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Bellum Hispaniense

Una vez acabadas las fiestas, César vuelve al trabajo, los enemigos no dan tregua e Hispania requiere su atención. En su visita anterior había conseguido apaciguar los ánimos de los hispanos pero los hijos de Pompeyo han vuelto allí y se han hecho fuertes de nuevo. La guerra civil no ha terminado.

A Cneo y Sexto Pompeyo no les había sido difícil ponerlos de nuevo a su favor; César cometió el error de dejar como gobernador en Hispania Ulterior a Quinto Casio, un déspota y tirano que aumentó los impuestos hasta límites que la población ya no podía soportar y administraba justicia con arbitrariedad. Esto le llevó a que durante un ajusticiamiento sufriera un atentado en el que recibió dos puñaladas aunque ninguna de ellas mortal. En vista de lo cual, podemos hacernos una idea de por qué muchos jefes íberos y ciudades romanizadas recibieron como libertadores a los hermanos Pompeyo.

De su parte se habían puesto ciudades como Corduba (Córdoba) Urso (Osuna), Ventipo (término de Casariche) o Munda (término de Écija). En ésta última va a darse la batalla definitiva entre César y los pompeyanos y damos el término de Écija como el lugar más probable donde se ubicó esta antigua ciudad. Anteriormente han sido otros pueblos los candidatos a su posible ubicación pero después de que se diera por sentado que Ventipo estaba en Casariche, y teniendo como referencia las rutas marcadas en el diario que algún soldado de César iba escribiendo -el Bellun Hispaniense-, se cree que tuvo que estar entre Écija y Osuna teniendo más probabilidades el llamado cerro del Águila de Écija por sus muchos indicios de que allí se celebró una batalla, y sus restos de lo que un día fue una muralla.

Cneo Pompeyo todavía disponía de una flota para navegar por el Mediterráneo y con ella llegó a las Baleares y las conquistó (excepto Ibiza). Luego, al llegar a Hispania se le unieron las legiones que se había amotinado contra Quinto Casio; era la mejor opción para ellos por temor a las represalias cesarianas. No tardaría en llegar Sexto Pompeyo con los restos de los ejércitos derrotados en África. También llegaron tropas enviadas por césar al mando de Quinto Pedio y Quinto Fabio Máximo, con seis legiones, pero debían esperar la llegada de César en persona con más refuerzos, pues los hermanos Pompeyo habían conseguido reunir nada menos que once legiones.

César desembarcó en Sagunto y sin perder tiempo bajó a marchas forzadas hacia el sur hasta llegar a Obulco (Porcuna), donde se reunió con Quinto Pedio y Fabio Máximo que le pusieron al corriente de la situación: la Bética estaba dominada por el enemigo. Únicamente Ulía (Montemayor) resistían los leales a César a pesar del asedio al que estaban siendo sometidos por Cneo Pompeyo. Lo primero que hizo César fue prestarles ayuda y para eso hizo un amago de atacar Córdoba, donde se había instalado Sexto, el hermano menor de los Pompeyos. Cuando Cneo se enteró acudió inmediatamente en su ayuda dejando Ulía desprotegida y entonces varias legiones cesarianas acudieron a socorrerles.

El caso es que, el ataque a Córdoba iba en serio y César consiguió vencer a las tropas de Sexto Pompeyo, que viéndose en peligro se refugió tras las murallas de la ciudad a la espera de la llegada de su hermano. Como César sabía que sitiar Córdoba era una pérdida de tiempo, algo de lo que no andaba sobrado, decidió retirar sus legiones para atraer a los pompeyanos a campo abierto; y mientras tanto atacaban ciudades más asequibles como Ategua, a orillas del río Guadajoz. Andaba ya avanzado el mes de febrero del año 45 a. C. cuando acudió Cneo Pompeyo en ayuda de Ategua aunque no pudieron impedir que César se apoderara de las reservas de víveres de los que andaba necesitado. Cneo se retiró a Ucubi (Espejo) a un recinto fortificado (posiblemente el llamado Aspavia) y para dar rienda suelta a su rabia se dedicó a matar a cuantos él creía simpatizante de César. Se cree que fueron ejecutados un total de setenta hombres. Más tarde, al verse acosado por las tropas de cesarianas, abandonó Ucubi, no sin antes incendiarla. Su nuevo campamento lo montaría cerca de Aguilar, no queriendo alejarse demasiado de Urso (Osuna) su principal apoyo en la región Bética.

Ventipo

César había enviado mensajeros a Urso (Osuna) pidiéndoles cambiar de bando y aliarse con él; por toda respuesta, los ursaonenses asesinaron a los mensajeros y a cuanto sospechoso encontraron en la ciudad de ser fiel a César. En Urso confiaban en que Cneo evitaría las posibles represalias de César contra la ciudad, pero ni siquiera Cneo esperaba tener a su enemigo tan cerca. Las tropas cesarianas habían cogido la antigua vía de Córdoba a Antequera y cruzó el Genil por Badolatosa a principios de marzo. Cuando Cneo Pompeyo se dio cuenta, César estaba ya en Ventipo (término de Casariche). Muy mal debió ver las cosas cuando no acudió a socorrer una ciudad aliada, sino que procuró alejarse de la contienda hasta situarse en los alrededores de Munda, donde instaló el nuevo campamento.

