Un nuevo Aníbal

«Verdaderamente, los dioses no han querido dar todas las virtudes a la misma persona. Sabes sin duda, Aníbal, cómo vencer, pero no sabes cómo hacer uso de tu victoria».  Son palabras de Maharbal, el lugar teniente y jefe de caballería de Aníbal, ya que éste, no quiso dar la puntilla final a Roma después del descomunal descalabro de Cannas. ¿O por el contrario no pudo dársela? En realidad, Aníbal, después de la batalla de Cannas, tampoco estaba para muchos trotes. Su ejército había sufrido 16.000 bajas entre muertos (6.000) y heridos (10.000). Y a pesar de que muchas ciudades itálicas se habían adherido a él y habían abandonado la fidelidad a Roma, 34.000 hombres no bastaban para hacerse dueño de la península. Aunque quizás sí hubieran bastado para lo que le propuso Maharbal, conquistar la capital.

Pero Aníbal era cualquier cosa menos un inconsciente, y sabía que Roma era la ciudad mejor fortificada del planeta. Intentar un asalto a sus murallas hubiera supuesto una gran cantidad de bajas, algo que ahora menos que nunca se podía permitir. Y un asedio podía perpetuarse por meses, o años antes de que la ciudad se rindiera. Podía ocurrir que mientras tanto vinieran legiones de otros lugares como las que había en Sicilia o Hispania , donde Publio Cornelio Escipión y su hermano Cneo combatían contra Asdrúbal Barca. O algunos aliados de cualquier ciudad de las llamadas “protegidas”. Roma, por muy tocada que estuviera, disponía todavía de muchos recursos para defenderse, y su hermano Asdrúbal no podía acudir de momento a ayudarle hasta no acabar con los Escipiones.

No, un asedio no era una buena idea. Aquello solo le haría perder el tiempo. Así que mejor sería dirigirse al sur a invadir otras ciudades más asequibles. Pero antes de esto, le propuso a los cónsules romanos firmar la paz. ¿Por qué quería Aníbal ahora firmar la paz? La respuesta no es difícil de adivinar si tenemos en cuenta las condiciones en que se encontraba Cartago después de la primera guerra con Roma, la llamada I guerra púnica. Roma había sido la vencedora y había impuesto duras sanciones y condiciones a Cartago, sanciones que todavía estaban pagando y condiciones que la asfixiaban cada vez que daba un paso. Así que tampoco es difícil adivinar que a Aníbal, lo que menos le importaba era invadir la península itálica para adherirla a Cartago.

Lo que le importaba de verdad era que Cartago fuera libre de Roma. Y quizás algunas condiciones más, como la devolución de algunos territorios que Cartago había perdido en la anterior guerra. Por eso, el rechazo romano fue total y absoluto. ¿Estaba Roma en condiciones de rechazar un acuerdo de Paz? Lo cierto es que en el interior de la ciudad se sentían seguros, y poco parecía importarles si Aníbal iba apropiándose de las principales ciudades itálicas, mientras Roma capital no cayera, el imperio no se daba por perdido.  Uno de los objetivos planteados por el senado de Roma fue acabar con el dominio de Asdrúbal Barca en Hispania y sobre todo que nunca llegara hasta Italia a apoyar a su hermano. Publio Cornelio y Cneo Escipión habían muerto al haber sido traicionados por los celtíberos.

Cayo Claudio Nerón fue a reemplazarlos. Pero en vista del poco éxito conseguido, había que enviar refuerzos. Era el año 210 a.C. Las dos nuevas legiones que serían enviadas debían estar comandadas por un procúnsul. ¿Pero a quién enviar? Parece ser que no había demasiados generales dispuestos a ser candidatos a procúnsules y asumir tan peligrosa misión. Y entonces, se presentó un candidato inesperado.: Publio Cornelio Escipión hijo. Con solo 24 años de edad y poca experiencia, su petición no podía ser tenida muy en cuenta. Solo se trataba de un joven impulsivo, herido en su orgullo y con ganas de vengar a su padre y a su tío. Pero el pueblo no opinaba lo mismo y le apoyó hasta tal punto, que los cónsules no tuvieron más remedio que considerar el asunto. ¿Por qué no? Si Aníbal se hizo cargo de Hispania con 25 años, ¿por qué aquel muchacho impulsivo no podía hacer lo mismo? ¿Por qué Roma no podía tener su “Aníbal”?

