Últimamente está de moda la autocrítica, y a los españoles, que nos hemos vuelto insufribles en el siglo XXI, nos encanta flagelarnos a nosotros mismos.
Sobre todo ahora que cualquiera puede acceder a miles de noticias y opinar sobre ellas a través de internet. Resulta curioso cómo mucha gente a través de sus blogs, se hace eco, como si de historias sensacionalistas se tratara, más propias de la prensa amarilla, de algo como el encarcelamiento de los presos franceses en la isla de Cabrera. Resulta más curioso aún, que gente que jamás se ha preocupado en ojear un libro de historia, se escandalice al leer sobre el tema (artículos sobre todo improvisados e imprecisos) y grite: ¡Por Dios, nosotros también tuvimos un “Guantánamo”!
No estaría demás, interesarse y profundizar algo en el tema antes de rasgarse las vestiduras. Es un gran error analizar y juzgar la historia desde el punto de vista de nuestro tiempo. Para tener una idea y hacer un juicio justo de algunos actos que ahora puedan parecernos una barbarie, hay que hacer un gran esfuerzo y trasladarse mentalmente a la misma época en que los acontecimientos tuvieron lugar. Tarea harto difícil que requiere primero una gran documentación y comprensión del modo de vida y hasta del pensamiento de sus autores.
Podríamos analizar la conducta de los romanos, ejemplo de civilización para la época, que tantos avances proporcionaron a la humanidad y heredamos de ellos. Y sin embargo utilizaban los más crueles métodos de castigo con los delincuentes, o se divertían viendo cómo unas fieras devoraban a seres humanos, cuyo delito fue simplemente profesar una religión en la que ellos no creían. La quema de brujas en la edad media, no solo fueron crímenes cometidos por la Santa Inquisición, sino por el pueblo y la chusma que acudían morbosos a ver cómo la bruja se retorcía de dolor entre las llamas. La esclavitud de los negros en América hasta la guerra de secesión es vista hoy como una aberración del hombre con el hombre, pero basta con echar un vistazo a la novela de Margaret Mitchell para darse cuenta de que ellos, los americanos, lo hacían con total normalidad y convencidos de que hasta les hacían un favor a sus criados de otra raza. Las ejecuciones con guillotina durante la revolución francesa volvió loca a la gente y la euforia traspasó las fronteras de toda Europa. La lista sería interminable y todos los ejemplos, vistos desde detrás de nuestras pantallas de ordenador en los innumerables blosgs de internet o leídos plácidamente en las páginas de un libro, nos parecerán aberrantes y bárbaros.
Ningún crimen o conducta individual o colectiva puede ser justificada, y debe ser igualmente condenada tanto si se comete hoy como si se cometió hace dos mil años, aunque no por eso deja de tener su explicación. Las ejecuciones públicas, la pena de muerte todavía consentida por los gobiernos de muchos países, las revoluciones, los levantamientos, las guerras, son conductas y hasta formas de vida que han ido evolucionando con el pasar de los siglos, presumiblemente hacia conductas más civilizadas, aunque sigamos viviendo en un mundo demasiado incivilizado. Pero eso ya entraría dentro de otro tema.
A lo que vamos ahora, es al encierro de unos presos franceses en la isla balear de Cabrera. El conde de Toreno, diputado en las Cortes de Cádiz, ya escribió en aquellos entonces, que un crimen no justifica otro crimen. Pero no nos confundamos, el conde no llamaba crimen al hecho de que los franceses fueran recluidos en aquella inhóspita isla, sino al no cumplimiento de la capitulación de Andújar, donde se recogía el acuerdo de repatriar a Francia a todos los prisioneros durante la batalla de Bailén.
Para empezar, se suele decir que no se cumplió la capitulación. Sería más justo decir: que fue imposible cumplirla. La falta de barcos para trasladar a 20.000 hombres puede parecer una excusa. La conducta del gobernador de Cádiz, del cual se suele decir que odiaba a los franceses (como si fueran simpáticos a ningún general en aquellos días), o la falta de interés de la Junta de Sevilla, son las acusaciones más frecuentes cuando se habla de la falta de cumplimiento de esta célebre y desgraciada capitulación, que vino a empañar la brillante victoria española sobre el hasta ese momento invencible ejército imperial. Habría que indagar a ver qué hay de cierto o de falso en todo esto. ¿Quién faltó al acuerdo firmado en un documento que en aquellos entonces equivalía a la palabra de honor dada por los caballeros medievales? Porque, es curioso, pero mirando hacia atrás en la historia, cuanto más nos alejamos, más bárbaros éramos, pero más valor tenían las palabras y las firmas.