¿Qué ocurrió en Ventipo, la última ciudad en caer antes de la gran batalla? ¿Y qué interés tuvo César en conquistarla? Hay poca información. El Bellum Hispaniense no nos dice gran cosa: «…asedió la plaza fuerte de Ventipo y, conseguida su rendición, se dirigió a Carruca y acampó frente a Pompeyo». Los libros que cuentan la historia de Julio César no dejan demasiados detalles de las pequeñas ciudades que el general conquistaba. Autores como Juan Eslava, en su libro “Julio César, el hombre que pudo reinar” nos cuenta muy brevemente que: «…cruza el Genil por Badolatosa, y, después de destruir la población de Ventipo, en plena retaguardia de Pompeyo, intentó caer sobre su enemigo desde el sur cuando éste lo estaba esperando por el norte.» Poca cosa, pero nos habla de la destrucción de Ventipo. Por su parte Miguel Ángel Novilla, en su “Historia de Julio César” solo nos dice que César persiguió a Cneo por toda la Bética hasta alcanzarlo en Munda y Ventipo solo aparece en un mapa que representa esa persecución. Pero a falta de información detallada, si seguimos la pauta de este tipo de asaltos llevados a cabo por los generales romanos, Ventipo seguramente fue sitiada; y después de una leve resistencia, debida más al orgullo de sus defensores, que por creer en sus posibilidades, negociaban una rendición. Si, como dice Juan Eslava, Ventipo fue destruida, pudo ser debido a que sus habitantes intentaran resistir, no ya por orgullo, sino por esperar la ayuda de Ceneo Pompeyo que no andaba muy lejos de allí. Pero esa ayuda nunca llegó.

La otra pregunta que nos hacíamos era: qué interés pudo tener César en conquistar una pequeña ciudad como Ventipo. En realidad no sabemos cómo era, pero por su relevancia en los pocos escritos donde se menciona todo indica que no era ni muy grande ni muy importante, sino una de tantas. Las razones principales pudieron ser tres. Una de ellas podía ser el avituallamiento; un ejército de aquellas dimensiones podía ser peor que una plaga de langosta allí por donde pasara. Eran casi cincuenta mil bocas hambrientas después de largas caminatas y duros enfrentamientos. Otra pudo ser querer asegurarse la protección de la retaguardia. César sabía por dónde deambulaba su enemigo y que la batalla podía ser inminente. Si avanzaba y la batalla se daba, dejaba tras de sí una ciudad aliada que podían, o bien atacar por la retaguardia o bien cortarles una retirada. Por último, podemos pensar sin temor a equivocarnos que César quería tener una plaza fuerte donde protegerse ante una posible retirada.

Las despensas de Ventipo sirvieron, casi con seguridad, para abastecer a las tropas cesarianas antes de la gran batalla que estaba a punto de darse. Inmediatamente después César se fue tras Cneo y se instaló a unos seis kilómetros de él, en los alrededores de Carruca, lugar que a día de hoy no ha podido ser identificado, pero si la situación de Munda es correcta, el campamento lo montaron muy cerca de El Rubio o Marinaleda. A Cneo no le iba quedando más remedio que plantarle cara a su enemigo que venía persiguiéndolo por toda la Bética. No podía estar huyendo por más tiempo si no quería que sus aliados pensaran que no se atrevía a enfrentarse a César. Por otra parte, si había que dar batalla, aquel era un buen lugar que le favorecía, pues se encontraba en un cerro desde donde dominaba el campamento de César, situado en una llanura. El 17 de marzo hacía cuatro años que Pompeyo padre había huido de Roma y daba comienzo aquella guerra civil que todavía no había acabado. Aquel día, fuero o no casualidad, iba a tener lugar la batalla definitiva.

Aulo Hircio, amigo de César, escribía lo siguiente: «El día estaba tan brillante y tan sereno, que parecía que los dioses inmortales lo habían hecho especialmente para esta sangrienta batalla.» Cneo Pompeyo disponía de trece legiones, unos 54.000 soldados. Aunque se cree que solo cuatro de ellas eran legiones experimentadas. No obstante, había otra multitud de aliados procedentes de tribus íberas que aumentaban el número hasta unos 70.000 hombres, muy fieros todos ellos, pero ignorantes de las tácticas guerreras de las verdaderas legiones romanas, y este factor lo iba a utilizar muy bien César, que contaba con muchos menos hombres, unos 42.000, incluidos 8.000 jinetes. César estaba a punto de librar la batalla más dura de su vida en la que hubo momentos en que no creyó salir vivo de ella. El historiador de origen griego Apiano escribiría que: «César manifestó que siempre había luchado por la victoria, pero que en esta ocasión también había tenido que luchar por su vida».

Munda

Cuando César supo que los hermanos Pompeyo estaban dispuestos a luchar, desplegó su ejército poniendo a su décima legión en el ala derecha; a la izquierda la caballería y tropas auxiliares, luego avanzaron hacia el cerro y se quedaron allí plantados, a la espera de los Pompeyanos. Pero éstos no hicieron movimiento alguno; estaba claro que no querían perder su ventajosa posición. Se hallaban en un cerro con sus espaldas protegidas por las murallas de Munda, si querían batalla, tendrían que subir a por ellos. César entonces, quiso dar el siguiente paso hasta avanzar a un arroyo cercano, y entonces Cneo lanzó su ataque.