La toma de Cartago Nova

Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, se las había arreglado para que los celtíberos mercenarios de Publio Cornelio Escipión le traicionasen y le llevaran hasta una emboscada donde más tarde huirían, solo así consiguieron vencer a uno de los generales más grandes de Roma. Una vez muerto éste y su hermano Cneo, Asdrúbal creyó que nadie en Roma le plantaría cara. En el año 211 a. C. Publio Cornelio Escipión hijo era enviado a Hispania al mando de dos legiones (10.000 hombres y 1.000 jinetes). Además, se le otorgaba el mando de las legiones que ya había en Hispania. Tenía 24 años y poca experiencia militar, aunque había participado en varias batallas, la última, nada menos que la de Cannas.

Pero en todas había demostrado su valía, y ya en la primera de ellas, en Tesino, salvó la vida a su propio padre. Para su misión en Hispania le habían dado el grado de general. Normalmente, para una misión semejante se solía dar también el título de procónsul, pero dada su juventud e inexperiencia, este título se le había negado. Solo se había accedido a mandarlo a tan delicada tarea por la presión popular donde había despertado simpatía, y por el derecho a vengar a su padre y a su tío. Aunque las malas lenguas también hablan de que Fabio Máximo, enemigo acérrimo de su familia, que en un principio se opuso a semejante insensatez, al final accedió para ver si Asdrúbal Barca le hacía el favor de acabar con el último de los Escipiones.

A su llegada a Hispania, Publio se encontró con unas legiones desmoralizadas que solo controlaban la zona que hoy es Cataluña, y allí, en Tarraco, montó su cuartel general. Pluvio ya se había casado y con él llevó a su esposa. Aquel era un buen lugar donde permanecería segura cuando él se ausentara. Las órdenes que traía de Roma eran seguir defendiendo este territorio, ya que el objetivo principal era que Asdrúbal nunca llegara a Italia para apoyar a su hermano. Pero en cuanto terminó de establecerse en Tarraco desobedeció esas órdenes y se puso en marcha hacia el sur. Se disponía a hacer lo que ni en Roma ni en Cartago hubieran sospechado jamás. Cartago Nova (Cartagena) era la capital de Cartago en Hispania, una ciudad magníficamente amurallada y bien defendida. Punto clave donde se guardaba gran cantidad de armamento y puerto donde abastecerse y al mismo tiempo por donde sacar los cargamentos de plata y demás metales rumbo a Cartago.

Nada había por el momento que amenazara la ciudad, por lo que, allá donde se encontrara Asdrúbal y su ejército, podía permanecer tranquilo. Hasta que le llegó la noticia: Cartago Nova había sido tomada por los romanos. Asdrúbal no podía creerlo. ¿Cómo había sido esto posible? ¿Y por quién? A esas horas, la ciudad debía estar siendo saqueada y ardiendo por los cuatro costados. Y lo peor de todo: su hermano menor, Magón Barca había sido hecho prisionero, su vida corría peligro. Con toda seguridad sería enviado a Roma y allí ejecutado.

Cartago Nova no ardía. Ni siquiera hubo celebración, es decir, los vencedores no se lanzaron al saqueo, asesinato o violación de sus mujeres. Y a Magón Barca se le perdonó la vida. Fueron órdenes de su joven general, que estaba decidido a ganarse no solo el temor, sino el respeto de sus enemigos. Parece como si Publio Cornelio Escipión hubiera marchado a Hispania con unos planes preconcebidos en mente, que cualquiera hubiera tachado de insensatos, pretenciosos o propios de un demente. Pero quizás debido a su sed de venganza y sobre todo a su juventud, él, desde el principio, estaba decidido a llevarlos a cabo. Durante el invierno que dedicó a instalarse en Tarraco, estuvo informándose de las posiciones de los ejércitos cartagineses, pero sobre todo, se informó con todo detalle del estado y situación de la que era su capital y base de operaciones Qart Hadasht (Cartago Nova). Y en cuanto pasó el invierno, se lanzó a su conquista.