El general Castaños no incumplió con su parte del trato, puesto que él se limitó a conducir a los prisioneros hasta donde habían acordado, Rota y Sanlúcar.
La Junta de Sevilla, o lo que es lo mismo, el gobierno de España en aquellos momentos, lo tenía bien difícil para ocuparse en algo que no fuera salir huyendo de cada lugar donde se establecían. Madrid estaba ocupado por el rey intruso, ya habían tenido que salir corriendo de Aranjuez, y pronto tendrían que abandonar Sevilla. Aquello no tenía nada de gobierno, ni de Junta, ni de Consejo Regente. Por lo tanto, la mayor parte de la culpa recae sobre don Tomás Morla, gobernador general de Cádiz, cuyo único pecado fue tenerse que comer aquel marrón que de repente le cayó encima. Y no, no era ninguna excusa el hecho de que no hubiera barcos. Por esas paradojas de la vida, los franceses se iban a tener que aguantar sin viajar en ellos, puesto que su propio emperador los había destrozado en la desastrosa batalla de Trafalgar. Y no, no había gobierno que se ocupase de averiguar cómo resolver el problema, puesto que los propios franceses no hacían más que atosigarlos y perseguirlos por todo el país; y el que hubiese sido máximo responsable en aquel momento, el rey Fernando, lo tenían secuestrado en París. Tampoco había mucho interés por parte de Napoleón en negociar su liberación, el único interés lo puso en humillar a los generales que habían perdido la batalla, que sí fueron trasladados con la máxima celeridad a Francia.
Fue así de simple y es inútil buscar culpables, porque fueron ellos mismos -los franceses- quienes habían arruinado los medios para salir de aquí y habían quitado de en medio a quienes tenían que ocuparse de aquel asunto.
Por otra parte, no había mayor interesado en sacar de la bahía de Cádiz a los franceses que los propios gaditanos. Los ingleses fueron los principales candidatos a echarnos una mano. Pero, fatalidades de la guerra, aquel mismo verano unos generales ingleses también firmaron en Portugal una capitulación en la que se comprometían a trasladar a otros muchos miles de franceses a Francia. Tratado que no sentó bien entre los políticos británicos, dejando bien claro a sus generales que no se les ocurriera volver a ser tan generosos. Por lo tanto, es fácil comprender la cara de los ingleses al pedírseles que nos hicieran el favor de llevar a los franceses hasta su tierra. En Cádiz no podían quedarse por más tiempo. Allí estuvieron encerrados de mala manera durante nueve largos meses, durante los cuales muchos de ellos murieron. Y al final, acabaron donde acabaron.
Y ahora viene otra de las falsas acusaciones que se suelen leer: que fueron abandonados a su suerte en una isla desierta. Cabrera está deshabitada, es cierto, pero la intención inicial fue trasladarlos hasta allí bajo unas condiciones bastante favorables. Las autoridades mallorquinas serían las responsables de su cuidado. Hay que aclarar que desde Mallorca se rechazó este traslado, aunque finalmente no les quedó más remedio que acatar las órdenes de hacerse cargo de los prisioneros, bajo la promesa de que regularmente recibirían dinero suficiente para su mantenimiento y cuidado. Como es de suponer, esta promesa también fue imposible de cumplir. Los franceses recibían la visita de un barco cada cuatro días, y así se siguió haciendo durante el tiempo que duró aquel cautiverio. Pero no hace falta aclarar las condiciones en las que llegó a estar el país durante los seis largos años que duró la guerra, por lo tanto, tampoco hace falta aclarar por qué los franceses no recibían ni la comida, ni la asistencia médica necesaria.
Cada cual es libre de sacar sus propias conclusiones, pero nuestros tatarabuelos no fueron ni mejores ni peores que otros, se actuó conforme a los tiempos, y tanto el gobernador de Cádiz como la Junta de Sevilla poco o nada pudieron hacer para que las cosas fueran de otra manera. Y puestos a criticar conductas, las francesas fueron las más deleznables durante aquella guerra. Las capitulaciones no llegaban a cumplirse casi nunca por parte francesa y los generales españoles eran ultrajados y humillados. Los prisioneros que eran trasladados a Francia corrieron aún peor suerte que los recluidos en Cabrera. Cierto es lo que dijo Toreno, un crimen no justifica otro crimen, pero puestos a rasgarnos las vestiduras, rasguemos las de los demás también.

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