La Legio X Equestris, más tarde llamada Gemina (Gemela) había sido reclutada hacia el año 70 y desde entonces había permanecido fiel a César, se habían forjado en las duras batallas de las Galias convirtiéndose en una de las mejores legiones romanas. Ahora, en Munda, allí estaban, empujando cerro arriba por el ala derecha. Sin embargo, aunque los pompeyanos no llevaban una ventaja clara después de un buen rato de lucha, estaban consiguiendo evitar el avance cesariano que debía hacer un esfuerzo extra. Pronto el cansancio haría mella en las tropas, así que César decidió unirse a la lucha para infundirles ánimos y se puso a la cabeza de la décima legión. Los legionarios, al tener con ellos a su general, arremetieron con euforia consiguiendo desbordar el flanco pompeyano. Cneo, al darse cuenta de la situación, hizo lo mismo poniéndose al frente de las tropas que desplazó desde su ala derecha a la izquierda, para evitar el descalabro. Y eso era precisamente lo que había planeado César. Cneo había caído en la trampa.

Recordemos que, aunque el ejército de César era inferior en número y luchaba pendiente arriba, contaba con ocho mil jinetes frente a los seis mil de Pompeyo. Y estos ocho mil caballos se iban a encargar de desbordar el ala derecha que Cneo había dejado desprotegida con el objeto de ayudar a los del ala izquierda. Mientras tanto, el rey Bogud de Mauritania, aliado de César, atacaba la retaguardia pompeyana. Cuando Tito Labieno, comandante de la caballería pompeyana se dio cuenta acudió a cortarles el paso. Aquel movimiento fue interpretado como una retirada que provocó el pánico, a partir de ese momento todo fue de mal en peor. La batalla estaba perdida. En su huida desordenada y un sálvese quien pueda, perdieron la vida miles de pompeyanos, que perseguidos por los cesarianos no tuvieron piedad de ellos. Las cifras de muertos, como siempre, son desorbitantes y puede que exageradas hacia uno y otro lado: treinta mil pompeyanos por mil quinientos cesarianos. Pero no pararía ahí la matanza.

Muchos pompeyanos se refugiaron finalmente tras los muros de Munda mientras otros huyeron a Córdoba y un tercer grupo a Osuna. César encargó a Favio Máximo la rendición de Munda que le llevó apenas unos días, luego se dirigió a Osuna que sufrió la misma suerte tras duros ataques y asaltos a sus murallas. Por su parte, César llegó a Córdoba. Dependiendo de las fuentes consultadas, hay quien sitúa a Sexto Pompeyo junto a su hermano en la batalla de Munda, otros, sin embargo, creen que permaneció protegiendo Córdoba todo el tiempo, pero que al enterarse de la derrota de su hermano y que César se dirigía allí salió a toda prisa de la ciudad y huyó dejándola a cargo de un tal Escápula. Éste, al verse acorralado prefirió morir dignamente haciéndose decapitar por un esclavo de confianza. Los sucesos que acaecieron en Córdoba son confusos, pero escalofriantes. Los legionarios de César después de la dura batalla de Munda enloquecieron de tal forma, que César fue incapaz de pararlos, entraron a Córdoba y masacraron a sus habitantes, asesinando sin piedad a más de veinte mil hombres y mujeres de todas las edades.

Cneo pudo escapar herido y llevado en litera hasta la población costera de Cartaya y desde allí llegaron a Cádiz con sus galeras, pero tuvieron que huir perseguidos por la flota cesariana que consiguió destruir los barcos de Cneo. Finalmente encontró refugio en un poblado donde fue asesinado y decapitado, Su cabeza fue enviada a César, tal como le enviaron la de su padre. Sexto Pompeyo tuvo más fortuna y consiguió refugiarse en el interior de la península, donde quiso organizar una nueva resistencia, ya sin ningún éxito. César permaneció unos meses más en Hispania hasta dejarla apaciguada antes de volver a Roma, donde le esperaba su amante Cleopatra.

Cesar endiosado

César creía ser descendiente de la diosa Venus y por eso hizo edificar un templo dedicado a ella. En este templo, que pagó él personalmente de su dinero, puso también una estatua que representaba a Isis, la Venus egipcia, que en realidad era la imagen misma de Cleopatra. En Roma no se hablaba de otra cosa por el descaro en que César, que, no lo olvidemos, estaba casado, mostraba su admiración por la faraona. Pero la preocupación de los romanos no era, en realidad, que César le adornara la cabeza a su esposa, sino que, siendo Cleopatra reina no le diera a él por proclamarse rey. Los dos se consideraban dioses, los dos parecía estar destinados a unirse, nada le impedía a César ser rey. No se sabe exactamente si proclamarse rey pasaba o no por la cabeza de César, lo que sí se sabe es que, ahora que la guerra civil había acabado, estaba demostrando ser un gran jefe de estado.

A pesar del dinero aportado por los grandes botines conseguidos en la Galias, África y Asia, Roma había tenido enormes gastos originados por la guerra civil y César se propuso enmendar y dar un nuevo rumbo a la maltrecha economía. Se estima que un total de trescientos mil romanos cobraban el subsidio de desempleo. En poco tiempo este número descendió a la mitad. Lo que hizo César fue fomentar la emigración hacia los nuevos territorios conquistados como Cartago o Corinto, donde había grandes oportunidades de empezar una nueva vida. Al mismo tiempo, César quiso que en Roma florecieran las artes y las ciencias, tal como florecían en Grecia, y para eso estimuló la venida de médicos y artistas, a los que se le ofrecía la ciudadanía romana, entre otras ventajas. Además de esto, dictó nuevas leyes, dio ayudas para fomentar la natalidad. También se ocupó de que, de una vez por todas, se ideara un calendario adaptado a los 365 días y cuarto que dura el año (el anterior solo tenía en cuenta el año agrícola). Así ordenó hacerlo y así perdura, con ligeros cambios, hasta la actualidad.