Pero, ¿cómo fue posible la conquista de una ciudad que los cartagineses creían inexpugnable? Su situación, ya de por sí era inmejorable. Rodeada por mar y una laguna, y solo accesible por un istmo de arena. Una situación muy parecida a Cádiz. Publio dejó en Tarraco las fuerzas suficientes para garantizar su seguridad. Se lanzó hacia el sur por tierra bordeando la costa mientras por mar transportaba todo el bagaje. A un paso muy ligero, no tardaron más de una semana en llegar. Un tiempo bastante corto. Pero la idea era precisamente el factor sorpresa. Cualquiera que hubiera informado del día de su partida desde Tarraco, no sospecharía que en un tiempo tan corto se encontrarían nada menos que a las puertas de Cartago Nova. Asdrúbal Barca y su ejército se encontraban por el norte, y la ciudad se encontraba defendida por un número indeterminado de soldados, pero se supone que los suficientes para una plaza tan bien fortificada como aquella. Desde dentro se sentían seguros. Nadie podría atravesar sus murallas. Y un asedio supondría exponerse a la llegada de Asdrúbal. La ciudad estaba segura.

Y sin embargo, Publio ordenó atacar. Y no lo hicieron solo por el itsmo, sino también por mar. Solamente la laguna, por donde era imposible penetrar con barcos, permaneció libre del ataque. La laguna o almarjar era una zona pantanosa y permaneció así hasta bien entrado el siglo xx y fue después de la guerra civil cuando se rellenó de escombros. Actualmente es una zona poblada y allí se sitúa el estadio del equipo de la ciudad, llamado precisamente el Almarjal. El agua de esta laguna penetraba del mar por un estrecho brazo, y tenía por algunas partes una profundidad de unos cuatro metros. Por eso, se dice que los romanos aprovecharon una bajada de las mareas para caminar por unos pasillos que quedaban al aire. Y aquí es donde muchos hablan de fantasía o leyenda, y con razón. Para empezar, el Mediterráneo carece de mareas suficientes para que una laguna como aquella dejara al descubierto parte de su fondo. Y si eso hubiera sido así, los cartagineses lo hubieran tenido en cuenta. Pero eso no es motivo para calificar este episodio como leyenda. Es más, este episodio es necesario para entender cómo pudieron penetrar en la cuidad. No necesariamente tenía que quedar al descubierto parte del fondo de la laguna. Santiago Posteguillo en una de sus novelas sobre Escipión describe perfectamente cómo pudo ser, casi con toda seguridad, el asalto por la parte de la muralla que da a la laguna.

Esta zona pantanosa, no tenía la misma profundidad por todas partes, y gente conocedora de la zona le habrían informado detalladamente cual era el camino a seguir, caminando, haciendo pie sin que el agua los cubriera, hasta llegar hasta las murallas con escalas en plena noche, sin ser vistos. Por tierra y por mar, los romanos estaban siendo repelidos, sin embargo esta parte estaba descuidada. Cuando dieron la alarma de que por el pantano los atacaban, era demasiado tarde. Los romanos habían escalado las muralla y estaban dentro. Las puertas de Cartago Nova fueron abiertas por los propios romanos. No hubo saqueo y sus habitantes fueron respetados.

Publio quería dar ejemplo de su generosidad, pues esta generosidad iba a ser transmitida por los rehenes iberos que los cartagineses tenían en la ciudad. Unos rehenes que servían para garantizar la lealtad de las tribus iberas, y que fueron puestos en libertad inmediatamente. Aquellas tribus ahora serían leales al joven general romano. La primera parte de la misión había sido todo un éxito. Ahora tocaba el turno de acabar con el ejército de Asdrúbal que en cuanto se enterara de lo sucedido vendría a su encuentro.

La batalla de Baecula

Era el año 208 a. C. Los tres ejércitos cartagineses estaban dispersos por la península Ibérica. El de Asdrúbal Barca se encontraba en Baecula (cerca de Bailén, aunque recientemente se cree que pudo estar en Santo Tomé, en Jaén. En cualquier caso, no puede diferir más de 40 km.) Y allí lo iba a sorprender Publio Cornelio Escipión, el general que con solo 24 años lo había dejado sin base de operaciones ni abastecimiento. Pero la posición del campamento de Asdrúbal era privilegiada, Publio no se atrevería a subir al cerro donde se encontraba. Casi todo lo que se sabe de esta batalla se lo debemos a los autores clásicos Tito Livio y Polibio. Éstos describen un cerro con una planicie escalonada, como una meseta y submeseta, ligeramente inclinadas.

