlos. En esto que uno de los esclavos de Darío se echó a llorar. Cuando Alejandro le preguntó por qué lloraba, éste explicó entre lágrimas, que le daba mucha pena ver cómo alguien ponía los pies en la mesa donde su amo solía comer. Alejandro, muy cortés, le contestó que no había problema, que retirasen la mesa, que ya encontraría otro reposapiés. Pero uno de sus amigos le pidió que no le hiciera caso al esclavo, pues aquello era un gran presagio y significaba que pronto podría pisotear al gran Darío. Alejandro, que tenía la superstición en las venas, mandó a tomar por culo al esclavo y ordenó que le trajeran de nuevo la mesa.

El largo camino a Persia

A mediados de diciembre, Alejandro se puso en marcha hacia las ciudades reales de Persia. Solo así la dominación de Asia se haría efectiva. Con dirección sudeste, se proponían recorrer los más de seiscientos kilómetros que hay hasta Persépolis, la capital de Persia. Atravesaron las llanuras de Susiana, cruzaron ríos y se internaron en tierras de lo que hoy es Irán, hasta llegar a los montes Zagros. En las faldas de estas montañas moraban los uxios, agricultores sometidos por los persas. En las montañas, sin embargo, moraban los uxios pastores, un pueblo intratable al que nadie había podido someter; tan intratables, que, según Estrabón y Arriano, los reyes persas acostumbraban a ofrecerles regalos como pago por cruzar sus tierras para no tener problemas con ellos. Alejandro, parece ser que tuvo problemas con ambos grupos. Al llegar a sus tierras, los uxios de las llanuras, gobernados por un tal Medates, quisieron impedirles el paso y hubo algunos combates. Mientras Alejandro permanecía en aquellas llanuras, llegó a oídos de Sisigambis, la madre de Darío, lo que estaba ocurriendo, la cual decidió de inmediato mediar en el conflicto y enviar un mensajero con una carta. La razón no era otra que, Medates era el marido de una sobrina suya y, conociendo cómo se las gastaba Alejandro, temió que su sobrina se quedara viuda. Queda así demostrado que Alejandro sentía gran respeto por la familia de Darío, y sobre todo por la reina madre. Medates y Alejandro pactaron una capitulación en la que los uxios no salieron malparados. Los macedonios siguieron su camino.
Los uxios montañeses los estaban esperando y no tardaron en tener frente a ellos una comisión uxia para exigirles peaje por cruzar sus montañas, a lo cual Alejandro respondió que no había ningún problema, que iban a cobrar. Y vaya si cobraron. Los poblados uxios fueron saqueados y antes de que pudieran reaccionar y bloquear los pasos, los macedonios, a marchas forzadas, corrieron a ocupar los altos. Los uxios quedaron atrapados en sus propios desfiladeros. Fue una masacre. Los supervivientes, según cuenta Arriano, quedaron sujetos a pagar un tributo anual en ganado.
Continuando con su viaje, se adentraron en las montañas en pleno invierno teniendo que soportar el frío y la nieve. Cruzaron valles y desfiladeros donde el sol no llegaba en todo el día. Las cadenas montañosas parecían interminables. Alejandro divide entonces sus tropas en dos. Por un lado seguirá Parmenio por el camino real, más largo, pero más seguro y practicable para los carros, con todo el bagaje del ejército. Alejandro acortará terreno por una ruta más directa a través de un desfiladero al que llamaban las Puertas Persas. Allí lo esperaba Ariobarzanes con unos 30.000 infantes y 500 jinetes. Habían construido un muro para impedirles el paso a los macedonios. Alejandro no lo tenía fácil esta vez. Aquel muro era como las murallas que rodeaban cualquier ciudad. Una de tantas como había conquistado. Ninguna muralla le había impedido hacerlo. Solo que, detrás de aquel muro no había ninguna ciudad. No había asedio posible. Era atacar o retroceder. Alejandro decidió atacar.