No sabemos cuántas cosas más hubiera llevado a cabo este hombre, que no solo había demostrado ser un gran militar, sino que ahora estaba demostrando ser un gran gobernante, lo que sí sabemos es que, sobre el papel, dejó proyectos como una remodelación integral de la ciudad de Roma. Alejandría lo había dejado impresionado y por eso se había propuesto poner orden en la caótica urbanización romana construyendo anchas avenidas con suntuosos edificios que la embellecieran. Y más allá de los límites de Roma, otro gran proyecto, la conquista de Dacia y del imperio Parto. ¿Se había propuesto vengar a Craso o simplemente era ambición personal? Probablemente quiso imitar al siempre envidiado Alejandro. Pero todo eso quedaría solo reflejado en pergaminos enrollados y guardados en un cesto, de momento, porque parte de estos proyectos como la conquista de Dacia la llevaría a cabo el emperador Trajano.

Los idus de marzo

Estamos en el año 44 a. C. hacia la mitad del mes de marzo. Todavía no se conocían las semanas y el mes se dividía en tres partes, nonas, idus y calendas. De ésta última parte viene precisamente la palabra calendario. César había sido avisado por un augur llamado Spurinna que se guardara de los idus de marzo, concretamente de los días 8 al 15. Ya hemos dicho en algunas ocasiones que los romanos eran muy supersticiosos. Sea como fuere, y según los historiadores antiguos, parece como si una avalancha de malos augurios se hubieran dejado caer sobre Roma pronosticando una gran desgracia sobre César. Vamos a echar un vistazo a algunos de ellos.

Unos campesinos encontraron una tumba y entre los objetos desenterrados había una tablilla en la que se leía: «Cuando se descubran las cenizas de este difunto un descendiente de Iulio perecerá a manos de los suyos.»

Los caballos de César se negaban a pasar el arroyo Rubicón cuando volvió de las Galias y desobedeció la orden de entrar en Roma.

Un pájaro que portaba en el pico una ramita de laurel murió al atacarlo un ave rapaz en el Campo de Marte.

Su amigo Lépido le preguntó mientras cenaba qué clase de muerte prefería, llegado el caso. César respondió sin pensárselo: «La más rápida.»

Un fuerte viento sopló sobre Roma, las puertas y ventanas de la casa de César se abrieron con estrépito y en el templo de Marte, la coraza ceremonial se desprendió del muro y se estrelló sobre el suelo.

César no durmió bien esa noche, sufrió pesadillas y soñó que volaba hasta la morada de Júpiter.

Su esposa Calpurnia soñó que la casa se hundía.

Son hechos más o menos ciertos o exagerados que se atribuyeron en su tiempo al anunciamiento de que algo malo iba a pasarle a César, sin embargo, nadie, comenzando por el propio César, cayó en la cuenta de que tenía demasiados enemigos a su alrededor. O quizás los que le advirtieron sí se daban cuenta y utilizaban las supersticiones para avisarlo, evitando así tenérselo que decir directamente. Porque lo cierto es que había un complot para asesinarlo donde había al menos entre sesenta y ochenta senadores implicados. Quizás Salustio tenía razón cuando dijo que César era «más humano en la guerra que otros en la paz». Porque, en efecto, César había cometido la “temeridad” de perdonar a demasiados enemigos. Recordemos: la Clementia Caesaris.

César, después de la terrible pesadilla decidió no acudir al senado y permanecer en casa, pero entonces se presentó a buscarlo Bruto y le hizo ver la conveniencia de acudir, ya que los senadores tenían algo importante que proponer ese día. Otras versiones cuentan que fue su esposa Calpurnia la que intentó convencerle para que no acudiera después de soñar que moría en el hundimiento de su casa, pero él no le hizo caso y contestó: «solo hay que temerle al miedo». Por el camino, alguien desconocido se le acercó y le entregó una carta. Unos dicen que era un vidente, otros que se trataba de alguien que había descubierto el complot. Porque la carta era un aviso de que ese día pensaban matarlo e incluía una lista de los senadores implicados. César la cogió, pero no la abrió. Era día 15. A las puertas del senado César bromeó con Spurinna diciéndole: «¿Ves como no pasaba nada?» A lo que el augur contestó: «El día no ha terminado todavía, César.»

Junio Bruto

Entre los romanos era habitual que, cuando el hijo se llamaba igual que el padre se le añadiera al nombre la coletilla de “el Joven” para el hijo y el “Viejo” para el padre. El individuo que nos ocupa era hijo de Marco Junio Bruto el Viejo; aunque el hijo, más que el Joven era conocido como Marco Junio Bruto Cepión, por haber sido adoptado por su tío Quinto Servilio Cepión cuando su padre fue asesinado. Su madre era Servilia, media hermana de Catón el Joven. En algún momento, Servilia fue amante de Julio César aunque no se sabe con exactitud cuándo. Muchos dicen que fue diez años después de que Bruto naciera, por lo que, es imposible que Bruto fuera hijo suyo. Pero entonces nos queda la incógnita de por qué César le tenía tanto cariño y de por qué antes de morir le llamó «hijo mío». Nadie puede asegurar que antes de nacer Bruto, Julio y su madre no estuvieran ya liados, aunque éste tuviera solo quince años, no olvidemos que se casó con dieciséis o como mucho diecisiete, ya que su fecha de nacimiento nadie la sabe con exactitud.