Por detrás, un río, el río Betis (Guadalquivir). Cuando Pluvio llegó con su ejército a las faldas del cerro, se dio cuenta de la posición estratégica y segura de su oponente, acamparon y esperaron dos días. Dos días durante los cuales Pluvio estudió el terreno y pensó qué estrategia seguir. No podía permanecer más tiempo acampado, los otros dos ejércitos no andaban muy lejos y podían sorprenderlos en cualquier momento. Había que atacar ya o retirarse a la espera de otro encuentro más favorable. Pero Pluvio, ya lo hemos dicho, era impulsivo, y sus hombres estaban más animados que nunca.

La toma de Carthago Nova les había infundido tantos ánimos, que creían que su joven general estaba favorecido por los dioses. Ahora lo seguirían al mismo infierno. Así que atacaron pendiente arriba. Asdrúbal no se preocupó demasiado y mandó hacerles frente a un destacamento poco numeroso, lo suficiente para parar el avance, nada fácil por la situación ventajosa de los cartagineses. En un principio, parecía solo una avanzadilla romana, pero pronto atacaron otros destacamentos y el primer escalón de cerro fue tomado. Fue cuando Asdrúbal reaccionó, dándose cuenta de que la cosa iba en serio.

Pero era demasiado tarde, porque mientras aquellos dos destacamentos se habían enfrentado a la subida del cerro, el grueso del ejército romano había ido rodeándolo y subiendo hasta tener a los cartagineses a su merced. La victoria romana fue completa y dieron muerte a gran número de cartagineses, unos 8.000. O no tan completa, pues Asdrúbal y el resto de su ejército pudo salir huyendo con sus elefantes. Una huida que a la larga iba a traer consecuencias a Publio Cornelio Escipión.

Africanus, la batalla de Zama

Hispania Romana

Asdrúbal Barca tomó el mismo camino que su hermano Aníbal había tomado algunos años antes, es decir, cruzó los Pirineos camino de Italia donde se uniría a él. Esta escapada ha sido duramente criticada por algunos historiadores que tacharon a Escipión de negligente al no ordenar una persecución una vez terminada la batalla de Baecula. Otros sin embargo, le dan la razón al general romano, pues hacerlo hubiera supuesto exponerse a los ataques de las muchísimas tribus que apoyaban a los cartagineses. Escipión era cualquier cosa menos un loco, y todo lo hacía teniéndolo meticulosamente calculado. Una persecución no entraba en sus planes, y no lo hizo. Tal vez una de las razones fuera que no creía que Asdrúbal marchara hacia Italia en aquel momento en que su ejército estaba tocado.

Pero Asdrúbal hizo exactamente igual que su hermano, reponer soldados en la Galia, no en balde en su huida, además de los elefantes, había conseguido salvar su valioso tesoro. ¿Y Aníbal, qué había sido de él? Aníbal estaba siendo desgastado poco a poco y se había refugiado en el sur de Italia, el lugar donde más apoyo tenía, pero no tenía capacidad de plantar batalla. Su única esperanza era la llegada de los casi 50.000 hombres que Asdrúbal había conseguido reunir en la Galia. Pero a Aníbal, lo único que le llegó fue la noticia de que su hermano había sido derrotado en las cercanías del río Metauro, una vez en Italia. Marco Livio Salinator, Cayo Claudio Nerón y Lucio Porcio Licinio estaban informados de la marcha cartaginesa y los habían esperado con las cuatro legiones que habían reunido. El propio Asdrúbal había muerto en batalla. Aníbal estaba en serios problemas.

Pero este hecho sería utilizado por sus enemigos en el senado de Roma en contra de Publio Cornelio Escipión, que sería acusado de ser el causante de la entrada de Asdrúbal en Italia al desobedecer las órdenes de quedarse en el norte y evitar la marcha del cartaginés. Todo esto, a pesar de la gran alegría y ánimos que despertaban los éxitos de Escipión en Hispania, que por primera vez en muchos años, desde que comenzara la guerra contra Aníbal, estaban enderezando el rumbo de Roma. Porque lo conseguido por Publio Cornelio Escipión no solo significaba la conquista, hasta ahora imposible, de Hispania, sino que inclinaba la balanza de la guerra totalmente a favor de Roma.

Pero los Escipiones tenían serios enemigos en su propia patria, tanto o más peligrosos que los del campo de batalla. Hispania ya era romana, los planes de Publio Cornelio Escipión se iban cumpliendo, era hora de volver a Italia, pero antes, quedaba por atar un cabo más. Publio viajó a África y allí se reunión con algunos príncipes y reyezuelos. El joven Escipión no solo era un gran estratega, sino un gran orador que sabía ganarse a sus potenciales aliados mediante la palabra, y eso fue lo que hizo, ganar aliados en África. Pero, ¿para qué quería apoyo en el norte de África? ¿Qué pretendía, ahora Escipión?