La osadía le costó a Alejandro muchas bajas. Persistir en el ataque era una locura. Hubo que retirarse para urdir un plan. Habían sido hechos algunos prisioneros, quizás les fueran de ayuda. Al ser interrogados le informaron que había senderos que les permitirían rodear las posiciones persas hasta llegar justo detrás. Solo había un problema, era enero y los senderos eran casi impracticables. Pero ese problema, no era un impedimento para que Alejandro dividiera sus tropas en tres columnas y se pusieran inmediatamente en marcha dos de ellas. Dos columnas seguirían un sendero distinto hasta encontrarse tras el enemigo. Los demás se quedarían donde estaban. La marcha a través de la montaña fue dura, pero al cabo de dos días se encontraban exactamente donde habían dicho los prisioneros, detrás de las líneas enemigas. Los persas fueron atacados por varios puntos, y cuando pensaban que todos los macedonios estaban tras ellos se vieron sorprendidos por el grueso del ejército que Alejandro había dejado tras el muro. Los macedonios habían vencido, una vez más. Ariobarzanes consiguió escapar y descendió a la llanura con la intención de refugiarse en Persépolis, pero se encontró con las puertas cerradas. Tiridates, el guardián de los tesoros reales, había ordenado que no lo dejarán entrar. Tiridates sabía que la resistencia de Ariobarzanes era en vano. Alejandro estaba protegido por los dioses o era uno de ellos. Nadie había conseguido detenerlo y nadie lo iba a detener a las puertas de Persépolis. Sabía muy bien de parte de quién debía ponerse. Ariobarzanes no debía entrar, pero él mismo, Tiridates, le abriría las puertas y le entregaría los tesoros al más Grande.
Persépolis
Persépolis se comenzó a construir aproximadamente sobre el año 518 a.C. por orden de Darío I para convertirse a partir de ese momento la capital de Persia, país situado en el actual Irán, desde donde se originaría su expansión hasta convertirse en un gran imperio. Su nombre sería Parsa, y más tarde los griegos la llamarían Persépolis, «ciudad de los persas». Darío I eligió la ladera suroeste del monte Kuh-e Rahmat o monte de la Misericordia, y allí hizo construir una plataforma de piedra de 300 por 450 metros, alzándose unos 15 metros de altura. Sobre ella se levantaron monumentales edificios y espléndidos jardines, con ingeniosas canalizaciones y alcantarillados que garantizaban el riego con las aguas procedentes de las montañas, al tiempo que evitaban el deterioro o inundaciones de la ciudad. A la entrada de ésta, sobre el lado sur, se hizo una inscripción que decía:
«Yo soy Darío, el gran rey, rey de reyes, rey de muchas naciones, hijo de Hystaspes, un descendiente de Aquemenes. Por la voluntad de Ahuramazda éstas son las naciones de las que yo me he apoderado, que me temen y dan tributo: Elam, Media, Babilonia, Arabia, Asiria, Egipto, Armenia, Capadocia, Lidia, los jonios del continente y los del mar y las naciones que están más allá del mar: Sagartia, Partia, Drangiana, Areia, Bactria, Sogdiana, Corasmia, Sattagidia, Aracosia, India, Gandara, los escitas y Maka».
Y justo al lado otra inscripción que dice:
«La nación Persa que me ha entregado Ahuramazda, es bella y rica en buenos hombres y caballos, no siente temor ante nadie. Que Ahuramazda me dé su apoyo con todos los dioses y proteja a esta nación del enemigo, de la hambruna y de la mentira. Que Ahuramazda con todos los dioses me conceda esta petición».
En 475 a.C. su hijo Jerjes I construyó una espléndida puerta de 25 metros de ancho cuyo tejado se soporta por cuatro columnas de 18 metros de alto. La puerta tiene un pórtico de entrada y otro de salida, y a ambos lados de cada uno, la figura de un lammasu, toros alados con cabeza de hombre. Todo ello adornado con metales preciosos. Encima de los lammasus podemos encontrar nuevas inscripciones:
«Ahuramazda es un gran dios que creó esta tierra, el cielo, al hombre, la felicidad del hombre, que hizo a Jerjes rey de muchos, señor de muchos.