Nació en el 85 a. C. y fue educado sobre unas estrictas ideas republicanas, no en vano era descendiente de Lucio Junio Bruto, que en torno al año 509 a. C. acabó con el último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio. Plutarco habla de él y lo define como una persona de apariencia física anodina, aunque afable, de carácter puro e íntegro. «Adorado por sus amigos, admirado por los buenos, y no odiado por nadie, ni siquiera por sus enemigos, pues era un hombre de carácter benigno, magnánimo, ajeno a la ira, a la lujuria y a la ambición, y de ánimo firme e inflexible en lo honesto y en lo justo». De ser así, no era el malvado y “bruto” individuo que a veces nos pintan, ni fue “el asesino de César,” como popularmente se suele creer; ni siquiera fue el principal instigador, aunque sí formó parte del complot que acabó con su vida. Más bien, a Bruto lo presionaban sus colegas para que se volviera contra el que ellos veían como un tirano que pisoteaba la libertad y dignidad de los auténticos romanos, consiguiendo, finalmente, que se uniera al complot.

De lo que no puede haber duda es de que era un patriota y fanático republicano, además de un traidor hacia alguien que le perdonó la vida en Farsalia, después de la batalla, ordenando a sus oficiales que respetaran su vida; y en caso de que se resistiera a ser capturado lo dejaran marchar. Si esto no lo hacía César por amor de padre, sin duda lo hacía por complacer a su amante Servilia. Pero está claro que Bruto vivía por y para la república y por ella no dudaba en cambiar de bando, si hacía falta. Luchó al lado de Pompeyo, aun cuando lo odiaba con toda su alma, pues fue quien ordenó ejecutar a su padre. Luego, muerto Pompeyo y vencida su causa, no dudó en acogerse a la Clementia Caesaris para estar al lado de su supuesto padre, que lo favoreció dándole el cargo de gobernador de la Galia Cisalpina y más tarde nombrándolo pretor, para, finalmente ponerse de parte de los que planeaban matarle.

Marco Antonio

Hora es ya de hablar de un personaje que hace tiempo que viene desarrollando un papel importante en la política y administración de Cesar y que está próximo a ser protagonista de acontecimientos transcendentales en la historia de Roma, pero de momento, nada hemos contado sobre él. Marco Antonio era sobrino segundo de Julio César por parte de su madre, Julia Antonia, que era su prima hermana. Julia quedó viuda cuando Marco Antonio era un niño y éste creció vagando por las calles de Roma con sus hermanos y amigos. Plutarco nos cuenta que antes de cumplir los veinte años frecuentaba las casas de apuestas, se daba a la bebida y se convirtió en un mujeriego. También nos habla de que llegó a estar tan endeudado que tuvo que huir a Grecia para escapar de sus acreedores, aunque esto último no es más que un rumor; pero está claro que el muchacho no llevaba una vida ejemplar, precisamente.

Fuera o no por causa de las deudas, Antonio estuvo en Grecia y allí acudió a las clases que impartían los filósofos de Atenas, algo que solían hacer muchos jóvenes romanos. A partir de aquí, comenzó a sentar la cabeza y participó en la campaña contra Aristóbulo de Judea emprendida por el procónsul de Siria, Aulo Gabinio. Allí obtuvo su primera distinción militar. Más tarde estuvo en Egipto ayudando a restablecer en el trono a Tolomeo el Flautista cuando fue derrocado por su propia hija. Allí pudo ver por primera vez a Cleopatra, aunque todavía era una niña por aquel entonces.

Por influencia de algunos amigos o quizás de su propia madre llegó a formar parte de los más allegados a César, que le dio la oportunidad de demostrar su liderazgo militar en la guerra de las Galias. Marco Antonio no defraudó en lo militar, sin embargo, César llegaría a decir que su conducta le hacía irritar frecuentemente. Y a pesar de todo, llegaría a ganarse su confianza y lo propuso para el cargo de cuestor, augur y tribuno de la plebe, para convertirse poco a poco en su mano derecha. Durante el periodo de la guerra civil contra Pompeyo, Marco Antonio fue su segundo al mando y cuando César marchó a África, él quedó como cónsul en Roma.

Ahora que César era dictador, Marco Antonio fue nombrado magister equitum. En teoría, este cargo consistía en dirigir la caballería romana, pero en realidad era algo así como un lugarteniente del dictador o un primer ministro. En febrero del 44 durante las fiestas llamadas lupercales, Marco Antonio y César escenificaron una pantomima en la que querían dejar claro que César no pretendía ser rey de Roma. Antonio ofreció una diadema, símbolo de la monarquía. Hubo quien gritó entusiasmado que la aceptara; pero también hubo quien demostró su rechazo. César no aceptó la diadema y todos aplaudieron el gesto. Pero quizá esta puesta en escena fue un error, pues hubo quien interpretó que César simplemente quería tantear si el pueblo estaba a favor o en contra de que se proclamara rey.

Pero no todo eran buenos rollos entre César y su mano derecha. Ya hemos contado que Antonio tenía cierto carácter que irritaba a César y el caso es que el dictador, esta vez llevaba razón. Antonio, por lo visto, quiso pasarse de listo y simuló la compra de unas propiedades que habían pertenecido a Pompeyo, pero como Pompeyo estaba muerto, ¿para qué pagar? Pero César, que se dio cuenta del chanchullo lo llamó para sugerirle que pagara lo que debía. Antonio montó en cólera y protagonizó algunos altercados en la ciudad, motivo por el que fue relevado de todos sus cargos. Finalmente, al cabo de algún tiempo, Antonio fue llamado por César y ambos se reconciliaron, ya que el dictador quería contar con él para sus proyectos inmediatos de conquistar Dacia y Partia.