Podríamos pensar que lo que ocurra fuera de la península Ibérica en nada nos concierne si de lo que se trata es de contar nuestra historia. Pero la historia de España no se concibe sin la historia de Roma y viceversa, pues no en vano fuimos una de sus más importantes provincias, si no la que más. Hubo acontecimientos fuera de nuestras fronteras que fueron decisivos en nuestra futura historia. La batalla de Zama fue uno de ellos.

Publio Cornelio Escipión estaba decidido a cumplir su plan hasta el final, y el final era llevar la guerra hasta Cartago. Aníbal había conseguido llevarla hasta Italia, Publio contraatacaba haciendo exactamente lo mismo. Sabía que el cartaginés no estaba en condiciones de hacer demasiadas exhibiciones de poder, pero tampoco quería perder el tiempo persiguiéndolo por toda Italia. Si atacaba Cartago, él mismo saldría y se pondría frente a él. Publio volvió a Italia con 30 años y fue nombrado procónsul. Había llegado la hora de proponerle al senado su plan, que por supuesto fue rechazado por Quinto Fabio Máximo y sus incondicionales.

De nada habían servido tan buenos resultados obtenidos en Hispania. Según sus oponentes, Publio, como todos los Escipiones en su familia, eran unos locos que solo pretendían gloria personal a costa de las arcas romanas. A pesar de los grandes botines que Publio había ingresado en su campaña hispana. Sin embargo, consiguió el permiso para partir hacia Sicilia y cruzar a África si así lo creía conveniente. Algo que en la práctica, de poco le servía al general. Pero como ya hemos dicho, Publio no solo era un gran estratega, sino un gran orador. Esto, unido a su fama, hizo que no tardara en reunir un buen ejército de voluntarios, algo a lo que el senado no podía oponerse. Una vez en Sicilia, Escipión se dirigió inmediatamente en busca de algo que todos daban ya por perdido, las legiones desterradas y malditas por haber perdido la batalla de Cannas.

Una buena manera de poner de nuevo en forma a aquellos hombres era hacerlos entrar en batalla, y para eso, se dirigió a la conquista de la ciudad de Locri, aliados de Aníbal. Esto le costó un nuevo disgusto a Publio, que consiguió que Fabio Máximo le enviara un comité de investigación que parara la locura del detestado por él Escipión. Pero el comité no halló en la isla sino una gran flota y un excelente ejército. Tan maravillados quedaron, que en vez de hacerle volver a Roma, animaron a Escipión a ponerse en marcha, pues no dudaban del éxito del ya célebre general. Fabio Máximo había fracasado, pero el rencor y odio hacia Escipión se le iba acumulando en lo más profundo.

En el año 204 a. C. Las legiones de Publio Cornelio Escipión zarparon del puerto de Lilibea y desembarcaron en las costas Africanas. Allí se les unió un gran aliado con el que había contactado en su anterior visita a África, Masinisa, rey de Numidia. Los ataques contra Cartago pronto tuvieron el efecto deseado y Aníbal fue llamado en socorro de su patria. Los dos grandes colosos por fin iban a verse las caras. El ejército romano se componía de unos 30.000 soldados y 6.000 caballos, mientras Aníbal había reunido cerca de 40.000 y entre 2.000 y 5.000 caballos, no hay certeza, pero la inferioridad numérica en caballería estaba compensada por los temibles y destructivos elefantes, nada menos que 80. 19 de octubre de 202 a.C. (Hay quien pone en duda esta fecha aludiendo al eclipse de sol que se dice que fue en primavera) Lugar elegido: Zama, muy cerca de Cartago, actual Tunez. A los cartagineses ya no les trajo buen augurio el eclipse. Pero todo estaba preparado y Aníbal mandó cargar a los elefantes, que deberían dejar muy maltrechos a los infantes romanos. Sin embargo, ocurrió algo que Aníbal, ni nadie en las filas cartaginesas esperaba.