Yo soy Jerjes, el gran rey de reyes, rey de los pueblos con numerosos orígenes, rey de esta gran tierra, el hijo del rey Darío, el aqueménida.

Gracias a Ahuramazda, he hecho este Pórtico de todos los pueblos; hay muchas cosas buenas que han sido hechas en Persia, que yo he hecho y que mi padre ha hecho. Todo lo hemos hecho gracias a Ahuramazda.

Ahuramazda me protege, así como a mi reino, y lo que yo he hecho, y lo que mi padre ha hecho, que Ahuramazda lo proteja también. »
Es la puerta de Todas las Naciones, construida para hacer referencia a todas las naciones conquistadas y que todas ellas estaban bajo su protección. Sin embargo, Ahuramazda había permitido que ahora, toda aquella grandeza cayera en manos de Alejandro. ¿Qué haría con todo ello el que ahora era más grande que todos los que habían gobernado Persépolis? Justamente lo que nadie esperaba que haría. ¿O sí lo esperaban?
Alejandro sometió Persépolis al saqueo, al fuego, a la destrucción. Es uno de los episodios más controvertidos en la historia de Alejandro. La ciudad no opuso resistencia. Los tesoros fueron puestos a su disposición y Persépolis era una de las ciudades más bella de la antigüedad. Por eso, ni historiadores antiguos ni modernos se pones de acuerdo en el motivo por el cual Alejandro cometió tal barbaridad. Pero pistas no faltan para que cada cual saque su propia conclusión. Para empezar, no es del todo cierto que Persépolis no opusiera resistencia. El guardián del tesoro le abrió las puertas, sí, pero hemos visto cómo en el desfiladero de las Puertas de Persia Alejandro perdía gran cantidad de hombres para poder cruzar, y esto, ya era motivo suficiente para dar rienda suelta a sus soldados; lo hicieron en Tiro y Gaza. Pero hay otras razones de más peso. Veamos cuales son.
Persépolis era la capital principal de Persia, por lo cual, había sido desde casi dos siglos atrás la principal capital enemiga de Grecia. Lo dice Diodoro: «La ciudad más hostil de Asia. » y también Curcio: «Ninguna otra ciudad había sido más nefasta para los griegos que la antigua capital de los reyes de Persia. De allí habían partido inmensos ejércitos, primero Darío y luego Jerjes llevaron a Europa una guerra impía.» Por tanto, a nadie debería extrañar que el punto final a la conquista de Asia fuera precisamente, a modo de ceremonia, la destrucción de la capital más odiada en el Hélade. Veamos otros motivo añadidos.
Los persas tenían como esclavos a miles de griegos y los empleaban en las minas. El castigo por intentar escapar era la mutilación. Otros cuentan que incluso se los mutilaba como prevención para evitar intentos de fuga. El caso es que a su llegada, Alejandro fue recibido por una multitud de griegos ancianos que habían sufrido tal castigo por reyes anteriores. Alejandro quedó impresionado y les prometió devolverlos a Grecia, aunque ellos contestaron que eran demasiado mayores y querían permanecer en aquellas tierras hasta el final de sus días. Esto también lo cuentan Diodoro y Curcio, aunque muchos historiadores modernos dudan de su veracidad y creen que no hacen sino justificar el terrible comportamiento de Alejandro. Pero hay más.
Alejandro bebía demasiado. Nada extraño. Todos los soldados y generales lo hacían. Su propio padre había bebido como un cosaco. Aún así, se cuenta que Alejandro, a sus 26 años, ya bebía demasiado. Quizá era la única manera que tenían aquellos fieros soldados de afrontar tanta violencia y muerte. La decisión de incendiar el palacio real parece ser que se tomó después de una fiesta en la que todos estaban demasiado ebrios. Entonces, ¿fue el alcohol el responsable de todo?
Plutarco nos cuenta de la siguiente manera el momento en que Alejandro entra en palacio y se sienta en el trono del Gran Rey Darío:

“Cuando se sentó por primera vez en el trono real situado bajo la bóveda dorada que asemeja una imagen del cielo, el Corinto Demarato, un hombre ya anciano que le apreciaba y que había sido amigo de su padre, le dijo llorando: de qué gran alegría se ven privados los griegos que han muerto antes de ver a Alejandro sentarse en el trono de Darío.”

Una escena que significaba, sin duda, la culminación simbólica de la conquista. Pero todavía faltaba algo para poner el punto final. 180 años antes, Darío I puso los pies en Europa iniciando un largo conflicto en el que Atenas resultó incendiada y destruida. Era la gran oportunidad de vengarse y de ganarse por fin el favor de los atenienses.
Arriano cuenta que Alejandro quería tomar venganza sobre los que habían arrasado Atenas y habían incendiado los santuarios, causando grandes males sobre los griegos, por eso quería hacer justicia. Diodoro, por su parte, cuenta que los macedonios se dedicaron a saquear la ciudad, dando muerte a quienes encontraban a su paso, mientras Alejandro ocupó el palacio y se hacía con los tesoros reales, los cuales se calculan en 120.000 talentos de plata. Sin embargo, este autor culpa del incendio a una tal Tais, amante de Tolomeo, uno de los generales de Alejandro y futuro faraón de Egipto cuando esta aventura acabara. En medio de la fiesta, estando todos borrachos, incitó a todos para que cogieran antorchas e incendiaran el palacio. A Alejandro no le pareció mal la idea y así comenzó el incendio que luego se propagaría a casi toda la ciudad. Los relatos de Curcio y Plutarco cuentan que fue el propio Alejandro el que decide incendiar el palacio, aunque el segundo autor dice que pronto se arrepintió y ordenó que fuera apagado, aunque la ciudad resultó destruida igualmente. En lo que casi todos coinciden es en que Permenio, el veterano general, siempre estuvo en contra tanto del saqueo como de la destrucción de tan bella ciudad.
¿Reprimenda por la resistencia y muerte de sus soldados a las Puertas de Persia, venganza por las invasiones persas y destrucción de Atenas en siglos pasados, crueldad incontrolada, o simplemente consecuencia del alcohol en una fiesta desenfrenada? Puede que todo combinado a la vez. Casi nadie se pone de acuerdo en la actualidad, pero ahí están todos los ingredientes que en la antigüedad se nos han aportado.

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