La morada de Júpiter

La curia del monumental teatro de Pompeyo, en el Campo de Marte, era el edificio en el que celebraban provisionalmente las sesiones del Senado; allí se habían reunido aquel día cuando de pronto se acercó Pompilio Lenas a Casio y le espetó de repente: «Os deseo suerte en el plan, pero id con cuidado que la gente lo sabe todo.»

Casio palideció y miró a Bruto; ambos pensaban lo mismo: estamos perdidos, alguien se ha ido de la lengua, pues Lenas no formaba parte de la conjura y no debería estar informado del plan. Luego apareció Marco Antonio rodeado de legionarios y ambos creyeron que venía apresarlos, pero nada de eso ocurrió, sino que se acercó Trebonio a charlar con él tranquilamente, como si nada ocurriera. Lenas simplemente bromeaba con el “plan” de Casio, que buscaba apoyos para presentarse como candidato a edil, algo que “todo el mundo sabía” ya en Roma. Pero el susto se lo habían llevado, y eso los había puesto más nerviosos, si cabe. Había que actuar inmediatamente, pues Trebonio estaba haciendo bien su trabajo de distraer a Marco Antonio, que por cierto, también es sospechoso, si no de formar parte de la conjura, sí de estar al corriente de lo que iba a ocurrir, pues este mismo Trebonio, que ahora se afanaba en mantenerlo distanciado de César, había acudido a él anteriormente para proponerle atentar contra el dictador, después de que lo hubiera destituido de todos sus cargos, cuando discutieron por el asunto de la “compra” de los bienes de Pompeyo. Marco Antonio no aceptó, pero tampoco denunció la conjura. Por otra parte, no se sabe si se trataba de la misma u otra distinta que finalmente fue aparcada. Por lo tanto, es sospechoso, pero también es posible que no estuviera al tanto lo que en breve iba a ocurrir.

En la casa de Bruto prestaba su servicio Artemidoro de Gnido, un maestro en letras griegas. Pues bien, antes de salir de casa, Bruto cogió el puñal que pensaba clavar a César, acto que fue descubierto por su esposa, que ya sospechaba lo que se traía entre manos; aún así le preguntó qué pensaba hacer con el arma, y éste no tuvo reparos en ponerla al corriente de todo. Artemidoro no pudo evitar oír la conversación y salió corriendo a avisar a César. Sobre la forma en que quiso avisarle hay dos versiones; una de Apiano, que cuenta que cuando llegó a la curia ya era demasiado tarde, y otra de Plutarco, que dice logró acercarse a él y entregarle una carta con la lista de los conjurados, pero que César no tuvo tiempo de leer, ya que el gentío lo interrumpía constantemente. Puede que, tal como el propio Julio César dijo una vez, alea jacta est. Por la forma en que César a veces se reía de los malos augurios, se habrá notado que no era nada supersticioso, o lo era mucho menos que la mayoría de romanos. Pero también notamos que era demasiado confiado, al empeñarse en acudir a todas partes sin escolta. Ambas cosas, la superstición y la precaución, le podían haber librado de lo que se le venía encima.

Nada más entrar a la curia, los senadores conspirados rodearon a César. Nada anormal, pues solían acercarse a él para charlar informalmente antes de iniciar la sesión. Lucio Tilio Címber, que había servido a sus órdenes, le solicitó indulgencia para hacer regresar del exilio a su hermano. El resto se acercó todavía más, fingiendo apoyar la petición de Tilio Címber y rogando que fuera aceptada. César, molesto, quizá agobiado, se sentó en su silla y fue cuando Tilio Címber le agarró por la toga y tiró de ella. César, que jurídicamente era intocable por ser Pontifex Máximus, protestó diciendo: «¿qué clase de violencia es esta?» Pero aquel agarrón era la señal esperada. Publio Servilio Casca, que se había posicionado detrás de la silla de César sacó su daga y le asestó la primera puñalada.

En un acto reflejo, César se volvió y clavó su estilete, el puntero que utilizaba para escribir, en el brazo de Casca. No le dio tiempo a nada más, pues el resto de conjurados se abalanzó sobre él para clavarle, cada uno de ellos, el puñal que habían traído para la ocasión y que guardaban debajo de sus túnicas. Fueron un total de veintitrés puñaladas. Todos debían cumplir con su compromiso, y al hacerlo apresuradamente, algunos de ellos se hirieron entre sí. La de Bruto fue a dar en la ingle de César, que al verlo entre sus asesinos dejó de luchar por escapar, y según algunos historiadores como Suetonio, se limitó a exclamar:

«¿Tu quoque, Brute, filii mei? – ¿Tú también, Bruto, hijo mío?»

Después se cubrió la cabeza con la toga, una costumbre romana, antes de abandonar el mundo de los vivos, y se desplomó agonizante al pie de la estatua de Pompeyo. Julio César comenzaba su viaje, tal como había soñado la noche anterior, hacia la morada de Júpiter.

Mientras los conjurados huían, los senadores que nada habían tenido que ver con el asesinato permanecieron estupefactos y sin saber qué hacer ante la horrible escena que habían presenciado. Finalmente, tres esclavos recogieron del suelo el cuerpo de César y lo llevaron a su casa. La noticia no tardó en esparcirse rápidamente y todos los que merodeaban por los Campos de Marte marcharon a sus casas por temor a que aquellos que habían acabado con la vida de César quisieran ahora acabar con sus partidarios. Marco Antonio fue uno de los que, prudentemente, se marchó de allí, mientras los conjurados se reunieron en el foro para proclamar la solemne muerte del tirano Julio César, en nombre de la república y la libertad; e invocaron el nombre de Lucio Bruto, el héroe que quinientos años atrás había destronado al rey Tarquinio.