Publio le había estado dando muchas vueltas al asunto, y antes de aquel enfrentamiento creyó haber dado con la solución. Su filas habían formado de tal manera, que justo a pocos metros del choque con los paquidermos, las filas se rehicieron y se abrieron unos pasillos por donde los animales entraron. Sabedor era Publio de que aquellos animales entrarían por ellos, pues no está en su naturaleza aplastar cuanto encuentran, si no se ven obligados a tal cosa. Y una vez canalizados por aquellos pasillos, los pobres elefantes, junto a sus jinetes, se vieron envueltos en una lluvia de lanzas y flechas. El ataque resultó nefasto para los cartagineses, y sus elefantes, los que no fueron muertos huyeron despavoridos al desierto.

En sucesivos ataques las fuerzas de unos y otros estuvieron más equilibradas, sin embargo la caballería romana había salido en persecución de la cartaginesa. Y aquí veremos una semejanza con la batalla de Cannas, donde los jinetes cartagineses, después de acabar con la caballería romana, volvieron y embistieron contra la retaguardia. Y eso fue lo que hicieron esta vez los jinetes romanos al mando de Cayo Lelio, lugarteniente y amigo de Publio., que después de acabar con la caballería cartaginesa atacaron su retaguardia. La batalla estaba ganada. Unos 25.000 soldados de Cartago murieron ese día, los demás fueron hechos prisioneros. Aníbal consiguió escapar mientras no daba crédito a lo que había ocurrido, pues aquel joven de 17 años que una vez observó cómo se arriesgaba para salvar a su padre, había conseguido enfrentarse a él y vencerle 13 años después. Cartago tuvo que rendirse. La guerra había acabado. Y Publio Cornelio Escipión fue conocido desde entonces con el sobrenombre de Africanus.

Patria ingrata (Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes)

Publio Cornelio Escipión, el Africano, llenó de gloria y riquezas a Roma y a sí mismo. Y esto, no hizo sino acrecentar el odio que sus enemigos le tenían. Pero, ¿por qué este odio a alguien que hizo tanto por su patria? La política, ¿les suena? La política es el arte de poner en primer lugar los intereses propios a costa del perjuicio de tu propio país, si es necesario, no reconociendo jamás los logros y aciertos de tu oponente. Si alguien pensaba que esto es algo moderno, se equivoca, en la república de la antigua Roma ya se habían inventado estas repugnantes prácticas. Fabio Máximo era enemigo a muerte de la familia Escipión. Cada uno tenía sus seguidores, y uno de estos seguidores era Lucio Emilio Paulo, uno de los dos cónsules que comandaban las legiones que fueron vencidas en la batalla de Cannas. Y aunque el día de la derrota él no estaba al mando, he aquí la razón de por qué las legiones sobrevivientes fueron desterradas, a pesar de que Roma necesitaba esas regiones más que nunca. Hasta tal punto llegaba el odio de Máximo hacia sus oponentes.

Los Escipiones eran, por decirlo así, más bien liberales, mientras Máximo era un conservador empedernido, amante de las costumbres romanas y totalmente reacio a cualquier moda proveniente de la odiada Grecia. Máximo murió a los 77 años de edad, en 203 a.C. un año antes de que Publio venciera a Aníbal en Zama. Pero Máximo tenía un discípulo al que inculcó muy bien sus ideas y su odio a los Escipiones, este discípulo fue Marco Porcio Catón. Catón era amante de la agricultura y al igual que su maestro, amante de las tradiciones romanas, por lo tanto, estaba en contra de todo lo proveniente de oriente y sobre todo de los “lujos “ helenos. Publio llenó de riqueza a Roma, y este lujo a Catón le parecía escandaloso, aunque nada comparado con la repugnancia que le provocaba la expansión de la literatura griega, todo a causa del ahora admirado por todos Africanus, amante de todo lo anteriormente dicho.

Todo este odio acumulado llevó a Catón al punto de acusar a Publio y a su hermano Lucio de malversación de fondos. Los dos hermanos Escipión habían llevado a cabo una campaña en Asia donde vencieron al rey Antíoco III, llevando de vuelta un gran tesoro a Roma. Los hermanos Escipión fueron acusados de quedarse con 500 talentos de oro, algo que, por otra parte, era lícito, ya que era costumbre tolerar que los generales se reservaran para sí una parte de los botines de guerra. Se llegó incluso al encarcelamiento de Lucio Escipión. Todo esto llevó a Publio a estar asqueado de la política romana hasta el punto de autoexiliarse a su casa de campo en Liternum alegando estar enfermo. Jamás regresó a Roma y murió en 185 a. C. El epitafio de su tumba reza lo que puede leerse al principio en latín: PATRIA INGRATA, NI SIQUIERA TIENES MIS HUESOS.

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