Después de eso, los conjurados marcharon al Capitolio, el monte sagrado donde se guardan las insignias de Roma, donde celebraron un consejo para decidir qué hacer tras acabar con el dictador. Eufóricos y nerviosos por lo que acababan de hacer, alguien propuso declarar héroes patrióticos a los ejecutores del tirano, cuyo cadáver debía acabar como el más vil de los delincuentes, en el río Tíber. Y mientras los asesinos decidían aquellas barbaridades, el cadáver de César llegaba a su casa para horror y consternación de su esposa Calpurnia y en las silenciosas calles de la ciudad comenzaban a resonar los pasos de las patrullas legionarias como preludio de la nueva guerra civil que se cernía sobre Roma. Lépido había congregado a sus legiones en el foro y la gente comenzó a salir de sus casas pidiendo venganza. Bruto y Casio, que habían bajado a comprobar cómo se había tomado el pueblo la muerte de César, se dieron cuenta que debían poner en marcha un plan si no querían verse perdidos. Aquí se evidencia que los enemigos de César habían sabido planear su muerte, pero no habían calculado qué hacer inmediatamente después.

Aparte de Calpurnia, la otra viuda y gran afectada fue Cleopatra, que vio de repente como todos sus planes se venían abajo. Su vida podía correr peligro en Roma y más valía coger a su pequeño Cesarió y volver a Egipto. Probablemente Marco Antonio la ayudó a hacerlo. Marco Antonio, como máximo responsable, creyó prudente no enfrascarse en una inmediata persecución de los asesinos de César, sino que los convocó para que salieran de su escondite y bajaran a los Campos de Marte, donde se celebraría una reunión con todos los senadores. Como garantía, Marco Antonio y Lépido enviarían a sus hijos como rehenes; esa era la costumbre, y así los convocados estaban seguros de que no era una encerrona para atentar contra sus vidas. Una vez iniciada la sesión, Ciserón, hombre de peso entre los romanos, tomó la palabra. No abogó a favor de los conjurados, sino de la cordura y la calma, para que no corriera más sangre; después de todo, ya nadie devolvería la vida a César, pero podía evitarse otra guerra civil. Los que le habían matado debían quedar impunes, sin embargo, el senado honraría la memoria de César y su obra tendría el debido reconocimiento. La experiencia y buena oratoria de Ciserón hicieron su efecto. No habría venganza. De momento. Ahora, lo que primaba era ofrecer a César unos majestuosos funerales. Luego, habría que leer el testamento que se custodiaba en el templo de las Vestales. Un testamento, que revolucionaría la ciudad y a punto estuvo de incendiarla.

La batalla de Accio

El testamento de César

La lectura del testamento se hizo pública, no en vano, el pueblo de Roma también era heredero de César, pues cada uno de sus vecinos recibiría trescientos sestercios. Además, cedía para su uso y disfrute los hermosos jardines del Janículo, junto al Tiber, que eran de su propiedad.

Al carecer de hijos legítimos, fueron nombrados herederos de su fortuna sus sobrinos nietos, Octavio, como principal beneficiario, que heredaría las tres cuartas partes del patrimonio, Lucio Pinario y Quinto Pedio que les correspondía la cuarta parte restante. Como segundos herederos, en caso de muerte prematura de Octavio, se nombraba a Marco Antonio y a Marco Junio Bruto.

Después de conocerse el contenido del testamento, la plebe, que ya de por sí tenía los ánimos sobresaltados, comenzó a agitarse más todavía. César se mostraba como un padre benefactor y ellos eran unos hijos desagradecidos que ni siquiera habían vengado su muerte. Y para colmo, aquel monstruo de Bruto, traidor, asesino y desagradecido estaba entre los beneficiarios. Todos bendecían el nombre de César que había sido generoso con su pueblo en la vida y en la muerte. Cuando el cortejo fúnebre llegó al foro, la muchedumbre allí reunida pudo escuchar el hermoso discurso que de despedida que Marco Antonio le dedicó. Luego, fue exhibida la túnica ensangrentada y desgarrada por las puñaladas que César había recibido. Los asistentes se lamentaban apesadumbrados, lloraban y gritaban clamando venganza.

Y para honrar su memoria todavía más pidieron que fuera incinerado allí mismo, en el corazón de la Roma que él tanto había amado. Espontáneamente, muchos se apresuraron a traer muebles y todo cuanto pudiera servir para arder en una pira sobre la que colocaron la angarilla del cadáver y le prendieron fuego. Los más exaltados arrojaban sus mantos y alhajas al fuego que levantó sus llamas hasta prender algunas casas cercanas y a punto estuvo de provocar un desastre mucho antes del que algún día provocaría Nerón. No fueron solo las llamas de la pira de César las que estuvieron a punto de incendiar Roma aquel día, sino también las de la turba que se esparció sobre sus calles pidiendo venganza y dispuesta a linchar y a incendiar las casas de los participantes en el asesinato, hasta que la legión se vio obligada a intervenir para restablecer el orden. Aquella noche, los romanos presenciaron el corrimiento de una estrella fugaz, lo cual fue interpretado como el alma de César que ascendía a los cielos, acontecimiento que lo convertía en dios. Su divinidad fue proclamada el 1 de enero del 42.

Así las cosas, si los conjurados habían pretendido hacer un favor a la república, estaba claro que habían cometido un grave error. La muerte de César había conmocionado a la plebe, y ni los optimates estaban dispuestos a prestarles apoyo. Sus vidas corrían peligro y lo más sensato era huir, y así lo hicieron, algo que favoreció no solo a la ciudad, que quedó calmada, sino a Marco Antonio, convertido en el nuevo líder de Roma, con mucho trabajo por delante. Las seis legiones concentradas a las afueras de Roma quedarían allí esperando por algún tiempo, hasta decidir qué hacer. El día 18 de marzo debían partir hacia oriente, según los planes de César, pero ahora todo quedaba en suspenso. Calpurnia había confiado todos los documentos de César a Marco Antonio, que los estudiaba al detalle. Hay quien le acusa de haber pasado este tiempo falsificando algunos de estos documentos para adaptarlos a su conveniencia, ya que sabía que, aunque él era en estos momentos el hombre más poderoso de Roma, no tardaría en presentársele Cayo Julio César Octavio a reclamar su herencia.

Aquel jovenzuelo de diecisiete años había venido desde Apolonia, en la actual Bulgaria, donde se hallaba estudiando en el momento en que César fue asesinado, y era su principal heredero. Las cosas se le complican a Marco Antonio, ya que Octavio, como hijo adoptivo, además de los bienes materiales también viene a reclamar la herencia política. Cicerón y otros partidarios de César decidieron apoyar al intrépido joven, que no tardó en hacerse con varias legiones y enfrentarse a Marco Antonio. Estaba claro que quería hacerse cuanto antes con el trono dorado que César había dejado vacío.

El segundo triunvirato

Tras un año de enfrentamientos, Marco Antonio decide hacer un trato con Octavio. ¿Por qué no repartirse el poder, tal como ya habían hecho César, Craso y Pompeyo? Hacía falta un tercero que mediara entre ambos en caso de conflicto. Lépido, el general de caballería fue el elegido. Así nació el segundo triunvirato, la dictadura de tres cabezas. Cerrado el trato, una de las primeras medidas que tomaron fue la de que la muerte de César no quedara impune; hora era ya de vengarla. Cada cual por su lado, iniciaron la persecución de los asesinos de César, incluyendo ya de paso a sus enemigos personales. Unos trescientos senadores y dos mil ciudadanos ilustres perdieron la vida, entre ellos Cicerón. Los único que lograron salvarse fueron los que abandonaron la ciudad y se unieron al ejército que los asesinos de César habían reunido en Macedonia. Pero fue por poco tiempo, pues este ejército también fue perseguido y derrotado en Filipos, donde Marco Junio Bruto se suicidó al verse perdido.

Tras la derrota de los asesinos de César, Marco Antonio quería demostrar a Roma quién era el verdadero heredero. ¿Cómo? Llevando a cabo el proyecto del dictador: la conquista de Dacia y Partia dominando así Oriente, el sueño que ni Alejandro Magno pudo lograr al completo. Pero para un proyecto de tamaña envergadura hacía falta mucho dinero, y en Roma no lo iba a conseguir. ¿Dónde podría conseguirlo? En el país más rico del Mediterráneo: Egipto. Cleopatra, ¿por qué no? Podía convertirse en su aliada. La faraona había buscado alianza con el hombre más poderoso del momento para dominar la situación de su reino, donde las conjuras entre generales y sus propios hermanos lo hacían inestable. Como madre de un hijo de César, intentó llevar su alianza más allá, aunque nadie estará nunca seguro de hasta dónde estaba dispuesto a llegar César, pues el pequeño Cesarión ni siquiera estuvo incluido en su testamento. Pero a Cleopatra se le presentaba una segunda oportunidad. Marco Antonio podía convertirse en el hombre más poderoso del mundo, más incluso que César, si llegaba a dominar Oriente. Solo necesitaba dinero, y ella lo tenía. Se hacen amantes y para ayudarle, ella pones sus condiciones. Mientras tanto, Octavio acaba con las últimas resistencias pompeyanas en Hispania y gana en popularidad.

Marco Antonio era un buen general, y a pesar de eso sufrió un revés contra los partos parecido al que ya sufriera Craso en su día. Su propósito de impresionar a los romanos para hacerse con el poder único se había venido abajo y ahora solo le queda enfrentarse a su único oponente, puesto que Lépido se había retirado de la vida pública. Las legiones de Marco Antonio estaban muy debilitadas, y ya ni siquiera estaban en condiciones de enfrentarse a Octavio. Marco Antonio fue nuevamente derrotado en la batalla naval de Accio y huyó a Egipto al lado de su amante. La historia del primer triunvirato parece repetirse y hasta allí lo persigue Octavio. Derrotado definitivamente, Marco Antonio se quita la vida, y Cleopatra, al ver que Egipto cae en manos de Octavio le imita y se suicida también. El pequeño Cesarión, que ya era un adolescente, quedo solo y desamparado. ¿Qué sería ahora del pequeño Cesarión.

«No es conveniente la policesarie», le dijo a Octavio un consejero. Es una frase de Homero que realmente decía que no era conveniente la policoiranía, es decir, que no hubiera más de un caudillo, o traducido a nuestros días, que no haya dos gallos en el mismo corral. El consejero, dada la circunstancia, aunque parafraseaba a Homero, convirtió la palabra policoiranía en policesarie, para advertirle de que no le convenía la concurrencia de dos césares. La advertencia del consejero fue tenida en cuenta, por lo tanto… el pequeño Cesarión fue enviado a reencontrarse con sus padres allá por la morada de Júpiter

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